lunes, 25 de marzo de 2019

«Si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo» (Evangelio Dominical)





Hoy, tercer domingo de Cuaresma, la lectura evangélica contiene una llamada de Jesús a la penitencia y a la conversión. O, más bien, una exigencia de cambiar de vida. 

“Convertirse” significa, en el lenguaje del Evangelio, mudar de actitud interior, y también de estilo externo. Es una de las palabras más usadas en el Evangelio. Recordemos que, antes de la venida del Señor Jesús, san Juan Bautista resumía su predicación con la misma expresión: «Predicaba un bautismo de conversión» (Mc 1,4). Y, enseguida, la predicación de Jesús se resume con estas palabras: «Convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1,15).

Esta lectura de hoy tiene, sin embargo, características propias, que piden atención fiel y respuesta consecuente. Se puede decir que la primera parte, con ambas referencias históricas (la sangre derramada por Pilato y la torre derrumbada), contiene una amenaza. ¡Imposible llamarla de otro modo!: lamentamos las dos desgracias —entonces sentidas y lloradas— pero Jesucristo, muy seriamente, nos dice a todos: —Si no cambiáis de vida, «todos pereceréis del mismo modo» (Lc 13,5). 



                             

Esto nos muestra dos cosas. Primero, la absoluta seriedad del compromiso cristiano. Y, segundo: de no respetarlo como Dios quiere, la posibilidad de una muerte, no en este mundo, sino mucho peor, en el otro: la eterna perdición. Las dos muertes de nuestro texto no son más que figuras de otra muerte, sin comparación con la primera.

Cada uno sabrá cómo esta exigencia de cambio se le presenta. Ninguno queda excluido. Si esto nos inquieta, la segunda parte nos consuela. El “viñador”, que es Jesús, pide al dueño de la viña, su Padre, que espere un año todavía. Y entretanto, él hará todo lo posible (y lo imposible, muriendo por nosotros) para que la viña dé fruto. Es decir, ¡cambiemos de vida! Éste es el mensaje de la Cuaresma. Tomémoslo entonces en serio. Los santos —san Ignacio, por ejemplo, aunque tarde en su vida— por gracia de Dios cambian y nos animan a cambiar.




Lectura del santo evangelio según san Lucas (13,1-9):


                       




En una ocasión, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían.
Jesús les contestó: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.»
Y les dijo esta parábola: «Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: "Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?" Pero el viñador contestó: "Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas".»

Palabra del Señor




COMENTARIO


                   




El tema de la Liturgia de este Domingo es la llamada a la conversión, tan propia de este tiempo de Cuaresma.

En la Primera Lectura (Ex. 3, 1-15) vemos el relato del llamado de Dios a Moisés para preparar la salida de Egipto del pueblo de Israel y guiarlo a través del desierto a la Tierra Prometida.

Destacan en esta lectura del Libro del Éxodo, entre otras cosas, la identificación de Dios como “Yo-soy“.

¿Qué significado tiene este misterioso nombre?  Esta revelación de Dios a Moisés -y a nosotros- nos informa sobre la naturaleza y la esencia misma de Dios.  Nos dice que Dios existe por Sí mismo y existe desde toda la eternidad.  Dios siempre fue, Dios es y Dios siempre será.  Dios no depende de nada ni de nadie, y todos los demás seres deben su existencia a El y dependen de El.

Esto se llama en Teología “aseidad”, es decir, aquel atributo en virtud del cual Dios existe por Sí mismo y subsiste por Sí mismo y no por otro.   Dios es la “Causa Primera” de todos los demás seres, y El no tiene causa.  Todos los demás seres proceden de otro; Dios no.  Dios se basta a Sí mismo.

La “aseidad” es la fuente de todas las demás perfecciones de Dios.  Entre otras cualidades, Dios es el Ser que subsiste por Sí mismo y que no tiene límites.

Es dogma de fe, entonces, que Dios es el “Ser increado”; mientras nosotros somos creados.  Es, además, el “primer Ser”, de donde derivan su existencia todos los demás.  Es, también, el “Ser independiente”, que de nadie depende, mientras nosotros dependemos de El.  Es el “Ser necesario”, cuya no-existencia es imposible, mientras que nuestra existencia no es necesaria.

