domingo, 22 de noviembre de 2020

«Cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis»(Evangelio Dominical)

 


Hoy, Jesús nos habla del juicio definitivo. Y con esa ilustración metafórica de ovejas y cabras, nos hace ver que se tratará de un juicio de amor. «Seremos examinados sobre el amor», nos dice san Juan de la Cruz.

Como dice otro místico, san Ignacio de Loyola en su meditación Contemplación para alcanzar amor, hay que poner el amor más en las obras que en las palabras. Y el Evangelio de hoy es muy ilustrativo. Cada obra de caridad que hacemos, la hacemos al mismo Cristo: «(…) Porque tuve hambre, y me disteis de comer; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; en la cárcel, y vinisteis a verme» (Mt 25,34-36). Más todavía: «Cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40).

Este pasaje evangélico, que nos hace tocar con los pies en el suelo, pone la fiesta del juicio de Cristo Rey en su sitio. La realeza de Cristo es una cosa bien distinta de la prepotencia, es simplemente la realidad fundamental de la existencia: el amor tendrá la última palabra.






Jesús nos muestra que el sentido de la realeza -o potestad- es el servicio a los demás. Él afirmó de sí mismo que era Maestro y Señor (cf. Jn 13,13), y también que era Rey (cf. Jn 18,37), pero ejerció su maestrazgo lavando los pies a los discípulos (cf. Jn 13,4 ss.), y reinó dando su vida. Jesucristo reina, primero, desde una humilde cuna (¡un pesebre!) y, después, desde un trono muy incómodo, es decir, la Cruz.

Encima de la cruz estaba el cartel que rezaba «Jesús Nazareno, Rey de los judíos» (Jn 19,19): lo que la apariencia negaba era confirmado por la realidad profunda del misterio de Dios, ya que Jesús reina en su Cruz y nos juzga en su amor. «Seremos examinados sobre el amor».



 

Lectura del santo evangelio según san Mateo (25,31-46)



                         






 En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria, y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas, de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces dirá el rey a los de su derecha: "Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. 
 

Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme." Entonces los justos le contestarán:

 "Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?" Y el rey les dirá: "Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis." Y entonces dirá a los de su izquierda: "Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis. 

Entonces también éstos contestarán: "Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistirnos?" 

Y él replicará: "Os aseguro que cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos, los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo." Y éstos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.»

Palabra del Señor

 

 

 

COMENTARIO

 




Hoy es el último domingo del Año Litúrgico, el cual finaliza celebrando a Cristo como Rey del Universo, fiesta solemne instaurada por el Papa Pío XI en 1925. 

El Reinado de Cristo -que es lo mismo que el Reino de Dios- viene mencionado muchas veces en la Sagrada Escritura.  Cristo nos dice que su Reino no es de este mundo.  Sin embargo, sabemos que su Reino también está en este mundo.  Pero su Reino no es terrenal, sino celestial; no es humano, sino divino; no es temporal, sino eterno.

Su Reinado está en medio del mundo, porque está en cada uno de nosotros.   O, mejor dicho: está en cada uno de nosotros cuando estamos en gracia; es decir, cuando Cristo vive en nosotros y así permitimos que el Señor sea Rey de nuestro corazón y de nuestra alma, cuando le permitimos a Jesucristo reinar sobre nuestra vida. 

Si Cristo es nuestro Rey, nosotros somos sus súbditos.  Tendríamos, entonces, que preguntarnos  ¿qué hace un súbdito?  ¿Qué hace un subalterno?  Hace lo que desea y lo que le indica su Rey, su Jefe.  Por eso decimos que el Reinado de Cristo está dentro de nosotros mismos, pues Cristo es verdadero Rey nuestro cuando nosotros hacemos lo que El desea y lo que El nos pide.

Y ¿qué nos pide ese Rey bondadosísimo que es Cristo, este Pastor amorosísimo que nos presentan las Lecturas de hoy?   El nos pide lo que más nos conviene a nosotros.  Y lo que más nos conviene a nosotros es hacer la Voluntad del Padre.  En eso consiste el Reinado de Cristo en cada uno de nosotros: en que hagamos la Voluntad de Dios. 


                             



No en vano Jesucristo nos enseñó a decir en el Padre Nuestro: “Venga tu Reino”  y seguidamente: “Hágase tu voluntad”.  Es así, entonces, como el Reinado de Cristo comienza por nosotros mismos: cuando comenzamos a buscar hacer la Voluntad de Dios.

