domingo, 27 de febrero de 2022

«El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca lo bueno» (Evangelio Dominical)

 

 

Hoy hay sed de Dios, hay frenesí por encontrar un sentido a la existencia y a la actuación propias. El boom del interés esotérico lo demuestra, pero las teorías auto-redentoras no sirven. A través del profeta Jeremías, Dios lamenta que su pueblo haya cometido dos males: le abandonaron a Él, fuente de aguas vivas, y se cavaron aljibes, aljibes agrietados, que no retienen el agua (cf. Jer 2,13).

Hay quienes vagan entre medio de pseudo-filosofías y pseudo-religiones —ciegos que guían a otros ciegos (cf. Lc 6,39)— hasta que descorazonados, como san Agustín, con el esfuerzo proprio y la gracia de Dios, se convierten, porque descubren la coherencia y trascendencia de la fe revelada. En palabras de san Josemaría Escrivá, «La gente tiene una visión plana, pegada a la tierra, de dos dimensiones. —Cuando vivas vida sobrenatural obtendrás de Dios la tercera dimensión: la altura, y, con ella, el relieve, el peso y el volumen».





Benedicto XVI iluminó muchísimos aspectos de la fe con textos científicos y textos pastorales llenos de sugerencias, como su trilogía "Jesús de Nazaret". He observado cómo muchos no-católicos se orientan en sus enseñanzas (y en las de san Juan Pablo II). Esto no es casual, pues no hay árbol bueno que dé fruto malo, no hay árbol malo que dé fruto bueno (cf. Lc 6,43).

Se podrían dar grandes pasos en el ecumenismo, si hubiere más buena voluntad y más amor a la Verdad (muchos no se convierten por prejuicios y ataduras sociales, que no deberían ser freno alguno, pero lo son). En cualquier caso, demos gracias a Dios por esos regalos (Juan Pablo II no dudaba en afirmar que Concilio Vaticano II es el gran regalo de Dios a la Iglesia en el siglo XX); y pidamos por la Unidad, la gran intención de Jesucristo, por la que Él mismo rezó en su Última Cena.

 


EVANGELIO: Lc 6, 39-45

 




De lo que rebosa el corazón habla la boca

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a los discípulos una parábola:
«¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? No está el discípulo sobre su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro. ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Hermano, déjame que te saque la mota del ojo”, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano.
Pues no hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno; por ello, cada árbol se conoce por su fruto; porque no se recogen higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos.
El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa el corazón habla la boca».

Palabra del Señor.

 

 

 

COMENTARIO

 


En el Evangelio de hoy (Lc 6, 39-45), continuamos con el Sermón de la Montaña, según lo reseña San Lucas.

 

Luego de las Bienaventuranzas y del mandato de amar a los enemigos y de responder con el bien a los que nos hacen daño, el Señor parece cambiar de tema con una pregunta que es una alerta:  “¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?”. 

 

No es que ha cambiado de tema, sino que también había dicho -según lo reseña San Mateo el mismo Sermón de la Montaña- que los discípulos de Cristo deben ser “luz del mundo” (Mt 5, 14).  Y no puede alguien alumbrar a otros si no tiene luz.  Por eso el Señor habla de un ciego guiando a otro ciego. 

 

Y ¿cómo dejamos de ser ciegos para ver bien?  La luz que necesita el cristiano es la que nos da Jesús con sus enseñanzas.  Y si aceptamos esas enseñanzas y las seguimos con docilidad, ellas mismas nos quitan nuestra ceguera y también iluminan a otros ciegos.  ¿Quiénes son esos ciegos?  Aquéllos que no pueden ver la importancia de seguir esas enseñanzas y aquéllos que no quieren seguirlas.

 

Por eso continúa Jesús:  “No está el discípulo sobre su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro”.  Es decir, el discípulo que se deja formar por Cristo y que asume y practica sus consejos y enseñanzas puede comenzar a parecerse a su Maestro.  Y sólo así podrá ser esa luz para los demás, esa guía luminosa que atrae a otros, porque quien los atrae es la misma Luz que es Cristo, el Maestro.

 


Ahora bien, esto requiere continua conversión de parte del seguidor de Cristo.  Y ¿en qué consiste esa conversión?  En reconocer los propios pecados y defectos, para no caer en el absurdo que Jesús plantea enseguida:  “¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: ‘Hermano, déjame que te saque la mota del ojo’, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo?”.


