domingo, 31 de mayo de 2020

«Recibid el Espíritu Santo» (Evangelio Dominical)






Hoy, en el día de Pentecostés se realiza el cumplimiento de la promesa que Cristo había hecho a los Apóstoles. En la tarde del día de Pascua sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo» (Jn 20,22). La venida del Espíritu Santo el día de Pentecostés renueva y lleva a plenitud ese don de un modo solemne y con manifestaciones externas. Así culmina el misterio pascual.

El Espíritu que Jesús comunica, crea en el discípulo una nueva condición humana, y produce unidad. Cuando el orgullo del hombre le lleva a desafiar a Dios construyendo la torre de Babel, Dios confunde sus lenguas y no pueden entenderse. En Pentecostés sucede lo contrario: por gracia del Espíritu Santo, los Apóstoles son entendidos por gentes de las más diversas procedencias y lenguas.

El Espíritu Santo es el Maestro interior que guía al discípulo hacia la verdad, que le mueve a obrar el bien, que lo consuela en el dolor, que lo transforma interiormente, dándole una fuerza, una capacidad nuevas.


                             







El primer día de Pentecostés de la era cristiana, los Apóstoles estaban reunidos en compañía de María, y estaban en oración. El recogimiento, la actitud orante es imprescindible para recibir el Espíritu. «De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno» (Hch 2,2-3).

Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y se pusieron a predicar valientemente. Aquellos hombres atemorizados habían sido transformados en valientes predicadores que no temían la cárcel, ni la tortura, ni el martirio. No es extraño; la fuerza del Espíritu estaba en ellos.

El Espíritu Santo, Tercera Persona de la Santísima Trinidad, es el alma de mi alma, la vida de mi vida, el ser de mi ser; es mi santificador, el huésped de mi interior más profundo. Para llegar a la madurez en la vida de fe es preciso que la relación con Él sea cada vez más consciente, más personal. En esta celebración de Pentecostés abramos las puertas de nuestro interior de par en par.







COMENTARIO



                  





A los cincuenta días de la Resurrección del Señor celebramos la venida del Espíritu Santo a la Virgen y a los Apóstoles.  El Espíritu Santo fue prometido por Jesucristo varias veces antes de su muerte y también después de su Resurrección, antes de su partida definitiva cuando subió a los Cielos.

Y... ¿quién es el Espíritu Santo?  El Espíritu Santo es nada menos que el Espíritu de Dios; es decir, el Espíritu de Jesús y el Espíritu del Padre.  El es la presencia de Dios en el mundo.  El es la promesa cumplida del Señor cuando nos dijo: “Miren que estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt. 28, 20).

El Espíritu Santo es nuestro Maestro y nuestro Guía mientras vamos a la meta a la cual hemos sido llamados.  Y ¿cuál es esa meta?  Es el Cielo que el Señor nos muestra en su Ascensión y que ha prometido a aquéllos que cumplan la Voluntad del Padre.

Al Espíritu Santo se le dan muchos nombres: Paráclito (o Abogado), Consolador, Espíritu de la Verdad, Espíritu de Amor, etc.,  y de acuerdo a todos estos títulos, se le atribuyen muchas funciones para con nosotros los seres humanos.

El Espíritu Santo nos asiste a los seres humanos en muchas cosas.  Quizá la principal sea aquélla de santificarnos, es decir, de hacernos santos.  ¡Menuda tarea la del Espíritu Santo!

Y ¿cómo hace el Espíritu Santo esa tarea?  ¿Cómo nos va santificando?  Su labor es imperceptible, pero de que la hace, la hace.  El problema es que algunos colaboran con El y otros no.  Y mayor problema aún es que, si no colaboramos, el Espíritu Santo no puede hacer su labor.  ¿Qué tal?

La principal de estas funciones tal vez sea la de nuestra santificación.  Es el Espíritu Santo quien, con sus suaves inspiraciones, nos va sugiriendo cómo transitar por el camino de la santidad, por ese camino que nos lleva al Cielo.

Con suaves inspiraciones, cual suave brisa (1 Reyes 19, 12) nos va inspirando para llevarnos y mantenernos en el camino de la santidad.Y el mismo Señor nos dice que el Espíritu Santo sopla donde quiere (Jn. 3, 8).

Entonces, si el Espíritu Santo es como una suave brisa, nosotros debemos estar pendientes de percibirla.  Eso significa que debemos estar atentos a las inspiraciones del Espíritu Santo.  Pero ¡hay tanto! ruido para oírlas!  Por eso hay que buscar momentos de silencio.  Y al oírlas, algo hay que hacer al respecto ¿no?  ¿Qué?  Habría que ser dóciles a esas sugerencias, para poder andar por esta vida guiados por Él hacia nuestra meta definitiva.

