domingo, 10 de julio de 2016

Y QUIÉN ES MI PRÓJIMO? (Evangelio dominical)



Hoy, nos preguntamos: «Y, ¿quién es mi prójimo?» (Lc 10,29). Cuentan de unos judíos que sentían curiosidad al ver desaparecer su rabino en la vigilia del sábado. Sospecharon que tenía un secreto, quizá con Dios, y confiaron a uno el encargo de seguirlo... Y así lo hizo, lleno de emoción, hasta una barriada miserable, donde vio al rabino cuidando y barriendo la casa de una mujer: era paralítica, y la servía y le preparaba una comida especial para la fiesta. Cuando volvió, le preguntaron al espía: «¿Dónde ha ido?; ¿al cielo, entre las nubes y las estrellas?». Y éste contestó: «¡No!, ha subido mucho más arriba».

Amar a los otros con obras es lo más alto; es donde se manifiesta el amor. ¡No pasar de largo!: «Es el propio Cristo quien alza su voz en los pobres para despertar la caridad de sus discípulos», afirma el Concilio Vaticano II en un documento.
                      

Hacer de buen samaritano significa cambiar los planes («llegó junto a él»), dedicar tiempo («cuidó de él»)... Esto nos lleva a contemplar también la figura del posadero, como dijo Juan Pablo II: «¡Qué habría podido hacer sin él? De hecho, el posadero, permaneciendo en el anonimato, realizó la mayor parte de la tarea. Todos podemos actuar como él cumpliendo las propias tareas con espíritu de servicio. Toda ocupación ofrece la oportunidad, más o menos directa, de ayudar a quien lo necesita (...). El cumplimiento fiel de los propios deberes profesionales ya es practicar el amor por las personas y la sociedad».

Dejarlo todo para acoger a quien lo necesita (el buen samaritano) y hacer bien el trabajo por amor (el posadero), son las dos formas de amar que nos corresponden: «‘¿Quién (...) te parece que fue prójimo?’. ‘El que practicó la misericordia con él’. Díjole Jesús: ‘Vete y haz tú lo mismo’» (Lc 10,36-37).

Acudamos a la Virgen María y Ella —que es modelo— nos ayude a descubrir las necesidades de los otros, materiales y espirituales.


Lectura del santo evangelio según san Lucas (10,25-37):
                                  


En aquel tiempo, se presentó un maestro de la Ley y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?»
Él le dijo: «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?»
Él contestó: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo.»
Él le dijo: «Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida.»
Pero el maestro de la Ley, queriendo justificarse, preguntó a Jesús: «¿Y quién es mi prójimo?»
Jesús dijo: «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él, y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo: "Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta." ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?»
Él contestó: «El que practicó la misericordia con él.»
Díjole Jesús: «Anda, haz tú lo mismo.»

Palabra del Señor





COMENTARIO:

                  
      


Las Lecturas del día de hoy nos hablan del amor al prójimo, como mandamiento. Por eso trataremos sobre la Caridad Cristiana y los deberes que tenemos para con nuestros semejantes.

Lo primero que debemos tener en cuenta es el hecho de que la Caridad es una virtud infundida en nosotros por Dios. Es decir, nosotros no podemos amar por nosotros mismos, sino que Dios nos ama y con ese Amor con que Dios nos ama, podemos nosotros amar ... amarle a El y amar también a los demás. Si Dios no nos amara, el hombre sería incapaz de amar.

Podemos, entonces, amar a Dios, como nos pide el Evangelio de hoy: “con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, con todas nuestras fuerzas y con todo nuestro ser” (Lc. 10, 25-37). Así, con esa medida, debemos amar a Dios. Y esto no es imposible.

                                                                


Nos lo asegura la Primera Lectura del Libro del Deuteronomio, que es el libro del Antiguo Testamento que explica la Ley de Dios en forma práctica. Ahí nos dice Moisés lo siguiente: “Los mandamientos no son superiores a tus fuerzas, ni están fuera de tu alcance... Por el contrario, todos los mandamientos están muy a tu alcance, en tu boca y en tu corazón para que puedas cumplirlos”. (Dt. 30, 10-14)

O sea, que los mandamientos no son imposibles de cumplir, ni están por encima de nuestra capacidad. Hoy hablaremos de los Mandamientos, resumidos o contenidos en dos: el Amor a Dios y el amor al prójimo. Así lo refiere el Evangelio de hoy. Así lo aprendimos en el Catecismo: los 10 Mandamientos de la Ley de Dios se encierran en dos (Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo).
                    
