domingo, 29 de noviembre de 2015

Ven y enciéndeme mi Fe, Señor, para vivir en el amor!! (Evangelio dominical)


Hoy, justo al comenzar un nuevo año litúrgico, hacemos el propósito de renovar nuestra ilusión y nuestra lucha personal con vista a la santidad, propia y de todos. Nos invita a ello la propia Iglesia, recordándonos en el Evangelio de hoy la necesidad de estar siempre preparados, siempre “enamorados” del Señor: «Guardaos de que no se hagan pesados vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida» (Lc 21,34).

Pero notemos un detalle que es importante entre enamorados: esta actitud de alerta —de preparación— no puede ser intermitente, sino que ha de ser permanente. Por esto, nos dice el Señor: «Estad en vela, pues, orando en todo tiempo» (Lc 21,36). ¡En todo tiempo!: ésta es la justa medida del amor. La fidelidad no se hace a base de un “ahora sí, ahora no”. Es, por tanto, muy conveniente que nuestro ritmo de piedad y de formación espiritual sea un ritmo habitual (día a día y semana a semana). Ojalá que cada jornada de nuestra vida la vivamos con mentalidad de estrenarnos; ojalá que cada mañana —al despertarnos— logremos decir: —Hoy vuelvo a nacer (¡gracias, Dios mío!); hoy vuelvo a recibir el Bautismo; hoy vuelvo a hacer la Primera Comunión; hoy me vuelvo a casar... Para perseverar con aire alegre hay que “re-estrenarse” y renovarse.


En esta vida no tenemos ciudad permanente. Llegará el día en que incluso «las fuerzas de los cielos serán sacudidas» (Lc 21,26). ¡Buen motivo para permanecer en estado de alerta! Pero, en este Adviento, la Iglesia añade un motivo muy bonito para nuestra gozosa preparación: ciertamente, un día los hombres «verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria» (Lc 21,27), pero ahora Dios llega a la tierra con mansedumbre y discreción; en forma de recién nacido, hasta el punto que «Cristo se vio envuelto en pañales dentro de un pesebre» (San Cirilo de Jerusalén). Sólo un espíritu atento descubre en este Niño la magnitud del amor de Dios y su salvación (cf. Sal 84,8).



Lectura del santo Evangelio según san Lucas  (21,25-28.34-36):


 En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, enloquecidas por el estruendo del mar y del oleaje. Los hombres quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad, ante lo que se le viene encima al mundo, pues los astros temblarán. Entonces, verán al Hijo del Hombre venir en una nube, con gran poder y majestad. Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación.»

Palabra del Señor


COMENTARIO.



Terminó el Ciclo Litúrgico “B” con la Fiesta de Cristo Rey, pero las lecturas de Adviento, al comienzo del Ciclo “C”, siguen en la misma tónica de los últimos domingos del Tiempo Ordinario.  Parecería que las lecturas se estuvieran repitiendo.  Y es que el Año Litúrgico comienza con la venida de Cristo y termina con la venida Cristo. 

De allí que se le llame a Cristo el Alfa y la Omega, el principio y fin de todo.  De allí que la Liturgia de Adviento, preparatoria de la Navidad, nos lleve constantemente de la primera venida de Cristo (Natividad=Navidad) a su segunda venida en gloria (Parusía).

“Yo haré nacer del tronco de David un vástago santo, que ejercerá la justicia y el derecho en la tierra” (Jr. 33, 14-16).   Es sólo una frase tomada de la Primera Lectura del Profeta Jeremías.  Y en estas breves palabras, que, analizadas gramaticalmente forman una oración compuesta por una oración principal y por una complementaria, la principal nos habla de la venida histórica de Cristo y la complementaria nos habla de su segunda venida.  Es una muestra -en una sola frase- del vaivén de la Liturgia de Adviento entre la primera y la segunda venida de Cristo.

La oración principal nos habla de “un vástago santo, proveniente del tronco de David”.  Nos está hablando de Jesús descendiente de David que nacerá y -por supuesto será santo.  La oración complementaria nos habla decuando ese descendiente de David venga a ejercer  “la justicia y el derecho en la tierra”.   Y esto no sucederá sino al fin de los tiempos cuando venga a establecer su reinado definitivo sobre la humanidad.

La salvación de la humanidad la obtuvo Cristo durante su vida en la tierra, más específicamente con su pasión, muerte y resurrección.  Pero esa salvación se realizará sólo en aquéllos que aprovechen los méritos de Cristo, al responder con su sí a la Voluntad Divina. 

Y esa salvación se realizará plenamente sólo al fin de los tiempos cuando, como nos dice el Evangelio de hoy (Lc. 21, 25-28.34-36)  “verán venir al Hijo del hombre en una nube, con gran poder y majestad”.


En el final del Ciclo Litúrgico, de los pasados domingos, las lecturas nos invitaban a pensar en la segunda venida de Cristo en gloria.  Las lecturas del Adviento nos invitan a prepararnos para esa venida.

En la Navidad -es cierto- celebramos la venida de Cristo en la historia, cuando comenzó su reinado.

Celebramos el cumpleaños de Jesús -y eso nos pone alegres y festivos.  Por esa razón la Navidad es época de alegría y regocijo.

