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domingo, 9 de mayo de 2021

A vosotros os he llamado amigos» (Evangelio Dominical)

                              
                 




Hoy celebramos el último domingo antes de las solemnidades de la Ascensión y Pentecostés, que cierran la Pascua. Si a lo largo de estos domingos Jesús resucitado se nos ha manifestado como el Buen Pastor y la vid a quien hay que estar unido como los sarmientos, hoy nos abre de par en par su Corazón.

Naturalmente, en su Corazón sólo encontramos amor. Aquello que constituye el misterio más profundo de Dios es que es Amor. Todo lo que ha hecho desde la creación hasta la redención es por amor. Todo lo que espera de nosotros como respuesta a su acción es amor. Por esto, sus palabras resuenan hoy: «Permaneced en mi amor» (Jn 15,9). El amor pide reciprocidad, es como un diálogo que nos hace corresponder con un amor creciente a su amor primero.

Un fruto del amor es la alegría: «Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros» (Jn 15,11). Si nuestra vida no refleja la alegría de creer, si nos dejamos ahogar por las contrariedades sin ver que el Señor también está ahí presente y nos consuela, es porque no hemos conocido suficientemente a Jesús.

Dios siempre tiene la iniciativa. Nos lo dice expresamente al afirmar que «yo os he elegido» (Jn 15,16). Nosotros sentimos la tentación de pensar que hemos escogido, pero no hemos hecho nada más que responder a una llamada. Nos ha escogido gratuitamente para ser amigos: «No os llamo ya siervos (...); a vosotros os he llamado amigos» (Jn 15,15).






En los comienzos, Dios habla con Adán como un amigo habla con su amigo. Cristo, nuevo Adán, nos ha recuperado no solamente la amistad de antes, sino la intimidad con Dios, ya que Dios es Amor.

Todo se resume en esta palabra: “amar”. Nos lo recuerda san Agustín: «El Maestro bueno nos recomienda tan frecuentemente la caridad como el único mandamiento posible. Sin la caridad todas las otras buenas cualidades no sirven de nada. La caridad, en efecto, conduce al hombre necesariamente a todas las otras virtudes que lo hacen bueno».



 

 

Lectura del santo evangelio según san Juan (15,9-17):


                        
                          


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud. Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros.»

Palabra del Señor



 

 

COMENTARIO

 

 




 

San Juan Apóstol y Evangelista centra su Evangelio y sus cartas en el tema del Amor. Y termina convenciéndonos de que el Amor de Dios y el amor a Dios son la misma cosa.   En efecto, en la narración que nos brinda San Juan del discurso que Jesús hace a sus Apóstoles durante la Ultima Cena, la noche anterior a su muerte, el Evangelista hace un maravilloso recuento de este tema tan importante.  El Evangelio de hoy nos trae parte de ese discurso tan profundo y significativo (Jn 15, 9-17).

 

Las palabras de Jesús en ese conmovedor momento hay que revisarlas línea a línea.  Parece como si constantemente estuviera repitiendo lo mismo, pero cada línea tiene su matiz y su significado especial.

 

“Permanezcan en mi Amor.  Si cumplen mis mandamientos permanecen en mi Amor, lo mismo que Yo cumplo los mandamientos de mi Padre y permanezco en su Amor” (Jn. 15, 9-10).  Amar a Dios y permanecer en su Amor es hacer lo que Él nos pide.  La palabra “mandamientos” no se refiere sólo a los que conocemos como los 10 Mandamientos, sino a “todo” lo que Dios desea de nosotros.  Es el caso entre Dios Padre y Dios Hijo: éste hace lo que el Padre quiere y es así como permanece amando al Padre.

 

Quiere decir que nosotros permanecemos amando a Dios si actuamos de la misma manera: haciendo lo que Dios desea de nosotros.  Si nos fijamos bien, los amores humanos funcionan de la misma manera: el enamorado hace lo que la enamorada desea y viceversa; uno busca complacer al otro.  Amar a Dios es, entonces, también complacer a Dios... en todo.