Entonces, para poder guiar hay que ser luz.  Y no se es luz cuando se anda cargado de pecados y defectos.  Y –peor aún- sintiéndose con derecho de acusar y reclamar a otros sus defectos y pecados, cuando tal vez los nuestros son mucho mayores.

 

A esos atrevidos Jesús los acusa con una palabra bien fuerte que Él usaba contra los Fariseos:  “¡Hipócrita!”  Y luego el mandato:  “Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano.”

 

Y para que nos sirviera de instrospección a ver si somos luz, y también  para reconocer a los que pueden guiar –porque son luz- Jesús presenta una característica a observar:  “cada árbol se conoce por su fruto”.  Por sus frutos los conoceremos -y también podemos conocernos nosotros mismos- “pues no hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno”.

 


Y los frutos no tienen que ser obras grandiosas u obras físicas que se vean –aunque pudieran también serlo.  Los principales frutos son los que salen del interior de la persona, comenzado por los llamados Frutos del Espíritu:  “caridad, alegría, paz, comprensión de los demás, generosidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de sí mismo” (Gal 5, 22-23).

 

Y Jesús da más detalles:  “El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal”.  Los frutos de cada persona –si es que no se ven a simple vista, porque los trata de esconder- en algún momento salen de su boca, sean buenos o sean malos, “porque de lo que rebosa el corazón habla la boca”.

 

Notamos también que Jesús tuvo que recalcar esta verdad en posteriores ocasiones:  «Lo que hace impura a la persona es lo que ha salido de su propio corazón.  Los pensamientos malos salen de dentro, del corazón: de ahí proceden la inmoralidad sexual, robos, asesinatos,  infidelidad matrimonial, codicia, maldad, vida viciosa, envidia, injuria, orgullo y falta de sentido moral.  Todas estas maldades salen de dentro y hacen impura a la persona.» (Mc 7, 21-23 y Mt 15,18- 19)

 

Y es que esta idea ya la esbozaba el Antiguo Testamento en el Libro del Eclesiástico o Sirácide, la cual encontramos en la Primera Lectura (Ec 27, 4-7):  “El fruto revela el cultivo del árbol, así la palabra revela el corazón de la persona”.  El Eclesiástico también nos daba el mismo consejo que Jesús luego replantea en el Sermón de la Montaña: “La persona es probada en su conversación … No elogies a nadie antes de oírlo hablar, porque ahí es donde se prueba una persona”.

 

De allí la importancia de cultivar virtudes en nuestro interior, como el buen cuido que se le da a las plantas y árboles.  ¿Cómo hacerlo?  Cristo nos dejó la guía en Su Palabra y la ayuda en Su Iglesia.  En la Iglesia tenemos los Sacramentos, concretamente la Confesión y la Comunión, como auxilios indispensables para alimentar el corazón.

 


Tenemos, además, la oración: tremendo privilegio de contar con que podemos hablar a Dios en cualquier momento que se nos ocurra, con la seguridad de que Él nos escucha.  Ahora bien, que Dios escuche no significa que responde de inmediato y siempre positivamente a nuestras peticiones.  Su respuesta puede ser “sí”, “no” o “aún no”.  Además, la oración no es sólo pedir.  Orar es alabar a Dios por sus infinitos atributos, tales como Su Omnipotencia, Perfección, Bondad y Misericordia.  Orar es también agradecerle por todos sus favores.  Orar es pedirle perdón por nuestras faltas.  Orar es mucho más que sólo pedir y pedir.

 

La oración y los Sacramentos van ayudándonos a transformar nuestro corazón pecador en un corazón que se vaya asemejando cada vez más al de Jesús…y al de Su Madre.

 

Y ese trabajo es obra de Dios, pero en ese trabajo divino, nuestra colaboración es indispensable, porque, como nos dice San Pablo en la Segunda Lectura (1ª Cor 15, 54-58):  “El aguijón de la muerte es el pecado, y la fuerza del pecado, la ley”.  La tentación para pecar siempre está al acecho, es labor del Enemigo de Dios y Enemigo nuestro.  Y el pecado, si es continuado y empecinado, puede llevarnos a la muerte eterna.  Pero, de hecho, cada pecado mortal causa la muerte de la Vida de Dios en nuestra alma, la cual podemos reparar ¡vaya privilegio! con el arrepentimiento y Confesión Sacramental.