El Espíritu Santo es el Espíritu de la Verdad y es nuestro Maestro.  Eso nos lo dijo Jesucristo: “Tengo muchas cosas más que decirles, pero ustedes no pueden entenderlas ahora.  Pero cuando venga El, el Espíritu de la Verdad, El los llevará a la verdad plena... El les enseñará todas las cosas y les recordará todo lo que yo les he dicho” (Jn. 16, 12 y 14, 26).

Es el Espíritu Santo Quien nos lleva a conocer y a vivir todo lo que Cristo nos ha dicho; es decir, nos lleva a conocer y a aceptar el Mensaje de Cristo en su totalidad: nos lleva a la Verdad plena.

En Pentecostés conmemoramos, entonces, la Venida del Espíritu Santo a la Iglesia y rogamos porque ese Espíritu de Verdad se derrame en cada uno de nosotros, que formamos parte de la Iglesia, para poder vivir todo lo que Jesús nos enseñó, para poder ser santificados por Él.

¿Cómo realiza el Espíritu Santo su labor de santificación en nosotros?  El Espíritu Santo se va derramando en cada uno de nosotros con sus gracias, dones, frutos y carismas(ver Segunda Lectura:  1Co.12, 3-7. 12-13).  Todos estos son regalos del Espíritu Santo; es decir, cosas que recibimos de gratis, como un obsequio y, además... sin merecerlas.

Y todos estos regalos del Espíritu Santo son los auxilios que Dios nos da para el desarrollo de nuestra vida espiritual, para ayudarnos en nuestra santificación, para ayudarnos a llegar a nuestra meta definitiva que es el Cielo.

¿Qué hacer para poder recibir todos estos regalos del Espíritu Santo?

Para respondernos esto, veamos cómo fue esa primera venida del Espíritu Santo.  Los Apóstoles se habían visto privados de la presencia visible y sensible del Señor cuando El subió a los cielos en su Ascensión.


                                      




Recordemos que en los cuarenta días que transcurrieron entre su Resurrección y su Ascensión, Jesús Resucitado estuvo apareciéndosele a los Apóstoles y discípulos para fortalecerlos en la fe, para que se dieran cuenta de que realmente había resucitado y de que estaba vivo.

Con su partida definitiva, al subir al Cielo, ellos deben continuar su camino y cumplir la misión que les había encomendado, sin tener a Jesús a su lado, acompañados y conducidos por su Espíritu, por el Espíritu Santo.

Recordemos cómo eran los Apóstoles antes de Pentecostés.  Vemos unos hombres temerosos y tímidos: al comenzar la persecución contra Jesús, desaparecieron y se dispersaron.

Aparte de esto, eran bastante torpes para comprender las Escrituras y para entender las enseñanzas de Jesús... tanto así que en algunos momentos Jesús les tuvo que reprender porque no terminaban de entender lo que les decía.

Pero el cambio en Pentecostés fue radical: luego de recibir el Espíritu Santo, cambiaron totalmente: se lanzaron a predicar sin ningún temor y llenos de sabiduría divina.

Vemos en el relato tomado de los Hechos de los Apóstoles que hasta se les soltaron las lenguas y comenzaron a hablar con gran poder de lenguaje y sabiduría.  Eso se los había dado el Espíritu Santo, y así podían comunicarse con todos los extranjeros que estaban en Jerusalén en ese momento. (Ver. Primera Lectura: He. 2, 1-11)

Así llamaron a todos a la conversión y bautizaban a los que acogían el mensaje de Jesucristo Salvador.  Comenzaron a formar discípulos y comunidades, asistían a los necesitados... sufrieron persecuciones,  e inclusive, llegaron hasta el martirio.

¿Cómo pudo suceder toda esta trasformación?  El protagonista de este cambio tan radical fue el Espíritu Santo; es decir, el Espíritu Santo hizo esas maravillas en ellos.








Pero veamos lo más importante: ¿Qué hacían los Apóstoles antes de Pentecostés?  Nos dice el libro de los Hechos de los Apóstoles: “Todos ellos perseveraban en la oración con un mismo espíritu... en compañía de María, la Madre de Jesús... Acudían diariamente al Templo con mucho entusiasmo” (Hech. 1, 12-14 y 2, 46).

He aquí el secreto para recibir al Espíritu Santo.  Para que el Espíritu Santo pueda santificarnos el secreto es la oración y para escucharlo, el audífono también es la oración: oración perseverante, frecuente, con entusiasmo, con la Santísima Virgen María.  ¡Ven, Espíritu Santo!


















