domingo, 4 de marzo de 2018

«No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado» (Evangelio Dominical)






Hoy, cercana ya la Pascua, ha sucedido un hecho insólito en el templo. Jesús ha echado del templo el ganado de los mercaderes, ha volcado las mesas de los cambistas y ha dicho a los vendedores de palomas: «Quitad esto de aquí. No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado» (Jn 2,16). Y mientras los becerros y los carneros corrían por la explanada, los discípulos han descubierto una nueva faceta del alma de Jesús: el celo por la casa de su Padre, el celo por el templo de Dios.


¡El templo de Dios convertido en un mercado!, ¡qué barbaridad! Debió comenzar por poca cosa. Algún rabadán que subía a vender un cordero, una ancianita que quería ganar algunos durillos vendiendo pichones..., y la bola fue creciendo. Tanto que el autor del Cantar de los cantares clamaba: «Cazadnos las raposas, las pequeñas raposas que devastan las viñas» (Cant 2,15). Pero, ¿quién hacía caso de ello? La explanada del templo era como un mercado en día de feria.

-También yo soy templo de Dios. Si no vigilo las pequeñas raposas, el orgullo, la pereza, la gula, la envidia, la tacañería, tantos disfraces del egoísmo, se escurren por dentro y lo estropean todo. Por esto, el Señor nos pone en alerta: «Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: ¡Velad!» (Mc 13,37).





¡Velemos!, para que la desidia no invada la conciencia: «La incapacidad de reconocer la culpa es la forma más peligrosa imaginable de embotamiento espiritual, porque hace a las personas incapaces de mejorar» (Benedicto XVI).

¿Velar? -Intento hacerlo cada noche- ¿He ofendido a alguien?, ¿son rectas mis intenciones?, ¿estoy dispuesto a cumplir siempre y en todo la voluntad de Dios?, ¿he admitido algún tipo de hábito que desagrade al Señor? Pero, a estas horas, estoy cansado y me vence el sueño.

-Jesús, tú que me conoces a fondo, tú que sabes muy bien qué hay en el interior de cada hombre, hazme conocer las faltas, dame fortaleza y un poco de este celo tuyo para que eche fuera del templo todo aquello que me aparte de ti.




Lectura del santo evangelio según san Juan 2, 13-25





Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo:
–«Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.»
Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora.»
Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron:
–«¿Qué signos nos muestras para obrar así?»
Jesús contestó:
–«Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.»
Los judíos replicaron:
–«Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?»
Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y, cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús.
Mientras estaba en Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía; pero Jesús no se confiaba con ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre.

Palabra del Señor.



COMENTARIO


                    




Hoy la Primera Lectura (Ex. 20, 1-7) y el Salmo (#18) nos hablan de la Ley de Dios.  Y la Segunda Lectura (1 Cor. 1, 22-25) y el Evangelio (Jn. 2, 13-25) nos hablan de señales y de comercio.

El trozo del Libro del Éxodo nos trae los preceptos que promulgó el Señor para su pueblo: los Mandamientos de la Ley de Dios, que entregó a Moisés en el Monte Sinaí, esculpidos en piedra.  Y cuando se piensa hoy en día en “ley”, en “mandamientos”, inmediatamente se nos ocurre pensar en restricciones a la libertad que ¡tanto! apreciamos y defendemos.  Y no es así.

Como nos dice el Salmo de hoy (Sal 18): “la Ley de Señor es perfecta y reconforta el alma ... es alegría para el corazón ... luz para alumbrar el camino”.   Muy contrario esto a lo que los hombres y mujeres de hoy pensamos de los preceptos de Dios.

Y recordamos, con motivo de esta lectura, la visita que el Papa Juan Pablo II hizo a comienzos del Tercer Milenio a ese sitio santo:  el Monte Sinaí, donde Dios se reveló a Moisés y le entregó su Ley, los Mandamientos de la Alianza que Dios hizo con su Pueblo.

                       



El Papa proclamó en esa visita allí justamente lo contrario a lo que los hombres y mujeres de hoy pensamos de la Ley de Dios.  Preguntó el Papa:  “Qué es esta Ley?  ¡Es la Ley de la vida y de la libertad!  Si el pueblo observa la Ley de Dios, conocerá la libertad para siempre”.

