domingo, 14 de agosto de 2022

«¿Creéis que he venido a traer paz a la tierra?» (Evangelio Dominical)

 

 

Hoy -de labios de Jesús- escuchamos afirmaciones estremecedoras: «He venido a encender fuego en el mundo» (Lc 12,49); «¿creéis que he venido a traer paz a la tierra? Pues os digo que no, sino división» (Lc 12,51). Y es que la verdad divide frente a la mentira; la caridad ante el egoísmo, la justicia frente a la injusticia…

En el mundo -y en nuestro interior- hay mezcla de bien y de mal; y hemos de tomar partido, optar, siendo conscientes de que la fidelidad es "incómoda". Parece más fácil contemporizar, pero a la vez es menos evangélico.

Nos tienta hacer un "evangelio" y un "Jesús" a nuestra medida, según nuestros gustos y pasiones. Hemos de convencernos de que la vida cristiana no puede ser una pura rutina, un "ir tirando", sin un constante afán de mejorar y de perfección. Benedicto XVI ha afirmado que «Jesucristo no es una simple convicción privada o una doctrina abstracta, es una persona real cuya entrada en la historia es capaz de renovar la vida de todos».





El modelo supremo es Jesús (hemos de "tener la mirada puesta en Él", especialmente en las dificultades y persecuciones). Él aceptó voluntariamente el suplicio de la Cruz para reparar nuestra libertad y recuperar nuestra felicidad: «La libertad de Dios y la libertad del hombre se han encontrado definitivamente en su carne crucificada» (Benedicto XVI). Si tenemos presente a Jesús, no nos dejaremos abatir. Su sacrificio representa lo contrario de la tibieza espiritual en la que frecuentemente nos instalamos nosotros.

La fidelidad exige valentía y lucha ascética. El pecado y el mal constantemente nos tientan: por eso se impone la lucha, el esfuerzo valiente, la participación en la Pasión de Cristo. El odio al pecado no es cosa pacífica. El reino del cielo exige esfuerzo, lucha y violencia con nosotros mismos, y quienes hacen este esfuerzo son quienes lo conquistan (cf. Mt 11,12).




Lectura del santo evangelio según san Lucas (12,49-53):

 



En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo! Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla!
¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división. Desde ahora estarán divididos cinco en una casa: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra su nuera y la nuera contra la suegra».

Palabra del Señor

 

 

 

COMENTARIO

 

 


Las Lecturas de hoy nos hablan de dos temas conflictivos, por ser desagradables: la persecución y la división.  Y por más que queramos soslayarlos, no nos es posible.

 

Tampoco podemos soslayar un grave comentario de Jesús, acerca de la división en la familia, que nos trae el Evangelio de hoy:


         “No he venido a traer la paz, sino la división.  De aquí en adelante, de cinco que haya en una familia, estarán divididos tres contra dos y dos contra tres.  Estará dividido el padre contra el hijo, el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra” (Lc 12, 49-53).

 

¿Cómo puede ser esto?  ¿No dijeron los Ángeles que anunciaron el Nacimiento del Salvador: “Paz a los hombres” (Lc 2, 14)?   ¿No nos habló varias veces Jesús de llevar la Paz, de ser pacíficos, etc.?  ¿No nos dijo: “Mi Paz les dejo; mi Paz les doy” (Jn 14, 27)?  Ciertamente.  Así nos dijo.  Pero, enseguida explicó: “La Paz que Yo les doy no es como la que da el mundo” (Mt 14, 27).

 

La Paz de Jesús no es como la del mundo.  La paz que nos ofrece el mundo es una paz ficticia, incompleta, equívoca, engañosa... Porque en el mundo las cosas no son como las de Dios.  En el mundo la paz puede ser un balance entre violencias opuestas.  ¿Y eso es Paz?  En el mundo la paz puede ser la ley del más fuerte.  ¿Y eso es Paz?  En el mundo la paz puede provenir del acuerdo en unas conversaciones.  ¿Y eso es Paz?  En el mundo la paz puede ser una aparente serenidad.  ¿Y eso es Paz?