Y el significado que esto tiene para nosotros es evidente.  Pero nos comportamos como si fuera todo al revés, como si pudiéramos vivir a espaldas de Dios.  Nos creemos ¡tan grandes! ¡tan poderosos! y ¡tan independientes!  Y ¿qué es lo que somos?  Creaturas dependientes, innecesarias, pequeñísimas y limitadas.  Gran lección de humildad meditar sobre los atributos divinos contenidos en esa misteriosa frase: “Yo soy”.

Además, el pensar en que Dios se identifica como “Yo soy” nos mueve también a tener más confianza en El, sobre todo en el sentido de vivir el presente, sin angustiarnos por el futuro y sin estar afectados por el pasado.  Cuando pensamos en el pasado, con sus errores y en lo que pudo ser y no fue, no estamos en Dios, pues El no se identificó como “Yo era”.  Cuando pensamos en el futuro con sus angustias e incertidumbres, no estamos en Dios, pues El no se identificó como “Yo seré”.  Cuando vivimos en el presente, dejando a Dios la carga del pasado y las preocupaciones del futuro, sí estamos en El, pues El se identificó como “Yo soy”.

Dios, entonces, prepara la salida de su pueblo de la opresión de los egipcios para hacerles atravesar el desierto durante 40 años antes de llegar a la Tierra Prometida.  Y ese recorrido por el desierto tiene como fin ir purificando sus costumbres, ir domando su rebeldía, ir desapegando su corazón de los ídolos y de los bienes terrenos.

A fin de cuentas, el paso por el desierto no sólo fue para llevar al pueblo de Dios a la Tierra Prometida, sino para enseñarlo a depender solamente de El.

De allí que el paso por el desierto tenga para nosotros también un sentido de conversión, porque si bien Dios nos ama como somos, nos ama demasiado para dejarnos así. 
 Por eso nos llama a la conversión, especialmente en este tiempo de Cuaresma, y nos hace pasar por las vicisitudes del desierto.

Para nosotros el paso por el desierto es una ruta de desapego, de cambio, de conversión profunda, para llegar a la total dependencia de Dios, a la total dependencia de Quien se identificó como “Yo soy”, el Ser Supremo, independiente, infinito, de quien dependemos totalmente ... aunque a veces hayamos creído lo contrario.

Nos portamos igual que el pueblo de Israel en el desierto, el cual nunca se decidió a una total entrega a Yavé, sino que tuvo sus vaivenes entre la obediencia a la Voluntad Divina y el reto a Dios, entre la confianza en la Providencia Divina y el reclamo a Dios, entre la fidelidad a Dios y la idolatría ...


                           




La historia del pueblo de Israel en el desierto es muy parecida a nuestra propia historia personal.

Por eso San Pablo en la Segunda Lectura (1 Cor. 10, 1-12), refiriendo los favores inmensos que Dios dio a los hebreos en el desierto, nos advierte contra una seguridad un tanto atrevida que solemos tener por el hecho de pertenecer al “nuevo” pueblo de Israel que es la Iglesia de Cristo.

Esa pertenencia a la Iglesia Católica, pertenencia que comienza con nuestro Bautismo y que continúa con los demás Sacramentos, no es garantía de salvación.  No basta esa pertenencia “oficial” a la Iglesia, sino que debemos intentar comportarnos de manera diferente a los israelitas en el desierto.

Dice San Pablo que todos esos israelitas recibieron las mismas gracias:  cruzaron el Mar Rojo, comieron el Maná, bebieron del agua de la Roca, etc.  Pero, sin embargo “la mayoría de ellos desagradaron a Dios y murieron en el desierto”.

¿Y nosotros?  ¿Cómo nos comportamos?  ¿No reclamamos a Dios como ellos?  ¿No retamos a Dios como ellos?  ¿No nos vamos tras ídolos que nos inventamos para sustituir a Dios, tal como ellos hicieron?  A lo mejor nuestros ídolos no son “becerros de oro”, pero son ídolos porque son sustitutos de Dios:  el dinero, el poder, el racionalismo, el sexo, nosotros mismos, etc.

