domingo, 8 de marzo de 2020

«Se transfiguró delante de ellos» (Evangelio Dominical)







Hoy, camino hacia la Semana Santa, la liturgia de la Palabra nos muestra la Transfiguración de Jesucristo. Aunque en nuestro calendario hay un día litúrgico festivo reservado para este acontecimiento (el 6 de agosto), ahora se nos invita a contemplar la misma escena en su íntima relación con los sucesos de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor.

En efecto, se acercaba la Pasión para Jesús y seis días antes de subir al Tabor lo anunció con toda claridad: les había dicho que «Él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser matado y resucitar al tercer día» (Mt 16,21).

Pero los discípulos no estaban preparados para ver sufrir a su Señor. Él, que siempre se había mostrado compasivo con los desvalidos, que había devuelto la blancura a la piel dañada por la lepra, que había iluminado los ojos de tantos ciegos, y que había hecho mover miembros lisiados, ahora no podía ser que su cuerpo se desfigurara a causa de los golpes y de las flagelaciones. Y, con todo, Él afirma sin rebajas: «Debía sufrir mucho». ¡Incomprensible! ¡Imposible!


               



A pesar de todas las incomprensiones, sin embargo, Jesús sabe para qué ha venido a este mundo. Sabe que ha de asumir toda la flaqueza y el dolor que abruma a la humanidad, para poderla divinizar y, así, rescatarla del círculo vicioso del pecado y de la muerte, de tal manera que ésta —la muerte— vencida, ya no tenga esclavizados a los hombres, creados a imagen y semejanza de Dios.

Por esto, la Transfiguración es un espléndido icono de nuestra redención, donde la carne del Señor es mostrada en el estallido de la resurrección. Así, si con el anuncio de la Pasión provocó angustia en los Apóstoles, con el fulgor de su divinidad los confirma en la esperanza y les anticipa el gozo pascual, aunque, ni Pedro, ni Santiago, ni Juan sepan exactamente qué significa esto de… resucitar de entre los muertos (cf. Mt 17,9), ¡Ya lo sabrán!




Lectura del santo evangelio según san Mateo (17,1-9):


                            




En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.
Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien se está aquí! Sí quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.»
Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.» Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto.
Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis.» Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.
Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»

Palabra del Señor






COMENTARIO


                       
                        




Las Lecturas de este Segundo Domingo del Tiempo de Cuaresma nos hablan de cómo debe ser nuestra respuesta al llamado que Dios hace a cada uno de nosotros... y cuál es nuestra meta, si respondemos al llamado del Señor.

En la Primera Lectura (Gn. 12, 1-4a) se nos habla de Abraham, nuestro padre en la fe.  Y así consideramos a Abraham, pues su característica principal fue una fe indubitable, una fe inconmovible, una fe a toda prueba.  Y esa fe lo llevaba a tener una confianza absoluta en los planes de Dios y una obediencia ciega a la Voluntad de Dios.

A Abraham Dios comenzó pidiéndole que dejara todo: “Deja tu país, deja tus parientes y deja la casa de tu padre, para ir a la tierra que yo te mostraré”.

Y Abraham  sale sin saber a dónde va.  Ante la orden del Señor, Abraham cumple ciegamente.  Va a una tierra que no sabe dónde queda y no sabe siquiera cómo se llama.  Deja todo, renuncia a todo:  patria, casa, familia, estabilidad, etc.  Da un salto en el vacío en obediencia a Dios.  Confía absolutamente en Dios y se deja guiar paso a paso por El.  Abraham sabe que su vida la rige Dios, y no él mismo.

Dios le exigió mucho a Abraham, pero a la vez le promete que será bendecido y que será padre de un gran pueblo.

En la Segunda Lectura (2 Tim. 1, 8-10) leemos a San Pablo insistiendo en el llamado que Dios nos hace.  Nos dice:  “Dios nos ha llamado a que le consagremos nuestra vida”;  es decir, a que le entreguemos a El todo lo que somos y lo que tenemos, pues todo nos viene de El.  Y nos dice además San Pablo que Dios nos llama, no por nuestras buenas obras, sino porque El lo dispone así de gratis, sin merecerlo nosotros.


