domingo, 12 de febrero de 2017

«No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas» (Evangelio dominical)


Hoy, Jesús nos dice «No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento» (Mt 5,17). ¿Qué es la Ley? ¿Qué son los Profetas? Por Ley y Profetas, se entienden dos conjuntos diferentes de libros del Antiguo Testamento. La Ley se refiere a los escritos atribuidos a Moisés; los Profetas, como el propio nombre lo indica, son los escritos de los profetas y los libros sapienciales.

En el Evangelio de hoy, Jesús hace referencia a aquello que consideramos el resumen del código moral del Antiguo Testamento: los mandamientos de la Ley de Dios. Según el pensamiento de Jesús, la Ley no consiste en principios meramente externos. No. La Ley no es una imposición venida de fuera. Todo lo contrario. En verdad, la Ley de Dios corresponde al ideal de perfección que está radicado en el corazón de cada hombre. Esta es la razón por la cual el cumplidor de los mandamientos no solamente se siente realizado en sus aspiraciones humanas, sino también alcanza la perfección del cristianismo, o, en las palabras de Jesús, alcanza la perfección del reino de Dios: «El que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos» (Mt 5,19).
                                      


«Pues yo os digo» (Mt 5,22). El cumplimiento de la ley no se resume en la letra, visto que “la letra mata, pero el espíritu vivifica” (2Cor 3,6). Es en este sentido que Jesús empeña su autoridad para interpretar la Ley según su espíritu más auténtico. En la interpretación de Jesús, la Ley es ampliada hasta las últimas consecuencias: el respeto por la vida está unido a la erradicación del odio, de la venganza y de la ofensa; la castidad del cuerpo pasa por la fidelidad y por la indisolubilidad, la verdad de la palabra dada pasa por el respeto a los pactos. Al cumplir la Ley, Jesús «manifiesta con plenitud el hombre al propio hombre, y a la vez le muestra con claridad su altísima vocación» (Concilio Vaticano II).

El ejemplo de Jesús nos invita a aquella perfección de la vida cristiana que realiza en acciones lo que se predica con palabras.





Lectura del santo evangelio según san Mateo (5,17-37):


                                            


EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas:
no he venido a abolir, sino a dar plenitud.
En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley.
El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos.
Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos.
Porque os digo que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.
Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será reo de juicio.
Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “necio”, merece la condena de la “gehenna” del fuego.
Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda.
Con el que te pone pleito procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. En verdad te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo.
Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”.
Pero yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón.
Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en la “gehenna”.
Si tu mano derecha te induce a pecar, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero a la “gehenna”.
Se dijo: “El que repudie a su mujer, que le dé acta de repudio”. Pero yo os digo que si uno repudia a su mujer —no hablo de unión ilegítima— la induce a cometer adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio.
También habéis oído que se dijo a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus juramentos al Señor”.
Pero yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo cabello. Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno».


Palabra del Señor





COMENTARIO.


                                              


En el Evangelio de hoy continuamos con el Sermón de la Montaña, que comienza con el discurso de las Bienaventuranzas.  El Sermón de la Montaña lo predicó Jesucristo en los primeros meses de su Vida Pública y en él da la pauta de lo que sería la enseñanza que El venía a dar.   El centro de esta predicación del Señor es el Amor y la primacía de éste sobre la Ley.

Por eso deja claramente establecido que no ha venido a abolir la Ley antigua, sino a perfeccionarla.  De allí la insistencia en decir: “Han oído ustedes que se dijo a los antiguos... Pero yo les digo: ...”  Con este planteamiento, varias veces repetido, el Señor anuncia los perfeccionamientos más fundamentales que viene a introducir en la Nueva Ley.  Estos perfeccionamientos están basados más en el amor que en el cumplimiento de la Ley Antigua.  Y resultó que el amor terminó siendo  mucho más exigente que la Ley que los israelitas de entonces  trataban de cumplir al pie de la letra.
                                                         


Por supuesto, el contenido de este discurso impresionó a la gente que lo escuchó, pero dice San Mateo al final del Sermón de la Montaña que lo que más impresionó fue “su modo de enseñar, porque hablaba con autoridad y no como los maestros de la Ley que tenían ellos” (Mt. 7, 28).