Las Lecturas de este último domingo del Año -del Año Litúrgico- nos invitan a reflexionar sobre el establecimiento del Reinado de Cristo en el mundo. 

La Primera Lectura del Profeta Ezequiel (Ez. 34, 11-12 y 15-17) nos habla del momento en que “se encuentren dispersas las ovejas” y de cómo Jesús, el Buen Pastor atenderá a cada una: 


         “Buscaré a la perdida y haré volver a la descarriada; curaré a la herida, robusteceré a la débil, y a la que está gorda y fuerte, la cuidaré”.

 

Y termina la lectura hablando del día del Juicio Final: “He aquí que voy a juzgar entre oveja y oveja, entre carneros y machos cabríos”.

 

En este anuncio del Juicio Final que hace Jesucristo en el Evangelio de hoy (Mt. 25, 31-46), Él comienza con esa profecía de Ezequiel: “Entonces serán congregadas ante Él todas las naciones, y Él apartará a los unos de los otros... a las ovejas de los machos cabríos”.


                                  



La profecía de Ezequiel también nos remite a otro Profeta del Antiguo Testamento: el Profeta Zacarías (Zc. 13, 7 y 14, 1-9), quien igualmente nos habla del día final, anunciando la dispersión del rebaño:

 

“Heriré al Pastor y se dispersarán las ovejas... dos tercios serán exterminados  y sólo se salvará un tercio.  Echaré ese tercio al fuego, lo purificaré como se hace con la plata, lo pondré a prueba como se prueba el oro.  El invocará mi Nombre y Yo lo escucharé.  Entonces Yo diré: ¡Este es mi pueblo!, y él, a su vez dirá: ¡Yavé es mi Dios!”.

 

El Salmo no podía ser otro que el #22,  el del Buen Pastor.  “El Señor es mi Pastor, nada me falta...”.  Porque Jesús, antes del día del Juicio Universal, antes de venir a establecer su Reinado definitivo, cuida a cada una de sus ovejas, como nos dice la Primera Lectura y como nos indica este Salmo, favorito de muchos.

 

La Segunda Lectura (1 Cor. 15, 20-28) nos habla también del momento del establecimiento del Reino de Cristo.  Nos habla de que su resurrección es primicia de la nuestra.  Nos habla, también, de que en el momento de su venida, Cristo aniquilará todos los poderes del Mal, someterá a todos bajo sus pies, para luego entregar su Reino al Padre.  Y así Dios será todo en todas las cosas.

 

El Evangelio de hoy es el famoso pasaje sobre el Juicio Universal o Juicio Final: “tuve hambre y me diste de comer... tuve sed y me diste de beber...”.  ¿Significa, entonces, que sólo seremos juzgados con relación a lo que hayamos hecho o dejado de hacer al prójimo?  Si fuera así,  ¿cómo quedan entonces las faltas contra Dios?


                             



Para comentar el sentido completo del Juicio Universal, citamos al Teólogo Dominico, Antonio Royo Marín, quien en su libro “Teología de Salvación” nos dice lo siguiente acerca de esta cita evangélica:

“A juzgar por la descripción del juicio final hecha por el mismo Jesucristo... pudiera pensarse que sólo se nos juzgará sobre el ejercicio de la caridad para con el prójimo... Pero todos los exegetas católicos están de acuerdo en que esas expresiones las usa el Señor únicamente por vía de ejemplo -y acaso también para recalcar la gran importancia de la caridad- pero sin que tengan sentido alguno exclusivista”

Es conveniente, entonces, recordar que los seres humanos, una vez dejada nuestra existencia terrenal o temporal, pasaremos por dos juicios:  el Juicio Particular, que tiene lugar en el mismo momento de nuestra muerte, y el Juicio Universal que sucederá al final de los tiempos, precisamente cuando Cristo vuelva glorioso a establecer su reinado definitivo.

Ahora bien, ¿qué diferencia hay entre ambos juicios?  Lo primero que debe destacarse es que no habrá discrepancia entre ambos.  En el Juicio Final será ratificada la sentencia que cada alma recibió en el Juicio Particular.  Es decir, los condenados quedan condenados y los salvados ya están salvados.

Podría especularse que el Juicio Particular sea relativo a la conciencia moral individual y que se referirá al aprovechamiento o desperdicio que hayamos hecho de las gracias recibidas a lo largo de nuestra vida terrena; y que el Juicio Universal sería sobre la influencia que haya tenido en otras personas el bien o el mal que cada uno haya hecho o dejado de hacer.

