domingo, 8 de noviembre de 2020

«¡Ya está aquí el novio! ¡Salid a su encuentro!»(Evangelio Dominical)

 



Hoy, se nos invita a reflexionar sobre el fin de la existencia; se trata de una advertencia del Buen Dios acerca de nuestro fin último; no juguemos, pues, con la vida. «El Reino de los Cielos será semejante a diez vírgenes, que, con su lámpara en la mano, salieron al encuentro del novio» (Mt 25,1). El final de cada persona dependerá del camino que se escoja; la muerte es consecuencia de la vida -prudente o necia- que se ha llevado en este mundo. Muchachas necias son las que han escuchado el mensaje de Jesús, pero no lo han llevado a la práctica. Muchachas prudentes son las que lo han traducido en su vida, por eso entran al banquete del Reino.


La parábola es una llamada de atención muy seria. «Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora» (Mt 25,13). No dejen que nunca se apague la lámpara de la fe, porque cualquier momento puede ser el último. El Reino está ya aquí. Enciendan las lámparas con el aceite de la fe, de la fraternidad y de la caridad mutua. Nuestros corazones, llenos de luz, nos permitirán vivir la auténtica alegría aquí y ahora. Los que viven a nuestro alrededor se verán también iluminados y conocerán el gozo de la presencia del Novio esperado. Jesús nos pide que nunca nos falte ese aceite en nuestras lámparas.





Por eso, cuando el Concilio Vaticano II, que escoge en la Biblia las imágenes de la Iglesia, se refiere a esta comparación del novio y la novia, y pronuncia estas palabras: «La Iglesia es también descrita como esposa inmaculada del Cordero inmaculado, a la que Cristo amó y se entregó por ella para santificarla, la unió consigo en pacto indisoluble e incesantemente la alimenta y la cuida. A ella, libre de toda mancha, la quiso unida a sí y sumisa por el amor y la fidelidad».

 

 

Lectura del santo evangelio según san Mateo (25,1-13):




En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «Se parecerá el reino de los cielos a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran sensatas. Las necias, al tomar las lámparas, se dejaron el aceite; en cambio, las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: "¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!" Entonces se despertaron todas aquellas doncellas y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las sensatas: "Dadnos un poco de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas." Pero las sensatas contestaron: "Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis." Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras doncellas, diciendo: "Señor, señor, ábrenos." Pero él respondió: "Os lo aseguro: no os conozco." Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora.»


Palabra del Señor

 

 

 

COMENTARIO

 


 


En el léxico común “prudencia” significa cordura, sensatez, tacto, cautela.  Pero la virtud de la Prudencia es muchísimo más que eso.  Tan importante es esta virtud que la Biblia la cita como necesaria en varias oportunidades, tanto en el Antiguo Testamento (Prov. 10, 19; 11.12; 13, 16; 16, 21; 16, 23; 17, 27), como en las Cartas de San Pablo (1 Cor. 4, 10; 1 Tim. 3, 2; Tit. 2, 2; 2, 5; 2, 6).

 

El Libro de los Proverbios nos dice que “el hombre prudente procede con Sabiduría”  y nos dice también que “el sabio de corazón es llamado prudente” (Prov. 13, 16 y 16, 21).

 

De allí que la Primera Lectura de hoy sea tomada del libro de la Sabiduría (Sb. 6, 12-16).   Y que se nos diga en ella que “es prudencia consumada darle primacía a la Sabiduría en los pensamientos”.

 

Y ... ¿qué es la Sabiduría?

 

La Sabiduría con “S” mayúscula no es lo que se piensa el comúnmente:  saber mucho, acumular muchos conocimientos, saber aplicarlos, etc.

 




La verdadera Sabiduría consiste en poder ver las cosas a la luz de Dios; es ver todo como Dios lo ve.

 

Sabiduría es quitarnos los lentes turbios que solemos llevar, los cuales nos hacen ver las cosas de acuerdo a nuestro modo de pensar humano, y ponernos más bien los lentes claros y brillantes de Dios.  Estos lentes imaginarios nos permiten ver con claridad el camino que hemos de seguir, nos permiten actuar con la prudencia a la que nos invitan las lecturas de este domingo.

