Mostrando entradas con la etiqueta Orad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Orad. Mostrar todas las entradas

domingo, 17 de noviembre de 2019

«Mirad, no os dejéis engañar» (Evangelio Dominical)





Hoy, el Evangelio nos habla de la última venida del Hijo del hombre. Se acerca el final del año litúrgico y la Iglesia nos presenta la parusía, y al mismo tiempo quiere que pensemos en nuestras postrimerías: muerte, juicio, infierno o cielo. El fin de un viaje condiciona su realización. Si quieres ir al infierno, te podrás comportar de una manera determinada de acuerdo con el término de tu viaje. Si escoges el cielo, habrás de ser coherente con la Gloria que quieres conquistar. Siempre, libremente. Al infierno no va nadie por la fuerza; ni al cielo, tampoco. Dios es justo y da a cada uno lo que se ha ganado, ni más ni menos. No castiga ni premia arbitrariamente, movido por simpatías o antipatías. Respeta nuestra libertad. Sin embargo, hay que tener presente que al salir de este mundo la libertad ya no podrá escoger. El árbol permanecerá tendido por el lado en que haya caído.

«Morir en pecado mortal sin estar arrepentidos ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección» (Catecismo de la Iglesia n. 1033).


                



¿Te imaginas la grandiosidad del espectáculo? Los hombres y las mujeres de todas las razas y de todos los tiempos, con nuestro cuerpo resucitado y nuestra alma compareceremos delante de Jesucristo, que presidirá el acto con gran poder y majestad. Vendrá a juzgarnos en presencia de todo el mundo. Si la entrada no fuera gratuita, valdría la pena... Entonces se sabrá la verdad de todos nuestros actos interiores y exteriores. Entonces veremos de quién son los dineros, los hijos, los libros, los proyectos y las demás cosas: «No quedará piedra sobre piedra que no sea derruida» (Lc 21,6). Día de alegría y de gloria para unos; día de tristeza y de vergüenza para otros. Lo que no quieras que aparezca públicamente, ahora te es posible eliminarlo con una confesión bien hecha. No puedes improvisar un acto tan solemne y comprometedor. Jesús nos lo advierte: «Mirad, no os dejéis engañar» (Lc 21,8). ¿Estás preparado ahora?




Lectura del santo evangelio según san Lucas (21,5-19):


                



En aquel tiempo, como algunos hablaban del templo, de lo bellamente adornado que estaba con piedra de calidad y exvotos, Jesús les dijo:
«Esto que contempláis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida».
Ellos le preguntaron:
«Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?».
Él dijo:
«Mirad que nadie os engañe. Porque muchos vendrán en mi nombre diciendo: “Yo soy”, o bien: “Está llegando el tiempo”; no vayáis tras ellos.
Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico.
Porque es necesario que eso ocurra primero, pero el fin no será enseguida».
Entonces les decía:
«Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países, hambres y pestes.
Habrá también fenómenos espantosos y grandes signos en el cielo.
Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, y haciéndoos comparecer ante reyes y gobernadores, por causa de mi nombre. Esto os servirá de ocasión para dar testimonio.
Por ello, meteos bien en la cabeza que no tenéis que preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro.
Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os entregarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán a causa de mi nombre.
Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas».

Palabra del Señor





COMENTARIO.






Las Lecturas del Domingo pasado nos hablaban de nuestra resurrección, haciéndonos reflexionar sobre lo que nos espera después de esta vida terrena.  Las Lecturas de hoy continúan esa línea y nos hablan de un tema que interesa, pero que no nos gusta mucho:  el Fin de los Tiempos y la Segunda Venida de Cristo.

Las imágenes del Evangelio de hoy tal vez nos resultan un poco incómodas ... hasta podrían darnos un poco de miedo.  Pero notemos que es el mismo Jesucristo quien nos las presenta, no para asustarnos, sino para alertarnos, para que estemos siempre preparados.

Y la Iglesia, para recordarnos esa preparación tan necesaria, nos presenta estos textos escatológicos en estos domingos con los que concluye el Año Litúrgico, y continúa con ellos en los primeros domingos de Adviento, con los que comienza en nuevo Año Litúrgico.

