domingo, 14 de abril de 2013

"Apacienta mis corderos, pastorea mis ovejas", dice el Señor !! (Evangelio dominical)


Jesús resucitado sorprendió varias veces a sus Apóstoles y discípulos apareciéndoseles en las maneras más inesperadas.  Una de estas apariciones, la tercera, fue en la playa del Lago de Tiberíades.  Nos la narra el Evangelio de hoy (Jn. 21, 1-19).   Estaban siete de ellos en una barca, regresando de una noche de pesca infructuosa y, al amanecer, “alguien” les dijo desde la orilla:  “Muchachos, ¿han pescado algo ... Echen las redes a la derecha de la barca y encontrarán peces”.

Sorprende la docilidad de los Apóstoles quienes, sin la menor observación, obedecieron en el acto.  Y sorprende, porque todavía no se habían dado cuenta que era “el Señor”.   Puede haber sido que en su interior recordaran la otra pesca milagrosa en el mismo Lago de Genesaret o Tiberíades, cuando Jesús aún no había muerto y resucitado (Lc. 5, 4-11).   Y por eso obedecen a este “desconocido” que les dice que hay pesca justo al lado de ellos.

 ¡Cuántas veces nos habla el Señor desde la orilla y no le reconocemos!  Nos pasa como a los Apóstoles, pero no hacemos como ellos, sino que nos damos el lujo de despreciar las instrucciones del mismo Dios.  Y -peor aún- cuántas veces, sabiendo que es El quien nos pide algo, no le hacemos caso, francamente le decimos que no o le ponemos dificultades, diciéndole que mejor dejamos el asunto para otro momento.  




Pero el Señor siempre está a la orilla, esperándonos, esperando que nos desocupemos de “nuestras cosas”, esperando que le reconozcamos, que oigamos su voz y atendamos sus instrucciones. 

   ¡Cuántas veces nos desgastamos pescando por nosotros mismos en el mar de nuestro quehacer diario, de nuestras preocupaciones cotidianas, de las presiones del trabajo y de estudio, sin escuchar al Señor y sin aprovechar su voz que nos guía!  ¡Cómo se nos olvida que debemos buscar primero el Reino de Dios y que todo lo demás se nos dará “por añadidura” (Lc. 12, 31), todo lo demás se nos dará como bonificación extra, si realmente primero buscamos a Dios y hacemos su Voluntad!  

Nos dice este relato que pescaron 153 peces y se impresiona el Evangelista San Juan, uno de estos pescadores, porque “a pesar de que eran tantos, no se rompió la red”.  Milagro grande la pesca abundante, milagro pequeño que la red resistiera.  

No siempre Dios interviene en forma que podamos decir sea milagrosa.  Pero Dios siempre está presente y si nos fijamos bien, nos suceden una serie de “coincidencias”, que son como pequeños milagros en que Dios permanece anónimo... si no nos damos cuenta de su presencia, si estamos tan ciegos que no vemos su intervención.  Y la ceguera nos viene porque tenemos puestos los lentes opacos de la mundaneidad, que no nos dejan ver las manifestaciones de Dios en nuestra vida.   

Y como viene siendo habitual, hoy traemos las reflexiones de tres religiosos que nos hablan en nuestro idioma, del Evangelio de San Juan, en este III Domingo de Pascua.



Lectura del santo evangelio según san Juan (21,1-19):


 

En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos.
Simón Pedro les dice: «Me voy a pescar.»
Ellos contestan: «Vamos también nosotros contigo.»
Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.
Jesús les dice: «Muchachos, ¿tenéis pescado?»
Ellos contestaron: «No.»
Él les dice: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.»
La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: «Es el Señor.»
Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan.
Jesús les dice: «Traed de los peces que acabáis de coger.»
Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red.
Jesús les dice: «Vamos, almorzad.»
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado. Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos.
Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?»
Él le contestó: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.»
Jesús le dice: «Apacienta mis corderos.»
Por segunda vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?»
Él le contesta: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.»
Él le dice: «Pastorea mis ovejas.»
Por tercera vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?»
Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le contestó: «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.»
Jesús le dice: «Apacienta mis ovejas. Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras.» Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios.
Dicho esto, añadió: «Sígueme.»

Palabra del Señor
COMENTARIO
 

EL SEÑOR EN LA ORILLA, ¿Y AHORA QUÉ?


