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jueves, 15 de agosto de 2019

Solemnidad de la Asunción de Santa María Virgen llena de Gloria!!





«Proclama mi alma la grandeza del Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador»

Hoy celebramos la solemnidad de la Asunción de Santa María en cuerpo y alma a los cielos. «Hoy —dice san Bernardo— sube al cielo la Virgen llena de gloria, y colma de gozo a los ciudadanos celestes». Y añadirá estas preciosas palabras: «¡Qué regalo más hermoso envía hoy nuestra tierra al cielo! Con este gesto maravilloso de amistad —que es dar y recibir— se funden lo humano y lo divino, lo terreno y lo celeste, lo humilde y lo sublime. El fruto más granado de la tierra está allí, de donde proceden los mejores regalos y los dones de más valor. Encumbrada a las alturas, la Virgen Santa prodigará sus dones a los hombres».

El primer don que te prodiga es la Palabra, que Ella supo guardar con tanta fidelidad en el corazón, y hacerla fructificar desde su profundo silencio acogedor. Con esta Palabra en su espacio interior, engendrando la Vida para los hombres en su vientre, «se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel» (Lc 1,39-40). La presencia de María expande la alegría: «Apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno» (Lc 1,44), exclama Isabel.

                                 




Sobre todo, nos hace el don de su alabanza, su misma alegría hecha canto, su Magníficat: «Proclama mi alma la grandeza del Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador...» (Lc 1,46-47). ¡Qué regalo más hermoso nos devuelve hoy el cielo con el canto de María, hecho Palabra de Dios! En este canto hallamos los indicios para aprender cómo se funden lo humano y lo divino, lo terreno y lo celeste, y llegar a responder como Ella al regalo que nos hace Dios en su Hijo, a través de su Santa Madre: para ser un regalo de Dios para el mundo, y mañana un regalo de nuestra humanidad a Dios, siguiendo el ejemplo de María, que nos precede en esta glorificación a la que estamos destinados.




La Fiesta de la Asunción de la Virgen María


                      




La fiesta de la Asunción de la Santísima Virgen María, se celebra en toda la Iglesia el 15 de agosto. Esta fiesta tiene un doble objetivo: La feliz partida de María de esta vida y la asunción de su cuerpo al cielo.
“En esta solemnidad de la Asunción contemplamos a María: ella nos abre a la esperanza, a un futuro lleno de alegría y nos enseña el camino para alcanzarlo: acoger en la fe a su Hijo; no perder nunca la amistad con él, sino dejarnos iluminar y guiar por su Palabra; seguirlo cada día, incluso en los momentos en que sentimos que nuestras cruces resultan pesadas. María, el arca de la alianza que está en el santuario del cielo, nos indica con claridad luminosa que estamos en camino hacia nuestra verdadera Casa, la comunión de alegría y de paz con Dios”. Homilía de Benedicto XVI (2010)




Oda a la Asunción de la Virgen María






Al cielo vais, Señora,
y allá os reciben con alegre canto.

¡Oh quién pudiera ahora
asirse a vuestro manto
para subir con vos al monte santo!

De ángeles sois llevada
de quien servida sois desde la cuna,
de estrellas coronada:

¡Tal Reina habrá ninguna,
pues os calza los pies la blanca luna!
Volved los blancos ojos,
ave preciosa, sola humilde y nueva,
a este valle de abrojos,
que tales flores lleva,
do suspirando están los hijos de Eva.

Que, si con clara vista,
miráis las tristes almas desde el suelo,
con propiedad no vista,
las subiréis de un vuelo,
como piedra de imán al cielo, al cielo.

Amén

domingo, 21 de julio de 2019

«Hay necesidad (...) de una sola [cosa]» (Evangelio Dominical)



                                             
           

Hoy vemos a un Jesús tan divino como humano: está cansado del viaje y se deja acoger por esta familia que tanto ama, en Betania. Aprovechará la ocasión para hacernos saber qué es “lo más importante”.

En la actitud de estas dos hermanas se acostumbra a ver reflejadas dos maneras de vivir la vocación cristiana: la vida activa y la vida contemplativa. María, «sentada a los pies del Señor»; Marta, atareada por muchas cosas y ocupaciones, siempre sirviendo y contenta, pero cansada (cf. Lc 10,39-40.42). —«Calma», le dice Jesús, «es importante lo que haces, pero es necesario que descanses, y más importante aun, que descanses estando conmigo, mirándome y escuchándome». Dos modelos de vida cristiana que hemos de coordinar y de integrar: vivir tanto la vida de Marta como la de María. Hemos de estar atentos a la Palabra del Señor, y vigilantes, ya que el ruido y el tráfico del día a día —frecuentemente— esconde la presencia de Dios. Porque la vida y la fuerza de un cristiano solamente se mantienen firmes y crecen si él permanece unido a la verdadera vid, de donde le viene la vida, el amor, las ganas de continuar adelante... y de no mirar atrás.


