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domingo, 26 de abril de 2020

«Aquel mismo día, el domingo» (Evangelio Dominical)







Hoy comenzamos la proclamación del Evangelio con la expresión: «Aquel mismo día, el domingo» (Lc 24,13). Sí, todavía domingo. Pascua —se ha dicho— es como un gran domingo de cincuenta días. ¡Oh, si supiésemos la importancia que tiene este día en la vida de los cristianos! «Hay motivos para decir, como sugiere la homilía de un autor del siglo IV (el Pseudo Eusebio de Alejandría), que el ‘día del Señor’ es el ‘señor de los días’ (…). Ésta es, efectivamente, para los cristianos la “fiesta primordial”» (San Juan Pablo II). El domingo, para nosotros, es como el seno materno, cuna, celebración, hogar y también aliento misionero. ¡Oh, si entreviéramos la luz y la poesía que lleva! Entonces afirmaríamos como aquellos mártires de los primeros siglos: «No podemos vivir sin el domingo».

Pero, cuando el día del Señor pierde relieve en nuestra existencia, también se eclipsa el “Señor del día”, y nos volvemos tan pragmáticos y “serios” que sólo damos crédito a nuestros proyectos y previsiones, planes y estrategias; entonces, incluso la misma libertad con la que Dios actúa, nos es motivo de escándalo y de alejamiento. Ignorando el estupor nos cerramos a la manifestación más luminosa de la gloria de Dios, y todo se convierte en un atardecer de decepción, preludio de una noche interminable, donde la vida parece condenada a un perenne insomnio.

                      
                                             



Sin embargo, el Evangelio proclamado en medio de las asambleas dominicales es siempre anuncio angélico de una claridad dirigida a entendimientos y corazones tardos para creer (cf. Lc 24,25), y por esto es suave, no explosivo, ya que —de otro modo— más que iluminar nos cegaría. Es la Vida del Resucitado que el Espíritu nos comunica con la Palabra y el Pan partido, respetando nuestro caminar hecho de pasos cortos y no siempre bien dirigidos.

Cada domingo recordemos que Jesús «entró a quedarse con ellos» (Lc 24,29), con nosotros. ¿Lo has reconocido hoy, cristiano?




Lectura del santo evangelio según san Lucas (24,13-35):



                                       




AQUEL mismo día (el primero de la semana), dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios;
iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.

Él les dijo:
«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».
Ellos se detuvieron con aire entristecido, Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:
«Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?».

Él les dijo:
«¿Qué?».

Ellos le contestaron:

«Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».

Entonces él les dijo:

«¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».
Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.
Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo:
«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron.
Pero él desapareció de su vista.

Y se dijeron el uno al otro:

«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».
Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra del Señor






COMENTARIO. 


                 



Hoy, Domingo 3 de Pascua, continúa la Liturgia en tono de júbilo, porque Cristo ha resucitado.  El “Aleluya” sigue resonando como un grito de celebración victoriosa, pues Jesús ha vuelto de la muerte a la Vida, para comunicarnos esa Vida a nosotros.

Esta es la tónica de la Primera Lectura (Hch. 2, 14.22-23), tomada de los Hechos de los Apóstoles, la cual nos narra el discurso de Pedro el día de Pentecostés.  Después de haber recibido el Espíritu Santo, San Pedro irrumpe en palabras que explicaban el triunfo de Jesús sobre la muerte, discurso que estaba lleno de alegría porque Cristo, el que había sido entregado a la muerte en la cruz, había resucitado.

El Salmo 15 es un Salmo del Rey David, que San Pedro recuerda en su discurso, el cual nos llena de esperanza en nuestra propia resurrección.  Hemos cantado:  “Se me alegra el corazón ... porque Tú no me abandonarás a la muerte”.   Y en él le hemos pedido al Señor que nos enseñe el camino de la vida, para poder ser saciados del gozo de su presencia en alegría perpetua junto a El.  Hemos repetido en el Salmo:  “Enséñanos, Señor, el camino de la Vida”.

En la Segunda Lectura (1 Pe.1, 17-21),  San Pedro nos habla también de camino, de “nuestro peregrinar por la tierra”,  pidiéndonos que vivamos en esta vida “siempre con temor filial”.  Es decir, siempre con el respeto y el amor que debemos a Dios nuestro Padre, porque hemos sido rescatados, no pagando con algo efímero, como pueden ser el oro y la plata, sino que el precio de nuestro rescate ha sido ¡nada menos! que la vida de su Hijo, “la sangre preciosa de Cristo”.



