domingo, 6 de agosto de 2017

«Este es mi Hijo amado» (Evangelio Dominical)




Hoy, el Evangelio nos habla de la Transfiguración de Jesucristo en el monte Tabor. Jesús, después de la confesión de Pedro, empezó a mostrar la necesidad de que el Hijo del hombre fuera condenado a muerte, y anunció también su resurrección al tercer día. En este contexto debemos situar el episodio de la Transfiguración de Jesús. Atanasio el Sinaíta escribe que «Él se había revestido con nuestra miserable túnica de piel, hoy se ha puesto el vestido divino, y la luz le ha envuelto como un manto». El mensaje que Jesús transfigurado nos trae son las palabras del Padre: «Éste es mi Hijo amado; escuchadle» (Mc 9,7). Escuchar significa hacer su voluntad, contemplar su persona, imitarlo, poner en práctica sus consejos, tomar nuestra cruz y seguirlo.

Con el fin de evitar equívocos y malas interpretaciones, Jesús «les ordenó que no contaran a nadie lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre hubiera resucitado de entre los muertos» (Mc 9,9). Los tres apóstoles contemplan a Jesús transfigurado, signo de su divinidad, pero el Salvador no quiere que lo difundan hasta después de su resurrección, entonces se podrá comprender el alcance de este episodio. Cristo nos habla en el Evangelio y en nuestra oración; podemos repetir entonces las palabras de Pedro: «Maestro, ¡qué bien estamos aquí!» (Mc 9,5), sobre todo después de ir a comulgar.




El prefacio de la misa de hoy nos ofrece un bello resumen de la Transfiguración de Jesús. Dice así: «Porque Cristo, Señor, habiendo anunciado su muerte a los discípulos, reveló su gloria en la montaña sagrada y, teniendo también la Ley y los profetas como testigos, les hizo comprender que la pasión es necesaria para llegar a la gloria de la resurrección». Una lección que los cristianos no debemos olvidar nunca.




Lectura del santo evangelio según san Mateo (17,1-9):


                                                


En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.»
Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.»
Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis.»
Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.
Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»


Palabra del Señor





COMENTARIO.


                                                     



La Transfiguración de Jesús ante tres de sus discípulos está íntimamente ligada a la “parusía” o segunda venida de Cristo.  En efecto, es lo que nos dice la oración colecta de la Misa de esta gran fiesta: “nos dejaste entrever la gloria que nos espera como hijos tuyos; concédenos seguir el Evangelio de Cristo, para compartir la herencia de tu reino”.

Jesús se mostró con el esplendor de su divinidad en el Monte Tabor a Pedro, Santiago y Juan.  Y tal fue el agrado de éstos al ser testigos de la gloria del Señor, que el mejor testimonio lo da San Pedro: “Maestro ¡qué a gusto se está aquí!  Hagamos tres tiendas “.    Era ¡tal bello! lo que veían; era ¡tan agradable! lo que sentían, que querían quedarse allí, extasiados en la presencia divinizada del Maestro.

Esa gloria que nos refiere el Evangelio sobre este episodio es la gloria que veremos y que viviremos cuando ese mismo Jesús vuelva con todo el esplendor y el poder de su divinidad en la parusía.  Y esa gloria será nuestra si aquí en la tierra nos hemos ocupado de buscar y de cumplir la Voluntad de Dios.

Quien responde la proposición de San Pedro en el Tabor es el Padre.  Nos cuenta el Evangelio (Mc. 9, 2-10) que “se formó, entonces, una nube que los cubrió con su sombra y de esta nube salió una voz que decía: ‘Este es mi Hijo amado; escúchenlo’”. 

                                                    


San Pedro hace referencia personal de esta experiencia de la Transfiguración en una de sus cartas (2 Pe 1, 16-19).   Y la menciona precisamente para dar fuerza a su anuncio de la segunda venida de Cristo: “Cuando les anunciamos la venida gloriosa y llena de poder de nuestro Señor Jesucristo, no lo hicimos fundados en fábulas hechas con astucia, sino por haberlo visto con nuestros propios ojos en toda su grandeza”.   También nos dice cuánto le impresionó “la sublime voz del Padre”.  Nos dice: “nosotros escuchamos esa voz venida del Cielo”.
Y ¿cuál fue la respuesta de esa Voz?  Ante la petición de quedarse en la admiración y el gozo de la divinidad de Cristo, el Padre nos pide “escuchar” a su Hijo.  Y ¿qué nos dice el Hijo?  Resumido el Evangelio, el mensaje de Cristo se centra en el seguimiento de la Voluntad del Padre.

San Pedro, entonces, compara la gloria que veremos en segunda venida de Cristo con la gloria que él vio y gozó en la Transfiguración.  Ahora bien, ¿por qué es importante destacar esto?  Por el engaño con que vendrán los que quieran hacerse pasar por “cristos”. 

                                                 


He aquí lo que Jesús nos anunció al respecto: “Se presentarán falsos cristos y falsos profetas, que harán cosas maravillosas y prodigios capaces de engañar a los mismos elegidos de Dios.  ¡Miren que se los he advertido de antemano! ...  Pero, cuando venga el Hijo del Hombre, será como el relámpago que parte del oriente y brilla hasta el poniente” (Mt. 24, 23-28).

Los falsos cristos y falsos profetas no podrán venir como vendrá Jesucristo en la parusía, pues jamás podrán lucir la gloria de la Transfiguración, que vieron los Apóstoles en el Monte Tabor.  Podrán realizar grandes prodigios y engañarán a muchos de los que “no quisieron creer en la Verdad y prefirieron quedarse en la maldad” (2 Tes. 2, 11).   Pero ni los falsos “cristos” ni el mismo “anti-cristo” podrá mostrar el fulgor y el poder de la divinidad que Cristo, el verdadero Mesías, nos mostrará cuando, como rezamos en el Credo, “venga con gloria para juzgar a vivos y muertos”.

San Pedro, al hablarnos de la parusía en esta segunda carta, también apoya su testimonio “en la firmísima palabra de los profetas”.    Sin duda se refiere San Pedro sobre todo al Profeta Daniel, (Dn. 7, 9-10. 13-14), que nos habla así de la segunda venida de Cristo: “Vi a alguien semejante a un hijo de hombre, que venía entre las nubes del cielo ... Y todos los pueblos y naciones de todas las lenguas le servían.  Su poder nunca se acabará, porque es un poder eterno, y su reino jamás será destruido”. 

                                                   



Y a los que cumplamos la Voluntad de Dios aquí en la tierra también nos espera la gloria de la Transfiguración en ése, su Reino, que no tendrá fin.

Con motivo de lo que sucedió en la Transfiguración, es bueno recordar lo que en Teología llamamos la Unión Hipostática, término que describe la perfecta unión de la naturaleza humana y la naturaleza divina en Jesús.

De acuerdo a esta verdad, el alma de Jesús gozaba de la Visión Beatífica, cuyo efecto connatural es la glorificación del cuerpo.  (Es lo que sucederá a todos los salvados después de la resurrección al final de los tiempos).

Sin embargo, este efecto de la glorificación del cuerpo no se manifestó en Jesús, porque quiso durante su vida en la tierra, asemejarse a nosotros lo más posible.  Por eso se revistió de nuestra carne mortal y pecadora (cf. Rm. 3, 8).  Se asemejó en todo, menos en el pecado.

Pero en la Transfiguración quiso también mostrar a tres de ellos algo su divinidad.  Quiso el Señor con su Transfiguración en el Monte Tabor animarlos, fortalecerlos y prepararlos para lo que luego iba a suceder en el Monte Calvario, pues la Transfiguración tiene lugar unos pocos días después del anuncio que Cristo le había hecho de su Pasión y Muerte a los Apóstoles.  Así, esta vivencia de su gloria les fortalecería la fe, pues habían quedado muy turbados al conocer que el Señor sería entregado a las autoridades y que debería sufrir mucho, para luego morir y resucitar.