 

“Les he dicho esto para que mi alegría esté en ustedes y su alegría sea plena” (Jn. 15, 11).   La verdadera felicidad está en permanecer amando a Dios, cumpliendo los deseos de Dios y no los propios deseos.  Así nuestro gozo será “pleno”.  Las alegrías humanas son pasajeras, efímeras, incompletas, insuficientes.  Pero... ¡nos aferramos tanto a ellas!  Si nos convenciéramos realmente de estas palabras del Señor sobre la verdadera alegría, nuestra felicidad comenzaría aquí en la tierra y, además, continuaría para siempre en la eternidad.


                             




También toca San Juan el tema del amor en sus cartas.  En el Segunda Lectura de hoy (1 Jn. 4, 7-10) tenemos un trozo de su Primera Carta.  Y, como es de esperar, vemos en ellas planteamientos similares a los que nos da en su Evangelio.

 

“Este en mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como Yo los he amado” (Jn. 15, 12).  “Amémonos los unos a los otros, porque el Amor viene de Dios.  Todo el que ama conoce a Dios.  El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es Amor... El Amor consiste en esto:  no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino que Él nos amó primero” (1 Jn.4, 7-8 y 10).

 

El Amor viene de Dios.  Es decir: no podemos amar por nosotros mismos, sino que Dios nos capacita para amar.  Es más: es Dios Quien ama a través de nosotros.  El que ama -el que ama de verdad- no con un amor egoísta, sino con un amor generoso y oblativo por el que se busca el bienestar del ser amado y no el propio, ése que ama así, ama así porque conoce a Dios. El que ama egoístamente, pensando en sí mismo, en realidad no ama; y no ama porque no conoce a Dios, porque no ama a Dios, porque no complace a Dios, sino que se complace a sí mismo.

 

Nadie tiene amor más grande a sus amigos, que el que da la vida por ellos” (Jn. 15, 13).   El verdadero amor, ese Amor que viene de Dios, con el que podemos amar nosotros, amando como Dios quiere que amemos, puede llegar a la oblación total, a la entrega total de la vida por el ser amado.  Y no se trata solamente, ni principalmente, de llegar a la muerte física por el otro, como hizo Jesús por nosotros y como hizo, por ejemplo, un San Maximiliano Kolbe.

 

Se trata de la oblación de todo lo que consideramos como propio, como nuestros deseos, como nuestras inclinaciones, etc., para optar por los deseos del ser amado.  En este caso, para seguir el orden que nos propone San Juan: dejar todos lo deseos nuestros por los deseos de Dios.

 





Esa oblación es un constante morir a nosotros mismos, al ir dejando lo que consideramos nuestro, para irnos entregando a Dios y a sus deseos y designios.  Esa oblación es dar la vida por Dios.  Así, si fuera necesario y nos llegara el momento, estamos ya preparados para ofrecer aún nuestra vida física, como lo hizo Cristo y como lo han hecho los santos mártires.

 

“El Padre les concederá todo lo que le pidan en mi nombre” (Jn. 15, 16).   Queda claro que Cristo es nuestro mediador ante el Padre.  Pero... ¿concede el Padre “todo” lo que le pedimos?  Para comprender bien esta promesa debemos revisar las lecturas del domingo pasado.

 

“Si permanecen en Mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y se les concederá” (Jn. 15, 7).   “Puesto que cumplimos los mandamientos de Dios y hacemos lo que le agrada, ciertamente obtendremos de Él todo lo que le pidamos”. (1 Jn. 3, 22-23).

 

Notemos aquí lo que parecen ser condiciones para que Dios nuestro Padre nos complazca en lo que le pidamos: cumplir sus mandamientos, permanecer unidos a Él, vivir su Palabra, etc.

 

Realmente, aunque así lo parezca, no es que Dios nos ponga condiciones, sino sucede que, al estar unidos a Dios, a su Voluntad, a su Palabra, sabremos entonces qué pedirle, pues al estar unidos a Él, sabremos pedirle precisamente lo que Él desea darnos:  aquello que nos conviene para nuestra salvación.

 

Esto es importante, pues mucho se abusa de una palabra del Señor relacionada con las peticiones en la oración: “Pidan y se les dará”.   Y en esto se apoyan muchos para pedir y pedir, y luego tal vez terminar frustrados, pues Dios no responde a los pedidos, de la manera que se desean sean respondidos. ¿Por qué sucede esto? 