                                     




En el Evangelio (Lc. 22, 13-35) vemos el famoso pasaje de un camino, el camino entre Jerusalén y un poblado situado a unos once kilómetros de distancia, llamado Emaús.  Por ese camino iban dos discípulos de Jesús, que hacían este recorrido tres días después de los sucesos de la muerte del Señor, precisamente el día en que Cristo había resucitado.  Y mientras iban caminando y comentando todo lo que acababa de suceder en Jerusalén, el mismo Jesús Resucitado se les apareció haciéndose pasar por un viajero más que iba caminando en la misma dirección.

Nos dice el Evangelio que los ojos de los discípulos estaban “velados” y no pudieron reconocer a Jesús.  (Lc. 24, 13-35).   Jesús se hace el desentendido, el que no sabía nada de lo sucedido, y ellos se impresionan:  “¿Serás tú el único forastero que no sabe lo que ha sucedido estos días en Jerusalén?”.

Jesús sigue haciéndose el desentendido, con lo que logra que ellos expresen exactamente qué piensan de Jesús:  “Nosotros esperábamos que él sería el libertador de Israel, y sin embargo, han pasado ya tres días desde que estas cosas sucedieron.”

Luego le contaron que algunas mujeres de su grupo los habían dejado “desconcertados”, pues habían ido esa madrugada al sepulcro y llegaron contando que no habían encontrado el cuerpo y que se les habían aparecido unos ángeles que les habían dicho que Jesús estaba vivo.  Le refirieron que también los hombres, los Apóstoles, habían constatado lo del sepulcro vacío, pero añadían incrédulos que a Jesús no lo habían visto.


                                
                                       




Varias cosas resaltan en esta primera parte del relato evangélico:  ¿Por qué estaban “velados” los ojos de Cleofás y de su compañero?  ¿Por qué no pudieron reconocer a Jesús Resucitado cuando se les incorporó en el camino hacia Emaús?  Más aún, ¿por qué estaban “desconcertados” ante la información dada por las mujeres que fueron al sepulcro?

Realmente se nota en ellos una gran falta de fe.  Si Jesús había anunciado a sus discípulos, a sus seguidores que resucitaría al tercer día ¿cómo, entonces, no iban a creer el cuento de las mujeres, si lo que ellas informaron fue justamente lo que El ya había anunciado?  ¡Qué incredulidad ante el testimonio de los mismos Apóstoles quienes ratificaron lo del sepulcro vacío!

Fijémomos en el comentario completo:  “Algunos de nuestros compañeros fueron al sepulcro y hallaron todo como habían dicho las mujeres, pero a El no lo vieron”.   ¡Qué falta de fe!  Tenían que ver para creer.  Y nuestra fe ... ¿cómo es?  ¿Necesita también de pruebas ... o  podemos creer sin comprobaciones?

Pero no sólo había falta de fe en estos dos discípulos:  había también apego a sus propios criterios.  Fijémonos que ellos dicen haber esperado un Mesías diferente a lo que Jesús fue:  ellos esperaban un Mesías que fuera “libertador de Israel”.  ¿Y qué nos dice este comentario sobre el Mesías?  Con esto nos muestran que no aceptaban del todo lo que Jesús había hecho o lo que había dejado de hacer, sino que más bien tenían su propia idea de cómo debían ser las cosas, de cómo debía actuar el Mesías.



       
                 



Con razón el Señor los reprende duramente:  ¡Qué insensatos son ustedes y qué duros de corazón para creer todo lo anunciado por los profetas!  ¿No tendría también que reprendernos el Señor así?  ¿No podría el Señor tacharnos de “insensatos”, pues también tenemos nuestros propios criterios e ideas, por cierto no muy ajustados a los criterios e ideas de Dios?  ¿No podría el Señor tacharnos de “duros de corazón” también, pues somos duros para creer?

Luego de esta fuerte corrección, comienza Jesús a explicarles todos los pasajes de la Escritura que se referían a El.

Y, al sentirse ellos emocionados con estas explicaciones, le piden a Jesús que no siga de camino.  “Quédate con nosotros”, le dicen. 

