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domingo, 17 de junio de 2018

«El Reino de Dios es como un hombre que echa el grano en la tierra» (Evangelio Dominical)





Hoy, Jesús nos ofrece dos imágenes de gran intensidad espiritual: la parábola del crecimiento de la semilla y la parábola del grano de mostaza. Son imágenes de la vida ordinaria que resultaban familiares a los hombres y mujeres que le escuchan, acostumbrados como estaban a sembrar, regar y cosechar. Jesús utiliza algo que les era conocido —la agricultura— para ilustrarles sobre algo que no les era tan conocido: el Reino de Dios.

Efectivamente, el Señor les revela algo de su reino espiritual. En la primera parábola les dice: «El Reino de Dios es como un hombre que echa el grano en la tierra» (Mc 4,26). E introduce la segunda diciendo: «¿Con qué compararemos el Reino de Dios (…)? Es como un grano de mostaza» (Mc 4,30).

                                  



La mayor parte de nosotros tenemos ya poco en común con los hombres y mujeres del tiempo de Jesús y, sin embargo, estas parábolas siguen resonando en nuestras mentes modernas, porque detrás del sembrar la semilla, del regar y cosechar, intuimos lo que Jesús nos está diciendo: Dios ha injertado algo divino en nuestros corazones humanos.

¿Qué es el Reino de Dios? «Es Jesús mismo», nos recuerda Benedicto XVI. Y nuestra alma «es el lugar esencial donde se encuentra el Reino de Dios». ¡Dios quiere vivir y crecer en nuestro interior! Busquemos la sabiduría de Dios y obedezcamos sus insinuaciones interiores; si lo hacemos, entonces nuestra vida adquirirá una fuerza e intensidad difíciles de imaginar.

Si correspondemos pacientemente a su gracia, su vida divina crecerá en nuestra alma como la semilla crece en el campo, tal como el místico medieval Meister Eckhart expresó bellamente: «La semilla de Dios está en nosotros. Si el agricultor es inteligente y trabajador, crecerá para ser Dios, cuya semilla es; sus frutos serán de la naturaleza de Dios. La semilla de la pera se vuelve árbol de pera; la semilla de la nuez, árbol de nuez; la semilla de Dios se vuelve Dios».



Lectura del santo evangelio según san Marcos (4,26-34):




En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: «El Reino de Dios se parece a lo que sucede cuando un hombre siembra la semilla en la tierra: que pasan las noches y los días, y sin que él sepa cómo, la semilla germina y crece; y la tierra, por sí sola, va produciendo el fruto: primero los tallos, luego las espigas y después los granos en las espigas. Y cuando ya están maduros los granos, el hombre echa mano de la hoz, pues ha llegado el tiempo de la cosecha.»
Les dijo también: «¿Con qué compararemos el Reino de Dios? ¿Con qué parábola lo podremos representar? Es como una semilla de mostaza que, cuando se siembra, es la más pequeña de las semillas; pero una vez sembrada, crece y se convierte en el mayor de los arbustos y echa ramas tan grandes, que los pájaros pueden anidar a su sombra.»

Y con otras muchas parábolas semejantes les estuvo exponiendo su mensaje, de acuerdo con lo que ellos podían entender. Y no les hablaba sino en parábolas; pero a sus discípulos les explicaba todo en privado.

Palabra del Señor






COMENTARIO.


                                          



Las lecturas de este domingo nos hablan de agricultura, de cómo la planta comienza por la semilla, hecho que conocemos aún aquéllos que no nos ocupamos de las labores de la tierra. 

        
         En el Evangelio (Mc 4, 26-34) para explicarnos lo que es el Reino de Dios, Jesús nos plantea dos parábolas sobre las plantas y las semillas.

En la primera parábola nos destaca que la semilla hace su trabajo sola, que quien la planta,  se acuesta a dormir y de la noche a la mañana, la semilla ha germinado y la planta va creciendo sola, sin que éste sepa cómo sucede este crecimiento.

Jesús nos está recordando que la germinación y el crecimiento de las plantas suceden secretamente en lo profundo de la tierra, sin que nos demos cuenta.

¿Qué nos quiere decir el Señor con esta comparación?  Jesús ha usado esta imagen de la semilla germinando para dar a entender que el Reino de Dios crece de manera escondida, como la semilla escondida bajo la tierra.  Nadie se da mucha cuenta, pero eso tan pequeñito como la semilla tiene una vitalidad y una fuerza de expansión inigualable.

