domingo, 7 de noviembre de 2021

«Todos han echado de lo que les sobraba, ésta, en cambio, ha echado de lo que necesitaba» (Evangelio Dominical)

 



Hoy, el Evangelio nos presenta a Cristo como Maestro, y nos habla del desprendimiento que hemos de vivir. Un desprendimiento, en primer lugar, del honor o reconocimiento propios, que a veces vamos buscando: «Guardaos de (…) ser saludados en las plazas, ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes» (cf. Mc 12,38-39). En este sentido, Jesús nos previene del mal ejemplo de los escribas.

Desprendimiento, en segundo lugar, de las cosas materiales. Jesucristo alaba a la viuda pobre, a la vez que lamenta la falsedad de otros: «Todos han echado de lo que les sobraba, ésta [la viuda], en cambio, ha echado de lo que necesitaba» (Mc 12,44).

Quien no vive el desprendimiento de los bienes temporales vive lleno del propio yo, y no puede amar. En tal estado del alma no hay “espacio” para los demás: ni compasión, ni misericordia, ni atención para con el prójimo.

Los santos nos dan ejemplo. He aquí un hecho de la vida de san Pío X, cuando todavía era obispo de Mantua. Un comerciante escribió calumnias contra el obispo. Muchos amigos suyos le aconsejaron denunciar judicialmente al calumniador, pero el futuro Papa les respondió: «Ese pobre hombre necesita más la oración que el castigo». No lo acusó, sino que rezó por él.


    




 Pero no todo terminó ahí, sino que —después de un tiempo— al dicho comerciante le fue mal en los negocios, y se declaró en bancarrota. Todos los acreedores se le echaron encima, y se quedó sin nada. Sólo una persona vino en su ayuda: fue el mismo obispo de Mantua quien, anónimamente, hizo enviar un sobre con dinero al comerciante, haciéndole saber que aquel dinero venía de la Señora más Misericordiosa, es decir, de la Virgen del Perpetuo Socorro.


¿Vivo realmente el desprendimiento de las realidades terrenales? ¿Está mi corazón vacío de cosas? ¿Puede mi corazón ver las necesidades de los demás? «El programa del cristiano —el programa de Jesús— es un “corazón que ve”» (Benedicto XVI).

 


Lectura del santo evangelio según san Marcos (12,38-44):

         


          


En aquel tiempo, entre lo que enseñaba Jesús a la gente, dijo: «¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas, con pretexto de largos rezos. Éstos recibirán una sentencia más rigurosa.»
Estando Jesús sentado enfrente del arca de las ofrendas, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban en cantidad; se acercó una viuda pobre y echó dos reales.
Llamando a sus discípulos, les dijo: «Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir.»

Palabra del Señor

 

 

 

COMENTARIO


                               


 

Varias veces la Sagrada Escritura nos pone como ejemplos a mujeres viudas.  Las lecturas de este Domingo nos traen el caso de dos de ellas, a quienes nos presenta el Señor como modelos de generosidad extrema:  la viuda de Sarepta en tiempos del Profeta Elías y la viuda pobre a quien Jesús observó dando limosna en el Templo de Jerusalén.

 

El caso de la primera viuda, la de Sarepta, que nos trae la Primera Lectura (1 R 17, 10-16) es impresionante.  Tal vez no había pasado tanta necesidad antes esta mujer, pero la sequía y la hambruna del momento la habían colocado en una posición de pobreza extrema:  le quedaba sólo “un puñado de harina y un poco de aceite”. Pero Dios le envía al Profeta Elías para pedirle pan y ella le explica su delicada situación así:  con esto que me queda “voy a preparar un pan para mí y para mi hijo; nos lo comeremos y luego moriremos”.  Ya no tenía más nada para comer.  Era lo último que le quedaba.

 

Pero ¿qué hace Dios?  Le habla por boca del Profeta, quien le ordena compartir con él lo  poquísimo que le queda: cocinar primero un pan para él y luego uno para ella y su hijo.  Y esa orden queda sellada con unas palabras proféticas (proféticas, en el sentido teológico del término, pues eran palabras que venían de Dios, y proféticas en el sentido coloquial del término, pues anunciaban un hecho futuro):  “La tinaja de harina no se vaciará, la vasija de aceite no se agotará”.  Y la viuda cumple la petición de Elías y, a pesar de ser pagana, cree en la palabra que Dios le envía a través del Profeta.

 

¡Qué fe y qué confianza tuvo esta mujer!  Por eso “tal como había dicho el Señor por medio de Elías, a partir de ese momento, ni la tinaja de harina se vació, ni la vasija de aceite se agotó”.

 

¡Qué generosidad la de esta mujer!  Si nos ponemos a ver, un pancito no es mucha cosa.  Pero cuando es lo último que a uno le queda, puede ser mucho ... ¡demasiado!  En pobreza extrema, esta mujer tuvo generosidad también extrema.

 



Lo mismo sucedió con la segunda viuda: dio de lo último que le quedaba.  Nos cuenta el Evangelio de hoy (Mc. 12, 38-44), que Jesús se puso a observar a la gente que echaba limosnas en el Templo.  “Muchos ricos daban en abundancia.  En esto se acercó una viuda pobre y echó dos moneditas de muy poco valor”.