                                   




Si Abraham respondió con tanta confianza y tan cabalmente al llamado de Dios, un Dios desconocido para él -pues Abraham pertenecía a una tribu idólatra- ¡cómo no debemos responder nosotros que hemos conocido a Cristo!

El Evangelio (Mt. 17, 1-9)  nos relata la Transfiguración del Señor ante Pedro, Santiago y Juan.  Jesucristo se los lleva al Monte Tabor y allí les muestra algo del fulgor de su divinidad.  Y quedan extasiados al ver “el rostro de Cristo resplandeciente como el sol y sus vestiduras blancas como la nieve”.

Es de hacer notar que este evento tiene lugar unos pocos días después del anuncio que Cristo les había hecho de que tendría que morir y sufrir mucho antes de su muerte.  Jesús quería que esta vivencia de su gloria fortaleciera la fe de los Apóstoles.  Ellos habían quedado muy turbados al conocer que el Señor sería entregado a las autoridades y que sería condenado injustamente a una muerte terrible… Y que luego resucitaría.

Tanta relación tiene la Transfiguración de Jesucristo con su Pasión y Muerte, que en el relato que hace San Lucas de este evento, se ve a Moisés y Elías “resplandecientes, hablando con Jesús de su muerte que debía cumplirse en Jerusalén” (Lc. 9, 31).

Con esto Jesucristo quiere decirle a los Apóstoles que han tenido la gracia de verlo en el esplendor de su Divinidad, que ni El -ni ellos- podrán llegar a la gloria de la Transfiguración -a la gloria de la Resurrección- sin pasar por la entrega absoluta de su vida, sin pasar por el sufrimiento y el dolor.  Así se los dijo en el anuncio previo a su Transfiguración sobre su Pasión y Muerte:  “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga.  Pues el que quiera asegurar su propia vida la perderá, pero el que pierda su vida por mí, la hallará” (Mt. 16, 24-25).


                                              



Esa renuncia a uno mismo fue lo que Dios pidió a Abraham ... y Abraham dejó todo y respondió sin titubeos y sin remilgos, sin contra-marchas y sin mirar a atrás.  Esa renuncia a nosotros mismos es lo que nos pide hoy el Señor para poder llegar a la gloria de la Resurrección.

No hay resurrección sin muerte a uno mismo y tampoco sin la cruz de la entrega absoluta a la Voluntad de Dios.  A eso se refiere el “perder la vida por mí”, que nos pide el Señor.  Y recordemos lo que El mismo nos advierte:  el que quiera asegurar lo que cree que es su propia vida, terminará por perderla, pero el que pierda por Mí eso que considera su propia vida, podrá entonces hallarla.

Recordemos, también, que la resurrección y la gloria del Cielo es la meta de todo cristiano.  En efecto, así aprendimos en desde nuestra Primera Comunión:  fuimos creados para conocer, amar y servir a Dios en esta vida, y luego gozar de El en la gloria del Cielo.  Esa gloria nos la muestra Jesús con su Transfiguración.

Ahora bien ¿cómo puede ser esto de que Jesús a veces se veía como un hombre cualquiera y a veces mostraba su divinidad?

En nosotros sucede algo semejante.  La Gracia nos transforma. Esto lo trata San Pablo (2 Cor. 3, 12-18) cuando nos habla del velo con que Moisés se cubría la cara después de estar en la presencia de Dios (Ex. 34, 35).  Mientras la Gracia nos transfigura con la luz que le es propia, como sucedía a Moisés al estar delante de Dios, el pecado nos desfigura con la oscuridad y tinieblas, propias del pecado y del Demonio (Jn. 1, 5; 3, 19; Hech. 26, 18).

Y es audaz San Pablo al afirmar que él y los cristianos que habían recibido la Gracia no tenían que andar con el rostro cubierto como Moisés, sino que “reflejamos, como en un espejo, la Gloria del Señor, y nos vamos transformando en imagen suya, más y más resplandecientes, por la acción del Señor”. (2 Cor 3, 18)

Esa es la acción de la Gracia, es decir, de la vida de Dios en nosotros: luz, vida, resplandor, etc.  Pero más que eso, la Gracia Divina nos va haciendo imagen de Cristo.  De allí la importancia de vivir en Gracia, es decir, sin pecado mortal en nuestra alma.  Además, huyendo del pecado y/o arrepintiéndonos en la Confesión Sacramental cada vez que caigamos.  Una Confesión bien hecha, en la que descargamos nuestros pecados graves y no graves, restaura inmediatamente la Gracia.  Y esa Gracia debe ir siempre en aumento:  con la Eucaristía, la oración, las obras buenas, la práctica de las virtudes, etc.