Sobre nuestra preparación, San Francisco de Sales recomienda que vivamos cada día como si fuera el último día de nuestra vida.  Así no tendremos nada que temer cuando nos venga ese día.  Y ese día nos puede venir, bien porque morimos, o bien porque vuelve Jesucristo en gloria “para juzgar a vivos y muertos”, tal como rezamos todos los Domingos en el Credo.

                   
                              




Al morir somos juzgados por el bien y el mal que hayamos hecho durante nuestra vida.  Es el Juicio Particular.  Pero es en el Juicio Final cuando conoceremos plenamente las consecuencias que hayan tenido nuestros actos, buenos o malos.

La Segunda Venida del Señor no tiene que atemorizarnos, sino que más bien debe llenarnos a todos de una gran esperanza.  En primer lugar, porque Cristo vendrá a poner las cosas en su lugar.  En la vida presente -y sobre todo en nuestro mundo actual- pareciera que el Mal venciera sobre el Bien, pareciera que los que no viven de acuerdo a Dios están más tranquilos... y hasta más felices.  ¿Por qué parece que los malos siempre triunfan?, se preguntan muchos.

Pero veamos la Primera Lectura del Profeta Malaquías (Mlq. 3, 19-20):   al final a cada uno le tocará lo que haya merecido con su conducta en esta vida.  Dice el Profeta: “Ya viene el día del Señor ardiente como un horno”.   Para unos ese horno “los consumirá como paja”.  Pero para “los que temen al Señor, brillará el Sol de Justicia y les traerá la salvación en sus rayos”.   Es decir, el día final para unos será de una manera y para otros será diferente, todo dependiendo de cómo haya sido nuestra vida en la tierra.

En el trozo que hemos leído del Evangelio de San Lucas (Lc. 21, 5-19) se mezclan anuncios del fin del mundo con la caída de Jerusalén y la destrucción del Templo –hechos que ya sucedieron 40 años después de la muerte de Jesucristo.

Los Apóstoles le preguntan cuándo iban a suceder estas cosas.  Y el Señor les da algunas señales:

Primero les dice que vendrán muchos usurpando su nombre, diciendo que son el Mesías.  “No les hagan caso”, nos dice el Señor.  A veces se oye de alguno que se cree el Mesías y que enseña doctrinas falsas y sumamente peligrosas.  Por eso el Señor nos advierte que no les hagamos caso.

Se refiere esta advertencia también a todas esas falsas doctrinas que contradicen la Sagrada Escritura y la enseñanza de la Iglesia y que se promueven por todos lados, para tratar de hacernos perder la Fe en la única Verdad, que es Jesucristo.


                                 



Por eso tratan de disfrazarse como Mesías y de disfrazar sus enseñanzas como si fueran cristianas.  No les hagamos caso, porque tratarán de debilitar nuestro amor por la Verdad, lo cual puede muy bien llevarnos en última instancia a la condenación (cf. 2 Tes. 2, 9-11).   Se va debilitando la fe al ir anexando mitos y teorías falsas y heréticas, y terminamos por perderlo todo.

También nos habla el Señor de guerras y revoluciones, pero nos advierte no dejarnos dominar por el pánico.  Estas guerras y revoluciones no son aún el fin. 

          También habla de grandes terremotos, epidemias, hambres, y señales prodigiosas y terribles en el cielo. 

          También habla de persecuciones religiosas; es decir, nos advierte que seremos perseguidos y hasta traicionados por miembros de nuestra propia familia.  Y todo esto por el delito de seguirlo a El.

Pero si nos mantenemos fieles a El, a sus enseñanzas, a su Voluntad ... si nos mantenemos firmes, conseguiremos la Vida Eterna.

Volviendo a lo que nos dice el Profeta Malaquías en la Primera Lectura:  la Segunda Venida de Jesucristo será para aquéllos que permanezcamos fieles hasta el final como “la Venida del Sol de Justicia que nos traerá la salvación en sus rayos”.