Efectivamente, el Reino de Dios va creciendo en las personas que se hacen terreno fértil para el crecimiento de la semilla.  Y a veces ni nos damos cuenta, igual como le sucede al labrador que sembró, sólo se da cuenta cuando ve el brote que sale de la tierra.


                  



Hacernos terreno fértil significa dejar que Dios penetre en nuestra alma para que El, haga germinar su Gracia dentro de nosotros.  Así, la semilla del Reino va germinando y creciendo secretamente dentro de cada uno.

Venga a nosotros tu Reino, rezamos en el Padre Nuestro.  ¿Cómo viene ese Reino?  Con la siguiente frase del mismo Padre Nuestro: Hágase tu Voluntad.  El Reino va creciendo en nosotros, secretamente, pero con la fuerza vital de la semilla, cuando buscamos y hacemos la Voluntad de Dios en nuestra vida, tratando de que aquí en la tierra se cumpla la voluntad divina como ya se cumple en el Cielo:  Hágase tu Voluntad así en la tierra como en el Cielo.

Y ese crecimiento del Reino de Dios es obra del Mismo que hace crecer la planta, haciendo que primero la semilla se abra, luego vaya formando su raíz debajo de la tierra, para luego dar paso a las ramas, las hojas y el fruto.

                                                



Observar cómo crece la planta nos recuerda también que los frutos de santidad, de buenas obras, de logros que podamos tener en nuestra vida espiritual, no son nuestros…aunque podamos erróneamente pensar que somos nosotros mismos los que auto-crecemos en santidad.

Si imaginamos a la semilla germinando dentro de la tierra… ¿se creerá que es ella la que se hace crecer a si misma?  ¿Podemos creer los seres humanos que nuestro crecimiento físico desde que estamos en el vientre materno hasta la edad adulta lo hacemos nosotros mismos?

Pues igual resulta en la vida espiritual.  Ese crecimiento es obra de Dios.  No nos podemos envanecer pensando que, si alguna mejora espiritual tenemos, la debemos a nuestro esfuerzo.  Aunque tengamos que esforzarnos,  debemos tener en cuenta que todo es obra de Dios –como en la semilla.

                                          



Cierto que tenemos que disponernos a que El haga su labor de germinación y de crecimiento de nuestra vida espiritual, pero el resultado es de Dios.  ¿No nos damos cuenta que hasta la capacidad de disponernos y de esforzarnos nos viene de Dios?

Otra cosa: si observamos el crecimiento de una planta desde su estado de semilla, veremos que este proceso se sucede bien lentamente.  ¿Qué más nos quiere decir el Señor con esta comparación?

Esta parábola es también un llamado a la paciencia. No podemos decepcionarnos o impacientarnos en nuestro crecimiento espiritual.  El Señor lo va haciendo, y nos va podando dónde y cuándo El considere que es necesario, pero El sabe hacerlo a su ritmo, que es el que más nos conviene.

Hay que perseverar en el esfuerzo hasta el final –es la gracia de la perseverancia final- pero confiando en Dios, no en uno mismo, porque sólo El puede hacer eficaces nuestros esfuerzos y nuestras acciones.


                                        



El Reino de Dios no crece aquí en la tierra como un relámpago.  Cuando sea el fin, sí que será como un relámpago.  Jesús mismo lo dijo: “Como el relámpago brilla en un punto del cielo y resplandece hasta el otro, así sucederá con el Hijo del Hombre cuando llegue su día”. (Lc. 17, 24)

Pero mientras el Reino de Dios va creciendo en la tierra, no lo hace de manera espectacular, ni abrupta.  Dios tiene su ritmo.  Y para seguirlo necesitamos tener paciencia porque el momento de Dios se hace esperar.

La segunda parábola es también sobre una semilla y una planta.  En ésta Jesús designa la semilla de la planta de mostaza.  El granito de esa semilla es pequeñito, pero la planta crece más que otras hortalizas, porque es un arbusto, en donde hasta hacen nido los pájaros.

Lo del grano y el árbol de mostaza pareciera más bien referido a la Iglesia.  ¿Quién hubiera pensado que aquel grupo pequeño de 12 hombres podía resultar en lo que es la Iglesia Católica hoy?

Sólo Dios mismo podía hacer germinar esa semilla desde aquel  pequeño núcleo que comenzó hace 2000 años en Palestina y se expandió por el mundo entero.

