sábado, 17 de marzo de 2012

"Jesús nos conduce a la Luz" (Evangelio dominical)


La Segunda Lectura y el Evangelio de hoy nos hablan de salvación y condenación, de fe y obras.

“El que cree en El, no será condenado.Pero el que no cree, ya está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios” (Jn. 3, 14-21).

Duras y decisivas palabras.Palabra de Dios escrita por “el discípulo amado”,el Evangelista San Juan.Palabras que sentencian la importancia de la fe: el que no cree en Jesucristo, Hijo de Dios hecho Hombre ...ya está condenado. Pero cabe, entonces la pregunta: ¿el que sí cree ... ya está salvado?¿Basta la fe para que seamos salvados?

Esta pregunta necesariamente nos recuerda las diferencias -hasta hace poco infranqueables- entre Católicos y Protestantes. Sólo la fe basta, se adujo en la Reforma que llevó a cabo la lamentable división iniciada por Lutero en 1517.

Fundamentándose en la Sagrada Escritura, la Iglesia Católica siempre ha sostenido que la fe sin obras no basta para la salvación. Traducido a la práctica significa que en el Bautismo recibimos como regalo de Dios la virtud de la Fe y la Gracia Santificante. Y las “obras” consisten en cómo respondemos a ese don de Dios: con buenas obras, con malas obras o sin obras.

Para analizar, entonces, si la fe basta para la salvación y si las obras son necesarias, tenemos que referirnos a un documento, titulado “Declaración Conjunta sobre la Doctrina de la Justificación”, firmado en 1999 entre la Iglesia Católica y la Iglesia Luterana, en que se trata precisamente este tema tan importante. De ese histórico documento extraemos las siguientes citas (resaltados nuestros):

“Sólo por gracia mediante la fe en Cristo y su obra salvífica y no por algún mérito, nosotros somos aceptados por Dios y recibimos el Espíritu Santo que renueva nuestros corazones capacitándonos y llamándonos a buenas obras. (#15)

“... en cuanto a pecadores nuestra nueva vida obedece únicamente al perdón y misericordia renovadora, que Dios imparte como un don y nosotros recibimos en la fe y nunca por mérito propio, cualquiera que éste sea”. (#17)

“El ser humano depende enteramente de la gracia redentora de Dios ...(el ser humano), por ser pecador es incapaz de merecer su justificación ante Dios o de acceder a la salvación por sus propios medios”. (#19)

“Cuando los católicos afirman que el ser humano “coopera” (en su salvación) ... consideran que esa aceptación personal es en sí un fruto de la gracia y no una acción que dimana de la innata capacidad humana”. (#20)

Es conclusión: no somos capaces, por nosotros mismos, de justificarnos, es decir, de santificarnos o de salvarnos.Nuestra salvación depende primeramente de Dios. Pero el ser humano tiene su participación, la cual consiste en dar respuesta a todas las gracias que Dios nos ha dado y que sigue dándonos constantemente para ser salvados. Eso es lo que la Teología Católica llama “obras”. Nuestra imposibilidad de acceder por nosotros mismos a la salvación es tal, que hasta la capacidad para dar esa respuesta a la gracia divina, no viene de nosotros, sino de Dios.

Como es habitual, para llegar mejor a nuestros seguidores en el Evangelio dominical, traemos las reflexiones que de La Palabra de Dios, en este IV domingo de Cuaresma, nos traen tres religiosos y lo hacen en nuestro idioma.


A la luz por la cruz


La primera lectura que abre el mensaje de la Palabra no parece tener una relación clara con el evangelio. Podría entenderse en el sentido del refrán: “después de la tempestad, viene la calma”; es decir, tras el castigo del exilio, viene la reconciliación y la vuelta a casa; o, mirando ya directamente al Evangelio, después de la noche llega la luz: a través de la Cruz (a la que el Hijo del hombre tiene que ser elevado, como la serpiente en el desierto), se vislumbra ya la luz de la resurrección.

La luz es, de hecho, el tema central del cuarto domingo de Cuaresma (en el ciclo A, que es el que marca la pauta, se lee el texto del Ciego de Nacimiento). Y de la luz habla Jesús en su conversación con Nicodemo.

Nicodemo, es bueno recordarlo, fue a ver a Jesús “de noche” (v. 2). Nicodemo es un discípulo “nocturno”, que rehúye la luz. Es un discípulo “en secreto, por miedo a los judíos” (Jn 19, 38-39), de esos que “no lo confesaban, para no ser excluidos de la Sinagoga” (Jn 12, 42).

