domingo, 21 de noviembre de 2021

«Soy Rey. (...) Todo el que es de la verdad, escucha mi voz» (Evangelio Dominical)

 

 

Hoy, Jesucristo nos es presentado como Rey del Universo. Siempre me ha llamado la atención el énfasis que la Biblia da al nombre de “Rey” cuando lo aplica al Señor. «El Señor reina, vestido de majestad», hemos cantado en el Salmo 92. «Soy rey» (Jn 18,37), hemos oído en boca de Jesús mismo. «Bendito el rey que viene en nombre del Señor» (Lc 19,14), decía la gente cuando Él entraba en Jerusalén.

Ciertamente, la palabra “Rey”, aplicada a Dios y a Jesucristo, no tiene las connotaciones de la monarquía política tal como la conocemos. Pero, en cambio, sí que hay una cierta relación entre el lenguaje popular y el lenguaje bíblico respecto a la palabra “rey”. Por ejemplo, cuando una madre cuida a su bebé de pocos meses y le dice: —Tú eres el rey de la casa. ¿Qué está diciendo? Algo muy sencillo: que para ella este niñito ocupa el primer lugar, que lo es todo para ella. Cuando los jóvenes dicen que fulano es el rey del rock quieren decir que no hay nadie igual, lo mismo cuando hablan del rey del baloncesto. Entrad en el cuarto de un adolescente y veréis en la pared quiénes son sus “reyes”. Creo que estas expresiones populares se parecen más a lo que queremos decir cuando aclamamos a Dios como nuestro Rey y nos ayudan a entender la afirmación de Jesús sobre su realeza: «Mi Reino no es de este mundo» (Jn 18,36).

Para los cristianos nuestro Rey es el Señor, es decir, el centro hacia el que se dirige el sentido más profundo de nuestra vida. Al pedir en el Padrenuestro que venga a nosotros su reino, expresamos nuestro deseo de que crezca el número de personas que encuentren en Dios la fuente de la felicidad y se esfuercen por seguir el camino que Él nos ha enseñado, el camino de las bienaventuranzas. Pidámoslo de todo corazón, pues «dondequiera que esté Jesucristo, allí estará nuestra vida y nuestro reino» (San Ambrosio).

 


Lectura del santo evangelio según san Juan (18,33b-37):




En aquel tiempo, dijo Pilatos a Jesús: «¿Eres tú el rey de los judíos?»
Jesús le contestó: «¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?»
Pilato replicó: «¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?»
Jesús le contestó: «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí.»
Pilatos le dijo: «Conque, ¿tú eres rey?»
Jesús le contestó: «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz.»

Palabra del Señor

 

 


 

COMENTARIO

 



 

Con esta fiesta de Jesucristo Rey del Universo concluimos el presente Año Litúrgico, para comenzar el próximo domingo con el Adviento, en preparación para la Navidad.

 

Las lecturas de hoy, entonces, nos hablan del reinado de Cristo.  El Evangelio nos trae el interrogatorio de Pilatos a Jesús y sus respuestas.  Poco, poquísimo, habló Jesús en el injustísimo juicio sumario a que fue sometido, pero algo de lo que sí habló fue de su Reino, el Reino del cual Él es Rey.

 

A Jesús lo acusaron de que pretendía ser Rey, porque esa era la forma como sus enemigos lograrían que los Romanos lo crucificaran.  Por eso Pilato quiso precisarlo para ver si de verdad pretendía ser Rey de los judíos, cosa inaceptable por el Imperio Romano, cuyo único rey era el César.  “Tú lo has dicho”, respondió Jesús, “sí soy Rey... pero mi Reino no es de aquí, no es de este mundo” (Jn. 18, 33-37).

 

Y, efectivamente, Jesús no es rey de este mundo.  Él mismo lo dijo durante ese interrogatorio acelerado que tuvo lugar antes de ser condenado a muerte:  “Si mi Reino fuera de este mundo, mis servidores habrían luchado para que no cayera en manos de los judíos”.

 

¿Qué querría decir Jesús con eso de que su reino no era de este mundo?  En los reinados temporales el poder es limitado en el espacio que ocupan y en el tiempo que duran, por más prolongados que sean, por más extensos que sean sus territorios o por más influencia que puedan tener en el mundo.  Y, efectivamente, el Reino de Cristo no tenía esas características, porque no es de este mundo.  El reinado de Cristo será diferente a los reinados de la tierra.

 

Su reinado será como es Dios:  eterno e infinito, sin límite de tiempo ni de espacio.  Su reinado nunca se acabará y su reino nunca será destruido.  Y ese reinado ya comenzó, pero será establecido definitivamente y para siempre en la Parusía, o sea, en su segunda venida en gloria.