                                         



A la mayoría, Dios nos ha llamado a ser como “Marta”. Pero no hemos de olvidar que el Señor quiere que seamos cada vez más como “María”: Jesucristo también nos ha llamado a “escoger la mejor parte” y a no dejar que nadie nos la quite.

Él nos recuerda que lo más importante no es lo que podamos hacer, sino la Palabra de Dios que ilumina nuestras vidas, y, así por el Espíritu Santo nuestras obras quedan impregnadas de su amor.

Descansar en el Señor solamente es posible si gozamos de su presencia real ante la Eucaristía. ¡Oración ante el sagrario!: es el tesoro más grande que tenemos los cristianos. Recordemos el título de la última encíclica de san Juan Pablo II: La Iglesia vive de la Eucaristía. El Señor tiene muchas cosas que decirnos, más de las que nos pensamos. Busquemos, pues, momentos de silencio y de paz para encontrar a Jesús y, en Él, reencontrarnos a nosotros mismos. Jesucristo nos invita hoy a hacer una opción: escoger «la parte buena» (Lc 10,42).





Lectura del santo evangelio según san Lucas (10, 38-42):


                  



EN aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa.
Esta tenía una hermana llamada María, que, sentada junto a los pies del Señor, escuchaba su palabra.
Marta, en cambio, andaba muy afanada con los muchos servicios; hasta que, acercándose, dijo:
«Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano».
Respondiendo, le dijo el Señor:
«Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada».

Palabra del Señor





COMENTARIO.


                              



En la Primera Lectura del día de hoy vemos a Abraham siendo visitado por el Señor.  Nos dice así la Escritura: “En aquellos días el Señor se apareció a Abraham junto a la encina de Mambré, mientras él estaba sentado a la puerta de la tienda ...”   Y Abraham de inmediato comienza a atender al Señor.

Algo similar vemos en el Evangelio:  el Señor va a visitar a sus amigos, Lázaro, Marta y María, quienes eran hermanos.  Y Marta se afana por atender a Jesús, al punto que reclama al Señor que María no la ayuda.  Y el Señor le da a una respuesta un tanto desconcertante ... como a veces son las respuestas del Señor.

Si bien estas Lecturas nos muestran el servicio a Dios en forma de atenciones domésticas, ante la visita de alguien tan importante como el Señor, debemos tener en cuenta que servir a Dios es sobre todo hacer su Voluntad, es complacerlo en todo.  Servir a Dios es estar a sus órdenes:  dejar que El sea quien nos dirija.  Servir al Señor es buscar complacerlo en todo.

Para poder ver esto, observemos, entonces, la actuación de estos personajes que nos presentan las Lecturas de hoy.

Abraham es nuestro padre en la fe.  Su característica principal fue una fe indubitable ... una fe inconmovible ... una fe a toda prueba ... y una confianza absoluta en la Voluntad de Dios.  Por eso se le conoce como el padre de todos los creyentes.

                                         



A Abraham Dios comenzó pidiéndole que dejara todo:  Vete de tu tierra y de tu patria y de la casa de tu padre.  Y sale sin saber a dónde va.  Ante la orden del Señor, Abraham cumple ciegamente.  Va a una tierra que no sabe dónde queda y no sabe siquiera cómo se llama.  

Deja todo, renuncia a todo:  patria, casa, estabilidad, etc.  Da un salto en el vacío en obediencia a Dios.  Confía absolutamente en Dios. 

Abraham sabe que su vida la rige Dios, y no él mismo. Dios le exigió mucho a Abraham, pero a la vez le promete que será padre de un gran pueblo.

Y Abraham cree, a pesar de que todas las circunstancias parecen contrarias a esta promesa.  Por un lado, su esposa Sara es estéril y él ya cuenta con la edad de 75 años para el momento de la promesa.  

Pero Abraham cree por encima de las circunstancias humanas. 




Pasa el tiempo ... pasa ¡bastante tiempo!, desde que Dios le hizo su promesa a Abraham ... pasan ¡24 años! ... Ya Abraham tiene 99 años ... y Sara sigue estéril.

En esas condiciones y en ese momento tiene lugar la visita del Señor a la tienda de Abraham que hemos visto en el Primera Lectura.

Recordemos que al final de la visita le dice: “Cuando vuelva a verte, dentro del tiempo de costumbre, Sara habrá tenido un hijo”.