 -  

Sea dicho con perdón, pero la mujer y, sobre todo el ama de casa, es siempre más realista que el hombre. “Contigo pan y cebolla”, lo puede decir el hombre a la mujer, pero ésta sabe que hay que añadirle muchas más cosas al pan y a la cebolla para mantener unido y en paz el hogar.
 
Pedro dice, al parecer muy espontáneamente, “me voy a pescar”. Y no sé por qué, pero detrás de esa frase me suenan unas palabritas de su mujer y de su suegra, haciéndole caer en la cuenta de que la despensa de un pescador no aguanta bien el envite de seis bocas más, como las que Pedro se ha traído de sus seis compañeros. Y tal vez, le añadieron: “y de ahora en adelante que si ¿ahora qué?”, es la pregunta que se hacen todos los discípulos.
 
Todavía cuentan con un Jesús que se les va y que se les viene. Que ya no está siempre a su lado. También presienten que se les va a ir definitivamente.
--Y “¿ahora qué?”. No tienen plan ninguno, no tienen organigramas, ni cuentas corrientes, ni encuestas de que fiarse.
 
--Y ¿ahora qué? Pues me voy a pescar que es lo único que sé hacer. Y es en eso, en lo único que sabe hacer, donde encuentra una respuesta.
- Estaba ya amaneciendo, como estaba amaneciendo cuando María fue y no encontraba al Señor en el sepulcro. ¿Cómo lo iba a encontrar si estaba amaneciendo el amanecer lleno de esperanza de la humanidad?
Estaba ya amaneciendo y en la orilla le miraba el Señor. El Señor que, durante el primer juicio en casa de Anás y tras sus negociaciones, le miró y le mira de nuevo desde la orilla.
 
--El Señor que arrancó de sus ojos amargas lágrimas con una sola mirada le vuelve a mirar desde la orilla.
 
--Y ¿ahora qué? Pues tirarse de cabeza al mar para llegar cuanto antes a la orilla junto al Señor.
 
Y allí el Señor le contesta al y ¿ahora qué? Que le ame y más que los demás. “Señor tu sabes todas las cosas, tu sabes que te quiero”. Que cambie de oficio, que tire las redes al mar y tome el callado de pastor. Ambos oficios nada sencillos, ni inocentes. El pescador se enfrenta con la naturaleza bravía y el pastor con las fieras del campo, “os envío como ovejas entre lobos”. Y que se prepare porque su destino le va a hacer llegar hasta donde él dijo en bravatas: “Señor, mi vida daré por Ti”. Y ahora el Señor se lo acepta: “Te llevarán donde no quieras”. Y regresó Pedro a casa lleno del Señor, pero incierto en su futuro, como son las cosas de la fe.
 
- ¿En cuántos momentos de nuestra vida hay un “y ahora qué”, que no va a encontrar contestación más que buscando al Señor en la orilla, desde donde sin duda nos mira y nos quiere hablar? Y sólo si tenemos la valentía de tirarnos al agua puestos los ojos en el Señor vamos a encontrar una contestación que responda plenamente a ese qué.

 

EL SEÑOR RESUCITADO PARTE EL PAN PARA NOSOTROS



 

1.- Tercer domingo de pascua, tercera aparición de Jesús resucitado a sus discípulos. La primera fue a María Magdalena, la segunda a la comunidad en el cenáculo (primero sin Tomás y después con él) y esta tercera a Pedro y un grupo de discípulos cuando iban a pescar. Cada encuentro de Jesús resucitado con cada una de estas personas produce un efecto aún mayor del que ya producía antes de su pasión en las personas con las que se encontraba. Durante su vida “física”, Jesús transformó el corazón de las personas con las que se encontró en esos tres años, fueran de la clase social que fueran: pecadores, publicanos, prostitutas, ricos, pobres, enfermos, mendigos, autoridades civiles, eclesiásticas, etc. Ahora ese efecto se multiplica, empezando por sus propios discípulos. Son verdaderamente hombres y mujeres nuevos a la luz de la Pascua, a la luz del resucitado.
 