La noche es aquí una situación vital, no un tiempo del día. La noche sirve para esconderse, como sucede con los que obran perversamente, que detestan la luz, porque los denuncia y pone al descubierto sus malas obras. Pero también puede servir sencillamente para no arriesgar, para vivir una vida tranquila, para sí, sin complicaciones. En la noche de la que se habla aquí viven también buenas personas, como Nicodemo, que mira a Jesús con simpatía, como alguien que viene de Dios, que se acerca a Él (aunque de noche), lo reconoce como maestro y admira sus obras extraordinarias. Sin embargo, no da el paso de la fe, de la confesión, del seguimiento. Eso exige salir a luz, arriesgar, adoptar un modo de vida que te la complica, te pide arriesgar tu estatus social (que, en este caso, es religioso, en el nuestro puede ser otro, social, político, laboral…), tu prestigio, el buen nombre que te has labrado; o, quien sabe, tal vez romper con algún otro aspecto inconfesable de la propia vida.

De hecho, la obra buena de la que Jesús habla y que nos acerca a la luz es, ante todo, la confesión de Jesús como Mesías, y, en consecuencia, la adopción de su modo de vida. Y entonces, inevitablemente, aparece en el horizonte la cruz. La cruz, tal como se plantea en el evangelio de hoy, en relación con el creyente temeroso y apocado, nocturno, con Nicodemo, es, efectivamente, la capacidad de arriesgar las seguridades (sociales, convencionales, incluso religiosas) que son propias de las “buenas personas”, pero que prefieren creer para sí, de noche, sin confesar públicamente, sin molestar al entorno hostil, en una palabra, sin aceptar la cruz de Jesús.

El evangelio de hoy, en que encaminamos la recta final de la Cuaresma, nos interroga por la calidad de nuestra confesión de fe. Puede ser que seamos, también nosotros, creyentes nocturnos, que prefieren la oscuridad a la luz, aunque nuestras obras no sean perversas. La perversidad de que habla Jesús, recordémoslo una vez más, es ante todo la ausencia de confesión y testimonio, la falta de valor para salir a la luz.

La tentación de la noche es permanente, propia de todo tiempo. También en épocas muy cristianas era difícil dar la cara y confesar hasta la aceptación de la cruz. La época de Jesús era hiperreligiosa. También lo era, y en sentido cristiano, la de Francisco de Asís o la de Teresa de Jesús. Para ellos, salir a la luz supuso riesgos, renuncias e incomprensiones. Hoy en día, en nuestro entorno, también hay dificultades específicas. No vivimos tiempos de persecución violenta (aunque no debemos olvidar, que hay quienes sí que la padecen, en India o Nigeria, por ejemplo, por el mero hecho de ser cristianos, en otros lugares, más o menos oficialmente cristianos, por defender causas justas). Pero hoy en el mundo occidental, cada vez con más claridad, ser cristiano se está convirtiendo en una postura políticamente incorrecta, mal vista, objeto de una tolerancia desganada y desdeñosa, ya que choca con muchos de los estándares dominantes en múltiples campos (desde luego en materia sexual, matrimonial, bioética, pero también en otros). Por eso, también nosotros sentimos la tentación de vivir una fe “a lo Nicodemo”, en la noche, sin luz ni taquígrafos, en nuestro fuero interno (con la idea esa tan peregrina de que la fe es “una opción personal”, como si lo personal no tuviera relevancia pública), sin tocar temas problemáticos (y sacando pecho en los que se atraen el aplauso de lo políticamente correcto), sin molestar mucho al entorno, en el fondo sin dar testimonio explícito a la luz del día, en una palabra, sin Cruz.
Pero en la Cruz está Cristo. De eso nos habla hoy la Palabra: un cristianismo sin confesión, sin luz y sin cruz es, al final, un cristianismo sin Cristo, moralina para espíritus delicados.

Se nos llama hoy, pues, a salir a la luz confesando. No es una luz que Dios nos envíe para condenarnos, juzgarnos o ponernos en evidencia: “Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo”; estamos hechos para la luz; y esa luz (de la fe confesada) nos da vida, nos regenera, nos da fuerzas para realizar “obras según Dios”.

¿Qué obras son esas?


La Cruz de la que nos habla Jesús y que nos hace ya vislumbrar la luz es la manifestación de un amor inmenso del Padre (“tanto amó Dios al mundo…”), que nos entrega a su Hijo para que nadie perezca, para que tengamos vida en abundancia, una vida plena, que eso significa vida eterna y que, como con tanta fuerza dice hoy san Pablo, está ya operando entre nosotros (fijémonos en que usa tiempos en presente y en pretérito perfecto)

