domingo, 21 de febrero de 2021

«El Espíritu empujó a Jesús al desierto, y permaneció en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás»




Hoy, la Iglesia celebra la liturgia del Primer Domingo de Cuaresma. El Evangelio presenta a Jesús preparándose para la vida pública. Va al desierto donde pasa cuarenta días haciendo oración y penitencia. Allá es tentado por Satanás.

Nosotros nos hemos de preparar para la Pascua. Satanás es nuestro gran enemigo. Hay personas que no creen en él, dicen que es un producto de nuestra fantasía, o que es el mal en abstracto, diluido en las personas y en el mundo. ¡No!

La Sagrada Escritura habla de él muchas veces como de un ser espiritual y concreto. Es un ángel caído. Jesús lo define diciendo: «Es mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8,44). San Pedro lo compara con un león rugiente: «Vuestro adversario, el Diablo, ronda como león rugiente buscando a quién devorar. Resistidle firmes en la fe» (1Pe 5,8). Y Pablo VI enseña: «El Demonio es el enemigo número uno, es el tentador por excelencia. Sabemos que este ser obscuro y perturbador existe realmente y que continúa actuando».


                                            





 ¿Cómo? Mintiendo, engañando. Donde hay mentira o engaño, allí hay acción diabólica. «La más grande victoria del Demonio es hacer creer que no existe» (Baudelaire). Y, ¿cómo miente? Nos presenta acciones perversas como si fuesen buenas; nos estimula a hacer obras malas; y, en tercer lugar, nos sugiere razones para justificar los pecados. Después de engañarnos, nos llena de inquietud y de tristeza. ¿No tienes experiencia de eso?


¿Nuestra actitud ante la tentación? Antes: vigilar, rezar y evitar las ocasiones. Durante: resistencia directa o indirecta. Después: si has vencido, dar gracias a Dios. Si no has vencido, pedir perdón y adquirir experiencia. ¿Cuál ha sido tu actitud hasta ahora?

La Virgen María aplastó la cabeza de la serpiente infernal. Que Ella nos dé fortaleza para superar las tentaciones de cada día.

 

Lectura del santo evangelio según san Marcos (1,12-15):





En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas, y los ángeles le servían. Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios.

Decía: «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.»

Palabra del Señor

 

 

COMENTARIO





Después de pasar 40 días en retiro ayunando en el desierto, Jesucristo fue tentado por Satanás (Mc. 1, 12-15).   Jesucristo fue “sometido a las mismas pruebas que nosotros, pero a El no lo llevaron al pecado” (Hb.4,15).   Lamentablemente a nosotros las tentaciones sí pueden llevarnos a pecar, pues éstas encuentran resonancia en nuestra naturaleza, la cual fue herida gravemente por el pecado original.

 

No podemos pretender, entonces, no tener tentaciones.  Ni siquiera podemos pretender nunca pecar, pues aun los santos han pecado y nos dice la Sagrada Escritura que el santo peca siete veces (cfr. Prov. 24, 16).

 

Sin embargo, la clave del comportamiento ante las tentaciones nos la da esa cita de los Proverbios:  “el justo, aunque peca siete veces, se levanta, mientras que los pecadores se hunden en su maldad”.  La diferencia entre el que trata de ser santo y el pecador empecinado no consiste en que el santo no peque nunca, sino que cuando cae se levanta, mas el pecador empecinado continúa sin arrepentirse y cometiendo nuevos pecados.

 

Nadie puede eludir el combate espiritual del que nos habla San Pablo:  “Pónganse la armadura de Dios, para poder resistir las maniobras del diablo.  Porque nuestra lucha no es contra fuerzas humanas ... Nos enfrentamos con los espíritus y las fuerzas sobrenaturales del mal” (Ef. 6, 11-12).

 

Nadie, entonces, puede pretender estar libre de tentaciones.   Es más, Dios ha querido que la lucha contra las tentaciones tenga como premio la vida eterna:  “Feliz el hombre que soporta la tentación, porque después de probado recibirá la corona de vida que el Señor prometió a los que le aman” (St. 1, 12).

 





Las tentaciones de Jesús en el desierto nos enseñan cómo comportarnos ante la tentación.  Debemos saber, ante todo, que el demonio busca llevarnos a cada uno de los seres humanos a la condenación eterna.  De allí que San Pedro, el primer Papa, nos diga lo siguiente:  “Sean sobrios y estén atentos, porque el enemigo, el diablo, ronda como león rugiente buscando a quién devorar” (1 Pe. 5, 8).

