domingo, 27 de septiembre de 2020

«¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?» (Evangelio Dominical)

 


Hoy, contemplamos al padre y dueño de la viña pidiendo a sus dos hijos: «Hijo, vete hoy a trabajar en la viña» (Mt 21,29). Uno dice “sí”, y no va. El otro dice “no”, y va. Ninguno de los dos mantiene la palabra dada.

Seguramente, el que dice “sí” y se queda en casa no pretende engañar a su padre. Será simplemente pereza, no sólo “pereza de hacer”, sino también de reflexionar. Su lema: “A mí, ¿qué me importa lo que dije ayer?”.

Al del “no”, sí que le importa lo que dijo ayer. Le remuerde aquel desaire con su padre. Del dolor arranca la valentía de rectificar. Corrige la palabra falsa con el hecho certero. “Errare, humanum est?”. Sí, pero más humano aún —y más concorde con la verdad interior grabada en nosotros— es rectificar. Aunque cuesta, porque significa humillarse, aplastar la soberbia y la vanidad. Alguna vez habremos vivido momentos así: corregir una decisión precipitada, un juicio temerario, una valoración injusta... Luego, un suspiro de alivio: —Gracias, Señor!


                              




«En verdad os digo que los publicanos y las rameras llegan antes que vosotros al Reino de Dios» (Mt 21,31). San Juan Crisóstomo resalta la maestría psicológica del Señor ante esos “sumos sacerdotes”: «No les echa en cara directamente: ‘¿Por qué no habéis creído a Juan?’, sino que antes bien les confronta —lo que resulta mucho más punzante— con los publicanos y prostitutas. Así les reprocha con la fuerza patente de los hechos la malicia de un comportamiento marcado por respetos humanos y vanagloria».

Metidos ya en la escena, quizá echemos de menos la presencia de un tercer hijo, dado a las medias tintas, en cuyo talante nos sería más fácil reconocernos y pedir perdón, avergonzados. Nos lo inventamos —con permiso del Señor— y le oímos contestar al padre, con voz apagada: ‘Puede que sí, puede que no…’. Y hay quien dice haber oído el final: ‘Lo más probable es que a lo mejor quién sabe…’.

 

 

Lectura del santo evangelio según san Mateo (21,28-32):




En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: "Hijo, ve hoy a trabajar en la viña." Él le contestó: "No quiero." Pero después recapacitó y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: "Voy, señor." Pero no fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre?»
Contestaron: «El primero.»
Jesús les dijo: «Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia, y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no recapacitasteis ni le creísteis.»

Palabra del Señor

 

 

 

COMENTARIO

 





En el Evangelio de hoy  (Mt. 21, 28-32), nos cuenta Jesús que un padre envía a sus dos hijos a trabajar.  Uno le contesta que sí va a trabajar... pero realmente se escapa de su obligación y no va.  El otro le dice que no quiere ir, pero luego recapacita y va a hacer lo que el padre quiere.

 

Jesús tenía una audiencia resistente a sus enseñanzas.  Por eso les pregunta:   “¿Cuál de los dos hijos hizo la voluntad del padre?”.   Por supuesto, tuvieron que responderle de la única manera que podía responderse: “El segundo”  fue quien hizo lo correcto.

 

Luego pasa a acusar a sus interlocutores, diciéndoles que los pecadores, “los publicanos y prostitutas se les han adelantado en el camino del Reino de Dios”.   Y confirma su acusación, reclamándoles que tampoco le hicieron caso a San Juan Bautista, el primo de Jesús que predicó antes que Él, llamándolos a la conversión y el arrepentimiento.

 

¿Por qué esta fuerte reprensión del Señor?  Porque ésos que se oponen a Jesús son miembros importantes del pueblo elegido por Dios, son los primeros llamados para recibir el mensaje de salvación que trae el Mesías esperado.  Y como el hijo de la parábola, habían dado el “sí”, pero luego no estaban haciendo lo que el Padre esperaba de ellos.

 

Se sentían muy seguros de su “sabiduría” y de su “santidad”... Tan santos se consideraban, que creían que no necesitaban convertirse cuando el Bautista llamaba al arrepentimiento.  Y tan sabios, que pretendían oponerse al Mesías enviado por Dios.


           



El otro hijo representa a los pecadores que cambian, aquéllos que inicialmente dicen que no, pero luego se arrepienten y terminan haciendo la voluntad del padre.  Por eso Jesús les hacer ver a los allí presentes -y nos hace ver a nosotros hoy- que los pecadores, los despreciados por ellos, pueden estar más abiertos para seguir la Voluntad Divina y, por tanto, para recibir el Reino de Dios.  Mientras que aquéllos que ya se consideran sabios y santos, se cierran porque  creen que  ya saben todo y piensan además que están muy bien.

