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domingo, 20 de marzo de 2022

«Si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo» (Evangelio Dominical)

 




Hoy, tercer domingo de Cuaresma, la lectura evangélica contiene una llamada de Jesús a la penitencia y a la conversión. O, más bien, una exigencia de cambiar de vida.

“Convertirse” significa, en el lenguaje del Evangelio, mudar de actitud interior, y también de estilo externo. Es una de las palabras más usadas en el Evangelio. Recordemos que, antes de la venida del Señor Jesús, san Juan Bautista resumía su predicación con la misma expresión: «Predicaba un bautismo de conversión» (Mc 1,4). Y, enseguida, la predicación de Jesús se resume con estas palabras: «Convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1,15).

Esta lectura de hoy tiene, sin embargo, características propias, que piden atención fiel y respuesta consecuente. Se puede decir que la primera parte, con ambas referencias históricas (la sangre derramada por Pilato y la torre derrumbada), contiene una amenaza. ¡Imposible llamarla de otro modo!: lamentamos las dos desgracias —entonces sentidas y lloradas— pero Jesucristo, muy seriamente, nos dice a todos: —Si no cambiáis de vida, «todos pereceréis del mismo modo» (Lc 13,5).





Esto nos muestra dos cosas. Primero, la absoluta seriedad del compromiso cristiano. Y, segundo: de no respetarlo como Dios quiere, la posibilidad de una muerte, no en este mundo, sino mucho peor, en el otro: la eterna perdición. Las dos muertes de nuestro texto no son más que figuras de otra muerte, sin comparación con la primera.

Cada uno sabrá cómo esta exigencia de cambio se le presenta. Ninguno queda excluido. Si esto nos inquieta, la segunda parte nos consuela. El “viñador”, que es Jesús, pide al dueño de la viña, su Padre, que espere un año todavía. Y entretanto, él hará todo lo posible (y lo imposible, muriendo por nosotros) para que la viña dé fruto. Es decir, ¡cambiemos de vida! Éste es el mensaje de la Cuaresma. Tomémoslo entonces en serio. Los santos —san Ignacio, por ejemplo, aunque tarde en su vida— por gracia de Dios cambian y nos animan a cambiar.


 

Lectura del santo evangelio según san Lucas (13,1-9):



En una ocasión, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían.
Jesús les contestó: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.»
Y les dijo esta parábola: «Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: "Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?" Pero el viñador contestó: "Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas".»

Palabra del Señor

 

 

 

 

COMENTARIO


 

 

El tema de la Liturgia de este Domingo es la llamada a la conversión, tan propia de este tiempo de Cuaresma.

 

En la Primera Lectura (Ex 3, 1-15) vemos el relato del llamado de Dios a Moisés para preparar la salida de Egipto del pueblo de Israel y guiarlo a través del desierto a la Tierra Prometida.

 

Destacan en esta lectura del Libro del Éxodo, entre otras cosas, la identificación de Dios como “Yo-soy “.

 

¿Qué significado tiene este misterioso nombre?  Esta revelación de Dios a Moisés -y a nosotros- nos informa sobre la naturaleza y la esencia misma de Dios.  Nos dice que Dios existe por Sí mismo y existe desde toda la eternidad.  Dios siempre fue, Dios es y Dios siempre será.  Dios no depende de nada ni de nadie, y todos los demás seres deben su existencia a Él y dependen de Él.

 

Esto se llama en Teología “aseidad”, es decir, aquel atributo en virtud del cual Dios existe por Sí mismo y subsiste por Sí mismo y no por otro.   Dios es la “Causa Primera” de todos los demás seres, y Él no tiene causa.  Todos los demás seres proceden de otro; Dios no.  Dios se basta a Sí mismo.

 

La “aseidad” es la fuente de todas las demás perfecciones de Dios.  Entre otras cualidades, Dios es el Ser que subsiste por Sí mismo y que no tiene límites.

 

Es dogma de fe, entonces, que Dios es el “Ser increado”; mientras nosotros somos creados.  Es, además, el “primer Ser”, de donde derivan su existencia todos los demás.  Es, también, el “Ser independiente”, que de nadie depende, mientras nosotros dependemos de Él.  Es el “Ser necesario”, cuya no-existencia es imposible, mientras que nuestra existencia no es necesaria.



Y el significado que esto tiene para nosotros es evidente.  Pero nos comportamos como si fuera todo al revés, como si pudiéramos vivir a espaldas de Dios.  Nos creemos ¡tan grandes! ¡tan poderosos! y ¡tan independientes!  Y ¿qué es lo que somos?  Creaturas dependientes, innecesarias, pequeñísimas y limitadas.  Gran lección de humildad meditar sobre los atributos divinos contenidos en esa misteriosa frase: “Yo soy”.