Juan Pablo II destacó la actualidad y el valor de los Diez Mandamientos, diciendo:  “En el encuentro entre Dios y Moisés en este monte se encierra el corazón de nuestra religión, el misterio de la obediencia que nos hace libres.  Los Diez Mandamientos no son la imposición arbitraria de un Señor tiránico.  Fueron escritos en piedra, pero, ante todo, fueron escritos en el corazón del hombre como ley moral universal, válida en cualquier tiempo y lugar”

Si revisamos bien los Diez Mandamientos, éstos son, como dice el Salmo, una guía invalorable para andar en el camino.  Son una síntesis del amor a Dios y del amor al prójimo, y contienen exigencias mínimas para que la sociedad funcione debidamente.

En efecto, nos dice el Papa que los Mandamientos:  “salvan al ser humano de la fuerza destructiva del egoísmo, del odio y del engaño”.





“Nos libran de la codicia de poder y de placer que altera el orden de la justicia y degrada nuestra dignidad y la de nuestro prójimo”.

Nos libran del amor a nosotros mismos, que es lo mismo que decir “egoísmo”, el cual no sólo hace daño a los demás, sino que, con frecuencia, nos lleva a sacar a Dios de nuestras vidas y a hacernos daño a nosotros mismos.

Los Diez Mandamientos nos libran también de las falsas divinidades, que sí nos quitan la libertad y nos llevan a la esclavitud.

Los Diez Mandamientos, nos recuerda Juan Pablo II, “son la ley de la libertad:  no la libertad para seguir nuestras pasionesciegas, sino la libertad de amar, de elegir el bien en cada situación”.



Para eso Dios nos hizo libres:  para escoger el bien en cada situación, no para elegir el mal.  Y los Mandamientos de Dios son esa guía hacia el bien.  Y siguen vigentes hoy y siempre, porque la Ley de Dios, como nos dice el Salmo, “es santa y para siempre estable”.

Los Mandamientos no son restricciones, ni trabas.  Son ayudas que nos ha dado Dios para el bien personal y también para el bien colectivo, pues son normas mínimas de relaciones humanas, para que podamos vivir en convivencia.

Mientras mejor se cumplen los mandamientos, mejor estamos en lo personal, en lo social, en lo nacional, en lo internacional.

        
         Al leer el pasaje de los mercaderes del Templo de Jerusalén (Jn. 2, 13-25),  los cuales fueron expulsados por Jesús a punta de látigo, las mesas de los cambistas volteadas y las monedas desparramadas por el suelo, tenemos que pensar qué nos quiere decir hoy a nosotros el Señor con este incidente.  Y sobre todo cuando nos dice:  “no conviertan en un mercado la casa de mi Padre”.  Puede estarse refiriendo a ese mercadeo y comercio, repugnante y dañino, que con mucha frecuencia usamos en nuestra relación con Dios, concretamente en nuestra forma de pedirle a Dios.





Si pensamos bien en la forma en que oramos ¿no se parece nuestra oración a un negocio que estamos conviniendo con Dios?  “Yo te pido esto, esto o esto, y a cambio te ofrezco tal cosa?”  ¿Cuántas veces no hemos orado así?  A veces también nuestra oración parece ser un pliego de peticiones, con una lista interminable de necesidades -reales o ficticias.  A ambas actitudes puede estarse refiriendo el Señor cuando se opone al mercadeo en nuestra relación con El.

Fijémonos que en este pasaje del Evangelio los judíos “intervinieron para preguntarle ‘¿qué señal nos das de que tienes autoridad para actuar así?’”.  Y, a juzgar por la respuesta, al Señor no le gustó que le pidieran señales.

¿Y nosotros?  ¿No pedimos también señales?  “Dios mío, quiero un milagro”, nos atrevemos a pedirle al Señor.  “Señor, dame una señal”.   Más aún:  ¡cómo nos gusta ir tras las señales extraordinarias!  Estatuas que manan aceite o que lloran lágrimas de sangre, que cambian de posición, etc., etc.