2.- La palabra “discípulo” habla de aquel que es “seguidor” de otra persona, en este caso de Jesucristo. Es el nombre que más se usa en el Nuevo Testamento para hablar de los cristianos. Desde el comienzo de su predicación, Jesús llama al seguimiento absoluto e incondicionado, que implica la adhesión plena a su persona, a su mensaje y a su destino. Seguir a Jesús genera una comunidad de vida que se traduce en una relación estable, permanente y exclusiva con Él, hasta compartir su destino de muerte y resurrección. Seguir a Jesús implica caminar con Él, compartir con Él una relación nueva de comunión, de amistad, de amor.
 
3.- Jesús resucitado se aparece en primer lugar a sus propios discípulos para reforzar ese discipulado, ese seguimiento. María Magdalena se convertirá en un apóstol de los más importantes en el surgimiento y crecimiento de la primera Iglesia. Tomás no necesita meter sus dedos en las llagas de Jesús porque una palabra de Jesús es suficiente para su confesión de fe: “no seas incrédulo, sino creyente”; “Señor mío y Dios mío”. Y Pedro… se quita la “espina” de su negación, mejor dicho, Jesús le ofrece la oportunidad de que así lo haga y sea verdaderamente esa “piedra” en la que se edificará la comunidad cristiana. Después de este tercer encuentro con Jesús resucitado es muy interesante el diálogo entre Jesús y Pedro. Jesús le dedica un tiempo especial a Pedro y le brinda la oportunidad de reconciliarse a través del amor. Y es que el auténtico discipulado se revela en ese diálogo que mantienen Pedro y Jesús.
 
 

4.- Comparto con vosotros una versión particular de ese diálogo que leí preparando esta Eucaristía. Es de José Ignacio Blanco, publicada en la hoja “Eucaristía”, de Verbo Divino.
 
“Jesús le está diciendo: “Yo te amo. Me negaste tres veces, pero yo te amo”. Ahora Pedro puede entender que su amor sólo puede apoyarlo en el amor a Jesús, porque no puede apoyarse en sí mismo. En la última cena se atrevió a ser un héroe: “Entregaré mi vida por ti”. “No es verdad, Pedro. Tú crees que me amas, pero no me amas. Sólo amas tu propia generosidad, queriendo demostrarte a ti mismo que me quieres. Yo no necesito que me demuestres nada”. Es ahora cuando Pedro realmente empieza a entenderlo. “Tú lo sabes todo. Sólo puedo quererte porque Tú has sido fiel, porque Tú sostienes mi amor. Y no podré seguirte ni ser fiel, si cada día no encuentro en ti la fuente de mi propio amor”.
 
5.- Pedro sale convertido en un verdadero discípulo después de ese diálogo con Jesús. Ahora vamos a ver al auténtico Pedro, dando testimonio del resucitado ante las autoridades religiosas y diciendo: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. Aquellos DISCÍPULOS “salieron del Sanedrín contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús”. La historia de Pedro también se puede repetir en cada uno de nosotros. Jesús sabe de nuestras debilidades, de nuestras “negaciones”, de nuestros “intentos de heroísmo”, a pesar de que todos los días le digamos cuánto le queremos. No tenemos que demostrarle nada, solamente apoyar nuestro amor en Su Amor, y nuestra fidelidad en Su Fidelidad.

Entonces, cuando descubramos que “Tú lo sabes todo” de mi, de cada uno de nosotros, podremos amarle como Él quiere ser amado, y es en la entrega a los demás, a mi prójimo, al que está a mi lado, a los más pobres y necesitados de amor.
 
En la Eucaristía nos podemos “comer a Dios por los pies”, pero si nuestra vida no es reflejo de lo que aquí vivimos, estamos “tocando el violón”. El Señor Resucitado parte el pan para nosotros para que le reconozcamos vivo y presente en medio de la comunidad, para que nos sintamos hombres y mujeres nuevos transformados por su amor, y para que demos testimonio con nuestra vida de lo que aquí celebramos como creyentes, como comunidad.



 

“Vengamos a misa movidos por la fe, con ilusión y ganas profundas de encontrarnos con Cristo, de escucharle, de verle multiplicar el pan del alma que necesitamos, de pedir la curación de las enfermedades de nuestro espíritu y, ¿por qué no?, también las de nuestro cuerpo.”.
 



