domingo, 29 de abril de 2012

Jesús es el Buen Pastor !! (Evangelio dominical)


Jesucristo no sólo nos ha salvado, sino que nos ha dado mucho más que eso: hacernos hijos de Dios y darnos derecho a una herencia, que es el Cielo. Pero comencemos con lo de la salvación, revisando las Lecturas de este Domingo. 

Nadie más que Jesucristo puede salvarnos, "pues en la tierra no existe ninguna otra persona a quien Dios haya constituido como salvador nuestro" (Hech. 4, 12). Así vemos en la Primera Lectura cómo habló San Pedro, el primer Papa, al responder a quienes lo interrogaban pretendiendo juzgarlos por la curación de un lisiado y porque estaban predicando que Jesús había resucitado. Pedro les echó en cara: "Este hombre ha quedado sano en el nombre de Jesús de Nazaret, a quien ustedes crucificaron y a quien Dios resucitó de entre los muertos". 

Y como viene siendo habitual, en este blog y en domingo, taemos las refexiones de tres religiosos, sobre La Palabra del Señor, de este domingo 4º del Tiempo de Pascua, del ciclo B. 

 ¿Aprovechamos las gracias del Señor? 

Jesucristo es el Salvador. Eso se dice ¡tan fácil! y se ha repetido tantas veces ... pero no parece tan aceptado como debiera serlo. Al menos, no parece tan aprovechado. La salvación de Jesucristo nos ha sido dada de gratis, sin ningún esfuerzo de nuestra parte. Sólo debemos aprovechar las gracias que por esa salvación nos han sido dadas. Pero ... ¿realmente las aprovechamos? ¿Aprovechamos todas las gracias que el Señor quiere darnos? 

Además, si nos fijamos bien, no todos aceptamos la salvación que Jesús nos vino a traer. Por citar sólo un ejemplo actual: la re-encarnación. La creencia en ese mito pagano no se queda en pensar que en nuevas vidas seremos otras personas ... si es que eso fuera posible.

Una de las consecuencias de este engaño que es la re-encarnación, es el pensar que nosotros nos podemos redimir nosotros mismos a través de sucesivas re-encarnaciones, purificándonos un poco más en cada una de esas supuestas vidas futuras. Así que, al creer en la re-encarnación, de hecho estamos rechazando la redención que sólo Cristo puede darnos. Y quedamos de nuestra cuenta para salvarnos (???!!!).

 Ahora bien, Jesucristo no sólo vino a salvarnos, es decir, a rescatarnos de la situación de secuestro en que estábamos después del pecado de nuestros primeros progenitores, sino que -como San Juan nos recuerda en la Segunda Lectura- por su gracia "no sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que realmente lo somos" (1 Jn. 3, 1-2).

Y realmente lo somos, porque Dios nos comunica su Vida, su Gracia; porque, durante nuestra vida en la tierra nos guía como sus hijos que somos. Y, además, porque recibiremos una herencia: el Cielo prometido a aquéllos que se comporten como hijos, es decir, a los que aquí en esta vida seamos obedientes a la Voluntad del Padre.


¿Nos damos cuenta de este privilegio: ser hijos de Dios y poder llamar a Dios "Padre", porque realmente somos sus hijos? Ser “hijo(a) de Dios” se dice tan fácilmente...
 Pero ¿nos damos cuenta que Jesucristo, el Hijo Único de Dios, no sólo nos ha salvado, sino que ha compartido Su Padre con nosotros, para que seamos también hijos(as)? …


¿Agradecemos a Dios este altísimo privilegio … o lo tomamos como un derecho merecido?

Continúa San Juan explicándonos la dimensión y las consecuencias de este especialísimo privilegio de la filiación divina: "Ahora somos hijos de Dios, pero aún no se ha manifestado cómo seremos al fin. Y ya sabemos que, cuando El se manifieste, vamos a ser semejantes a El, porque lo veremos tal cual es".
San Pablo nos explica así esto mismo en varias citas de sus cartas: "Al presente vemos como en un mal espejo y en forma confusa, pero luego será cara a cara. Ahora solamente conozco en parte, pero luego le conoceré a El como El me conoce a mí." (1 Cor. 13, 12-13). "Cuando se manifieste el que es nuestra vida, Cristo, ustedes también estarán en gloria y vendrán a la luz con El" (Col. 3, 4).