 

La Paz que Cristo nos vino a traer es muy distinta a la del mundo.  Muy distinta.  Cristo vino a traer la salvación.  Y la salvación puede trastornar la paz según el mundo, porque hay unos que buscan a Cristo y su causa -la salvación de la humanidad-, y hay otros que no.  He allí la división a la cual se refiere Jesús en este Evangelio: los que están con Él y su causa, y los que no están con Él y con su causa.

 


Y esa división puede darse en una nación, entre amigos... o en una familia.  Es verdad que la Fe puede ser factor de unión, pero cuando hay algunos que no la acogen puede ser también factor de división.  Muchas veces cuando alguno o algunos responden al llamado de Cristo de seguirlo de verdad, sincera y profundamente como Cristo nos pide, pueden esos seguidores convertirse en “signo de contradicción” para los demás... incluso para los más cercanos.

 

“¡Estás muy fanático!”  “¡Has perdido objetividad!”  “¡Ya no hablas sino de Dios!”  Y termina por darse el distanciamiento, la separación, la división.

 

Ahora bien, ¿quién es el que se está separando?  ¿Quién está causando la división?   ¿El que sigue a Cristo o el que no?

 

El que se divide es aquél que no sigue a Cristo.  De allí que el seguidor de Cristo se siente apartado de los que no Lo están siguiendo.  Y pueden ser amigos, parientes o de la propia familia.  Y esa división significa que alguno o algunos están haciendo lo que hay que hacer, pues le están siguiendo a Él, Camino, Verdad y Vida.

 

Entonces ... ¿nos quedamos sin familia?  ¿Nos quedamos sin padres, ni hermanos, ni hijos?  La respuesta es otra sorpresa del Señor:


         “‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? E indicando con la mano a sus discípulos, dijo: ‘Estos son mi madre y mis hermanos’.  Porque todo el que cumple la voluntad de mi Padre que está en los Cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre’” (Mt 12, 48-49).

 



La “familia”, entonces, termina siendo quien hace la Voluntad de Dios.  Son todos los que siguen a Cristo en su entrega a la Voluntad del Padre.  Puede ser que en esa “familia” estén incluidos algunos o todos los miembros de mi familia.  Pueda ser que por un tiempo no estén mis familiares y luego más tarde sí.  Lo importante es saber -porque así nos lo dice Cristo- que la familia de Dios, su “familia”, está formada por aquéllos que hacen Su Voluntad.  De otra forma, la división es inevitable.

 

Toda división trae sufrimiento y ese sufrimiento purifica a quien pretende seguir a Cristo y ve que los suyos no hacen lo mismo.  Sufre porque los suyos no están en el Camino que es Cristo.  Sufre porque no puede compartir con ellos la Verdad que es Cristo.  Sufre porque los suyos no viven la Vida que es Cristo.

 

De allí que el Señor en el comienzo del Evangelio de hoy nos diga antes de hablarnos de esta dolorosa división: “Vine a traer fuego a la tierra.  Y cómo quisiera que estuviera ya ardiendo” (Lc 12, 49).  Es el fuego purificador de su Palabra.  Es el fuego purificador de la acción del Espíritu Santo en el mundo y en cada uno de nosotros.  Es el fuego purificador del sufrimiento, cualquiera que sea, pero muy especialmente del causado por seguirlo a Él.

 

La Primera Lectura (Jer 38, 4-6. 8-10) nos habla de la persecución del Profeta Jeremías.  Lo perseguían porque consideraban que desanimaba al pueblo.

 

La posición de Jeremías era comprometedora -como la de todos los Profetas- porque los planes de Dios distan mucho de los de los hombres.  Y los modos de Dios pueden ser a veces incomprensibles. 

 

Dios estaba pidiendo al pueblo hebreo que se rindiera ante la invasión extranjera de los Caldeos, pero es Jeremías quien tiene que hacer la proposición.  “Aunque pierda todo, el que se entregue a los Caldeos, salvará su vida”.  Una proposición anti-patriótica.  Pero Dios es el que sabe cómo guía a su pueblo.  Jeremías cumple con su misión de anunciar y de aconsejar lo impopular.  Por eso lo apresan y lo condenan a morir en la fosa.  Pero Dios lo salva de manera imprevista. 