San Pablo es claro: “Todas estas cosas les sucedieron a nuestros antepasados como un ejemplo para nosotros y fueron puestas en las Escrituras como advertencia para los que vivimos los últimos tiempos”.

Y nadie puede sentirse seguro.  Ni posición en la Iglesia, ni función dentro del pueblo de Dios, ni servicios prestados, ni la propia santidad, son prendas seguras de salvación, pues San Pablo agrega: “El que crea estar firme, tenga cuidado de no caer”.   El que se crea seguro, ¡cuidado!  ¡ojo!, no caiga.

Así como San Pablo cataloga de “advertencias” las cosas que sucedieron en el desierto, el Señor nos trae otras “advertencias” en el Evangelio de hoy (Lc. 13, 1-9).   Y ¿qué son esas “advertencias”?  Son llamados de Dios a la conversión.

La verdad es que Dios puede llamarnos a la conversión de muchas maneras.  Una de ellas es en forma de contrariedades que se nos pueden presentar en nuestro camino o de obstáculos que podemos encontrar o de desgracias que pueden ocurrirnos.

Sin embargo, tenemos la tendencia a catalogar este tipo de inconvenientes como castigos de Dios.  Pero no es así.  Los que llamamos “castigos”, vistos desde la perspectiva de Dios, pueden más bien ser “regalos”.  O “gracias”, como suelen llamarse en el lenguaje teológico, los regalos de Dios.

Jesús mismo nos aclaró esto al menos en dos oportunidades.  Una de ellas nos la presenta el Evangelio.  Y veamos la reacción del Señor al ser informado acerca de una masacre “cuando Pilato había dado muerte en el Templo a unos galileos, mientras estaban ofreciendo sus sacrificios”.

                           
                

Ante la información que le traen, Jesús no toma una posición de defensa nacionalista ante el poderío romano, sino más bien da una enseñanza que va más allá de las consideraciones humanas y políticas.  Y aprovecha la ocasión para mostrar que ese sufrimiento no tiene nada que ver con la condición de los fallecidos.

Y más importante aún: para hacer un dramático llamado al arrepentimiento, advirtiendo del riesgo que corremos si no nos convertimos.

¿Piensan ustedes que aquellos galileos, porque les sucedió esto, eran más pecadores que los demás galileos?, les pregunta.  Y El mismo contesta: “Ciertamente que no”.

Como para continuar el tema de la culpabilidad y el castigo, Jesús trae otro ejemplo similar a la discusión.  “Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿piensan que eran más culpables que todos los demás habitantes de Jerusalén?  Ciertamente que no”.

Recordemos también que cuando curó al ciego de nacimiento (Jn. 9, 2), los testigos del milagro querían saber la causa de la enfermedad y le preguntaron a Jesús si el ciego era ciego por culpa suya o por culpa de sus padres.  Y la respuesta del Señor fue muy clara: “No es por haber pecado él o sus padres, sino para que se manifieste en él la obra de Dios”.

Estas tres situaciones son parecidas a tragedias que sufren los seres humanos en nuestros días:  persecuciones, accidentes, enfermedades ... Y ¿por qué suceden estas cosas?  Lo contesta el mismo Jesús:  lo importante no es el por qué, sino el “para qué”: “para que se manifieste la obra de Dios”.

¿Y cuál es la obra de Dios?  Nuestra salvación, nuestra santificación.  Y es importante tener en cuenta que Dios trata de salvarnos a toda costa.

A veces lo hace con un milagro, como en el caso del ciego de nacimiento, porque las sanaciones, sin bien van dirigidas al cuerpo, tienen como objetivo principal la sanación del alma del enfermo, así como la conversión de los allegados y de los testigos del milagro.

A veces Dios hace su llamado a la santificación a través de serias advertencias, como el caso de los asesinados en el Templo y los aplastados por la torre.


                                 



Las palabras de Jesús que cierran el comentario sobre estos dos hechos muestran cómo lo que podemos considerar castigos de Dios son más bien llamadas suyas para que cambiemos de vida:  son “advertencias”.