Estos fenómenos extraordinarios pueden venir de Dios … o pueden no venir de Dios.  Cuando no vienen de Dios sirven para desviarnos del camino que nos lleva a Dios, pues lo que pretende el Enemigo es que nos quedemos apegados a esas señales y que realmente no busquemos a Dios, sino que vayamos tras esas manifestaciones extraordinarias, sean aceite, sangre, lágrimas, escarchas, cambios de postura, etc., como si fueran Dios mismo.




Escarchas, lágrimas, fenómenos extraordinarios -cuando son realmente de origen divino- son signos de la presencia de Dios y de su Madre en medio de nosotros.  Son signos de gracias especialísimas que sirven para llamarnos a la conversión, al cambio de vida, a enderezar rumbos para dirigir nuestra mirada y nuestro caminar hacia aquella Casa del Padre que es el Cielo que nos espera. Y allí llegaremos si cumplimos la Voluntad de Dios aquí en la tierra.

Y esas señales son justamente para ayudarnos a que nos acerquemos a Dios.  Pero ¿en qué consiste ese acercamiento?  ¿En seguir buscando fenómenos extraordinarios?  ¿En entusiasmarnos con esas señales como si éstas fueran el centro de la vida en Dios?  No.  El acercarnos a Dios consiste en que sigamos su Voluntad.

¿Cómo?  ¿Cómo saber cuál es la Voluntad de Dios? Primero que nada, hay que cumplir sus mandamientos.  Luego  hay que aceptar –no rechazar- lo que sea que Dios permita para nuestra vida… lo que sea.  Y, por último, hay que hacer –no lo que queremos hacer- sino lo que creemos que El quiere que nosotros hagamos.  No hay que decirle:  “quiero esto, Señor”, sino “¿qué quieres, Señor?”.  Diferente, ¿no?





Pero ¿qué sucede con demasiada frecuencia? ...  Sucede que, a pesar de estas señales, seguimos apegados a nuestra voluntad -y no a la de Dios-, a nuestros criterios -y no los de Dios-, a nuestros modos de ver las cosas -y no a los de Dios

No podemos quedamos en lo externo, en lo que podemos ver y palpar con los sentidos del cuerpo.  No podemos seguir buscando estos fenómenos por todas partes, como si fueran el centro de la cuestión, pues el centro de la cuestión es otro:  es buscar la Voluntad de Dios para cumplirla a cabalidad ... y así no correr el riesgo de ser expulsados de la Casa del Padre para siempre.

Y en la Segunda Lectura San Pablo también nos habla de señales: “los judíos exigen señales milagrosas y los paganos (se refería sobre todo a los griegos) piden sabiduría (conocimientos humanos) ... Pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, que es escándalo para los judíos y locura para los paganos;  en cambio, para los llamados por Dios -sean judíos o paganos- Cristo es la fuerza y la sabiduría de Dios”.   Así haya muerto en la cruz.  “Porque la locura de Dios  (la locura de la cruz) es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad de Dios (la debilidad de la muerte en la cruz) es más fuerte que la fuerza de los hombres”.




Así son los criterios de Dios: contrarios a los criterios de los seres humanos.  Pero ... seguimos ¡tan apegados! a nuestros propios criterios, creyendo que ésos son los que sirven, olvidándonos de esta importantísima y fuerte afirmación de San Pablo y olvidándonos de lo que mucho antes ya había anunciado el Profeta Isaías:  “Así como dista el cielo de la tierra, así distan mis planes de vuestros planes, mis criterios de vuestros criterios” (Is. 55, 9).

Jesús expulsó a los mercaderes y cambistas de la casa de su Padre ... No corramos nosotros el riesgo de ser expulsados para siempre de aquella Casa del Padre que nos espera en la otra Vida.














Fuentes;
Sagradas Escrituras
Evangeli.org
Homilias.org



domingo, 18 de febrero de 2018

«El Espíritu empujó a Jesús al desierto, y permaneció en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás» (Evangelio Dominical)




Hoy, la Iglesia celebra la liturgia del Primer Domingo de Cuaresma. El Evangelio presenta a Jesús preparándose para la vida pública. Va al desierto donde pasa cuarenta días haciendo oración y penitencia. Allá es tentado por Satanás.