Y así fue:  al año siguiente, a un hombre de 100 años y a una mujer estéril de 90, les nace un hijo (Isaac), el hijo por el cual la descendencia de Abraham será tan numerosa como las estrellas del cielo, el hijo por el cual será Abraham padre de un gran pueblo, padre de todos los creyentes.

Han sido 24 años de larga espera.  Y cuando lo que era difícil parecía ya imposible, Dios cumple su promesa.  La lógica de Dios es distinta a la lógica humana.  Los planes de Dios son diferentes a los planes de los hombres.  Los planes de Dios no se realizan como el hombre quiere, sino como Dios quiere.  Los planes de Dios no se realizan tampoco cuando el hombre quiere o cree, sino cuando Dios quiere.


             



A veces nos es más fácil hacer lo que Dios quiere, que hacer las cosas cuando Dios quiere.  A veces nos es más fácil cumplir la Voluntad de Dios, que tener la paciencia para esperar el momento en que Dios quiere hacer su Voluntad.

Comienza a crecer el hijo de la promesa.  Cuando ya todo parece estar estabilizado, Dios interviene nuevamente para hacer una exigencia “ilógica” a Abraham:  le pide que tome a Isaac y que se lo ofrezca en sacrificio.  Este tal vez sea uno de los episodios más conmovedores de la Biblia.  Dios vuelve a exigirle todo.  Ahora le pide la entrega de lo que Dios mismo le había dado como cumplimiento de su promesa:  Isaac debe ser sacrificado.   Abraham obedece ciegamente, sin siquiera preguntar por qué.  Sube el monte del sacrificio para cumplir el más duro de los requerimientos del Señor. 

Y en el momento que se dispone a sacrificar a su hijo, Dios lo hace detener.

Abraham creyó y esperó:  creyó contra toda apariencia, esperó contra toda esperanza ... y también esperó el momento del Señor.
Veamos ahora a Marta y María en el Evangelio de hoy.  Marta se encontraba muy atareada con los quehaceres domésticos.  Y su hermana María se encontraba a los pies del Señor escuchando su Palabra.

                                            



Marta le reclama a Jesús la aparente inactividad de su hermana y su injusticia al no ayudarla.  Y decíamos que la respuesta del Señor era desconcertante: “Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa por muchas cosas.  En realidad, una sola cosa es necesaria y María escogió la mejor parte”.

Fíjense lo que le dice el Señor a Marta:  el estarse en la oración a la escucha de la Palabra del Señor (es decir:  el estarse a los pies del Señor), no sólo es la mejor parte, sino que es lo único necesario.

Si Marta representa el prototipo de la actividad y María el de la oración ... podríamos preguntarnos: ¿qué significa esta respuesta del Señor? ... ¿Cómo puede ser ésta la respuesta del Señor? ... ¿Dónde queda mi deseo de hacer, mi deseo de ayudar, mi deseo de actuar?  ...  ¡Dónde queda mi responsabilidad!

La dificultad en no comprender la respuesta del Señor está en que los hombres de hoy nos consideramos los protagonistas principales de nuestra vida.  Olvidamos que Dios todo lo dispone.  En eso no nos parecemos en nada a Abraham, que sabía que era Dios quien regía su vida.  Recordemos cómo esperaba contra toda apariencia. 

                                                  



Los hombres de hoy no nos damos cuenta que nuestra vida es la historia de las acciones que Dios realiza en nosotros y a través de nosotros.  Nosotros nos creemos los principales protagonistas de nuestra vida ... y no vemos la acción de Dios en nosotros ...  ¡No vemos que Dios es el principal protagonista de la vida de cada uno de nosotros!

Para no quedar desconcertados con la respuesta que el Señor dio a Marta, para no quedar desconcertados porque el Señor nos dice lo mismo: que nos preocupamos por muchas cosas que realmente no son necesarias y nos perdemos de la mejor parte, necesitamos darnos cuenta de que no somos nosotros quienes llevamos las riendas de nuestra vida:   es Dios quien las lleva.

Pero el problema es que andamos como Marta, sólo ocupados en la actividad, y se nos hace imposible llevar una relación íntima con el Señor, se nos hace imposible estar atentos a su Voz en la oración.  Si andamos ocupados y preocupados sólo en la actividad, no tenemos tiempo para la oración.

“La mejor parte” a la que se refiere Jesús es justamente esa “aparente” inactividad de María.  “La mejor parte, la única necesaria” es justamente la “aparente” inactividad de la oración.

En la oración, en la oración verdadera -esa oración en la que se busca al Señor para servirle en lo que El desea, esa oración que es asidua, que es diaria...  en esa oración, Dios nos muestra su Voluntad.  Y en esa oración podemos saber qué desea El de nosotros.