 

Pero según dice San Pablo, la fuerza del pecado es la ley.  Se refería a los mandatos del Antiguo Testamento … pero también tenemos los mandatos y consejos de Cristo.  ¿Por qué la ley es la fuerza del pecado?  Porque al transgredir la Ley y los mandatos de Cristo, caemos en pecado.  De allí que San Pablo diga que la fuerza del pecado radica en la Ley.

 

Entonces, el trabajo de cultivar nuestro interior para ser luz y dar buenos frutos es un trabajo continuado y persistente, que termina sólo cuando pasemos el umbral de la muerte.  Se trata de ser perseverantes hasta el final.  Y San Pablo nos anima: “Manteneos firmes e inconmovibles. Entregaos siempre sin reservas a la obra del Señor, convencidos de que vuestro esfuerzo no será vano en el Señor”.

 


Eso sí, tampoco engañarnos con creer que es obra nuestra el cultivo de nuestro corazón:  ¡es obra de Dios!  Por eso concluye San Pablo: “¡Gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo”!

 

 

 

 

 

 

 

Fuentes:

Sagradas Escrituras

Evangeli.org

Homilias.org

 

 

 

domingo, 20 de febrero de 2022

«Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo» (Evangelio Dominical)

 


Hoy escuchamos unas palabras del Señor que nos invitan a vivir la caridad con plenitud, como Él lo hizo («Padre, perdónales porque no saben lo que hacen»: Lc 23,34). Éste ha sido el estilo de nuestros hermanos que nos han precedido en la gloria del cielo, el estilo de los santos. Han procurado vivir la caridad con la perfección del amor, siguiendo el consejo de Jesucristo: «Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial» (Mt 5,48).

La caridad nos lleva a amar, en primer lugar, a quienes nos aman, ya que no es posible vivir en plenitud lo que leemos en el Evangelio si no amamos de verdad a nuestros hermanos, a quienes tenemos al lado. Pero, acto seguido, el nuevo mandamiento de Cristo nos hace ascender en la perfección de la caridad, y nos anima a abrir los brazos a todos los hombres, también a aquellos que no son de los nuestros, o que nos quieren ofender o herir de cualquier manera. Jesús nos pide un corazón como el suyo, como el del Padre: «Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo» (Lc 6,36), que no tiene fronteras y recibe a todos, que nos lleva a perdonar y a rezar por nuestros enemigos.

Ahora bien, como se afirma en el Catecismo de la Iglesia, «observar el mandamiento del Señor es imposible si se trata de imitar desde fuera el modelo divino. Se trata de una participación vital y nacida del fondo del corazón, en la santidad, en la misericordia y en el amor de nuestro Dios». San John Henry Newman escribía: «¡Oh Jesús! Ayúdame a esparcir tu fragancia dondequiera que vaya. Inunda mi alma con tu espíritu y vida. Penetra en mi ser, y hazte amo tan fuertemente de mí que mi vida sea irradiación de la tuya (...). Que cada alma, con la que me encuentre, pueda sentir tu presencia en mi. Que no me vean a mí, sino a Ti en mí».

Amaremos, perdonaremos, abrazaremos a los otros sólo si nuestro corazón es engrandecido por el amor a Cristo.

 

 

Lectura del santo evangelio según san Lucas (6,27-38):

 



En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «A los que me escucháis os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian. Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, déjale también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames. Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues, si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien sólo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores lo hacen. Y si prestáis sólo cuando esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo. ¡No! Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; tendréis un gran premio y seréis hijos del Altísimo, que es bueno con los malvados y desagradecidos. Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que uséis, la usarán con vosotros.»

Palabra del Señor

 

 

 

COMENTARIO.



El Sermón de la Montaña, que continúa el Evangelio de hoy, fue predicado por Cristo los primeros meses de su vida pública, y contiene un resumen de lo que podríamos llamar la clave de su Evangelio: la nueva ley del amor.

 

El Evangelio nos trae, entonces, inmediatamente después de las “Bienaventuranzas”, que tuvimos en el Evangelio del domingo anterior, otra paradoja del Señor.

 

He aquí esta nueva paradoja: “Amen a sus enemigos, hagan bien a los que los aborrecen, bendigan a quienes los maldicen y oren por quienes los difamen”  (Lc 6, 27-38).

 

¡Qué difícil es seguir esta máxima de Jesús!  Siendo Dios y Hombre verdadero, Él bien sabe cómo reacciona la naturaleza humana –herida como está por el pecado- ante la crítica, la injusticia, los insultos y calumnias:   automáticamente reacciona con sentimientos de rencor, de desquite… y hasta de venganza.