 

 

La Primera Lectura (Ez. 18, 25-28) nos hace ver que aquéllos que han dicho sí inicialmente y se apartan del bien y del camino de la voluntad de Dios, no pueden culpar a Dios de su inconstancia -de su pecado- sino que tienen que buscar la culpa en ellos mismos.

 

Eso nos lo dice el Señor por boca del Profeta Ezequiel, enseñanza que refuerza lo que Jesús ha planteado en la parábola de este Domingo.  “Cuando el justo (el santo) se aparta de su justicia (de su santidad), comete la maldad y muere; muere por la maldad que cometió.  Cuando el pecador se arrepiente del mal que hizo y practica la rectitud y la justicia, si recapacita y se aparta de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá”  (Ez. 18, 25-28).

 

Resumiendo: Mientras estemos vivos siempre hay oportunidad de recapacitar y de arrepentirse.  Pero no por esto hay que esperar el último momento, porque no sabemos el día, ni la hora (cfr. Mt. 24, 26).

 

Y no basta ser fiel por un tiempo.  No basta decir sí una vez.  El SÍ que le damos al Señor debe ser constante y permanente.  Hay que dar el sí de una vez por todas.  Ese es el SÍ inicial.  Pero éste hay que reiterarlo en cada oportunidad, porque nos tocarán vivir  situaciones fáciles y difíciles, o momentos de alegría y de sufrimiento.  Y siempre hay que decir sí.




O sea que para vivir en la Voluntad de Dios se requiere constancia y perseverancia hasta el final. No basta ser fieles por un tiempo, sino todo el tiempo y hasta el final, pues nos dice el Señor: “El que se mantenga firme hasta el final, se salvará” (Mc. 13, 13).

 

Tampoco hay que sentirse seguro: “El que crea estar en pie, cuide de no caer” (1Cor. 10, 12).

 

Por último, estas lecturas constituyen un nuevo llamado a la humildad, a no creernos ya totalmente convertidos, ni demasiado “sabios”,  a sabernos necesitados de conversión siempre... hasta el último momento.

 

En la Primera Lectura San Pablo nos enseña hasta dónde llega la humildad de Jesús, que en todo debemos imitar: “El, a pesar de ser Dios, nunca hizo alarde de su condición de Dios, sino más bien se rebajó a sí mismo... se hizo semejante a los hombres... se humilló a sí mismo y por obediencia aceptó incluso la muerte, y una muerte de cruz”.  (Flp. 2, 1-11).

 

 







 Fuentes:

Sagradas Escrituras

Homilias.org

Evangeli.org

domingo, 30 de agosto de 2020

«El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga» (Evangelio Dominical)

 



Hoy, consideramos que ver a Jesús y seguirle requiere tener una obediencia madura que nos permita escuchar y ser responsables (capaces-de-responder). Y esto sólo es posible en las personas que verdaderamente se han liberado de los caprichos infantiles y de las pasiones: «El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga» (Mt 16,24). Escuchar y responder a la llamada de Dios en nuestras vidas cotidianas significa ser capaces de olvidarnos de nosotros mismos y de servir a los demás. Sólo el amor hace factible este “riesgo” (cf. Heb 5:8-9).

Buda dice que «para vivir una vida pura de entrega uno no debe reputar nada como propio en medio de la abundancia». Un ejemplo es la vida familiar donde los padres se entregan total y generosamente al bienestar de la familia, quizás hasta el punto de olvidarse de sí mismos. Ellos procuran actuar así para que sus hijos estén bien preparados para que tengan mejor futuro. Si es así, además, la familia será una y unida.

Tenemos cientos de conmovedores ejemplos de profesores, médicos, agentes sociales, personas consagradas y santos. El Papa Francisco nos empuja a “ver” a Jesús en nuestra vida corriente, pues «aunque la vida de una persona se mueva en un terreno lleno de espinas y malezas, hay siempre espacio en el cual la buena semilla puede crecer. ¡Tenéis que confiar en Dios!».

Un grano de trigo puede liberar toda su vitalidad sólo cuando se rompe y muere, como Jesús el cual muriendo mostró todo su amor dando la vida. El ejemplo del grano de trigo es la vida misma de Jesús y de cada discípulo que le sirve, que da testimonio de Él y que tiene vida en Él: «El que pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 16,25). ¡Amén!

 

 

 

Lectura del santo evangelio según san Mateo (16,21-27):


                               


 


 En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día.

Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: «¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.»
Jesús se volvió y dijo a Pedro: «Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas corno los hombres, no como Dios.»
Entonces dijo Jesús a sus discípulos: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.»

Palabra del Señor

 



COMENTARIO

 




Desde el momento que los Apóstoles reconocieron a Jesús como el Mesías esperado por el pueblo de Israel por ¡tantos siglos! y enseguida de dejar fundada su Iglesia, El comenzó a anunciarles que debía ir a Jerusalén, donde tendría que sufrir mucho de manos de las autoridades judías.  Les dijo además que terminaría siendo condenado a muerte, pero que resucitaría al tercer día.