 

Luego debemos tener plena confianza en Dios.  Cuando Dios permite una tentación para nosotros, no deja que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas.  Tenemos que saber y estar realmente convencidos de que, junto con la tentación, vienen muchas, muchísimas gracias para vencerla. “Dios no permitirá que sean tentados por encima de sus fuerzas.  Él les dará, al mismo tiempo que la tentación, los medios para resistir” (1 Cor. 10 ,12).

 

¿Cómo luchar contra las tentaciones?  La oración es el principal medio en la lucha contra las tentaciones y la mejor forma de vigilar.  “Vigilen y oren para no caer en tentación” (Mt. 26, 41).   “El que ora se salva y el que no ora se condena”, enseñaba San Alfonso María de Ligorio.

 

¿Qué hacer ante la tentación?  Despachar la tentación de inmediato.  ¿Cómo?  También orando, pidiendo al Señor la fuerza para no caer.  Nos dice el Catecismo:  “Este combate y esta victoria sólo son posibles con la oración” (#2849).

 

“No nos dejes caer en tentación”, nos enseñó Jesús a orar en el Padre Nuestro.  La oración impide que el demonio tome más fuerza y termina por despacharlo.  Sabemos que tenemos todas las gracias para ganar la batalla.  Porque ... “si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?” (Rom. 8, 31).

 

Y después de la tentación ¿qué?  Si hemos vencido, atribuir el triunfo a Quien lo tiene:  Dios, que no nos deja caer en la tentación.  Agradecerle y pedirle su auxilio para futuras tentaciones.  Y si hemos caído, saber que Dios nos perdona cuántas veces hayamos pecado.  Pero requiere –eso sí- nuestro arrepentimiento y deseo de no pecar más.  Y nos espera en el Sacramento de la Confesión para darnos su perdón.

 

¿Cómo es el proceso de la tentación?

 




Pensemos en Jesús ante las tentaciones en el desierto.  Él despachó de inmediato al demonio.  No entró en un diálogo con el Enemigo, sino que le respondió con decisión y convencimiento.

 

Pensemos, en cambio, en Eva.  Analicemos las palabras del Génesis (Gn 3, 1-10) sobre la tentación original:

 

El demonio se acerca y propone un tema de conversación:  “¿Así que Dios les ha dicho que no coman de ninguno de los árboles del jardín?”.

 

Y la mujer, en vez de despacharlo de inmediato, comienza un diálogo:  “Podemos comer de los frutos de los árboles del jardín, menos del fruto del árbol que está en medio del jardín, pues Dios nos ha dicho:  No coman de él ni lo toquen siquiera, porque si lo hacen morirán”.  Con este diálogo la mujer se expuso a un tremendo peligro.  Porque … si sabemos que Dios tiene algo prohibido –como Adán y Eva en el Paraíso- el entretenernos en una duda de Fe, en un pensamiento equivocado o en darle rienda suelta a algún deseo inconveniente, es ya caer en la trampa del Demonio.  No nos damos cuenta, pero con eso, ya caímos en el diálogo.

 

Volvamos a Eva:  el Demonio, astutísimo como es y, además, inventor de la mentira, podía hacerla sucumbir, pues es ángel –ángel caído, pero ángel al fin, con poderes angélicos superiorísimos a las cualidades humanas.

 

De hecho, sabemos lo que sucedió: ya entablado el diálogo, ya debilitado el entendimiento de la mujer, el Demonio pasa a hacer una proposición directa al pecado, una mentira, pintándole un panorama maravilloso:  ser como Dios:   “Y dijo la serpiente a la mujer:  No morirán.  Es que Dios sabe que si comen se les abrirán los ojos y serán como Dios, conocedores del bien y del mal”.

 

Puede el Demonio también ofrecer una felicidad oculta detrás del pecado, insinuando además que nada malo nos sucederá.  Que además podemos arrepentirnos y que Dios es misericordioso.  A estas alturas de la tentación, todavía está el alma en capacidad de detenerse, pues la voluntad aun no ha consentido.  Pero si no corta enseguida, las fuerzas se van debilitando y la tentación va tomando más fuerza.