                                                  


Con esto Jesucristo quiere decirle a los Apóstoles que han tenido la gracia de verlo en el esplendor de su Divinidad, que ni El -ni ellos- podrán llegar a la gloria de la Transfiguración -a la gloria de la Resurrección- sin pasar por la entrega absoluta de su vida, sin pasar por el sufrimiento y el dolor, tal como les dijo en el anuncio previo a su Transfiguración sobre su Pasión y Muerte: “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga.  Pues el que quiera asegurar su propia vida la perderá, pero el que pierda su vida por mí, la hallará” (Mt. 16, 24-25).

En efecto, en el Tabor, Pedro, Santiago y Juan, pudieron contemplar cómo el alma de Jesús dejó trasparentar a su cuerpo un “algo” de su gloria infinita.

Los tres quedaron extasiados.  Y eso que Jesús sólo les había dejado ver algo de su gloria, pues ninguna creatura humana habría podido soportar la visión completa de su divinidad, según sabemos por lo dicho por Yavé a Moisés (cf. Ex. 33, 20).

La gloria es el fruto de la gracia.  Así, la gracia que Jesús posee en medida infinita, le proporciona una gloria infinita que le transfigura totalmente.  Fue lo que quiso mostrarnos en el Tabor.
                                           


Guardando las distancias, algo semejante sucede en nosotros cuando verdaderamente estamos en gracia.  La gracia nos va transformando. Pudiéramos decir que nos va transfigurando, hasta que un día nos introduzca en la Visión Beatífica de Dios.


Si esto es así, apliquemos lo mismo a lo contrario.  ¿Qué efecto tiene el pecado en nuestra alma?  Nos desfigura, nos oscurece.  Y nos daña de tal manera que, si nos descuidamos, nos puede desfigurar tanto, que podría llevarnos a la condenación eterna.

Ahora bien, Tabor y Calvario van juntos.  No hay gloria sin sufrimiento.  No hay resurrección sin cruz. 

A San Pedro le gustó mucho la visión de la Transfiguración y quería quedarse allí.  “¡Qué bueno sería quedarnos aquí!” (Mt. 17, 4.)  Pero ese anhelo fue interrumpido por la misma voz del Padre: “Este es mi Hijo amado en Quien tengo puestas mis complacencias.  Escúchenlo” (Mt. 17, 5).

Cuando Pedro pide quedarse disfrutando en el Tabor, gozando de esa pequeña manifestación de la divinidad, Dios mismo le responde, diciéndole que escuche y siga a su Hijo.  No pasó mucho tiempo para que San Pedro y los demás supieran que seguir a Jesús significa subir también al Calvario.

Si en el Cielo la felicidad completa y eterna será la consecuencia de la posesión de Dios, aquí en la tierra los momentos de felicidad espiritual son sólo impulsos para entregarnos con mayor generosidad a Dios y a su servicio.

Después de la Transfiguración, los tres discípulos levantaron los ojos y vieron sólo a Jesús.  Sólo Jesús, sólo Dios basta.  

                                                        



No importa que nos falte todo, que se deshaga todo, que se interrumpa todo, que no tengamos consuelos espirituales, ni muchos momentos felices, o –al contrario- que tengamos muchos momentos de sufrimiento.   No importa la situación, no importa la circunstancia.  Puede ser en el Tabor o en el Calvario.  Sólo Dios basta.

Recordemos el poema teresiano:

Nada te turbe.
Nada te espante.
Todo se pasa.
Dios no se muda.
La paciencia todo lo alcanza.
Quien a Dios tiene, nada le falta
Sólo Dios basta.



miércoles, 2 de agosto de 2017

Hoy celebramos a ... Nuestra Señora de los Ángeles !!



Hoy miércoles celebra la Iglesia, la fiesta de Nuestra Señora de los Ángeles.

Una fiesta bonita, una advocación más que se le da a la Virgen y una característica más con que conocemos y honramos a la Madre de Cristo.Cae, es cierto, en un día no demasiado bueno (2 de agosto) pero la Iglesia celebra ese día a la Virgen con ese entrañable título de "Nuestra Señora de los Ángeles" y hay que intentar cumplir como buenos hijos.


Hay una máxima que señala que para apreciar una cosa primero la tienes que conocer y si es al detalle la aprecias mucho más. Y eso es lo que hemos pretendido. Gracias a este gran invento de internet hemos buscado por la red y hemos encontrado lo que a continuación ofrecemos. Lo hacemos porque creemos que así la gente, los que leen este blog, pueden conocer mejor esta fiesta. Sí, sé que es una mala fecha. Los que han terminado las vacaciones no llegan con muy buen humor que digamos y los que las tienen en agosto si aún no han salido están pensando donde ir. Pero los cristianos, los que proclamamos nuestra fe católica, tenemos unas obligaciones, mejor unos deberes de los que no podemos eludir. Y uno de estos deberes es la devoción que tenemos que profesar a la Virgen María en todas y cada una de sus advocaciones. Y la de Los Ángeles, esta es una de ellas.
No me valen pues que si hace calor, si es un tiempo propicio para estar en la playa o en el chalet, si esta fiesta únicamente se tendría que celebrar de puertas para dentro debido precisamente a que estamos en una época en que se vacían nuestras ciudades pues son muchos los que emigran, cada vez menos, a la playa, a los chalets o a ver a la familia en el pueblo.

Nuestra Señora la Reina de los Ángeles.



El nombre completo del que procede este bellísimo nombre propio de mujer, es Nuestra Señora la Reina de los Ángeles. He ahí los nombres y las virtudes que se ocultan tras este nombre realmente plural: Señora, Reina y Ángel.

Casi nada para empezar. Basta que le añadamos al nombre su respectivo artículo, para que vuele la imaginación a la sin igual ciudad de Los Ángeles, fundada por el aventurero español Felipe de Neve en 1781 con el nombre de "El Pueblo de Nuestra Señora la Reina de los Ángeles", en que se concentra el resplandor de las estrellas del cine y de la televisión. Es realmente la Regina Stellarum, la reina de las estrellas, la reina del glamour, además de ser la ciudad de la Reina de los Ángeles (Regina Angelorum, que dicen las letanías). Pero volviendo a su origen, el griego “ánguelos” no es poco lo que trae consigo el nombre. Ángeles fueron en un principio los mensajeros, nobles servidores de los dioses y de los hombres. Pero pronto fueron los más insignes aquellos que dedicaban sus desvelos a la intermediación entre Dios y el hombre, hasta convertirse en los ángeles por antonomasia; y buenos por su misma naturaleza; y la misma belleza personificada.



Un nombre tan sugestivo no podía quedar exclusivamente en la lista de los nombres masculinos sólo por ser ésta su forma gramatical; como tampoco quedó el nombre de María reducido a la lista de los nombres femeninos por tan poca cosa. Y así dio el salto para convertirse en bellísimo nombre de mujer a través de Nuestra Señora de los Ángeles, y también bajo la forma de Angélica, y aun bajo la forma de Ángela. Era el justo destino. De la Biblia a la patrística y hasta las más bellas tradiciones, María está siempre rodeada de ángeles. El arcángel san Gabriel, príncipe de ángeles, es el primero que aparece en su vida, anunciándole la Encarnación. Y luego, cuando da a luz al Redentor, coros de ángeles cantan y anuncian la buena nueva. Y vuelven a ser los ángeles los autores de su Asunción a los cielos; y ángeles de nuevo los que trasladan su casa de Belén a Loreto, como cuenta la piadosa tradición.