                                              



Además, en la oración, Dios nos da la fortaleza para cumplir su Voluntad, nos da también la entrega para aceptarla ... y, además, nos da la paciencia para saber esperar el momento de su Voluntad.

Es así, como la oración nos lleva a la verdadera acción: es decir, la acción que desea el Señor de nosotros; no la que nosotros nos buscamos o nos inventamos, que casi nunca coincide con la que Dios quiere de nosotros.

Se da, entonces, el balance entre María y Marta; es decir, el balance entre la oración y la acción.  Se da, entonces, la acción como fruto de la oración.  Y se da, sobre todo, esa entrega absoluta a la Voluntad de Dios que vemos en Abraham y esa fe inconmovible -a toda prueba- que tenía nuestro padre en la fe.

De no ser así, no sólo en nuestra vida personal, sino también en la actividad apostólica podemos equivocarnos, confundiendo nuestros propios caminos con los Caminos del Señor, pensando que ya sabemos cuál es el Camino, sin antes haber pasado, como María, la hermana de Marta, muchas horas “a los pies del Señor”, para que El nos indique qué desea de nosotros, cuál es Su Camino, cuál es Su Voluntad.

                                



Si para nuestra actividad diaria y nuestra actividad apostólica requerimos de la oración verdadera, ¿qué decir de la importancia de la oración para poder seguir el ejemplo de San Pablo sobre el sufrimiento?

La Segunda Lectura (Col. 1, 224-28) nos trae la famosa frase del Apóstol: “Ahora me alegro de sufrir por ustedes, porque así completo lo que falta a la pasión de Cristo en mí, por el bien de su Cuerpo que es la Iglesia”.

¿Cómo poder tener esa actitud de aceptación del sufrimiento por el bien de los demás y de la Iglesia si no recibimos esa gracia de oblación, de inmolación precisamente en la oración, estándonos muchos ratos a los pies del Señor,para que El mismo nos enseñe a imitarle?

Recordemos al Papa Juan Pablo II.  El, que fue un ejemplo de ese deseado balance entre silencio y actividad, nos dijo: 
“El hombre de hoy necesita recuperar momentos de silencio que permitan que Dios pueda hacer oír Su Voz y a la persona comprender y aceptar lo que Dios desee comunicarle” (JP II, 30-4-96).


                                                     



Con el Salmo 14 nos hemos preguntado ¿Quién será grato a tus ojos, Señor?  El Salmista nos da varias características del hombre que es grato a Dios.  Nadie más grato que quien busca la Voluntad de Dios en la oración verdadera, sincera, entregada y atenta a lo que Dios nos pide.  Así, podremos ser justos, como la descripción del salmista.  Pero, además, toda nuestra actividad será lo que Dios quiere y espera de nosotros, pues viviremos de acuerdo a sus deseos en todo.





















Fuentes:
Sagradas Escrituras
Homilias.org
Evangeli.net

domingo, 28 de octubre de 2018

«‘¿Qué quieres que te haga?’. El ciego le dijo: ‘Rabbuní, ¡que vea!’» (Evangelio Dominical)



   


Hoy, contemplamos a un hombre que, en su desgracia, encuentra la verdadera felicidad gracias a Jesucristo. Se trata de una persona con dos carencias: la falta de visión corporal y la imposibilidad de trabajar para ganarse la vida, lo cual le obliga a mendigar. Necesita ayuda y se sitúa junto al camino, a la salida de Jericó, por donde pasan muchos viandantes.

Por suerte para él, en aquella ocasión es Jesús quien pasa, acompañado de sus discípulos y otras personas. Sin duda, el ciego ha oído hablar de Jesús; le habrían comentado que hacía prodigios y, al saber que pasa cerca, empieza a gritar: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!» (Mc 10,47). Para los acompañantes del Maestro resultan molestos los gritos del ciego, no piensan en la triste situación de aquel hombre, son egoístas. Pero Jesús sí quiere responder al mendigo y hace que lo llamen. Inmediatamente, el ciego se halla ante el Hijo de David y empieza el diálogo con una pregunta y una respuesta: «Jesús, dirigiéndose a él, le dijo: ‘¿Qué quieres que te haga?’. El ciego le dijo: ‘Rabbuní, ¡que vea!’» (Mc 10,51). Y Jesús le concede doble visión: la física y la más importante, la fe que es la visión interior de Dios. Dice san Clemente de Alejandría: «Pongamos fin al olvido de la verdad; despojémonos de la ignorancia y de la oscuridad que, cual nube, ofuscan nuestros ojos, y contemplemos al que es realmente Dios».