Nosotros nos hemos de preparar para la Pascua. Satanás es nuestro gran enemigo. Hay personas que no creen en él, dicen que es un producto de nuestra fantasía, o que es el mal en abstracto, diluido en las personas y en el mundo. ¡No!

La Sagrada Escritura habla de él muchas veces como de un ser espiritual y concreto. Es un ángel caído. Jesús lo define diciendo: «Es mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8,44). San Pedro lo compara con un león rugiente: «Vuestro adversario, el Diablo, ronda como león rugiente buscando a quién devorar. Resistidle firmes en la fe» (1Pe 5,8). Y Pablo VI enseña: «El Demonio es el enemigo número uno, es el tentador por excelencia. Sabemos que este ser obscuro y perturbador existe realmente y que continúa actuando».

                                          




¿Cómo? Mintiendo, engañando. Donde hay mentira o engaño, allí hay acción diabólica. «La más grande victoria del Demonio es hacer creer que no existe» (Baudelaire). Y, ¿cómo miente? Nos presenta acciones perversas como si fuesen buenas; nos estimula a hacer obras malas; y, en tercer lugar, nos sugiere razones para justificar los pecados. Después de engañarnos, nos llena de inquietud y de tristeza. ¿No tienes experiencia de eso?

¿Nuestra actitud ante la tentación? Antes: vigilar, rezar y evitar las ocasiones. Durante: resistencia directa o indirecta. Después: si has vencido, dar gracias a Dios. Si no has vencido, pedir perdón y adquirir experiencia. ¿Cuál ha sido tu actitud hasta ahora?

La Virgen María aplastó la cabeza de la serpiente infernal. Que Ella nos dé fortaleza para superar las tentaciones de cada día.





Lectura del santo evangelio según san Marcos (1,12-15):





En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas, y los ángeles le servían. Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios.
Decía: «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.»

Palabra del Señor




COMENTARIO.






Después de pasar 40 días en retiro ayunando en el desierto, Jesucristo fue tentado por Satanás (Mc. 1, 12-15).   Jesucristo fue “sometido a las mismas pruebas que nosotros, pero a El no lo llevaron al pecado” (Hb.4,15).   Lamentablemente a nosotros las tentaciones sí pueden llevarnos a pecar, pues éstas encuentran resonancia en nuestra naturaleza, la cual fue herida gravemente por el pecado original.

No podemos pretender, entonces, no tener tentaciones.  Ni siquiera podemos pretender nunca pecar, pues aun los santos han pecado y nos dice la Sagrada Escritura que el santo peca siete veces (cfr. Prov. 24, 16).

Sin embargo, la clave del comportamiento ante las tentaciones nos la da esa cita de los Proverbios: “el justo, aunque peca siete veces, se levanta, mientras que los pecadores se hunden en su maldad”.  La diferencia entre el que trata de ser santo y el pecador empecinado no consiste en que el santo no peque nunca, sino que cuando cae se levanta, mas el pecador empecinado continúa sin arrepentirse y cometiendo nuevos pecados.

Nadie puede eludir el combate espiritual del que nos habla San Pablo: “Pónganse la armadura de Dios, para poder resistir las maniobras del diablo.  Porque nuestra lucha no es contra fuerzas humanas... Nos enfrentamos con los espíritus y las fuerzas sobrenaturales del mal” (Ef. 6, 11-12).





Nadie, entonces, puede pretender estar libre de tentaciones.   Es más, Dios ha querido que la lucha contra las tentaciones tenga como premio la vida eterna: “Feliz el hombre que soporta la tentación, porque después de probado recibirá la corona de vida que el Señor prometió a los que le aman” (Stg. 1, 12).

Las tentaciones de Jesús en el desierto nos enseñan cómo comportarnos ante la tentación.  Debemos saber, ante todo, que el demonio busca llevarnos a cada uno de los seres humanos a la condenación eterna.  De allí que San Pedro, el primer Papa, nos diga lo siguiente: “Sean sobrios y estén atentos, porque el enemigo, el diablo, ronda como león rugiente buscando a quién devorar” (1 Pe. 5, 8).