 

domingo, 7 de abril de 2013

Paz a vosotros!! (Evangelio dominical)


Celebramos este año nuevamente en la Iglesia Católica la Fiesta de la Divina Misericordia, correspondiendo al Segundo Domingo de Pascua.  Y es interesante observar que el Evangelio de este Domingo siempre es el mismo, pues no cambia según el Ciclo A, B o C; pero, además, siempre se usó el mismo texto evangélico antes de la reforma litúrgica post-conciliar, cuando este domingo se conocía como “Domingo In Albis”.

En efecto, el Evangelio es el texto de San Juan (Jn. 20, 19-31) que nos narra la primera aparición de Jesús a sus Apóstoles el mismo día de su gloriosa resurrección, al anochecer, mientras estaban a puertas cerradas. 

¡Qué alegría deben haber sentido estos hombres que habían quedado tan confundidos, tan apesadumbrados y atemorizados por la horrorosa muerte de Jesús!  ¡Qué alegría al ver a ese mismo Jesús resucitado glorioso, mostrándoles las heridas de las manos y del costado, como para asegurarles que era El mismo! 
Y acto seguido, nos dice San Juan Evangelista, el Señor “sopló sobre ellos y les dijo: ‘Reciban el Espíritu Santo.  A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar’”.  

Es decir, Cristo, al no más salir del sepulcro, habiendo vencido a la muerte, al demonio y al pecado, lo primero que hace es dejarnos a nosotros los seres humanos, el medio efectivo para ser perdonados de nuestros pecados.  Instituye en ese mismo momento el Sacramento de la Confesión, del Perdón. 

 

 ¡Con razón Cristo ha querido declarar este Domingo Segundo de Pascua como la Fiesta de su Divina Misericordia!  ¡Con razón el Papa Juan Pablo II, al declarar este día como el Domingo de la Divina Misericordia, tal como Jesús pidió a Santa Faustina Kowalska, ha dispuesto que se conserven los mismos textos en las Lecturas Litúrgicas!  ¡Con razón siempre ha sido el mismo texto evangélico para este domingo, antes de la reforma litúrgica última y ahora se conserva el mismo texto evangélico para los tres Ciclos A, B y C!

El Sacramento de la Confesión es el Sacramento de la Divina Misericordia, llamado por el mismo Jesús, en sus revelaciones a Santa Faustina Kowalska, el “Tribunal de la Misericordia”.  Y ¡qué Tribunal! 

Y como viene siendo habitual, hoy traemos las reflexiones de tres religiosos que nos hablan en nuestro idioma, del Evangelio de San Juan, en este II Domingo de Pascua.



Lectura del santo evangelio según san Juan (20,19-31):

 

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos.
Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros.»
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.
Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.»
Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados! quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.»
Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.»
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros.»
Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.»
Contestó Tomás: «¡Señor Mío y Dios Mío!»
Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.»
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo tengáis vida en su nombre.

Palabra del Señor


COMENTARIOS


“Tomás y la comunidad”


 

“Los hermanos eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones”. Este texto (Hech 2, 42) suele ser conocido como uno de los “sumarios de los Hechos”. En él se resumen los puntos básicos que configuran una comunidad cristiana.

El texto continúa subrayando la buena impresión que los hermanos causaban entre sus vecinos de Jerusalén. Y recuerda que los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común”. Muchos grupos han tratado a lo largo de los siglos de vivir “como los primeros cristianos”.
Y no está mal ese deseo. Compartir los bienes con los hermanos, celebrar la fracción del pan y alabar a Dios con alegría y de todo corazón es un excelente resumen de la vida cristiana. La vida de los que han renacido para una esperanza viva y para una herencia incorruptible, como dice la primer carta de Pedro (1 Pe 1, 3-4).
Un comportamiento semejante no dejaría de llamar la atención también en nuestro tiempo. En realidad, ese sería el principio de la evangelización, como afirmó Pablo VI.

COMPARTIR LA FE

 

El evangelio que se proclama en este segundo domingo de Cuaresma es muy conocido (Jn 20, 19-31). El lugar en el que se desarrolla la escena es una casa cerrada por miedo a los judíos. Y el tiempo es el primer día de la semana. El mismo día en que Magdalena y las otras mujeres, Pedro y el discípulo amado habían encontrado vacía la tumba de Jesús.