Fuentes:
Sagradas Escrituras
Evangeli.org
Homilias.org

domingo, 24 de mayo de 2020

«Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra» (Evangelio Dominical)






Hoy, contemplamos unas manos que bendicen —el último gesto terreno del Señor (cf. Lc 24,51). O unas huellas marcadas sobre un montículo —la última señal visible del paso de Dios por nuestra tierra. En ocasiones, se representa ese montículo como una roca, y la huella de sus pisadas queda grabada no sobre tierra, sino en la roca. Como aludiendo a aquella piedra que Él anunció y que pronto será sellada por el viento y el fuego de Pentecostés. La iconografía emplea desde la antigüedad esos símbolos tan sugerentes. Y también la nube misteriosa —sombra y luz al mismo tiempo— que acompaña a tantas teofanías ya en el Antiguo Testamento. El rostro del Señor nos deslumbraría.

San León Magno nos ayuda a profundizar en el suceso: «Lo que era visible en nuestro Salvador ha pasado ahora a sus misterios». ¿A qué misterios? A los que ha confiado a su Iglesia. El gesto de bendición se despliega en la liturgia, las huellas sobre tierra marcan el camino de los sacramentos. Y es un camino que conduce a la plenitud del definitivo encuentro con Dios.


               




Los Apóstoles habrán tenido tiempo para habituarse al otro modo de ser de su Maestro a lo largo de aquellos cuarenta días, en los que el Señor —nos dicen los exegetas— no “se aparece”, sino que —en fiel traducción literal— “se deja ver”. Ahora, en ese postrer encuentro, se renueva el asombro. Porque ahora descubren que, en adelante, no sólo anunciarán la Palabra, sino que infundirán vida y salud, con el gesto visible y la palabra audible: en el bautismo y en los demás sacramentos.

«Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18). Todo poder.... Ir a todas las gentes... Y enseñar a guardar todo... Y El estará con ellos —con su Iglesia, con nosotros— todos los tiempos (cf. Mt 28,19-20). Ese “todo” retumba a través de espacio y tiempo, afirmándonos en la esperanza.





Evangelio


                 




Conclusión del santo evangelio según san Mateo (28,16-20):

EN aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.
Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron.
Acercándose a ellos, Jesús les dijo:
«Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.
Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos».

Palabra del Señor




COMENTARIO


            




La Ascensión del Señor es una fiesta de grandísima esperanza para los que creemos en Jesucristo y seguimos su Palabra, porque sabemos que primero se fue Él al Cielo, pero la celebración de este misterio nos da la seguridad de que también nosotros podemos seguirle allí.

Así nos lo había dicho Jesucristo al anunciar su partida: “En la Casa de mi Padre hay muchas mansiones, y voy allá a prepararles un lugar... Volveré y los llevaré junto a Mí, para que donde Yo estoy, estén también ustedes” (Jn. 14,2-3).

Sabemos que el derecho al Cielo ya nos ha sido adquirido por Jesucristo y que El nos ha preparado un lugar a cada uno de nosotros.  No lo dejemos vacío.

¿Cómo llegamos?  Bueno … hay que vivir en esta vida de tal forma que merezcamos ocupar ese lugar.

Esta solemne festividad nos recuerda también algo que nos dijo en otra oportunidad:  “Donde está tu tesoro, allí está tu corazón” (Mt. 6, 21). ¿Cuál, entonces, debe ser nuestro tesoro y dónde debe estar nuestro corazón?  Nuestro tesoro no puede ser menos que Dios y las cosas de Dios; nuestro corazón tiene que estar puesto en el Cielo, donde Cristo ya está esperando por cada uno de nosotros.

La Segunda Lectura nos narra cómo San Pablo ora con mucho entusiasmo “el Padre de la gloria…ilumine vuestras mentes de manera que comprendan cuál es la esperanza a la cual estamos llamados y cuán gloriosa y rica es la herencia que Dios da a los que son suyos” (Ef. 1, 17-23).



                            




Recordemos cómo fueron los sucesos después de la Resurrección del Señor.  Sabemos que Jesucristo le dio a sus Apóstoles y discípulos muchas pruebas de que estaba vivo, pues durante cuarenta días se les estuvo apareciendo y les hizo ver que realmente había resucitado.