Frecuentemente nos quejamos y decimos: —No sé rezar. Tomemos ejemplo entonces del ciego del Evangelio: Insiste en llamar a Jesús, y con tres palabras le dice cuanto necesita. ¿Nos falta fe? Digámosle: —Señor, aumenta mi fe. ¿Tenemos familiares o amigos que han dejado de practicar? Oremos entonces así: —Señor Jesús, haz que vean. ¿Es tan importante la fe? Si la comparamos con la visión física, ¿qué diremos? Es triste la situación del ciego, pero mucho más lo es la del no creyente. 
Digámosles: —El Maestro te llama, preséntale tu necesidad y Jesús te responderá generosamente.





Lectura del santo evangelio según san Marcos (10,46-52):





En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gente, el ciego Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: «Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí.»
Muchos lo regañaban para que se callara. Pero él gritaba más:
«Hijo de David, ten compasión de mí.»
Jesús se detuvo y dijo: «Llamadlo.»
Llamaron al ciego, diciéndole: «Ánimo, levántate, que te llama.»
Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús.
Jesús le dijo: «¿Qué quieres que haga por ti?»
El ciego le contestó: «Maestro, que pueda ver.»
Jesús le dijo: «Anda, tu fe te ha curado.» Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.


Palabra del Señor




COMENTARIO.






La Primera Lectura nos trae un texto del Profeta Jeremías (Jer. 31, 7-9) referido al regreso del pueblo de Israel del exilio y entre ellos vienen también “los ciegos y los cojos”.

Nos habla el Profeta de “torrentes de agua” y de “un camino llano en el que no tropezarán”.  Sin duda se refieren estos simbolismos a la gracia divina que es una “fuente de agua viva” que calma la sed, que fortalece y que allana el camino hacia la Vida Eterna.

Sabemos que es Dios quien guía a su pueblo de regreso a su patria.  Y cuando Dios es el que guía, los cojos pueden caminar y los ciegos tienen luz.  Es una figura muy bella sobre la conversión interior, que nos lleva a poder ver la luz interior, aunque fuéramos ciegos corporales.

Es el caso del Evangelio de hoy (Mc. 10, 35-45), el cualnos narra la curación del ciego Bartimeo, ciego de sus ojos, pero vidente en su interior; ciego hacia fuera, pero no hacia dentro; ciego corporal, mas no espiritual; ciego de los ojos, mas no del alma.

Este nuevo milagro de Jesús nos ofrece bastante tela de donde cortar para extraer enseñanzas muy útiles a nuestra fe, nuestra vida de oración y nuestro seguimiento a Cristo.

Un día este hombre ciego estaba ubicado al borde del camino polvoriento a la salida de Jericó.  Pedir limosna era todo lo que podía hacer para obtener ayuda humana, y eso hacía.




Pero Bartimeo había oído hablar de Jesús, quien estaba haciendo milagros en toda la región.  Sin embargo, su ceguera le impedía ir a buscarlo.  Así que tuvo que quedarse donde siempre estaba.

Pero he aquí que un día el ciego, con la agudeza auditiva que caracteriza a los invidentes, oye el ruido de una muchedumbre, una muchedumbre que no sonaba como cualquier muchedumbre.

Y al saber que el que pasaba era Jesús de Nazaret, “comenzó a gritar” por encima del ruido del gentío: “¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!”.    Trataron de hacerlo callar, pero él gritaba con más fuerza.  Jesús era su única esperanza para poder ver.




Ciertamente Bartimeo era ciego en sus ojos corporales:  no tenía luz exterior.  Pero sí tenía luz interior, sí veía en su interior, pues reconocer que Jesús era el Mesías, “el hijo de David”, y poner en El toda su esperanza, es ser vidente en el espíritu.

Su fe lo hacía gritar cada vez más y más fuertemente, pues estaba seguro que su salvación estaba sólo en Jesús.  Y tal era su emoción que “tiró el manto y de un salto se puso en pie y se acercó a Jesús”, cuando éste, respondiendo a sus gritos, lo hizo llamar.

Ahora bien, los “gritos” de Bartimeo llamaron la atención de Jesús, no sólo por el volumen con que pronunciaba su oración de súplica, sino por el contenido: 






“¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!”.  Un contenido de fe profunda, pues no sólo pedía la curación, sino que reconocía a Jesús como el Hijo de Dios, el Mesías que esperaba el pueblo de Israel.   De allí que Jesús le dijera al sanarlo: “Tu fe te ha salvado”.

Analicemos un poco más los “gritos-oración” de Bartimeo.   “Jesús, Hijo de Dios, ten compasión de mí”.  Los judíos sabían que el Mesías debía ser descendiente de David.  Así que, reconocer a Jesús como hijo de David, era reconocerlo como el Mesías, el Hijo de Dios hecho Hombre.