 

La Primera Lectura es del Profeta Daniel, quien desde el Antiguo Testamento hace ya referencia al reinado de Cristo: “Entonces recibió la soberanía, la gloria y el reino.  Y todos los pueblos y naciones de todas las lenguas lo servían.  Su poder nunca se acabará, porque es un poder eterno, y su reino jamás será destruido” (Dn. 7, 13-14).

 

Llegado el momento del reinado de Cristo, se acabarán todos los reinos de este mundo, todos los poderes temporales, y sólo existirá el poder de Dios.

 



Todos seremos sus súbditos, pero ¡qué clase de súbditos! Todos estaremos sometidos a Él, pero ¡qué clase de sometimiento!  Pues seremos coherederos y reinaremos con Él.  Es lo que nos quiere decir San Juan en la Segunda Lectura tomada del Apocalipsis: “Ha hecho de nosotros un reino de Sacerdotes para su Dios y Padre” (Ap.1, 5-8).

 

Esto mismo lo expresa muy bien San Pablo cuando nos dice que somos hijos de Dios y herederos con Cristo: “Ustedes recibieron el Espíritu que los hace exclamar’ ¡Abba, Padre!’.  El mismo Espíritu le asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios.  Y si somos hijos, somos también herederos.  Y nuestra herencia es Dios, y la compartiremos con Cristo; pues si ahora sufrimos con Él, con Él recibiremos la Gloria” (Rom. 8, 15-17).

 

Ahora bien, ¿cómo será ese momento cuando Cristo venga a establecer su Reino?  La Sagrada Escritura nos trae repetidas descripciones de esa segunda venida de Cristo:

 

“Vi a alguien semejante a un hijo de hombre, que venía entre las nubes del cielo”, leemos en la Primera Lectura del Profeta Daniel.
 “Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad” (Mc. 13, 26), nos decía el mismo Jesús en el Evangelio del domingo pasado.

 

“Miren:  El viene entre las nubes, y todos lo verán”, nos dice la Segunda Lectura de hoy.

 

Será ése, el momento de la complementación definitiva del reinado de Cristo, aquel Reino que Él mismo refirió a Pilatos.

 

Pero Él también nos dijo cómo podemos ser parte de su Reino: “Busquen primero el reino de Dios y su justicia y lo demás vendrá por añadidura” (Mt. 6, 33).

 

“No es el que dice ¡Señor! ¡Señor! el que entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre” (Mt. 7, 21).
 “Les aseguro que, si no cambian y vuelven a ser como niños, no podrán entrar al Reino de los Cielos” (Mt. 18, 3).

 


También el Apóstol San Juan nos da en la Segunda Lectura, tomada del Apocalipsis, algunas referencias del reinado de Cristo.  Él es “el Alfa y el Omega”, principio y fin de todo.  Recordemos que a Moisés Dios se le reveló como “Yo soy el que soy” (Ex. 3, 14).   Y a San Juan, el discípulo amado, se le revela como “el que es, el que era y el que ha de venir, el Señor del universo” (Ap. 1, 8).

 

Dios siempre ha sido, es y será.  Y vendrá de nuevo.  Sí, volverá para mostrar su realeza, para mostrar que es “el Señor del universo”, el Todopoderoso.

 

Y, tal como anunció el Arcángel Gabriel a la Santísima Virgen María “gobernará por siempre a su pueblo y su Reino no tendrá fin” (Lc. 1, 33). 

 

 

 

 

 

 

Fuentes;

Sagradas Escrituras

Evangeli.org

Homilas.org


domingo, 14 de noviembre de 2021

«Él está cerca» (Evangelio Dominical)

 


 

Hoy recordamos cómo, al comienzo del año litúrgico, la Iglesia nos preparaba para la primera llegada de Cristo que nos trae la salvación. A dos semanas del final del año, nos prepara para la segunda venida, aquella en la que se pronunciará la última y definitiva palabra sobre cada uno de nosotros.

Ante el Evangelio de hoy podemos pensar que “largo me lo fiais”, pero «Él está cerca» (Mc 13,29). Y, sin embargo, resulta molesto —¡hasta incorrecto!— en nuestra sociedad aludir a la muerte. Sin embargo, no podemos hablar de resurrección sin pensar que hemos de morir. El fin del mundo se origina para cada uno de nosotros el día que fallezcamos, momento en el que terminará el tiempo que se nos habrá dado para optar. El Evangelio es siempre una Buena Noticia y el Dios de Cristo es Dios de Vida: ¿por qué ese miedo?; ¿acaso por nuestra falta de esperanza?