 

Luego viene el momento de la vacilación.  “Vio, pues, la mujer que el fruto era bueno para comerse, hermoso a la vista y apetitoso para alcanzar la sabiduría”.  Sobreponerse aquí es muy difícil, pero no imposible.  Sin embargo, el alma ya está muy debilitada ante el panorama tan atractivo que le ha sido presentado.

 

“Y tomó el fruto y lo comió y dio también de él a su marido, que también con ella comió”.  Ya el alma sucumbió, dando su consentimiento voluntario al pecado.  Y lo que es peor:  hizo caer a otro.  Cometió un pecado doble:  el suyo y el de escándalo, haciendo que otro pecara.

 

Luego viene el momento de la desilusión:  ¿dónde está el maravilloso panorama sugerido por el enemigo?  “Se les abrieron los ojos a ambos y, viendo que estaban desnudos, tomaron unas hojas de higuera y se hicieron unos cinturones”.  El alma se da cuenta que se ha quedado desnuda ante Dios y de que ha perdido la gracia (Dios ya no habita en ella).

 

El remordimiento sigue a la desilusión.  Y ante este llamado de la conciencia, puede uno esconderse, rechazando la voz de Dios o puede el alma arrepentirse y pedir perdón a Dios en el Sacramento de la Confesión.

 

“Oyeron a Yavé que se paseaba por el jardín al fresco del día y se escondieron de Yavé Adán y su mujer.  Pero Yavé llamó a Adán, diciendo:  ¿dónde estás, Adán?

 

¿La tentación es pecado?

 





Es muy importante la diferenciación entre “tentación” y “pecado”.  La tentación no es pecado.  La tentación es anterior al pecado.  El pecado es el consentimiento de la tentación.  Así que no es lo mismo ser tentado que pecar.  Todo pecado va antecedido de una tentación, pero no toda tentación termina en pecado.

 

Una cosa hay que tener bien clara: disponemos de todas las gracias, o sea, toda la ayuda necesaria de parte de Dios para vencer cada una de las tentaciones que el Demonio o los demonios nos presenten a lo largo de nuestra vida.  Nadie, en ningún momento de su vida, es tentado por encima de las fuerzas que Dios dispone para esa tentación.

 

Esto es una verdad contenida en las Sagradas Escrituras:  “Dios que es fiel no permitirá que sean tentados por encima de sus fuerzas; antes bien, les dará al mismo tiempo que la tentación, los medios para resistir” (1 Cor. 10, 13).

 

Las tentaciones son pruebas que Dios permite para darnos la oportunidad de aumentar los méritos que vamos acumulando para nuestra salvación eterna.  La lucha contra las tentaciones es como el entrenamiento de los deportistas para ganar la carrera hacia nuestra meta que es el Cielo (cfr. 2 Tim. 4, 7).

 

El poder que tiene el Demonio sobre los seres humanos a través de la tentación es limitado.  Con Cristo no tenemos nada que temer.  Nada ni nadie puede hacernos pecar, si nosotros mismos no lo deseamos.

 

Las tentaciones sirven para que los seres humanos tengamos la posibilidad de optar libremente por Dios o por el Demonio.   También sirven para no ensoberbecernos creyéndonos autosuficientes y sin necesidad de Cristo Redentor.

 

¿Qué hacer ante las tentaciones?

 





En primer lugar tener plena confianza en Dios, tener plena confianza en lo que nos dice San Pablo:  nadie es tentado por encima de las fuerzas que Dios nos da.  Junto con cada prueba, Dios tiene dispuesto gracias especiales suficientes para vencer.  No importa cuán fuerte sea la tentación, no importa la insistencia, no importa la gravedad.  En todas las pruebas está Dios con sus gracias para vencer con nosotros al Maligno.

 

Además, decía un antiguo Padre de la Iglesia, tras la venida de Cristo, Satanás es como un perro atado: puede ladrar y abalanzarse cuanto quiera; pero si no somos nosotros los que nos acercamos a él, no puede morder.

 

Otra costumbre muy necesaria para estar preparados para las tentaciones es la vigilancia y la oración.  Bien nos dijo el Señor:  “Vigilen y oren para no caer en la tentación” (Mt. 26, 41).  Vigilar consiste en alejarnos de las ocasiones peligrosas que sabemos nos pueden llevar a pecar.