 

Y Jesús no sólo observó, sino que le dio una enseñanza a sus discípulos:  “Yo les aseguro que esa pobre viuda ha echado en la alcancía más que todos.  Porque los demás han echado de lo que les sobraba, pero ésta, en su pobreza, ha echado todo lo que tenía para vivir”.

 

Lo mismo que el pancito de la de Sarepta, estas dos moneditas era lo último que le quedaba a la de Jerusalén.  Y ésta fue aún más audaz en su caridad que la de Sarepta, porque nadie le estaba pidiendo que diera lo poquísimo que le quedaba y, además, tampoco tenía una promesa profética de que lo poco que le quedaba sería multiplicado y no se agotaría.

 

En estas lecturas vemos que la generosidad la mide el Señor no porque lo que se dé sea mucho o poco, sino por cuánto significa lo que se da.  La limosna a los ojos de Dios tiene un valor relativo:  de cuánto nos estamos desprendiendo y con qué confianza lo entregamos.  La limosna implica darse uno mismo.  Y para darse uno mismo, habrá renuncia o privación de algo que necesitamos.

 

Dar limosna puede ser un acto de mera filantropía, que es muy distinto a la caridad cristiana.  Es lo que hacían los ricos que estaba también observando Jesús.  Y a éstos no los elogió, sino que los criticó duramente.  Y los criticó, no sólo porque daban de su abundancia, sino porque esa abundancia de que disfrutaban la obtenían nada menos que explotando a viudas y huérfanos.  ¡Tremendo contraste nos traen estas lecturas: dos viudas generosísimas y unos ricos explotadores de viudas y huérfanos!

 

Enseñanzas exigentes podemos extraer:  que nuestra caridad no sea mera filantropía; que nuestra limosna no provenga de nuestra abundancia;   y  ¡por supuesto! que no osemos explotar a nadie.

 



La Segunda Lectura (Hb. 9, 24-28) nos presenta a Jesús como el máximo modelo de la entrega y la generosidad: se entregó a sí mismo para dar su vida por la salvación de la humanidad.

 

Pero, además de este recuerdo de la oblación máxima de Cristo por nosotros, este pasaje de la Carta a los Hebreos nos trae tres datos importantísimos:

 

El primero de ellos:  “Está determinado que los hombres mueren una sola vez y que después de la muerte venga el juicio”.   Esta frase parece ¡tan obvia!  Pero no lo es tanto.  Sí ¡claro! los seres humanos mueren una sola vez.  Eso lo sabemos.  Pero... ¿lo saben todos los que les gusta hablar y creer en la re-encarnación?

 

Esta afirmación está en clara contradicción con esa herejía que se nos ha metido hasta en los medios católicos.  Ese absurdo mito de la re-encarnación nos hace creer falsamente que podemos volver a vivir en la tierra para luego volver a morir quién sabe cuántas veces.  Esta cita de la Palabra de Dios demuestra que la re-encarnación, aparte de ser una mentira, está negada en la Biblia.

 

Se nos habla aquí también del Juicio Particular que tiene cada persona enseguida de la muerte, a través del cual en el mismo momento de la muerte cada alma sabe el estado en que le corresponde estar:  Cielo (felicidad eterna), Infierno (condenación eterna) o Purgatorio (etapa de purificación para luego pasar al Cielo). 

                     



Se nos recuerda también la segunda venida de Cristo al fin de los tiempos:  “Al final se manifestará por segunda vez, pero ya no para quitar el pecado, sino para salvación de aquéllos que lo aguardan y en Él tienen puesta su esperanza”. 

 

Sí, Cristo volverá.  Pero no igual a la primera vez que vino como Hombre, muriendo y resucitando para rescatarnos de la muerte y del pecado, sino que volverá en gloria, con todo el poder de su divinidad para mostrar su salvación a todos los que esperan en Él.

 

 

 

 

 

 

 

 

Fuentes:

Sagradas Escrituras

Evangeli.org

Homilias.org

 


lunes, 1 de noviembre de 2021

HOY CELEBRAMOS LA FESTIVIDAD DE TODOS LOS SANTOS!!




Hoy, día 1 de noviembre, celebramos la realidad de un misterio salvador expresado en el “credo” y que resulta muy consolador: «Creo en la comunión de los santos». Todos los santos, desde la Virgen María, que han pasado ya a la vida eterna, forman una unidad: son la Iglesia de los bienaventurados, a quienes Jesús felicita: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8). Al mismo tiempo, también están en comunión con nosotros. La fe y la esperanza no pueden unirnos porque ellos ya gozan de la eterna visión de Dios; pero nos une, en cambio el amor «que no pasa nunca» (1Cor 13,13); ese amor que nos une con ellos al mismo Padre, al mismo Cristo Redentor y al mismo Espíritu Santo. El amor que les hace solidarios y solícitos para con nosotros. Por tanto, no veneramos a los santos solamente por su ejemplaridad, sino sobre todo por la unidad en el Espíritu de toda la Iglesia, que se fortalece con la práctica del amor fraterno.