 (Virgen de los Ángeles, Patrona de Costa Rica)

¿Cómo no iba a ser la Reina de los Ángeles si nunca persona alguna fue de ángeles y arcángeles tan bien servida? Pero es que una vez iniciado su camino, este nombre siguió extendiéndose por el mundo, tanto en la geografía como en la onomástica. Así existen ciudades y pueblos y ríos y montes y valles con el nombre de Los Ángeles en España, en Perú, en Filipinas, en México, en Puerto Rico, en Costa Rica, en Colombia, además de la relumbrante ciudad de Estados Unidos. Y formó parte en la composición de nombres tanto de mujer como de hombre: María de los Ángeles, Isabel de los Ángeles, Felipa de los Ángeles, Mariana de los Ángeles, Martina de los Ángeles, Juan de los Ángeles, Mateo de los Ángeles... tras todos estos nombres hay grandes personajes que han merecido el honor de las enciclopedias. Y no bajo esta forma, sino bajo la forma de Ángela hay varias santas en el cielo; y en la mitología griega, es éste uno de los sobrenombres de Diana y de la también diosa lunar Hécate, y el nombre de una de las hijas de Júpiter y Juno, responsable de que los europeos sean tan blancos, porque les dio los cosméticos que le había sustraído a su madre. Y en la forma de "La Hermosa Angélica" tenemos a la heroína del Orlando Furioso, de Ariosto. Como no podía ser menos, la mujer se ha apropiado de este excelso nombre de los ángeles y lo ha enaltecido mucho, mucho más.

¡Felicidades! Ángeles y Angelitas!!




DULZURA DE LOS ÁNGELES
(de la liturgia bizantina)




Dulzura de los ángeles, alegría de los afligidos,
abogada de los cristianos, Virgen madre del Señor,
protégeme y sálvame de los sufrimientos eternos.

María, purísimo incensario de oro,
que ha contenido a la Trinidad excelsa;
en ti se ha complacido el Padre, ha habitado el Hijo, y
el Espíritu Santo, que cubriéndote con su sombra,
Virgen, te ha hecho madre de Dios.

Nosotros nos alegramos en ti, Theotókos;
tú eres nuestra defensa ante Dios.
Extiende tu mano invencible y aplasta a nuestros enemigos.
Manda a tus siervos el socorro del cielo.













Fuentes:
Iluminación Divina
Fiestas Marianas.
José Ángel Crespo Flor.
Ángel Corbalán

domingo, 30 de julio de 2017

«Un tesoro escondido en un campo (...); un mercader que anda buscando perlas finas» (Evangelio Dominical)




Hoy, el Evangelio nos quiere ayudar a mirar hacia dentro, a encontrar algo escondido: «El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo» (Mt 13,44). Cuando hablamos de tesoro nos referimos a algo de valor excepcional, de la máxima apreciación, no a cosas o situaciones que, aunque amadas, no dejan de ser fugaces y chatarra barata, como son las satisfacciones y placeres temporales: aquello con lo que tanta gente se extenúa buscando en el exterior, y con lo que se desencanta una vez encontrado y experimentado.

El tesoro que propone Jesús está enterrado en lo más profundo de nuestra alma, en el núcleo mismo de nuestro ser. Es el Reino de Dios. Consiste en encontrarnos amorosamente, de manera misteriosa, con la Fuente de la vida, de la belleza, de la verdad y del bien, y en permanecer unidos a la misma Fuente hasta que, cumplido el tiempo de nuestra peregrinación, y libres de toda bisutería inútil, el Reino del cielo que hemos buscado en nuestro corazón y que hemos cultivado en la fe y en el amor, se abra como una flor y aparezca el brillo del tesoro escondido.




Algunos, como san Pablo o el mismo buen ladrón, se han topado súbitamente con el Reino de Dios o de manera impensada, porque los caminos del Señor son infinitos, pero normalmente, para llegar a descubrir el tesoro, hay que buscarlo intencionadamente: «También es semejante el Reino de los Cielos a un mercader que anda buscando perlas finas» (Mt 13,45). Quizá este tesoro sólo es encontrado por aquellos que no se dan por satisfechos fácilmente, por los que no se contentan con poca cosa, por los idealistas, por los aventureros.

En el orden temporal, de los inquietos e inconformistas decimos que son personas ambiciosas, y en el mundo del espíritu, son los santos. Ellos están dispuestos a venderlo todo con tal de comprar el campo, como lo dice san Juan de la Cruz: «Para llegar a poseerlo todo, no quieras poseer algo en nada».




Lectura del santo evangelio según san Mateo (13,44-52):





En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo. El reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra. El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Entendéis bien todo esto?»
Ellos le contestaron: «Sí.»
Él les dijo: «Ya veis, un escriba que entiende del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo.»


Palabra del Señor





COMENTARIO.




 Hoy el Evangelio de San Mateo nuevamente nos trae tres parábolas:  la del Tesoro escondido, la de la Perla fina y la de la Red de pescar.  Y Jesús usa esas tres cosas para explicarnos el significado del Reino de los Cielos y su importancia. (Mt. 13, 44- 52)

Son muchas las veces que Jesús nos habla en el Evangelio del “Reino de Dios”, del “Reino de los Cielos”.  Y, además ¡cuántas veces hemos repetido esa frase del Padre Nuestro “venga a nosotros tu Reino”!  Quiere decir, entonces, que es importante entender qué es el “Reino de los Cielos”.  Y es importante saber cuáles son sus implicaciones.

En este trozo del Evangelio de San Mateo Jesucristo usa tres parábolas para explicar de qué se trata el Reino de los Cielos.  Pero éstas no son las únicas.

Jesucristo nos explicó lo del Reino de los Cielos con muchísimas comparaciones y parábolas, de manera que pudiéramos captar la importancia de su Reino.  Tanta importancia tiene, que debe estar antes que todo lo demás.

Veamos primero la última de las tres parábolas, la de la Red de pescar.  Es una parábola escatológica, que se refiere a lo mismo que veíamos el Domingo pasado sobre el trigo y la cizaña; es decir, a que en esta vida convivimos buenos y malos, para luego, al final, quedar divididos:  unos para la salvación eterna en el Cielo y otros para la condenación eterna en el Infierno.




Esta comparación la refieren algunos exégetas a la Iglesia.  La “pesca” es un símbolo preferencial sobre lo que es la misión de la Iglesia, que es misión de todos los que formamos la Iglesia:  pescar gente.  Recordemos lo que Jesús le dijo a Pedro y a su hermano Andrés cuando, estando ellos echando sus redes en el Lago de Galilea los llamó para que lo siguieran, diciéndoles:  “Síganme y los haré pescadores de hombres” (Mt. 4, 18-19).

Y en esa pesca viene toda clase de gente: unos se van, otros se quedan, unos son muy pecadores, otros menos pecadores, unos se salvan unos se condenan.  Esta parábola, entonces, también nos recuerda cómo es la Iglesia:  santa porque su fundador es Santo y su misión es santificar a todos, pero también es pecadora, porque los que formamos parte de ella somos pecadores.  ¡Y cómo queda esto evidente a cada instante!  Al final, cuando Jesús vuelva como Juez, separará a unos de otros y los malos serán “echados al horno ardiente, donde habrá llanto y desesperación”.

En el caso de la Parábola del Tesoro escondido y la de la Perla fina,  ambas plantean cuán valioso es el Reino de los Cielos si se compara con otras riquezas.