"También los destinó a ser como su Hijo y semejantes a El ... y después de hacerlos justos, les dará la gloria" (Rom. 8, 29-30). En el Evangelio vemos por qué todo esto es así. Jesús se nos identifica de diversas maneras. Una de sus identificaciones favoritas de todos los que somos sus seguidores es ésta de hoy: el Buen Pastor. "Yo soy el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas" (Jn. 10, 11-17) . Y sabemos que Jesús cumplió con esta promesa de dar su vida por cada uno de nosotros, ovejas de su rebaño. Sabemos que su vida la dio, pero, como nos dice en este Evangelio, también la recuperó. Y la recuperó con gloria, porque resucitó. Y con su resurrección nos da a todos los que le seguimos y le imitamos, la gloria que El tiene y que da a las ovejas de su rebaño.

 ¿Quiénes son las ovejas de su rebaño? Jesús las identifica en este Evangelio. Son los que conocen su voz, porque lo conocen a El y le siguen. Esos resucitarán como El resucitó y “serán semejantes a El”, como nos dice San Juan en la Segunda Lectura, porque tendrán la gloria que es suya y que conoceremos cuando lo veamos “cara a cara, tal cual es”.


 Lectura del santo evangelio según san Juan (10,11-18):

En aquel tiempo, dijo Jesús: 

«Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo hace estrago y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas. 

Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas. 

Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo Pastor. 

Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. 

Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre.»

Palabra del Señor


COMENTARIO.

Un solo rebaño, un solo Pastor. 

La comunidad eucarística que, como veíamos la semana pasada (y la anterior), es el lugar de la aparición del Resucitado y del encuentro con él, es además una comunidad estructurada: en ella hay distintos servicios, distintas vocaciones que cooperan al bien del cuerpo común y de su misión en el mundo (el testimonio). Por eso, si la misma comunidad es “lugar teológico”, ámbito de la experiencia del Resucitado, también los servicios y ministerios que surgen en ella deben ser entendidos en este sentido sacramental, esto es, como una expresión y reflejo de la presencia de Cristo. De entre estos diversos ministerios hay uno que tiene un carácter axial, en torno al cual se disciernen y estructuran los demás, de manera que la pluriformidad de vocaciones y carismas no lesione la comunión: es el ministerio de los pastores, los Apóstoles, que prolongan su acción por medio del ministerio sacerdotal (obispos, presbíteros y diáconos), que deben cuidar del bien del rebaño de Cristo, guiar y enseñar al nuevo pueblo de Dios y presidir sus asambleas litúrgicas. Ese es un punto que suscita especial dificultad en nuestros días. Existe una fuerte tendencia a desconfiar de toda autoridad, a ver en ella sólo una pura estructura de poder, que hay que tolerar de algún modo, pero que se mira con recelo, como una especie de mal necesario. Y esto se proyecta también sobre la Iglesia, estableciendo distinciones como la que habla de “iglesia institucional” e “iglesia de base”; distinciones, hay que decir enseguida, que carecen de todo apoyo en la Revelación, tanto en la Biblia como en la tradición de la Iglesia. Se aplican aquí a la comunidad cristiana esquemas propios de la sociedad civil y política, pretendiendo que, como en éstas lo legal y lo socialmente conveniente, la verdad o el bien pueden aceptarse sólo si gozan del consenso de la mayoría (que suele ser, en el caso de la sociedad civil, un estado de opinión inducido por medio de técnicas sutiles de comunicación y, con frecuencia, de propaganda y manipulación), olvidando que la verdad de la fe y de sus consecuencias prácticas son ante todo el resultado de una revelación de Dios, es decir, de un don que Dios nos ha hecho en Jesucristo y que nosotros no podemos modificar a nuestro antojo o al son de las opiniones dominantes del momento. 


Jesucristo ha elegido pastores, los Apóstoles y sus sucesores y les ha dado una autoridad especial dentro de la comunidad (cf. Lc 10, 16), para garantizar la fidelidad a ese depósito de la fe que nos pone en contacto vivo con Él mismo, con el Jesús histórico, con la comunidad que le acompañó por los caminos de Galilea y dio el primer testimonio de la resurrección. La catequesis mistagógica, que nos va enseñando los lugares de presencia del Señor resucitado, nos dice hoy que también en los Pastores y en su ministerio se hace presente el único Pastor. Las dificultades que esta forma de presencia suscita en numerosos creyentes (incluso en no pocos que participan de ese mismo ministerio, o de creyentes cultivados teológicamente y activos en la Iglesia) se pueden resolver sólo si tratamos de mirar a los Pastores no desde determinado prisma ideológico, que ve ahí sólo estructuras de poder, sino desde la fe. Es la misma fe que se exigía para creer en la resurrección al ver el sepulcro vacío, o la que se suscitaba al tocar las heridas del Resucitado. Los posibles defectos y pecados de los Pastores, hombres entre los hombres, también vulnerables y, por tanto, heridos, no deben ser una excusa para no aceptar en fe esta forma de, digamos, aparición del Resucitado (íntimamente vinculada y dependiente de la comunidad de creyentes, y de la comunidad eucarística); o, como hacemos a veces, para “seleccionar” entre ellos y aceptar sólo a los que son, por ejemplo, “de mi línea”. Estos criterios de selección son la mejor manera de convertir a la Iglesia en un partido o en una secta y no, como debe ser, en una comunidad pluriforme de discípulos reunida por iniciativa del Maestro y en torno a Él.