                                                                



¿Quién fue el artífice de ese crecimiento?  El mismo Dios.  Los seres humanos ponemos un granito de arena y El hace el resto.  No fue la elocuencia de los Apóstoles, ni su inteligencia, lo que hizo germinar la Iglesia.  Ellos fueron terrenos fértiles para que el Espíritu Santo hiciera su trabajo de expansión de la Iglesia a todos los rincones de la tierra.

¿Cómo pudieron conquistar un imperio tan poderoso como el Imperio Romano?  ¿Cómo pudieron convencer a los paganos de ir dejando el culto a los ídolos que el poderío romano imponía?  ¿Cómo creció la Iglesia a pesar de la cantidad de cristianos muertos por el martirio?

La expansión de la Iglesia ante la opresión y la persecución de los romanos es una muestra de cómo Dios la hacía germinar igual que al árbol de mostaza.  Y cómo también hacía que en la Iglesia pudieran ir anidando todos los que han querido formar parte de ella.

Hoy también la Iglesia parece acosada desde muchos ángulos.  Dios también es atacado y negado.  Sigue habiendo ídolos y culto a los ídolos.  Los nuevos ateos nos atacan y acusan a los creyentes de ser lunáticos y tontos.


                                                    




Pero las parábolas de este Domingo nos recuerdan que Dios sigue estando al mando.  Que, aunque parezca que estamos perdiendo la partida, sabemos Quién gana y, si hacemos la Voluntad de Dios,  de que ganamos, ganamos.

Igual sucedió en Israel durante el Antiguo Testamento.  Es lo que nos dice la Primera Lectura (Ez 17, 22-24).  En este caso nos habla el Señor a través del Profeta Ezequiel, no de una semilla, sino de la siembra de una rama, la rama de un cedro.  Y dice que lo plantará en la montaña más alta de Israel y allí también anidarán aves.

Es lo mismo que luego recuerda Jesús con su parábola sobre el grano de mostaza: allí anidarán los pájaros.  Ezequiel pre-anuncia el Reino de Cristo que es la Iglesia; Cristo la describe de manera similar.

También Ezequiel nos dice: “Y todos los árboles silvestres sabrán que Yo soy el Señor, que humilla los árboles altos y ensalza los árboles humildes, que seca los árboles lozanos y hace florecer los árboles secos”. ¿No recuerda esto las palabras del Magnificat: derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos?

¿A qué nos llaman el Magnificat y la profecía de Ezequiel?  A la humildad:  los que se creen grandes serán derribados, pero los humildes –los que se saben pequeños- serán ensalzados y florecerán.  ¡Y Dios tiene sus maneras de derribar y de humillar y de hacer saber que El es el Señor!

La Segunda Lectura de San Pablo  (2ª Co 5,6-10) nos habla del final: 

Todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo, para recibir premio o castigo por lo que hayamos hecho en esta vida.  Las lecturas sobre las semillas también nos hablan del final, cuando mencionan el momento de la siega.


                                                                



Notemos que se nos habla de dos opciones: de premio o castigo según lo que hayamos hecho en esta vida.  No se nos habla sólo de premio, como muchos hoy en día tienden a pensar.  Muchos dicen: “es que Dios es infinitamente Misericordioso”.

Y eso es cierto.  Pero Dios no es infinitamente alcahueta, para permitir que nos portemos de manera contraria a sus designios y a su Voluntad.  Eso no es lo que rezamos en el Padre Nuestro.

Dios es Justo y es Misericordioso.  De hecho, según Santo Tomás de Aquino, su Justicia viene primero y su Misericordia es una extensión de su Justicia.  Dios es Misericordioso para hacer crecer nuestra semilla de santidad dándonos todas las gracias que necesitamos.  Y es Justo para actuar en consonancia con nuestro comportamiento.

Debemos esforzarnos por lograr el premio a la perseverancia final, pues la otra opción es el castigo.  Y el castigo existe.  Dios es infinitamente Misericordioso, por eso nos da todas las gracias para que la semilla que fue sembrada en nuestro Bautismo crezca como un árbol frondoso de santidad.  Pero para crecer hay que permitir que Dios haga su labor en nuestra alma.  De lo contrario nos queda la otra opción -el castigo- porque Dios también es infinitamente Justo.

                                                   
                                                        



¿Qué vamos a escoger?  ¿A ser árboles frondosos que florecen?  ¿O árboles secos que se queman?