Dicho en otras palabras: el Juicio Particular se referiría a la conciencia individual y el Juicio Final se referiría a las consecuencias sociales de nuestros pecados.  De allí que el Señor, al describirnos el Juicio Final, nos relate las “Obras de Misericordia”, lo que comúnmente llamamos obras de caridad.  Al hablar de caridad estamos hablando de amor.

Quiere decir, entonces, que seremos juzgados sobre cómo hemos amado:   cómo hemos amado a Dios y cómo ese amor de Dios se ha reflejado en nuestro amor a los demás.


                  



Cierto que el Señor nos ha dicho que al que mucho ama (cfr. Lc. 7, 47) mucho se le perdona, pero es bueno recalcar que seremos juzgados por todas nuestras acciones: en la Fe, en la Esperanza, en la Caridad, en la humildad, etc., etc.  Es decir: en todas las virtudes;  también, en las acciones y en las omisiones, en lo pensado, en lo hablado y en lo actuado, en lo oculto y en lo conocido.  En todo.

Veamos lo que nos dice la última frase del Libro del Eclesiastés sobre el Juicio: “Dios ha de juzgarlo todo, aun lo oculto, y toda acción, sea buena o sea mala” (Ecl. 12, 14).  Esta idea también la menciona San Pablo: “Puesto que todos hemos de comparecer ante el Tribunal de Cristo, para que reciba cada uno según lo que hubiere hecho, bueno o malo”  (2 Cor. 5, 10).

Recordemos que entre el Juicio Particular al morir y el Juicio Final, somos almas sin cuerpo.  Los cuerpos están en la tumbas o cremados o desaparecidos. Pero cuando vuelva Cristo al final de los tiempos, nos resucitará como Él resucitó.  Es decir, cada alma se unirá con su respectivo cuerpo.

Entonces, una vez juzgados por Cristo justo Juez en la Parusía, Él separará a los salvados de los condenados.  Y Cristo Rey del Universo establecerá su reinado definitivo.  Entonces “Dios será todo en todos”.

En el Prefacio de la Misa de Cristo Rey del Universo rezamos que el Reino de Cristo es un Reino de Verdad, de Vida, de Santidad, de Gracia, de Justicia, de Amor y de Paz.  Así será el Reino de Cristo cuando El vuelva glorioso a establecerlo definitivamente para toda la eternidad. 

Pero, mientras tanto, mientras estamos preparándonos para su venida definitiva, mientras viene Cristo como Rey Glorioso, podemos y debemos propiciar ese reinado en nuestro corazón y en medio de nosotros. 


                                



Y podrá ser un Reino de Verdad  si nuestro entendimiento queda libre de errores y es iluminado por la Sabiduría Divina.

        Podrá ser un Reino de Vida si Cristo vive en nosotros por medio de la gracia divina que recibimos especialmente en la Sagrada Eucaristía y en la oración. 

         Podrá ser un Reino de Santidad si dejamos que Cristo nos santifique, siendo dóciles a las inspiraciones de su Santo Espíritu. 

         Podrá ser un Reino de Gracia si sabemos acoger las gracias que Cristo nos da de tantas maneras, respondiendo con frutos de buenas obras.

          Podrá ser un Reino de Justicia, Amor y Paz  en la medida en que los seres humanos, súbditos de Cristo Rey, busquemos y hagamos la Voluntad Divina, pues de esa manera las relaciones entre los hombres serán regidas por ese Rey que nos comunica su Verdad, su Vida, su Gracia, su Santidad, su Justicia, su Amor y su Paz.

Precisamente ese fue el propósito que tuvo el Papa Pío XI al establecer esta Fiesta:  que el Reinado de Cristo -comenzando por cada uno de nosotros los Católicos- se extendiera de cada individuo a cada familia, de cada familia a la sociedad, de la sociedad a las naciones, de las naciones al mundo entero.  Esa es nuestra obligación como súbditos de Cristo, Rey del Universo.






Fuentes:

Sagradas Escrituras

Homilias.org

Evangeli.org

 

domingo, 8 de noviembre de 2020

«¡Ya está aquí el novio! ¡Salid a su encuentro!»(Evangelio Dominical)

 



Hoy, se nos invita a reflexionar sobre el fin de la existencia; se trata de una advertencia del Buen Dios acerca de nuestro fin último; no juguemos, pues, con la vida. «El Reino de los Cielos será semejante a diez vírgenes, que, con su lámpara en la mano, salieron al encuentro del novio» (Mt 25,1). El final de cada persona dependerá del camino que se escoja; la muerte es consecuencia de la vida -prudente o necia- que se ha llevado en este mundo. Muchachas necias son las que han escuchado el mensaje de Jesús, pero no lo han llevado a la práctica. Muchachas prudentes son las que lo han traducido en su vida, por eso entran al banquete del Reino.