Pero esa primera venida de Cristo -como un niño, el Niño Jesús nacido en Belén de Judá- nos recuerda que su reino comenzó hace 2015 años, que ese Reino se va instaurando en cada corazón que cumple la Voluntad Divina, y que ese Reino se realizará plenamente cuando El mismo vuelva en la Parusía y ponga todas las cosas en su lugar.


De allí que nuestra vida -toda nuestra vida- debiera ser un continuo “adviento”, una continua preparación a la segunda venida de Cristo, que pudiera sorprendernos en cualquier momento, igual que pudiera sorprendernos en cualquier momento  nuestra  propia muerte.   De ninguna de las dos cosas -ni de nuestra muerte ni de la segunda venida de Cristo- sabemos el día ni la hora.  Por eso hay que estar siempre preparados.

Y ¿qué significa esa “preparación”?  Podríamos resumirla en las palabras de San Francisco de Sales:  “vivir cada día de nuestra vida como si fuera el último día de nuestra vida en la tierra”.

Y... ¿vivimos así? ... ¿O más bien evadimos pensar en esa realidad, tan cierta como segura, del final de nuestra existencia -porque muramos- o del final de los tiempos, -porque venga Cristo en la Parusía?  ¿O tal vez pensamos que luego nos arreglaremos, que mientras tanto mejor es gozar y vivir como nos provoque? 


¿Es esto “adviento”?  ¿Es esto “preparación”?  ¿Es que no sabemos lo que nos estamos jugando?  Es nada menos que nuestro destino para toda la eternidad.

La Segunda Lectura San Pablo (1 Ts. 3, 12-4,2)   hace eco de lo mismo:  La futura venida de Cristo.  Nos dice el Apóstol que desea “que el Señor conserve nuestros corazones irreprochables en la santidad ante Dios, nuestro Padre, hasta el día en que venga nuestro Señor Jesús en compañía de todos sus santos"

Y el Señor es claro:  “Velen y estén preparados, porque no saben cuándo llegará el momento … permanezcan alerta”. (Mt. 13, 33-37)  ¿Nos estamos preparando para eso?


¿Cómo prepararnos?  En el Evangelio de hoy vemos que el Señor es claro el Señor también sobre cómo prepararnos: “Velen y hagan oración continuamente, para que puedan escapar de todo lo que ha de suceder y comparecer seguros ante el Hijo del Hombre”.









Fuentes:
Sagradas Escrituras
Homilia.org.
Evangelist.org
Recopila Ángel Corbalán



miércoles, 25 de noviembre de 2015

Hoy es San García Abad... el gran Santo desconocido!!





Estamos en este templo parroquial que lleva el nombre de un gran santo. Tan santo como desconocido. Sirva pues, esta intervención, para dar a conocer algo de la historia de  este santo abad, García de Arlanza, como una declaración de fe personal y ojalá llegue a los corazones de aquellos que dudan o no conocen a nuestro Patrón, y a este, humilde pecador.



Generalmente, solo lo que conocemos, nos han contado, visto, leído o vivido, es lo que sabemos que ha pasado y lo consideramos como real. Y todo lo contrario, lo que ignoramos, es como si no hubiera pasado, ni existido.

Por lo tanto, a la vista de todos los datos, apuntes e información que hemos recopilado durante cierto tiempo y fruto de la investigación, pensamos que era de justicia, casi mil años después, dar a conocer al santo, al personaje y su obra, porque en realidad existió e hizo cosas muy importantes.

¡!San García Abad, ese gran santo desconocido.!!


“Avia y un abbat sancto, servo del Criador

Don Era del monasterio caudillo, e senhor,

La grey demostraba cual era el pastor”.

(Gonzalo de Berceo)


Este fragmento en castellano antiguo, de Gonzalo de Berceo, nuestro gran maestro del Mester de Clerecía, viene a decir de nuestro santo abad que; “Había un santo abad, siervo del Creador, donde era del Monasterio caudillo y señor, Y la grey, la
Congregación de fieles, y monjes demostraban cuál era su pastor”.







Aunque se sobreentienda, quiero apuntar que además de santo abad, García, para nuestro Gonzalo de Berceo, era un siervo del Señor… y Caudillo; que viene del latín  capitellus,“Hombre que dirige algún gremio, comunidad o cuerpo”, en este caso, los monjes del monasterio.


Y que estos monjes demostraban con su labor o actitud quien era su abad, director, o guía. Este fragmento, ya nos indica quien era este santo abad.


García, abad, sabio y santo

Este santo, como suele ser habitual, se hace, no nace. 

García, nuestro santo, nació en La Bureba, entre Belorado y Briviesca en el lugar llamado Quintanilla, provincia de Burgos, hoy conocido con el sobre nombre de San García, a finales del siglo X o entrada del XI. Más bien, para quien os habla, a finales del X.

Vivió su infancia en dicho pueblo, donde fue educado cristianamente y recibió el llamamiento a la vida religiosa que muy pronto iba a seguir en la Orden benedictina. Y así, dejando la casa paterna, en su pueblo natal de Quintanilla, fue caminando hasta llegar al monasterio de San Pedro de Arlanza, ubicado a orillas del rio del mismo nombre.