Por esta profunda unidad, hemos de sentirnos cerca de todos los santos que, anteriormente a nosotros, han creído y esperado lo mismo que nosotros creemos y esperamos y, sobre todo, han amado al Padre Dios y a sus hermanos los hombres, procurando imitar el amor de Cristo.

Los santos apóstoles, los santos mártires, los santos confesores que han existido a lo largo de la historia son, por tanto, nuestros hermanos e intercesores; en ellos se han cumplido estas palabras proféticas de Jesús: «Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos» (Mt 5,11-12). Los tesoros de su santidad son bienes de familia, con los que podemos contar. Éstos son los tesoros del cielo que Jesús invita a reunir (cf. Mt 6,20). Como afirma el Concilio Vaticano II, «su fraterna solicitud ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad» (Lumen gentium, 49). Esta solemnidad nos aporta una noticia reconfortante que nos invita a la alegría y a la fiesta.

Un poco de historia




La primera noticia que se tiene del culto a los mártires es una carta que la comunidad de Esmirna escribió a la Iglesia de Filomelio, comunicándole la muerte de su en el santo obispo Policarpo,
 año156. Esta carta habla sobre Policarpo y de los mártires en general. Del contenido de este documento, se puede deducir que la comunidad cristiana veneraba a sus mártires, que celebraban su memoria el día del martirio con una celebración de la Eucaristía. Se reunían en el lugar donde estaban sus tumbas, haciendo patente la relación que existe entre el sacrificio de Cristo y el de los mártires

La veneración a los santos llevó a los cristianos a erigir sobre las tumbas de los mártires, grandes basílicas como la de San Pedro en la colina del Vaticano, la de San Pablo, la de San Lorenzo, la de San Sebastián, todos ellos en Roma.

Las historias de los mártires se escribieron en unos libros llamados Martirologios que sirvieron de base para redactar el Martirologio Romano, en el que se concentró toda la información de los santos oficialmente canonizados por la Iglesia.

Cuando cesaron las persecuciones, se unió a la memoria de los mártires el culto de otros cristianos que habían dado testimonio de Cristo con un amor admirable sin llegar al martirio, es decir, los santos confesores. En el año 258,San Cipriano , habla del asunto, narrando la historia de los santos que no habían alcanzado el martirio corporal, pero sí confesaron su fe ante los perseguidores y cumplieron condenas de cárcel por Cristo.

Más adelante, aumentaron el santoral con los mártires de corazón. Estas personas llevaban una vida virtuosa que daba testimonio de su amor a Cristo. Entre estos, están san Antonio  (356) en Egipto y san Hilarión (371) en Palestina. Tiempo después, se incluyó en la santidad a las mujeres consagradas a Cristo.

Antes del siglo X, el obispo local era quien determinaba la autenticidad del santo y su culto público. Luego se hizo necesaria la intervención de los Sumos Pontífices, quienes fueron estableciendo una serie de reglas precisas para poder llevar a cabo un proceso de canonización, con el propósito de evitar errores y exageraciones.

El Concilio Vaticano II reestructuró el calendario del santoral:



Se disminuyeron las fiestas de devoción pues se sometieron a revisión crítica las noticias hagiográficas (se eliminaron algunos santos no porque no fueran santos sino por la carencia de datos históricos seguros); se seleccionaron los santos de mayor importancia (no por su grado de santidad, sino por el modelo de santidad que representan: sacerdotes, casados, obispos, profesionistas, etc.); se recuperó la fecha adecuada de las fiestas (esta es el día de su nacimiento al Cielo, es decir, al morir); se dio al calendario un carácter más universal (santos de todos los continentes y no sólo de algunos).




ORACIÓN A TODOS LOS SANTOS




Patriarcas que fuisteis la semilla
del árbol de la fe en siglos remotos,
al vencedor divino de la muerte,
rogad por nosotros.
Profetas que rasgásteis inspirados
del porvenir el velo misterioso,
al que sacó la luz de las tinieblas,
rogad por nosotros.
Almas cándidas, Santos Inocentes
que aumentáis de los ángeles el coro,
al que llamó a los niños a su lado,
rogad por nosotros.
Apóstoles que echasteis en el mundo
de la Iglesia el cimiento poderoso,
al que es de la verdad depositario
rogad por nosotros.
Mártires que ganásteis vuestra palma
en la arena del circo, en sangre rojo,
al que os dio fortaleza en los combates,
rogad por nosotros.
Vírgenes semejantes a azucenas
que el verano vistió de nieve y oro,
al que es fuente de vida y hermosura,
rogad por nosotros.
Monjes que de la vida en el combate
pedísteis paz al claustro silencioso,
al que es iris de calma en las tormentas,
rogad por nosotros.
Doctores cuyas palmas nos legaron
de virtud y saber rico tesoro,
al que es raudal de ciencia inextinguible,
rogad por nosotros.
Soldados del ejército de Cristo,
Santas y Santos todos,
rogad que perdone nuestras culpas
a Aquel que vive y reina entre vosotros.
Amén

Autor: Gustavo Adolfo Béquer