 

Además, el pensar en que Dios se identifica como “Yo soy” nos mueve también a tener más confianza en Él, sobre todo en el sentido de vivir el presente, sin angustiarnos por el futuro y sin estar afectados por el pasado.

 

Cuando pensamos en el pasado, con sus errores y en lo que pudo ser y no fue, no estamos en Dios, pues Él no se identificó como “Yo era”.  Cuando pensamos en el futuro con sus angustias e incertidumbres, no estamos en Dios, pues Él no se identificó como “Yo seré”.  Cuando vivimos en el presente, dejando a Dios la carga del pasado y las preocupaciones del futuro, sí estamos en Él, pues Él se identificó como “Yo soy”.

 

Dios, entonces, prepara la salida de su pueblo de la opresión de los egipcios para hacerles atravesar el desierto durante 40 años antes de llegar a la Tierra Prometida.  Y ese recorrido por el desierto tiene como fin ir purificando sus costumbres, ir domando su rebeldía, ir desapegando su corazón de los ídolos y de los bienes terrenos.

 

A fin de cuentas, el paso por el desierto no sólo fue para llevar al pueblo de Dios a la Tierra Prometida, sino para enseñarlo a depender solamente de Él.

 

De allí que el paso por el desierto tenga para nosotros también un sentido de conversión, porque si bien Dios nos ama como somos, nos ama demasiado para dejarnos así.  Por eso nos llama a la conversión, especialmente en este tiempo de Cuaresma, y nos hace pasar por las vicisitudes del desierto.

 


Para nosotros el paso por el desierto es una ruta de desapego, de cambio, de conversión profunda, para llegar a la total dependencia de Dios, a la total dependencia de Quien se identificó como “Yo soy”, el Ser Supremo, independiente, infinito, de quien dependemos totalmente... aunque a veces hayamos creído lo contrario.

 

Nos portamos igual que el pueblo de Israel en el desierto, el cual nunca se decidió a una total entrega a Yavé, sino que tuvo sus vaivenes entre la obediencia a la Voluntad Divina y el reto a Dios, entre la confianza en la Providencia Divina y el reclamo a Dios, entre la fidelidad a Dios y la idolatría ...

 

La historia del pueblo de Israel en el desierto es muy parecida a nuestra propia historia personal.

 

Por eso San Pablo en la Segunda Lectura (1 Cor 10, 1-12), refiriendo los favores inmensos que Dios dio a los hebreos en el desierto, nos advierte contra una seguridad un tanto atrevida que solemos tener por el hecho de pertenecer al “nuevo” pueblo de Israel que es la Iglesia de Cristo.

 

Esa pertenencia a la Iglesia Católica, pertenencia que comienza con nuestro Bautismo y que continúa con los demás Sacramentos, no es garantía de salvación.  No basta esa pertenencia “oficial” a la Iglesia, sino que debemos intentar comportarnos de manera diferente a los israelitas en el desierto.

 

Dice San Pablo que todos esos israelitas recibieron las mismas gracias: cruzaron el Mar Rojo, comieron el Maná, bebieron del agua de la Roca, etc.  Pero, sin embargo “la mayoría de ellos desagradaron a Dios y murieron en el desierto”.

 

¿Y nosotros?  ¿Cómo nos comportamos?  ¿No reclamamos a Dios como ellos?  ¿No retamos a Dios como ellos?  ¿No nos vamos tras ídolos que nos inventamos para sustituir a Dios, tal como ellos hicieron?  A lo mejor nuestros ídolos no son “becerros de oro”, pero son ídolos porque son sustitutos de Dios: el dinero, el poder, el racionalismo, el sexo, nosotros mismos, etc.

 


San Pablo es claro: “Todas estas cosas les sucedieron a nuestros antepasados como un ejemplo para nosotros y fueron puestas en las Escrituras como advertencia para los que vivimos los últimos tiempos”.

 

Y nadie puede sentirse seguro.  Ni posición en la Iglesia, ni función dentro del pueblo de Dios, ni servicios prestados, ni la propia santidad, son prendas seguras de salvación, pues San Pablo agrega: “El que crea estar firme, tenga cuidado de no caer”.   El que se crea seguro, ¡cuidado!  ¡Ojo!, no caiga.

 

Así como San Pablo cataloga de “advertencias” las cosas que sucedieron en el desierto, el Señor nos trae otras “advertencias” en el Evangelio de hoy (Lc 13, 1-9).   Y ¿qué son esas “advertencias”?  Son llamados de Dios a la conversión.