 

Ahora bien esta lucha no es contra fuerzas humanas, sino contra fuerzas sobre-humanas, como bien nos describe San Pablo (Ef. 6, 11-18).  Por eso hay que armarse con armas espirituales: confesión y comunión frecuentes, que son los medios de gracia que nos brinda el Señor a través de su Iglesia.  Pero no olvidar, por encima de todo, la oración, la cual nos recomienda el Señor directamente y nos recuerda San Pablo también: “Vivan orando y suplicando.  Oren todo el tiempo” (Ef. 6, 18).

 

Una de las gracias a pedir en la oración, para estar preparados para este combate espiritual, es la de poder identificar la tentación antes de que nuestra alma vacile y caiga.

 

Poder ubicar de inmediato, por ejemplo, una tentación de orgullo. “¡Qué bien lo haces!  ¡Qué competente eres!”, puede insinuarnos sutilmente el demonio. ¡Tan sutilmente que parece un pensamiento o una idea propia!  Parece muy lógico y hasta lícito este pensamiento para levantar la “auto-estima”, según esa nefasta prédica del New Age.

 

Pero en realidad, el Demonio está buscando engañarnos para que creamos que somos capaces de hacer las cosas, sin dejarnos dar cuenta que es Dios quien nos capacita para hacer las cosas bien y a Él debemos agradecer y alabar, pues por nosotros mismos no somos capaces de ¡nada!  Si cada palpitación de nuestro corazón depende el Él ¿de qué nos vamos a ufanar?  La verdadera “auto-estima” consiste en sabernos y creernos realmente que nada somos ante Dios, que dependemos totalmente de Él y de que nuestra fortaleza está en nuestra debilidad, pues en ésta Dios nos fortalece con su Fortaleza.  “Mi mayor fuerza se manifiesta en la debilidad” (2 Cor. 12, 9-b).

 

Ese pensamiento sutil y tan “aparentemente” lícito o inocuo, sobre la supuesta competencia y capacidad del ser humano, el alma vigilante lo rechaza enseguida, sin distraerse a ver lo capaz y competente que ha sido en hacer bien una determinada una labor.  De no actuar así y con prontitud, ya ha caído en una tentación de orgullo y engreimiento.





A veces la tentación no desaparece enseguida de haberla rechazado y el Demonio ataca con gran insistencia.  No hay que desanimarse por esto.  Esa insistencia diabólica puede ser una demostración de que el alma no ha sucumbido ante la tentación.  Ante los ataques más fuertes, hay que redoblar la oración y la vigilancia, evitando angustiarse.  Esta lucha, permitida por Dios, es una especie de calistenia espiritual que más bien fortalece al alma, siempre que se mantenga luchando contra la tentación.  Si rechaza la tentación una y otra vez, el Demonio terminará por alejarse, aunque no para siempre, pues buscará otro motivo y otro momento más oportuno para volver a tentar.  (“Habiendo agotado todas las formas de tentación, el Diablo se alejó de Él, para volver en el momento oportuno” (Lc. 4, 13).

 

Una cosa conveniente es desenmascarar al Demonio.  Si se trata de tentaciones muy fuertes y repetidas, puede ser útil hablar de esto con un buen guía espiritual.  El Demonio, puesto en evidencia, usualmente retrocede.  Adicionalmente, ese acto de humildad de la persona suele ser recompensado por el Señor con nuevas gracias para fortalecernos ante los ataques del Demonio.

 

Y  recordar siempre que tenemos todas las gracias necesarias para el combate espiritual. San Pablo refiere lo siguiente:   “Y precisamente para que no me pusiera orgulloso, después de tan extraordinarias revelaciones, me fue clavado en la carne un aguijón, verdadero delegado de Satanás, para que me abofeteara.  Tres veces rogué al Señor que lo alejara de mí, pero me respondió:  ‘Te basta mi gracia’”  (2 Cor. 12, 7-9).

 

Aparte de este actitud de continua confianza en Dios y de vigilancia en oración, hay conductas prácticas convenientes de tener en cuenta ante las tentaciones:

 

Durante la tentación: orar con mucha confianza y resistir con la ayuda que Dios ha dispuesto.

 

Después de la tentación:  si hemos caído, arrepentirnos y buscar el perdón de Dios en la Confesión.  Y si no hemos caído ¡ojo!  Referir el triunfo a Dios, no a nosotros mismos, pues a Él debemos el honor, la gloria y el agradecimiento.

 

 

 

 

 











 Fuentes:

Sagradas Escrituras.