En el primer caso, se trata de un tesoro que alguien encuentra y, “lleno de alegría, vende todo lo que tiene”, para poder comprar ese terreno.  La segunda parábola cuenta que un comerciante de perlas finas encuentra “una perla muy valiosa” y, entonces, va y vende todo lo que tiene para comprarla.




Como vemos, ambas comparaciones dadas por el Señor nos indican la superioridad que tiene el Reino de los Cielos frente a cualquier otra cosa, y nos hace ver la actitud que tiene quien lo llega a descubrir:  se propone adquirirlo a cualquier costo, vende todo lo que tiene, para poder lograr tener lo que verdaderamente vale.

Y ¿qué es el Reino de los Cielos?   ¿Qué es eso que meditamos en el Tercer Misterio Luminoso:  “El Anuncio del Reino”? 

El Reino de los Cielos es, ciertamente, la presencia de Cristo en medio de nosotros y el anuncio de su mensaje de salvación.  Pero la salvación que El nos vino a traer se completa en la eternidad cuando lleguemos a participar de la plenitud de la presencia de Dios en el Cielo.  Y para llegar a allí, para vivir el Reino de los Cielos y para vivir en el Reino de los Cielos, debemos “vender” todo lo demás y “comprar” ese terreno y esa perla que es nuestra salvación, que es el Cielo.

¿Qué significa “vender todo”?  Es dejar todo lo que no nos lleva a Dios.  Es dejar nuestra vida de pecado y los anti-valores que hemos considerado buenos, pero que, vistos a la luz de Dios, realmente no lo son.  Es dejar nuestras viejas maneras de ser y de actuar, nuestros apegos, todo lo que hemos preferido antes que a Dios.   Porque si seguimos con esas carga no vamos llegar al Reino de los Cielos.  “Vender todo” es equivalente a “Amar a Dios sobre todas las cosas”, porque, si deseamos llegar al Reino de los Cielos, ninguna de las demás cosas y personas pueden estar antes que Dios.




De allí que el Salmo 118 nos recuerde los mandamientos y las enseñanzas del Señor y lo conveniente que son para nuestra alma:  “los mandamientos:  oro purísimo”.  “Las enseñanzas valen más que miles de monedas de oro y plata”. 

San Pablo nos recuerda en la Segunda Lectura (Rm. 8, 28-30), la salvación a que hemos sido llamados.  El designio salvador de Dios consiste en que reproduzcamos en nosotros la imagen de Cristo Jesús.  A eso hemos sido predestinados por Dios.

Y nos dice el Apóstol que “a quienes predestina, los llama; a quienes llama, los justifica  (es decir, los santifica); y a quienes justifica, los glorifica  (es decir, los lleva a la gloria del Cielo)”.

Pero recordemos que no nos basta ser predestinados por Dios (todos los seres humanos hemos sido predestinados para el Reino de los Cielos), pero no todos llegan.  ¿Por qué?  Porque, si bien Dios nos creó sin nuestro consentimiento, no nos salva y glorifica sin nuestro consentimiento, sin nuestro “sí”, sin que vendamos todo lo que no vale para poder comprar lo que sí vale, que es el Reino de los Cielos.




Recordemos que en otra oportunidad nos advirtió el Señor: “Allí donde está tu riqueza, allí estará  también tu corazón”, (Mt. 6, 21).   ¿Y cuál es nuestra riqueza?  ¿Qué es lo que consideramos más importante en nuestra vida?  Será  ..  ¿el dinero?  ¿la familia?  ¿el trabajo?  ¿el poder?  ¿la recreación?  ¿el cuerpo?  ¿la salud?  ¿la longevidad?  ¿el conocimiento?  ¿la actividad? ...   ¿Cuál es nuestra riqueza?

Si es alguna de estas cosas o algo parecido, y no es el Reino de los Cielos, estamos mal, pues tenemos puesto el corazón en lo que no es la riqueza más valiosa, la verdadera riqueza, la única riqueza.  Estamos dejando el terreno con el tesoro escondido por terrenos que no valen nada.  Estamos dejando la perla fina por perlas sin valor.

Recordemos que en otro momento nos dijo el Señor, también refiriéndose a su Reino y comparándolo con otras riquezas:  “Busquen primero el Reino de Dios y lo demás les vendrá por añadidura”  (Mt. 6, 33).




La Primera Lectura del Primer Libro de los Reyes (1 Re 3.5.7-12) nos trae un personaje que entendió esto muy bien y pudo vivir lo que significa esto de lo primero y la añadidura.  Se trata Salomón -el famoso Rey Salomón- que se destacó por su sabiduría al gobernar al pueblo de Israel.

Y resulta muy interesante ver que cuando Dios le dice a Salomón que le pida lo que quiere, Salomón no le pide la “añadidura”, sino que le pide “sabiduría de corazón, para poder distinguir entre el bien y el mal”, y así poder cumplir con la misión que Dios le había encomendado, que era gobernar al pueblo de Israel.

Nos dice la Escritura que “al Señor le agradó que Salomón le hubiera pedido esto y no una larga vida, ni riquezas, ni la muerte de sus enemigos”.  Y por eso le otorgó no sólo lo que le pidió, sino que también le dio la añadidura:  “Te voy a conceder”,  Dios le dijo, “lo que me has pedido y también lo que no me has pedido:  tanta gloria y riqueza que no habrá rey que se pueda comparar contigo”.  Y así fue:  Salomón se destacó por su sabiduría y su riqueza. Tanto es así que el mismo Jesús alude a la riqueza y la sabiduría de Salomón.  (cfr. Mt. 6, 29 y 12, 42)





Todas las demás cosas que no son el Reino de los Cielos es la “añadidura”, lo adicional.  Eso es lo que hay que vender para comprar lo verdaderamente valioso.  Pero si buscamos sólo la “añadidura”, lo secundario, corremos el riesgo de quedarnos sólo con eso y de perder lo que es importante.  En cambio, si buscamos lo que verdaderamente vale, el Reino de los Cielos, tendremos eso ... y también lo demás.  Buen negocio ¿no?

















Fuentes:
Sagradas Escrituras
Homilias.org
Evangeli.org 

domingo, 16 de julio de 2017

«Salió un sembrador a sembrar» (Evangelio Dominical)

                                                         


Hoy consideramos la parábola del sembrador. Tiene una fuerza y un encanto especiales porque es palabra del propio Señor Jesús.

El mensaje es claro: Dios es generoso sembrando, pero la concreción de los frutos de su siembra dependen también —y a la vez— de nuestra libre correspondencia. Que el fruto depende de la tierra donde cae es algo que la experiencia de todos los días nos lo confirma. Por ejemplo, entre alumnos de un mismo colegio y de una misma clase, unos terminan con vocación religiosa y otros ateos. Han oído lo mismo, pero la semilla cayó en distinta tierra.

La buena tierra es nuestro corazón. En parte es cosa de la naturaleza; pero sobre todo depende de nuestra voluntad. Hay personas que prefieren disfrutar antes que ser mejores. En ellas se cumple lo de la parábola: las malas hierbas (es decir, las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas) «ahogan la Palabra, y queda sin fruto» (Mt 13,22).
                                  


Pero quienes, en cambio, valoran el ser, acogen con amor la semilla de Dios y la hacen fructificar. Aunque para ello tengan que mortificarse. Ya lo dijo Cristo: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24). También nos advirtió el Señor que el camino de la salvación es estrecho y angosto (cf. Mt 7,14): lo que mucho vale, mucho cuesta. Nada de valor se consigue sin esfuerzo.