Veamos algunos de perfeccionamientos que el Señor nos presenta como preceptos de la Nueva Ley:

Al antiguo precepto de “No matarás”, agrega el insulto, la ira, la agresión, el desprecio, el resentimiento contra alguien.  Y explica con más detalle:  “Cuando vayas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda junto al altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve luego a presentar tu ofrenda”.   
                                                           


Y... ¿hacemos esto?  Cuando venimos a Misa y vamos a comulgar ¿hemos perdonado realmente a los que nos han hecho daño?  ¿Hemos pedido perdón a quien hemos ofendido?  ¿Nos hemos liberado de los resentimientos absurdos que tenemos contra los demás?  Y los llamamos absurdos, pues no hacen daño al otro, sino que terminan haciendo más daño a quien los lleva en su corazón. 

El Rito de la Paz que se realiza justo antes de la Comunión indica precisamente esto a lo cual se refiere el Señor.  Pero… ¿nos damos “fraternalmente” la Paz, como indica el Celebrante?  En ese momento las personas que tenemos “próximas” representan al “prójimo”, al “hermano” de que nos habla el Señor en este pasaje.  Y ese gesto no significa un saludo banal, ni está allí para dar el pésame o las condolencias a los familiares del difunto por el cual se está ofreciendo la Misa.  Ese gesto significa algo muy concreto y exigente: que no tenemos nada contra nadie, que nuestro corazón está limpio de rencor, de resentimiento y que, por tanto, puedo comunicar la Paz que Cristo nos da.   Sólo así, reconciliados plenamente con el hermano, podemos entonces comulgar y “presentar nuestra ofrenda”, en las condiciones que el Señor nos indica.

El perdón es difícil.  Es uno de esos preceptos exigentes que pone Jesucristo en su Ley del Amor.  Si nos cuesta, pidamos esa gracia al Espíritu Santo.  Esa gracia del perdón es de las cosas buenas que el Señor desea que le pidamos, para El dárnosla.  Es bueno acostumbrarse a pedir virtudes, a pedir cosas buenas...  y no tanta cosa poco útil a la vida espiritual.
                                               


Otro perfeccionamiento a la Antigua Ley que nos da Jesús se refiere a que, aunque no se materialice algún acto que vaya contra la Ley, ya con sólo el deseo, hemos infringido la Ley.  El solo deseo de algún acto contrario a la Ley de Dios, ya es una falta.

Por eso el que habla contra alguien, sobre todo si es una calumnia, ya ha asesinado a ese hermano en su corazón.  También el que haya mirado a alguien con deseo, aunque no materialice ese deseo, ya ha cometido adulterio en su corazón. 

Como vemos, la Ley Nueva se centra también en lo íntimo de la persona, en aquellos pensamientos y deseos nuestros que sólo Dios conoce.  De allí la importancia de la pureza de corazón, de no tener deseos escondidos, ni de manifestar en palabras, cosas  que vayan contra el amor.

También habla el Señor contra el divorcio y a favor de la indisolubilidad del Matrimonio Cristiano.  No es lícito divorciarse y volverse a casar.  Y  basado en esto la Iglesia no permite la recepción de la Comunión a los que se encuentran en esta situación irregular, pero sí los invita a venir a la Santa Misa,  a orar, e inclusive a hacer obras de caridad y  a participar en algunas actividades de la Iglesia, invitándolos siempre a pedir la gracia de regularizar su situación.
                                                        


Para aclarar muchos comentarios sobre cambios de disciplina en la Iglesia para los divorciados re-casados, el 1/2/2017 habló el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Cardenal Gerhard Müller, quien afirmó que “la exhortación apostólica Amoris laetitia no contradice la enseñanza católica sobre el matrimonio ‘como una unión indisoluble entre un hombre y una mujer’, y por ello alentó a leer este documento en su conjunto para evitar confusiones” (Vat 1-2-17)

Jesús nos habla también de no jurar.  Y nos dice que la cuestión es muy sencilla: decir simplemente sí, cuando es sí, y no, cuando es no.
 Así nunca necesitaremos jurar

Para comprender y vivir esta Nueva Ley que Jesús nos trae es necesario que el cristiano esté abierto y se deje penetrar de la Sabiduría Divina.  San Pablo sigue insistiendo en esto a lo largo de esta Primera Carta a los Corintios que hemos estado leyendo estos domingos, junto con el Sermón de la Montaña.