Luego debemos tener plena confianza en Dios.  Cuando Dios permite una tentación para nosotros, no deja que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas.  Tenemos que saber y estar realmente convencidos de que, junto con la tentación, vienen muchas, muchísimas gracias para vencerla. “Dios no permitirá que sean tentados por encima de sus fuerzas.  El les dará, al mismo tiempo que la tentación, los medios para resistir” (1 Cor. 10 ,12).

¿Cómo luchar contra las tentaciones?  La oración es el principal medio en la lucha contra las tentaciones y la mejor forma de vigilar.  “Vigilen y oren para no caer en tentación” (Mt. 26, 41).   “El que ora se salva y el que no ora se condena”, enseñaba San Alfonso María de Ligorio.





¿Qué hacer ante la tentación?  Despachar la tentación de inmediato.  ¿Cómo?  También orando, pidiendo al Señor la fuerza para no caer.  Nos dice el Catecismo: “Este combate y esta victoria sólo son posibles con la oración” (#2849).

“No nos dejes caer en tentación”,  nos enseñó Jesús a orar en el Padre Nuestro.  La oración impide que el demonio tome más fuerza y termina por despacharlo.  Sabemos que tenemos todas las gracias para ganar la batalla.  Porque... “si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?” (Rom. 8, 31).

Y después de la tentación ¿qué?  Si hemos vencido, atribuir el triunfo a Quien lo tiene: Dios, que no nos deja caer en la tentación.  Agradecerle y pedirle su auxilio para futuras tentaciones.  Si hemos caído, saber que Dios nos perdona cuántas veces hayamos pecado y, arrepentidos y con deseo de no pecar más, volvamos a El a través del Sacramento de la Confesión.

¿Cómo es el proceso de la tentación?




Pensemos en Jesús ante las tentaciones en el desierto.  El despachó de inmediato al demonio.  No entró en un diálogo con el enemigo, sino que le respondió con decisión y convencimiento.

Pensemos, en cambio, en Eva.  Analicemos las palabras del Génesis sobre la tentación original:

El demonio se acerca y propone un tema de conversación: “¿Así que Dios les ha dicho que no coman de ninguno de los árboles del jardín?”.   

Y la mujer, en vez de descartar a su interlocutor, comienza un diálogo: “Podemos comer de los frutos de los árboles del jardín, menos del fruto del árbol que está en medio del jardín, pues Dios nos ha dicho: No coman de él ni lo toquen siquiera, porque si lo hacen morirán”.  Con este diálogo la mujer se expuso a un tremendo peligro.  El alma que sabe lo que Dios ha prohibido no se entretiene en aquella duda, en aquel pensamiento o en darle rienda suelta a aquel deseo, actitudes todas que son la introducción al pecado.

Volvamos a Eva: el Demonio, astutísimo como es y, además, inventor de la mentira, podía hacerla sucumbir, pues es ángel –ángel caído, pero ángel al fin, con poderes angélicos superiorísimos a las cualidades humanas. 

De hecho, sabemos lo que sucedió: ya entablado el diálogo, ya debilitado el entendimiento de la mujer, el Demonio pasa a hacer una proposición directa al pecado, una mentira, pintándole un panorama maravilloso: ser como Dios:   “Y dijo la serpiente a la mujer: No morirán.  Es que Dios sabe que si comen se les abrirán los ojos y serán como Dios, conocedores del bien y del mal”.

Puede el Demonio también ofrecer una felicidad oculta detrás del pecado, insinuando además que nada malo nos sucederá.  Que además podemos arrepentirnos y que Dios es misericordioso.  A estas alturas de la tentación, todavía está el alma en capacidad de detenerse, pues la voluntad aun no ha consentido.  Pero si no corta enseguida, las fuerzas se van debilitando y la tentación va tomando más fuerza.

Luego viene el momento de la vacilación. “Vio, pues, la mujer que el fruto era bueno para comerse, hermoso a la vista y apetitoso para alcanzar la sabiduría”. Sobreponerse aquí es muy difícil, pero no imposible.  Sin embargo, el alma ya está muy debilitada ante el panorama tan atractivo que le ha sido presentado.  