El que se deja llevar de sus apetitos tendrá el corazón como una selva salvaje. Por el contrario, los árboles frutales que se podan dan mejor fruto. Así, las personas santas no han tenido una vida fácil, pero han sido unos modelos para la humanidad. «No todos estamos llamados al martirio, ciertamente, pero sí a alcanzar la perfección cristiana. Pero la virtud exige una fuerza que (…) pide una obra larga y muy diligente, y que no hemos de interrumpir nunca, hasta morir. De manera que esto puede ser denominado como un martirio lento y continuado» (Pío XII).



Lectura del santo evangelio según san Mateo (13,1-23):

              


Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla.
Les habló mucho rato en parábolas: «Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotó enseguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga.»


Palabra del Señor



COMENTARIO



                                 


En la Liturgia de hoy tenemos un Evangelio en el que Jesucristo presenta una parábola:  la Parábola del Sembrador.  Y podríamos decir que el Señor también nos da su propia “homilía”, ya que después de haber lanzado esa ilustrativa parábola, El explica a los discípulos lo que significa todo lo que ha dicho.

Recordemos que los discípulos le preguntan al Señor por qué habla a la gente en parábolas.  Y el Señor les da el por qué.   Y es muy interesante ver los motivos que da el Señor.  Pero más que interesante debiera resultarnos “preocupante” -debiera más bien ser motivo de preocupación- el percatarnos de la razón que da Jesús.

Oigamos sus palabras: “Les hablo en parábolas porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden”.   Y pasa Jesús a recordar que ya esto estaba dicho, pues había sido anunciado por boca del Profeta Isaías.  Así continúa el Señor: “En ellos se cumple aquella profecía de Isaías: ‘Oirán una y otra vez y no entenderán; mirarán y volverán a mirar, pero no verán; porque este pueblo ha endurecido su corazón, ha cerrado sus ojos y tapado sus oídos... porque no quieren convertirse ni que Yo los salve.’”

                         
 

Cuando Jesús terminó de exponer la Parábola del Sembrador, cerró con esta frase: “El que tenga oídos que oiga”.    Y ... ¿qué significa oír a Dios?  ¿Quiénes son los que oyen a Dios?  Lo dice muy claramente Jesús con las palabras del Profeta Isaías que El mismo cita.  ¿Quiénes son los que oyen? ... Pues si los que no oyen son los que no quieren convertirse, ni ser salvados por El... los que síoyen tienen que ser los que están abiertos a la conversión y los que se sienten necesitados de ser salvados por Jesucristo.

Pero, veamos cuál es la situación real.  ¿Qué es lo que sucede? ...  Sucede que la mayoría de nosotros nos encontramos aturdidos por los atractivos del mundo y ocupados con sus exigencias; es decir, estamos -como si dijéramos- “atrapados” por el mundo, por todo lo mundano.  Y entonces no tenemos ni tiempo, ni tranquilidad, ni ganas siquiera, de pensar en la necesidad que tenemos de convertirnos... porque no pensamos sino en las cosas de mundo.



Vivimos como si Dios no existiera, como si no necesitáramos ser salvados
Hay otros que llegamos a pensar que tal vez debiéramos convertirnos... y hasta damos algunos pasos en ese sentido.  Pero ... ¿quiénes somos los que concientizamos suficientemente la necesidad que tenemos de ser salvados por Jesucristo?  ¿No es cierto que más bien tomamos nuestra redención algo así como un “derecho adquirido”, como algo que ya está dado y que en realidad no tiene mayor importancia?

¿Quiénes somos los que realmente pensamos que tenemos una necesidad vital de ser redimidos por Jesucristo? ... ¿Quiénes? ...  ¡Qué lejos estamos de la realidad, qué lejos estamos de la verdad, con nuestra forma de pensar!  ¿O podríamos más bien llamarla “forma de no pensar”?  Pues, como decíamos antes, realmente no nos ocupamos mucho de pensar en esto...

La Segunda Lectura de la Carta San Pablo a los Romanos (Rm. 8, 18-23) que seguimos leyendo poco a poco a lo largo de estas semanas del Tiempo Ordinario, nos habla de esa necesidad que tenemos de ser redimidos.  Nos habla de los sufrimientos de esta vida, por los que tenemos que pasar, pero teniendo la firme esperanza de que seremos definitivamente llevados a la gloria de los hijos de Dios.

                 


Los que en esta vida tratan de vivir en gracia, tienen esa vida divina en la parte espiritual de su ser, pero esperan ser transformados totalmente, cuerpo y alma, en el momento de la resurrección.  Y mientras estamos en esta vida, aunque vivamos en gracia, en Dios, y podamos vivir la Paz de Cristo, los sufrimientos y las tentaciones nos impiden gozar de la gloria, de la verdadera libertad de los hijos de Dios.

Por ahora, nos dice San Pablo, toda la creación -incluyéndonos a nosotros- gime, sufre, como con dolores de parto.  Pero estamos esperando nuestra liberación definitiva cuando también nuestro cuerpo sea glorificado en la resurrección final.

Volvamos, entonces, a la Parábola del Sembrador, la cual es muy clara.  Como dijimos, el Señor mismo nos la explica.  Y ¿qué nos dice el Señor? ...  Que debemos ser “tierra buena” para recibirlo a El.  Lo más importante a considerar en esta parábola son nuestras actitudes, nuestros criterios, nuestras maneras de ver las cosas.  Jesucristo es el Sembrador que siembra su Palabra, siembra su Gracia, siembra su Amor.  ¿Y nosotros ... cómo recibimos todo esto?  ¿Qué terreno somos para la siembra de la Palabra del Señor? 


¿Somos de los que no la entienden porque dejan que “llegue el diablo y le arrebata lo sembrado en el corazón”?
¿O seremos tal vez de los “pedregosos o poco constantes”, que se entusiasman inicialmente -es decir, dejan germinar la semilla- pero enseguida ponen obstáculos o dudas que hacen que la semilla del Señor no pueda echar raíces, y entonces la siembra se pierde?

¿O más bien somos de los “espinosos”, que oyen la palabra, pero la ahogan con las preocupaciones de la vida, con la importancia excesiva que le dan a lo material, con el atractivo que tienen hacia lo mundano, con el apego que tienen al racionalismo y el orgullo intelectual, etc., etc. etc. ... que ahogan la Palabra de Dios con ¡tantas otras cosas! que terminan por hacer que la siembra no dé sus frutos?

Según la “homilía” del Señor, si somos así, somos de los que, aún teniendo ojos, no ven, y aún teniendo oídos, no oyen, y aún teniendo inteligencia, no comprenden.
                           

Entonces cabe preguntarnos: ¿realmente queremos seguir con los ojos cerrados, con los oídos cerrados y con el corazón cerrado?  ¿O queremos abrirnos para ser de esa “tierrabuena”, que es como llama Jesús a las almasde los que sí abren sus ojos, sí abren sus oídos y sí abren su inteligencia y su corazón, para que el Señor pueda sembrar y para que podamos dar fruto.

En la Primera Lectura (Is. 55, 10-11) Dios nos anuncia por medio del Profeta Isaías que su Palabra no quedará sin resultado, sino que ella cumplirá su misión, la cual es el cumplimiento de la voluntad divina.  Y esto lo dice con el mismo paisaje campestre del Evangelio y del Salmo, es decir, la siembra, la lluvia, la semilla, la germinación.

El Salmo 64 que hemos rezado nos habla de la tierra y del agua que la riega, de pastos y de flores, de rebaños y trigales.  Y nos habla de la preparación de la tierra.  Y ¿quién prepara la tierra?  ¿quién prepara nuestra alma para recibir la semilla y poder dar fruto?  La prepara el mismo Señor, el Sembrador.

Así hemos rezado en el Salmo: “Tú preparas las tierras para el trigo: riegas los surcos, aplanas los terrenos, reblandeces el suelo con la lluvia”.
                                