Algo cansado por la caminata, unos 85 kms.,  y acompañado por algunos familiares, se presentó al Padre Abad del Monasterio, quien después de las primeras impresiones le asignó una serie de ocupaciones dentro de las reglas de San Benito.

Y aquel niño, que fue andando varios días, desde su casa hasta el convento de San Pedro de Arlanza, años más tarde, no sólo sería el más grande de todos los abades benedictinos, de aquella época y en aquel incipiente reino de Castilla, también fue consejero de los tres primeros reyes castellanos, de grandes señores y amigo personal y consejero de Rodrigo Díaz de Vivar, El Cid Campeador.
Pues bien, una vez transcurrido el noviciado,  García había de vivir, en calidad de monje benedictino, más de cuarenta años. Su existencia se resumirá en estas palabras tan benedictinas: ora et laborareza y trabaja.

Además de la oración litúrgica, a los monjes benedictinos,
se les manda el trabajo, no por razones económicas, eran otros tiempos, sino como medio de bondad de vida, para disciplinar esta y preparar el espíritu a la oración.

Nuestro santo, siendo un monje benedictino más, destaca enseñando a forasteros y campesinos a labrar la tierra, a desaguar los pantanos, a cultivar la vid, a injertar árboles, a construir casas e iglesias y a ganar con el sudor de su frente el sustento corporal.

En el año 1039, al quedar vacante el puesto por la defunción del Abad Aurelio, en votación secreta y por unanimidad de los 150 monjes, García, fue elegido Abad del Monasterio de San Pedro de Arlanza. Este hecho, es de destacar, pues no se conoce algo igual en ninguno de los cientos de monasterios, benedictinos o de otra orden, en esa época.  Ahora podemos entender al bueno de Berceo, cuando decía aquello de… “La grey sabía quién era su pastor”.

Su buen hacer como abad, sus conocimientos y buenas obras, fueron de conocimiento popular fuera de los muros del Monasterio.



Tanto es así que fue nombrado consejero del primer rey de
Castilla, Don Fernando I el Grande, y con él asistió a la batalla de Atapuerca en 1054. (Contra su hermano García, el de Nájera, rey de Pamplona)

Es tal la admiración por todos los que le van conociendo: Fernando I, sus hijos, Sancho II y Alfonso VI… y hasta el mismo Cid Campeador, que piden su asesoramiento y como muestra de gratitud, le confieren tierras y
recompensas que nuestro santo, reparte entre los vecinos y los más necesitados.

En el terreno de lo místico y espiritual, hay que destacar
entre otros, dos momentos importantes en la historia de nuestro santo.

Hacia el año 1061, por revelación divina, García, encuentra
las reliquias de los cuerpos de tres santos: San Vicente y sus hermanos
mártires Sabina y Cristeta, y los traslada al Monasterio de Arlanza. Lo cuenta
Gonzalo de Berceo.

La santidad, como es sabido, no consiste en hacer milagros.
Sin embargo, el pueblo fácilmente ve santidad donde hay milagros; y muchas
veces así suele suceder. Fue sobre el año 1044, se habían perdido las cosechas
en Castilla. Por lo tanto, no había ni frutas ni vid….

Aquel Viernes Santo, el Abad García, se dispuso a bendecir
el pan y el agua, lo único que disponían en el Monasterio, y ante el asombro de
los 150 monjes, el agua se convirtió en vino.

Desde aquel día la confianza de los monjes en su tierno y
compasivo abad no tuvo límites; y lo que aparentemente sólo remediaba una
necesidad corporal, sirvió para ensanchar su corazón y ayudarles a correr los
caminos, que llevan a la santidad.



Pero por encima de esas grandezas y de hasta milagros que
hizo en vida. Lo que más me ha impactado en la investigación de la vida de este
gran hombre, del que hablamos, mil años después, es su fuerza interior,
sabiduría, humildad y gran justicia, al dedicar todo aquello que recibía de los
grandes señores, como eran las tierras colindantes a aquel convento o incluso
más lejanas, para dárselas a las familias que huían de las guerras fratricidas
o del sur, de aquellos reinos de Taifas…


Y además, les instruía en el maravilloso arte de laagricultura, y aquello de ganarse el sustento con la labor del día a día, y conel tiempo…, en esas pequeñas parcelas, se levantaron casas, se propagó la agricultura fuera de los conventos, muy a tener en cuenta para esa época, y propiciaron los pequeños pueblos que entonces cubrieron lo que comenzaba a llamarse Reino de Castilla.

Su sabiduría y honestidad, fueron reconocidas en vida, incluso en momentos difíciles en la corte castellana. Sus buenos consejos a Rodrigo Díaz de Vivar, llevaron a aplacar a este , que sospechaba de Alfonso VI, como instigador del asesinato del monarca, amigo personal del “Mio Cid” y optar por la opción más sabia, me remito al juramento de Santa Gadea, donde
como sabréis,  el Cid, obligó a Alfonso VI el Bravo, rey de Castilla y León, a jurar que no había tomado parte en el asesinato de su propio hermano, el rey Sancho II, quien fue asesinado ante los muros de la ciudad de Zamora en el año 1072.