 

La verdad es que Dios puede llamarnos a la conversión de muchas maneras.  Una de ellas es en forma de contrariedades que se nos pueden presentar en nuestro camino o de obstáculos que podemos encontrar o de desgracias que pueden ocurrirnos.

 

Sin embargo, tenemos la tendencia a catalogar este tipo de inconvenientes como castigos de Dios.  Pero no es así.  Los que llamamos “castigos”, vistos desde la perspectiva de Dios, pueden más bien ser “regalos”.  O “gracias”, como suelen llamarse en el lenguaje teológico, los regalos de Dios.

 

Jesús mismo nos aclaró esto al menos en dos oportunidades.  Una de ellas nos la presenta el Evangelio.  Y veamos la reacción del Señor al ser informado acerca de una masacre “cuando Pilato había dado muerte en el Templo a unos galileos, mientras estaban ofreciendo sus sacrificios”.

 

Ante la información que le traen, Jesús no toma una posición de defensa nacionalista ante el poderío romano, sino más bien da una enseñanza que va más allá de las consideraciones humanas y políticas.  Y aprovecha la ocasión para mostrar que ese sufrimiento no tiene nada que ver con la condición de los fallecidos.

 

Y más importante aún: para hacer un dramático llamado al arrepentimiento, advirtiendo del riesgo que corremos si no nos convertimos.



¿Piensan ustedes que aquellos galileos, porque les sucedió esto, eran más pecadores que los demás galileos?, les pregunta.  Y Él mismo contesta: “Ciertamente que no”.

 

Como para continuar el tema de la culpabilidad y el castigo, Jesús trae otro ejemplo similar a la discusión.  “Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿piensan que eran más culpables que todos los demás habitantes de Jerusalén?  Ciertamente que no”.

 

Recordemos también que cuando curó al ciego de nacimiento (Jn. 9, 2), los testigos del milagro querían saber la causa de la enfermedad y le preguntaron a Jesús si el ciego era ciego por culpa suya o por culpa de sus padres.  Y la respuesta del Señor fue muy clara: “No es por haber pecado él o sus padres, sino para que se manifieste en él la obra de Dios”.

 

Estas tres situaciones son parecidas a tragedias que sufren los seres humanos en nuestros días: persecuciones, accidentes, enfermedades, guerras, injusticias... Y ¿por qué suceden estas cosas?  Lo contesta el mismo Jesús: lo importante no es el por qué, sino el “para qué”: “para que se manifieste la obra de Dios”.

 

¿Y cuál es la obra de Dios?  Nuestra salvación, nuestra santificación.  Y es importante tener en cuenta que Dios trata de salvarnos a toda costa.

 

A veces lo hace con un milagro, como en el caso del ciego de nacimiento, porque las sanaciones, sin bien van dirigidas al cuerpo, tienen como objetivo principal la sanación del alma del enfermo, así como la conversión de los allegados y de los testigos del milagro.

 

A veces Dios hace su llamado a la santificación a través de serias advertencias, como el caso de los asesinados en el Templo y los aplastados por la torre.

 

Las palabras de Jesús que cierran el comentario sobre estos dos hechos muestran cómo lo que podemos considerar castigos de Dios son más bien llamadas suyas para que cambiemos de vida: son “advertencias”.

 


Así les dijo a los presentes: “Si ustedes no se arrepienten, perecerán de manera semejante”.  No se refiere Jesús, por supuesto, a la muerte física, sino a la muerte espiritual, que podría llevarnos a la condenación.

 

Todo, menos el pecado, nos viene de Dios.  Las cosas buenas que nos suceden nos vienen de Dios.  Y las cosas que consideramos “malas” realmente no son “malas”, sino “buenas”, pues todo Dios lo dirige hacia nuestro máximo bien que es nuestra salvación eterna.

 

Pero, mientras no seamos capaces de tomar las situaciones de persecuciones, de accidentes o de enfermedades como advertencias para cambiar de vida, para convertirnos, para arrepentirnos de nuestras faltas y pecados, estamos desperdiciando estas llamadas que Dios nos está haciendo para nuestra salvación.

 

Dios nos habla claro: “Si mi pueblo se humilla, rezando y buscando mi rostro, y se vuelven de sus malos caminos, Yo, entonces, los oiré desde los Cielos, perdonaré sus pecados y sanaré su tierra” (2 Crónicas 7, 14).

 

Termina el Evangelio con la parábola de la higuera estéril.  La esterilidad de la higuera se refiere a la esterilidad de nuestra vida cuando no damos frutos espirituales.