Podemos decir que esta súplica desesperada de Bartimeo contiene una profesión de fe tan completa que resume muchas verdades del Evangelio.  Es la llamada “oración de Jesús” que puede utilizarse para la oración constante, para orar “en todo momento ... sin desanimarse” (Ef. 6, 18), como nos recomienda San Pablo.



      



Si nos fijamos bien, es una oración centrada en Jesús, pero es también una oración Trinitaria, pues al decir que Jesús es Hijo de Dios, estamos reconociendo la presencia de Dios Padre, y nadie puede reconocer a Jesús como Hijo de Dios, si no es bajo la influencia del Espíritu Santo.

Además, al reconocer a Jesús como el Mesías, nuestro Señor, reconocemos su soberanía sobre nosotros y su señorío sobre nuestra vida, es decir, reconocemos nuestro sometimiento a su Voluntad.

Y al decir “ten compasión de mí”, reconocemos que, además, de dependientes de El, tenemos toda nuestra confianza puesta sólo en El, nuestra única esperanza, igual que Bartimeo.






“Jesús, Hijo de Dios, ten compasión de mí, pecador” es una oración que contiene esta otra verdad del Evangelio:  que somos pecadores y que dependemos totalmente de Dios para nuestra salvación.

Es una oración de estabilidad y de paz que, repetida al despertar y antes de dormir y en todo momento posible a lo largo del día, puede llevarnos a vivir de acuerdo a la Voluntad de Dios ... y a seguir a Cristo como lo hizo Bartimeo, quien “al momento recobró la vista y se puso a seguirlo por el camino”.

En la Segunda Lectura (Hb. 5, 1-6) nos sigue hablando San Pablo sobre el Sacerdocio de Cristo.  Cristo es Sumo y Eterno Sacerdote.  No es posible llegar a Dios sin pasar por Cristo, de quien depende nuestra salvación.  Es lo que proclamó la Iglesia con la Declaración “Dominus Iesus” (JPII 2000, sobre la Unicidad y Universalidad Salvífica de Jesucristo y su Iglesia).





No es posible la salvación, sino a través de Cristo.  Pretender otras vías, conociendo la de Cristo, es pura ilusión ... y más que ilusión, engaño.  Muchos llegaron a criticar la “Dominus Iesus” como contraria al ecumenismo, pero más bien esta Declaración pone las cosas en su lugar:  Cristo es nuestra salvación.  No hay salvación fuera de El y de su Iglesia.

En formas misteriosas los no-cristianos pueden ser salvados, pero su salvación se sucede en Cristo, el Hijo de Dios, el Mesías que Bartimeo reconoció aún sin verlo.


















Fuentes;
Sagradas Escrituras.
Evangeli.org
Homilias.org  


domingo, 21 de octubre de 2018

«El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor» (Evangelio Dominical)






Hoy, nuevamente, Jesús trastoca nuestros esquemas. Provocadas por Santiago y Juan, han llegado hasta nosotros estas palabras llenas de autenticidad: «Tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida» (Mc 10,45).


¡Cómo nos gusta estar bien servidos! Pensemos, por ejemplo, en lo agradable que nos resulta la eficacia, puntualidad y pulcritud de los servicios públicos; o nuestras quejas cuando, después de haber pagado un servicio, no recibimos lo que esperábamos. Jesucristo nos enseña con su ejemplo. Él no sólo es servidor de la voluntad del Padre, que incluye nuestra redención, ¡sino que además paga! Y el precio de nuestro rescate es su Sangre, en la que hemos recibido la salvación de nuestros pecados. ¡Gran paradoja ésta, que nunca llegaremos a entender! Él, el gran rey, el Hijo de David, el que había de venir en nombre del Señor, «se despojó de su grandeza, tomó la condición de esclavo y se hizo semejante a los hombres (…) haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Fl 2,7-8). ¡Qué expresivas son las representaciones de Cristo vestido como un Rey clavado en cruz! En Cataluña tenemos muchas y reciben el nombre de “Santa Majestad”. A modo de catequesis, contemplamos cómo servir es reinar, y cómo el ejercicio de cualquier autoridad ha de ser siempre un servicio.





Jesús trastoca de tal manera las categorías de este mundo que también resitúa el sentido de la actividad humana. No es mejor el encargo que más brilla, sino el que realizamos más identificados con Jesucristo-siervo, con mayor Amor a Dios y a los hermanos. Si de veras creemos que «nadie tiene amor más grande que quien da la vida por sus amigos» (Jn 15,13), entonces también nos esforzaremos en ofrecer un servicio de calidad humana y de competencia profesional con nuestro trabajo, lleno de un profundo sentido cristiano de servicio. Como decía la Madre Teresa de Calcuta: «El fruto de la fe es el amor, el fruto del amor es el servicio, el fruto del servicio es la paz».