 

Con todo y esto, la máxima que nos da el Señor no es un acto de heroísmo exigido sólo a los más santos, sino que es un deber “normal” de todo cristiano.

 

Es cierto también, como nos hacía ver el Papa Juan Pablo II en uno de sus mensajes Cuaresmales, que el perdón a los enemigos es una singularidad del cristianismo, porque la exigencia del perdón no está enunciada en ninguna otra religión.

 


Es así, entonces, como el perdón y el responder a la maldad con la bondad, es un deber...  no una opción.  Más aún, es una exigencia que no nos es posible dejar de cumplir.  Veamos por qué:

 

- En la oración que Jesús nos enseñó, el Padre Nuestro, está la frase que nos demuestra por qué el perdón es un deber ineludible: “perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden” (Mt 6, 12).

 

Tan importante es este intercambio de perdones (el de Dios a nosotros y el de nosotros a los demás) que es la única frase del Padre Nuestro que Jesús nos explica enseguida de la oración ... por si no la entendemos bien:

 

- “Queda bien claro que, si ustedes perdonan las ofensas de los hombres, también el Padre Celestial los perdonará.  En cambio, si no perdonan las ofensas de los hombres, tampoco el Padre los perdonará a ustedes” (Mt. 6, 14).

 

Pareciera que Jesús quiso medir su Perdón con la misma medida de nuestro perdón.  Si realmente nos diéramos cuenta de cómo somos, de cuánto le fallamos a Dios y a nuestros semejantes, podríamos comenzar a ser magnánimos y comprensivos, y podríamos empezar a comprender la necesidad que tenemos de ser perdonados y de perdonar.

 

Podríamos comenzar con revisarnos interiormente, porque no basta perdonar externamente, es decir, no desquitarse o vengarse de manera efectiva ante el daño recibido.  Esto no basta.  Recordemos que el deseo de venganza, como cualquier pecado, comienza a crecer en nuestro interior, y si allí se anida, brota en cualquier momento, en cualquier forma.

 

Así, aunque no lleguen a expresarse externamente, es preciso -además- ir evitando todo sentimiento y pensamiento de rencor, de resentimiento, de falta de perdón, que pretendan anidar en nuestra alma.  Es que esto ensucia el alma.  Y Dios, que todo lo ve y todo lo conoce, se da cuenta de nuestros sentimientos ocultos en contra de nuestros semejantes.

 


Debemos orar para perdonar.  Un buen ejercicio de oración para aprender a perdonar es precisamente la frase del Padre Nuestro: “Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.  Al rezar el Padre Nuestro y al repetir esta frase, se puede pensar en los que nos han ofendido y ponerlos ante el Padre Celestial, tal vez diciendo interiormente al Señor:  “Tú sabes, Señor, lo que me cuesta. Tú sabes, Señor, lo que siento.  No puedo perdonar.  Pero sí quiero perdonar, porque Tú me lo pides.  Perdona Tú en mí, Señor”.

 

Pensar en cuánto necesitamos del perdón divino también puede ayudarnos a perdonar a los que nos han hecho daño.  ¿Nos damos cuenta de lo necesitados que estamos del perdón de Dios?  ¡Cuántas veces lo hemos ofendido y continuamos ofendiéndole!

 

Sin embargo, Él es Padre misericordioso y su Misericordia es infinita -como lo son todas sus cualidades. Eso implica que nos perdona siempre que le pidamos perdón... no importan cuántas veces, ni cuán grave sea la ofensa.  Pero, a la vez, nos pide a nosotros lo mismo: “Perdonen y serán perdonados… Sean misericordiosos como su Padre es misericordioso”.

 

Se nos pide imitar la Misericordia de Dios.  Entonces es necesario reflexionar sobre esta cualidad de Dios Padre.  Esta reflexión puede ayudarnos en nuestro aprendizaje de la misericordia, es decir, en ir aprendiendo a:

 

- cambiar el deseo de venganza por la disposición a perdonar,

- la intención de desquite por el deseo de comprender,

- la ira por la cordialidad,

- el resentimiento por la magnanimidad.

 

Y ¿cómo es esa Misericordia Divina que debemos imitar?  Es tan grande como grandes son nuestras faltas para con Dios.  Tan grande que nunca, nunca nos rechaza por nuestros rechazos a Él, ni por nuestras ofensas contra Él, ni por nuestros insultos e injustas protestas… ni siquiera por la gravedad de la falta.