 

Sin embargo, Jeremías tuvo que sufrir mucho a causa de su misión como Profeta durante 40 años.  Jeremías tuvo muchas dificultades en el servicio a Dios, pues le tocó informarle a los últimos Reyes de Judá de los desastres que le venían a Jerusalén, a causa de sus pecados.  Por las pruebas que tuvo que sufrir, se considera el Profeta que más se parece a Cristo sufriente.

 

El Salmo 38 expresa la situación de Jeremías.  Puede ser la nuestra también, cuando nos encontramos en peligro en nuestra vida espiritual:  “Esperé en el Señor con gran confianza ... Del charco fangoso y la fosa mortal me puso a salvo”.






En la Segunda Lectura (Hb 12, 1-4) también se nos habla de persecución:  la de Jesús.  “Aceptó la cruz, sin temor a la ignominia ... Mediten, pues, en el ejemplo de Aquél que quiso sufrir tanta oposición de parte de los pecadores”.  También nos anuncia posibles martirios a los cuales hay que estar dispuestos, pues algunas persecuciones pueden llegar a esos extremos: “todavía no han llegado a derramar su sangre en la lucha contra el pecado”.

 






 

Fuentes:

Sagradas Escrituras

Homilia.org

Evangeli.org

 


domingo, 7 de agosto de 2022

«También vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre» (Evangelio Dominical)

 



Hoy, el Evangelio nos recuerda y nos exige que estemos en actitud de vigilia «porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre» (Lc 12,40). Hay que vigilar siempre, debemos vivir en tensión, “desinstalados”, somos peregrinos en un mundo que pasa, nuestra verdadera patria la tenemos en el cielo. Hacia allí se dirige nuestra vida; queramos o no, nuestra existencia terrenal es proyecto de cara al encuentro definitivo con el Señor, y en este encuentro «a quien se le dio mucho, se le reclamará mucho; y a quien se confió mucho, se le pedirá más» (Lc 12,48). ¿No es, acaso, éste el momento culminante de nuestra vida? ¡Vivamos la vida de manera inteligente, démonos cuenta de cuál es el verdadero tesoro! No vayamos tras los tesoros de este mundo, como tanta gente hace. ¡No tengamos su mentalidad!

Según la mentalidad del mundo: ¡tanto tienes, tanto vales! Las personas son valoradas por el dinero que poseen, por su clase y categoría social, por su prestigio, por su poder. ¡Todo eso, a los ojos de Dios, no vale nada! Supón que hoy te descubren una enfermedad incurable, y que te dan como máximo un mes de vida,... ¿qué harás con tu dinero?, ¿de qué te servirán tu poder, tu prestigio, tu clase social? ¡No te servirá para nada! ¿Te das cuenta de que todo eso que el mundo tanto valora, en el momento de la verdad, no vale nada? Y, entonces, echas una mirada hacia atrás, a tu entorno, y los valores cambian totalmente: la relación con las personas que te rodean, el amor, aquella mirada de paz y de comprensión, pasan a ser verdaderos valores, auténticos tesoros que tú —tras los dioses de este mundo— siempre habías menospreciado.

¡Ten la inteligencia evangélica para discernir cuál es el verdadero tesoro! Que las riquezas de tu corazón no sean los dioses de este mundo, sino el amor, la verdadera paz, la sabiduría y todos los dones que Dios concede a sus hijos predilectos.



Lectura del santo evangelio según san Lucas (12,32-48):