Evangeli.org

Homilias.org

 

domingo, 13 de diciembre de 2020

«En medio de vosotros está uno a quien no conocéis» (Evangelio Dominical)

 


Hoy, en medio del Adviento, recibimos una invitación a la alegría y a la esperanza: «Estad siempre alegres y orad sin cesar. Dad gracias por todo» (1Tes 5,16-17). El Señor está cerca: «Hija mía, tu corazón es el cielo para Mí», le dice Jesús a santa Faustina Kowalska (y, ciertamente, el Señor lo querría repetir a cada uno de sus hijos). Es un buen momento para pensar en todo lo que Él ha hecho por nosotros y darle gracias.

La alegría es una característica esencial de la fe. Sentirse amado y salvado por Dios es un gran gozo; sabernos hermanos de Jesucristo que ha dado su vida por nosotros es el motivo principal de la alegría cristiana. Un cristiano abandonado a la tristeza tendrá una vida espiritual raquítica, no llegará a ver todo lo que Dios ha hecho por él y, por tanto, será incapaz de comunicarlo. La alegría cristiana brota de la acción de gracias, sobre todo por el amor que el Señor nos manifiesta; cada domingo lo hacemos comunitariamente al celebrar la Eucaristía.

El Evangelio nos ha presentado la figura de Juan Bautista, el precursor. Juan gozaba de gran popularidad entre el pueblo sencillo; pero, cuando le preguntan, él responde con humildad: «Yo no soy el Mesías...» (cf. Jn 1,21); «Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros está uno a quien no conocéis, que viene detrás de mí» (Jn 1,26-27). Jesucristo es Aquél a quien esperan; Él es la Luz que ilumina el mundo. El Evangelio no es un mensaje extraño, ni una doctrina entre tantas otras, sino la Buena Nueva que llena de sentido toda vida humana, porque nos ha sido comunicada por Dios mismo que se ha hecho hombre. Todo cristiano está llamado a confesar a Jesucristo y a ser testimonio de su fe. Como discípulos de Cristo, estamos llamados a aportar el don de la luz. Más allá de esas palabras, el mejor testimonio, es y será el ejemplo de una vida fiel.

 

 

 

Lectura del santo evangelio según san Juan (1,6-8.19-28):

                                




Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz.


Y éste fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a Juan, a que le preguntaran: «¿Tú quién eres?»


Él confesó sin reservas: «Yo no soy el Mesías.»


Le preguntaron: «¿Entonces, qué? ¿Eres tú Elías?»


El dijo: «No lo soy.»


«¿Eres tú el Profeta?»


Respondió: «No.»


Y le dijeron: «¿Quién eres? Para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado, ¿qué dices de ti mismo?»

Él contestó: «Yo soy la voz que grita en el desierto: "Allanad el camino del Señor", como dijo el profeta Isaías.»
Entre los enviados había fariseos y le preguntaron: «Entonces, ¿por qué bautizas, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?»


Juan les respondió: «Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia.»


Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde estaba Juan bautizando.

Palabra del Señor

 

 

 

COMENTARIO

 

                         



 El Evangelio de este Domingo vuelve a presentarnos a San Juan Bautista, esta vez desde el Evangelio de San Juan.

 

San Juan Bautista, era primo de Jesús, pero no lo conocía, según nos dice él mismo.  Fue su Precursor, apareció en el desierto para anunciar la llegada del Mesías.  Por todo esto San Juan Bautista es un personaje central del Adviento, este tiempo de preparación que la Liturgia nos ofrece antes de la Navidad.

 

Por ello es útil revisar el relato que de San Juan Bautista hacen los cuatro Evangelistas (Mt. 3, 1-12; Mc. 1, 1-8; Lc. 3, 1-17; Jn. 1, 6-28).  Allí podemos ver varias cosas importantes a tener en cuenta en preparación para la venida del Señor.

 

San Juan Bautista predicaba un bautismo de arrepentimiento.  Pedía con su predicación que la gente se convirtiera de la vida de pecado y se resolviera a vivir una nueva vida de acuerdo a la ley de Dios.  Es lo que nosotros debemos hacer en preparación a la venida del Señor.

 

San Juan Bautista hablaba de preparar el camino del Señor rellenando lo hundido, aplanando lo alzado, enderezando lo torcido y suavizando lo áspero. Se trata esto de reformar nuestros modos equivocados de comportamiento y de costumbres: por ejemplo, rellenando las bajezas de nuestro egoísmo y envidia; rebajando las alturas de nuestro orgullo y altivez; enderezando los caminos desviados y equivocados que no nos llevan a Dios; suavizando las asperezas de nuestra ira e impaciencia.  En general, corrigiendo, nuestros defectos, vicios y pecados.