Ante la inmediatez de ese juicio hemos de saber convertirnos en jueces severos, no de los demás, sino de nosotros mismos. No caer en la trampa de la autojustificación, del relativismo o del “yo no lo veo así”... Jesucristo se nos da a través de la Iglesia y, con Él, los medios y recursos para que ese juicio universal no sea el día de nuestra condenación, sino un espectáculo muy interesante, en el que por fin, se harán públicas las verdades más ocultas de los conflictos que tanto han atormentado a los hombres.





La Iglesia anuncia que tenemos un salvador, Cristo, el Señor. ¡Menos miedos y más coherencia en nuestro actuar con lo que creemos! «Cuando lleguemos a la presencia de Dios, se nos preguntarán dos cosas: si estábamos en la Iglesia y si trabajábamos en la Iglesia; todo lo demás no tiene valor» (Beato J.H. Newman). La Iglesia no sólo nos enseña una forma de morir, sino una forma de vivir para poder resucitar. Porque lo que predica no es su mensaje, sino el de Aquél cuya palabra es fuente de vida. Sólo desde esta esperanza afrontaremos con serenidad el juicio de Dios.





Lectura del santo evangelio según san Marcos (13,24-32):

 



En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «En aquellos días, después de esa gran angustia, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán. Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, de horizonte a horizonte. Aprended de esta parábola de la higuera: Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducís que el verano está cerca; pues cuando veáis vosotros suceder esto, sabed que él está cerca, a la puerta. Os aseguro que no pasará esta generación antes que todo se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán, aunque el día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sólo el Padre.»

Palabra del Señor

 

 

COMENTARIO

 

 



Ya acercándonos al final del Año Litúrgico, el cual suele terminar en el mes de Noviembre de cada año, este último Domingo del Ciclo “B”, ciclo que concluye la próxima semana con la Fiesta de Cristo Rey, las Lecturas nos invitan a reflexionar sobre la Parusía. 

 

“Parusía” es una palabra que intriga -cuando no se conoce su significado- y que tal vez asusta cuando sí se conoce.

 

En efecto, en su sentido estricto, “Parusía” significa la segunda venida de Cristo.  Y eso asusta.  Pero, si lo pensamos bien, no tendría que asustar, porque estamos hablando de la culminación de la salvación.

 

¿Pero por qué hablamos de culminación de la salvación?  ¿Ya Cristo no nos salvó?  Es que la salvación fue efectuada ya por Cristo, pero será completada plenamente con su segunda venida en gloria, cuando venga a establecer su reinado definitivo, cuando como nos dice San Pablo en la Segunda Lectura, “sus enemigos sean puestos bajo sus pies” (Hb 10, 11-14.18).

 

De allí que no haya que temer, porque la Parusía será el momento de nuestra salvación definitiva.  Será, además, el momento más espectacular y más importante de la historia de la humanidad: ¡Cristo viniendo en la plenitud de su gloria, de su poder, de su divinidad!  Si hace dos mil años Cristo vino como un ser humano cualquiera, en su segunda venida lo veremos tal cual es, “cara a cara” (1 Cor 13, 12).

 

Será el momento de nuestra definitiva liberación:  nuestros cuerpos reunidos con nuestras almas.  De eso se trata precisamente la resurrección prometida para ese momento final.

 


Es cierto que la Primera Lectura del Profeta Daniel nos hace algunos anuncios aterradores.  Pero ese momento será terrible para algunos, para “los que duermen en el polvo y que despertarán para el eterno castigo” (Dn 12, 1-3).  Pero ésos serán los que no hayan cumplido la voluntad de Dios en esta vida terrena, los que se hayan opuesto a Dios y a sus designios, los que hayan buscado caminos distintos a los de Dios.  Es decir, ese castigo será para los que le han dado la espalda a Dios.

 

Pero los justos, los que hayan buscado cumplir la voluntad de Dios en esta vida, los que por esa razón “están escritos en el libro ... despertarán para la vida eterna ... brillarán como el esplendor del firmamento ... y resplandecerán como estrellas por toda la eternidad” (Dn 12, 1-3).

 

Notemos que Daniel nos habla de “los guías sabios” y “los que enseñan a muchos la justicia”.

 

La gloria esplendorosa será para los guías que sean sabios, que estén llenos de la Sabiduría Divina y que guíen a otros con esa Sabiduría.  También será esa gloria para aquéllos que enseñen la justicia.  La justicia, en lenguaje bíblico, significa santidad.

 

Es decir, esa gloria esplendorosa será también para aquéllos que, viviendo en santidad, viviendo de acuerdo a la voluntad de Dios, enseñen a otros la santidad, el cumplimiento de la voluntad de Dios, tanto con su ejemplo, como con su palabra.