La Gracia la recibimos inicialmente en el Bautismo y hemos de irla aumentando a lo largo de nuestra vida en la tierra, hasta el día en que disfrutemos ya de la Visión Beatífica de Dios en el Cielo y, en la contemplación de la gloria de Dios, seremos también trasfigurados, “seremos semejantes a El, porque lo veremos tal como es” (1 Jn. 3, 2).  Para ese momento sí podremos verlo “cara a cara” (1 Cor. 13, 12).

Tan bello y agradable era lo que vivieron los Apóstoles en la Transfiguración, que Pedro le propuso al Señor hacer tres tiendas, para quedarse allí.  ¡Señor, qué bueno sería quedarnos aquí”, exclama San Pedro.  Así de agradable y de atractiva es la gloria del Cielo, en la que provoca quedarse allí para siempre.


                             



Y eso precisamente nos lo ha prometido el Señor: nos ha prometido la felicidad total y absoluta, para siempre, siempre, siempre.  Ese es el gozo del Cielo, que los Apóstoles pudieron vislumbrar en los breves instantes de la Transfiguración del Señor.

La entrega requerida para llegar a esa meta nos la muestra Abraham, padre de los creyentes, que dejó todo a petición de Dios.  Y nos la muestra, por supuesto, el mismo Jesucristo con su entrega absoluta a la Voluntad del Padre, hasta llegar a la muerte en la Cruz, para luego resucitar glorioso y transfigurado.  Y esa resurrección la ha prometido también a todo aquél que cumpla la Voluntad de Dios.  














Fuentes
Sagradas Escrituras
Evangeli.org
Homilias.org

domingo, 1 de marzo de 2020

«Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado» (Evangelio Dominical)





Hoy celebramos el primer domingo de Cuaresma, y este tiempo litúrgico “fuerte” es un camino espiritual que nos lleva a participar del gran misterio de la muerte y de la resurrección de Cristo. Nos dice san Juan Pablo II que «cada año, la Cuaresma nos propone un tiempo propicio para intensificar la oración y la penitencia, y para abrir el corazón a la acogida dócil de la voluntad divina. Ella nos invita a recorrer un itinerario espiritual que nos prepara a revivir el gran misterio de la muerte y resurrección de Jesucristo, ante todo mediante la escucha asidua de la Palabra de Dios y la práctica más intensa de la mortificación, gracias a la cual podemos ayudar con mayor generosidad al prójimo necesitado».

La Cuaresma y el Evangelio de hoy nos enseñan que la vida es un camino que nos tiene que llevar al cielo. Pero, para poder ser merecedores de él, tenemos que ser probados por las tentaciones. «Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo» (Mt 4,1). Jesús quiso enseñarnos, al permitir ser tentado, cómo hemos de luchar y vencer en nuestras tentaciones: con la confianza en Dios y la oración, con la gracia divina y con la fortaleza.




Las tentaciones se pueden describir como los “enemigos del alma”. En concreto, se resumen y concretan en tres aspectos. En primer lugar, “el mundo”: «Di que estas piedras se conviertan en panes» (Mt 4,3). Supone vivir sólo para tener cosas.

En segundo lugar, “el demonio”: «Si postrándote me adoras (…)» (Mt 4,9). Se manifiesta en la ambición de poder.

Y, finalmente, “la carne”: «Tírate abajo» (Mt 4,6), lo cual significa poner la confianza en el cuerpo. Todo ello lo expresa mejor santo Tomás de Aquino diciendo que «la causa de las tentaciones son las causas de las concupiscencias: el deleite de la carne, el afán de gloria y la ambición de poder».