Así les dijo a los presentes: “Si ustedes no se arrepienten, perecerán de manera semejante”.  No se refiere Jesús, por supuesto, a la muerte física, sino a la muerte espiritual, que podría llevarnos a la condenación.

Todo, menos el pecado, nos viene de Dios.  Las cosas buenas que nos suceden nos vienen de Dios.  Y las cosas que consideramos “malas” realmente no son “malas”, sino “buenas”, pues todo Dios lo dirige hacia nuestro máximo bien que es nuestra salvación eterna.

Pero, mientras no seamos capaces de tomar las situaciones de persecuciones, de accidentes o de enfermedades como advertencias para cambiar de vida, para convertirnos, para arrepentirnos de nuestras faltas y pecados, estamos desperdiciando estas llamadas que Dios nos está haciendo para nuestra salvación.

Dios nos habla claro: “Si mi pueblo se humilla, rezando y buscando mi rostro, y se vuelven de sus malos caminos, Yo, entonces, los oiré desde los Cielos, perdonaré sus pecados y sanaré su tierra” (2 Crónicas 7, 14).

Termina el Evangelio con la parábola de la higuera estéril.  La esterilidad de la higuera se refiere a la esterilidad de nuestra vida cuando no damos frutos espirituales.

Dios nos planta (nos crea), nos cuida (nos da todas las gracias que necesitamos). ¿Y nosotros? ¿Damos fruto? ¿O nos parecemos más bien a esas plantas muy frondosas llenas de hojas, pero sin ningún fruto en sus ramas, sólo hojas, hojas provenientes de nuestro egoísmo, hipocresía, falta de rectitud de intención, vanidad, auto-suficiencia, autonomía, racionalismo, orgullo, etc., etc.?

Dios espera frutos de santidad en nosotros mismos ... y frutos de santidad en los demás, por el servicio que espera de nosotros para la extensión de su Reino.  Pero ¿qué hacemos?  Nos creemos dueños de nosotros mismos.

No comprendemos que el árbol es del Señor. No comprendemos que estamos “ocupando la tierra inútilmente”.


                               


No comprendemos que Dios quiere que su árbol, plantado y cuidado por El, dé frutos y los dé en abundancia.  Pero ¡qué desperdicio!  Ocupamos espacio inútilmente, sin dar el fruto esperado.  Y el Dueño de la plantación después de tanto esperar, desea cortar la higuera estéril.

Pero siempre, como bien lo indica la parábola, Dios nos da otra oportunidad.  Interviene de inmediato la Misericordia Divina, infinita como todas sus cualidades, para darnos más gracias aún.  A pesar de nuestra esterilidad, nos dice el Evangelio que, antes de cortarla, espera un año más, “afloja la tierra alrededor y le echa abono, para ver si da fruto.  Si no, el año que viene la cortaré”.



domingo, 17 de marzo de 2019

«Jesús subió al monte a orar» (evangelio Dominical)




Hoy, segundo domingo de Cuaresma, la liturgia de la palabra nos trae invariablemente el episodio evangélico de la Transfiguración del Señor. Este año con los matices propios de san Lucas.

El tercer evangelista es quien subraya más intensamente a Jesús orante, el Hijo que está permanentemente unido al Padre a través de la oración personal, a veces íntima, escondida, a veces en presencia de sus discípulos, llena de la alegría del Espíritu Santo.

Fijémonos, pues, que Lucas es el único de los sinópticos que comienza la narración de este relato así: «Jesús (...) subió al monte a orar» (Lc 9,28), y, por tanto, también es el que especifica que la transfiguración del Maestro se produjo «mientras oraba» (Lc 9,29). No es éste un hecho secundario.