 

En el primero de estos anuncios del Señor, Pedro, haciendo gala de su impulsividad característica, llama a Jesús aparte y le protesta, diciéndole: “Dios te libre, Señor.  Eso no te puede suceder a Ti” (Mt. 16, 21-27).  La respuesta de Jesús a Pedro es sumamente dura: “Retrocede, Satanás (Apártate de Mí, Satanás) y no intentes hacerme tropezar en mi camino, porque tu modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres”.

 

Sorprende esta respuesta del Señor aún más, porque pocos momentos antes Pedro había sido nombrado jefe de la Iglesia y Jesús lo había felicitado por haberlo reconocido como el Mesías.  Cristo le hizo ver que esa verdad que Pedro había reconocido y confesado no le venía de ningún hombre, sino que se la había revelado Dios Padre.  Pero en este episodio de hoy, Jesús llama a Pedro “Satanás” y lo acusa de tener el modo de pensar de los hombres.  Totalmente lo contrario a lo anterior.  ¿Qué ha sucedido?

 

Efectivamente, Pedro piensa en esto como los hombres y no como Dios.  El pensamiento de Dios es muy distinto al pensamiento del mundo.  ¡Cómo nos equivocamos los seres humanos cuando pretendemos que Dios se adapte a nuestro modo de ver las cosas, en vez de nosotros adaptarnos al modo de pensar de Dios!

 

San Pedro, en este episodio del Evangelio de hoy, utiliza los criterios del mundo y no los de Dios, por lo que se equivoca pensando que el Mesías, el Hijo de Dios, no podía ser perseguido y ajusticiado.  Y con esto expresa algo que es muy lógico para el pensar de los hombres, pero no para Dios: si alguien es tan importante como el Mesías esperado, éste tiene que ser una persona de éxito y de victoria; no puede morir perseguido y fracasado.  ¡Lo que Jesús está anunciando, sencillamente no puede ser!

 


             


                  

Además San Pedro está rechazando el sufrimiento para Jesús.  Así nos sucede a nosotros: no queremos sufrimiento ni para nosotros, ni para nuestros seres queridos.  Pero resulta que en el plan de Dios, el sufrimiento bien llevado trae muchos beneficios.  Y todo sufrimiento -aceptado en amor a Dios- tiene un valor ¡tan grande! que ese valor sirve de redención para quien sufre y, además, para muchos otros.

 

En la Segunda Lectura (Rom. 12, 1-2), San Pablo nos exhorta justamente a esto, a que nos ofrezcamos como “ofrenda viva, santa y agradable a Dios”.   Y va más lejos aún:  nos dice que en esa ofrenda de nosotros mismos a Dios consiste el verdadero culto.  El culto no es principalmente pedir a Dios, agradecer a Dios, alabar a Dios ... aunque es cierto que con todo esto le rendimos culto.  El culto consiste principalmente en ofrendar nuestro ser, nuestra vida, todo lo que somos y tenemos a Dios.   En eso consiste ADORAR A DIOS.  Así –adorando a Dios- es como seremos santos y agradables a El.  Eso es lo que nos dice San Pablo.

 

¡Claro!  Tener esta postura y esta convicción ante el sufrimiento no es fácil, no es lo natural.  Para ello hay que hacer lo que nos dice San Pablo:  “adquirir una nueva manera de pensar.  No se dejen transformar por los criterios de este mundo”.  Y esto significa remar contra la corriente, porque la corriente del mundo nos dice todo lo contrario.  Si nos dejamos llevar por la corriente del mundo, corremos el riesgo de ser corregidos como Pedro en el Evangelio de hoy:  “Retrocede, Satanás … porque tu modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres”.

 

En la Primera Lectura (Jer. 20, 7-9) oímos la queja del Profeta Jeremías, quien nos hace ver la burla y la persecución de que es objeto un hombre, elegido de Dios para llevar su palabra a los demás.  Nos hace ver también el deseo que tiene el Profeta de abandonar su misión, de no hacer la Voluntad de Dios.

 

Pero Dios, que es infinitamente misericordioso, “seduce” a Jeremías para que continúe su ingrata misión de anunciar violencia y destrucción, y cumpla así la Voluntad Divina.  Hay que dejarse “seducir” por el Señor para cumplir su Voluntad a costa de lo que sea: sufrimientos, persecuciones, burlas, etc.

 

¡Qué difícil es comprender y aceptar así el misterio del sufrimiento humano!  Especialmente si día tras día nos están proponiendo que no hay que sufrir. Pero eso no es lo que Cristo nos propone ni con su ejemplo, ni con su Palabra.