Lectura del santo evangelio según san Mateo (4,1-11):

                             



EN aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre.
El tentador se le acercó y le dijo:
«Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes».
Pero él le contestó:
«Está escrito: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”».
Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en el alero del templo y le dijo:
«Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”».
Jesús le dijo:
«También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”».
De nuevo el diablo lo llevó a un monte altísimo y le mostró los
reinos del mundo y su gloria, y le dijo:
«Todo esto te daré, si te postras y me adoras».
Entonces le dijo Jesús:
«Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”».
Entonces lo dejó el diablo, y he aquí que se acercaron los ángeles y lo servían.

Palabra del Señor





COMENTARIO.


                    



Ya hemos comenzado la Cuaresma, ese tiempo especial de conversión y penitencia que iniciamos con la Imposición de la Ceniza el pasado Miércoles.  Hoy, Primer Domingo de Cuaresma, las Lecturas nos presentan la tentación y el pecado de nuestros primeros progenitores en el Paraíso Terrenal, así como las tentaciones y el triunfo de Jesús sobre ellas en el Desierto.

En la Primera Lectura (Gen. 2, 7-9; 3, 1-7), tomada del Libro del Génesis, en el cual se relata la creación, observamos que el ser humano acaba de salir de las manos de su Creador, puro e inocente, hecho a imagen y semejanza de Dios.  Viven el hombre y la mujer en total amistad con Dios.  Pero el Maligno, envidioso del bien del hombre, lo busca para hacerlo caer y le plantea una tentación contraria a las órdenes que Dios  les había dado.

Dios les había dicho: “No comerán del árbol del conocimiento del bien y del mal, ni lo tocarán, porque de lo contrario habrán de morir”.  El Demonio, como siempre, contradice a Dios con mentiras y le dice a la mujer: “No morirán.  Bien sabe Dios que el día que coman de los frutos de ese árbol serán como dioses, y conocerán el bien y el mal”.

La primera parte de la tentación es de incredulidad en la palabra de Dios.  La segunda parte es de orgullo y soberbia: “serán como Dios”.  Estas dos primeras fases de la tentación abren camino a la parte final, que fue de desobediencia a Dios.  Y precisamente en esto consiste el pecado: en desobedecer a Dios.

                                             
   
                
El hombre y la mujer no resistieron la vana ilusión de estar por encima o a la par de Dios.  Pero Dios sabe que el ser humano fue engañado.  Por eso, aunque lo castiga, le promete un Salvador que lo liberará del pecado y de las consecuencias de ese pecado.

De allí que en la Segunda Lectura (Rom 5, 12-19)   San Pablo nos diga:  “Si por el delito de un solo hombre todos fueron castigados con la muerte, por el don de un solo Hombre, Jesucristo, se ha desbordado sobre todos la abundancia de vida y de gracia de Dios ... Porque, ciertamente, la sentencia vino a causa de un solo pecado, pero el don de la gracia vino a causa de muchos pecados  ... Y así como por la desobediencia de uno, todos fuimos hechos pecadores, por la obediencia de uno solo (Cristo), todos somos hechos justos”.

Quiere decir esto que por el pecado de Adán y Eva -y por todos los pecados nuestros- todos estaríamos condenados, pero por la obediencia de Cristo, todos podemos llegar a ser santos. 

                                     


Es bueno enfatizar estas palabras de San Pablo, ya que podría existir la tentación del reclamo a Dios, por las consecuencias del pecado de Adán y Eva sobre cada uno de nosotros.  Pero podemos preguntarnos: ¿Quién de nosotros podría lanzar la primera piedra?  ¿Quién de nosotros no habría caído, igual que Adán y Eva?   De allí que San Pablo resalte que es cierto que la sentencia vino a causa de un solo pecado (el de Adán y Eva), pero el don de la gracia vino a causa de muchos pecados (todos los que hemos cometido cada uno de nosotros).

Además: ¿no nos damos cuenta que la tentación del Paraíso Terrenal continúa, y los hombres y mujeres de hoy seguimos cayendo?  Los hombres y mujeres de hoy queremos seguir decidiendo sobre lo que es bueno y lo que es malo, sin tener en cuenta para nada a Dios.  Y también seguimos queriendo adquirir una supuesta sabiduría y poderes, que no  vienen de Dios, sino del Maligno.