Una curiosidad, como algunos sabrán, quien asesinó a Sancho II, fue un noble leonés llamado Vellido Dolfos, que simulando pasarse al bando castellano, a traición, clavó una lanza al monarca castellano y huyó. Es curioso, al día de hoy, en el ranking de traidores, está en el 7º lugar, de esa lista que encabeza Judas Iscariote.

Bueno, como decía antes, García, dio un sabio consejo al Cid Campeador, que propició la paz y el progreso o avance de ese reino tan fundamental para lo que después sería España. Este fue el último servicio como consejero de nuestro santo, ya que fallecería un año más tarde, en una fría tarde de otoño.



Cuando nuestro santo, sintió agotadas sus fuerzas y conoció
que el mal de muerte le tenía asido fuertemente, quiso dejar a sus monjes la herencia riquísima de sus consejos y enseñanzas.

Contaron algunos juglares que; García, en su lecho, antes de
morir, congregó a todos los monjes en torno suyo, los miró con ojos cargados de febril brillantez, y dejó fluir en palabras entrecortadas, sus cariños de padre y los fervores de Santo.

A los pocos días recibía la visita del obispo de Burgos, Don Jimeno, amigo suyo y entre los sollozos de los monjes y tras darle un abrazo al Santo, dijo “Padre García, amadísimo Padre, damos gracias a Dios, le damos gracias de que, al fin, triunfando de esta vida pasas al descanso de la gloria. No te olvidarás de nosotros al verte seguro, verdad? Padre?. Ruega mucho al Señor, pídele mucho por nosotros y por estos que son tus hijos, para que algún día nos encontremos todos juntos en el cielo; y entonces, para siempre, para
siempre”.




Estas palabras dirigidas a García de Arlanza, que se recogen en diferentes escritos, que son parte de la historia de otro santo, ha servido para darle vida a una oración que se repite cada día del Triduo que se hace en su honor, en esta Parroquia, los días 23, 24 y 25 de Noviembre. Siendo este último, el día de la Festividad de nuestro santo abad.

Allí, en el templo a la derecha del santo, podréis conocer observar la reliquia, un hueso de 15cms. del pie, que desde el año 2003, se encuentra en esta parroquia algecireña.

Mira por donde, han tenido que pasar mil años para que de una forma u otra, bien con la relíquia, estas celebraciones o este libro, haya llegado este santo abad a nuestra ciudad y nuestro conocimiento.

Era cuestión de justicia el conocerlo… Ya, el Todopoderoso, la hizo llevándolo junto a él, en el Cielo que es mucho más grande que Castilla.



martes, 24 de noviembre de 2015

DIA SEGUNDO DEL TRIDUO A SAN GARCÍA (Los Enfermos)




Hoy día 24 de noviembre, el segundo día del triduo a nuestro Patrón, San García Abad, se dedica a los enfermos.

Bienaventurado San García Abad, siempre compasivo, padre y protector de los pobres y necesitados; míranos con piedad y ruega por nosotros que te invocamos con fe absoluta en tu bondad y en tu poder. Mira con piedad a los enfermos de nuestra Parroquia, que  necesitan ser curados en el cuerpo y en  espíritu.

Reconfórtalos con tu intercesión ante Dios, nuestro Señor, para que levanten su ánimo y puedan superar todos sus males; y, ya que has querido asociarlo a tu Pasión redentora, haz que confíe en la eficacia del dolor para la salvación del mundo.

 No nos olvides ante Dios, a quien siempre serviste y adoraste. Amén.



Oración.



Señor Jesucristo, que para redimir a los hombres y sanar a los enfermos quisiste asumir nuestra condición humana, mira con piedad a Nuestros feligreses., que están enfermos y necesitan ser curados en el cuerpo y en el espíritu.

Reconfórtalo con tu poder para que levante su ánimo y pueda superar todos sus males; y, ya que has querido asociarlo a tu Pasión redentora, haz que confíe en la eficacia del dolor para la salvación del mundo.

Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén


Padrenuestro, Avemaría, Gloria y oración final.


  
ORACIÓN FINAL




En esta necesidad y pena que me agobia y conturba sin hallar consuelo humano, acudo a ti, oh abogado y protector mío, San García Abad; confío en tu poderoso valimiento para que, intercediendo por mi ante el Dios de bondad y misericordia, me sean perdonadas mis culpas y me vea libre de los males y desgracias que me afligen; dame, al menos, tu espíritu de sacrificio para que aceptándolas por amor de Dios las santifique.

¡Oh Padre Celestial, por los dulces nombres de Jesús y de María y por los méritos de tu fiel siervo San García Abad, ayúdame en esta angustia y no permitas que quede confundida mi esperanza!. Amén






lunes, 23 de noviembre de 2015

TRIDUO A NUESTRO PATRÓN, SAN GARCÍA ABAD!!




Dedicado a La Familia, comienza hoy el Triduo y Cultos a San García Abad, que finalizará el miércoles, día 25 de Noviembre, día de su festividad
.

Día Primero (La Familia).



¡Oh San García Abad! Si en la tierra vivías sólo para Dios y tus semejantes, hoy que te hallas ya junto al trono de la misericordia, puedes disponer mejor de sus tesoros. Si aquí conocías dónde estaba la necesidad para remediarla, mejor la ves desde el cielo donde moras. No defraudes las esperanzas de los que deseamos verte ensalzado en la tierra y alcánzanos lo que te pedimos en favor de nuestras familias. Amén.