En el Salmo 91 hemos rezado:  El justo crecerá como la palmera, se alzará como cedro del Líbano; plantado en la casa del Señor.  En la vejez seguirá dando frutos y estará lozano y frondoso; para proclamar que el Señor es justo.  Y por todo esto hemos recitado:  Es bueno dar gracias al Señor.
















Fuentes:
Sagradas Escrituras
Homilias.org
Evangeli.org

domingo, 18 de marzo de 2018

«Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto» (Evangelio Dominical)







Hoy, la Iglesia, en el último tramo de la Cuaresma, nos propone este Evangelio para ayudarnos a llegar al Domingo de Ramos bien preparados en vista a vivir estos misterios tan centrales en la vida cristiana. El Via Crucis es para el cristiano un "via lucis", el morir es un volver a nacer, y, más aun, es necesario morir para vivir de verdad.

En la primera parte del Evangelio, Jesús dice a los Apóstoles: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24). San Agustín comenta al respecto: «Jesús se dice a Sí mismo "grano", que había de ser mortificado, para después multiplicarse; que tenía que ser mortificado por la infidelidad de los judíos y ser multiplicado para la fe de todos los pueblos». El pan de la Eucaristía, hecho de grano de trigo, se multiplica y se parte para ser alimento de todos los cristianos. La muerte del martirio es siempre fecunda; por esto, «quienes aman la vida», paradójicamente, la «pierden». Cristo muere para dar, con su sangre, fruto: nosotros le hemos de imitar para resucitar con Él y dar fruto con Él. ¿Cuántos dan en silencio su vida por el bien de los hermanos? Desde el silencio y la humildad hemos de aprender a ser grano que muere para volver a la Vida.





El Evangelio de este domingo acaba con una exhortación a caminar a la luz del Hijo exaltado en lo alto de la tierra: «Y yo cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32). Tenemos que pedir al buen Dios que en nosotros sólo haya luz y que Él nos ayude a disipar toda sombra. Ahora es el momento de Dios, ¡no lo dejemos perder! «¿Dormís?, ¡el tiempo que se os ha concedido pasa!» (San Ambrosio de Milán). No podemos dejar de ser luz en nuestro mundo. Como la luna recibe su luz del sol, en nosotros han de ver la luz de Dios.



Lectura del santo evangelio según san Juan (12,20-33):




En aquel tiempo, entre los que habían venido a celebrar la fiesta había algunos griegos; éstos, acercándose a Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban: «Señor, quisiéramos ver a Jesús.»
Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús.
Jesús les contestó: «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este. mundo se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo premiará. Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre.»
Entonces vino una voz del cielo: «Lo he glorificado y volveré a glorificarlo.»
La gente que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel.
Jesús tomó la palabra y dijo: «Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el Príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí.»
Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir.

Palabra del Señor






COMENTARIO




 En el Evangelio de hoy tiene lugar enseguida de la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén, donde iba a ser entregado para su Muerte en la cruz.  Allí Jesús informó a sus discípulos y a algunos seguidores, lo que estaba a punto de suceder días después: su Pasión, Muerte y posterior Resurrección.

Para ello, utiliza la imagen de una semilla que debe morir al ser plantada para dar paso a una vida nueva.  Nos habla el Señor de una semilla de trigo, fruto muy utilizado en su tierra, que además se aplicaba muy bien a El, Quien se nos convertiría después en el mejor fruto que planta de trigo podía producir, ya que a partir del Jueves Santo, Jesús sería para nosotros el Pan Eucarístico.

Sin embargo, ¿cómo se aplican a nosotros esas palabras del Señor:  “Yo les aseguro que si el grano de trigo sembrado en la tierra no muere, queda infecundo; pero si muere, producirá mucho fruto”?   ¿Se aplican esas palabras sólo a El o también a nosotros?  ...  Si hemos de seguir el ejemplo  y las exigencias de Cristo, ciertamente también se aplican a nosotros.

Y para comprender el significado de esto debemos pasar a las siguientes palabras del Señor: “El que ama su vida la destruye, y el que desprecia su vida en este mundo la conserva para la vida eterna” ( Jn. 12, 20-33)

Ahora bien ... ¿puede realizarse la paradoja, la aparente contradicción de perder para ganar, entregar para obtener, morir para vivir? ... Debe ser así, pues es lo que el Señor nos propone cuando nos advierte que quien pretenda conservar su vida la perderá, pero quien la entregue la conservará.