En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino.
Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos bolsas que no se estropeen, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla. Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.
Tened ceñida vuestra cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los hombres que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame.
Bienaventurados aquellos criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; en verdad os digo que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y, acercándose, les irá sirviendo.
Y, si llega a la segunda vigilia o a la tercera y los encuentra así, bienaventurados ellos.
Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, velaría y no le dejaría abrir un boquete en casa.
Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre».
Pedro le dijo:
«Señor, ¿dices esta parábola por nosotros o por todos?».
Y el Señor dijo:
«¿Quién es el administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre para que reparta la ración de alimento a sus horas?
Bienaventurado aquel criado a quien su señor, al llegar, lo encuentre portándose así. En verdad os digo que lo pondrá al frente de todos sus bienes.
Pero si aquel criado dijere para sus adentros: “Mi señor tarda en llegar”, y empieza a pegarles a los criados y criadas, a comer y beber y emborracharse, vendrá el señor de ese criado el día que no espera y a la hora que no sabe y lo castigará con rigor, y le hará compartir la suerte de los que no son fieles.
El criado que, conociendo la voluntad de su señor, no se prepara ni obra de acuerdo con su voluntad, recibirá muchos azotes; pero el que, sin conocerla, ha hecho algo digno de azotes, recibirá menos.
Al que mucho se le dio, mucho se le reclamará; al que mucho se le confió, más aún se le pedirá».

Palabra del Señor

 

 

 

COMENTARIO

 

 



La Fe es un don de Dios.  Es cierto.  La Fe es una virtud.  También es cierto.  La Fe es un acto de la voluntad.  Cierto también.  Pero la Fe es, además, de acuerdo a las Lecturas de hoy, una actitud muy inteligente, porque por medio de la Fe recibimos por adelantado lo que esperamos poseer.  ¿Que...  cómo es esto?

 

Nos dice la Segunda Lectura: “La fe es la forma de poseer, ya desde ahora, lo que se espera y de conocer las realidades que no se ven” (Hb 11, 1-2.8-19).  Y ¿qué es lo que esperamos?  Nada menos que el Reino de Dios.  Y eso tendremos... si creemos... y si actuamos de acuerdo a esa Fe.  Jesús mismo nos lo ha prometido al comienzo del Evangelio de hoy: “No temas, rebañito mío, porque mi Padre ha tenido a bien darte el Reino” (Lc 12, 32-48).

 

En las Lecturas de este domingo vemos, entonces, la conexión entre la Fe y la Esperanza.  Esperamos porque creemos, ya que lo que esperamos no lo vemos ... al menos no claramente.  Por la Fe creemos, entonces, en lo que no se ve.  Creemos en lo que aceptamos como verdad, aun sin comprobar.  Creemos, además, en lo que esperamos recibir en la Vida que nos espera después de esta vida, aunque no lo veamos y aunque no lo podamos comprobar.

 

Es decir, por la Fe podemos comenzar a gustar desde aquí lo que vamos a recibir Allá.  Podemos comenzar a recibir por adelantado lo que luego tendremos en forma perfecta.  Podemos comenzar a disfrutar en forma velada lo que se llama la “Visión Beatífica”, el ver a Dios “cara a cara” (1 Cor 13, 12), “tal cual es” (1 Jn 3, 2).  De allí que la Iglesia Católica se atreva a decirnos en el Catecismo: “La Fe es, pues, ya el comienzo de la Vida Eterna” (CIC # 163).

 

“Ahora, sin embargo, caminamos en la Fe, sin ver todavía” (2 Cor 5, 7), y conocemos a Dios “como en un espejo y en forma opaca, imperfecta, pero luego será cara a cara.  Ahora solamente conozco en parte, pero entonces le conoceré a El como El me conoce a Mí” (1 Cor 13, 12-13).  (cf. CIC #164)

 



Hay que vivir en Fe, aunque por ahora no podamos ver claramente, sino en forma opaca, imperfecta.  A veces la Fe puede hacerse muy oscura.  Puede ser puesta a prueba.  Las circunstancias de nuestra vida pueden tornarse difíciles y entonces lo que creemos por Fe y lo que esperamos por Esperanza, podría opacarse, podría hasta esconderse.  Es el momento, entonces, de creer más aún, de afianzar nuestra Fe.

 

De allí que mucha gente exclame ante ciertas situaciones: ¿Cómo se puede vivir sin Fe?  ¿Cómo hubiera hecho si no tuviera Fe?

 

Sabemos que la Fe es un regalo de Dios.  Y eso significa que tenemos toda su ayuda para que creamos en lo que esperamos y para que nuestra Fe no desfallezca nunca, aún en medio de las más complicadas situaciones.