Dispongámonos a que el Señor nos prepare para su siembra, dejemos que El reblandezca nuestro suelo con la lluvia de su Gracia, dejemos que El aplane nuestro terreno, moldeándolo de acuerdo a su Voluntad.  Así podremos ser esa tierra buena que El busca para sembrar su Palabra y para que dé el fruto esperado.

 “Unos dan el ciento por uno; otros, el sesenta; y otros, el treinta”.   Ojalá estemos entre éstos, porque -si es así- el Señor podrá decirnos como a sus discípulos: “Dichosos ustedes, porque sus ojos ven y sus oídos oyen”.  












Fuentes:
Sagradas Escrituras
Ebangeli.org.
Homilias.org

VIVA LA VIRGEN DEL CARMEN, ESTRELLA DE LOS MARES !!


                                   

Hoy es domingo, 16 de Julio, festividad de Nuestra Señora del Carmen. La Iglesia celebra a María bajo la advocación de Nuestra Señora del Carmen. Se trata de una de las advocaciones marianas más populares que existen, merced a la labor divulgadora de los carmelitas, que extendieron su devoción por todo el mundo. Es comúnmente invocada como patrona de las gentes de la mar. 

La también llamada "Estrella de los mares", en nuestra parroquia de San García Abad, será motivo de gran celebración esta tarde durante el Culto que se hace en su honor, la imagen de Nuestra Señora, está entronizada cerca del altar y con el nombre de "Nuestra Señora del Carmen , Estrella de los Mares". Al finalizar la ceremonia de la Santa Misa, se imponen los escapularios bendecidos de Nuestra Señora.




 "También yo llevo sobre mi corazón, desde hace tanto tiempo, el Escapulario del Carmen! Por ello, pido a la Virgen del Carmen que nos ayude a todos los religiosos y las religiosas del Carmelo y a los piadosos fieles que la veneran filialmente, para crecer en su amor e irradiar en el mundo la presencia de esta Mujer del silencio y de la oración, invocada como Madre de la misericordia, Madre de la esperanza y de la gracia".

(SanJuan Pablo II)


La Devoción a la Virgen del Carmen.

El Carmelo era sin duda, el monte donde numerosos profetas rindieron culto a Dios. Los principales fueron Elías y su discípulo Eliseo, pero existían también diferentes personas que se retiraban en las cuevas de la montaña para seguir una vida eremítica. Esta forma de oración, de penitencia y de austeridad fue continuada siglos más tarde, concretamente en el III y IV, por hombres cristianos que siguieron el modelo de Jesucristo y que de alguna forma tuvieron al mismo Elías como patrón situándose en el valle llamado Wadi-es-Siah.

A mediados del siglo XII, un grupo de devotos de Tierra Santa procedentes de Occidente -algunos creen que venían de Italia-, decidieron instalarse en el mismo valle que sus antecesores y escogieron como patrona a la Virgen María. Allí construyeron la primera iglesia dedicada a Santa María del Monte Carmelo. Desde su monasterio no quisieron crear una nueva forma de culto mariano, ni tampoco, el título de la advocación, respondía a una imagen en especial. 

Quisieron vivir bajo los aspectos marianos que salían reflejados en los textos evangélicos: maternidad divina, virginidad, inmaculada concepción y anunciación. Estos devotos que decidieron vivir en comunidad bajo la oración y la pobreza, fueron la cuna de la Orden de los Carmelitas, y su devoción a la Virgen permitió que naciera una nueva advocación: Nuestra Señora del Carmen.


Patrona de los marineros.




En la Edad Media se creía que María significaba "estrella del mar", en latín "stella maris". Desde aquella época, muchos carmelitas han aclamado a María como la "Flor del Carmelo" y la "Estrella del Mar". Lo hizo el mismo Simón Stock con esta plegaria que se le atribuye:

"Flor del Carmelo Viña florida, esplendor del cielo, Virgen fecunda, singular. ¡Oh Madre tierna, intacta de hombre, a todos tus hijos proteja tu nombre, Estrella del Mar!.

El nombre de "Stella Maris" se ha dado también a todos los centros del Apostolado del Mar de la Iglesia Católica que están ubicados en los puertos.

Pero ... ¿de donde viene el patronazgo de la Virgen del Carmen hacia los marineros?. En el siglo XVIII, cuando ya era muy popular la fiesta de la Virgen del Carmen en España, el almirante mallorquín Antonio Barceló Pont de la Terra, nacido en 1716 y fallecido en 1797, impulsó su celebración entre la marinería que él dirigía. Fue a partir de entonces cuando la marina española fue sustituyendo el patrocinio de San Telmo por el de la Virgen del Carmen. En muchas localidades españolas se celebran grandes procesiones marítimas que son un auténtico éxito. En el obispado de Girona cabe remarcar las de: l'Escala, Roses, Llançà, Arenys de Mar y Palamós.
Aunque la Virgen sea la patrona de los marineros, muchos de ellos comparten aún el patrocino con San Telmo. También los pescadores tienen a la Virgen del Carmen como patrona sin olvidar a San Pedro. Se la puede invocar para que nos proteja ante posibles naufragios y tempestades en alta mar. 

En Catalunya, antiguamente, las chicas rogaban con una pequeña oración a Nuestra Señora del Carmen para que les encontrara esposo rápidamente, daba igual su estatus económico, rico o pobre: "Mare de Déu del Carme, doneu-me un bon marit, sia pobre, sia ric, mentre vingui de seguit". También le tenían como patrona los ya desaparecidos serenos (policía nocturna) de Barcelona. 


El gran santuario dedicado a Nuestra Señora del Carmen se encuentra lógicamente en el Monte Carmelo, en Haifa (Israel), pero ... no en el valle del Wadi-es-Siah, sino en el valle conocido como "El-Muhraqa". Allí hay el monasterio de los carmelitas, una hospedería y un gran mirador.


Testimonio de San Simon Stock sobre la Virgen del Carmen.

Como ya sabrán, la fiesta de Nuestra Señora del Carmen es el 16 de julio, ya que según la tradición, fue el 16 de julio de 1251 la fecha del regalo del escapulario por parte de la Virgen a San Simón Stock. .A continuación mostramos el testimonio de este santo antes de morir;



"En el ocaso de mi vida, y al final de mis días como General de la Orden del Carmen, invoco una vez más a la Virgen María y le ruego me conceda la fuerza necesaria para dejar testimonio de algunos hechos que dieron sentido a mi paso por este mundo.

Hace algún tiempo, yo, Simón Stock, tuve el privilegio de unirme a aquellos religiosos llegados del bíblico Monte Carmelo, que se consideran discípulos del profeta Elías y, al mismo tiempo, hermanos de la Madre de Dios. Pertenecer a una Orden cuyos vínculos con María se remontan al Antiguo Testamento es mi mayor orgullo: Ya Elías vio prefigurada a María –antes de su nacimiento– en una nubecilla que ascendía del mar y que se interpretó como una prefiguración de la Inmaculada Concepción de la Virgen. Este hecho explica el vigor con el que los carmelitas siempre la hemos defendido, llevando el color que simboliza su pureza en el blanco de nuestras capas.
En una peregrinación al Monte Carmelo conocí otras tradiciones que unían nuestra historia a la de la Virgen. Durante su infancia, María visitaba con frecuencia esta Sagrada Montaña, ya que Nazaret está a pocas leguas de distancia. También se cuenta que volvió más tarde con José y con Jesús. Esa estrecha relación entre la Virgen y el Carmelo explica algunos acontecimientos que tuvieron lugar tiempo después.