En el diálogo del Señor que nos relata hoy el Evangelio de San Juan, vemos que se estaba dirigiendo a sus discípulos -que eran hebreos- y a unos griegos, seguramente abiertos al mensaje de Jesús, que habían llegado a Jerusalén y querían ver al Maestro.

Y sucedió que en este diálogo también interviene Dios Padre.

Notemos que Jesús muestra rasgos muy genuinos de su humanidad, pues confiesa a sus oyentes que tiene miedo.  “Ahora que tengo miedo, ¿voy a decirle a mi Padre:  ‘Padre, líbrame de esta hora’?   Y se contesta enseguida:  “No, si precisamente para esta hora he venido”.

Jesús no elude el sufrimiento y la muerte, sino que confirma su entrega por nosotros, su entrega a la Voluntad del Padre, Quien muestra su presencia en ese momento.

La voz del Padre parece ser una respuesta al Hijo, Quien le pide:  “Padre, dale gloria a tu nombre”.  Jesús, luego confirma por qué el Padre se ha hecho presente:  “Esta voz no ha venido por Mí, sino por ustedes”.

Es una nueva oportunidad para fortalecer la fe de los discípulos.  Y qué dice el Padre:  “Lo he glorificado y volveré a glorificarlo”.   Alusión directa a la Resurrección de Cristo, que sucedería -como estaba prometido- al tercer día de su vergonzosa muerte en la cruz.

Poquísimas veces se ve la manifestación directa del Padre en los Evangelios, una de ellas –la menos conocida, tal vez- es ésta.  Recordemos que allí estaban presentes hebreos y gentiles.  Tal vez por ello Jesús luego hace alusión a que su Reino se extendería a todos, judíos y no judíos:  “Cuando Yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia Mí”.






Nos dice el Evangelista que aludía a su muerte en la cruz.  Y sabemos cómo se cumplieron las palabras del Señor, pues después de su Muerte, su Resurrección, su Ascensión y Pentecostés, la Iglesia por El fundada se extendió por todas partes, con la predicación de los Apóstoles.

Nos dijo Jesús que su Reino se extendería a todos, porque iba a  ser arrojado el príncipe de este mundo (el Demonio) ... y El, a través de su muerte en cruz y por la gloria de su Resurrección, atraería a todos hacia El.  Palabras de esperanza y seguridad para todos los que nos dejamos “atraer” por El, por  su doctrina y por su ejemplo.

Palabras también de compromiso, porque “dejarnos atraer por El” significa seguirlo en todo ... como El reiteradamente nos pide.  Y “seguirlo en todo” significa seguirlo también en la muerte.

Por supuesto esto no significa que todos tengamos que morir en una cruz como El.  Tampoco significa que todos tengamos que sufrir un martirio violento -como algunos sí lo tienen.

Significa más bien ese “morir” cada día a nuestro propio yo.  Significa ese “perder la vida” que Jesús nos pide en este pasaje de San Juan y que también nos lo requiere en otra oportunidad, con palabras similares:  “El que quiera asegurar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por Mí, la asegurará” (Mt. 16, 25 - Mc. 8, 35 - Lc. 9, 24).





Hay la idea de que morir cuesta mucho, de que el trance de la muerte es un trance muy difícil.  En realidad lo que más cuesta es la idea misma de “morir”.  Pero la Palabra de Dios es clara, muy clara:  debemos entregar nuestra vida, debemos morir a nosotros mismos, si realmente queremos vivir. 

¿Qué significa entregar nuestra vida y morir a nuestro yo?

Significa entregar nuestros modos de ver las cosas, para que los modos de Dios sean los que rijan nuestra vida, no los nuestros.

Significa entregar nuestros planes, para pedirle a Dios que nos muestre Sus planes para nuestra vida, y realizar esos planes, no los nuestros.

Significa entregar nuestra voluntad a Dios, para que sea Su Voluntad y no la nuestra la que sigamos durante nuestra vida en la tierra.

Es, entonces, un continuo morir a lo que este mundo nos propone como deseable y hasta conveniente.

Pero pensemos: ¿quién es el dueño de este mundo?  Ya Dios nos advierte en su Palabra quién rige el mundo:   aquél que es llamado en este pasaje “príncipe ( o amo) de este mundo”.   Si observamos bien, los valores que nos propone el mundo son muy diferentes a los de Dios.  Los criterios de este mundo son también muy diferentes a los de Dios.
Y cada vez que optamos por ese “perder la vida de este mundo”, cada vez que optamos por “morir” a nuestro yo, es decir, a nuestras propias inclinaciones, deseos, ideas, criterios, planes, etc., de hecho estamos optando por el bando de Dios, que es el bando ganador.

