domingo, 5 de junio de 2016

«¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!» (Evangelio dominical)


Hoy también nosotros quisiéramos enjugar todas las lágrimas de este mundo: «No llores» (Lc 7,13). Los medios de comunicación nos muestran —hoy más que nunca— los dolores de la humanidad. ¡Son tantos! Si pudiéramos, a tantos hombres y mujeres les diríamos «levántate» (Lc 7,14). Pero…, no podemos, ¡no podemos, Señor! Nos sale del alma decirle: —Mira, Jesús, que nos vemos desbordados por el dolor. ¡Ayúdanos!

Ante esta sensación de impotencia, procuremos reaccionar con sentido sobrenatural y con sentido común. Sentido sobrenatural, en primer lugar, para ponernos inmediatamente en manos de Dios: no estamos solos, «Dios ha visitado a su pueblo» (Lc 7,16). La impotencia es nuestra, no de Él. La peor de todas las tragedias es la moderna pretensión de edificar un mundo sin Dios e, incluso, a espaldas de Dios. Desde luego es posible edificar “algo” sin Dios, pero la historia nos ha mostrado sobradamente que este “algo” es frecuentemente inhumano. Aprendámoslo de una vez por todas: «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5).


En segundo lugar, sentido común: el dolor no podemos eliminarlo. Todas las “revoluciones” que nos han prometido un paraíso en esta vida han acabado sembrando la muerte. Y, aun en el hipotético caso (¡un imposible!) de que algún día se pudiera eliminar “todo” dolor, no dejaríamos de ser mortales… (por cierto, un dolor al que sólo Cristo-Dios ha dado respuesta real).

El espíritu cristiano es “realista” (no esconde el dolor) y, a la vez, “optimista”: podemos “gestionar” el dolor. Más aún: el dolor es una oportunidad para manifestar amor y para crecer en amor. Jesucristo —el “Dios cercano”— ha recorrido este camino. En palabras del Papa Francisco, «conmoverse (“moverse-con”), compadecerse (“padecer-con”) del que está caído, son actitudes de quien sabe reconocer en el otro su propia imagen [de fragilidad]. Las heridas que cura en el hermano son ungüento para las propias. La compasión se convierte en comunión, en puente que acerca y estrecha lazos».


Lectura del santo evangelio según san Lucas; Lc 7,11-17

                                

En aquel tiempo, iba Jesús camino de una ciudad llamada Naín, e iban con él sus discípulos y mucho gentío.
Cuando se acercaba a la entrada de la ciudad, resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; y un gentío considerable de la ciudad la acompañaba. Al verla el Señor, le dio lástima y le dijo: «No llores.» Se acercó al ataúd, lo tocó (los que lo llevaban se pararon) y dijo: «¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!» El muerto se incorporó y empezó a hablar, y Jesús se lo entregó a su madre. Todos, sobrecogidos, daban gloria a Dios, diciendo: «Un gran Profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo.» La noticia del hecho se divulgó por toda la comarca y por Judea entera.

Palabra de Dios.


COMENTARIO;




Las lecturas de este domingo nos relatan la historia de dos viudas, cuyos hijos únicos han fallecido, y Dios se los devuelve a la vida. Una es la conocida viuda de Sarepta que aparece en el Antiguo Testamento, pero además en el Nuevo, porque Jesús la menciona como muestra de que Dios también se reveló –y de manera preferencial- a los no-judíos.

En verdad les digo -habla Jesús de esta viuda- que había muchas viudas en Israel en tiempos de Elías, cuando el cielo retuvo la lluvia durante tres años y medio y un gran hambre asoló a todo el país. Sin embargo Elías no fue enviado a ninguna de ellas, sino a una mujer de Sarepta, en tierras de Sidón. (Lc 4, 25-26)

                                                         


La segunda viuda aparece en un evento que nos relata el Evangelio de hoy (Lc 7, 11-17). La pobre mujer llevaba a enterrar a su único hijo. Y Jesús, de paso por esa población, detiene el cortejo fúnebre para hacer un milagro: revivir al muerto.

La verdad sea dicha, que las viudas son especialmente queridas a los ojos de Dios, que las protege y las llena de beneficios muy especiales. La primera que aparece en la Biblia es esta viuda de Sarepta, a quien es enviado el Profeta Elías para que le diera alimento, y ese alimento fue multiplicado para ella misma y su hijo. Y cuando murió su hijo, lo revivió por manos de Elías (1 Re 17, 7-24).
A otra viuda le encomienda una misión realmente atrevida y riesgosa. Tal es el caso de Judith, a quien le tocó cortar la cabeza al jefe del ejército enemigo que tenía sitiada su ciudad (Judit 10, 1-23; 11, 1-5 y 8, 22).

A Rut, otra viuda pagana, la escoge para estar en la línea genealógica del Mesías de la manera más misteriosa y después de mucho sufrimiento.
En el Nuevo Testamento las viudas aparecen también como objeto de especial afecto por parte de Jesús. Mención especial merece la descripción de Ana, viuda desde muy joven, que fue escogida especialmente por el Señor para presenciar la Presentación de Jesús en el Templo y para hablar de este Niño.(Lucas 2,36-38).

                                                        


Y valga aquí una mención a la viudez y a las viudas, a quienes a veces se les trata con compasión, pero muchas veces también con cierta sorna. Todos –o casi todos los casados- son candidatos a la viudez. Porque “quien da el sí al matrimonio, también da el sí a la viudez”. Así predicaba el Padre Pedro Richards CP, fundador en los años 60 del Movimiento Familiar Cristiano Latinoamericano.