• Jesús resucitado se hace presente entre sus discípulos. Mostrar las llagas de sus manos y su costado equivalía a asegurarles de su identidad. El resucitado era el mismo que había sido crucificado. Y, por otra parte, significaba que el camino de Jesús a la gloria pasaba necesariamente por el abajamiento hasta la muerte y muerte de cruz.

• Hay un segundo detalle importante en el relato. Los discípulos de Jesús lo habían abandonado en la hora triste de su prendimiento en el Huerto de los Olivos. Ahora Jesús no viene a reprenderlos. Ni siquiera les menciona aquel abandono. Con su presencia viene a ofrecerles el don de su paz y su perdón. Y la misión de pasar ese perdón a los demás.

• Un tercer punto merece ser subrayado. Nadie cree de verdad si no comparten su fe con los demás.  Los que han descubierto al Señor resucitado no se reservan esta experiencia como un honor y un privilegio. La comunican gozosamente a Tomás, cuando éste se reincorpora a la comunidad: “Hemos visto al Señor”.

 DESCUBRIR LAS LLAGAS

 

El evangelio que hoy se proclama nos presenta dos escenas. En la primera no está presente el apóstol Tomás. A primera vista parece un incrédulo, cuando era el único apóstol que había demostrado su decisión de subir con Jesús a Jerusalén y aceptar su pasión.

En la segunda escena, Tomás se ha reintegrado en el grupo cuando se les revela el Señor Resucitado. Descubrir las llagas de Cristo no es para el motivo de escándalo, sino apoyo para su fe. Tres frases marcan el diálogo que centra el encuentro.

• “No seas incrédulo, sino creyente”. Estas palabras de Jesús recuerdan a Tomás que el misterio de la cruz no era el final del camino. Si hace falta fe para aceptar la muerte de Jesús, es preciso mantenerla y avivarla para aceptar su resurrección.

• “¡Señor mío y Dios mío!” La respuesta de Tomás refleja la confesión de la fe de todos los cristianos. Las palabras y las acciones de Jesús revelaban ya su dignidad y su misión. Pero el misterio de su muerte y resurrección nos empuja a confesar su señorío y su divinidad.

• “Dichosos los que crean sin haber visto”. Con esas última bienaventuranza del evangelio, Jesús constituye a Tomás en el primer eslabón de una larga cadena. Los que le seguimos en la fila apoyamos nuestra fe en la fe de los que han visto al Señor resucitado.

-        Señor Jesús, resucitado de entre los muertos, te agradecemos el don de tu paz y el ministerio de tu perdón. Que el descubrimiento de tus llagas y de las llagas de tu Iglesia no sea para nosotros una tentación en el camino de la fe. Que podamos reconocerte como nuestro Dios y anunciar a nuestros hermanos que hemos visto al Señor. Amén. ¡Aleluya!


El primer día de la semana

 

 El segundo domingo de Pascua es, en realidad, el término de un largo día pascual que se ha prolongado durante toda la semana; la liturgia la presenta como un solo día en el que se concentran las experiencias de encuentro con el Resucitado que hacen los discípulos, duramente golpeados en sus esperanzas por la muerte ignominiosa de su Maestro. En estos textos evangélicos se subrayan las dificultades que aquellos primeros discípulos tuvieron para aceptar la noticia de la Resurrección y para reconocer la presencia del Señor entre ellos. Esas dificultades son, en verdad, las nuestras, que tampoco acabamos de creernos del todo que Jesús ha resucitado, es decir, que la muerte ya ha sido vencida, que es posible vivir “de otra manera”, pues estamos viviendo realmente un nuevo periodo de la historia, el tiempo de la nueva creación. Esto último es lo que significa la expresión, repetida en los relatos de apariciones del Resucitado y también hoy: “el primer día de la semana”. Esta indicación no tiene sólo un sentido cronológico, no es una datación neutra, sino que se trata de una revelación.

Si una semana es el tiempo en el que alegóricamente se despliega el poder creador de Dios, “el primer día de la semana” es aquí el comienzo de la nueva creación que tiene lugar en la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos, cuando de manera definitiva y para siempre Dios ha separado la luz de las tinieblas, el bien del mal, la vida de la muerte (cf Gn 1, 4).