 

Dios nos planta (nos crea), nos cuida (nos da todas las gracias que necesitamos). ¿Y nosotros? ¿Damos fruto? ¿O nos parecemos más bien a esas plantas muy frondosas llenas de hojas, pero sin ningún fruto en sus ramas, sólo hojas, hojas provenientes de nuestro egoísmo, hipocresía, falta de rectitud de intención, vanidad, auto-suficiencia, autonomía, racionalismo, orgullo, etc., etc.?

 

Dios espera frutos de santidad en nosotros mismos... y frutos de santidad en los demás, por el servicio que espera de nosotros para la extensión de su Reino.  Pero ¿qué hacemos?  Nos creemos dueños de nosotros mismos.

 

No comprendemos que el árbol es del Señor.  No comprendemos que estamos “ocupando la tierra inútilmente”.

 

 


 

No comprendemos que Dios quiere que su árbol, plantado y cuidado por Él, dé frutos y los dé en abundancia.  Pero ¡qué desperdicio!  Ocupamos espacio inútilmente, sin dar el fruto esperado.  Y el Dueño de la plantación después de tanto esperar, desea cortar la higuera estéril.

 

Pero siempre, como bien lo indica la parábola, Dios nos da otra oportunidad.  Interviene de inmediato la Misericordia Divina, infinita como todas sus cualidades, para darnos más gracias aún.  A pesar de nuestra esterilidad, nos dice el Evangelio que, antes de cortarla, espera un año más, “afloja la tierra alrededor y le echa abono, para ver si da fruto.  Si no, el año que viene la cortaré”.

 

 

 

 

 

Fuentes;

Sagradas Escrituras

Evangeli.org

Homilias.org


domingo, 13 de febrero de 2022

«Alegraos ese día y saltad de gozo» (Evangelio Dominical)

 


Hoy volvemos a vivir las bienaventuranzas y las “malaventuranzas”: «Bienaventurados vosotros...», si ahora sufrís en mi nombre; «Ay de vosotros...», si ahora reís. La fidelidad a Cristo y a su Evangelio hace que seamos rechazados, escarnecidos en los medios de comunicación, odiados, como Cristo fue odiado y colgado en la cruz. Hay quien piensa que eso es debido a la falta de fe de algunos, pero quizá —bien mirado— es debido a la falta de razón. El mundo no quiere pensar ni ser libre; vive inmerso en el anhelo de la riqueza, del consumo, del adoctrinamiento libertario que se llena de palabras vanas, vacías donde se oscurece el valor de la persona y se burla de la enseñanza de Cristo y de la Iglesia, ya que —hoy por hoy— es el único pensamiento que ciertamente va contra corriente. A pesar de todo, el Señor Jesús nos infunde coraje: «Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, cuando os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como malo, por causa del Hijo del hombre (...). Vuestra recompensa será grande en el cielo» (Lc 6, 22.23).


San Juan Pablo II, en la encíclica Fides et Ratio, dijo: «La fe mueve a la razón a salir de su aislamiento y a apostar, de buen grado, por aquello que es bello, bueno y verdadero». La experiencia cristiana en sus santos nos muestra la verdad del Evangelio y de estas palabras del Santo Padre. Ante un mundo que se complace en el vicio y en el egoísmo como fuente de felicidad, Jesús muestra otro camino: la felicidad del Reino del Dios, que el mundo no puede entender, y que odia y rechaza. El cristiano, en medio de las tentaciones que le ofrece la “vida fácil”, sabe que el camino es el del amor que Cristo nos ha mostrado en la cruz, el camino de la fidelidad al Padre. Sabemos que en medio de las dificultades no podemos desanimarnos. Si buscamos de verdad al Señor, alegrémonos y saltemos de gozo (cf. Lc 6,23).

 

 

Lectura del santo evangelio según san Lucas (6,17.20-26):

 



En aquel tiempo, bajó Jesús del monte con los Doce y se paró en un llano, con un grupo grande de discípulos y de pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón.
Él, levantando los ojos hacia sus discípulos, les dijo: «Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados. Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis. Dichosos vosotros, cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten, y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas. Pero, ¡ay de vosotros, los ricos!, porque ya tenéis vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados!, porque tendréis hambre. ¡Ay de los que ahora reís!, porque haréis duelo y lloraréis. ¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que hacían vuestros padres con los falsos profetas.»

Palabra del Señor

 

 

COMENTARIO


 



¿Pueden ser felices los que sufren?  Sí, sí pueden.  Al menos eso fue lo que nos dijo Jesucristo.  ¡Felices los que ahora sufren!  Y lo dijo bastante al inicio de su predicación en el conocido “Sermón de la Montaña”, el cual comienza con las “bienaventuranzas” o motivos para considerarnos felices.  Es lo que nos presenta el Evangelio de hoy (Lc. 6, 17-26).