                                


La Primera Lectura es del Profeta Isaías, el cual desde el Antiguo Testamento también anunciaba a Cristo (Is. 61, 1-2 y 10-11).   Isaías fue el Profeta que más claramente describió por adelantado la vida, pasión y muerte de Jesucristo.

 

En este trozo de Isaías vemos la descripción de la misión del Mesías.  Un día Jesús leyó ese pasaje de Isaías en la Sinagoga de Nazaret, el sitio donde vivía, y agregó al final de la lectura que esa profecía se refería a El mismo.   Y vemos en este mismo episodio que, a pesar de lo admirados que estaban de los milagros de Jesús y de sus enseñanzas, no pudieron aceptar que Jesús, el de Nazaret, el hijo del carpintero, fuera el Mesías esperado.  (cfr. Lc. 4, 16-30).

 

Veamos con detalle la misión del Mesías, anunciada por Isaías y ratificada por Cristo mismo:

 

- “Anunciar la buena nueva a los pobres”: la Buena Nueva es el anuncio de salvación que Jesucristo, el Salvador del mundo nos vino a traer.  Y la anuncia a los pobres.  Pero ¿quiénes son estos pobres?  ¿Serán los económica y socialmente pobres?  Y si esto fuera así ¿cómo quedan los que tienen medios económicos y pertenecen a las clases medias o altas?  ¿No es para ellos la Buena Nueva del Señor?  Claro que sí es.  Es para todos: pobres y ricos, considerados desde el punto de vista económico y social.  Pero todos los que reciban la Buena Nueva de salvación sí deben ser pobres en el espíritu.  Son los mismos a quienes Jesús se refiere en las Bienaventuranzas (Mt. 5, 3).   Pobres en el espíritu son aquéllos que se saben nada sin Dios, que saben que nada pueden sin Dios, que en todo dependen de El.  Esos están listos para recibir la Buena Nueva que Cristo trae.  En cambio, los ricos en el espíritu, los que creen que pueden por sí solos, los que se creen gran cosa ante Dios, ésos no están listos para recibir el mensaje de Jesucristo.


                                               



- “Curar a los de corazón afligido”: Jesucristo vino a sanar a los que sufren. También esta parte de su misión la menciona en las Bienaventuranzas: “Dichosos los que sufren, porque ellos serán consolados” (Mt. 5, 4).   Jesús cura los corazones afligidos.  Pero los cura mostrándonos que el sufrimiento, bien aceptado y bien llevado, es una gracia muy especial.  Los cura mostrándonos con su sufrimiento, que nuestro sufrimiento, unido al suyo, tiene valor redentor.  Los cura mostrándonos que todo sufrimiento aceptado en Cristo, es la cruz que el Señor nos regala para poder imitarlo y para poder “ser consolados”, como nos promete esta bienaventuranza.

 

- “Proclamar el perdón a los cautivos y la libertad a los prisioneros”:    Jesucristo nos trae el perdón de los pecados.  Ese perdón nos libera del cautiverio del pecado.  El que está hundido en el pecado, necesita ser liberado.  Y Cristo nos trajo esa liberación.  Podemos decir que los seres humanos nos encontrábamos prisioneros en situación de secuestro: estábamos secuestrados por el Demonio, a causa del pecado original de nuestros primeros progenitores.  Pero Cristo pagó nuestro rescate con su muerte en cruz y su resurrección gloriosa.  Ya somos libres; ya se nos ha borrado el pecado original con el Sacramento del Bautismo; y se nos perdonan los demás pecados cometidos, con nuestro arrepentimiento y con el Sacramento de la Confesión.

 

- “Pregonar el Año de Gracia del Señor”.  La aparición de Cristo en nuestra historia fue el Año de Gracia del Señor anunciado desde el Antiguo Testamento por Isaías.  Recordemos que Año de Gracia en nuestra época fue el aniversario número 2.000 de ese gran acontecimiento, cuando la Iglesia, recordando lo anunciado por el Profeta Isaías, proclamó un nuevo Año de Gracia, el del Gran Jubileo del 2.000, el cual fue “año de perdón de los pecados y de las penas por los pecados, año de reconciliación entre los adversarios, año de múltiples conversiones y de penitencia sacramental y extra-sacramental ... y de la concesión de indulgencias de un modo más generoso que en otros años” (TMA # 14).