                      


La oración es presentada como el contexto idóneo, natural, para la visión de la gloria de Cristo: cuando Pedro, Juan y Santiago se despertaron, «vieron su gloria» (Lc 9,32). Pero no solamente la de Él, sino también la gloria que ya Dios manifestó en la Ley y los Profetas; éstos —dice el evangelista— «aparecían en gloria» (Lc 9,31). Efectivamente, también ellos encuentran el propio esplendor cuando el Hijo habla al Padre en el amor del Espíritu. Así, en el corazón de la Trinidad, la Pascua de Jesús, «su partida, que iba a cumplir en Jerusalén» (Lc 9,31) es el signo que manifiesta el designio de Dios desde siempre, llevado a término en el seno de la historia de Israel, hasta el cumplimiento definitivo, en la plenitud de los tiempos, en la muerte y la resurrección de Jesús, el Hijo encarnado.

Nos viene bien recordar, en esta Cuaresma y siempre, que solamente si dejamos aflorar el Espíritu de piedad en nuestra vida, estableciendo con el Señor una relación familiar, inseparable, podremos gozar de la contemplación de su gloria. Es urgente dejarnos impresionar por la visión del rostro del Transfigurado. A nuestra vivencia cristiana quizá le sobran palabras y le falta estupor, aquel que hizo de Pedro y de sus compañeros testigos auténticos de Cristo viviente.





Lectura del santo evangelio según san Lucas (9,28b-36):

                              



En aquel tiempo, Jesús cogió a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto de la montaña, para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos. De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén. Pedro y sus compañeros se caían de sueño; y, espabilándose, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él.
Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús: «Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» No sabía lo que decía.
Todavía estaba hablando, cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía: «Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadle.»
Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.

Palabra del Señor



COMENTARIO.

                                                
                                     




La Liturgia de este Domingo nos habla de la Transfiguración del Señor.  Nos habla de cómo serán nuestros cuerpos cuando seamos resucitados al final del tiempo y al comienzo de la eternidad, porque en ese momento maravilloso seremos transformados, seremos también transfigurados.

Es lo que nos dice San Pablo en la Segunda Lectura (Flp. 3,17 - 4,1).  Nos habla del momento de cuando vuelva Jesús del Cielo, en que “transformará nuestro cuerpo miserable en un cuerpo glorioso, semejante al suyo”.

Y ¿cómo es ese cuerpo glorioso de Jesús?  El momento en que pudo verse mejor esa gloria divina en Jesús fue en el Monte Tabor cuando, en virtud de su poder, se transfiguró ante Pedro, Santiago y Juan.

Entonces ¿de dónde sabemos cómo seremos al ser resucitados?  Entre otros pasajes de la Escritura, lo sabemos por boca ellos tres, que fueron los testigos de ese milagro maravilloso:  la Transfiguración del Señor.  Ese milagro fue preludio de la Resurrección de Cristo y es a la vez anuncio de nuestra propia resurrección.

                                     



Nos cuenta el Evangelio (Lc. 9, 28-36) que Jesús se llevó a esos tres discípulos al Monte Tabor.  Allí se puso a orar y, estando en oración, sucedió ese milagro de su gloria: “su rostro resplandeció como el sol y sus vestiduras se hicieron blancas y fulgurantes”.   Se entreabrió -por así decirlo- la cortina del Cielo y se nos mostró algo del esplendor de la gloria divina, la cual conocemos por el testimonio de los allí presentes.

Y decimos que se vio “algo” del esplendor de Dios, pues ningún ser humano hubiera podido soportar la visión completa de Dios.

Recordemos una de las experiencias de Moisés en el Monte Sinaí (Ex. 33, 7-11 y 18-23; Dt. 5, 22-27).  Moisés le pidió a Dios que quería ver su gloria y Yahvé le contestó: “Mi cara no la podrás ver, porque no puede verme el hombre y seguir viviendo ... tú, entonces, verás mis espaldas, pero mi cara no se puede ver”.

Ahora bien, Jesús tuvo un motivo para invitar a Pedro, Santiago y Juan a subir con El al monte. Y es que los apóstoles andaban consternados, porque días antes les había hecho el anuncio de su próximo juicio, Pasión, Muerte y posterior Resurrección.  Era necesario, entonces, reforzar la fe de sus más allegados, mostrándoles el fulgor y el poder de su gloria divina.  Era necesario reforzar la fe en la próxima Resurrección de Cristo y la fe en la futura resurrección de los seres humanos, fe que los Apóstoles transmitirían en sus enseñanzas.