 

Sabiduría es saber ver las circunstancias de nuestra vida y la de otros, los hechos de la vida cotidiana, los acontecimientos nacionales y mundiales como Dios los ve.

 

En resumen:  Sabiduría es ver todo a la luz de Dios.  Sabiduría y prudencia van ligadas.  Según la Primera Lectura,  ser prudente es ser sabio.

 

Y es así porque virtud de la prudencia nos lleva a actuar de acuerdo a la luz de Dios, de acuerdo al modo como Dios ve las cosas, y no de acuerdo a nuestro modo humano de pensar.

 

En la Segunda Lectura (1 Tes. 4, 13-18) San Pablo nos muestra en qué consiste la muerte para los creyentes; nos enseña cómo ver la muerte con esa prudencia que el Señor nos pide, a la luz de la Sabiduría divina.

 

A la luz de Dios, la muerte no es motivo para “vivir tristes, sino para vivir en esperanza”,  pues la muerte es el paso necesario para el encuentro definitivo con el Señor –cuando lleguemos al Cielo, una vez purificados- y, posteriormente, para la resurrección que tendrá lugar al fin de los tiempos.


        


De allí que San Pablo nos diga: “a los que murieron en Jesús, Dios los llevará con Él”.  Dios nuestro Señor nos llevará a esa meta que Él nos ha prometido:  el Reino de los Cielos.  Eso sí:  siempre y cuando hagamos lo requerido por Él.

 

No es de extrañar, entonces, que Jesucristo nos presente la prudencia como un requerimiento para entrar al Reino de los Cielos, cuando nos cuenta la famosa parábola de las vírgenes necias, la cual nos trae el Evangelio de hoy.  (Mt. 25, 1-13).

 

Jesucristo llegará de improviso a llamar a su Banquete Eterno a toda la humanidad, representada por las diez jóvenes.  Cinco de las jóvenes eran prudentes y cinco eran imprudentes.  Las prudentes tenían suficiente aceite para mantener las lámparas encendidas; las otras cinco se quedaron sin aceite y sin poder entrar al Banquete Celestial.

 

Aunque no nos demos cuenta, la realidad es que vivimos nuestra vida terrena en espera del Señor, que puede llegar en cualquier momento para iniciar su Fiesta Eterna.  Pero para poder entrar a esa Fiesta a la que todos somos invitados, tenemos que estar preparados, con nuestras lámparas llenas del aceite de las virtudes y de las buenas obras.  Esta parábola es un llamado a ser prudentes.  ¿En qué consiste, entonces, la virtud de la Prudencia?

 

Consiste la Prudencia en saber lo que debemos hacer o dejar de hacer para alcanzar la vida eterna en cada situación que se nos presente.  ¡Nada menos!  Es decir:  la prudencia es como la guía que nos lleva al Banquete Celestial.

 

La prudencia incluye varios aspectos y se manifiesta de varias maneras.  Así,  la persona prudente:


                        



- sabe aplicar las experiencias del pasado al momento presente.

 

- puede decidir en el momento presente lo que es bueno o malo, conveniente o inconveniente, lícito o ilícito, siempre con miras al fin último, que es la vida eterna.

 

- sabe ser humilde y dócil para pedir consejo o aceptar corrección y orientación de personas sabias.

 

- sabe decidir “prudentemente” tanto en los casos urgentes, cuando no es posible detenerse en un largo examen, como en los casos no urgentes cuando sí puede hacer una reflexión detenida.

 

- puede decidir si debe actuar de una u otra manera, considerando todas las consecuencias que ese acto pueda tener, siempre con miras a la vida eterna.  Por ejemplo:  la persona prudente sabe que las humillaciones aceptadas son fuente de humildad para quien recibe la humillación, pero si una humillación también afecta a terceros, se da cuenta que puede ser prudente no aceptar esa humillación.

 

- sabe evitar los obstáculos que puedan poner en peligro el fin sobrenatural.  Concretamente la virtud de la prudencia indica cómo evitar el pecado y cómo evitar también la tentación al pecado.

 

Lo contrario a la prudencia es el descuido, la imprudencia.  Esta también tiene sus manifestaciones:

 

- actuar por capricho y con precipitación, sin tener en cuenta nuestro fin último.