La parábola es una llamada de atención muy seria. «Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora» (Mt 25,13). No dejen que nunca se apague la lámpara de la fe, porque cualquier momento puede ser el último. El Reino está ya aquí. Enciendan las lámparas con el aceite de la fe, de la fraternidad y de la caridad mutua. Nuestros corazones, llenos de luz, nos permitirán vivir la auténtica alegría aquí y ahora. Los que viven a nuestro alrededor se verán también iluminados y conocerán el gozo de la presencia del Novio esperado. Jesús nos pide que nunca nos falte ese aceite en nuestras lámparas.





Por eso, cuando el Concilio Vaticano II, que escoge en la Biblia las imágenes de la Iglesia, se refiere a esta comparación del novio y la novia, y pronuncia estas palabras: «La Iglesia es también descrita como esposa inmaculada del Cordero inmaculado, a la que Cristo amó y se entregó por ella para santificarla, la unió consigo en pacto indisoluble e incesantemente la alimenta y la cuida. A ella, libre de toda mancha, la quiso unida a sí y sumisa por el amor y la fidelidad».

 

 

Lectura del santo evangelio según san Mateo (25,1-13):




En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «Se parecerá el reino de los cielos a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran sensatas. Las necias, al tomar las lámparas, se dejaron el aceite; en cambio, las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: "¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!" Entonces se despertaron todas aquellas doncellas y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las sensatas: "Dadnos un poco de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas." Pero las sensatas contestaron: "Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis." Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras doncellas, diciendo: "Señor, señor, ábrenos." Pero él respondió: "Os lo aseguro: no os conozco." Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora.»


Palabra del Señor

 

 

 

COMENTARIO

 


 


En el léxico común “prudencia” significa cordura, sensatez, tacto, cautela.  Pero la virtud de la Prudencia es muchísimo más que eso.  Tan importante es esta virtud que la Biblia la cita como necesaria en varias oportunidades, tanto en el Antiguo Testamento (Prov. 10, 19; 11.12; 13, 16; 16, 21; 16, 23; 17, 27), como en las Cartas de San Pablo (1 Cor. 4, 10; 1 Tim. 3, 2; Tit. 2, 2; 2, 5; 2, 6).

 

El Libro de los Proverbios nos dice que “el hombre prudente procede con Sabiduría”  y nos dice también que “el sabio de corazón es llamado prudente” (Prov. 13, 16 y 16, 21).

 

De allí que la Primera Lectura de hoy sea tomada del libro de la Sabiduría (Sb. 6, 12-16).   Y que se nos diga en ella que “es prudencia consumada darle primacía a la Sabiduría en los pensamientos”.

 

Y ... ¿qué es la Sabiduría?

 

La Sabiduría con “S” mayúscula no es lo que se piensa el comúnmente:  saber mucho, acumular muchos conocimientos, saber aplicarlos, etc.

 




La verdadera Sabiduría consiste en poder ver las cosas a la luz de Dios; es ver todo como Dios lo ve.

 

Sabiduría es quitarnos los lentes turbios que solemos llevar, los cuales nos hacen ver las cosas de acuerdo a nuestro modo de pensar humano, y ponernos más bien los lentes claros y brillantes de Dios.  Estos lentes imaginarios nos permiten ver con claridad el camino que hemos de seguir, nos permiten actuar con la prudencia a la que nos invitan las lecturas de este domingo.

 

Sabiduría es saber ver las circunstancias de nuestra vida y la de otros, los hechos de la vida cotidiana, los acontecimientos nacionales y mundiales como Dios los ve.

 

En resumen:  Sabiduría es ver todo a la luz de Dios.  Sabiduría y prudencia van ligadas.  Según la Primera Lectura,  ser prudente es ser sabio.

 

Y es así porque virtud de la prudencia nos lleva a actuar de acuerdo a la luz de Dios, de acuerdo al modo como Dios ve las cosas, y no de acuerdo a nuestro modo humano de pensar.

 

En la Segunda Lectura (1 Tes. 4, 13-18) San Pablo nos muestra en qué consiste la muerte para los creyentes; nos enseña cómo ver la muerte con esa prudencia que el Señor nos pide, a la luz de la Sabiduría divina.