                               



El Salmo nos trae el Magnificat (Lc. 1, 46-55)  esa oración de alabanza que la Santísima Virgen María recita al ser saludada como la Madre de Dios por su prima Santa Isabel.

Y de este Canto de María es bueno resaltar su coincidencia también con lo expresado por el Profeta Isaías: “A los hambrientos colmó de bienes y a los ricos despidió vacíos”.    Se refieren estos hambrientos a los que necesitan de Dios y de los bienes de Dios.  Y se refieren estos ricos a los que creen no necesitar de Dios y de los bienes de Dios.  Por ello, a los que necesitan de El, Dios los colma de bienes, y a los que se bastan a sí mismos, los despide vacíos.

En la Segunda Lectura (1 Ts. 5, 16-24),  San Pablo nos recuerda lo mismo que San Pedro el pasado domingo sobre nuestra preparación para la venida del Señor: “que todo su ser, espíritu, alma y cuerpo, se conserve irreprochable hasta la llegada de nuestro Señor Jesucristo”.  Y, además, nos habla San Pablo de la acción del Espíritu Santo en los mensajes proféticos, instruyéndonos sobre la correcta actitud al respecto: “No impidan la acción del Espíritu Santo, ni desprecien el don de profecía;  pero sométanlo todo a prueba y quédense con lo bueno”.

Vemos en la narración de los Evangelios sobre San Juan Bautista, cómo éste cumplió con su misión de anunciar al Mesías y de preparar su camino.  Y cuando lo vio venir pudo reconocerlo por una íntima revelación que Dios le dio, la cual él hace pública: “Yo no lo conocía, pero Dios, que me envió a bautizar con agua, me dijo también: ‘Verás al Espíritu bajar sobre Aquél que ha de bautizar en Espíritu Santo y se quedará en El.’  ¡Y yo lo he visto! Por eso puedo decir que Este es el Elegido de Dios” (Jn. 1, 33-34).


                                       



Al ser preguntado por qué bautizaba si no era el Mesías, San Juan Bautista dice que ciertamente él ha estado bautizando con agua, pero que el que viene después de él, bautizará con el Espíritu Santo.

Jesucristo confirmará este anuncio de San Juan Bautista.  En el diálogo nocturno que tuvo con Nicodemo, le dice a este buen fariseo: “En verdad te digo, nadie puede ver el Reino de Dios si no nace de nuevo, de arriba”.  Y, ante el asombro de Nicodemo, Cristo le explica: El que no renace del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el Reino de Dios... Por eso no te extrañes que te haya dicho que necesitas nacer de nuevo, de arriba” (Jn. 3, 3-7)

Y ¿qué es nacer de nuevo, de arriba?  Para entender esto, no hay más que ver a los Apóstoles antes y después de Pentecostés (cfr. Hch.  2 y 5, 17-41).   Antes eran torpes para entender las Sagradas Escrituras y aún para entender las enseñanzas que recibieron directamente del Señor.  También eran débiles en su fe, deseosos de los primeros puestos y envidiosos entre ellos.  Eran, además, temerosos para presentarse como seguidores de Jesús, por miedo a ser perseguidos.

Pero sí hicieron algo:   creyeron y obedecieron el anuncio del Señor: “No se alejen de Jerusalén, sino que esperen lo que prometió el Padre, de lo que Yo les he hablado: que Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días” (Hch. 1s, 4-5).


                                       



Y ¿cómo se nace de nuevo, de arriba?  ¿Cómo se nace del Espíritu Santo?  Para esto también hay que ver a los Apóstoles muy especialmente en los días  entre la Ascensión del Señor y Pentecostés y también a lo largo de todos los acontecimientos narrados en los Hechos de los Apóstoles:   Nos dice la Escritura que perseveraban en la oración junto con María, la Madre de Jesús (Hch. 1, 14).

Quien ha nacido del Espíritu Santo se da cuenta de que Dios es lo más importante en su vida, se da cuenta que vive para Dios, que Dios es el que manda en su vida (es el Señor, ¿no?).  Eso es estar preparados.  ¿Preparados para qué?  Pues para cuando vuelva el Señor, que volverá en el momento que nos toque morir o en su Segunda Venida al fin de los tiempos.

 





Fuentes:

Santas Escrituras

Evangeli.org

Homilias.org