Con la llegada de la Orden a Occidente, en los primeros años de esta centuria del 1.200, llegaron también los tiempos difíciles. Nuestra rápida expansión por Europa fue contemplada por algunos como una amenaza, y esto desencadenó una dura persecución contra nosotros. Fueron tiempos duros, que me hicieron comprender la importancia de la fe, el único refugio que buscábamos los Carmelitas y que hallamos bajo el manto de Nuestra Señora.

A Ella elevaba cada día mis plegarias en espera de obtener su protección. La respuesta llegó en el año de gracia de 1251. En esas fechas tuve el honor de recibir el favor de la Madre de Dios. Ella quiso escoger a este humilde siervo para mostrar su protección a la Orden Carmelita, haciéndome entrega del Escapulario.
Ella me dijo: «Recibe este signo de mi amor y protección para ti y para todos los carmelitas: Quien muriere con él no padecerá las penas del infierno». Aquellas palabras convertían en un sacramental, en un don del cielo, lo que hasta entonces había sido una tosca indumentaria, propia de los plebeyos y, por ello, sinónimo de servidumbre. A partir de entonces sería símbolo de protección y promesa de salvación eterna.

Sé que se acerca el día en que veré esa promesa cumplida y el rostro de quien me eligió para dejar este testimonio. Hasta entonces seguiré invocándola del modo que ella me inspiró, rezando, con la misma devoción con la que invito a mis hermanos a hacerlo, el Flos Carmeli.”.
 (Fray Simón Stock.)

Salvados del Mar


En el verano de 1845 el barco inglés, "Rey del Océano" se hallaba en medio de un feroz huracán. Las olas lo azotaban sin piedad y el fin parecía cercano. Un ministro protestante llamado Fisher en compañía de su esposa e hijos y otros pasajeros fueron a la cubierta para suplicar misericordia y perdón. 

Entre la tripulación se encontraba el irlandés John McAuliffe. Al mirar la gravedad de la situación, el joven abrió su camisa, se quitó el Escapulario y, haciendo con él la Señal de la Cruz sobre las furiosas olas, lo lanzó al océano. En ese preciso momento el viento se calmó. Solamente una ola más llegó a la cubierta, trayendo con ella el Escapulario que quedó depositado a los pies del muchacho.

Durante lo acontecido el ministro había estado observando cuidadosamente las acciones de McAuliffe y fue testigo del milagro. Al interrogar al joven se informaron acerca de la Santísima Virgen y su Escapulario. El Sr. Fisher y su familia resolvieron ingresar en la Iglesia Católica lo más pronto posible y así disfrutar la gran protección del Escapulario de Nuestra Señora.


EL ESCAPULARIO DE LA VIRGEN DEL CARMEN


Quienes reciben la imposición de este Escapulario y lo visten habitualmente, necesitan saber las razones que la iglesia ha tenido para autorizarlo y recomendarlo, bendiciendo e indulgenciando a sus devotos.

De este modo lograrán que les sirva de medio en su perfeccionamiento en la fe de Cristo y alcanzarán con más facilidad la saludable ayuda de la Virgen Santísima, Madre espiritual y medianera de todas las gracias, a la que pretenden honrar. Ella, a los que vivan esta común consagración carmelitana, significada en el Escapulario, los conducirá a una más plena participación de los frutos del Misterio Pascual.

El Escapulario es un símbolo de la protección de la Madre de Dios a sus devotos y un signo de su consagración a María. Nos lo dio La Santísima Virgen. Se lo entregó al General de la Orden del Carmen; San Simón Stock, según la tradición, el 16 de julio de 1251, con estas palabras: «Toma este hábito, el que muera con él no padecerá el fuego eterno».

Alude a este hecho el Papa Pío XII cuando dice: «No se trata de un asunto de poca importancia, sino de la consecución de la vida eterna en virtud de la promesa hecha, según la tradición, por la Santísima Virgen».

Privilegio sabatino



También reconocida por Pío XII, existe la tradición de que la Virgen, a los que mueran con el Santo Escapulario y expían en el Purgatorio sus culpas, con su intercesión hará que alcancen la patria celestial lo antes posible, o, a más tardar, el sábado siguiente a su muerte.


Resumen de las promesas



1. Morir en gracia de Dios.

2. Salir del Purgatorio lo antes posible.

Interpretación

Alcanzar estas promesas supone siempre el esfuerzo personal colaborando con la gracia de Dios. Nos lo enseña con toda claridad el Concilio Vaticano II: «La verdadera devoción... procede de la fe auténtica, que nos induce a reconocer la excelencia de la Madre de Dios, que nos impulsa a un amor filial hacia nuestra Madre y a la imitación de sus virtudes».

Ayuda en la vida

Tanto en los peligros espirituales como en los corporales. Hay muchos hechos que lo atestiguan.

Vinculaciones

El que recibe el Escapulario es admitido en la familia de la Madre de Dios y de la Orden Carmelitana.
Por ello participa de los privilegios, gracias e indulgencias que los Sumos Pontífices han concedido a la Orden del Carmen.
Se beneficia, además, de los méritos, de las penitencias y de las oraciones que se hacen en todo el Carmelo.

Objetivo

Ir más fácilmente a Jesús, según la enseñanza del Concilio Vaticano II: «Los oficios y los privilegios de la Santísima Virgen,siempre tienen por fin a Cristo, origen de toda verdad, santidad y piedad».
Por eso afirmó Pío XII que «nadie ignora, ciertamente, de cuánta eficacia sea para avivar la fe católica y reformar las costumbres, el amor a la Santísima Virgen, Madre de Dios, ejercitado principalmente mediante aquellas manifestaciones de devoción, que contribuyen en modo particular a iluminar las mentes con celestial doctrina y a excitar las voluntades a la práctica de la vida cristiana. Entre éstas debe colocarse, ante todo, la devoción del Escapulario de los carmelitas».

Es una devoción y una forma de culto

Prueban lo primero, incluyéndolo entre las prácticas y ejercicios de piedad marianas, recomendados por el Concilio Vaticano II, las palabras de Pablo VI: «Creemos que entre estas formas de piedad mariana deben contarse expresamente el Rosario y el uso devoto del ESCAPULARIO DEL CARMEN». Y añade tomando las afirmaciones de Pío XII: «Esta última práctica, por su misma sencillez y adaptación a cualquier mentalidad, ha conseguido amplia difusión entre los fieles con inmenso fruto espiritual».

También destaca entre las más antiguas formas de culto, especial y necesario a María Santísima, que cooperan a que «al ser honrada la Madre, sea mejor conocido, amado, glorificado el Hijo, y que, a la vez, sean mejor cumplidos sus mandarniento» (L.G. 66). La celebración de la Virgen del Carmen, 16 de julio, está entre las fiestas «que hoy, por la difusión alcanzada, pueden considerarse verdaderamente eclesiales» (Marialis Cultus 8).
«Este culto se convierte en camino a Cristo, fuente y centro de la comunión eclesiástica» (M. C. 32).

Espiritualidad

Quien entra en comunión con la familia consagrada al amor, a la veneración y al culto a María, queda señalado con un peculiar carácter mariano de espíritu de oración y contemplación, de los diversos modos de apostolado y de la vida misma de abnegación. Asume también un compromiso de imitar a María.
Este don de la Virgen es signo de las muchas gracias que puede ella conceder, como consecuencia de su privilegiada e íntima participación en la historia de la salvación.
Entraña, pues, la experiencia de unas vivencias marianas y espirituales. Ya que «ante todo, la Virgen María ha sido propuesta siempre por la Iglesia a la imitación de los fieles... porque en sus condiciones concretas de vida Ella se adhirió total y responsablemente a la voluntad de Dios» (M. C. 35).