De no vivir día a día esa continua renuncia a nosotros mismos, esa continua muerte a nuestro yo, no podremos dar fruto.  Seremos “infecundos”.  “Si el grano de trigo no muere, queda infecundo”.   No dará fruto.

Y  ¿cuál fue el fruto de Cristo?  Lo sabemos bien y nos lo recuerda la Segunda Lectura (Hb. 5, 7-9):  “se convirtió en la causa de la salvación eterna para todos los que lo obedecen”. 

¿Cuál será nuestro fruto si optamos por ser fecundos, si optamos por morir con Cristo?  Si morimos con El, viviremos con El ... y también nos salvaremos con El, pues nuestra oblación, nuestra entrega, unida a El, dará fruto para nosotros mismos y para los demás:  nos salvaremos nosotros y salvaremos a otros.  Serán frutos de Vida Eterna para nosotros mismos y para los demás.  Es lo que llama Juan Pablo II en su Encíclica “Salvifici Doloris” sobre el sufrimiento humano, “el valor redentor del sufrimiento”.






Primera Lectura del Profeta Jeremías (Jr. 31, 31-34)  nos habla de la Nueva Alianza que Dios establecería con su pueblo.  El Señor pondría su Ley en lo más profundo de nuestras mentes y la grabaría en nuestros corazones.

Y nos dice:  “Todos me van a conocer, desde el más pequeño hasta el mayor de todos, cuando Yo les perdone su culpas y olvide para siempre sus pecados”. 

Nos dice que lo vamos a conocer porque nos va a perdonar y se va a olvidar nuestros pecados.  No lo vamos a conocer por su castigo, sino por su perdón.  Esa es su tarjeta de presentación:  su  Amor Infinito que perdona y olvida todo nuestro mal.

Cristo, entonces, se hizo Hombre y vivió y sufrió y murió y resucitó para que nuestros pecados fueran perdonados y pudiéramos tener acceso nosotros a la resurrección y a la Vida Eterna.

El Salmo de hoy es el #50, el Salmo de David arrepentido de su horrible y múltiple pecado.  “Crea en mí un corazón puro ...Lávame de todos mis delitos y olvida mis ofensas ... Devuélveme la alegría de la salvación ...”    Bellísimo Salmo propio para orar cuando nos queremos arrepentir de nuestros pecados.   Muy apropiado para pedir nuestra conversión al Señor, para implorar su misericordia.




Próximos ya a la Semana Santa cuando conmemoraremos la entrega total que Cristo hizo de Sí mismo, perdiendo su vida para darnos una nueva Vida a todos nosotros, es tiempo propicio para una profunda conversión.

Reflexionando sobre las palabras del Evangelio y aplicándolas a nuestra vida espiritual, podríamos pedir al Señor esta gracia de conversión profunda que significa el poder comprender y realizar este ideal que nos propone y nos muestra Cristo:  morir para vivir, perder para ganar, entregar para obtener.   




















Fuentes:
Sagradas Escrituras
Evangeli.org
Homilias.org

domingo, 16 de julio de 2017

«Salió un sembrador a sembrar» (Evangelio Dominical)

                                                         


Hoy consideramos la parábola del sembrador. Tiene una fuerza y un encanto especiales porque es palabra del propio Señor Jesús.

El mensaje es claro: Dios es generoso sembrando, pero la concreción de los frutos de su siembra dependen también —y a la vez— de nuestra libre correspondencia. Que el fruto depende de la tierra donde cae es algo que la experiencia de todos los días nos lo confirma. Por ejemplo, entre alumnos de un mismo colegio y de una misma clase, unos terminan con vocación religiosa y otros ateos. Han oído lo mismo, pero la semilla cayó en distinta tierra.

La buena tierra es nuestro corazón. En parte es cosa de la naturaleza; pero sobre todo depende de nuestra voluntad. Hay personas que prefieren disfrutar antes que ser mejores. En ellas se cumple lo de la parábola: las malas hierbas (es decir, las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas) «ahogan la Palabra, y queda sin fruto» (Mt 13,22).
                                  


Pero quienes, en cambio, valoran el ser, acogen con amor la semilla de Dios y la hacen fructificar. Aunque para ello tengan que mortificarse. Ya lo dijo Cristo: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24). También nos advirtió el Señor que el camino de la salvación es estrecho y angosto (cf. Mt 7,14): lo que mucho vale, mucho cuesta. Nada de valor se consigue sin esfuerzo.

