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domingo, 29 de noviembre de 2015

Ven y enciéndeme mi Fe, Señor, para vivir en el amor!! (Evangelio dominical)


Hoy, justo al comenzar un nuevo año litúrgico, hacemos el propósito de renovar nuestra ilusión y nuestra lucha personal con vista a la santidad, propia y de todos. Nos invita a ello la propia Iglesia, recordándonos en el Evangelio de hoy la necesidad de estar siempre preparados, siempre “enamorados” del Señor: «Guardaos de que no se hagan pesados vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida» (Lc 21,34).

Pero notemos un detalle que es importante entre enamorados: esta actitud de alerta —de preparación— no puede ser intermitente, sino que ha de ser permanente. Por esto, nos dice el Señor: «Estad en vela, pues, orando en todo tiempo» (Lc 21,36). ¡En todo tiempo!: ésta es la justa medida del amor. La fidelidad no se hace a base de un “ahora sí, ahora no”. Es, por tanto, muy conveniente que nuestro ritmo de piedad y de formación espiritual sea un ritmo habitual (día a día y semana a semana). Ojalá que cada jornada de nuestra vida la vivamos con mentalidad de estrenarnos; ojalá que cada mañana —al despertarnos— logremos decir: —Hoy vuelvo a nacer (¡gracias, Dios mío!); hoy vuelvo a recibir el Bautismo; hoy vuelvo a hacer la Primera Comunión; hoy me vuelvo a casar... Para perseverar con aire alegre hay que “re-estrenarse” y renovarse.


En esta vida no tenemos ciudad permanente. Llegará el día en que incluso «las fuerzas de los cielos serán sacudidas» (Lc 21,26). ¡Buen motivo para permanecer en estado de alerta! Pero, en este Adviento, la Iglesia añade un motivo muy bonito para nuestra gozosa preparación: ciertamente, un día los hombres «verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria» (Lc 21,27), pero ahora Dios llega a la tierra con mansedumbre y discreción; en forma de recién nacido, hasta el punto que «Cristo se vio envuelto en pañales dentro de un pesebre» (San Cirilo de Jerusalén). Sólo un espíritu atento descubre en este Niño la magnitud del amor de Dios y su salvación (cf. Sal 84,8).



Lectura del santo Evangelio según san Lucas  (21,25-28.34-36):


 En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, enloquecidas por el estruendo del mar y del oleaje. Los hombres quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad, ante lo que se le viene encima al mundo, pues los astros temblarán. Entonces, verán al Hijo del Hombre venir en una nube, con gran poder y majestad. Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación.»

Palabra del Señor


COMENTARIO.



Terminó el Ciclo Litúrgico “B” con la Fiesta de Cristo Rey, pero las lecturas de Adviento, al comienzo del Ciclo “C”, siguen en la misma tónica de los últimos domingos del Tiempo Ordinario.  Parecería que las lecturas se estuvieran repitiendo.  Y es que el Año Litúrgico comienza con la venida de Cristo y termina con la venida Cristo. 

De allí que se le llame a Cristo el Alfa y la Omega, el principio y fin de todo.  De allí que la Liturgia de Adviento, preparatoria de la Navidad, nos lleve constantemente de la primera venida de Cristo (Natividad=Navidad) a su segunda venida en gloria (Parusía).

“Yo haré nacer del tronco de David un vástago santo, que ejercerá la justicia y el derecho en la tierra” (Jr. 33, 14-16).   Es sólo una frase tomada de la Primera Lectura del Profeta Jeremías.  Y en estas breves palabras, que, analizadas gramaticalmente forman una oración compuesta por una oración principal y por una complementaria, la principal nos habla de la venida histórica de Cristo y la complementaria nos habla de su segunda venida.  Es una muestra -en una sola frase- del vaivén de la Liturgia de Adviento entre la primera y la segunda venida de Cristo.

La oración principal nos habla de “un vástago santo, proveniente del tronco de David”.  Nos está hablando de Jesús descendiente de David que nacerá y -por supuesto será santo.  La oración complementaria nos habla decuando ese descendiente de David venga a ejercer  “la justicia y el derecho en la tierra”.   Y esto no sucederá sino al fin de los tiempos cuando venga a establecer su reinado definitivo sobre la humanidad.

La salvación de la humanidad la obtuvo Cristo durante su vida en la tierra, más específicamente con su pasión, muerte y resurrección.  Pero esa salvación se realizará sólo en aquéllos que aprovechen los méritos de Cristo, al responder con su sí a la Voluntad Divina. 