 

Es cierto que nos dice también el Profeta, que ese momento será precedido por “un tiempo de angustia, como no lo hubo desde el principio del mundo”.

 

Ahora bien, no hay que temer este tiempo final, pues dentro de su Providencia Divina, Dios prepara todo para bien de los que le aman, para bien de aquéllos que han vivido acorde a su Voluntad en esta vida –la que estamos viviendo antes de que vuelva glorioso como justísimo Juez en la Parusía.

 

De allí que las pruebas y sufrimientos de esa etapa serán la última llamada –la última oportunidad- de conversión para los que se encuentren en estado de pecado y decidan –por fin- no seguir dándole la espalda a Dios.

 

Será también la última ocasión de expiación para los que, aun andando en la Voluntad de Dios, requieren de esa etapa de purificación para poder ver a Dios cara a cara. 

 

Porque “bienaventurados los limpios de corazón, pues ellos verán a Dios” (Mt 5, 8) y, refiriéndose a la entrada a la Jerusalén Celestial, nos dice el Apocalipsis: “En ella no entrará nada manchado” (Ap 21, 27) y “Felices los que lavan sus ropas…se les abrirán las puertas de la Ciudad” (Ap 22, 14).

 

En ese sentido, esa etapa de sufrimientos es, entonces, fruto de la infinita misericordia de Dios que quiere que todos sus hijos sean salvados y disfruten eternamente con Él, la gloria del Cielo que nos ha preparado desde toda la eternidad.

 



Es por ello que, para el verdadero seguidor de Cristo, las tribulaciones de ayer, de hoy y del futuro, tribulaciones personales o grupales, tribulaciones de ciudades, de países, del mundo, son vistas –y aprovechadas- como preparación de todos los seres humanos a esa venida final de Cristo en gloria.

 

El Evangelio también nos habla de lo mismo.  Es Cristo predicando sobre ese momento.  Y nos dice que será un momento en que “el universo entero se conmoverá, pues verán al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad.  Y Él enviará a sus Ángeles a congregar a sus elegidos desde los cuatro puntos cardinales y desde lo más profundo de la tierra a lo más alto del cielo” (Mc 13, 24-32).

 

Es bueno hacer notar que tanto la profecía de Daniel, como el anuncio del Evangelio, se referían también a hechos que sucedieron ya en la historia, pues así es la Palabra de Dios: para todo momento.

 

En el caso de Daniel, se refería a la persecución de los judíos por parte de los reyes paganos.  En el caso del Evangelio, se trataba de la destrucción de Jerusalén.  Pero en sentido pleno, estas lecturas se refieren a la Parusía, al fin de los tiempos.

 

Otro punto interesante en ambas lecturas es la participación de los Ángeles en favor de los elegidos.  La lectura del Libro de Daniel nos habla de San Miguel Arcángel, “el gran príncipe que defiende a tu pueblo”.  El Evangelio de hoy nos habla de todos los Ángeles “encargados de reunir a todos los elegidos”.

 

Otro tema que toca el Señor en el Evangelio es el momento en que esto sucederá.  Y a pesar de que el momento no es lo más importante, pues siempre tenemos que estar preparados, como bien nos indica Jesús con varias parábolas, el Señor nos da algún indicio en este Evangelio:  “Entiendan esto con el ejemplo de la higuera.  Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las hojas, ustedes saben que el verano está cerca.  Así también, cuando vean ustedes que suceden estas cosas, sepan que el fin ya está cerca, ya está a la puerta”.

 



En ese momento seremos resucitados y reunidos todos:  unos resucitarán para una vida de felicidad eterna en el Cielo y otros para una vida de condenación eterna en el Infierno.  En ese momento grandioso, inimaginable, esplendoroso, tal vez el momento más espectacular y más importante de toda la historia humana, habrá “cielos nuevos y tierra nueva” para los salvados.  Será el Reinado definitivo de Cristo (cfr Ap 21 y 1 Pe 3, 10-13).

 

Con esta esperanza se comprende cómo -desde el comienzo de la Iglesia hasta nuestros días- los cristianos, deseosos de volver a ver el rostro glorioso de Cristo, han esperado siempre la Parusía y hasta han creído sentirla muy próxima en algunos momentos de la historia de la humanidad.  De allí que con el deseo de ese momento toda la Iglesia ore con las palabras finales de la Biblia:  “Ven, Señor Jesús” (Ap 22, 20).

 

 

 

 

 

 

 

 

Fuentes;

Sagradas Escrituras

Evangeli.org

Homilias.org