El Demonio, como en el Paraíso, sigue presentando la tentación como algo llamativo, apetitoso y “aparentemente” bueno.  Nos dice la Escritura: “La mujer vio que era bueno, agradable a la vista,  y provocativo para alcanzar sabiduría”.

Ahora bien, ¿nos damos cuenta de todos los engaños que se nos presentan en nuestros días, tan parecidos a los del Paraíso Terrenal?  ¿No seguimos los hombres y mujeres de hoy tratando de “ser como dioses”, al buscar una supuesta sabiduría y poderes ocultos a través del espiritismo, del control mental, de todas las formas de esoterismo oriental, de la adivinación, la astrología, la brujería, de la santería, y hasta del satanismo abierto y declarado?

Y fijémonos en algo...  El pecado nunca se nos presenta como lo que es: rebeldía y desobediencia a Dios, sino más bien como una afirmación de nuestra personalidad, o como el uso de la libertad a la que tenemos derecho, o también para llegar a alcanzar una “supuesta” sabiduría o auto-realización, etc.

                                             



Y ante las tentaciones -que siempre estarán presentes- nos quedan dos opciones: seguir nuestro propio camino... o seguir en fe el camino que Dios nos presenta para nuestra vida.  Y para seguir el camino de Dios hay que seguir lo que Dios quiere, como El lo quiere, cuando El lo quiere y porque El lo quiere.  De lo contrario, estamos actuando como Adán y Eva.  Y... ¿es eso lo que queremos, realmente?

Jesucristo nos muestra en el Evangelio (Mt. 4, 1-11)  cómo actuar ante la tentación.

Es cierto que El es Dios, y en Dios no hay pecado, pero quiso someterse a la tentación, para compartir con nosotros todo, menos el pecado.  Veamos qué nos muestra Jesucristo en esta lucha que tuvo con el Demonio al terminar su retiro de cuarenta días en el desierto.

El Demonio lo tienta, primero, con el poder (Haz que estas piedras se conviertan en pan);  luego,con el triunfo (Lánzate hacia abajo que Dios mandará a sus Ángeles a que te cuiden)  y, finalmente, con la avaricia (Te daré todos los reino de la tierra, si me adoras).

Y tuvo la osadía el Demonio de tentar a Jesucristo con palabras tomadas de la Sagrada Escritura.  Y más osadía aún fue el tratar de desviar a Jesucristo de la misión que el Padre le había encomendado.

De acuerdo a esa misión,  el Mesías no iba a ser un triunfador, ni un poseedor de reinos terrenos, sino que era enviado a salvar a los hombres, pero en humildad, en pobreza, en obediencia y en el sufrimiento.

Vemos, entonces, que -ante la tentación- Jesucristo no se aparta ni un milímetro del camino que Dios Padre le había señalado.  La victoria que el Demonio había obtenido en el Paraíso se revierte ahora en el Desierto con una total derrota.  Y así debe ser nuestra actitud ante las tentaciones: derrotar al Maligno con la gracia que Jesucristo nos obtuvo.

Sabemos por enseñanza de la Sagrada Escritura (cf. 1 Cor. 10, 13 y 2 Cor. 12, 7-10) que nunca seremos tentados por encima de nuestras fuerzas, lo que equivale a decir que ante cualquier tentación tenemos todas las gracias necesarias para vencerla.

Y si caemos, ¡qué gran consuelo el poder arrepentirnos y confesar nuestro pecado al Sacerdote!  ¡Qué más podemos pedir!  Es como un negocio o un juego en el cual nunca podemos perder, porque siempre, no importa cuán grave sea la falta, Dios nuestro Padre está dispuesto a perdonarnos y a acogernos como sus hijos que somos.  ¿Qué más podemos pedir? 

                                     



La Cuaresma nos invita a todos a aprender a vencer las tentaciones, como Jesucristo en el Desierto, con la ayuda de la gracia que Dios siempre nos da.  Nos invita también a reconocernos pecadores, a arrepentirnos de nuestras faltas y a confesarlas cuando sea necesario.

La Cuaresma es tiempo especial de conversión y de Confesión, porque es tiempo de volvernos a Dios y de acercarnos más a El.












Fuentes:
Sagradas Escrituras
Evangeli.org
Homilias.org