Oración.





Oh Dios, de quien procede toda paternidad en el cielo y en la tierra, Padre, que eres Amor y Vida, haz que en cada familia humana sobre la tierra se convierta, por medio de tu Hijo, Jesucristo, "nacido de Mujer", y del Espíritu Santo, fuente de caridad divina, en verdadero santuario de la vida y del amor para las generaciones porque siempre se renuevan.

Haz que tu gracia guíe a los pensamientos y las obras de los esposos hacia el bien de sus familias y de todas las familias del mundo.

Haz que las jóvenes generaciones encuentren en la familia un fuerte apoyo para su humanidad y su crecimiento en la verdad y en el amor.


Haz que el amor, corroborado por la gracia del sacramento del matrimonio, se demuestre más fuerte que cualquier debilidad y cualquier crisis, por las que a veces pasan nuestras familias.

Haz finalmente, te lo pedimos por intercesión de la Sagrada Familia de Nazaret, que la Iglesia en todas las naciones de la tierra pueda cumplir fructíferamente su misión en la familia y por medio de la familia. Tú, que eres la Vida, la Verdad y El Amor, en la unidad del Hijo y del Espíritu santo

Padrenuestro, Avemaría, Gloria y oración final.



ORACIÓN FINAL


En esta necesidad y pena que me agobia y conturba sin hallar consuelo humano, acudo a ti, oh abogado y protector mío, San García Abad; confío en tu poderoso valimiento para que, intercediendo por mi ante el Dios de bondad y misericordia, me sean perdonadas mis culpas y me vea libre de los males y desgracias que me afligen; dame, al menos, tu espíritu de sacrificio para que aceptándolas por amor de Dios las santifique.
¡Oh Padre Celestial, por los dulces nombres de Jesús y de María y por los méritos de tu fiel siervo San García Abad, ayúdame en esta angustia y no permitas que quede confundida mi esperanza!. Amén

  

domingo, 15 de noviembre de 2015

"El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán" (Evangelio Dominical)




Hoy recordamos cómo, al comienzo del año litúrgico, la Iglesia nos preparaba para la primera llegada de Cristo que nos trae la salvación. A dos semanas del final del año, nos prepara para la segunda venida, aquella en la que se pronunciará la última y definitiva palabra sobre cada uno de nosotros.



Ante el Evangelio de hoy podemos pensar que “largo me lo fiais”, pero «Él está cerca» (Mc 13,29). Y, sin embargo, resulta molesto —¡hasta incorrecto!— en nuestra sociedad aludir a la muerte. Sin embargo, no podemos hablar de resurrección sin pensar que hemos de morir. El fin del mundo se origina para cada uno de nosotros el día que fallezcamos, momento en el que terminará el tiempo que se nos habrá dado para optar. El Evangelio es siempre una Buena Noticia y el Dios de Cristo es Dios de Vida: ¿por qué ese miedo?; ¿acaso por nuestra falta de esperanza?


Ante la inmediatez de ese juicio hemos de saber convertirnos en jueces severos, no de los demás, sino de nosotros mismos. No caer en la trampa de la autojustificación, del relativismo o del “yo no lo veo así”... Jesucristo se nos da a través de la Iglesia y, con Él, los medios y recursos para que ese juicio universal no sea el día de nuestra condenación, sino un espectáculo muy interesante, en el que por fin, se harán públicas las verdades más ocultas de los conflictos que tanto han atormentado a los hombres.

La Iglesia anuncia que tenemos un salvador, Cristo, el Señor. ¡Menos miedos y más coherencia en nuestro actuar con lo que creemos! «Cuando lleguemos a la presencia de Dios, se nos preguntarán dos cosas: si estábamos en la Iglesia y si trabajábamos en la Iglesia; todo lo demás no tiene valor» (Beato J.H. Newman). La Iglesia no sólo nos enseña una forma de morir, sino una forma de vivir para poder resucitar. Porque lo que predica no es su mensaje, sino el de Aquél cuya palabra es fuente de vida. Sólo desde esta esperanza afrontaremos con serenidad el juicio de Dios.


Lectura del santo evangelio según san Marcos (13,24-32):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «En aquellos días, después de esa gran angustia, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán. Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, de horizonte a horizonte. Aprended de esta parábola de la higuera: Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducís que el verano está cerca; pues cuando veáis vosotros suceder esto, sabed que él está cerca, a la puerta. Os aseguro que no pasará esta generación antes que todo se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán, aunque el día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sólo el Padre.»
Palabra del Señor



COMENTARIO.




Ya acercándonos al final del Año Litúrgico, el cual suele terminar en el mes de Noviembre de cada año, este último Domingo del Ciclo “B”, ciclo que concluye la próxima semana con la Fiesta de Cristo Rey, las Lecturas nos invitan a reflexionar sobre la Parusía. 

“Parusía” es una palabra que intriga -cuando no se conoce su significado-  y que tal vez asusta cuando sí se conoce.

En efecto, en su sentido estricto, “Parusía” significa la segunda venida de Cristo.  Y eso asusta. 