 

- también incluye la inconstancia, que lleva a abandonar fácilmente y por capricho el fin sobrenatural que nos indica la prudencia.

 

- el imprudente es también negligente con relación a lo que hay que hacer para obtener la vida eterna.

 

- la principal imprudencia, sin embargo, es la de dar una imprudente sobre-valoración a las cosas terrenas, siendo precavido e imprudentemente “prudente” para las cosas de este mundo, pero descuidando las cosas que tienen que ver con la vida eterna.

 




Los prudentes entrarán al Banquete Celestial y los imprudentes tendrán que oír la sentencia que el Señor nos da al final de esta parábola:  “No los conozco”.  No conoce el Señor a quienes no dirigen sus decisiones y sus actos de acuerdo al fin último al que estamos todos invitados:  el Banquete Celestial.

 

Según esta parábola de las vírgenes necias, la virtud de la prudencia también incluye la previsión y la vigilancia.  Por eso el Señor cierra su relato con la siguiente advertencia: “Estén, pues, preparados, porque no saben ni el día ni la hora” (Mt. 25, 13).

 

 

 

 





Fuentes:

Sagradas Escrituras

Evangeli.org

Homilias.org

domingo, 27 de septiembre de 2020

«¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?» (Evangelio Dominical)

 


Hoy, contemplamos al padre y dueño de la viña pidiendo a sus dos hijos: «Hijo, vete hoy a trabajar en la viña» (Mt 21,29). Uno dice “sí”, y no va. El otro dice “no”, y va. Ninguno de los dos mantiene la palabra dada.

Seguramente, el que dice “sí” y se queda en casa no pretende engañar a su padre. Será simplemente pereza, no sólo “pereza de hacer”, sino también de reflexionar. Su lema: “A mí, ¿qué me importa lo que dije ayer?”.

Al del “no”, sí que le importa lo que dijo ayer. Le remuerde aquel desaire con su padre. Del dolor arranca la valentía de rectificar. Corrige la palabra falsa con el hecho certero. “Errare, humanum est?”. Sí, pero más humano aún —y más concorde con la verdad interior grabada en nosotros— es rectificar. Aunque cuesta, porque significa humillarse, aplastar la soberbia y la vanidad. Alguna vez habremos vivido momentos así: corregir una decisión precipitada, un juicio temerario, una valoración injusta... Luego, un suspiro de alivio: —Gracias, Señor!


                              




«En verdad os digo que los publicanos y las rameras llegan antes que vosotros al Reino de Dios» (Mt 21,31). San Juan Crisóstomo resalta la maestría psicológica del Señor ante esos “sumos sacerdotes”: «No les echa en cara directamente: ‘¿Por qué no habéis creído a Juan?’, sino que antes bien les confronta —lo que resulta mucho más punzante— con los publicanos y prostitutas. Así les reprocha con la fuerza patente de los hechos la malicia de un comportamiento marcado por respetos humanos y vanagloria».

Metidos ya en la escena, quizá echemos de menos la presencia de un tercer hijo, dado a las medias tintas, en cuyo talante nos sería más fácil reconocernos y pedir perdón, avergonzados. Nos lo inventamos —con permiso del Señor— y le oímos contestar al padre, con voz apagada: ‘Puede que sí, puede que no…’. Y hay quien dice haber oído el final: ‘Lo más probable es que a lo mejor quién sabe…’.

 

 

Lectura del santo evangelio según san Mateo (21,28-32):




En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: "Hijo, ve hoy a trabajar en la viña." Él le contestó: "No quiero." Pero después recapacitó y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: "Voy, señor." Pero no fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre?»
Contestaron: «El primero.»
Jesús les dijo: «Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia, y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no recapacitasteis ni le creísteis.»

Palabra del Señor

 

 

 

COMENTARIO

 





En el Evangelio de hoy  (Mt. 21, 28-32), nos cuenta Jesús que un padre envía a sus dos hijos a trabajar.  Uno le contesta que sí va a trabajar... pero realmente se escapa de su obligación y no va.  El otro le dice que no quiere ir, pero luego recapacita y va a hacer lo que el padre quiere.

 

Jesús tenía una audiencia resistente a sus enseñanzas.  Por eso les pregunta:   “¿Cuál de los dos hijos hizo la voluntad del padre?”.   Por supuesto, tuvieron que responderle de la única manera que podía responderse: “El segundo”  fue quien hizo lo correcto.