Uno de esos días, ante el asombro de ellos, se les apareció y les dijo:  “¿Por qué se asustan tanto y por qué dudan?  Miren mis manos y mis pies.  Soy Yo mismo.  Tóquenme y fíjense que un espíritu no tiene carne y huesos, como ustedes ven que tengo Yo”.  Les mostró, entonces, las heridas de sus manos y sus pies, y para que no les quedara duda de que no era un fantasma, sino El mismo en cuerpo y alma, les pidió algo de comer y comió delante de ellos. (Lc. 24, 36-42).

El último de esos cuarenta días los citó al Monte de los Olivos; allí les anunció que muy pronto recibirían el Espíritu Santo que los fortalecería para la tarea de llevar su mensaje de salvación a todo el mundo, les dio sus últimas instrucciones, y poco a poco “se fue elevando a la vista de ellos” (Hech.1, 1-11 y Mt. 28, 16-20).

¡Cómo sería esa escena!  Si la Transfiguración del Señor fue algo tan impresionante, ¡cómo sería la Ascensión!  Quedaron todos los presentes tan impactados que aún después de haber desaparecido Jesús, ocultado por una nube, seguían mirando fijamente al Cielo.

Fue, entonces, cuando dos Ángeles interrumpieron ese éxtasis colectivo de amor, de nostalgia, de admiración viendo al Señor.  Jesús Resucitado radiantísimo ahora había ascendido al Cielo.  Los Ángeles les dijeron:  “¿Qué hacen ahí mirando al cielo?  Ese mismo Jesús que los ha dejado para subir al Cielo, volverá como lo han visto alejarse” (Hech. 1,11).

Importantísimo recordar ese anuncio profético de los Ángeles sobre la Segunda Venida de Jesucristo, en la que volverá de igual manera: en gloria y desde el Cielo.






Importantísimo porque Jesús volverá, pero no aparecerá entre nosotros como uno más, como vino hace dos mil años, sino que vendrá como llegan los relámpagos:  de sorpresa, deslumbrante, de manera impactante, posiblemente en medio de un ruido estremecedor, porque vendrá en gloria desde el Cielo.  Y en ese momento volverá como Juez a establecer su reinado definitivo.

Así lo reconocemos cada vez que rezamos el Credo:  de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su Reino no tendrá fin.

Esto es importante recordarlo porque el mismo Jesucristo nos anunció que muchos vendrán haciéndose pasar por Él, haciendo prodigios, tratando de asemejarse a Él, llamándose -como Él- “Cristo”, declarándose Mesías y enseñando falsedades.

“Miren que se los he advertido de antemano”,  nos dice el Señor.  “Por lo tanto, si alguien les dice: ¡Está en tal lugar!, no lo crean.  Pues cuando venga el Hijo del Hombre será como un relámpago que parte del oriente y brilla hasta el poniente” (Mt. 24, 21-28).  Será como lo anunciaron los Ángeles después de la Ascensión:  Cristo volverá como se fue  ¡glorioso y triunfante!

La fiesta de la Ascensión de Jesucristo al Cielo está llena de paradojas.  Son como aparentes contradicciones que, vistas a la luz de la Fe tienen gran sentido:

- Jesús se va, pero dice a sus discípulos que se quedará con ellos.

- Dios Hijo va a Dios Padre, pero dice que le enviarán el Espíritu Santo.

- Jesús se va, pero volverá de nuevo.

- Jesús los deja, pero les dice que un día estarán con Él.

- Jesús mora arriba, pero les dice que mora dentro.

- Su obra en la tierra parece terminada, pero su obra en la tierra continúa.

Son motivos para reflexionar que Jesús nos deja a propósito de su partida al Cielo.

Pero más que todo, la Ascensión de Jesucristo al Cielo glorioso en cuerpo y alma nos despierta el anhelo de Cielo, nos reaviva la esperanza de nuestra futura inmortalidad, también gloriosos en cuerpo y alma, como Él, para disfrutar con Él y en Él de una felicidad completa, perfecta y para siempre.

¡Esta es la esperanza a la cual hemos sido llamados!  ¡Esta es la herencia que nos ha sido ofrecida!



                               





Si somos del Señor, “si somos suyos” -como nos dice San Pablo en la Segunda Lectura- es decir:

- si cumplimos la Voluntad de Dios en esta vida,

- si seguimos sus designios para con nosotros,

- si nuestro corazón está en las cosas de Dios,

- si nuestra mirada está fija en el Cielo ... la fuerza poderosa de Dios que resucitó a Cristo de entre los muertos y lo hizo ascender a los Cielos para sentarse a la derecha del Padre, nos resucitará también a nosotros y nos hará reinar con El en su gloria por siempre.  Amén. 













Fuentes:
Sagradas Escrituras
Evangeli.org
Homilias.org