                                         

Ambos Mandamientos están unidos. Uno es consecuencia del otro. No podemos amar a nuestros semejantes sin amar a Dios. Y no podemos decir que amamos a Dios si no amamos a nuestros semejantes. Se ha comparado esta doble dimensión del Amor con los elementos de una cruz: la línea vertical indica el amor a Dios y la horizontal el amor a los hombres ... para indicar así que ambos son inseparables.

Volvamos, entonces, al concepto de Caridad.

La Caridad, o sea, el Amor, es una virtud, es decir, una costumbre o un hábito de característica espiritual, que es infundida por Dios en nuestra alma, por medio de la cual amamos a Dios sobre todas las cosas, por lo que Dios es. Y por medio de la cual también amamos a los demás, porque Dios ha infundido su Amor en nuestros corazones (cf. Rom. 5, 5), para que seamos capaces de amar con el Amor con que El nos ama. Y amamos a los demás porque Dios así lo quiere y así nos lo ordena.

Amor es … entonces, un mandamiento, un mandamiento ineludible.
Y esta obligación de amar a los demás está basada en que todos los seres humanos, sin excepción, somos “imagen de Dios”.
                                       


Esto nos lo recuerda la Segunda Lectura de la Carta de San Pablo a los Colosenses, cuando nos dice: “Cristo es la imagen de Dios invisible, el primogénito de toda la creación” (Col. 1, 5-20). Cristo es el primero en todo. Y nosotros con El y después de El, somos también imagen de Dios. He ahí nuestra dignidad: la imagen de Dios está impresa en nuestra alma. Allí se basa la Ley del Amor: en el reconocimiento del valor que tiene cada ser humano. En cada persona reconocemos, estimamos y amamos la imagen de Dios.

Por eso la Caridad no puede depender del deseo, del afecto o de los lazos de sangre... o de los lazos de raza, de nación o de religión, como bien lo indica Jesús en la parábola del Buen Samaritano que nos trae el Evangelio de hoy. Los judíos y los samaritanos no se trataban, tenían muchas diferencias, sobre todo religiosas. Pero el ejemplo del Buen Samaritano nos recuerda que la Caridad Cristiana está por encima de toda diferencia.
                                           


La Caridad Cristiana puede incluir esos lazos de afecto o de sangre, de raza o de religión, pero no depende de éstos. Jesucristo mismo nos advierte fuertemente: “Si amas a los que te aman ¿qué mérito tienes? Hasta los malos aman a los que los aman. Y si haces bien a los que les hacen bien, ¿qué mérito tienen? También los pecadores obran así” (Lc. 6, 32-34).

He aquí la diferencia entre altruismo y caridad, entre filantropía y amor. El Cristiano debe amar; no le basta hacer el bien con un escondido interés o con una motivación impura.

La Caridad es también independiente del sentimiento. Es más bien una disposición de la voluntad. Es un deseo de hacer el bien porque Dios nos ama así y desea que nosotros amemos como El nos ama. Por eso la Caridad no es egoísta; es decir, no busca la propia satisfacción, sino el servir al otro y complacer a Dios. Además la Caridad incluye a todos: buenos y malos, amigos y enemigos, familiares y extraños, ricos y pobres.
                                                        


En el caso del Evangelio de hoy, es importante hacer notar esto de que la Caridad incluye a todos. Es así como el extraño, el Samaritano, el que no era del país, el que era considerado enemigo de la nación judía, fue el que ayudó al malherido por los ladrones.

Aquí es importante hacer notar, como nota de cultura bíblica, que el Mandamiento del Amor lo llamó nuestro Señor Jesucristo “el mandamiento nuevo”. ¿Y por qué era “nuevo”? Porque para los Judíos el mandato de amor a los demás era sólo para los de su misma raza y nación: era un amor entre ellos mismos. Por eso el Señor lo llama un mandamiento nuevo: porque se extendía a todos los hombres.

Y aquí vamos a la definición que pide el Doctor de la Ley del Evangelio. ¿Quién es el prójimo? El Señor le responde con la parábola del Buen Samaritano. Y con esto el Señor dice que el prójimo -que significa “próximo”, o el más cercano- puede ser alguien lejano ... como fue en este caso el extranjero.

                                                           


Sin embargo, en el ejercicio de la Caridad, debemos saber que nuestro prójimo es aquél que el Señor nos presenta en nuestro camino. Puede ser un familiar, pero puede ser también un extraño.

Caridad o Amor es estar atentos a las necesidades de los demás: necesidades espirituales y corporales. Las espirituales: enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que lo necesita, corregir al que se equivoca, perdonar las injurias, consolar al triste, sufrir con paciencia los defectos de los demás, rogar a Dios por vivos y difuntos. Las corporales: dar de comer al hambriento, dar techo al que no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y presos, enterrar a los muertos, redimir al cautivo, dar limosna a los pobres.