Porque casi siempre se corta esta frase y se deja fuera el complemento final: “Vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan” (Mt. 7, 7-11).  Sucede que quien está en unión con Dios sabe pedir esas “cosas buenas” de que nos habla el Señor y no aquellas cosas que simplemente se nos antojan como necesarias y buenas, sin que realmente lo sean.

 

A la luz de todas estas enseñanzas de San Juan cabe preguntarse: ¿es lo mismo Amor de Dios que amor a Dios?  Según San Juan son la misma cosa, pero el primero es el origen y el segundo es la consecuencia. No hay amor a Dios, si primero no hay Amor de Dios.

 

El Amor consiste en que es Dios Quien ama.  El amor a Dios por nuestra cuenta y esfuerzo es sencillamente imposible.  También es imposible el amor verdadero para con los demás, si no es Dios Quien ama en nosotros.

 

La Primera Lectura (Hech. 10, 25-26; 34-35; 44-48) nos trae un trozo importante de los sucesos al comienzo de la Iglesia: para sorpresa de los seguidores de Cristo, Dios Espíritu Santo comienza a derramarse también entre los gentiles, es decir, entre los que no eran judíos.

 

Para comprender mejor este pasaje que nos trae la Liturgia de hoy, vale la pena leer el texto completo, es decir todo el Capítulo 10 del Libro de los Hechos de los Apóstoles.

 

Hay que ubicarse en la situación de los primeros cristianos: ellos creían que Cristo, judío de raza, había venido para ellos, que efectivamente eran el Pueblo escogido de Dios.





Pero, como Dios es impredecible, les da esta sorpresa: los no judíos comienzan a recibir el Espíritu Santo de la misma manera y con las mismas manifestaciones que se daban entre los judíos.

 

Dios borra toda raza, creencia, nacionalidad, y se revela –como ha seguido haciéndolo-  a quien quiere, como quiere y cuando quiere.

 

A San Pablo lo sorprendió cuando lo tumbó y lo dejó ciego mientras se dirigía a Damasco a perseguir y asesinar cristianos, pues se oponían a las tradiciones judías que él guardaba con celo.

 

Con Cornelio fue diferente.  Nos dice el texto sagrado que este militar “era de los que temen a Dios, daba muchas limosnas al pueblo y oraba constantemente”.  Sugiere la descripción que se nos da de este buen hombre que Cornelio, a pesar de no ser judío creía en el Dios Único de los judíos.

 

 Pero no tan sólo creía, sino que oraba constantemente.  En efecto, en la revelación que Dios le hace a Cornelio por medio de una visión angélica, le reconoce que sus oraciones y sus limosnas “han llegado a la presencia de Dios”.

 

No es demasiado frecuente el que Dios haga lo de San Pablo.  Sin embargo, se siguen dando casos de esas gracias imprevistas, fuertes, espectaculares, como la que experimentó Saulo camino a Damasco.

 

                              



Ahora bien, lo que sí es harto frecuente es que a los que temen a Dios y oran, Dios se les revele y los llene del Espíritu Santo, llevándolos a la Verdad plena, enrumbándolos en el Camino y comunicándoles la Vida que es Cristo, “Camino, Verdad y Vida”.

 

Por todas estas maravillas que Dios hizo al antiguo Pueblo de Israel, las que hizo a judíos y no-judíos al comienzo de la Iglesia y por las que sigue haciendo en medio de nosotros, el Salmo 97 canta al amor y lealtad de Dios, amor y lealtad que siempre han estado presentes, tanto en el Antiguo, como en el Nuevo Testamento, como en nuestros días.  

 

 










Fuentes:

Sagradas Escrituras

Evangeli.org

Homilias.org


domingo, 26 de mayo de 2019

«Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará,… »(Evangelio Dominical)






Hoy, antes de celebrar la Ascensión y Pentecostés, releemos todavía las palabras del llamado sermón de la Última Cena, en las que debemos ver diversas maneras de presentar un único mensaje, ya que todo brota de la unión de Cristo con el Padre y de la voluntad de Dios de asociarnos a este misterio de amor.

A Santa Teresita del Niño Jesús un día le ofrecieron diversos regalos para que eligiera, y ella —con una gran decisión aun a pesar de su corta edad— dijo: «Lo elijo todo». Ya de mayor entendió que este elegirlo todo se había de concretar en querer ser el amor en la Iglesia, pues un cuerpo sin amor no tendría sentido. Dios es este misterio de amor, un amor concreto, personal, hecho carne en el Hijo Jesús que llega a darlo todo: Él mismo, su vida y sus hechos son el máximo y más claro mensaje de Dios.