Compromiso

Vida mariana. Es decir: Vivir en obsequio de Jesucristo y de su Madre. Nuestra vida ha de estar informada por la luz y el amor de María, unido estrechamente al de Cristo. El fruto del Escapulario consistirá en que quien lo lleve se esfuerce eficazmente en la imitación de las virtudes de la Santísima Virgen.

Representa la participación en el carisma de la Orden del Carmen, siendo señal como de un contrato entre la Virgen y nosotros, por el cual Ella nos protege y nosotros le estamos consagrados.

La Medalla escapulario

Está autorizado su uso con tal de que por un lado lleve la imagen del Sagrado Corazón de Jesús y por el otro una de la Santísima Virgen: La imposición debe realizarse con Escapulario de tela. A pesar de ello, el mismo San Pío X, al conceder esta dispensa, recomendó el uso del Escapulario de tela. Este es más simbólico, por ser una expresión abreviada del hábito del Carmen,

Indulgencias


Se puede ganar indulgencia plenaria:

1.- El día que se inscribe en la Cofradía.
2.- En la Solemnidad de la Sma. Virgen del Carmen, el 16 de julio.
3.- En la festividad de San Simón Stock, el 16 de mayo.
4.- En la festividad de San Elías, Profeta, el 20 de julio.
5.- En la festividad de Santa Teresa de Jesús, el 15 de octubre.
6.- En la festividad de San Juan de la Cruz, el 14 de diciembre.
7.- En la festividad de Sta. Teresita del Niño Jesús, el 1 de octubre.
8.- En la festividad de Todos los Santos de la Orden, el 14 de noviembre.

Los signos en la vida humana

Vivimos en un mundo hecho de realidades materiales llenas de simbolismo: la luz, el fuego, el agua...

Existen también, en la vida de cada día experiencias de relación entre los seres humanos, que expresan y simbolizan cosas más profundas, como el compartir la comida (signo de amistad), participar en una manifestación masiva (signo de solidaridad), celebrar juntos un aniversario nacional (símbolo de identidad).

Tenemos necesidad de signos o símbolos que nos ayuden a comprender y vivir hechos de hoy o de ayer, y nos den conciencia de que somos como personas y como grupos.

Los signos en la vida Cristiana

Jesús es el gran don y signo del amor del Padre. Él estableció la Iglesia como signo e instrumento de su amor. En la vida cristiana hay también signos. Jesús los utilizó: el pan, el vino, el agua, para hacernos comprender realidades superiores que no vemos ni tocamos.

En la celebración de la Eucaristía y de los Sacramentos (Bautismo, Confirmación, Reconciliación, Matrimonio, Orden Sacerdotal, Unción de los enfermos) los símbolos (agua, aceite, imposición de las manos, anillos) expresan su sentido y nos introducen en una comunicación con Dios, presente a través de ellos.

Además de los signos litúrgicos, existen en la Iglesia otros, ligados a un acontecimiento, a una tradición, a una persona. Uno de ellos es el Escapulario del Carmen.

El Escapulario. Un signo Mariano.

Uno de los signos de la tradición de la Iglesia, desde hace siete siglos, es el Escapulario de la Virgen del Carmen. Es un signo aprobado por la Iglesia y aceptado por la Orden del Carmen como manifestación externa de amor a María, de confianza filial en ella y como compromiso de imitar su vida.
La palabra "escapulario" indica un vestido superpuesto, que llevaban los monjes durante el trabajo manual. Con el tiempo se le fue dando un sentido simbólico: el de llevar la cruz de cada día, como discípulos y seguidores de Jesús.

En algunas Órdenes religiosas, como en el Carmelo, el Escapulario se convirtió también en signo de su manera de ser y de vivir.
El Escapulario pasó a simbolizar la dedicación especíal de los carmelitas a María, la Madre del Señor, y a expresar la confianza en su protección maternal; el deseo de imitar su vida de entrega a Cristo y a los demás. Se transformó en un signo mariano.

De las Órdenes Religiosas al pueblo de Dios

En la Edad Media, muchos cristianos quisieron asociarse a las Órdenes religiosas fundadas entonces: Franciscanos, Dominicos, Agustinos, Carmelitas. Surgió un laicado asociado a ellas, por medio de Cofradías o Hermandades. 

Todas las Ordenes religiosas quisieron dar a los laicos un signo de su afiliación y participación en su espíritu y en su apostolado. Ese signo era una parte de su hábito: la capa, el cordón, el escapulario.
Entre los carmelitas se llegó a establecer el escapulario reducido en tamaño, como la señal de pertenencia a la Orden y la expresión de su espiritualidad.

El valor y el sentido del Escapulario

El Escapulario hunde sus raíces en la tradición de la Orden, que lo ha interpretado como signo de protección materna de María. Tiene, en sí mismo, a partir de esa experiencia plurisecular, un sentido espiritual aprobado por la Iglesia.

Representa el compromiso de seguir a Jesús, como María, el modelo perfecto de todo discípulo de Cristo. Este compromiso tiene su origen en el bautismo que nos transforma en hijos de Dios.

La Virgen nos enseña a:

  • Vivir abiertos a Dios y a su voluntad, manifestada en los acontecimientos de la vida.
  • Escuchar la Palabra de Dios en la Biblia y en la vida, a creer en ella y a poner en práctica sus exigencias
  • Orar en todo momento, descubriendo a Dios presente en todas las circunstancias
  • Vivir cercanos a las necesidades de nuestros hermanos y a solidarizarnos con ellos.
Introduce en la fraternidad del Carmelo, comunidad de religiosos y religiosas, presentes en la Iglesia desde hace más de ocho siglos, y compromete a vivir el ideal de esta familia religiosa: la amistad íntima con Dios en la oración.

Coloca delante el ejemplo de los santos y santas del Carmelo, con los que se establece una relación familiar de hermanos y hermanas.

Expresa la fe en el encuentro con Dios en la vida eterna, mediante la ayuda de la intercesión y protección de María.

Normas prácticas

El escapulario es impuesto, sólo la primera vez, por un sacerdote o por una persona autorizada.

Puede ser sustituido por una medalla que tenga por una parte la imagen del Sgdo. Corazón y por otra la de la Virgen.

El Escapulario exige un compromiso cristiano auténtico: vivir de acuerdo con las enseñanzas del evangelio, recibir los sacramentos y profesar una devoción especial a la Sma. Virgen que se expresa, al menos, con la recitación cotidiana de tres avemarías.

Fórmula Breve para la imposición del escapulario


Recibe este Escapulario, signo de una relación especial con María, la Madre de Jesús, a quien te comprometes a imitar. Que este Escapulario te recuerde tu dignidad de cristiano, tu dedicación al servicio de los demás y a la imitación de María.

Llévalo como señal de su protección y como signo de tu pertenencia a la familia del Carmelo, dispuesto a cumplir la voluntad de Dios y a empeñarte en el trabajo por la construcción de un mundo que responda a su plan de fraternidad, justicia y paz.

El Escapulario del Carmen


NO ES:
Un signo protector mágico
Una garantía automática de salvación.
Una dispensa de vivir las exigencias de la vida cristiana.

ES UN SIGNO:
Aprobado por la Iglesia desde hace siete siglos.
Que representa el compromiso de seguir a Jesús como María:
  • Abiertos a Dios y a su voluntad.
  • Guiados por la fe, la esperanza y el amor.
  • Cercanos a las necesidades de los demás.
  • Orando en todo momento y descubriendo a Dios presente en todas las circunstancias.
Que introduce en la familia del Carmelo
Que aumenta la esperanza del encuentro con Dios en la vida eterna con la ayuda de la protección e intercesión de María.



Que Viva La Virgen del Carmen, Estrella de los Mares !!