En su sentido más amplio se refiere a la plenitud de la salvación de la humanidad, salvación efectuada ya por Cristo, pero que será completada precisamente con su segunda venida en gloria, cuando venga a establecer su reinado definitivo, cuando como nos dice San Pablo en la Segunda Lectura, “sus enemigos sean puestos bajo sus pies” (Hb. 10, 11-14.18).

De allí que no haya que temer, porque la Parusía será el momento de nuestra salvación definitiva.  Será, además, el momento más espectacular y más importante de la historia de la humanidad:  ¡Cristo viniendo en la plenitud de su gloria, de su poder, de su divinidad!  Si hace dos mil años Cristo vino como un ser humano cualquiera, en su segunda venida lo veremos tal cual es, “cara a cara”  (1 Cor. 13, 12).


Será el momento de nuestra definitiva liberación:  nuestros cuerpos reunidos con nuestras almas en la resurrección prometida para ese momento final. 
Es cierto que la Primera Lectura del Profeta Daniel nos hace algunos anuncios aterradores.  Pero ese momento será terrible para algunos, para “los que duermen en el polvo y que despertarán para el eterno castigo”  (Dn. 12, 1-3).   Pero ésos serán los que no hayan cumplido la voluntad de Dios en esta vida terrena, los que se hayan opuesto a Dios y a sus designios, los que hayan buscado caminos distintos a los de Dios.   Es decir, ese castigo será para los que le han dado la espalda a Dios.

Pero los justos, los que hayan buscado cumplir la voluntad de Dios en esta vida, los que por esa razón “están escritos en el libro ... despertarán para la vida eterna ... brillarán como el esplendor del firmamento ... y resplandecerán como estrellas por toda la eternidad” (Dn. 12, 1-3).

Notemos que Daniel nos habla de “los guías sabios”  y “los que enseñan a muchos la justicia”.   

La gloria esplendorosa será para los guías que sean sabios, que estén llenos de la Sabiduría Divina y que guíen a otros con esa Sabiduría.  También será esa gloria para aquéllos que enseñen la justicia.  La justicia, en lenguaje bíblico, significa santidad.


Es decir, esa gloria esplendorosa será también para aquéllos que viviendo en santidad, viviendo de acuerdo a la voluntad de Dios, enseñen a otros la santidad, el cumplimiento de la voluntad de Dios, tanto con su ejemplo, como con su palabra. 

Es cierto que nos dice también el Profeta, que ese momento será precedido por“un tiempo de angustia, como no lo hubo desde el principio del mundo”.
Ahora bien, no hay que temer este tiempo final, pues dentro de su Providencia Divina, Dios prepara todo para bien de los que le aman, para bien de aquéllos que han vivido acorde a su Voluntad en esta vida –la que estamos viviendo antes de que vuelva glorioso como justísimo Juez en la Parusía.

De allí que las pruebas y sufrimientos de esa tribulación serán la última llamada –la última oportunidad- de conversión para los que se encuentren en estado de pecado y decidan –por fin- no seguir dándole la espalda a Dios.
Será también la última ocasión de expiación para los que, aun andando en la Voluntad de Dios, requieren de esa etapa de purificación para poder ver a Dios cara a cara.   Porque “bienaventurados los limpios de corazón, pues ellos verán a Dios”  (Mt. 5, 8)y, refiriéndose a la entrada a la Jerusalén Celestial, nos dice el Apocalipsis:  “En ella no entrará nada manchado” (Ap. 21, 27) y “Felices los que lavan sus ropas…se les abrirán las puertas de la Ciudad” (Ap. 22, 14).

En ese sentido, esa etapa de sufrimientos es, entonces, fruto de la infinita misericordia de Dios que quiere que todos sus hijos sean salvados y disfruten eternamente con El la gloria del Cielo que nos ha preparado desde toda la eternidad. 

Es por ello que para el verdadero seguidor de Cristo, las tribulaciones de ayer, de hoy y del futuro, tribulaciones personales o grupales, tribulaciones de ciudades, de países, del mundo, son vistas como preparación de todos los seres humanos a esa venida final de Cristo en gloria.

El Evangelio también nos habla de lo mismo.  Es Cristo predicando sobre ese momento.  Y nos dice que será un momento en que “el universo entero se conmoverá, pues verán al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad.  Y El enviará a sus Ángeles a congregar a sus elegidos desde los cuatro puntos cardinales y desde lo más profundo de la tierra a lo más alto del cielo” (Mc. 13, 24-32).

Es bueno hacer notar que tanto la profecía de Daniel, como el anuncio del Evangelio, se referían también a hechos que sucedieron ya en la historia, pues así es la Palabra de Dios:  para todo momento.

En el caso de Daniel, se refería a la persecución de los judíos por parte de los reyes paganos.  En el caso del Evangelio, se trataba de la destrucción de Jerusalén.  Pero en sentido pleno, estas lecturas se refieren a la Parusía, al fin de los tiempos.

Otro punto interesante en ambas lecturas es la participación de los Ángeles en favor de los elegidos.  La lectura del Libro de Daniel nos habla de San Miguel Arcángel, “el gran príncipe que defiende a tu pueblo”.  El Evangelio de hoy nos habla de todos los Ángeles “encargados de reunir a todos los elegidos”.

