domingo, 13 de marzo de 2016

"Tampoco yo te condeno" (Evangelio dominical)



Hoy vemos a Jesús «escribir con el dedo en la tierra» (Jn 8,6), como si estuviera a la vez ocupado y divertido en algo más importante que el escuchar a quienes acusan a la mujer que le presentan porque «ha sido sorprendida en flagrante adulterio» (Jn 8,3).

Llama la atención la serenidad e incluso el buen humor que vemos en Jesucristo, aún en los momentos que para otros son de gran tensión. Una enseñanza práctica para cada uno, en estos días nuestros que llevan velocidad de vértigo y ponen los nervios de punta en un buen número de ocasiones. 

La sigilosa y graciosa huida de los acusadores, nos recuerda que quien juzga es sólo Dios y que todos nosotros somos pecadores. En nuestra vida diaria, con ocasión del trabajo, en las relaciones familiares o de amistad, hacemos juicios de valor. Más de alguna vez, nuestros juicios son erróneos y quitan la buena fama de los demás. Se trata de una verdadera falta de justicia que nos obliga a reparar, tarea no siempre fácil. Al contemplar a Jesús en medio de esa “jauría” de acusadores, entendemos muy bien lo que señaló santo Tomás de Aquino: «La justicia y la misericordia están tan unidas que la una sostiene a la otra. La justicia sin misericordia es crueldad; y la misericordia sin justicia es ruina, destrucción».

Hemos de llenarnos de alegría al saber, con certeza, que Dios nos perdona todo, absolutamente todo, en el sacramento de la confesión. En estos días de Cuaresma tenemos la oportunidad magnífica de acudir a quien es rico en misericordia en el sacramento de la reconciliación.

Y, además, para el día de hoy, un propósito concreto: al ver a los demás, diré en el interior de mi corazón las mismas palabras de Jesús: «Tampoco yo te condeno» (Jn 8,11).


Lectura del santo evangelio según san Juan (8,1-11):


En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.
Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron:
- «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?».
Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo.
Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo.
Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo:
- «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra».
E inclinándose otra vez, siguió escribiendo.
Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer en medio, que seguía allí delante.
Jesús se incorporó y le preguntó:
- «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?».
Ella contestó:
- «Ninguno, Señor».
Jesús dijo:
- «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».


Palabra del Señor



COMENTARIO.


 En tiempos de Jesús a las mujeres que cometían adulterio se les daba muerte lanzándoles piedras.  Hay algunas religiones que aún en la actualidad siguen con estas costumbres.  ¡Horrible castigo morir apedreado!

Esto nos hace recordar a San José, hombre bueno, esposo virginal de la Virgen María, quien al notar que ella estaba embarazada, sin saber que el bebé en su vientre era el Hijo de Dios, engendrado por el Espíritu Santo, pensó “dejarla en secreto para no ponerla en evidencia”.

Distinto fue el caso de los acusadores de la mujer adúltera, que nos trae el Evangelio de hoy (Jn. 8, 1-11).  Estos hombres llevaron a la mujer pecadora, arrastrada hasta donde se encontraba Jesús, con la intención -nos dice el Evangelio- de “ponerle (a Jesús) una trampa y poder acusarlo”.  ¿En qué consistía la trampa?  Si ordenaba apedrearla, ¿dónde quedaban el perdón y la misericordia?, y si no accedía al castigo mortal, ¿dónde quedaba el cumplimiento de la Ley que lo estipulaba?


Pero Jesús, con su Sabiduría infinita por ser Dios, no hace ni una cosa, ni la otra, sino todo lo contrario.  Nos cuenta el relato de San Juan que sin siquiera levantar la mirada para ver a la mujer culpable, ni tampoco a sus acusadores, comienza a escribir sobre el polvo del suelo.  Como creen que Jesús no les está haciendo caso, vuelven a insistir.  Entonces el Señor se incorpora y les responde:  “Aquél de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra”.  Luego se volvió a agachar y siguió escribiendo en el suelo.  Poco a poco, uno tras otro comenzaron a retirarse. 

¿Cuál sería esa escritura misteriosa que con aparente desdén Jesús hacía sobre el polvo?  Algunos piensan que escribía los pecados de los acusadores.  Por supuesto, no les quedó más remedio que escabullirse.

Vemos, entonces, que Jesús propone algo absolutamente nuevo no contemplado por la Ley: sólo el que esté libre de pecado puede lanzar piedras.  ¿Y quién es el único libre de pecado?  Solamente El, el Inocente que cargó con todos los pecados: los que posiblemente escribió en el suelo, los de la mujer adúltera y los de cada uno de nosotros.  Y El no pronuncia sentencia, no condena a la mujer.