Y hacer estas cosas por servicio, no por propia satisfacción. Hacerlas por amor a Dios, no por quedar bien o por sentirnos bien nosotros mismos. Hacerlas porque vemos la imagen de Dios en quien necesita nuestro servicio. Esa es la diferencia entre altruismo o filantropía y Caridad Cristiana.

                             


La Madre Teresa de Calcuta decía tener la gracia de ver el rostro de Cristo en los miserables que ella atendía. Es una gracia que podríamos pedir: ver la imagen de Dios, ver el rostro de Cristo en el prójimo necesitado. Pero aunque no nos sea dada esa gracia, aunque no veamos la imagen de Dios en quienes nos necesitan, Amor es … un mandamiento, un mandamiento ineludible.








Fuentes;
Sagradas Escrituras
Homilias.Org
Evangeli.org


domingo, 3 de julio de 2016

«¡Poneos en camino!» (Evangelio dominical)



Hoy, nos fijamos en algunos que, entre la multitud, han procurado acercarse a Jesucristo, que está hablando mientras contempla los campos rebosantes de espigas: «La mies es mucha, pero los obreros pocos: rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies» (Lc 10,2). De repente, fija su mirada en ellos y va señalando a unos cuantos, uno a uno: tú, y tú, y tú. Hasta setenta y dos...

Asombrados, le oyen decir que vayan, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde Él irá. Quizá alguno habrá respondido: —Pero, Señor, ¡si yo sólo he venido para oírte, porque es tan bello lo que dices!

                   

El Señor les pone en guardia contra los peligros que les acecharán. «¡Poneos en camino! Mirad que os envío como corderos en medio de lobos». Y utilizando imágenes de costumbre en las parábolas, añade: «No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias» (Lc 10,3-4). Interpretando el lenguaje expresivo de Jesús: —Dejad de lado medios humanos. Yo os envío y esto basta. Aun sintiéndoos lejos, seguís cerca, yo os acompaño.

A diferencia de los Doce, llamados por el Señor para que permanezcan junto a Él, los setenta y dos regresarán luego a sus familias y a su trabajo. Y vivirán allí lo que habían descubierto junto a Jesús: dar testimonio, cada uno en su sitio, simplemente ayudando a quienes nos rodean a que se acerquen a Jesucristo.
                                                 

La aventura acaba bien: «Los setenta y dos volvieron muy contentos» (Lc 10,17). Sentados en torno a Jesucristo, le debieron contar las experiencias de aquel par de días en que descubrieron la belleza de ser testigos.
Al considerar hoy aquel lejano episodio, vemos que no es puro recuerdo histórico. Nos damos por aludidos: podemos sentirnos junto al Cristo presente en la Iglesia y adorarle en la Eucaristía. Y el Papa Francisco nos anima a «llevar a Jesucristo al hombre, y conducirlo al encuentro con Jesucristo, Camino, Verdad y Vida, realmente presente en la Iglesia y contemporáneo en cada hombre».






Lectura del santo evangelio según san Lucas (10,1-12.17-20):


                            

En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él. Y les decía: «La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies. ¡Poneos en camino! Mirad que os mando como corderos en medio de lobos. No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias; y no os detengáis a saludar a nadie por el camino. Cuando entréis en una casa, decid primero: "Paz a esta casa." Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros. Quedaos en la misma casa, comed y bebed de lo que tengan, porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa. Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya, y decid: "Está cerca de vosotros el reino de Dios." Cuando entréis en un pueblo y no os reciban, salid a la plaza y decid: "Hasta el polvo de vuestro pueblo, que se nos ha pegado a los pies, nos lo sacudimos sobre vosotros. De todos modos, sabed que está cerca el reino de Dios." Os digo que aquel día será más llevadero para Sodoma que para ese pueblo.»
Los setenta y dos volvieron muy contentos y le dijeron: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre.»
Él les contestó: «Veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado potestad para pisotear serpientes y escorpiones y todo el ejército del enemigo. Y no os hará daño alguno. Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo.»


Palabra del Señor



COMENTARIO




Las lecturas del día de hoy nos hablan de la virtud de la confianza en Dios y de nuestro deber de evangelizar.

En la Primera Lectura del Profeta Isaías(Is. 66, 10-14) se nos habla de la confianza en Dios y se nos da una imagen muy dulce, pero a la vez muy concreta y expresiva de cómo debe ser esa confianza. Así se nos describe esa imagen: “Como un hijo a quien su madre consuela, así os consolaré Yo. Como niños serán llevados en el regazo y acariciados sobre sus rodillas”.