                          



Es de este amor que lo abarca todo de donde nace la “paz”. Ésta es hoy una palabra añorada: queremos paz y todo son alarmas y violencias. Sólo conseguiremos la paz si nos volvemos hacia Jesús, ya que es Él quien nos la da como fruto de su amor total. Pero no nos la da como el mundo lo hace (cf. Jn 14,27), pues la paz de Jesús no es la quietud y la despreocupación, sino todo lo contrario: la solidaridad que se hace fraternidad, la capacidad de mirarnos y de mirar a los otros con ojos nuevos como hace el Señor, y así perdonarnos. De ahí nace una gran serenidad que nos hace ver las cosas tal como son, y no como aparecen. Siguiendo por este camino llegaremos a ser felices.

«El Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho» (Jn 14,26). En estos últimos días de Pascua pidamos abrirnos al Espíritu: le hemos recibido al ser bautizados y confirmados, pero es necesario que —como ulterior don— rebrote en nosotros y nos haga llegar allá donde no osaríamos.



Lectura del santo evangelio según san Juan 14,23-29):


                                      




En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió. Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho. La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: "Me voy y vuelvo a vuestro lado." Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo.»

Palabra del Señor



COMENTARIO


                                                                


El Misterio de la Santísima Trinidad se nos enseña desde los conocimientos iniciales para la Primera Comunión.  ¿Se recuerdan como nos enseñaron?  Es el misterio de un solo Dios en tres Personas.  Y nos recalcaban que no eran tres dioses, sino uno solo, pero que sí eran tres Personas y un solo Dios. 

Ahora bien, esa verdad de fe, ese gran misterio, tan importante pues se refiere a la esencia misma de Dios ¿qué influencia tiene para nuestra vida?  Porque, comprenderlo no podemos.  Eso también lo sabemos desde la Primera Comunión.  Entonces ¿cómo aplicar a nuestra vida diaria de cristianos eso de que Dios es Uno en Tres Personas?

A este gran misterio no nos es posible acceder, porque nuestra limitada capacidad intelectual no es suficiente para comprender verdades infinitas sobre Dios. Sin embargo, algún significado tendrá el Misterio de la Santísima Trinidad para nuestra vida espiritual.  

Las Lecturas de hoy nos hablan de las Tres Personas de la Santísima Trinidad.  En el Evangelio (Jn. 14, 23-29)   Jesús nos habla de sí mismo y nos habla también del Padre y del Espíritu Santo.  

                                   



Entonces ¿cómo podemos vivir este misterio?  Cuando estemos viendo a Dios tal cual es, cuando hayamos llegado a la Jerusalén Celestial, allí estaremos en Dios y El en nosotros (cf. Ap. 21, 10-23).  Pero mientras tanto Jesús nos ha ofrecido una presencia interior de la Santísima Trinidad.  Y nos la ofreció cuando nos dijo: “El que me ama, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y haremos en él nuestra morada”.

¿Cómo es eso de hacer morada en nosotros?  Quiere decir que aquí en la tierra podemos participar de la vida de Dios Trinitario de una manera no plena –es cierto- pero en el Cielo podremos vivir esto a plenitud, porque veremos a Dios tal cual es.

En efecto, nuestro fin último es la unión para siempre con Dios en el Cielo.  Pero desde aquí en la tierra podemos comenzar a estar unidos a la Santísima Trinidad y a tener a la Trinidad en nuestro interior, pues Jesucristo nos lo ha prometido.


                     



Por la Sagrada Escritura podemos deducir cómo puede darse la maravilla que es la inhabitación de la Santísima Trinidad en nosotros:  el Espíritu Santo va realizando su obra de santificación, la cual consiste en irnos haciendo semejantes al Hijo.  Para eso hay que dejar al Espíritu Santo obrar en nosotros. 

¿Cómo hacemos esto?  El Espíritu Santo está siempre tratando de que busquemos y cumplamos la Voluntad de Dios.  Lo que tenemos que hacer, entonces, es ser perceptivos y también dóciles a las inspiraciones del Espíritu Santo.