                                      



Efectivamente, en este pasaje evangélico Cristo anuncia su propia Pasión y Muerte. Pero no se detiene allí, sino que enseguida de recriminar a Pedro, hace un anuncio aún más impresionante:  no sólo va a tener que sufrir El, sino que cada uno de nosotros, si queremos seguirlo deberemos también sufrir con El.

 

“El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga.  Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por Mí, la encontrará”.

 

Esto es el Evangelio.  Pero ... ¡Qué distinto pensamos nosotros!  ¡Qué distinto a los que se nos propone cuando se presentan los sufrimientos!  Hoy en día hay hasta una secta que parece muy evangélica y muy cristiana, y su lema consiste en dejar de sufrir.

 

Ya San Pablo nos había prevenido, porque las sectas han existido siempre y les gusta crecer al lado del Cristianismo.  Como lo hacen hoy ... y con mucha fuerza, virulencia y engaño.  Así nos dice el Apóstol:

 

“Cualquiera puede llegar predicando otro Jesús, no como se lo predicamos ... con un evangelio diferente al que han aceptado ... Pero, aunque viniéramos nosotros o viniera algún ángel del cielo para anunciarles el Evangelio de otra manera que lo hemos anunciado, ¡sea maldito!  Ya se lo dijimos antes, pero ahora lo repito:  si alguien viene con un evangelio que no es lo que ustedes han recibido, ¡sea maldito!” (2 Cor. 11, 4 y Gal.1, 8-9).

 

Entonces, a pesar de lo que nos traten de vender, a pesar de lo que nos pueda parecer, para seguir a Cristo hay que perder la vida, hay que saber hacerse ofrenda viva, santa y agradable a Dios, como nos exhorta San Pablo;  hay que renunciar a lo que pareciera que es la vida, a lo que el mundo nos presenta como si fuera lo más importante en la vida.

 

Hay que renunciar a muchas cosas, pero la mayor y más importante renuncia y ofrenda que debemos hacer es la de nuestro propio yo:  renunciar a criterios propios, para asumir los de Dios; renunciar a la voluntad propia, para asumir la Voluntad de Dios.

 

¿Cuál es la Voluntad de Dios?  ¿Cómo conocer la Voluntad de Dios?  Esto es algo que siempre nos preguntamos.  Hoy San Pablo nos da una de las formas para conocer la Voluntad Divina, cuando nos dice en la Segunda Lectura:

 

                               



“No se dejen transformar por los criterios de este mundo, sino dejen que una nueva manera de pensar los transforme internamente, para que sepan distinguir cuál es la Voluntad de Dios, es decir, lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto”.

 

Quiere decir esto que para conocer la Voluntad de Dios hay que desprenderse de los criterios del mundo, hay que desprenderse del “yo”, hay que desprenderse de las formas de ser, de pensar y de actuar comunes y corrientes, propias del montón (de la mayoría), y dejarse tomar por las formas de ser, pensar y actuar de Dios.

 

Con esto ya no estaremos en la “mayoría”;  estaremos en la “minoría” -es cierto- pero estaremos en Dios y le daremos el culto que El desea y se merece.  Más aún, obtendremos la Verdadera Vida, aunque perdamos la “vida” que engañosamente el mundo nos ofrece como ¡tan importante!, como si fuera la verdadera vida.

 

Para seguir a Cristo hay que perder la vida:  hay que renunciar a lo que pareciera que es la vida, a lo que el mundo nos presenta como si fuera lo más importante en la vida:

 

Placer, poder, riqueza, éxito, lujos, comodidades, apegos, satisfacciones ... todas estas cosas, aún lícitas, forman parte de esa “vida” a la que hay que renunciar para abrazar la cruz que Jesús nos presente.

 

Si nos disponemos a perder todo eso, si nos disponemos a renunciar a nosotros mismos, convirtiéndonos en ofrendas vivas, santas y agradables a Dios, obtendremos la Verdadera Vida;  es decir, la que nos espera después de esta vida aquí en la tierra.






Si por el contrario, nos parecen esos criterios de mundo ¡tan importantes! que no los podemos dejar; si creemos que no podemos desprendernos de nuestras formas de pensar, de ser y de actuar de mundo, y equivocadamente tratamos de salvarlas como si fueran lo único en la vida, podemos correr el riesgo de perderlo todo:  lo de aquí y lo de allá, la vida y la Vida.

 

Y ... ¿de qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si pierde su Vida?  (Mt. 16, 26).

 

Con el Salmo 62 hemos ratificado nuestra entrega a Dios.  A Ti, Señor, se adhiere mi alma, pues mejor es tu Amor que la existencia.   Mejor eres Tú, Señor, que la vida que tengo que perder para tenerte a Ti.  Por eso mi alma está sedienta de Ti, todo mi ser te añora, como el suelo reseco añora el agua.