Otro tema que toca el Señor en el Evangelio es el momento en que esto sucederá.  Y a pesar de que el momento no es lo más importante, pues siempre tenemos que estar preparados, como bien nos indica Jesús con varias parábolas, sí nos da el Señor en este Evangelio algún indicio:  “Entiendan esto con el ejemplo de la higuera.  Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las hojas, ustedes saben que el verano está cerca.  Así también, cuando vean ustedes que suceden estas cosas, sepan que el fin ya está cerca, ya está a la puerta”.


En ese momento seremos resucitados y reunidos todos:  unos resucitarán para una vida de felicidad eterna en el Cielo y otros para una vida de condenación eterna en el Infierno.  En ese momento grandioso, inimaginable, esplendoroso, tal vez el momento más espectacular y más importante de toda la historia humana, habrá “cielos nuevos y tierra nueva”  para los salvados.  Será el Reinado definitivo de Cristo (cfr. Ap. 21 y 1 Pe. 3, 10-13).

Con esta esperanza se comprende cómo -desde el comienzo de la Iglesia hasta nuestros días- los cristianos, deseosos de volver a ver el rostro glorioso de Cristo, han esperado siempre la Parusía y hasta han creído sentirla muy próxima en algunos momentos de la historia de la humanidad.  De allí que con el deseo de ese momento toda la Iglesia ore con las palabras finales de la Biblia:  “Ven, Señor Jesús” (Ap. 22, 20).


domingo, 8 de noviembre de 2015

“Más valor tiene quien da lo que necesita, quien da lo que le sobra” (Evangelio Dominical)



Hoy, el Evangelio nos presenta a Cristo como Maestro, y nos habla del desprendimiento que hemos de vivir. Un desprendimiento, en primer lugar, del honor o reconocimiento propios, que a veces vamos buscando: «Guardaos de (…) ser saludados en las plazas, ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes» (cf. Mc 12,38-39). En este sentido, Jesús nos previene del mal ejemplo de los escribas.

Desprendimiento, en segundo lugar, de las cosas materiales. Jesucristo alaba a la viuda pobre, a la vez que lamenta la falsedad de otros: «Todos han echado de lo que les sobraba, ésta [la viuda], en cambio, ha echado de lo que necesitaba» (Mc 12,44).


Quien no vive el desprendimiento de los bienes temporales vive lleno del propio yo, y no puede amar. En tal estado del alma no hay “espacio” para los demás: ni compasión, ni misericordia, ni atención para con el prójimo.

Los santos nos dan ejemplo. He aquí un hecho de la vida de san Pío X, cuando todavía era obispo de Mantua. Un comerciante escribió calumnias contra el obispo. Muchos amigos suyos le aconsejaron denunciar judicialmente al calumniador, pero el futuro Papa les respondió: «Ese pobre hombre necesita más la oración que el castigo». No lo acusó, sino que rezó por él.

Pero no todo terminó ahí, sino que —después de un tiempo— al dicho comerciante le fue mal en los negocios, y se declaró en bancarrota. Todos los acreedores se le echaron encima, y se quedó sin nada. Sólo una persona vino en su ayuda: fue el mismo obispo de Mantua quien, anónimamente, hizo enviar un sobre con dinero al comerciante, haciéndole saber que aquel dinero venía de la Señora más Misericordiosa, es decir, de la Virgen del Perpetuo Socorro.

¿Vivo realmente el desprendimiento de las realidades terrenales? ¿Está mi corazón vacío de cosas? ¿Puede mi corazón ver las necesidades de los demás? «El programa del cristiano —el programa de Jesús— es un “corazón que ve”» (Benedicto XVI).






Lectura del santo evangelio según san Marcos (12,38-44):


En aquel tiempo, entre lo que enseñaba Jesús a la gente, dijo: «¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas, con pretexto de largos rezos. Éstos recibirán una sentencia más rigurosa.»
Estando Jesús sentado enfrente del arca de las ofrendas, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban en cantidad; se acercó una viuda pobre y echó dos reales.
Llamando a sus discípulos, les dijo: «Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir.»

Palabra del Señor


COMENTARIO



Varias veces la Sagrada Escritura nos pone como ejemplos a mujeres viudas.  Las lecturas de este Domingo nos traen el caso de dos de ellas, a quienes nos presenta el Señor como modelos de generosidad extrema: la viuda de Sarepta en tiempos del Profeta Elías y la viuda pobre a quien Jesús observó dando limosna en el Templo de Jerusalén.

El caso de la primera viuda, la de Sarepta, que nos trae la Primera Lectura (1 R 17, 10-16) es impresionante.  Tal vez no había pasado tanta necesidad antes esta mujer, pero la sequía y la hambruna del momento la habían colocado en una posición de pobreza extrema: le quedaba sólo “un puñado de harina y un poco de aceite”. Pero Dios le envía al Profeta Elías para pedirle pan y ella le explica su delicada situación así: con esto que me queda “voy a preparar un pan para mí y para mi hijo; nos lo comeremos y luego moriremos”.  Ya no tenía más nada para comer.  Era lo último que le quedaba.