 

Estamos viviendo ya en el tiempo de la nueva creación, pero, como no nos lo creemos, dominan en nosotros, creyentes abatidos, la cerrazón (“estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas”) y el miedo (“por miedo a los judíos”). Sólo la presencia viva de Cristo en medio de esta comunidad escondida y en retirada puede vencer estas resistencias. Caemos en la cuenta de que la comunidad es el lugar privilegiado en el que es posible ver al Señor y hacer la experiencia pascual. Es verdad que se trata de una comunidad de hombres débiles, cerrados sobre sí y atemorizados. No son sus cualidades ni sus méritos (tampoco, desde luego, su imaginación) los que pueden revertir de manera sorprendente (literalmente, milagrosa) esta situación: del tenso temor, la cerrazón y la tristeza, a la pacificación (“paz a vosotros”), la apertura valerosa (“os envío”) y la alegría (“se llenaron de alegría”) en el Espíritu Santo (“recibid el Espíritu Santo”).

Las dificultades para creer en la Resurrección del Señor y reconocer su presencia, comunes a todos los discípulos (a todos nosotros: cf. Mc 16, 9-15), se concentran hoy en la figura de Tomás, apodado el mellizo. Por eso, la Iglesia lee este pasaje del Evangelio de Juan este segundo Domingo de Pascua en los tres ciclos litúrgicos. 

Tomás expresa, en primer lugar, la dispersión a que se ve sometida la comunidad de Jesús tras su muerte. Algunos siguen ligados entre sí, pero en un grupo cerrado, como vemos hoy; o que, abandonados los ideales destruidos por la muerte del Maestro, vuelve a viejas y estériles ocupaciones (cf. Jn 21, 1-3); otros, sencillamente, se vuelven a casa, completamente desilusionados, como los discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 13). Tomás, al parecer, también había tomado el camino de la dispersión y el abandono de la comunidad. Este abandono es comprensible. Si Jesús ha muerto, ¿qué puede unirles ya? Los defectos de todos estos discípulos (ambiciosos, a veces violentos, cobardes, etc.) son demasiado patentes, no hay en ellos virtud suficiente para mantenerlos unidos. De no haber sucedido algo extraordinario y humanamente inexplicable la dispersión hubiera sido total y definitiva. Los defectos y pecados de la Iglesia son con frecuencia la excusa para abandonarla y distanciarse de ella. Esta excusa estaría justificada si la Iglesia fuera sólo un grupo humano unido por ciertas ideas, convicciones o valores (que los mismos miembros de este grupo contravienen con frecuencia). Pero si, pese a tantos defectos y pecados, se mantienen unidos, es porque hay algo más grande que ellos mismos que los convoca y vincula: la presencia en medio de ellos del Señor Resucitado.

 

En lo que se refiere a Tomás, parece que el abandono no debió ser total, pues los discípulos que permanecieron unidos y, por eso, pudieron ver al Señor resucitado, se apresuraron a avisarle de lo acontecido. Todos los textos de este “primer día de la semana” insisten con especial vehemencia en la importancia del testimonio interno a la comunidad. Poner en común las distintas experiencias del Resucitado, y comunicárselas a los que todavía no las han tenido, es un rasgo clave de este periodo pascual. La comunidad se constituye y se recrea precisamente en este testimonio interno: los creyentes no deben dar por descontada la fe en el Señor Resucitado, sino que deben confirmarse unos a otros en esta fe. Y esto les lleva necesariamente a volver a encontrarse, a sentarse juntos y a compartir el pan. Y es en este contexto, claramente eucarístico, donde acontecen las apariciones de Jesús.

Tomás, incrédulo, en principio no da crédito al testimonio de los otros. Se aviene a volver a reunirse con ellos y participar en una de esas asambleas que tenían lugar “el primer día de la semana”, pero pone condiciones: no quiere alucinaciones ni misticismos, “ver” al Señor de verdad tiene que significar poder tocar sus heridas, metiendo el dedo en los agujeros de los clavos y la mano en el costado.

 

Tomás, que no era mellizo de nadie, sino que “le llamaban” el Mellizo, al parecer por su parecido físico con Jesús (y Jesús, verdadero hombre, se ha hecho mellizo de cada uno de nosotros), es también mellizo nuestro, pues experimentaba las dificultades de la fe que, de un modo u otro, experimentamos todos. Pero, como él, podemos superarlas. La gran condición para ver, tocar, creer y confesar es precisamente estar en la comunidad.