La viudez también es una vocación, digamos que una vocación forzada, pero aún así, un llamado de Dios a una situación especial que también es camino de santidad. De esta manera lo ha reconocido la Iglesia. Tanto así que menciona el estado de viudez en tres documentos diferentes del Concilio Vaticano II:
El Concilio pone ante las viudas un camino de santidad (LG 41) que es una continuación de la vocación al matrimonio (GS 48), y espera de ellas un servicio especial (AA 4).

El caso de la primera viuda, la de Sarepta, es impresionante. Tal vez no había pasado tanta necesidad antes esta mujer, pero la sequía y la hambruna del momento la habían colocado en una posición de pobreza extrema: le quedaba sólo “un puñado de harina y un poco de aceite”. Pero Dios le envía al Profeta Elías para pedirle pan y ella le explica su delicada situación así: con esto que me queda “voy a preparar un pan para mí y para mi hijo; nos lo comeremos y luego moriremos”. Ya no tenía más nada para comer. Era lo último que le quedaba.

Pero ¿qué hace Dios? Le habla por boca del Profeta, quien le ordena compartir con él lo poquísimo que le queda: cocinar primero un pan para él y luego uno para ella y su hijo. Y esa orden queda sellada con unas palabras proféticas: “La tinaja de harina no se vaciará, la vasija de aceite no se agotará”. Y la viuda cumple la petición de Elías y, a pesar de ser pagana, cree en la palabra que Dios le envía a través del Profeta.


¡Qué fe y qué confianza tuvo esta mujer! Por eso “tal como había dicho el Señor por medio de Elías, a partir de ese momento, ni la tinaja de harina se vació, ni la vasija de aceite se agotó”.

¡Qué generosidad la de esta mujer! Si nos ponemos a ver, un pancito no es mucha cosa. Pero cuando es lo último que a uno le queda, puede ser mucho... ¡demasiado!

Sin embargo, sucede algo imprevisto, como suele hacer Dios: el único hijo de la pobre mujer enferma y muere. Ella entonces culpa a Elías: ”¿Qué te he hecho yo, hombre de Dios?¿Has venido a mi casa para que recuerde yo mis pecados y se muera mi hijo?”

El Profeta clama a Dios, pidiéndole que le devuelva la vida a este niño. Yavé escuchó la voz de Elías, y el alma del niño volvió a él y revivió. Elías se lo entregó a su madre. La mujer reconoce, entonces, que Elías es un hombre de Dios y que los consejos que le ha dado vienen del Señor.

Jesucristo revive a tres muertos durante su vida pública. En dos de los casos Jesús había sido solicitado con urgencia para atenderlos mientras aún estaba enfermos: la hijita de Jairo y su amigo Lázaro. Y por una razón u otra, se retrasa en llegar.
                                                  


Cuando Jesús al fin llega a la casa de Jairo, la niña acababa de fallecer. Y cuando llega a Betania, ya Lázaro tenía tanto tiempo sepultado que el cadáver hedía.

¿Por qué se retrasó Jesús en llegar? Parecería como si hubiera querido dejar que murieran. ¿Por qué? Puede ser para mostrar aún más la Omnipotencia que poseía por ser Dios: más difícil era revivir un muerto, que curar un enfermo.
En ambos casos, por supuesto, Jesús actuó compadecido del dolor, tanto así que El mismo lloró ante el sepulcro de Lázaro.

Pero en el caso del tercer muerto traído a la vida, nadie le pidió ayuda a Jesús. Nos dice el Evangelio (Lc 7, 11-17) que Jesús iba entrando a una población llamada Naím y se topa con un cortejo fúnebre de un joven muerto, hijo único de una viuda. Cuando el Señor la vio se compadeció de ella y le dijo que no llorara más. ¡Cómo no iba a llorar! ¡Era su único hijo!
                                               

                                         
Acto seguido, Jesús hace parar la procesión. ¿Por qué este forastero, no conocido aquí en Naím, que tampoco es parte del evento fúnebre detiene este cortejo? Debe haber parado la procesión con mucha autoridad, porque nadie se lo impidió. Y los que llevaban el cadáver, le obedecieron. ¿Qué pretenderá? Sus discípulos y un poco más de gente que venía acompañándolo, deben haber pensado lo que Jesús iba a hacer. Imaginemos el suspenso…

Se dirige, entonces, al muerto. Por cierto, no dice el Evangelio que en voz baja, así que deben haber sido muy audibles estas palabras: ¡Joven, yo te lo mando: levántate! Y ¡qué impresión ver al muerto levantarse de su ataúd y comenzar a hablar! Igual que hizo Elías, Jesús se lo entregó a su madre.

El Evangelio no nos dice la reacción de la madre. Pero, a pesar de haberse alegrado, la alegría debe haber estado mezclada con una tremenda impresión. Impresionados también estaban los presentes. Todos se llenaron de temor, dice el Evangelio. ¡Claro! Un evento así tiene que abrumar a quien lo ve suceder ante sus ojos: un muerto que se sale de su ataúd a la orden de un extraño.


Dos milagros de hijos únicos de dos viudas vueltos a la vida, milagros que muestran el poder de Dios y su compasión para dos mujeres que sufren. A veces Dios hace esos prodigios. A veces no. Pero, hayan prodigios o no, Dios siempre está ahí con su poder y su misericordia.

Revivir muertos es muestra imponente del poder de Dios. Pero hay algo más impresionante que esto. Si los cuerpos muertos vueltos a la vida impresionan, mayor muestra del poder divino son las almas muertas por el pecado que vuelven a la vida por el perdón de Dios. No lo ven nuestros ojos, pero si lo pudiéramos ver, nos quedaríamos impresionados de lo que es un alma muerta y luego resucitada por la misericordia divina en el Sacramento de la Confesión.