 

Nunca nos reclama nuestras recaídas.  Nunca nos echa en cara el habernos perdonado una y otra vez.  En fin, nunca se cansa de perdonar, sino que se alegra cada vez que, arrepentidos, lo buscamos para recibir su perdón.

 



Pero nuestra actitud más frecuente con relación a las ofensas recibidas ¿se parece a la de nuestro Padre Celestial que perdona todo, o se parece más bien a la del hombre aquel de la parábola a quien le fue perdonada una gran deuda y enseguida de esto casi mata a un deudor suyo que le debía una cantidad pequeñísima, comparada ésta con la muy grande que a él le fue condonada?  Por cierto, Jesús termina la parábola sentenciando, que su Padre Celestial se portará con nosotros con gran severidad “si no perdonan de corazón a sus hermanos” (cfr. Mt. 18, 23-35).

 

El Salmo 102 nos trae la alabanza al Padre por su compasión y misericordia, la cual debemos imitar: “El Señor es compasivo y misericordioso, lento para enojarse y generoso para perdonar”.

 

Ahora bien, el perdón tiene dos vías: hay que perdonar y hay que pedir perdón.  Como bien nos dijo el Papa Juan Pablo II en uno de sus Mensajes Cuaresmales:  “El único camino de la paz es el perdón.  Aceptar y ofrecer el perdón hace posible una nueva cualidad de relaciones entre los hombres”.

 

Pero ¡ojo!: Cierto que la Misericordia de Dios es infinita.  Pero requiere una sola cosa: nuestro arrepentimiento cada vez que le ofendamos.

 

Es decir, no podemos andar confiando en la Misericordia Divina, de manera ingenua y presuntuosa, es decir, confiando en ella mientras vivimos en pecado, alejados de Dios y de espaldas a Él, creyendo que la muerte –sea cual fuere la situación de nuestra alma- es como un pasaje directo a la salvación porque –como se oye decir con frecuencia de parte de muchos- “Dios es infinitamente misericordioso”.  Sí lo es… pero con el pecador arrepentido, no con el pecador empecinado en el pecado.

 

Y esta condición de Dios para otorgarnos perdón a través de su Misericordia Infinita también puede aplicarse a nuestras relaciones inter-personales.  Tal vez muchas relaciones humanas se hacen dispares en la práctica de la misericordia.

 


A veces sucede que se perdona sin que se haya pedido perdón, lo cual tiene como consecuencia el estímulo a una conducta inadecuada de parte del que es perdonado sin reconocer su culpa.  Puede darse el caso contrario:  a veces alguien pide perdón y no se le perdona, con lo cual agraviado inicialmente termina por agraviar al no conceder perdón, mostrando una dureza muy lejos de la exigencia de misericordia que nos pide el Señor en imitación a Él.

 

“El perdón”, nos dice el Papa Juan Pablo II en ese Mensaje, “es un ‘arma’ que no sólo hace caer las metralletas en las guerras armadas, sino que también desarma los espíritus enfrentados en los conflictos familiares o en los litigios propios de la vida cotidiana”.  Perdón doble vía: perdonar y pedir perdón.

 

El Evangelio nos trae otras instrucciones, además del perdón y del amor a los enemigos:

 

.    Hacer bien, sin esperar recompensa.  “Si aman a quienes los aman, ¿qué hacen de extraordinario? ... Si hacen bien sólo a los que les hacen bien, ¿qué tiene de extraordinario? ... Si prestan sólo cuando esperan cobrar ¿qué hacen de extraordinario? ... Ustedes hagan bien sin esperar recompensa.”

 

.      Constancia en el perdón y en devolver bien por mal.  “Al que te golpee en una mejilla, preséntale la otra”.  Esta frase tiene sentido de perseverancia en el perdón.  Significa esto que, aunque nuestro perdón y nuestra actitud de amor hacia el otro no den el resultado esperado, no es esto excusa para volver a caer en retaliaciones y venganzas sino, por el contrario, continuar en la línea del perdón cristiano.

 

.     “Al que te quite el manto, déjalo llevarse también la túnica.  Al que te pida dale; y al que se lleve lo tuyo no se lo reclames”.  Significa estar dispuesto a dar todo de sí, hasta más de lo debido, en aras al establecimiento de la paz de unos con otros.

 

.      La recompensa no es para aquí, es para el Cielo: “Así tendrán gran premio y serán hijos del Altísimo”.