“Y tomó el fruto y lo comió y dio también de él a su marido, que también con ella comió”.  Ya el alma sucumbió, dando su consentimiento voluntario al pecado.  Y lo que es peor: hizo caer a otro.  Cometió un pecado doble: el suyo y el de escándalo, haciendo que otro pecara.

Luego viene el momento de la desilusión: ¿dónde está el maravilloso panorama sugerido por el enemigo?  “Se les abrieron los ojos a ambos y, viendo que estaban desnudos, tomaron unas hojas de higuera y se hicieron unos cinturones”.  El alma se da cuenta que se ha quedado desnuda ante Dios y de que ha perdido la gracia (Dios ya no habita en ella).

El remordimiento sigue a la desilusión.  Y ante este llamado de la conciencia, puede uno esconderse, rechazando la voz de Dios o puede el alma arrepentirse y pedir perdón a Dios en el Sacramento de la Confesión. “Oyeron a Yavé que se paseaba por el jardín al fresco del día y se escondieron de Yavé Adán y su mujer.  Pero Yavé llamó a Adán, diciendo: ¿dónde estás, Adán?

¿La tentación es pecado?




Es muy importante la diferenciación entre “tentación” y “pecado”.  La tentación noes pecado.  La tentación es anterior al pecado.  El pecado es el consentimiento de la tentación.  Así que no es lo mismo ser tentado que pecar.  Todo pecado va antecedido de una tentación, pero no toda tentación termina en pecado.

Una cosa hay que tener bien clara: disponemos de todas las gracias, o sea, toda la ayuda necesaria de parte de Dios para vencer cada una de las tentaciones que el Demonio o los demonios nos presenten a lo largo de nuestra vida.  Nadie, en ningún momento de su vida, es tentado por encima de las fuerzas que Dios dispone para esa tentación.

Esto es una verdad contenida en las Sagradas Escrituras: “Dios que es fiel no permitirá que sean tentados por encima de sus fuerzas; antes bien, les dará al mismo tiempo que la tentación, los medios para resistir” (1 Cor. 10, 13).

Las tentaciones son pruebas que Dios permite para darnos la oportunidad de aumentar los méritos que vamos acumulando para nuestra salvación eterna.  La lucha contra las tentaciones es como el entrenamiento de los deportistas para ganar la carrera hacia nuestra meta que es el Cielo (cfr. 2 Tim. 4, 7).

El poder que tiene el Demonio sobre los seres humanos a través de la tentación es limitado.  Con Cristo no tenemos nada que temer.  Nada ni nadie puede hacernos mal, si nosotros mismos no lo deseamos.

Las tentaciones sirven para que los seres humanos tengamos la posibilidad de optar libremente por Dios o por el Demonio.   También sirven para no ensoberbecernos creyéndonos autosuficientes y sin necesidad de Cristo Redentor.

¿Qué hacer ante las tentaciones?





En primer lugar tener plena confianza en Dios, tener plena confianza en lo que nos dice San Pablo: nadie es tentado por encima de las fuerzas que Dios nos da.  Junto con cada prueba, Dios tiene dispuesto gracias especiales suficientes para vencer.  No importa cuán fuerte sea la tentación, no importa la insistencia, no importa la gravedad.  En todas las pruebas está Dios con sus gracias para vencer con nosotros al Maligno.

Además, decía un antiguo Padre de la Iglesia, tras la venida de Cristo, Satanás es como un perro atado: puede ladrar y abalanzarse cuanto quiera; pero si no somos nosotros los que nos acercamos a él, no puede morder.

Otra costumbre muy necesaria para estar preparados para las tentaciones es la vigilancia y la oración.  Bien nos dijo el Señor: “Vigilen y oren para no caer en la tentación” (Mt. 26, 41).  Vigilar consiste en alejarnos de las ocasiones peligrosas que sabemos nos pueden llevar a pecar. 

Ahora bien esta lucha no es contra fuerzas humanas, sino contra fuerzas sobre-humanas, como bien nos describe San Pablo (Ef. 6, 11-18).  Por eso hay que armarse con armas espirituales: confesión y comunión frecuentes, que son los medios de gracia que nos brinda el Señor a través de su Iglesia.  Pero no olvidar, por encima de todo, la oración, la cual nos recomienda el Señor directamente y nos recuerda San Pablo también: “Vivan orando y suplicando.  Oren todo el tiempo” (Ef. 6, 18).