Es esta fe la que nos ayuda a entender que, así como lo que da valor a la comunidad de discípulos es la presencia de Jesús en medio de ellos, y esa misma presencia es la que confiere al pan y al vino que comparten su calidad de cuerpo y sangre de Cristo, así lo que nos mueve a aceptar el ministerio de los pastores es el único Pastor, Jesucristo, que pastorea a su pueblo por medio de ellos. No es una cuestión de poder, sino de servicio. Aquí no podemos no recordar las palabras del mismo Jesús, advirtiendo contra las tentaciones del poder y del “querer ser más que los otros”: “el que quiera ser el primero que se haga el último y el servidor de todos” (Mt 20,26). Mirando así las cosas, entendemos que ser Pastor (Apóstol, obispo) es ante todo una carga y una responsabilidad por la que los que han recibido este ministerio deberán dar cuenta a Dios.

Con razón decía san Agustín en su discurso sobre los pastores: “somos cristianos y somos obispos. Lo de ser cristianos es por nuestro propio bien; lo de ser obispos, por el vuestro. En el hecho de ser cristianos, se ha de mirar a nuestra utilidad; en el hecho de ser obispos, la vuestra únicamente. Además de ser cristianos, por lo que habremos de rendir a Dios cuentas de nuestra vida, somos también obispos, por lo que habremos de dar cuenta del cumplimiento de nuestro ministerio.”

Que hay un solo Pastor significa, al fin y al cabo, que sometiéndonos a los Pastores nos sometemos a Cristo, y esa es nuestra libertad: libertad para aceptarlos en fe, sin caer en actitudes serviles hacia ellos, libertad también para expresar con valor las propias opiniones, incluso críticas, pero en actitud de obediencia. Para madurar en la fe es importante superar esa desconfianza crónica hacia la Iglesia en sus Pastores (eso que se llama con tan poca fortuna y menos caridad “Iglesia institucional”) y adoptar una actitud de fe y de aceptación. Y significa, para los mismos Pastores, que si ellos pueden exigir obediencia es, no en virtud de su propio poder o autoridad, sino sólo en el nombre de Cristo, como hoy dice Pedro en la primera lectura: lo que hacen o dicen ha de ser sólo y siempre en el nombre de Jesucristo Nazareno, el que fue crucificado, y el único nombre que se nos ha dado que puede salvarnos. Y la salvación no es otra cosa que el ser hijos de Dios en el Hijo. Cristo fue crucificado precisamente para esto: para rescatarnos del pecado y de la muerte y hacernos partícipes en su propia filiación. Y si esto es así, y si los Pastores han de reproducir en sí mismos el ministerio de Cristo Pastor, significa que lo que ellos tienen que hacer es, como el buen Pastor, dar la vida por sus ovejas. Dar la vida es hablar, trabajar, exhortar, amonestar, escuchar, corregir, y estar dispuestos al testimonio supremo si las circunstancias lo exigen.


Si vemos así, con fe, esta forma de presencia del Resucitado, entendemos que se trata de un servicio en el que todos podemos participar de un modo u otro. En primer lugar, porque todos tenemos nuestro propio nivel de responsabilidad en la iglesia: como padres o madres, en los otros múltiples ministerios y vocaciones de la Iglesia, dando ejemplo, transmitiendo la fe, de muy diversas formas también cada uno de nosotros tiene su pequeño rebaño, que se nos ha confiado y del que respondemos. Y, en segundo lugar, porque todos nosotros podemos, si queremos, servir a los demás con la disposición de dar la vida por ellos.















Fuentes:
Iluminación Divina
Evangelio de San Juan
José Maria Vegas
Homilias domingo 29 Abril
Ángel Corbalán