Se quedan solos la pecadora y Jesús. ¡Qué conmovedora escena!  Ella no se excusa, se sabe culpable, está de pie frente a El.  Jesús vuelve a levantarse y le pregunta: “¿Dónde están los que te acusaban?  ¿Nadie te ha condenado?  ... Tampoco yo te condeno.   El, que sí hubiera podido tirar la primera piedra, no la condena, la perdona.

Pero agrega algo muy importante: “Vete y no vuelvas a pecar”.   Jesús no la apoya en su pecado.  Muy por el contrario: le ordena que no peque más.

Muchas enseñanzas en este impactante relato bíblico.  Dios conoce todos nuestros pecados, hasta nuestros más escondidos pecados.  Y sólo espera que estemos a sus pies para perdonarnos y pedirnos que no volvamos a pecar.  No debemos temer, por más grave que pueda ser nuestro pecado, por más grande o más fea que pueda ser nuestra falta.  Dios lo único que desea es aceptemos nuestra culpa y que nos arrepintamos. 


La mujer adúltera no le dijo nada a Jesús, pero su silencio fue la aceptación de su falta;  su mejor actitud fue que no buscó excusarse.  ¿Cuántas veces nos buscamos nos buscamos y damos excusas para nuestras faltas, en vez de reconocernos culpables?

Jesús escribió las faltas de los acusadores sobre el polvo.  Así escribe las nuestras.  No las escribe en algo permanente.  Quedan allí, en el polvo, hasta que la gracia del perdón, obtenida por el reconocimiento de nuestros pecados,  humedece el polvo, y nuestras faltas perdonadas pasan al olvido. 
El Señor no quiere acusar, ni llevar la cuenta, sino perdonar y olvidar.  Espera que nos arrepintamos de veras y que nos acerquemos a El en el Sacramento de la Confesión.


Nadie tiene derecho a condenar a nadie.  Nadie puede tirar la primera piedra.  Todos somos culpables de algo.  Reconocer nuestras culpas nos ayuda a no estar pendientes de las de los demás.  No acusar es ya el camino hacia la compasión y el perdón de los demás.  Dios, Quien sí podría acusarnos, no lo hace, pero espera que nos acerquemos arrepentidos a la Confesión para perdonarnos.

Reconocimiento de nuestros pecados, sin excusas, arrepentimiento, Confesión e intención de no volver a pecar es lo único que Dios nos pide.
Y así el Señor hace “algo nuevo”,  como nos dice la Primera Lectura (Is. 43, 16-21). “No recuerden lo pasado, ni piensen en lo antiguo;  Yo voy a realizar algo nuevo”.  ¿Qué es ese “algo nuevo”?  Lo que va haciendo la gracia de Dios en nosotros cuando, aceptando nuestras culpas, nos arrepentimos y nos enmendamos de veras.  “Voy a abrir caminos en el desierto y haré que corran los ríos en la tierra árida”.  Así puede fluir su gracia, abriendo caminos e irrigando el desierto de nuestra alma.

Ese “algo nuevo”, dejando atrás lo viejo es lo que nos explica San Pablo en la Segunda Lectura (Flp. 3, 8-14).  Dejar atrás lo viejo es lo que pidió Jesús a la mujer adúltera: “No peques más”.  Para ella, en ese momento, era dejar su vida de pecado.  El comienzo es no pecar más.  La continuación puede ser mucho más que eso: es preferir a Dios por encima de cualquier otra cosa o persona. 

Con mucha crudeza lo expresa San Pablo, pero con mucha veracidad:  “Nada vale la pena, en comparación con el Bien Supremo ... he renunciado a todo, y todo lo considero como basura, con tal de estar unido a Cristo”. 

Ese “todo basura” de San Pablo no es sólo el pecado.  Es todo lo que no nos lleva a amar a Cristo.  San Pablo renunció a todo para amar a Dios sobre todo lo demás y sobre todos los demás.  Nosotros debemos comenzar por el “no peques más” de la adúltera, pero no debemos quedarnos en eso.  Una vez ubicado “el Bien Supremo”, ¿qué hacemos tras otras cosas que no nos llevan a El? 

No creamos, sin embargo, que el amar a Dios sobre todas las cosas y personas, sea una acción automática.  Preferir a Dios se convierte en un proceso que suele llevarnos toda una vida.  En eso consiste el camino de la santidad,  bien descrito por San Pablo:  “No quiero decir que haya logrado ya ese ideal ... pero me esfuerzo en conquistarlo ... Todavía no lo he logrado.  Pero, eso sí, olvido lo que he dejado atrás y me lanzo hacia adelante, en busca de la meta y del trofeo al que nos llama Dios desde el Cielo”. 

En el Salmo 125 reconocemos “las grandes cosas que hecho por nosotros el Señor”, cómo nos regresa del “cautiverio” del pecado, cómo cambia nuestro dolor en júbilo, referencias de lo que es la conversión y el perdón.







Fuentes:
Sagradas Escrituras
Evangeli.org
Homilia. org