Y esa salvación se realizará plenamente sólo al fin de los tiempos cuando, como nos dice el Evangelio de hoy (Lc. 21, 25-28.34-36)  “verán venir al Hijo del hombre en una nube, con gran poder y majestad”.


En el final del Ciclo Litúrgico, de los pasados domingos, las lecturas nos invitaban a pensar en la segunda venida de Cristo en gloria.  Las lecturas del Adviento nos invitan a prepararnos para esa venida.

En la Navidad -es cierto- celebramos la venida de Cristo en la historia, cuando comenzó su reinado.

Celebramos el cumpleaños de Jesús -y eso nos pone alegres y festivos.  Por esa razón la Navidad es época de alegría y regocijo.

Pero esa primera venida de Cristo -como un niño, el Niño Jesús nacido en Belén de Judá- nos recuerda que su reino comenzó hace 2015 años, que ese Reino se va instaurando en cada corazón que cumple la Voluntad Divina, y que ese Reino se realizará plenamente cuando El mismo vuelva en la Parusía y ponga todas las cosas en su lugar.


De allí que nuestra vida -toda nuestra vida- debiera ser un continuo “adviento”, una continua preparación a la segunda venida de Cristo, que pudiera sorprendernos en cualquier momento, igual que pudiera sorprendernos en cualquier momento  nuestra  propia muerte.   De ninguna de las dos cosas -ni de nuestra muerte ni de la segunda venida de Cristo- sabemos el día ni la hora.  Por eso hay que estar siempre preparados.

Y ¿qué significa esa “preparación”?  Podríamos resumirla en las palabras de San Francisco de Sales:  “vivir cada día de nuestra vida como si fuera el último día de nuestra vida en la tierra”.

Y... ¿vivimos así? ... ¿O más bien evadimos pensar en esa realidad, tan cierta como segura, del final de nuestra existencia -porque muramos- o del final de los tiempos, -porque venga Cristo en la Parusía?  ¿O tal vez pensamos que luego nos arreglaremos, que mientras tanto mejor es gozar y vivir como nos provoque? 


¿Es esto “adviento”?  ¿Es esto “preparación”?  ¿Es que no sabemos lo que nos estamos jugando?  Es nada menos que nuestro destino para toda la eternidad.

La Segunda Lectura San Pablo (1 Ts. 3, 12-4,2)   hace eco de lo mismo:  La futura venida de Cristo.  Nos dice el Apóstol que desea “que el Señor conserve nuestros corazones irreprochables en la santidad ante Dios, nuestro Padre, hasta el día en que venga nuestro Señor Jesús en compañía de todos sus santos"

Y el Señor es claro:  “Velen y estén preparados, porque no saben cuándo llegará el momento … permanezcan alerta”. (Mt. 13, 33-37)  ¿Nos estamos preparando para eso?


¿Cómo prepararnos?  En el Evangelio de hoy vemos que el Señor es claro el Señor también sobre cómo prepararnos: “Velen y hagan oración continuamente, para que puedan escapar de todo lo que ha de suceder y comparecer seguros ante el Hijo del Hombre”.









Fuentes:
Sagradas Escrituras
Homilia.org.
Evangelist.org
Recopila Ángel Corbalán



domingo, 18 de enero de 2015

" Rabbí (Maestro), ¿dónde vives? " (Evangelio dominical)






Hoy vemos a Jesús que venía por la ribera del Jordán: ¡es Cristo que pasa! Debían ser las cuatro de la tarde cuando, viendo que dos chicos le seguían, se ha girado para preguntarles: «Qué buscáis?» (Jn 1,38). Y ellos, sorprendidos por la pregunta, han respondido: «Rabbí —que quiere decir “Maestro”— ¿dónde vives? (...) ‘Venid y lo veréis’» (Jn 1,39).

También yo sigo a Jesús, pero... ¿qué quiero?, ¿qué busco? Es Él quien me lo pregunta: «De verdad, ¿qué quieres?». ¡Oh!, si fuera suficientemente audaz para decirle: «Te busco a ti, Jesús», seguro que le habría encontrado, «porque todo el que busca encuentra» (Mt 7,8). Pero soy demasiado cobarde y le respondo con palabras que no me comprometen demasiado: «¿Dónde vives?». Jesús no se conforma con mi respuesta, sabe demasiado bien que no es un montón de palabras lo que necesito, sino un amigo, el Amigo: Él. Por esto me dice: «Ven y lo verás», «venid y lo veréis».