Señales adicionales que completan el cuadro final aparecen en otros textos de la Sagrada Escritura: 

          1.)  El Evangelio habrá sido predicado en todo el mundo. 

          2.)  La mayor parte de la humanidad habrá perdido la fe y estará imbuida en las cosas del mundo. 
          3.)  La humanidad estará muy parecida a los días de Noé. 

          4.)  Se manifestará el anti-Cristo, que con el poder de Satanás realizará prodigios con los que pretenderá engañar a toda la humanidad.

Otros textos nos hacen saber cómo volverá Jesucristo:  primeramente aparecerá en el cielo su señal -la Cruz-; vendrá acompañado de Ángeles y aparecerá con gran poder y gloria.  No así el impostor, el anti-Cristo (cf. Hch. 1,11y Mt. 24, 30-31).

El final de este pasaje del Evangelio de San Lucas no aparece en el texto de hoy, pero el Señor completa su discurso así: “Fíjense en la higuera y en los demás árboles.  Cuando ustedes ven los primeros brotes, saben que está cerca el verano.  Así también cuando vean las señales que les dije, piensen que está cerca el Reino de Dios...  Estén alertas para que no les sorprenda este día... Por eso estén vigilando y orando en todo tiempo, para que se les conceda escapar de todo lo que debe suceder”.

Oración y vigilancia es lo que nos pide el Señor.  Orar y actuar como si hoy -y todos los días- fueran el último día de nuestra vida terrena.

San Pablo nos advierte en la Segunda Lectura (2 Tes. 3, 7-12) sobre el actuar, porque “algunos de ustedes viven como holgazanes, sin hacer nada y, además, entrometiéndose en todo”.  Esto debe poner en guardia a los que pensando que el final de los tiempos pudiera estar cerca, decidieran cruzarse de brazos y simplemente esperar.  También la advertencia sirve para cualquier holgazán que quiera vivir sin “ganarse con sus propias manos la comida”.

En resumen:  hay que trabajar como si nada fuera a suceder.  Y orar como si en cualquier momento pudiera llegarnos el final, bien porque nos llegue el día de nuestra muerte, o porque llegue Cristo en su Segunda Venida.





Ahora bien, lo importante no es saber el cómo.  Lo importante no es saber el cuándo.  Lo importante es estar siempre preparados.  Lo importante es vivir cada día como si fuera el último día de nuestra vida en la tierra.

El Salmo 97 nos lleva a regocijarnos con la venida del Señor.  “Alégrense todos los habitantes del mundo ... porque ya viene el Señor a gobernar el orbe”.   Y, por fin, la maldad no seguirá triunfando, pues la norma será “la justicia y la rectitud”.


















Fuentes:
Sagradas Escrituras
Homilias.org
Evangeli.org

domingo, 18 de julio de 2010

" Ora et Labora"


EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 10, 38-42

En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa.
Esta tenía una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra.
Y Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio; hasta que se paró y dijo:
-- Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio?
Dile que me eche una mano.
Pero el Señor le contestó:- Marta, Marta: andas inquieta y nerviosa con tantas cosas: solo una es necesaria.

María ha escogido la parte mejor y no se la quitarán.
Palabra del Señor




COMENTARIO

Celebramos el domingo XVI del tiempo ordinario. Este domingo es una invitación a saber contemplar a Dios y saber llevar a la práctica de cada día la experiencia de nuestra relación con él; a vivir nuestra relación con Dios desde la oración y el trabajo: "ora et labora".


Son dos dimensiones de la misma fe: la contemplación y la acción. Cuando la relación con Dios es auténtica, cuando es cierta la contemplación, es como una esponja empapada, que rezuma el agua, como un objeto impregnado de perfume, que difunde el olor; así el contemplativo auténtico vive en la vida diaria la riqueza de esa relación con Dios. Cuando el compromiso del cristiano es desde Dios, es expresión constante de los valores de Dios. Hay muchos compromisos, acciones en nombre de Dios, que están conviviendo con anti-valores evangélicos, los cuales delatan que no es un compromiso que nace de la relación con Dios, sino de otros intereses.