 

A la luz de Dios, la muerte no es motivo para “vivir tristes, sino para vivir en esperanza”,  pues la muerte es el paso necesario para el encuentro definitivo con el Señor –cuando lleguemos al Cielo, una vez purificados- y, posteriormente, para la resurrección que tendrá lugar al fin de los tiempos.


        


De allí que San Pablo nos diga: “a los que murieron en Jesús, Dios los llevará con Él”.  Dios nuestro Señor nos llevará a esa meta que Él nos ha prometido:  el Reino de los Cielos.  Eso sí:  siempre y cuando hagamos lo requerido por Él.

 

No es de extrañar, entonces, que Jesucristo nos presente la prudencia como un requerimiento para entrar al Reino de los Cielos, cuando nos cuenta la famosa parábola de las vírgenes necias, la cual nos trae el Evangelio de hoy.  (Mt. 25, 1-13).

 

Jesucristo llegará de improviso a llamar a su Banquete Eterno a toda la humanidad, representada por las diez jóvenes.  Cinco de las jóvenes eran prudentes y cinco eran imprudentes.  Las prudentes tenían suficiente aceite para mantener las lámparas encendidas; las otras cinco se quedaron sin aceite y sin poder entrar al Banquete Celestial.

 

Aunque no nos demos cuenta, la realidad es que vivimos nuestra vida terrena en espera del Señor, que puede llegar en cualquier momento para iniciar su Fiesta Eterna.  Pero para poder entrar a esa Fiesta a la que todos somos invitados, tenemos que estar preparados, con nuestras lámparas llenas del aceite de las virtudes y de las buenas obras.  Esta parábola es un llamado a ser prudentes.  ¿En qué consiste, entonces, la virtud de la Prudencia?

 

Consiste la Prudencia en saber lo que debemos hacer o dejar de hacer para alcanzar la vida eterna en cada situación que se nos presente.  ¡Nada menos!  Es decir:  la prudencia es como la guía que nos lleva al Banquete Celestial.

 

La prudencia incluye varios aspectos y se manifiesta de varias maneras.  Así,  la persona prudente:


                        



- sabe aplicar las experiencias del pasado al momento presente.

 

- puede decidir en el momento presente lo que es bueno o malo, conveniente o inconveniente, lícito o ilícito, siempre con miras al fin último, que es la vida eterna.

 

- sabe ser humilde y dócil para pedir consejo o aceptar corrección y orientación de personas sabias.

 

- sabe decidir “prudentemente” tanto en los casos urgentes, cuando no es posible detenerse en un largo examen, como en los casos no urgentes cuando sí puede hacer una reflexión detenida.

 

- puede decidir si debe actuar de una u otra manera, considerando todas las consecuencias que ese acto pueda tener, siempre con miras a la vida eterna.  Por ejemplo:  la persona prudente sabe que las humillaciones aceptadas son fuente de humildad para quien recibe la humillación, pero si una humillación también afecta a terceros, se da cuenta que puede ser prudente no aceptar esa humillación.

 

- sabe evitar los obstáculos que puedan poner en peligro el fin sobrenatural.  Concretamente la virtud de la prudencia indica cómo evitar el pecado y cómo evitar también la tentación al pecado.

 

Lo contrario a la prudencia es el descuido, la imprudencia.  Esta también tiene sus manifestaciones:

 

- actuar por capricho y con precipitación, sin tener en cuenta nuestro fin último.

 

- también incluye la inconstancia, que lleva a abandonar fácilmente y por capricho el fin sobrenatural que nos indica la prudencia.

 

- el imprudente es también negligente con relación a lo que hay que hacer para obtener la vida eterna.

 

- la principal imprudencia, sin embargo, es la de dar una imprudente sobre-valoración a las cosas terrenas, siendo precavido e imprudentemente “prudente” para las cosas de este mundo, pero descuidando las cosas que tienen que ver con la vida eterna.

 




Los prudentes entrarán al Banquete Celestial y los imprudentes tendrán que oír la sentencia que el Señor nos da al final de esta parábola:  “No los conozco”.  No conoce el Señor a quienes no dirigen sus decisiones y sus actos de acuerdo al fin último al que estamos todos invitados:  el Banquete Celestial.

 

Según esta parábola de las vírgenes necias, la virtud de la prudencia también incluye la previsión y la vigilancia.  Por eso el Señor cierra su relato con la siguiente advertencia: “Estén, pues, preparados, porque no saben ni el día ni la hora” (Mt. 25, 13).

 

 

 

 





Fuentes:

Sagradas Escrituras

Evangeli.org

Homilias.org