Luego el Hijo nos lleva al Padre.  “Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquéllos a quienes el Hijo se los quiera dar a conocer” (Mt. 11, 27).  Cabe preguntarnos, entonces, ¿cuándo será que Jesús nos quiere dar a conocer el Padre? 

Es justamente lo que nos ha dicho: “El que me ama, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y haremos en él nuestra morada”.   Es decir, Jesús nos llevará al Padre cuando vayamos respondiendo a la condición que El nos pide: amarlo, cumpliendo la Voluntad de Dios.  Y esto nos lo va indicando el Espíritu Santo.

                                                        


Sólo así podremos vivir desde la tierra este misterio de la unión de nosotros con Dios y de nosotros entre sí, tal como el Hijo rogó al Padre antes de su Pasión y Muerte: “Que sean uno como Tú y Yo somos uno.  Así seré Yo en ellos y Tú en Mí, y alcanzarán la perfección de esta unidad” (Jn. 17, 21-23).

Sólo así podremos comenzar a vivir esa Paz que el Señor nos ofrece, la cual será plena solamente en el Cielo, pero desde aquí podemos comenzar a saborear esa Paz que no es como la paz que el mundo nos ofrece.   La paz que el mundo ofrece es mera ausencia de guerras.  O tal vez, evasión de los problemas, o de discusiones y conflictos, y hasta del sufrimiento. 

La Paz de Cristo es otra cosa:  es vivir en Dios en medio de los problemas y sufrimientos.  Consiste esta Paz en poder estar serenos en medio de las tribulaciones.  Consiste en sentirnos cómodos dentro de la Voluntad de Dios.  Significa, también, poder estar confiados y sin temor en medio de la lucha contra el Maligno, que cada día se hace más evidente.

En el Evangelio también nos da a conocer Jesús otra de las formas cómo el Espíritu Santo va realizando su labor de santificación en nosotros: “El les enseñará todas las cosas y les recordará todo cuanto Yo les he dicho”.    ¡Qué privilegio!  Tener a Dios Espíritu Santo como maestro (“les enseñará”) y como apuntador (“les recordará”). 

Para tener al mismo Dios como maestro y apuntador, es necesaria, muy necesaria la oración.  En la oración genuina el Espíritu Santo nos guía, nos enseña y nos recuerda todo lo que debemos saber.  Y nos va mostrando la Voluntad de Dios. 

                                         



Así hacían los Apóstoles.  Oraban.  Por eso vemos en la Primera Lectura cómo se atreven a decir: 

“El Espíritu Santo y nosotros hemos decidido ... “ (Hch. 5, 1-29). Realización también de la promesa de Cristo al instituir a su Iglesia con los Apóstoles y con Pedro, el primer Papa, a la cabeza: “Lo que ates en la tierra quedará atado en el Cielo, y lo que desates en la tierra también quedará desatado en el Cielo” (Mt. 16, 20).

Nos queda ver el significado de algunos de los simbolismos que nos trae la Segunda Lectura, tomada del Libro de Apocalipsis, respecto de la Jerusalén Celestial:

“Muralla ancha y elevada” Indica seguridad.  Cuando habitemos la Nueva Jerusalén, ya no habrá nada que temer. No habrá temores externos ni tampoco en nuestro interior.

“Doce puertas monumentales con doce Ángeles”: Significa que la entrada al Cielo es de carácter espiritual: se refiere al estado de nuestra alma. El número doce se refiere a la Iglesia.

“Doce cimientos con los nombres de los Apóstoles”: La verdad que nos lleva a los Cielos Nuevos y a la Tierra Nueva reposa sobre los Apóstoles, sobre la Iglesia de Cristo.


                          



“No vi templo, porque Dios y el Cordero son el Templo El templo es el anhelo de la humanidad de encontrarse con Dios. En la Jerusalén Celestial ya no se necesitan templos, pues Dios está presente en cada uno de los salvados. Estaremos en El y El en nosotros.

Meditemos, entonces, en la profundidad del Misterio Trinitario, para poder así vivir lo que repetimos al comienzo de la Misa:  La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el Amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo esté con todos nosotros, y podamos también comenzar a vivir la unión de nosotros con la Santísima Trinidad y de nosotros entre sí.