 

Otros motivos de felicidad, según las “bienaventuranzas” como nos las presenta San Lucas:  la persecución, los insultos, la pobreza (por cierto, no la material, sino la pobreza espiritual, entendida en el sentido bíblico “pobres de Yahvé” (cfr. Sof. 2, 1-3 y 3, 11-12).

 

La pobreza material puede ayudar a confiar más en Dios -es cierto- pero no es requerimiento para ser “pobre en el espíritu”.   Pobre en el espíritu es aquél que confía en Dios y no en sí mismo, que se sabe dependiente de Dios y no independiente, que se reconoce incapaz y remite todas sus capacidades a Dios. 

 

Las “bienaventuranzas” son tal vez la máxima paradoja del ser o del intentar ser cristiano.  Tienen su modelo en la forma de ser de Aquél que las proclamó: así fue Jesús.  Y al cristiano le toca imitar y seguir a Jesús.

 

No pueden entenderse las “bienaventuranzas” ... mucho menos vivirlas, si nuestra brújula -que debiera estar dirigida al Cielo- está dirigida hacia este mundo pasajero y efímero.  ¡Imposible aceptar esta lista de incomprensibles paradojas!

 


Sobre en quien debemos poner nuestra confianza nos alerta, dura y convincentemente el Profeta Jeremías en la Primera Lectura.  Y nos plantea los riesgos que corremos:

 

“Maldito el hombre que confía en el hombre (en sí mismo o en otros seres humanos), que en él pone su fuerza y aparta del Señor su corazón ... vivirá en la aridez del desierto en una tierra salobre, inhabitable.  Bendito el hombre que confía en el Señor y en El pone su esperanza.  Será como un árbol plantado junto al agua...sus hojas se conservarán siempre verdes y en año de sequía no se marchitará ni dejará de dar frutos”. (Jr. 17, 5-8).

 

Las “bienaventuranzas” y la advertencia de Jeremías nos invitan a confiar en Dios ... a confiar de verdad.  Pero ... ¿en quién confiamos los hombres y mujeres de este Tercer Milenio?  ¿Realmente confiamos en Dios ... o más bien buscamos a Dios cuando nos interesa? ¿Realmente confiamos en Dios ... o confiamos en nosotros mismos, en nuestras capacidades, nuestros raciocinios, nuestras realizaciones, nuestras búsquedas, nuestras experiencias de oficio o profesión ... nuestros enfoques humanos, nuestros propios criterios? 

 

¿Somos capaces de hacer lo que vimos a Pedro hacer en el Evangelio del pasado domingo cuando, sabiendo por su experiencia de pescador que no había pesca, vuelve a echar las redes en obediencia a la Sabiduría Divina de Jesús que le da esa orden? (cfr. Lc. 5, 1-11) ¿Somos capaces de oponer la Sabiduría Divina a lo que consideramos nuestros confiables conocimientos humanos?

 

¡Con razón no podemos entender las “bienaventuranzas”!  Porque éstas van en contraposición a todo lo que hemos ido haciendo costumbre... equivocadamente.  Van en contraposición a toda perspectiva de seguridades y felicidades terrenas. Van en contraposición a lo que creemos merecer.

 

Con las “bienaventuranzas” Jesús quiere cambiarnos de raíz.  Viene a decirnos que el valor de las cosas no se mide según el dolor o el placer inmediato que proporcionan, sino que las hemos de medir según las consecuencias de gozo que tengan para la eternidad.  Que es lo mismo que decirnos que la brújula hay que dirigirla hacia Allá, no hacia aquí.  Las “bienaventuranzas” dejarían de ser paradojas utópicas si dirigiéramos bien nuestra brújula.

 

El  Evangelio de San Lucas nos  trae también las que podríamos llamar las "anti - bienaventuranzas”: 

 

“¡Ay de ustedes, los ricos, porque ya tienen ahora su consuelo!  ¡Ay de ustedes los que se hartan ahora, porque después tendrán hambre!  ¡Ay de ustedes los que ríen ahora, porque llorarán de pena!  ¡Ay de ustedes, cuando todo el mundo los alabe, porque de ese modo trataron sus padres a los falsos profetas!”

 

¡Qué diferente la visión de Cristo a los valores que nos presenta el mundo de hoy!   Los ricos, los hartos, los que gozan ahora, los reconocidos y alabados no van a estar muy bien en la eternidad.  Pero no será tanto por el bienestar que creen ahora disfrutar, sino porque tienen su confianza puesta en sí mismos y en todo lo perecedero de este mundo: dinero, poder, satisfacciones, reconocimientos, honores.