 


.      Evitar el juicio pues seremos juzgados como nosotros juzgamos.  “No juzguen y no serán juzgados... Porque con la misma medida con que midan, serán medidos”.  Si medimos con misericordia, magnanimidad y comprensión, así seremos medidos y juzgados.  Si somos prestos a condenar a todo el mundo, a ser demasiados exigentes, intolerantes, intransigentes, así de severo será el Señor con nosotros.  “Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.

 

.     Orar por los que hablan mal de nosotros.  “Bendigan a quienes os maldicen y oren por quienes los difaman”.

 

Todas estas exigencias tienen su eco en muchas otras partes de la Escritura (Rom 12, 27-31; 1 Cor 13, 4-7, etc.).

Algunos textos, incluso, nos traen hechos concretos.  Tal es el caso de la Primera Lectura (Sam 26, 2-23).  Saúl, primer Rey de Israel, ungido por Samuel, último y más grande Juez de Israel y también Profeta.  Saúl es un hombre valiente que prestó buenos servicios al pueblo de Israel, pero se convirtió en orgulloso y desobediente de la voluntad de Dios.  Por eso Dios lo rechaza y escoge para sucederlo a David.

David es un joven también valiente y, además, de buen corazón.  Pero Saúl, su predecesor, a pesar de haberlo ungido, lo cela, lo envidia y lo persigue a muerte.  La Primera Lectura nos trae un incidente en el cual David, pudiendo matar a Saúl, le perdona la vida, por el respeto que le tiene y por haber sido, a pesar de todo, ungido de Dios.

David hubiera podido devolver el mal con mal, pues aún vivía bajo la Ley del Talión (Ex 21, 23-25:  Vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe), escoge ser generoso con su enemigo.  Es decir, para David la venganza igualitaria del Talión era una opción.  Pero para los seguidores de Cristo, ni siquiera esta venganza es ya una opción.  Nuestra única opción es el perdón.




Sin embargo, el cristiano que perdona no se hace ilusiones acerca del mundo en que vive, acerca de la gente que lo rodea, así como Cristo no se hacía ilusiones acerca de aquéllos a quienes perdonaba.  Pero desde Cristo, el cristiano tiene que seguir su ejemplo:  “insultado, no devolvía los insultos, y maltratado no amenaza, sino que se encomendaba a Dios, que juzga justamente” (1 Pe 2, 23).

Es bueno aclarar la diferencia entre “venganza” como la entendemos en el lenguaje de hoy y “venganza” en el sentido bíblico.  En el sentido bíblico “venganza” tiene sentido de re-establecimiento de la justicia.

La venganza por odio o rencor para con el malvado está siempre prohibida.  Pero es una obligación restituir el derecho atropellado.  Sin embargo, el ejercicio del deber de re-establecer la justicia ha evolucionado a lo largo del tiempo.  Antes lo ejercía directamente el individuo.  Posteriormente se ha confiado a la sociedad.  Pero debemos tener claro que Dios es el único vengador legítimo de la justicia. (cfr. Vocabulario de Teología Bíblica, León-Dufour)

Veamos por qué en realidad es Dios el que re-establecerá la justicia definitivamente:  En el mundo actual, la justicia es re-establecida por los Jueces, las Cortes y, en general, por los sistemas judiciales, los cuales son confiables en la medida en que son honestos y ecuánimes.

Sin embargo, sabemos que toda actividad humana, es imperfecta.  Por eso confiamos el total y pleno re-establecimiento de la justicia a la Justicia Divina, que será plena cuando Cristo venga a establecer su reinado de justicia, de amor y de paz.

La Segunda Lectura (1 Cor. 15, 44-49) nos trae la clave para poder cumplir con estas “exigentes exigencias” de nuestro cristianismo, de las cuales nos habla la Escritura constantemente y es el tema de las lecturas de hoy:  el perdón a los que nos dañan, el amor a los enemigos, devolver el bien por mal, etc.



La clave que nos trae San Pablo es el revestirnos del “hombre celestial”.    No podemos quedarnos en el “hombre terreno”.    ¿Quién es el “hombre celestial”?    Cristo, el nuevo Adán.  No podemos quedarnos en el “hombre terreno”, que no es capaz ni de comprender, ni de aceptar estas exigencias.  Revestidos de Cristo, de su Gracia, de sus maneras de ser, de pensar y de actuar, podremos amar como Él nos ama y como nos pide que amemos a los demás:  perdonando para ser nosotros perdonados.