Volvamos brevemente a la primera lectura. Si esa relación entre la situación de penuria (tempestad, exilio, etc.) con el “happy end” resulta problemática en relación con la compresión del Evangelio, es porque no se trata de algo automático, como el refrán citado puede dar a entender. No se trata de una “nueva era” que adviene por combinaciones de estrellas. El Dios que “tanto amó al mundo hasta entregar a su Hijo” es un Dios dialogal, que no fuerza nuestra libertad. Nos llama a tomar postura, a ir a verle a plena luz, a hacer la buena obra de confesar a Jesús: “la obra de Dios es que creáis en quien él ha enviado” (Jn 6, 29). Eso puede llamarse, por ejemplo, participar en la Eucaristía los domingos, defender sin vergüenza valores cristianos, no tener miedo de confesar que lo somos. Si no lo hacemos así, estaremos, no sólo permaneciendo en la oscuridad, sino también ocultándoles la luz a otros: podemos plantearnos el testimonio que estamos dando a los propios hijos: nuestra fe escondida en el fuero interno puede convertirse en ellos en total ausencia de fe, de luz y de esperanza; podemos estar ocultando a “las edades (generaciones) futuras la inmensa riqueza de su gracia, su bondad para con nosotros en Cristo Jesús”, de la que Pablo nos habla hoy con vehemencia.

Es evidente que la fe debe llevar a las buenas obras de ayuda y solidaridad. Eso es una constante de la verdadera fe. Pero, puesto que esas obras gozan de buena prensa en nuestros días (es uno de los rasgos positivos del tiempo en que vivimos), y puesto que lo que está en crisis es la raíz explícitamente religiosa que hace posible esas obras, tal vez Dios nos esté llamando, en estos tiempos aciagos para la fe, a la buena obra de una confesión explícita, que, sin miedo a las consecuencias, abandone la noche y salga a la luz.



Lectura del santo evangelio según san Juan (3,14-21):

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: «Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.»

Palabra del Señor



COMENTARIO.

Mirar al crucificado.


El evangelista Juan nos habla de un extraño encuentro de Jesús con un importante fariseo, llamado Nicodemo. Según el relato, es Nicodemo quien toma la iniciativa y va a donde Jesús «de noche». Intuye que Jesús es «un hombre venido de Dios», pero se mueve entre tinieblas. Jesús lo irá conduciendo hacia la luz.

Nicodemo representa en el relato a todo aquel que busca sinceramente encontrarse con Jesús. Por eso, en cierto momento, Nicodemo desaparece de escena y Jesús prosigue su discurso para terminar con una invitación general a no vivir en tinieblas, sino a buscar la luz.

Según Jesús, la luz que lo puede iluminar todo está en el Crucificado. La afirmación es atrevida: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna».

¿Podemos ver y sentir el amor de Dios en ese hombre torturado en la cruz?

Acostumbrados desde niños a ver la cruz por todas partes, no hemos aprendido a mirar el rostro del Crucificado con fe y con amor. Nuestra mirada distraída no es capaz de descubrir en ese rostro la luz que podría iluminar nuestra vida en los momentos más duros y difíciles.
Sin embargo, Jesús nos está mandando desde la cruz señales de vida y de amor.

En esos brazos extendidos que no pueden ya abrazar a los niños, y en esa manos clavadas que no pueden acariciar a los leprosos ni bendecir a los enfermos, está Dios con sus brazos abiertos para acoger, abrazar y sostener nuestras pobres vidas,rotas por tantos sufrimientos.

Desde ese rostro apagado por la muerte, desde esos ojos que ya no pueden mirar con ternura a pecadores y prostitutas, desde esa boca que no puede gritar su indignación por las víctimas de tantos abusos e injusticias, Dios nos está revelando su"amor loco" a la Humanidad.

«Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él». Podemos acoger a ese Dios y lo podemos rechazar. Nadie nos fuerza. Somos nosotros los que hemos de decidir. Pero «la Luz ya ha venido al mundo». ¿Por qué tantas veces rechazamos la luz que nos viene del Crucificado?

Él podría poner luz en la vida más desgraciada y fracasada, pero «el que obra mal... no se acerca a la luz para no verse acusado por sus obras». Cuando vivimos de manera poco digna, evitamos la luz porque nos sentimos mal ante Dios. No queremos mirar al Crucificado. Por el contrario, «el que realiza la verdad, se acerca a la luz». No huye a la oscuridad. No tiene nada que ocultar. Busca con su mirada al Crucificado. Él lo hace vivir en la luz.

Despedida diferente.

"...para que tengan vida eterna.". ( Jn 3, 14-21)



Los médicos no le ocultaron la verdad. El diálogo que mantuvo con uno de ellos al despertar de la operación fue breve, pero claro: «¿Habéis podido hacer algo?» «No.» «¿Será doloroso?» «No necesariamente.» «¿Será un proceso largo?» «No.» Desde ese momento, Antonio, sabía que le quedaba muy poco tiempo de vida.