 

Los que se sienten satisfechos con las metas miopes de este mundo corren graves riesgos, pues tiene la brújula muy mal dirigida.  Los que están apegados al reino de la tierra nunca podrán alcanzar el Reino de los Cielos.  De allí la advertencia del Señor.  De allí los “ayes” de las “anti-bienaventuranzas”.

 


De allí la dura reprensión del Profeta Jeremías: “Maldito el hombre que confía en el hombre, que en él pone su fuerza y aparta del Señor su corazón”

 

De allí la corroboración que hace San Pablo de esto en la Segunda Lectura: “Si nuestra esperanza en Cristo se redujera tan sólo a las cosas de esta vida seríamos los más infelices de todos los hombres” (1 Cor. 15, 12-20).   Infelices:  anti-bienaventurados.

 

Nos quiere decir San Pablo que la esperanza cristiana no puede centrarse en las cosas de esta vida.  No hay que buscar a Dios solamente para que nos cure, para que nos dé las cosas materiales que le pedimos, para que nos satisfaga en esta vida.

 

Hay que buscar a Dios para ver qué tiene que decirnos y qué tiene que pedirnos, para saber qué desea de nosotros, para saber de qué manera nos quiere conducir al Reino de los Cielos.

 

Y ese camino al Reino de los Cielos nos lo muestran las “bienaventuranzas”: “Felices los pobres ... Felices los que ahora tienen hambre ...  Felices los que sufren ... Felices cuando los aborrezcan y los expulsen ... cuando los insulten y maldigan por causa del Hijo del hombre ...”   Paradojas incomprensibles que sólo se entienden si dejamos la miopía terrenal y nos ponemos los lentes de eternidad.

 

Pero ¡ojo!  No es la pobreza en sí, ni el hambre, ni la persecución, ni el sufrimiento mismo lo que nos hace bienaventurados o bienaventuradas.  Tampoco en sí mismas estas condiciones adversas son boletos seguros de entrada al Cielo.  Si reaccionamos ante ellas con una actitud pecaminosa de rechazo o de cuestionamiento a Dios, más bien podrían ser motivos de condenación.

 


El derecho al gozo eterno proveniente de las situaciones adversas, se nos otorga por nuestra actitud ante estas circunstancias que nos presenta la Providencia Divina a lo largo de nuestra vida como favores especiales para ayudarnos a llegar al Cielo.

 

Cuando al sufrir adversidades ponemos nuestra confianza en Dios y no en nosotros mismos, cuando ponemos nuestra mirada en la meta celestial y nos desprendemos de las metas terrenas, cuando confiamos tanto en Dios que nos abandonamos en El y nos sentimos cómodos dentro de su Voluntad -sea cual fuere- podemos decir que hemos comenzado el camino de las “bienaventuranzas”.

 

Las “bienaventuranzas” son una llamada para todos, pero sólo los que seamos capaces de desprendernos de nuestros criterios y deseos, para asumir los de Dios, podremos ser felices ... aquí y Allá. 

 

¿Por qué hay que sufrir?

 

¿Cuál es el verdadero motivo del sufrimiento?







 

Fuentes:

Sagradas Escrituras

Evangeli.org

Homilias.org

 


















domingo, 17 de febrero de 2019

«Alegraos ese día y saltad de gozo» (Evangelio Dominical)





Hoy volvemos a vivir las bienaventuranzas y las “malaventuranzas”: «Bienaventurados vosotros...», si ahora sufrís en mi nombre; «Ay de vosotros...», si ahora reís. La fidelidad a Cristo y a su Evangelio hace que seamos rechazados, escarnecidos en los medios de comunicación, odiados, como Cristo fue odiado y colgado en la cruz. 


Hay quien piensa que eso es debido a la falta de fe de algunos, pero quizá —bien mirado— es debido a la falta de razón. El mundo no quiere pensar ni ser libre; vive inmerso en el anhelo de la riqueza, del consumo, del adoctrinamiento libertario que se llena de palabras vanas, vacías donde se oscurece el valor de la persona y se burla de la enseñanza de Cristo y de la Iglesia, ya que —hoy por hoy— es el único pensamiento que ciertamente va contra corriente. A pesar de todo, el Señor Jesús nos infunde coraje: «Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, cuando os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como malo, por causa del Hijo del hombre (...). Vuestra recompensa será grande en el cielo» (Lc 6, 22.23).