Jesús accede y al estar dentro sentado a la mesa, nos dice el Evangelio que “tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se los dio”.  Fue en ese momento cuando “se les abrieron los ojos y lo reconocieron”.   Al escuchar lo que Jesús les iba diciendo, su corazón se emocionaba e iban entendiendo lo que les explicaba ...  Y al recibir a Cristo en la Eucaristía, pudieron reconocerlo y pudieron creer que realmente había resucitado.

¿Qué otra enseñanza podemos sacar del camino a Emaús?

Nosotros debemos escuchar a Jesús.  Debemos buscarlo primeramente en su Palabra contenida en la Biblia y en las lecturas de cada domingo.  Debemos estar en sintonía con El, para reconocerlo cuando se nos acerque en nuestro camino.  Para estar en sintonía con el Señor, debemos buscarlo sobre todo en la oración, pero -además- recibirlo con frecuencia en la Sagrada Eucaristía.  Y cuando no la podamos tener, realizar frecuentes Comuniones Espirituales.

En la Palabra de Dios, en la oración y en la Eucaristía tenemos las gracias necesarias para poder creer sin ver, para desprendernos de nuestros propios criterios y de nuestra propia manera de ver las cosas.


                                                




Así podremos creer sin ver.  Así podremos desprendernos de nuestros propios criterios y de nuestra propia manera de ver las cosas.  Así podremos reconocer al Señor cuando nos enseña su Verdad y cuando nos muestra sus criterios.  Así podremos aprovechar la gracia de su presencia en nosotros y en medio de nosotros.  Así tiene sentido pedirle:  “Quédate con nosotros”.

Sin la Palabra de Dios, la oración y la Eucaristía, Jesús podrá pasar delante de nosotros y no lo reconoceremos ni aprovecharemos su presencia.  Sería una lástima.

En esto consiste nuestro camino a Emaús.  En esto consiste ese “camino de la Vida”, que hemos pedido al Señor en el Salmo.
















Fuentes;
Sagradas Escrituras
Evangeli.org
Homilias.org

domingo, 4 de agosto de 2019

«La vida de uno no está asegurada por sus bienes» (Evangelio Dominical)



                                    



Hoy, Jesús nos sitúa cara a cara con aquello que es fundamental para nuestra vida cristiana, nuestra vida de relación con Dios: hacerse rico delante de Él. Es decir, llenar nuestras manos y nuestro corazón con todo tipo de bienes sobrenaturales, espirituales, de gracia, y no de cosas materiales.

Por eso, a la luz del Evangelio de hoy, nos podemos preguntar: ¿de qué llenamos nuestro corazón? El hombre de la parábola lo tenía claro: «Descansa, come, bebe, banquetea» (Lc 12,19). Pero esto no es lo que Dios espera de un buen hijo suyo. El Señor no ha puesto nuestra felicidad en herencias, buenas comidas, coches último modelo, vacaciones a los lugares más exóticos, fincas, el sofá, la cerveza o el dinero. Todas estas cosas pueden ser buenas, pero en sí mismas no pueden saciar las ansias de plenitud de nuestra alma, y, por tanto, hay que usarlas bien, como medios que son.

Es la experiencia de san Ignacio de Loyola, cuya celebración tenemos tan cercana. Así lo reconocía en su propia autobiografía: «Cuando pensaba en cosas mundanas, se deleitaba, pero, cuando, ya aburrido lo dejaba, se sentía triste y seco; en cambio, cuando pensaba en las penitencias que observaba en los hombres santos, ahí sentía consuelo, no solamente entonces, sino que incluso después se sentía contento y alegre». También puede ser la experiencia de cada uno de nosotros.

                    



Y es que las cosas materiales, terrenales, son caducas y pasan; por contraste, las cosas espirituales son eternas, inmortales, duran para siempre, y son las únicas que pueden llenar nuestro corazón y dar sentido pleno a nuestra vida humana y cristiana.

Jesús lo dice muy claro: «¡Necio!» (Lc 12,20), así califica al que sólo tiene metas materiales, terrenales, egoístas. Que en cualquier momento de nuestra existencia nos podamos presentar ante Dios con las manos y el corazón llenos de esfuerzo por buscar al Señor y aquello que a Él le gusta, que es lo único que nos llevará al Cielo.