Juzgados estos exigentes preceptos del Señor con sabiduría humana, la cual San Pablo desecha por completo en esta Carta, es imposible comprenderlos y cuesta mucho aceptarlos.  Pero la Sabiduría de Dios, nos dice San Pablo, “que es misteriosa y escondida... fue prevista por Dios para conducirnos a la gloria”, para llegar a disfrutar de “lo que Dios tiene preparado para los que lo aman”. Y ¿quiénes son los que aman a Dios? Los que cumplen sus preceptos, los que siguen su Voluntad. 
                                                    


Y eso que Dios tiene preparado no lo podemos ni imaginar.  Así dice San Pablo: “ni el ojo lo ha visto, ni el oído lo ha escuchado, ni la mente del hombre pudo siquiera haberlo imaginado”.  Esa es la descripción del Cielo que nos da San Pablo.  El lo vio, y eso es lo que nos da a conocer de lo que vio.

Por eso hemos cantado en el Salmo:  “Dichoso el que cumple la Voluntad del Señor”.  Dichoso, porque podrá llegar a ese sitio que Dios nos tiene preparado.  En vez de pensar que los preceptos del Señor son imposibles o demasiado difíciles, debemos orar como lo hicimos en el Salmo:  “Muéstrame, Señor, el camino de tus leyes y yo lo seguiré con cuidado.  Enséñame, Señor, a cumplir tu Voluntad  y a guardarla de todo corazón”.  Amén.




domingo, 5 de febrero de 2017

«Vosotros sois la luz del mundo» (Evangelio dominical)

                                      


Hoy, el Evangelio nos hace una gran llamada a ser testimonios de Cristo. Y nos invita a serlo de dos maneras, aparentemente, contradictorias: como la sal y como la luz.

La sal no se ve, pero se nota; se hace gustar, paladear. Hay muchas personas que “no se dejan ver”, porque son como “hormiguitas” que no paran de trabajar y de hacer el bien. A su lado se puede paladear la paz, la serenidad, la alegría. Tienen —como está de moda decir hoy— “buenas radiaciones”.

La luz no se puede esconder. Hay personas que “se las ve de lejos”: Teresa de Calcuta, el Papa, el Párroco de un pueblo. Ocupan puestos importantes por su liderazgo natural o por su ministerio concreto. Están “encima del candelero”. Como dice el Evangelio de hoy, «en la cima de un monte» o en «el candelero» (cf. Mt 5,14.15).
                                                       



Todos estamos llamados a ser sal y luz. Jesús mismo fue “sal” durante treinta años de vida oculta en Nazaret. Dicen que san Luis Gonzaga, mientras jugaba, al preguntarle qué haría si supiera que al cabo de pocos momentos habría de morir, contestó: «Continuaría jugando». Continuaría haciendo la vida normal de cada día, haciendo la vida agradable a los compañeros de juego.

A veces estamos llamados a ser luz. Lo somos de una manera clara cuando profesamos nuestra fe en momentos difíciles. Los mártires son grandes lumbreras. Y hoy, según en qué ambiente, el solo hecho de ir a misa ya es motivo de burlas. Ir a misa ya es ser “luz”. Y la luz siempre se ve; aunque sea muy pequeña. Una lucecita puede cambiar una noche.

Pidamos los unos por los otros al Señor para que sepamos ser siempre sal. Y sepamos ser luz cuando sea necesario serlo. Que nuestro obrar de cada día sea de tal manera que viendo nuestras buenas obras la gente glorifique al Padre del cielo (cf. Mt 5,16).



Lectura del santo evangelio según san Mateo   (5,13-16):

                                        

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?
No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos».


Palabra del Señor





COMENTARIO.


                                                


“Ustedes son la sal de la tierra ... Ustedes son la luz del mundo” (Mt. 5, 13-16), nos dijo el Señor en el Sermón de la Montaña.

Cuando no somos sal ni luz, no somos cristianos útiles.  ¿Y cuál es la sal y la luz que faltan para dar sabor al mundo?

Revisemos nuestro ambiente.  ¿Cómo está el mundo?  El mundo está intoxicado de conocimientos humanos y está insípido de Sabiduría Divina.  El mundo está intoxicado de falsos valores y está insípido de valores eternos.  El mundo está intoxicado de materialismo y está insípido de espiritualidad.  Por eso el mundo necesita recibir el sabor de la sal que Jesús nos pide que le demos. 
                                      


El cristiano debe darle sabor a este mundo insípido con lo que realmente es importante, que son las verdades y los valores eternos.