Se suele decir que la fe es una cosa personal, lo que es cierto, pero se suele dar a entender que es una cosa individual y subjetiva, lo que es falso. La fe verdadera es un don que recibe la persona, pero requiere de la comunidad creyente. Para “ver” al Señor y creer en Él hay que estar en la comunidad de esos tan imperfectos, violentos, ambiciosos, temerosos y cobardes, pero al fin discípulos, capaces de volver al Señor, pedir perdón, y dar la vida por Él.

Es digno de mención el hecho de que el evangelio de Juan nunca usa el sustantivo “fe”, sino sólo el verbo “creer”, precisamente para subrayar que se trata de un dinamismo vivo, con dudas y dificultades y, en todo caso, que nunca está concluido, siempre abierto, siempre por redescubrir, por rehacer.

 

Puesto que son los defectos y pecados de la Iglesia (que tanto y con tanta fuerza,  no siempre con justicia, se suelen subrayar) son para muchos el gran obstáculo para integrarse en ella, participar de sus asambleas y tratar de ver al Señor en ellas, es muy importante subrayar el papel de las heridas que Jesús muestra en su cuerpo y ofrece a Tomás para que las toque, incluso por dentro. Al hablar de la nueva creación, ya real por la Resurrección de Cristo, y de la nueva comunidad recreada por la presencia del Resucitado, no hay que caer en idealizaciones ingenuas, como si en el mundo ya todo estuviera bien y en la Iglesia no hubiera problemas, defectos y pecados reales. Igual que la humanidad resucitada de Cristo es una humanidad herida, en la que se pueden ver las huellas de la pasión, la comunidad que nace de ella no puede cerrar sus ojos a las otras heridas de Cristo. Por un lado, están las heridas propias del cuerpo de Cristo que es la Iglesia, la comunidad de los discípulos. No cabe aquí idealización alguna. La fuerza y el fundamento de esa comunidad es Cristo, muerto y resucitado y que se nos manifiesta vivo, pero herido. Para vivir la vida nueva de la Resurrección hay que volver continuamente a la memoria de la muerte, hay que tocar las heridas, y no superficialmente, sino entrando en ellas hasta el fondo. Esto significa que hay que mirar de cara a los problemas, reconocer y abordar los conflictos, admitir las debilidades, confesar los propios pecados, tomar las medidas pertinentes, perdonarnos mutuamente… Igual que el testimonio interno de la comunidad es el fundamento del testimonio que se ha de dar ante el mundo, también el perdón, que Jesús confía a la comunidad para que lo comunique al mundo, es una realidad que opera dentro de la comunidad, que confiesa sus pecados, ejerce el perdón entre sus miembros, y hace de él una dinámica real de ruptura con el pecado.

 

 Pero, además están las heridas del Cristo que sufre en la humanidad, en sus “pequeños hermanos”, de tantas formas, y que hay que saber también tocar, como hacía Jesús, que con frecuencia curaba “tocando”, en el contacto vivo. Esto tiene mucho que ver con el carácter abierto de la comunidad que ha visto al Señor y ha superado el temor y vive ya en el “primer día de la semana”, en el que rigen nuevas leyes, ante todo, la ley del amor. La primera y la segunda lectura nos ofrecen un cuadro luminoso de lo que debe ser esta comunidad que, en medio de las condiciones del viejo mundo, vive ya en el tiempo de la nueva creación. En la primera se dice cómo esa comunidad, con Pedro a la cabeza y a imitación del Maestro, “pasa haciendo el bien”, tocando y curando a los que sufren; y, además, permanece abierta a todos los que, voluntariamente y sin imposiciones, quieren agregarse a ella. Y en el texto del Apocalipsis se ofrece una interpretación de la historia en la clave del Resucitado: en ella son posibles las persecuciones, hasta el martirio, a causa del testimonio que tenemos que dar de Cristo Jesús, pero los discípulos saben que la muerte ya ha sido vencida (y lo que el mundo puede hacernos en último término es darnos muerte, esto es, partícipes de la victoria de Cristo), por lo que han perseverar, superado todo temor, en ese testimonio, al que el mismo Señor Resucitado nos ha enviado y nos sigue enviando cada día.