Ciertamente, seremos resucitados.  Pero para ser así transformados, el camino es el mismo de Cristo, el que El comunicó a los Apóstoles con la Transfiguración y con el anuncio previo de su Pasión y Muerte:  primero la cruz y luego la resurrección.  Calvario y Tabor van juntos.  Rostro herido y desfigurado por la Pasión, y rostro refulgente en la Transfiguración.  Cuerpo ensangrentado y desangrado en la Cruz, y cuerpo cuya luz transforma su rostro y traspasa sus vestiduras en la Transfiguración.

Vemos como, para convencer a los Apóstoles de la necesidad de la Pasión (recordemos que días antes Pedro se había opuesto a que Jesús pasara por eso -Lc. 8, 31-11), en el momento de la Transfiguración aparecen conversando con Jesús dos importantísimos personajes del Antiguo Testamento:  Moisés y Elías, “hablando de la muerte que le esperaba a (Jesús) en Jerusalén”.

                                              



También nosotros hemos de ser convencidos que no hay resurrección sin muerte, no hay transfiguración sin cruz, no hay gloria sin negación de uno mismo.  Justo una semana antes de este milagro, Jesús había dicho, “no sólo a sus discípulos, sino a toda la gente: ‘Si alguno quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y sígame ... porque ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si se pierde a sí mismo?’” (Lc. 9, 23-25).

El Papa San Juan Pablo II recordó estas palabras de Jesús en la Cuaresma del 2001:  Ante el modelo cultural imperante en nuestros días hay que estar en abierto contraste con la mentalidad del “mundo”.  Y a esa mentalidad el Papa opone las palabras que Jesús le había dicho a todos los que le seguían, precisamente unos días antes de la Transfiguración: “El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para la Vida Eterna” (Lc. 9, 24).  Y explicaba el Papa: “En realidad la ‘Vida’ se encuentra cuando se sigue a Cristo por ‘el camino estrecho’.   Quien sigue el ‘el camino ancho’ y cómodo confunde lo que es ‘vida’ con satisfacciones efímeras”.

San Pablo también nos habla sobre el apego a las cosas de esta vida en la Segunda Lectura:  los que viven “como enemigos de la cruz de Cristo, acabarán en la perdición, porque su dios es el vientre ... sólo piensan en las cosas de la tierra”.

Pero, volvamos a la escena del Evangelio.  San Pedro, el impetuoso y resuelto, como estaba tan encantado con la visión divina de Jesús, propone quedarse allí, y se apresura a ofrecer construir tres tiendas:  una para Jesús, una para Moisés y otra para Elías.  “No sabía lo que decía”, nos comenta el Evangelio.


                                  



Y ¿qué sucede, entonces?  “No había terminado de hablar, cuando se formó una nube que los cubrió y ellos al verse envueltos por la nube, se llenaron de miedo”.  Por cierto, ese “miedo”no es propiamente miedo, sino ese temor reverencial ante la presencia de Dios que sobrecoge.  Es la misma nube que en otros pasajes de la Escritura (cfr. Ex. 19 y 1 Re. 8, 10) indica la presencia majestuosa y omnipotente del Padre.  Y sólo se oyó su voz: “Este es mi Hijo, mi escogido.  Escúchenlo”.

Es decir, en cuanto Pedro propone quedarse en lo agradable de la vida del espíritu, cuando pide quedarse sobre el Monte Tabor gozando de los consuelos espirituales, Dios mismo interviene y le responde diciéndole que escuche y siga las enseñanzas de su amado Hijo.

¿Qué nos dice esto?  Que cuando hay consolaciones y gustos espirituales, si es que los hay así sensibles como en la Transfiguración, debemos tener en cuenta que Dios no los da para que nos quedemos solazándonos en esos regalos.  Esos dones no son para quedarnos a vivir en el Tabor, como pretendió Pedro.  Son gracias especiales para animarnos, para fortalecernos, para impulsarnos a la entrega a Dios y a su servicio.