 

Entonces nos toca imitar la Fe de la Santísima Virgen María que tuvo Fe en el momento increíble, pero gozoso, de la Anunciación.  Y esa Fe suya no desfalleció jamás, ni siquiera en los momentos más dolorosos del sufrimiento de su Hijo, ni en el momento de su ausencia cuando lo colocó en el sepulcro.

 

Nuestra Fe tiene que ser como la de la Virgen.  La Fe no puede ser una actitud momentánea.  La Fe no puede ir en marcha y contramarcha.  La Fe tiene que ir acompañada de la perseverancia... hasta el final.  Bien lo dice Jesucristo en el Evangelio de hoy: “Estén listos con la túnica puesta y las lámparas encendidas... También ustedes estén preparados, porque a la hora que menos lo piensen vendrá el Hijo del hombre” (Lc 12, 32-48).

 

Es seria esta advertencia del Señor: a la hora que menos pensemos vendrá Jesucristo, bien porque nos llegue el día de nuestra muerte, bien porque Él mismo venga en gloria a juzgar a vivos y muertos.  Y tenemos que estar preparados.  Tenemos que vivir cada día de nuestra vida en la tierra como si fuera el último día de nuestra vida.  Es la recomendación de ese gran Santo de la Iglesia, San Francisco de Sales.

 



En el Evangelio, además de las advertencias mencionadas, el Señor nos propone una parábola relativa a ese requerimiento de perseverancia y de preparación constante que debemos tener.  Nos habla de dos administradores: uno honesto y diligente, y otro descuidado y desleal.  Nos dice que será dichoso aquél a quien el jefe lo encuentre cumpliendo su deber.  Pero el otro, el incumplido, parrandero e irresponsable, “recibirá muchos azotes”, porque, conociendo la voluntad de su amo, no la cumplió.

 

Y luego Jesucristo hace la salvedad con respecto de aquéllos que, sin conocer la voluntad de su amo hacen algo digno de castigo.  Y nos informa que ésos también recibirán azotes, pero serán pocos.  ¿Qué significa esto?

 

Jesús está refiriéndose al conocimiento que podemos tener los seres humanos sobre lo que es bueno y lo que es malo.  Los que no saben lo que es la Voluntad de Dios, lo que es la Ley de Dios ¿por qué serán castigados también?  Nos dice que recibirán poco castigo, pero también serán castigados.

 

Veamos... Todo hombre o mujer sabe por su conciencia lo que es bueno y lo que es malo.  De hecho, lo que llamamos “conciencia” es la conexión que hay entre la Ley de Dios y nuestros actos.  Y esa Ley de Dios está inscrita en el corazón de cada uno de nosotros.  Es lo que se llama “Ley Natural”.  La “conciencia” es, entonces, la aplicación de esa “Ley Natural” -que Dios ha inscrito en cada corazón humano- a los pensamientos, palabras y obras que realizamos los seres humanos.

 

Ahora bien, el hecho de que tengamos una “conciencia”, no hace que esa conciencia sea necesariamente correcta.  ¡Es un error pensar así!  Podemos tener una conciencia correcta o podemos tener una conciencia equivocada.

 

La conciencia equivocada es aquélla que, por ejemplo, considera que es permitido robar o fornicar. Nuestra conciencia se va formando por demasiadas informaciones contrapuestas -desde una propaganda inmoral en televisión o una noticia mal interpretada que nos llega por internet, hasta una Encíclica del Papa.  Entonces, con tanta información contrapuesta, es fácil ver cómo nuestra conciencia es capaz de errar.  Es decir, nuestra conciencia no siempre es infalible.

 



El caso que menciona Jesús en el Evangelio de hoy podría ser el de una conciencia, que, sin llegar a ser totalmente errónea, podría ser catalogada como una conciencia “laxa”.  Este tipo de conciencia es aquélla que es permisiva, que juzga como no tan ilícito lo ilícito, o como leve lo que es grave.

 

Y ¿cómo puede llegarse a esto?  Pues la persona comienza por permitirse faltas no muy graves, con lo cual va haciendo que su conciencia se haga algo insensible a ciertos pecados.  También puede ser que lleve una vida muy mundana, frívola y sensual, o que haya descuidado la oración y los Sacramentos.  La lujuria, por ejemplo, es un gran oscurecedor de la recta conciencia.