Pero ¿qué hace Dios?  Le habla por boca del Profeta, quien le ordena compartir con él lo  poquísimo que le queda: cocinar primero un pan para él y luego uno para ella y su hijo.  Y esa orden queda sellada con unas palabras proféticas (proféticas, en el sentido teológico del término, pues eran palabras que venían de Dios, y proféticas en el sentido coloquial del término, pues anunciaban un hecho futuro):“La tinaja de harina no se vaciará, la vasija de aceite no se agotará”.  Y la viuda cumple la petición de Elías y, a pesar de ser pagana, cree en la palabra que Dios le envía a través del Profeta. 


¡Qué fe y qué confianza tuvo esta mujer!  Por eso “tal como había dicho el Señor por medio de Elías, a partir de ese momento, ni la tinaja de harina se vació, ni la vasija de aceite se agotó”.

¡Qué generosidad la de esta mujer!  Si nos ponemos a ver, un pancito no es mucha cosa.  Pero cuando es lo último que a uno le queda, puede ser mucho... ¡demasiado!

Lo mismo sucedió con la segunda viuda: dio de lo último que le quedaba.  Nos cuenta el Evangelio de hoy (Mc. 12, 38-44),  que Jesús se puso a observar a la gente que echaba limosnas en el Templo.  “Muchos ricos daban en abundancia.  En esto se acercó una viuda pobre y echó dos moneditas de muy poco valor”.   Y Jesús no sólo observó, sino que le dio una enseñanza a sus discípulos: “Yo les aseguro que esa pobre viuda ha echado en la alcancía más que todos.  Porque los demás han echado de lo que les sobraba, pero ésta, en su pobreza, ha echado todo lo que tenía para vivir”.


Lo mismo que el pancito de la de Sarepta, estas dos moneditas era lo último que le quedaba a la de Jerusalén.  Y ésta fue aún más audaz en su caridad que la de Sarepta, porque nadie le estaba pidiendo que diera lo poquísimo que le quedaba y, además, tampoco tenía una promesa profética de que lo poco que le quedaba sería multiplicado y no se agotaría.

En estas lecturas vemos que la generosidad la mide el Señor no porque lo que se dé sea mucho o poco, sino por cuánto significa lo que se da.  La limosna a los ojos de Dios tiene un valor relativo: de cuánto nos estamos desprendiendo y con qué confianza lo entregamos.  La limosna implica darse uno mismo.  Y para darse uno mismo, habrá renuncia o privación de algo que necesitamos.

Dar limosna puede ser un acto de mera filantropía, que es muy distinto a la caridad cristiana.  Es lo que hacían los ricos que estaba también observando Jesús.  Y a éstos no los elogió, sino que los criticó duramente.  Y los criticó no sólo porque daban de su abundancia, sino porque esa abundancia de que disfrutaban la obtenían nada menos que explotando a viudas y huérfanos.  ¡Tremendo contraste nos traen estas lecturas: dos viudas generosísimas y unos ricos explotadores de viudas y huérfanos!

Enseñanzas exigentes podemos extraer: que nuestra caridad no sea mera filantropía; que nuestra limosna no provenga de nuestra abundancia;   y  ¡por supuesto! que no osemos explotar a nadie.

La Segunda Lectura (Hb. 9, 24-28) nos presenta a Jesús como el máximo modelo de la entrega y la generosidad: se entregó a sí mismo para dar su vida por la salvación de la humanidad.

Pero, además de este recuerdo de la oblación máxima de Cristo por nosotros, este pasaje de la Carta a los Hebreos nos trae tres datos importantísimos:

El primero de ellos: “Está determinado que los hombres mueren una sola vez y que después de la muerte venga el juicio”.   Esta frase parece ¡tan obvia!  Pero no lo es tanto.  Sí ¡claro! los seres humanos mueren una sola vez.  Eso lo sabemos.  Pero... ¿lo saben todos los que les gusta hablar y creer en la re-encarnación? 

Esta afirmación de San Pablo está en clara contradicción con esa herejía que se nos ha metido hasta en los medios católicos.  Ese absurdo mito de la re-encarnación nos hace creer falsamente que podemos volver a vivir en la tierra para luego volver a morir quién sabe cuántas veces.  Esta cita de la Palabra de Dios demuestra que la re-encarnación, aparte de ser una mentira, está negada en la Biblia.


Nos habla San Pablo aquí también del Juicio Particular que tiene cada persona enseguida de la muerte, a través del cual en el mismo momento de la muerte cada alma sabe el estado en que le corresponde estar:  Cielo (felicidad eterna), Infierno (condenación eterna) o Purgatorio (etapa de purificación para luego pasar al Cielo).

Nos recuerda también San Pablo la segunda venida de Cristo al fin de los tiempos:“Al final se manifestará por segunda vez, pero ya no para quitar el pecado, sino para salvación de aquéllos que lo aguardan y en El tienen puesta su esperanza”. 

Sí, Cristo volverá.  Pero no igual a la primera vez que vino como Hombre, muriendo y resucitando para rescatarnos de la muerte y del pecado, sino que volverá en gloria, con todo el poder de su divinidad para mostrar su salvación a todos los que esperan en El.










Fuentes:
Sagradas Escrituras
Evangeli.org
Homilias.org