                                       
 

 San Juan Pablo II, en la encíclica Fides et Ratio, dijo: «La fe mueve a la razón a salir de su aislamiento y a apostar, de buen grado, por aquello que es bello, bueno y verdadero». La experiencia cristiana en sus santos nos muestra la verdad del Evangelio y de estas palabras del Santo Padre. Ante un mundo que se complace en el vicio y en el egoísmo como fuente de felicidad, Jesús muestra otro camino: la felicidad del Reino del Dios, que el mundo no puede entender, y que odia y rechaza. El cristiano, en medio de las tentaciones que le ofrece la “vida fácil”, sabe que el camino es el del amor que Cristo nos ha mostrado en la cruz, el camino de la fidelidad al Padre. Sabemos que en medio de las dificultades no podemos desanimarnos. Si buscamos de verdad al Señor, alegrémonos y saltemos de gozo (cf. Lc 6,23).





Lectura del santo evangelio según san Lucas (6,17.20-26):


              



En aquel tiempo, bajó Jesús del monte con los Doce y se paró en un llano, con un grupo grande de discípulos y de pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón. 

Él, levantando los ojos hacia sus discípulos, les dijo: 

«Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. 

Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados.

Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis. 

Dichosos vosotros, cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten, y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. 

Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas. Pero, ¡ay de vosotros, los ricos!, porque ya tenéis vuestro consuelo. 

¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados!, porque tendréis hambre. 

¡Ay de los que ahora reís!, porque haréis duelo y lloraréis. 

¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que hacían vuestros padres con los falsos profetas.»

Palabra del Señor




COMENTARIO


                                                


¿Pueden ser felices los que sufren?  Sí, sí pueden.  Al menos eso fue lo que nos dijo Jesucristo.  ¡Felices los que ahora sufren!  Y lo dijo bastante al inicio de su predicación en el conocido “Sermón de la Montaña”, el cual comienza con las “bienaventuranzas” o motivos para considerarnos felices.  Es lo que nos presenta el Evangelio de hoy (Lc. 6, 17-26).

Otros motivos de felicidad, según las “bienaventuranzas” como nos las presenta San Lucas:  la persecución, los insultos, la pobreza (por cierto, no la material, sino la pobreza espiritual, entendida en el sentido bíblico “pobres de Yahvé” (cfr. Sof. 2, 1-3 y 3, 11-12).

La pobreza material puede ayudar a confiar más en Dios -es cierto- pero no es requerimiento para ser “pobre en el espíritu”.   Pobre en el espíritu es aquél que confía en Dios y no en sí mismo, que se sabe dependiente de Dios y no independiente, que se reconoce incapaz y remite todas sus capacidades a Dios.

Las “bienaventuranzas” son tal vez la máxima paradoja del ser o del intentar ser cristiano.  Tienen su modelo en la forma de ser de Aquél que las proclamó: así fue Jesús.  Y al cristiano le toca imitar y seguir a Jesús.


                                        



No pueden entenderse las “bienaventuranzas”... mucho menos vivirlas, si nuestra brújula -que debiera estar dirigida al Cielo- está dirigida hacia este mundo pasajero y efímero.  ¡Imposible aceptar esta lista de incomprensibles paradojas!

Sobre en quien debemos poner nuestra confianza nos alerta, dura y convincentemente el Profeta Jeremías en la Primera Lectura.  Y nos plantea los riesgos que corremos:

“Maldito el hombre que confía en el hombre (en sí mismo o en otros seres humanos), que en él pone su fuerza y aparta del Señor su corazón ... vivirá en la aridez del desierto en una tierra salobre, inhabitable.  Bendito el hombre que confía en el Señor y en El pone su esperanza.  Será como un árbol plantado junto al agua... sus hojas se conservarán siempre verdes y en año de sequía no se marchitará ni dejará de dar frutos”. (Jr. 17, 5-8).

Las “bienaventuranzas” y la advertencia de Jeremías nos invitan a confiar en Dios ... a confiar de verdad.  Pero ... ¿en quién confiamos los hombres y mujeres de este Tercer Milenio?  ¿Realmente confiamos en Dios ... o más bien buscamos a Dios cuando nos interesa? ¿Realmente confiamos en Dios ... o confiamos en nosotros mismos, en nuestras capacidades, nuestros raciocinios, nuestras realizaciones, nuestras búsquedas, nuestras experiencias de oficio o profesión ... nuestros enfoques humanos, nuestros propios criterios?


                                               



¿Somos capaces de hacer lo que vimos a Pedro hacer en el Evangelio del pasado domingo cuando, sabiendo por su experiencia de pescador que no había pesca, vuelve a echar las redes en obediencia a la Sabiduría Divina de Jesús que le da esa orden? (cfr. Lc. 5, 1-11)¿Somos capaces de oponer la Sabiduría Divina a lo que consideramos nuestros confiables conocimientos humanos?