Así debe ser nuestra confianza en Dios: como un niño en los brazos de su madre, que sabe que todo lo tiene, pues la madre sabe todo lo que necesita su niño.

Esta Lectura basa la confianza en Dios en su Poder, al concluir así: “Y los siervos del Señor conocerán su Poder”.


En el Salmo de hoy oramos alabando el poder de Dios y la confianza que hemos de tener en El, cuando hemos dicho: “Admiremos las obras del Señor, los prodigios que ha hecho por los hombres”. Y también cuando hemos repetido: “Las obras del Señor son admirables”. Este Salmo recuerda dos portentos que Dios hizo para el pueblo de Israel, mostrándoles su poder sobre la naturaleza: el paso del Mar Rojo (cf. Ex. 14) y el paso del Jordán (cf. Jos. 3).

En la Segunda Lectura (Gal. 6, 14-18),San Pablo nos hace saber que ya el mundo no tiene ningún valor para él, que el mundo y lo que éste significa están muertos para él. “El mundo está crucificado para mí y yo para el mundo”.

Y nos trae esta Lectura la famosa frase del Apóstol: “No permita Dios que yo me gloríe en algo que no sea la cruz de nuestro Señor Jesucristo”. Aceptación de la cruz, del sufrimiento, y morir a lo que el mundo nos vende (cosas que nos parecen tan importantes y tan necesarias). El seguidor de Cristo tiene que vivir como lo indica San Pablo. No puede vivir de otra manera.
                                        


En el Evangelio (Lc. 10, 1-20) hemos escuchado el relato del envío de los 72 discípulos. Y pareciera que este texto evangélico no tuviera mucha relación con las Lecturas anteriores. Sin embargo, la forma en que Jesús envía a los 72, requiere de sus discípulos una confianza absoluta en el poder de Dios.

Como “corderos en medio de lobos”, mandó Jesús a los primeros discípulos, 72 en total y en parejas de dos en dos, advirtiéndoles que la cosecha era grande y los trabajadores pocos. Los mandó por delante de El “a los pueblos y lugares a donde pensaba ir”.

La frase de los corderos y los lobos ciertamente asusta. Sin embargo, todos fueron, todos respondieron.

Hoy el Señor nos repite este mandato a todos nosotros que hemos de realizar la “Nueva Evangelización”.
                                 


Al decirle a sus discípulos que los envía“como corderos en medio de lobos”, parece anunciarles peligros serios. Podemos pensar qué puede suceder cuando algunos pobres corderitos se encuentran ante una manada de lobos feroces. La imagen es fuerte. Pero sucede que los corderos, sus 72 discípulos, deben confiar no en su propia fuerza, sino en el poder de Dios.

Esto es tan así, que además da a sus discípulos instrucciones muy precisas de que no lleven ni dinero, ni morral, ni sandalias. O sea, los envía también aparentemente desprovistos de todo lo necesario desde el punto de vista humano.

Hoy hay lobos feroces también. Así y todo, hay que evangelizar.
Y ¿qué es evangelizar en esta cultura de hoy? Es rescatar a esas ovejas que están perdidas en tantos errores convertidos en “verdades”, pero que siguen siendo errores y falsedades.

¿Ejemplos? La extendida creencia en ese mito mentiroso y peligroso que es la re-encarnación. La creencia de que Dios es una especie de spray que está por todos lados y que no se sabe qué es, y menos aún Quién es. Y mucha gente cree en ese dios difuso que supuestamente es “energía”. Pero creen que “energía” también es ese flujo que se puede modificar si colocamos los muebles de la casa de una u otra forma para poder “armonizar” y tener una mejor vida (???). Y así podríamos seguir nombrando supersticiones, engaños, patrañas, que nos alejan de la verdad y del verdadero Dios.
                                          


Estos son errores contra la fe. Y contra la moral ¿en qué situación estamos? Nos basta ver los resultados: hogares rotos con su estela interminable de problemas, violencia y crímenes por todos lados, corrupción rampante, violación de los derechos más básicos, lo que antes era bueno ahora es malo y lo malo ahora es bueno…

Y lo que antes era cierto, ahora es lo que uno quiera que sea. 

¡Tremenda confusión! Si quiero ser mujer, aunque sea en realidad hombre, pues puedo ser lo que se me ocurra o lo que me provoque. La “dictadura del relativismo”. Y no sólo en cuanto al género y en cuanto al concepto de familia, sino en lo que sea.

