domingo, 18 de enero de 2015

" Rabbí (Maestro), ¿dónde vives? " (Evangelio dominical)






Hoy vemos a Jesús que venía por la ribera del Jordán: ¡es Cristo que pasa! Debían ser las cuatro de la tarde cuando, viendo que dos chicos le seguían, se ha girado para preguntarles: «Qué buscáis?» (Jn 1,38). Y ellos, sorprendidos por la pregunta, han respondido: «Rabbí —que quiere decir “Maestro”— ¿dónde vives? (...) ‘Venid y lo veréis’» (Jn 1,39).

También yo sigo a Jesús, pero... ¿qué quiero?, ¿qué busco? Es Él quien me lo pregunta: «De verdad, ¿qué quieres?». ¡Oh!, si fuera suficientemente audaz para decirle: «Te busco a ti, Jesús», seguro que le habría encontrado, «porque todo el que busca encuentra» (Mt 7,8). Pero soy demasiado cobarde y le respondo con palabras que no me comprometen demasiado: «¿Dónde vives?». Jesús no se conforma con mi respuesta, sabe demasiado bien que no es un montón de palabras lo que necesito, sino un amigo, el Amigo: Él. Por esto me dice: «Ven y lo verás», «venid y lo veréis».




Juan y Andrés, los dos mozos pescadores, fueron con Él, «vieron dónde vivía y se quedaron con Él aquel día» (Jn 1,39). Entusiasmado por el encuentro, Juan podrá escribir: «La gracia y la verdad se han hecho realidad por Jesucristo» (Jn 1,17b). ¿Y Andrés? Correrá a buscar a su hermano para hacerle saber: «Hemos encontrado al Mesías» (Jn 1,41). «Y le llevó donde Jesús. Jesús, fijando su mirada en él, le dijo: ‘Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas’, que quiere decir “Piedra”» (Jn 1,42).

¡Piedra!, ¿Simón, una piedra? Ninguno de ellos está preparado para comprender estas palabras. No saben que Jesús ha venido a levantar su Iglesia con piedras vivas. Él tiene ya escogidos los dos primeros sillares, Juan y Andrés, y ha dispuesto que Simón sea la roca en la que se apoye todo el edificio.

Y, antes de subir al Padre, nos dará respuesta a la pregunta: «Rabbí, ¿dónde vives?». Bendiciendo a su Iglesia dirá: «Yo estaré con vosotros cada día hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).



Lectura del santo evangelio según san Juan (1,35-42):

En aquel tiempo, estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dice: «Éste es el Cordero de Dios.»
Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús.
Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta: «¿Qué buscáis?»
Ellos le contestaron: «Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?»
Él les dijo: «Venid y lo veréis.» 

Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; serían las cuatro de la tarde. Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encuentra primero a su hermano Simón y le dice: «Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo).»
Y lo llevó a Jesús. 

Jesús se le quedó mirando y le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce Pedro).»

Palabra del Señor



COMENTARIO.




San Juan Bautista preparaba al mundo de su época y de su región para el momento de la revelación de Jesucristo, el Mesías prometido, esperado por el pueblo de Israel, se revelara públicamente.

El Bautista predicada la conversión, el cambio de vida. Y el Bautismo que impartía era un Bautismo de conversión; era como la aceptación de la conversión que se realizaba en aquéllos que, motivados por su predicación, deseaban cambiar de vida.

En esa preparación del camino del Mesías, San Juan Bautista predicaba, bautizaba y, además, tenía algunos discípulos.

En el Evangelio de otro Juan, San Juan Bautista nos ha dado esta bellísima revelación:“Yo no lo conocía (a Jesús, el Mesías prometido), pero Dios, que me envió a bautizar con agua, me dijo también: ‘Verás al Espíritu bajar sobre aquél que ha de bautizar con el Espíritu Santo, y se quedará en él.  ¡Y  yo lo he visto!  Por eso puedo decir que éste es el Hijo de Dios” (Jn. 1, 33-42).

Nos dice el Evangelio de hoy lo que sucedió  al día siguiente de esta confesión.  Estaba Juan Bautista con dos de sus discípulos: Andrés y Juan,  y al ver que Jesús iba pasando, les dijo: “Este es el Cordero de Dios”.  Cuando los dos discípulos oyeron al Precursor del Señor identificar a Jesús como el Mesías tan esperado por el pueblo de Israel, lo buscaron para seguirlo.  Ellos sabían de Quién se trataba, pues eran discípulos de San Juan Bautista que los había preparado para la venida del Mesías.  De allí que inmediatamente siguieron a Jesús.