Lo mismo se aplica para las gracias consideradas menos extra-ordinarias, como pueden ser las gracias de virtud, de Sabiduría, de escogencia, etc. que no suelen ser sensibles, pero que tienen la misma finalidad.  Todas son para impulsarnos al amor a Dios y al amor a nuestros semejantes:  entrega y servicio ...  escucha y seguimiento de Cristo.

                                     



Porque escuchar a Cristo es seguirlo a El en todo.  Sea en el Calvario y en el Tabor.  Sea en las penas y en las alegrías.  Sea en los triunfos y en los fracasos.  Sea en lo fácil y en lo difícil.  Sea en lo agradable y lo desagradable.  Sea en los aciertos y en los desaciertos.  Todo, menos el pecado, es Voluntad de Dios.  Todo está enmarcado dentro de sus planes.  Y sus planes están dirigidos a nuestro máximo bien que es nuestra salvación y futura resurrección al final del tiempo.

La Primera Lectura (Gn. 15, 5-18) nos narra la alianza de Dios con Abraham.  Y ¿qué significa que Dios hace una alianza con seres humanos?  Significa algo así como lo que hoy día es un contrato.  Cada parte se compromete a algo.  Dios se comprometió a darle una tierra en posesión y una descendencia numerosísima a Abraham.

Y es así como en esta oportunidad, al profetizarle por tercera vez esa abundante descendencia, le muestra además la tierra que le dará.  Abraham, acostumbrado a los acuerdos que hacían los pueblos nómadas de aquellos tiempos y siguiendo las instrucciones de Dios, prepara unos animales.  Era usual que cuando se sellaba un pacto, los pactantes pasaban por entre las dos mitades de un animal sacrificado.  Abraham hizo su parte y Dios en forma de fuego cumple la suya.


                                                   



Ahora bien, a Abraham Dios le prometió una tierra aquí en este planeta.  Esa fue la promesa hecha al antiguo pueblo de Israel en la persona de Abraham.  La tierra prometida fue la promesa. En esa vieja alianza aparecen animales como víctimas.

Pero, posteriormente, Dios hizo una Nueva Alianza, en la que Cristo es la Víctima, por cuyo sacrificio en la Cruz todo el género humano tiene derecho a una patria que es mucho mejor que la antigua tierra prometida:  es el Cielo, el gozo de la Visión Beatífica, cuando seremos transfigurados por la resurrección que Cristo prometió a los que le amen.

Pero ¿cómo es eso de resucitar? Cuando se reúnan nuestros cuerpos muertos con nuestras almas inmortales –que eso es resucitar- Dios nos transformará, nos glorificará con su gloria, nos iluminará con su luz infinita ... es decir, nos transfigurará.  Una idea de cómo será eso la tuvieron los tres Apóstoles en el Tabor.

Al respecto nos dijo el Papa San Juan Pablo II: “No se ha de pensar que la transfiguración se producirá sólo en el más allá, después de la muerte ... si la transfiguración del cuerpo ocurrirá al final de los tiempos con la resurrección de la carne, la del corazón tiene lugar ya ahora en esta tierra, con la ayuda de la gracia.  Podemos preguntarnos ¿cómo son los hombres y mujeres ‘transfigurados’?   La respuesta es muy hermosa:  son los que siguen a Cristo en su vida y en su muerte, se inspiran en El y se dejan inundar por la gracia que El nos da” (JP II, 14-3-2001).


                         



Pero esa transformación no es automática:  tenemos que poner de nuestra parte para que se dé esa transfiguración de nuestra alma.

Porque, seremos resucitados –eso es una verdad de Fe- peeeero: no todos seremos resucitados para una vida de gloria y máxima felicidad, en cuerpos transfigurados y refulgentes.  Hay condiciones para optar a esa transfiguración cuando llegue el momento.  Nos lo dice el Señor a través de San Juan Evangelista, testigo de la Transfiguración: “Los que hicieron bien resucitarán para la Vida; pero los que obraron mal resucitarán para la condenación” (Jn. 5, 29).












Fuentes:
Sagradas Escrituras
Homilias.org
Evangeli.org