Lectura del santo evangelio según san Lucas (12,13-21):

                                   



EN aquel tiempo, dijo uno de entre la gente a Jesús:
«Maestro, dije a mi hermano que reparta conmigo la herencia».
Él le dijo:
«Hombre, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre vosotros?».
Y les dijo:
«Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes».
Y les propuso una parábola:
«Las tierras de un hombre rico produjeron una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos, diciéndose:
“¿Qué haré? No tengo donde almacenar la cosecha”. Y se dijo:
“Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el trigo y mis bienes. Y entonces me diré a mí mismo: alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe, banquetea alegremente”.
Pero Dios le dijo:
“Necio, esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado?”.
Así es el que atesora para SÍ y no es rico ante Dios».

Palabra del Señor





COMENTARIO

                       



Las Lecturas de este Domingo nos hablan sobre los bienes materiales y los bienes espirituales.  Nos advierten acerca del peligro de la avaricia, la cual es un pecado y un vicio relacionado con el apego a los bienes materiales y con el deseo de tener mucho.

La Primera Lectura del Libro del Eclesiastés (Qo. 1, 2; 2, 21-23) nos insinúa la poca importancia que tienen los bienes materiales y los afanes de este mundo.

La Segunda Lectura de San Pablo (Col. 3, 1-5. 9-11) nos invita muy claramente a ocuparnos “de los bienes de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios”.  Es decir, nos habla San Pablo de los bienes del Cielo, de los bienes que tienen relación con nuestra vida espiritual, de los bienes que tenemos que buscar para llegar a nuestra meta, que es el Cielo.  Menciona también San Pablo la “avaricia”, “como una forma de idolatría”.

Idolatría es la adoración y el culto a dioses falsos.  ¿Por qué, entonces, habla de la avaricia como idolatría?  Porque el deseo excesivo de bienes materiales, la satisfacción de necesidades inventadas o de lujos innecesarios terminan por convertir al dinero en un dios falso, en una cosa a la que se le rinde culto, porque se le pone por encima de todas las demás cosas, por encima de los bienes espirituales, por encima de Dios.

                                       



 El Evangelio (Lc. 12, 13-21) también nos habla de la avaricia: “Eviten toda clase de avaricia, porque la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea”.

Pero ... ¡qué difícil es no estar apegado a los bienes de aquí abajo, a los bienes de la tierra:  dinero, propiedades, comodidades, lujos, gustos, placeres, seres queridos, etc.!  Y si nos fijamos bien en la Palabra de Dios, el Señor nos pide apegarnos solamente a los bienes de allá arriba y desprendernos totalmente de lo que solemos llamar “las cosas de este mundo”.

Si nos fijamos bien en lo que hemos rezado en el Salmo de hoy (Sal. 89), podemos darnos cuenta de la poca importancia que tienen las cosas de esta vida.  El Salmo nos hace reflexionar también sobre lo efímero de esta vida; es decir sobre lo breve que es esta vida comparada con la eternidad: “Nuestra vida es tan breve como un sueño ... Mil años son para Ti como un día ... Enséñanos a ver lo que es la vida y seremos sensatos”.

Y es verdad!  Es una insensatez darle tanta importancia a esta vida y a las cosas de esta vida.  ¡Esta vida es nada ... comparada con la otra Vida!  ¡Es brevísima si la comparamos con la eternidad!  ¡Es poco importante si la comparamos con lo que nos espera después!

                                   



 Recordemos aquí, entonces, el fin para el cual hemos sido creados...  ¿Cuál es nuestra meta? ...  Hemos sido creados por Dios para una felicidad perfecta.  Y ese anhelo de felicidad es bueno, pues ha sido puesto por Dios en el corazón del hombre.

Sin embargo, esa felicidad perfecta sólo será posible tenerla en la otra vida, en la Vida que comienza después de esta vida terrena, cuando se inicia para los seres humanos la Vida Eterna, la vida que no tiene fin. Es un error pensar que ese anhelo de felicidad se satisface con bienes materiales.

Cuando el ser humano busca equivocadamente esa felicidad en los bienes de este mundo -y muy especialmente, en los bienes materiales y en el dinero que los obtiene- pierde de vista los verdaderos bienes; es decir, los bienes de allá arriba.  Entonces corre el riesgo de quedarse con los bienes de aquí abajo y de perder los verdaderos bienes, que son los que recibiremos en la otra Vida.

Se nos olvida aquel consejo de Jesús: “Busquen primero el Reino de Dios y su justicia y lo demás se les dará por añadidura” (Mt. 6, 33).