 

De allí que toda persona tenga la obligación de formarse una conciencia recta que esté de acuerdo a la verdad y a la Ley Divina, y no dejar que su conciencia se haga “laxa” o se desvíe completamente hacia el error.

 

¿Cómo lograr esto?  Haciendo todo lo contrario a lo que son causas de una conciencia “laxa”: evitar la mundaneidad, la frivolidad, la sensualidad.  Evitar la lujuria.  Orar con perseverancia y llevar una vida sacramental frecuente.  Como mínimo la Misa de los domingos, pero no limitarnos a ese requerimiento.

 

Concluye Jesús diciéndonos en este Evangelio que “al que mucho se le da, se le exigirá mucho, y al que mucho se le confía, se le exigirá mucho más”.


Esto es muy justo y muy lógico, y no hay que tener temor a las exigencias que nos vienen con las muchas gracias que nos da el Señor cuando comenzamos a ponerlo a Él en el primer lugar, cuando comenzamos a “acumular tesoros que no se acaban para el Cielo, allá donde no llega el ladrón, ni carcome la polilla”.

 



Cuando verdaderamente nos dedicamos a las cosas de Dios, a los “tesoros para el Cielo”, Dios nos regala muchas más cosas.  Y, ciertamente, nos exigirá según todas esas cosas que nos ha dado.  Pero ... ¿qué importa que nos exija?  Es como el alumno, bien preparado en una materia, a quien no le importa que lo interroguen en cosas difíciles, pues está bien preparado.

 

La Primera Lectura del Libro de la Sabiduría (Sb. 18, 6-9) nos habla también de la Fe.  Nos presenta la noche de la liberación del pueblo elegido, cautivo en Egipto.

 

Los egipcios no creyeron la palabra de Dios y, tal como había anunciado Yavé a través de Moisés, vieron morir a todos sus primogénitos. En cambio, los hebreos, que sí creyeron en Dios, fueron preservados de esta amenaza y pudieron salir en libertad hacia el desierto, donde Yavé los guiaba para establecer su alianza con ellos, el pueblo elegido.

 

Sabemos que no siempre ese pueblo suyo le creyó y le fue fiel a Dios, pero toda la historia de Israel en el desierto es una historia basada en la fe o falta de fe de ese pueblo en Yavé, su Dios.

 



En la Segunda Lectura se desarrolla el tema de la Fe en varios momentos del pueblo elegido: desde Abraham hasta Isaac, hijo de éste.  Y este recuento nos debe llevar a que, en los momentos de dudas y de exigencias, imitemos esa fe de Abraham.

 

No en vano Abraham es considerado nuestro padre en la Fe, porque creyó “esperando contra toda esperanza” (Rom 4, 18) y, en confianza absoluta en Dios, “sin saber a dónde iba, partió hacia la tierra que habría de recibir como herencia”.

 

Y cuando Dios lo puso a prueba, se dispuso a sacrificar a Isaac, su hijo único, con el cual se debía cumplir la promesa que Dios mismo le había hecho:  una inmensísima descendencia que llevaría su nombre y que sería tan grande como las estrellas del cielo.

 

A Abraham no le importó lo que Dios le estaba pidiendo: simplemente confió en que, si Dios se lo pedía, Él sabría lo que iba a hacer.

 

Así debe ser nuestra fe: confiada, tan confiada como la de Abraham, quien confiaba hasta en que Dios podía cambiar su plan, podía revertir su promesa.

 


Con el Salmo 32 celebramos lo que Dios hace con su pueblo escogido, con nosotros, su Iglesia, con cada uno de nosotros.  Somos dichosos porque Él nos eligió.  Y confiamos en que cuida a los que confían en su bondad... aunque haya épocas de hambre.  No importa.  El Señor nos salva de la muerte, pues en Él está nuestra esperanza.  Si confiamos en Él, nada importa.

 

 

 

 

 

Fuentes:

Sagradas Escrituras

Homilia.org

Evangeli.org