Dice San Pablo en la segunda lectura que hay que amonestar y enseñar para que todos lleguen a la madurez en la vida cristiana. ¿Cuándo se puede decir que un cristiano es maduro? ¿Cuándo tiene una formación muy amplia? ¿Cuándo tiene una opción personal por Jesús muy grande? ¿Cuándo viene mucho a misa? ¿Cuándo está muy comprometido? Las lecturas nos vienen a decir cuando uno acepta y acoge la Palabra de Dios y la cumple, cuando uno acepta la voluntad de Dios en su vida. Normalmente queremos que Dios haga lo que nosotros queremos y no acertamos a descubrir que lo que tenemos que hacer es ponernos en sus manos, para que se haga su voluntad, que es nuestra felicidad.

En la primera lectura vemos como Abrahán acoge a Dios en los tres hombres que se le presentaron; es hospitalario con ellos, esta hospitalidad es la preparación para acoger la voluntad de Dios en su vida. La voluntad de Dios es que Dios le va a dar un descendiente en su vejez: Isaac - el hijo de la sonrisa, pues Abrahán se sonrió cuando escuchó esta promesa -. Hospitalidad para acoger la voluntad de Dios. Acoger al otro, su persona, sus ideas, su modo de vivir... se convierte en la base de la acogida de Dios y su voluntad. Pues si no aceptamos lo que vemos, ¿cómo aceptaremos lo que no vemos? (Alguien dijo algo parecido, ¿no?).

Este mismo esquema vemos en el texto del evangelio; aparecen los dos datos:

Hospitalidad: en el servicio de Marta, patrona de los camareros -que tanto trabajan ahora en el verano-, que se multiplica para llegar a todo.

Escucha de la Palabra de Dios: en María, que, según Jesús, ha escogido la mejor parte.


Tradicionalmente se han visto en Marta y María dos aspectos del cristianismo: la acción y la contemplación, resaltando que la contemplación es mejor; es donde uno se llena espiritualmente y se vacía en la acción. Hoy podemos decir que son dos aspectos que deben de ir unidos: contemplativos en la acción y activos en la contemplación. En la Iglesia existen carismas de estos dos tipos (aquí, en Daimiel, España):

Del servicio: educación (Calasancias), ancianos (Hermanitas del asilo), predicación (P. Pasionistas), niños y pobres (Apostólicas).

De la contemplación: Carmelitas y Mínimas.


Pero en la vocación de un seglar, incluso de un cura secular, son dos realidades que deben de ir unidas: El mundo es nuestro monasterio, nuestra clausura, y el trabajo, el compromiso, es una forma de rezar; es en el mundo donde debemos encontrar a Dios y donde debemos implantar los valores y criterios del evangelio.

Los cristianos practicantes estamos necesitados de traducir en la vida diaria los valores que creemos y celebramos. Nos podemos quedar, como "marías", absortos en la contemplación, sin escuchar tantas "martas" que reclaman nuestras manos para compartir las tareas. Los cristianos que vienen menos por la Iglesia, pues piensan que lo importante es ser buenos, están necesitados de descubrir la gracia de Dios, que les ayuda y mantiene en su compromiso. Necesitados de hacerse "marías" para poder vivir la riqueza de la relación personal con Jesús. Pues no podrán vivir su vida como servicio a los demás, si no es desde esta relación.

En resumen, diría que no hay María sin Marta, ni Marta sin María. Que no hay contemplación sin acción, ni acción sin contemplación. Son dos dimensiones de la auténtica fe.



El derecho a sentarse No basta


EL DERECHO A SENTARSE

Una vez más, Jesús se acerca a Betania, una aldea muy cercana a Jerusalén, a hospedarse en casa de unos hermanos a los que quiere mucho. Al parecer, lo hacía siempre que subía a la capital.


En casa están sólo las mujeres.


Las dos adoptan posturas diferentes.


Marta se queja y Jesús pronuncia unas palabras que Lucas no quiere que se olviden en las comunidades cristianas.


Marta es la que «recibe» a Jesús y le ofrece su hospitalidad. A continuación se desvive en las múltiples tareas de ama de casa.