La Segunda Lectura de San Pablo (1 Cor. 6, 13-15.17-20) nos recuerda la importancia de la virtud de la templanza, ya que “nuestros cuerpos son miembros de Cristo”.  Por ser miembros del Cuerpo Místico de Cristo y porque nuestros cuerpos son“templos del Espíritu Santo”,  nos recuerda San Pablo que debemos vivir alejados de las fornicaciones.  Y nos recuerda una cosa importantísima, la cual expone con mucha convicción: “No son ustedes sus propios dueños, porque Dios los ha comprado a un precio muy caro”.  Y esto lo refiere especialmente al cuerpo. ¡Qué apropiadas estas palabras en nuestro mundo actual, en el que creemos que se puede hacer lo que sea con el propio cuerpo!  Y termina diciendo el Apóstol: “Glorifiquen, pues, a Dios con el cuerpo”.


En la Primera Lectura del Primer Libro de Samuel  (1 Sam. 3, 3b-10.19)  vemos al joven Samuel, siendo llamado por Dios.  Pero Samuel no reconocía al Señor: creía que quien lo llamaba era el sacerdote Elí, a quien servía en el Templo.  A la tercera llamada Elí comprende que es el Señor quien está llamando a Samuel.  Y le instruye a responder a Dios con aquella bellísima frase, tan útil en la oración: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”.    Y nos dice esta lectura que el Señor estaba con Samuel y todo lo que el Señor le decía se cumplía.  Es el Sacerdote Elí quien instruye a Samuel para conocer la voz del Señor y para entregarse a Dios.

Sucede algo similar con San Juan Bautista y sus discípulos.  La actitud del Precursor no puede ser más elocuente: San Juan Bautista muestra el Mesías a sus seguidores: “Este es el Cordero de Dios”.  Y luego  él mismo desaparece.


¿Cuál es la enseñanza de este episodio?  En el apostolado y en la evangelización debemos mostrar continuamente a Jesús a los demás y no podemos estar mostrándonos nosotros mismos.  ¿Qué significa esto?  Significa que para ser reales portadores y mostradores de Jesús debemos, como el Bautista, desaparecer también nosotros.
  
Todo cristiano es llamado a seguir a Cristo en la santidad y en el apostolado y la evangelización.  Pero también en las actividades religiosas –y también en otras menos importantes- corremos el riesgo de querer lucirnos, de buscar poder, de pretender ser apreciados por lo que hacemos.  Pero la enseñanza de San Juan Bautista es crucial: debemos disminuir para que el Señor crezca;  debemos opacarnos para que el Señor brille;  debemos desaparecer para que el Señor se muestre; debemos escondernos para que sea el Señor el único que luzca.

Así otros podrán reconocer a Jesús como el Salvador y seguirlo como lo siguieron Juan y Andrés.  Ellos ni lo pensaron.  Enseguida comenzaron a caminar detrás de Jesús.  Y éste, al ver que lo seguían, les pregunta: “¿Qué buscan?”  Ellos quieren conocer al Mesías y El les pregunta sobre sus intenciones, porque de nada vale seguir al Mesías si no estamos dispuestos a entregarnos a El del todo.

Ellos le preguntan: “¿Dónde vives?”  En realidad querían saber dónde buscarlo, cómo reunirse con El, cómo conseguirlo en algún momento posterior.  Pero Jesús los sorprende, pues de una vez los invita a venir.  Nos dice en su Evangelio uno de estos dos discípulos, Juan, que eso sucedió a las cuatro de la tarde y que se quedaron con Jesús el resto del día.


¡Qué emoción la de estos dos jóvenes!  Ya no era otro hablándoles del Mesías: era El mismo hablándoles y enseñándoles.

Y luego ellos hacen lo mismo que San Juan Bautista.  Andrés fue a buscar a su hermano Simón y le informa que han encontrado al Mesías.  Y  lleva a Pedro a donde Jesús.

Notemos la cadena:   Elí enseña a Samuel.  Juan Bautista lleva a Juan y a Andrés a Jesús.  Andrés lleva a Pedro.  Y así sucesivamente.  En esto consiste el apostolado y la evangelización.  Unos llevamos a otros a Jesús.  Pero para hacer esto, recordemos la enseñanza del Bautista: disminuir,  opocarnos, desaparece... para que Jesús sea Quien se muestre.









Fuentes:
Sagradas Escrituras
Evangeli.org
Homilias.org
Ángel Corbalán