Lectura del santo evangelio según san Marcos (10,35-45):




En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron: «Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir.»
Les preguntó: «¿Qué queréis que haga por vosotros?»
Contestaron: «Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda.»
Jesús replicó: «No sabéis lo que pedís, ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?»
Contestaron: «Lo somos.»
Jesús les dijo: «El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado.» Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan.
Jesús, reuniéndolos, les dijo: «Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros, nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos.»

Palabra del Señor





COMENTARIO



    



Las Lecturas de hoy se refieren al sufrimiento, en comparación con los deseos de reconocimiento y de honra que -equivocadamente- alimentamos y promovemos los seres humanos.

En la Primera Lectura del Antiguo Testamento se anuncian los sufrimientos de Cristo y su finalidad.  “El Señor quiso triturar a su siervo con el sufrimiento”, anunciaba el Profeta Isaías. “Cuando entregue su vida como expiación ... con sus sufrimientos justificará a muchos, cargando con los crímenes de ellos” (Is. 53, 10-11).

En efecto, nos dice el Evangelio (Mc. 10, 35-45): “Jesucristo vino a servir y a dar su vida por la salvación de todos”.

Y el sacrificio de Cristo, anunciado desde el Antiguo Testamento y realizado hace 2018 años menos 33 (hace 1985 años), se re-actualiza en cada Eucaristía celebrada en cada altar de la tierra.  ¡Gran milagro!

“El más grande de los milagros”, lo proclamaba el Papa Juan Pablo II en una de sus Catequesis de los Miércoles del año 2000, dedicada a la Eucaristía.

Y nos comentaba Juan Pablo II en su Encíclica sobre la Eucaristía («Ecclesia de Eucharistia») que los Apóstoles, habiendo participado en la Última Cena, tal vez no comprendieron el sentido de las palabras que salieron de los labios de Cristo en el Cenáculo.  Aquellas palabras vinieron a aclararse plenamente al terminar el Triduo Santo, lapso que va de la tarde del Jueves Santo hasta la mañana del Domingo de Resurrección.

                   



Nos dice el Papa que la institución de la Eucaristía, en efecto, anticipaba sacramentalmente los acontecimientos que tendrían lugar poco más tarde, comenzando con la agonía de Jesús en el Huerto de Getsemaní.

Vemos a Jesús que sale del Cenáculo, baja con los discípulos, atraviesa el arroyo Cedrón y llega al Huerto de los Olivos. En aquel huerto había árboles de olivo muy antiguos, que tal vez fueron testigos de lo que ocurrió aquella noche, cuando Cristo en oración experimentó una angustia mortal.

La sangre, que poco antes había entregado a la Iglesia como bebida de salvación, al instituir la Eucaristía durante la Ultima Cena, comenzaría a ser derramada con los azotes, la corona de espinas, y su efusión, hasta la última gota, se completaría después en el Calvario.  Y entonces su Sangre se convierte en instrumento de nuestra redención.

“En este don, Jesucristo entregaba a la Iglesia la actualización perenne del misterio pascual.  Con él instituyó una misteriosa «contemporaneidad» entre aquel Triduo y el transcurrir de todos los siglos” (JP II-Ecclesia de Eucaristía).




Recuerdo. Memorial. Re-actualización.  Son todas palabras que definen lo que realmente sucede en la Santa Misa.  Es decir, en cada Eucaristía se recuerda, se revive, se re-actualiza, más aún, se hace presente el Sacrificio de Cristo:  su muerte para salvación de todos.  Estamos en el Calvario cuando estamos en Misa.  La escena del Calvario se hace presente en la Misa.  ¡Gran Milagro!

Nos dice la Encíclica que cuando se celebra la Eucaristía … se retorna de modo casi tangible al momento de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, se retorna a su «hora», la hora de la cruz y de la glorificación. A aquella hora vuelve espiritualmente todo Presbítero que celebra la Santa Misa, junto con la comunidad cristiana que participa en ella”.

La Segunda Lectura (Hb. 4, 14-16) nos habla de Cristo como nuestro Sumo Sacerdote.  El Sumo Sacerdote era el jefe del Templo en el Antiguo Testamento, el que ofrecía la víctima del sacrificio.  Jesucristo, entonces, no sólo es Sumo Sacerdote, sino que El mismo es la Víctima.

Y San Pablo nos recuerda que Jesús pasó por el sufrimiento, que El comprende nuestro sufrimiento, pues El lo experimentó hasta el extremo.  Tembló ante el sufrimiento y la muerte, pero lo hizo todo para nuestra salvación.