Nada tiene de extraño. Es lo que le corresponde a la mujer en aquella sociedad. Ése es su sitio y su cometido: cocer el pan, cocinar, servir al varón, limpiarle los pies, estar al servicio de todos.


Mientras tanto, su hermana María permanece «sentada a los pies» de Jesús en actitud propia de una discípula que escucha atenta su palabra, concentrada en lo esencial.


La escena es extraña pues la mujer no estaba autorizada a escuchar como discípula a los maestros de la ley.


Cuando Marta, desbordada por el trabajo, critica la indiferencia de Jesús y reclama ayuda, Jesús responde de manera sorprendente.


Ningún varón judío hubiera hablado así.


Jesús no critica a Marta su acogida y su servicio. Al contrario le habla con simpatía repitiendo cariñosamente su nombre.


No duda del valor y la importancia de lo que está haciendo. Pero no quiere ver a las mujeres absorbidas por las faenas de la casa: «Marta, Marta: andas inquieta y nerviosa con tantas cosas.

Sólo una es necesaria.


María ha escogido la parte mejor, y no le será quitada».


La mujer no ha de quedar reducida a las tareas del hogar.


Tiene derecho a «sentarse» como los varones a escuchar la Palabra de Dios.


Lo que está haciendo María responde a la voluntad de Dios. Jesús no quiere ver a las mujeres sólo trabajando.


Las quiere ver «sentadas». Por eso las acoge en su grupo como discípulas en el mismo plano y con los mismos derechos que los varones.


Es mucho lo que nos falta en la Iglesia y en la sociedad para mirar y tratar a las mujeres como lo hacía Jesús.


Considerarlas como trabajadoras al servicio del varón no responde a las exigencias de ese reino de Dios, que Jesús lo entendía como un espacio sin dominación masculina.


No bastaHay cansancios típicos en la sociedad actual que no se curan con las vacaciones.


No desaparecen por el mero hecho de irnos a descansar unos días.


La razón es sencilla. Las vacaciones pueden ayudar a rehacernos un poco, pero no pueden darnos el descanso interior, la paz del corazón y la tranquilidad de espíritu que necesitamos.


Hay un primer cansancio que proviene de un activismo agotador.


No respetamos los ritmos naturales de la vida.


Hacemos cada vez más cosas en menos tiempo. De un día queremos sacar dos.


Vivimos acelerados, en desgaste permanente, deshaciéndonos cada día un poco más.


Ya llegarán las vacaciones para «cargar pilas».


Es un error. Las vacaciones no sirven para resolver este cansancio.


No basta «desconectar» de todo. A la vuelta de vacaciones todo seguirá igual.


Lo que necesitamos es no acelerar más nuestra vida, imponernos un ritmo más humano, dejar de hacer algunas cosas, vivir más despacio y de manera más descansada.


Hay otro tipo de cansancio que nace de la saturación.


Vivimos un exceso de actividades, relaciones, citas, encuentros, comidas.


Por otra parte, el contestador automático, el móvil, el ordenador, el correo electrónico facilitan nuestro trabajo, pero introducen en nuestra vida una saturación.


Estamos en todas partes, siempre localizables, siempre «conectados».


Ya llegarán las vacaciones para «desaparecer», y «perdernos».


Es un error. Lo que necesitamos es aprender a «ordenar» nuestra vida: elegir lo importante, relativizar lo accidental, dedicar más tiempo a lo que nos da paz interior y sosiego.


Hay también un cansancio difuso, difícil de precisar. Vivimos cansados de nosotros mismos, hartos de nuestra mediocridad, sin encontrar lo que desde el fondo anhela nuestro corazón. ¿Cómo nos van a curar unas vacaciones? No es superfluo escuchar las palabras de Jesús a Marta: «Andas inquieta y nerviosa con tantas cosas, pero sólo una es necesaria».


Su hermana María la ha encontrado sentada a los pies de Jesús.

























Fuentes:
Pedro Crespo Arias
José A. Pagola.
Ángel Corbalán

Blog Parroquia San García Abad.