El que se deja llevar de sus apetitos tendrá el corazón como una selva salvaje. Por el contrario, los árboles frutales que se podan dan mejor fruto. Así, las personas santas no han tenido una vida fácil, pero han sido unos modelos para la humanidad. «No todos estamos llamados al martirio, ciertamente, pero sí a alcanzar la perfección cristiana. Pero la virtud exige una fuerza que (…) pide una obra larga y muy diligente, y que no hemos de interrumpir nunca, hasta morir. De manera que esto puede ser denominado como un martirio lento y continuado» (Pío XII).



Lectura del santo evangelio según san Mateo (13,1-23):

              


Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla.
Les habló mucho rato en parábolas: «Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotó enseguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga.»


Palabra del Señor



COMENTARIO



                                 


En la Liturgia de hoy tenemos un Evangelio en el que Jesucristo presenta una parábola:  la Parábola del Sembrador.  Y podríamos decir que el Señor también nos da su propia “homilía”, ya que después de haber lanzado esa ilustrativa parábola, El explica a los discípulos lo que significa todo lo que ha dicho.

Recordemos que los discípulos le preguntan al Señor por qué habla a la gente en parábolas.  Y el Señor les da el por qué.   Y es muy interesante ver los motivos que da el Señor.  Pero más que interesante debiera resultarnos “preocupante” -debiera más bien ser motivo de preocupación- el percatarnos de la razón que da Jesús.

Oigamos sus palabras: “Les hablo en parábolas porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden”.   Y pasa Jesús a recordar que ya esto estaba dicho, pues había sido anunciado por boca del Profeta Isaías.  Así continúa el Señor: “En ellos se cumple aquella profecía de Isaías: ‘Oirán una y otra vez y no entenderán; mirarán y volverán a mirar, pero no verán; porque este pueblo ha endurecido su corazón, ha cerrado sus ojos y tapado sus oídos... porque no quieren convertirse ni que Yo los salve.’”

                         
 

Cuando Jesús terminó de exponer la Parábola del Sembrador, cerró con esta frase: “El que tenga oídos que oiga”.    Y ... ¿qué significa oír a Dios?  ¿Quiénes son los que oyen a Dios?  Lo dice muy claramente Jesús con las palabras del Profeta Isaías que El mismo cita.  ¿Quiénes son los que oyen? ... Pues si los que no oyen son los que no quieren convertirse, ni ser salvados por El... los que síoyen tienen que ser los que están abiertos a la conversión y los que se sienten necesitados de ser salvados por Jesucristo.

Pero, veamos cuál es la situación real.  ¿Qué es lo que sucede? ...  Sucede que la mayoría de nosotros nos encontramos aturdidos por los atractivos del mundo y ocupados con sus exigencias; es decir, estamos -como si dijéramos- “atrapados” por el mundo, por todo lo mundano.  Y entonces no tenemos ni tiempo, ni tranquilidad, ni ganas siquiera, de pensar en la necesidad que tenemos de convertirnos... porque no pensamos sino en las cosas de mundo.



Vivimos como si Dios no existiera, como si no necesitáramos ser salvados
Hay otros que llegamos a pensar que tal vez debiéramos convertirnos... y hasta damos algunos pasos en ese sentido.  Pero ... ¿quiénes somos los que concientizamos suficientemente la necesidad que tenemos de ser salvados por Jesucristo?  ¿No es cierto que más bien tomamos nuestra redención algo así como un “derecho adquirido”, como algo que ya está dado y que en realidad no tiene mayor importancia?

¿Quiénes somos los que realmente pensamos que tenemos una necesidad vital de ser redimidos por Jesucristo? ... ¿Quiénes? ...  ¡Qué lejos estamos de la realidad, qué lejos estamos de la verdad, con nuestra forma de pensar!  ¿O podríamos más bien llamarla “forma de no pensar”?  Pues, como decíamos antes, realmente no nos ocupamos mucho de pensar en esto...

La Segunda Lectura de la Carta San Pablo a los Romanos (Rm. 8, 18-23) que seguimos leyendo poco a poco a lo largo de estas semanas del Tiempo Ordinario, nos habla de esa necesidad que tenemos de ser redimidos.  Nos habla de los sufrimientos de esta vida, por los que tenemos que pasar, pero teniendo la firme esperanza de que seremos definitivamente llevados a la gloria de los hijos de Dios.