¡Con razón no podemos entender las “bienaventuranzas”!  Porque éstas van en contraposición a todo lo que hemos ido haciendo costumbre... equivocadamente.  Van en contraposición a toda perspectiva de seguridades y felicidades terrenas. Van en contraposición a lo que creemos merecer.

Con las “bienaventuranzas” Jesús quiere cambiarnos de raíz.  Viene a decirnos que el valor de las cosas no se mide según el dolor o el placer inmediato que proporcionan, sino que las hemos de medir según las consecuencias de gozo que tengan para la eternidad.  Que es lo mismo que decirnos que la brújula hay que dirigirla hacia Allá, no hacia aquí.  Las “bienaventuranzas” dejarían de ser paradojas utópicas si dirigiéramos bien nuestra brújula.

                                    
                                                



El Evangelio de San Lucas nos trae también las que podríamos llamar las “anti-bienaventuranzas”:

“¡Ay de ustedes, los ricos, porque ya tienen ahora su consuelo!  ¡Ay de ustedes los que se hartan ahora, porque después tendrán hambre!  ¡Ay de ustedes los que ríen ahora, porque llorarán de pena!  ¡Ay de ustedes, cuando todo el mundo los alabe, porque de ese modo trataron sus padres a los falsos profetas!”

¡Qué diferente la visión de Cristo a los valores que nos presenta el mundo de hoy!   Los ricos, los hartos, los que gozan ahora, los reconocidos y alabados no van a estar muy bien en la eternidad.  Pero no será tanto por el bienestar que creen ahora disfrutar, sino porque tienen su confianza puesta en sí mismos y en todo lo perecedero de este mundo: dinero, poder, satisfacciones, reconocimientos, honores.

Los que se sienten satisfechos con las metas miopes de este mundo corren graves riesgos, pues tiene la brújula muy mal dirigida.  Los que están apegados al reino de la tierra nunca podrán alcanzar el Reino de los Cielos.  De allí la advertencia del Señor.  De allí los “ayes” de las “anti-bienaventuranzas”.

De allí la dura reprensión del Profeta Jeremías: “Maldito el hombre que confía en el hombre, que en él pone su fuerza y aparta del Señor su corazón”


                                                



De allí la corroboración que hace San Pablo de esto en la Segunda Lectura: “Si nuestra esperanza en Cristo se redujera tan sólo a las cosas de esta vida seríamos los más infelices de todos los hombres” (1 Cor. 15, 12-20).   Infelices:  anti-bienaventurados.

Nos quiere decir San Pablo que la esperanza cristiana no puede centrarse en las cosas de esta vida.  No hay que buscar a Dios solamente para que nos cure, para que nos dé las cosas materiales que le pedimos, para que nos satisfaga en esta vida.

Hay que buscar a Dios para ver qué tiene que decirnos y qué tiene que pedirnos, para saber qué desea de nosotros, para saber de qué manera nos quiere conducir al Reino de los Cielos.

Y ese camino al Reino de los Cielos nos lo muestran las “bienaventuranzas”: “Felices los pobres ... Felices los que ahora tienen hambre ...  Felices los que sufren ... Felices cuando los aborrezcan y los expulsen ... cuando los insulten y maldigan por causa del Hijo del hombre ...”    Paradojas incomprensibles que sólo se entienden si dejamos la miopía terrenal y nos ponemos los lentes de eternidad.




Pero ¡ojo!  No es la pobreza en sí, ni el hambre, ni la persecución, ni el sufrimiento mismo lo que nos hace bienaventurados o bienaventuradas.  Tampoco en sí mismas estas condiciones adversas son boletos seguros de entrada al Cielo.  Si reaccionamos ante ellas con una actitud pecaminosa de rechazo o de cuestionamiento a Dios, más bien podrían ser motivos de condenación.

El derecho al gozo eterno proveniente de las situaciones adversas, se nos otorga por nuestra actitud ante estas circunstancias que nos presenta la Providencia Divina a lo largo de nuestra vida como favores especiales para ayudarnos a llegar al Cielo.

Cuando al sufrir adversidades ponemos nuestra confianza en Dios y no en nosotros mismos, cuando ponemos nuestra mirada en la meta celestial y nos desprendemos de las metas terrenas, cuando confiamos tanto en Dios que nos abandonamos en El y nos sentimos cómodos dentro de su Voluntad -sea cual fuere- podemos decir que hemos comenzado el camino de las “bienaventuranzas”.

                                          


Las “bienaventuranzas” son una llamada para todos, pero sólo los que seamos capaces de desprendernos de nuestros criterios y deseos, para asumir los de Dios, podremos ser felices ... aquí y Allá. 




























Fuentes:
Sagradas Escrituras
Homilias.org
Evangeli.org