En todo ese mundo de mentiras y anti-valores están las 99 ovejas enredadas en zarzas y en peligro de que las agarren los lobos, y ya no tengan remedio.

¿Qué hacer, entonces? Igual que los discípulos que Jesús envió como corderos en medio de lobos”, debemos confiar no en nuestra propia fuerza, sino en el poder de Dios (del verdadero Dios, ¡no del dios spray!).

¿Y qué le sucedió a los discípulos? Estaban ¡impresionados! de lo que había sucedido. Llegaron diciéndole a Jesús: “Señor, ¡hasta los demonios se nos someten en tu nombre!”. Es decir, el lobo y los lobos, se sometieron a los corderos.
                                


¿Cómo hacer? Convertirnos en instrumentos de Dios. Confiar que Dios puede realizar prodigios a través de “corderos”, a pesar de los “lobos”.

¡Pero es que yo no sé Teología! Cierto que no podemos quedarnos con lo que aprendimos para la Primera Comunión. Pero no hay que ser teólogos para evangelizar. Debemos, sí, prepararnos un poquito cada día, leyendo la Sagrada Escritura, el Catecismo de la Iglesia Católica, libros, revistas y sitios web de formación católica, etc., pues hay que estar preparados para defender la Verdad que es Cristo.

Pero lo más importante es llevar al Señoren nosotros y que así el Señor llegue a los demás. De allí que –primero que nada- debemos llenarnos de El. ¿Y cómo nos llenamos de El? En la oración, en la oración frecuente y constante. En los Sacramentos, en la recepción de los Sacramentos también frecuente y constante. La oración y los Sacramentos nos van haciendo instrumentos dóciles en las manos del Señor, para que El pueda actuar a través de nosotros.
                                               


Es que el apóstol siempre tiene la tentación de creer que el trabajo de evangelizar, el trabajo de convertir almas, el trabajo de llevar la Palabra de Dios a los demás, es obra de él mismo o es logro de él mismo, olvidándose de que es sólo instrumento de Dios, pues es Dios mismo quien actúa en él y a través de él, para hacer su labor en medio del mundo.

Ser instrumento de Dios es ser como una trompeta por la cual pasa el aire. Quien sopla el aire y quien hace la melodía es Dios; no nosotros mismos. ¡Nosotros somos solamentetrompetas! Nosotros somos instrumentos.

Los que deseamos responder al llamado a evangelizar, debemos tener esto siempre en cuenta: Evangelizar no es proyectarnos nosotros mismos.  No es soplar la trompeta nosotros.  Es dejar que sea Dios quien lo haga.  Evangelizar no es ni siquiera llevar nosotros al Señor:  es sobre todo llevar al Señor en nosotros. 
                                         


Los discípulos regresaron de su misión“llenos de alegría”.  Lo que más les entusiasmó era que los demonios se les sometían al nombre de Jesús. 

El Señor les aclara: Es cierto que les di poder “para vencer toda la fuerza del enemigo y nada les podrá hacer daño.  Pero no se alegren de que los demonios se les someten.  Alégrense, más bien, de que sus nombres están escritos en el Cielo”. 

Es decir, lo importante no es el triunfo en la evangelización –aunque puedan haber éxitos visibles y comprobables, los cuales –recordemos siempre- no son nuestros, sino de Dios.  Lo verdaderamente importante es nuestra salvación, que también es obra de Dios y El la realiza si nosotros aprovechamos todas las gracias que nos da para ello a lo largo de nuestra vida.
                                                      


Así como a los 72, Jesús nos envía hoy a nosotros, a todos los que queramos seguirle.  Ese envío está incluido en esas gracias de salvación que nos da constantemente.  Nos envía, y nos equipa.  Y nos instruye.  Y nos dice qué hacer y qué decir.  Y debemos alegrarnos, no porque los demonios puedan sometérnos, sino porque nuestros nombres están escritos en el Cielo. 

Y ¿qué significa que nuestros nombres están escritos en el Cielo?  Significa que Dios quiere que todos los seres humanos nos salvemos, llegando al conocimiento de la Verdad (cf. 1 Tim.2, 4).  Significa que nuestro camino de santidad está trazado.
                    


Pero recordando siempre: No hay Evangelización, si no hay vida de Dios ennosotros.  La Evangelización –aunque nos preparemos para ésta con los conocimientos adecuados- se basa en tener confianza en Dios, y no en confiar en nosotros mismos. 

¡Cómo vamos a confiar en nosotros mismos si nos dice el Señor que vamos “como corderos en medio de lobos”! 
















Fuentes:
Sagradas escrituras
Evangeli.org
Homilias.org