No es fácil hablar con un hombre que conoce ya su final. Todo se vuelve más serio. No se puede conversar ligeramente sobre cualquier cosa. Con Antonio me resultó diferente. Era él quien hablaba con paz de su muerte ya próxima. «José, ahora tengo que vivir lo que tantas veces he predicado a otros.» Cuando entré en su habitación, estaba siguiendo en el televisor la transmisión de la misa dominical, pero él lo veía ya todo con ojos diferentes: «Cuántas cosas decimos los cristianos. Lo importante no es hablar sino creer.»

Los médicos acertaron en su pronóstico. La vida de Antonio se fue apagando en pocas semanas. Llegado el momento, quiso recibir el sacramento de la unción y despedirse de esta vida confesando su fe en el Dios vivo de Jesucristo. Difícilmente olvidaré la tarde de ese siete de febrero. Antonio, incorporado sobre el lecho; a su alrededor, sus familiares, amigos y sacerdotes. Aquello no era un rito forzado, realizado de forma precipitada y nerviosa en los últimos instantes. Era una celebración honda de fe en la que todos orábamos y cantábamos acompañando al enfermo.

Al comenzar la liturgia, Antonio nos hizo un gesto para que lo escucháramos, y con voz ya bastante apagada fue recordando momentos oscuros de su vida y momentos llenos de luz. Dio gracias a Dios y pidió perdón. Con palabras muy meditadas, sin duda, dijo así: «Soy un pecador, pero un pecador que cree en Dios y que pide su perdón.» Se le veía vivir cada gesto con fe intensa. Al final, quiso darnos a cada uno el abrazo de paz. Era difícil contener las lágrimas. Sólo él nos miraba con agradecimiento y paz.

Terminada la celebración, quiso quedarse solo en su habitación. Necesitaba estar a solas con Dios. Cuando me acerque a despedirlo, le pedí que me dejara escribir un día sobre lo vivido aquella tarde junto a él. Enseguida comprendí lo inoportuno de mis palabras. Antonio ya no pensaba en esta vida; su corazón estaba en otro lugar: «Haz lo que quieras. Yo no estaré aquí.»

Hoy son pocos los que mueren así. Por lo general, enfermos, familiares y amigos preferimos engañarnos unos a otros. No nos atrevemos a ayudar al enfermo a vivir el final de su vida sostenido por el consuelo de la fe en Dios. Podemos, sin duda, justificar de muchas maneras nuestra actitud. Por otra parte, la trayectoria de cada persona es diferente. Pero a veces olvidamos que la fe no es sólo para orientar esta vida, sino «para que todo el que crea en Él tenga vida eterna» (Juan 3, 16). A mi me gustaría despedirme de este mundo como este joven párroco.

Dios es de todos.

Pocas frases habrán sido tan citadas como ésta que el evangelio de Juan pone en boca de Jesús. Los autores ven en ella un resumen del núcleo esencial de la fe, tal como se vivía entre no pocos cristianos a comienzos del siglo segundo: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único».

Dios ama al mundo entero, no sólo a aquellas comunidades cristianas a las que ha llegado el mensaje de Jesús. Ama a todo el género humano, no sólo a la Iglesia. Dios no es propiedad de los cristianos. No ha de ser acaparado por ninguna religión. No cabe en ninguna catedral, mezquita o sinagoga.

Dios habita en todo ser humano acompañando a cada persona en sus gozos y desgracias. A nadie deja abandonado, pues tiene sus caminos para encontrarse con cada uno, sin que tenga que seguir necesariamente los que nosotros le marcamos. Jesús le veía cada mañana «haciendo salir su sol sobre buenos y malos».

Dios no sabe ni quiere ni puede hacer otra cosa sino amar, pues en lo más íntimo de su ser es amor. Por eso dice el evangelio que ha enviado a su Hijo, no para «condenar al mundo», sino para que «el mundo se salve por medio de él». Ama el cuerpo tanto como el alma, y el sexo tanto como la inteligencia. Lo único que desea es ver ya, desde ahora y para siempre, a la Humanidad entera disfrutando de su creación.

Este Dios sufre en la carne de los hambrientos y humillados de la Tierra; está en los oprimidos defendiendo su dignidad, y en los que luchan contra la opresión alentando su esfuerzo. Está siempre en nosotros para «buscar y salvar» lo que nosotros estropeamos y echamos a perder.

Dios es así. Nuestro mayor error sería olvidarlo. Más aún. Encerrarnos en nuestros prejuicios, condenas y mediocridad religiosa, impidiendo a las gentes cultivar esta fe primera y esencial. ¿Para qué sirven los discursos de los teólogos, moralistas, predicadores y catequistas si no hacen la vida más bella y luminosa recordando que el mundo está envuelto por los cuatro costados por el amor de Dios?












Fuentes:
Iluminación Divina
Evangelio según san Juan
José María Vegas
José A. Pagola
Ángel Corbalán