Una de las gracias a pedir en la oración, para estar preparados para este combate espiritual, es la de poder identificar la tentación antes de que nuestra alma vacile y caiga.


               



Poder ubicar de inmediato, por ejemplo, una tentación de orgullo. “¡Qué bien lo haces!  ¡Qué competente eres!”, puede insinuarnos sutilmente el demonio. ¡Tan sutilmente que parece un pensamiento o una idea propia!  Parece muy lógico y hasta lícito este pensamiento para levantar la “auto-estima”, según esa nefasta prédica del New Age.

Pero en realidad, el Demonio está buscando engañarnos para que creamos que somos capaces de hacer las cosas, sin dejarnos dar cuenta que es Dios quien nos capacita para hacer las cosas bien y a El debemos agradecer y alabar, pues por nosotros mismos no somos capaces de ¡nada!  Si cada palpitación de nuestro corazón depende el Él ¿de qué nos vamos a ufanar?  La verdadera “auto-estima” consiste en sabernos y creernos realmente que nada somos ante Dios, que dependemos totalmente de El y de que nuestra fortaleza está en nuestra debilidad, pues en ésta Dios nos fortalece con su Fortaleza.  “Mi mayor fuerza se manifiesta en la debilidad” (2 Cor. 12, 9-b).

Ese pensamiento sutil y tan “aparentemente” lícito o inocuo, sobre la supuesta competencia y capacidad del ser humano, el alma vigilante lo rechaza enseguida, sin distraerse a ver lo capaz y competente que ha sido en hacer bien una determinada una labor.  De no actuar así y con prontitud, ya ha caído en una tentación de orgullo y engreimiento.





A veces la tentación no desaparece enseguida de haberla rechazado y el Demonio ataca con gran insistencia.  No hay que desanimarse por esto.  Esa insistencia diabólica puede ser una demostración de que el alma no ha sucumbido ante la tentación.  Ante los ataques más fuertes, hay que redoblar la oración y la vigilancia, evitando angustiarse.  Esta lucha, permitida por Dios, es una especie de calistenia espiritual que más bien fortalece al alma, siempre que se mantenga luchando contra la tentación.  Si rechaza la tentación una y otra vez, el Demonio terminará por alejarse, aunque no para siempre, pues buscará otro motivo y otro momento más oportuno para volver a tentar.  (“Habiendo agotado todas las formas de tentación, el Diablo se alejó de El, para volver en el momento oportuno” (Lc. 4, 13).

Una cosa conveniente es desenmascarar al Demonio.  Si se trata de tentaciones muy fuertes y repetidas, puede ser útil hablar de esto con un buen guía espiritual.  El Demonio, puesto en evidencia, usualmente retrocede.  Adicionalmente, ese acto de humildad de la persona suele ser recompensado por el Señor con nuevas gracias para fortalecernos ante los ataques del Demonio.
 
Y  recordar siempre que tenemos todas las gracias necesarias para el combate espiritual. San Pablo refiere lo siguiente:   “Y precisamente para que no me pusiera orgulloso, después de tan extraordinarias revelaciones, me fue clavado en la carne un aguijón, verdadero delegado de Satanás, para que me abofeteara.  Tres veces rogué al Señor que lo alejara de mí, pero me respondió:  ‘Te basta mi gracia’”  (2 Cor. 12, 7-9).





Aparte de esta actitud de continua confianza en Dios y de vigilancia en oración, hay conductas prácticas convenientes de tener en cuenta ante las tentaciones: 

Durante la tentación: orar con mucha confianza y resistir con la ayuda que Dios ha dispuesto. 

Después de la tentación: si hemos caído, arrepentirnos y buscar el perdón de Dios en la Confesión.  Y si no hemos caído ¡ojo!  Referir el triunfo a Dios, no a nosotros mismos, pues a El debemos el honor, la gloria y el agradecimiento.












Fuentes:
Sagradas Escrituras.
Evangeli.org
Homilias.org