 

Luego pasa a acusar a sus interlocutores, diciéndoles que los pecadores, “los publicanos y prostitutas se les han adelantado en el camino del Reino de Dios”.   Y confirma su acusación, reclamándoles que tampoco le hicieron caso a San Juan Bautista, el primo de Jesús que predicó antes que Él, llamándolos a la conversión y el arrepentimiento.

 

¿Por qué esta fuerte reprensión del Señor?  Porque ésos que se oponen a Jesús son miembros importantes del pueblo elegido por Dios, son los primeros llamados para recibir el mensaje de salvación que trae el Mesías esperado.  Y como el hijo de la parábola, habían dado el “sí”, pero luego no estaban haciendo lo que el Padre esperaba de ellos.

 

Se sentían muy seguros de su “sabiduría” y de su “santidad”... Tan santos se consideraban, que creían que no necesitaban convertirse cuando el Bautista llamaba al arrepentimiento.  Y tan sabios, que pretendían oponerse al Mesías enviado por Dios.


           



El otro hijo representa a los pecadores que cambian, aquéllos que inicialmente dicen que no, pero luego se arrepienten y terminan haciendo la voluntad del padre.  Por eso Jesús les hacer ver a los allí presentes -y nos hace ver a nosotros hoy- que los pecadores, los despreciados por ellos, pueden estar más abiertos para seguir la Voluntad Divina y, por tanto, para recibir el Reino de Dios.  Mientras que aquéllos que ya se consideran sabios y santos, se cierran porque  creen que  ya saben todo y piensan además que están muy bien.

 

 

La Primera Lectura (Ez. 18, 25-28) nos hace ver que aquéllos que han dicho sí inicialmente y se apartan del bien y del camino de la voluntad de Dios, no pueden culpar a Dios de su inconstancia -de su pecado- sino que tienen que buscar la culpa en ellos mismos.

 

Eso nos lo dice el Señor por boca del Profeta Ezequiel, enseñanza que refuerza lo que Jesús ha planteado en la parábola de este Domingo.  “Cuando el justo (el santo) se aparta de su justicia (de su santidad), comete la maldad y muere; muere por la maldad que cometió.  Cuando el pecador se arrepiente del mal que hizo y practica la rectitud y la justicia, si recapacita y se aparta de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá”  (Ez. 18, 25-28).

 

Resumiendo: Mientras estemos vivos siempre hay oportunidad de recapacitar y de arrepentirse.  Pero no por esto hay que esperar el último momento, porque no sabemos el día, ni la hora (cfr. Mt. 24, 26).

 

Y no basta ser fiel por un tiempo.  No basta decir sí una vez.  El SÍ que le damos al Señor debe ser constante y permanente.  Hay que dar el sí de una vez por todas.  Ese es el SÍ inicial.  Pero éste hay que reiterarlo en cada oportunidad, porque nos tocarán vivir  situaciones fáciles y difíciles, o momentos de alegría y de sufrimiento.  Y siempre hay que decir sí.




O sea que para vivir en la Voluntad de Dios se requiere constancia y perseverancia hasta el final. No basta ser fieles por un tiempo, sino todo el tiempo y hasta el final, pues nos dice el Señor: “El que se mantenga firme hasta el final, se salvará” (Mc. 13, 13).

 

Tampoco hay que sentirse seguro: “El que crea estar en pie, cuide de no caer” (1Cor. 10, 12).

 

Por último, estas lecturas constituyen un nuevo llamado a la humildad, a no creernos ya totalmente convertidos, ni demasiado “sabios”,  a sabernos necesitados de conversión siempre... hasta el último momento.

 

En la Primera Lectura San Pablo nos enseña hasta dónde llega la humildad de Jesús, que en todo debemos imitar: “El, a pesar de ser Dios, nunca hizo alarde de su condición de Dios, sino más bien se rebajó a sí mismo... se hizo semejante a los hombres... se humilló a sí mismo y por obediencia aceptó incluso la muerte, y una muerte de cruz”.  (Flp. 2, 1-11).

 

 







 Fuentes:

Sagradas Escrituras

Homilias.org

Evangeli.org