                                       



Y el Señor, además de este consejo, nos hace varias veces graves advertencias sobre el apego a las cosas del mundo: “No acumulen tesoros en la tierra ... Reúnan riquezas celestiales que no se acaban ... porque donde están tus riquezas, ahí también estará tu corazón”. (Mt. 6, 19-21 y Lc. 12, 33-34).

Esta advertencia de Jesucristo es muy importante.  En ella nos pide “ahorrar” para el Cielo, nos pide “ahorrar” bienes celestiales.  Y nos pide, además, considerar estos bienes celestiales como la verdadera riqueza.

Si seguimos considerando verdadera riqueza los bienes de aquí abajo, nuestro corazón quedará atrapado por esos bienes perecederos que se acaban: nuestro corazón quedará atrapado en el pecado de la avaricia.

Y ¿qué sucede con los bienes acumulados aquí?  ¿Acaso nos los podemos llevar para el viaje a la eternidad?  ¿Qué sucede con las riquezas acumuladas aquí abajo?  ¿Las podemos llevar con nosotros?  Bien sabemos que no... Definitivamente, no.

Se cuenta de un señor muy, muy avaro... ¡tan avaro! que quiso que lo enterraran con el dinero que había acumulado en una cuenta muy sustanciosa que tenía.  Y tanta era su avaricia que le hizo prometer a la esposa que lo enterraría con el dinero que estaba en esa cuenta.

Muere el señor y la esposa le hizo saber de su promesa al hijo mayor.  Este -muy sagazmente- resolvió el problema: No te preocupes, mamá, yo le voy a hacer un cheque por la cantidad que hay en la cuenta, y se lo ponemos en la urna”... En qué Banco iría a cobrar este cheque el avaro fallecido (???).

Y esto -que parece un cuento- puede llegar a suceder, porque no sabemos a dónde nos puede llevar la avaricia.  La avaricia -recordemos- es una forma de idolatría, de rendir culto al dios “dinero”.  Y si no nos lleva a extremos como el del avaro enterrado con su cheque, sí nos aleja de las cosas de Dios, sí nos aleja de los bienes espirituales, sí nos aleja de lo único que es importante para llegar a nuestra meta que es el Cielo.

                                         



El Señor nos advierte acerca de la avaricia, acerca de ese apego a los bienes de este mundo.  Y lo hace en tono bastante grave, y en varias ocasiones.

Fijémonos, concretamente, en el Evangelio de hoy:  Nos dice así el Señor: “eviten toda clase de avaricia, porque la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea”.

Y cuenta la parábola de un hombre acumulador de riquezas que se siente muy satisfecho de todo lo acumulado.  “Pero Dios le dijo: ¡Insensato!  Esta misma noche vas a morir.  ¿Para quién serán todos tus bienes?   Y la advertencia final del Señor en este Evangelio es la siguiente: “Esto mismo le pasa al que amontona riquezas para sí mismo y no se hace rico de lo que vale ante Dios”.

Recordemos, nuevamente, lo que nos dice San Pablo en su Carta de hoy: “Busquen los bienes de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios.  Pongan todo el corazón en los bienes del Cielo, no en los de la tierra”

                                    



Y ¿cuáles son esos bienes del Cielo? ... Se trata de todas las obras buenas a las que nos invita el Señor a través de su Palabra.  Una de ellas es el ejercicio de la Caridad, que es la virtud que nos lleva a amar a Dios sobre todas las cosas y a amar a los demás como Dios nos pide amarlos.

En la práctica de la Caridad podemos resumir los bienes de allá arriba, porque al final -antes de llegar a la Vida Eterna- seremos juzgados en el Amor...

¿Hemos amado a Dios -verdaderamente- sobre todas las cosas?  ¿Hemos amado a Dios por encima de cualquier otro bien terrenal?

Es decir: ¿Hemos puesto a Dios primero que todo (¿primero que el dinero?) ...  y, también, primero que a todos? ...


                       



Pero, además, ¿ese Amor a Dios lo hemos traducido en amor a los demás; es decir, en buscar el bien del otro, primero y antes que mi propio bien?  ...

Todo esto, y aún más, es acumular riquezas para el Cielo.

Las advertencias del Señor sobre los bienes del Cielo y los bienes de la tierra nos deben llevar a examinarnos sobre cómo están nuestros “ahorros” para el Cielo ... ¿Estamos ahorrando sólo para este mundo... o estamos ahorrando principalmente para el Cielo?



















Fuentes:
Sagradas Escrituras
Homilia.org
Evangeli.org