Juan y Andrés, los dos mozos pescadores, fueron con Él, «vieron dónde vivía y se quedaron con Él aquel día» (Jn 1,39). Entusiasmado por el encuentro, Juan podrá escribir: «La gracia y la verdad se han hecho realidad por Jesucristo» (Jn 1,17b). ¿Y Andrés? Correrá a buscar a su hermano para hacerle saber: «Hemos encontrado al Mesías» (Jn 1,41). «Y le llevó donde Jesús. Jesús, fijando su mirada en él, le dijo: ‘Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas’, que quiere decir “Piedra”» (Jn 1,42).

¡Piedra!, ¿Simón, una piedra? Ninguno de ellos está preparado para comprender estas palabras. No saben que Jesús ha venido a levantar su Iglesia con piedras vivas. Él tiene ya escogidos los dos primeros sillares, Juan y Andrés, y ha dispuesto que Simón sea la roca en la que se apoye todo el edificio.

Y, antes de subir al Padre, nos dará respuesta a la pregunta: «Rabbí, ¿dónde vives?». Bendiciendo a su Iglesia dirá: «Yo estaré con vosotros cada día hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).



Lectura del santo evangelio según san Juan (1,35-42):

En aquel tiempo, estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dice: «Éste es el Cordero de Dios.»
Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús.
Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta: «¿Qué buscáis?»
Ellos le contestaron: «Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?»
Él les dijo: «Venid y lo veréis.» 

Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; serían las cuatro de la tarde. Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encuentra primero a su hermano Simón y le dice: «Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo).»
Y lo llevó a Jesús. 

Jesús se le quedó mirando y le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce Pedro).»

Palabra del Señor



COMENTARIO.




San Juan Bautista preparaba al mundo de su época y de su región para el momento de la revelación de Jesucristo, el Mesías prometido, esperado por el pueblo de Israel, se revelara públicamente.

El Bautista predicada la conversión, el cambio de vida. Y el Bautismo que impartía era un Bautismo de conversión; era como la aceptación de la conversión que se realizaba en aquéllos que, motivados por su predicación, deseaban cambiar de vida.

En esa preparación del camino del Mesías, San Juan Bautista predicaba, bautizaba y, además, tenía algunos discípulos.

En el Evangelio de otro Juan, San Juan Bautista nos ha dado esta bellísima revelación:“Yo no lo conocía (a Jesús, el Mesías prometido), pero Dios, que me envió a bautizar con agua, me dijo también: ‘Verás al Espíritu bajar sobre aquél que ha de bautizar con el Espíritu Santo, y se quedará en él.  ¡Y  yo lo he visto!  Por eso puedo decir que éste es el Hijo de Dios” (Jn. 1, 33-42).

Nos dice el Evangelio de hoy lo que sucedió  al día siguiente de esta confesión.  Estaba Juan Bautista con dos de sus discípulos: Andrés y Juan,  y al ver que Jesús iba pasando, les dijo: “Este es el Cordero de Dios”.  Cuando los dos discípulos oyeron al Precursor del Señor identificar a Jesús como el Mesías tan esperado por el pueblo de Israel, lo buscaron para seguirlo.  Ellos sabían de Quién se trataba, pues eran discípulos de San Juan Bautista que los había preparado para la venida del Mesías.  De allí que inmediatamente siguieron a Jesús.

La Segunda Lectura de San Pablo (1 Cor. 6, 13-15.17-20) nos recuerda la importancia de la virtud de la templanza, ya que “nuestros cuerpos son miembros de Cristo”.  Por ser miembros del Cuerpo Místico de Cristo y porque nuestros cuerpos son“templos del Espíritu Santo”,  nos recuerda San Pablo que debemos vivir alejados de las fornicaciones.  Y nos recuerda una cosa importantísima, la cual expone con mucha convicción: “No son ustedes sus propios dueños, porque Dios los ha comprado a un precio muy caro”.  Y esto lo refiere especialmente al cuerpo. ¡Qué apropiadas estas palabras en nuestro mundo actual, en el que creemos que se puede hacer lo que sea con el propio cuerpo!  Y termina diciendo el Apóstol: “Glorifiquen, pues, a Dios con el cuerpo”.