                 


Los que en esta vida tratan de vivir en gracia, tienen esa vida divina en la parte espiritual de su ser, pero esperan ser transformados totalmente, cuerpo y alma, en el momento de la resurrección.  Y mientras estamos en esta vida, aunque vivamos en gracia, en Dios, y podamos vivir la Paz de Cristo, los sufrimientos y las tentaciones nos impiden gozar de la gloria, de la verdadera libertad de los hijos de Dios.

Por ahora, nos dice San Pablo, toda la creación -incluyéndonos a nosotros- gime, sufre, como con dolores de parto.  Pero estamos esperando nuestra liberación definitiva cuando también nuestro cuerpo sea glorificado en la resurrección final.

Volvamos, entonces, a la Parábola del Sembrador, la cual es muy clara.  Como dijimos, el Señor mismo nos la explica.  Y ¿qué nos dice el Señor? ...  Que debemos ser “tierra buena” para recibirlo a El.  Lo más importante a considerar en esta parábola son nuestras actitudes, nuestros criterios, nuestras maneras de ver las cosas.  Jesucristo es el Sembrador que siembra su Palabra, siembra su Gracia, siembra su Amor.  ¿Y nosotros ... cómo recibimos todo esto?  ¿Qué terreno somos para la siembra de la Palabra del Señor? 


¿Somos de los que no la entienden porque dejan que “llegue el diablo y le arrebata lo sembrado en el corazón”?
¿O seremos tal vez de los “pedregosos o poco constantes”, que se entusiasman inicialmente -es decir, dejan germinar la semilla- pero enseguida ponen obstáculos o dudas que hacen que la semilla del Señor no pueda echar raíces, y entonces la siembra se pierde?

¿O más bien somos de los “espinosos”, que oyen la palabra, pero la ahogan con las preocupaciones de la vida, con la importancia excesiva que le dan a lo material, con el atractivo que tienen hacia lo mundano, con el apego que tienen al racionalismo y el orgullo intelectual, etc., etc. etc. ... que ahogan la Palabra de Dios con ¡tantas otras cosas! que terminan por hacer que la siembra no dé sus frutos?

Según la “homilía” del Señor, si somos así, somos de los que, aún teniendo ojos, no ven, y aún teniendo oídos, no oyen, y aún teniendo inteligencia, no comprenden.
                           

Entonces cabe preguntarnos: ¿realmente queremos seguir con los ojos cerrados, con los oídos cerrados y con el corazón cerrado?  ¿O queremos abrirnos para ser de esa “tierrabuena”, que es como llama Jesús a las almasde los que sí abren sus ojos, sí abren sus oídos y sí abren su inteligencia y su corazón, para que el Señor pueda sembrar y para que podamos dar fruto.

En la Primera Lectura (Is. 55, 10-11) Dios nos anuncia por medio del Profeta Isaías que su Palabra no quedará sin resultado, sino que ella cumplirá su misión, la cual es el cumplimiento de la voluntad divina.  Y esto lo dice con el mismo paisaje campestre del Evangelio y del Salmo, es decir, la siembra, la lluvia, la semilla, la germinación.

El Salmo 64 que hemos rezado nos habla de la tierra y del agua que la riega, de pastos y de flores, de rebaños y trigales.  Y nos habla de la preparación de la tierra.  Y ¿quién prepara la tierra?  ¿quién prepara nuestra alma para recibir la semilla y poder dar fruto?  La prepara el mismo Señor, el Sembrador.

Así hemos rezado en el Salmo: “Tú preparas las tierras para el trigo: riegas los surcos, aplanas los terrenos, reblandeces el suelo con la lluvia”.
                                

Dispongámonos a que el Señor nos prepare para su siembra, dejemos que El reblandezca nuestro suelo con la lluvia de su Gracia, dejemos que El aplane nuestro terreno, moldeándolo de acuerdo a su Voluntad.  Así podremos ser esa tierra buena que El busca para sembrar su Palabra y para que dé el fruto esperado.

 “Unos dan el ciento por uno; otros, el sesenta; y otros, el treinta”.   Ojalá estemos entre éstos, porque -si es así- el Señor podrá decirnos como a sus discípulos: “Dichosos ustedes, porque sus ojos ven y sus oídos oyen”.  












Fuentes:
Sagradas Escrituras
Ebangeli.org.
Homilias.org