El cristiano debe darle sabor a este mundo insípido con lo que realmente es importante, que son las verdades y los valores eternos.

Por cierto, fijémonos que también nos alerta el Señor de no volvernos insípidos nosotros mismos, pues se nos puede “echar fuera”, como la sal que no sirve.

En cambio, cuando se es “sal”, también se es “luz”. 

¿Y de dónde sacamos la sal para dar sabor al mundo?  La sacamos de la ADORACION a Dios, porque no puedo ser sal si no obtengo el sabor que me da el Señor en la oración.  A eso se refiere la ADORACION.
                                                       


ADORAR es orar de una manera muy especial, y sólo así puedo recibir la sal con la que voy a dar sabor al mundo.

¿Y cómo adoramos?  ADORAR es saber que Dios me ha creado.  Y porque me ha creado, le pertenezco, dependo de El.  Y como dependo de El, me rindo a El haciendo su voluntad.

Pero si no sabemos adorar a Dios, sucederá que la sal se volverá insípida y no será útil.

En el Aleluya hemos recordado que Jesucristo es “la Luz del mundo” (Jn. 8, 12). 
                                     


Porque cuando se es “sal”, también se es “luz”.  Jesucristo es “la Luz del mundo”.   Y El nos hace ser partícipes de esa luminosidad suya, siendo nosotros resplandores de El.  Así, al adorar a Dios, somos también portadores de la Luz de Cristo, porque somos reflejo de El.   Sal y luz.  Eso debemos ser.


Al llenarnos de la sal de Jesús en la ADORACIÓN, podremos llevar la Sabiduría Divina al mundo intoxicado de conocimientos humanos; los valores eternos al mundo intoxicado de falsos valores; la espiritualidad al mundo intoxicado de materialismo.  Eso es ser “sal”.

Al ADORAR también podremos practicar la Caridad, siendo reflejos del Amor de Dios.  Y es que, si no adoramos, corremos el riesgo de que nuestra solidaridad para con los demás sea un mero acto de filantropía humana, y no lo que debe ser:  un verdadero reflejo del Amor de Dios. 
                                                       


Por eso la Primera Lectura del Profeta Isaías (Is.58, 7-10) nos habla de las obras de misericordia:  dar de comer al hambriento, dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, etc.  Practicando la caridad así -no como un acto de filantropía humana, sino como reflejo del Amor de Dios- también seremos luz.  Nos dice Isaías que cuando se es misericordioso y caritativo, “surge tu luz como la aurora... brilla tu luz en las tinieblas y tu oscuridad es como el mediodía”.

El Salmo 111 recuerda cómo el cristiano es luz.  “El justo brilla como una luz en las tinieblas”.  Ser justo se refiere aquí a vivir ajustados a la Voluntad de Dios.  Continúa el Salmista diciendo que el justo no vacila, está firme siempre y no teme las malas noticias, pues vive confiado en el Señor.

Y San Pablo en la Segunda Lectura (1 Cor. 2, 1-5) nos muestra cómo debe ser el cristiano que desee cumplir con ser “sal de la tierra” y “luz del mundo”. 

¿Qué hizo San Pablo?  El se limitó a ser portador de Cristo, no usó discursos llenos de sabiduría humana, sino que imitó a Cristo y habló de Cristo. 
                                                    


San Pablo (1 Cor. 2, 1-5) nos muestra cómo debe ser el cristiano que desee cumplir con ser “sal de la tierra” y “luz del mundo”.  No consiste en estar llenos de conocimientos humanos, ni mucho menos en predicar la sabiduría que fenece, que es engañosa, que está llena de orgullo y de vanidad y que, por lo tanto, es vacía.

San Pablo nos dice que él se limitó a ser portador de Cristo, que no usó discursos llenos de sabiduría humana, sino que imitó a Cristo y habló de Cristo.

Sólo así, haciendo lo que Jesús nos pide, lo que el Papa nos recuerda, lo que San Pablo hizo, podrá el cristiano ser “sal”, dando sabor de Dios al mundo vacío de El, y ser “luz”, iluminando al mundo con Sabiduría Divina.  










Fuentes:
Sagradas Escrituras
Evangeli,org
Homilias.org