    



Jesús no retrocede ante la perspectiva del dolor y el sufrimiento extremo.  De hecho, comentó a un grupo de sus seguidores después de su entrada triunfal a Jerusalén, días antes de su muerte: “Me siento turbado ahora.  ¿Diré acaso al Padre:  líbrame de la hora?  Pero no.  Pues precisamente llegué a esta hora para enfrentar esta angustia” (Jn. 12, 27).

Y justo antes de plantearnos su angustia nos pidió a nosotros que hiciéramos como El: “Si el grano de trigo no muere, queda solo, pero si muere da mucho fruto.  El que ama su vida la destruye, y el que desprecia su vida en este mundo la conserva para la vida eterna” (Jn. 12, 25-26).

Si El sufrió, El sabe lo que nos está pidiendo.  Si El sirvió, El sabe lo que nos está pidiendo.  “Acerquémonos, por tanto, en plena confianza, al trono de gracia”.  No hay que temer al sufrimiento.   Hay que acercarse a éste “en plena confianza”.   El sufrimiento es un “trono de gracia”.

Pero ¡qué distinto vemos los humanos el sufrimiento!


               




A la luz de lo que Cristo ha hecho por nosotros, cabe pensar entonces cómoaceptamos nosotros el sufrimiento.  Cabe cambiar nuestra visión del sufrimiento, si no tenemos la adecuada.

Para ello, cabe recordar cómo recibieron los Apóstoles el anuncio de la pasión y muerte del Mesías.  Es insólito ver la reacción de éstos ...

Y más insólito aún resulta observar nuestras reacciones al sufrimiento. ¿Cómo son?

El Evangelio de hoy nos narra lo que sucedió enseguida de que Jesús, aproximándose con sus discípulos a Jerusalén, les anunciara por tercera vez su Pasión.  (cfr. Mc. 10, 32-34).

Ahora bien, lo insólito está en observar que enseguida de este patético, pero también esperanzador anuncio -pues lo cierra el Señor asegurándoles que a los tres días resucitará- los hermanos Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, los más cercanos a Jesús además de Pedro, parecen no darle importancia a lo anunciado y le piden -¡nada menos!- estar sentados “uno a tu derecha y otro a tu izquierda, cuando estés en tu gloria”.   Poder y gloria.  Posiciones y reconocimiento.


   



¡Cómo somos los seres humanos!  ¿Cómo reaccionamos ante anuncios de sufrimiento?  Estos dos evadieron la idea misma del sufrimiento y pensaron más bien en los honores, en los puestos, en el poder… para cuando ya todo hubiera pasado.  De allí la respuesta de Jesús:  el que quiera tener parte en la gloria, deberá pasar por la dura prueba del sufrimiento.

Y les pregunta si están dispuestos.  No habían siquiera comenzado a comprender el misterio de la cruz, pero ambos, Santiago y Juan, responden que sí están dispuestos.  No sabían lo que decían, pero su respuesta fue “profética”, pues más adelante supieron sufrir y morir por Él.  ¡Ah!  Pero es que primero tuvieron que morir a sus aspiraciones a ser los primeros, para convertirse en servidores, como su Maestro.

En el seguimiento a Cristo no hay puestos, ni competencias, ni pre-eminencias, ni ambiciones, ni afán de honores, de glorias, de triunfos.  Es al revés: 


    El que quiera ser grande, que se humille. 
    El que quiera elevarse, que se abaje.
    El que quiera sobresalir, que desaparezca. 
    El que quiera destacarse, que se opaque.
    El que quiera ser primero, que sirva.

Jesús nos da el ejemplo.  El, siendo Dios, el Ser Supremo, lo máximo, ha venido “a servir y a dar su vida por la salvación de todos”.

Es lo que se re-actualiza en cada Eucaristía.  Es lo que cada uno de nosotros debe re-actualizar en su vida: servir, aún en el sufrimiento, en la cruz de cada día, y hasta en la muerte.  ¿Para qué?  Pues para la propia salvación y para la salvación de otros.





Una santa cuya fiesta es este mes, Santa Teresa de Jesús, logró entender muy bien eso del sufrimiento.  Y lo explicaba con su usual sentido común: “¡Oh Señor mío!  Cuando pienso de qué maneras padecisteis y como no lo merecíais, no sé dónde tuve el seso cuando no deseaba padecer” (Camino, 15, 5).  ¿Dónde tenemos el seso los que no queremos sufrir?

Nuestra honra no está en evitar el sufrimiento, ni está en los reconocimientos humanos.  Nuestra honra está en la gloria eterna.  Y a ésa tenemos acceso justamente porque Jesucristo, con su sufrimiento, muerte y resurrección, la ha ganado para todos… para todos los que quieran llegar a ella.








Fuentes;
Sagradas Escrituras
Homilia.org
Evangeli.org