En la Primera Lectura del Primer Libro de Samuel  (1 Sam. 3, 3b-10.19)  vemos al joven Samuel, siendo llamado por Dios.  Pero Samuel no reconocía al Señor: creía que quien lo llamaba era el sacerdote Elí, a quien servía en el Templo.  A la tercera llamada Elí comprende que es el Señor quien está llamando a Samuel.  Y le instruye a responder a Dios con aquella bellísima frase, tan útil en la oración: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”.    Y nos dice esta lectura que el Señor estaba con Samuel y todo lo que el Señor le decía se cumplía.  Es el Sacerdote Elí quien instruye a Samuel para conocer la voz del Señor y para entregarse a Dios.

Sucede algo similar con San Juan Bautista y sus discípulos.  La actitud del Precursor no puede ser más elocuente: San Juan Bautista muestra el Mesías a sus seguidores: “Este es el Cordero de Dios”.  Y luego  él mismo desaparece.


¿Cuál es la enseñanza de este episodio?  En el apostolado y en la evangelización debemos mostrar continuamente a Jesús a los demás y no podemos estar mostrándonos nosotros mismos.  ¿Qué significa esto?  Significa que para ser reales portadores y mostradores de Jesús debemos, como el Bautista, desaparecer también nosotros.
  
Todo cristiano es llamado a seguir a Cristo en la santidad y en el apostolado y la evangelización.  Pero también en las actividades religiosas –y también en otras menos importantes- corremos el riesgo de querer lucirnos, de buscar poder, de pretender ser apreciados por lo que hacemos.  Pero la enseñanza de San Juan Bautista es crucial: debemos disminuir para que el Señor crezca;  debemos opacarnos para que el Señor brille;  debemos desaparecer para que el Señor se muestre; debemos escondernos para que sea el Señor el único que luzca.

Así otros podrán reconocer a Jesús como el Salvador y seguirlo como lo siguieron Juan y Andrés.  Ellos ni lo pensaron.  Enseguida comenzaron a caminar detrás de Jesús.  Y éste, al ver que lo seguían, les pregunta: “¿Qué buscan?”  Ellos quieren conocer al Mesías y El les pregunta sobre sus intenciones, porque de nada vale seguir al Mesías si no estamos dispuestos a entregarnos a El del todo.

Ellos le preguntan: “¿Dónde vives?”  En realidad querían saber dónde buscarlo, cómo reunirse con El, cómo conseguirlo en algún momento posterior.  Pero Jesús los sorprende, pues de una vez los invita a venir.  Nos dice en su Evangelio uno de estos dos discípulos, Juan, que eso sucedió a las cuatro de la tarde y que se quedaron con Jesús el resto del día.


¡Qué emoción la de estos dos jóvenes!  Ya no era otro hablándoles del Mesías: era El mismo hablándoles y enseñándoles.

Y luego ellos hacen lo mismo que San Juan Bautista.  Andrés fue a buscar a su hermano Simón y le informa que han encontrado al Mesías.  Y  lleva a Pedro a donde Jesús.

Notemos la cadena:   Elí enseña a Samuel.  Juan Bautista lleva a Juan y a Andrés a Jesús.  Andrés lleva a Pedro.  Y así sucesivamente.  En esto consiste el apostolado y la evangelización.  Unos llevamos a otros a Jesús.  Pero para hacer esto, recordemos la enseñanza del Bautista: disminuir,  opocarnos, desaparece... para que Jesús sea Quien se muestre.









Fuentes:
Sagradas Escrituras
Evangeli.org
Homilias.org
Ángel Corbalán



martes, 6 de enero de 2015

Hoy celebramos... La Solemnidad de la Epifanía del Señor!!



Solemnidad de la Epifanía del Señor, en la que se recuerdan tres manifestaciones del gran Dios y Señor nuestro Jesucristo: en Belén, Jesús niño, al ser adorado por los magos; en el Jordán, bautizado por Juan, al ser ungido por el Espíritu Santo y llamado Hijo por Dios Padre; y en Caná de Galilea, donde manifestó su gloria transformando el agua en vino en unas bodas.

La Epifanía, que en griego significa «aparición» o «revelación», es una fiesta destinada a celebrar principalmente la revelación de Jesucristo a los Magos o Sabios de Oriente, los cuales, por inspiración particular del Todopoderoso, fueron a adorarle, poco después de su nacimiento. Sin embargo el carácter litúrgico del día conmemora igualmente -y así lo recoge el Martirologio Romano- otras dos manifestaciones del Señor: la primera es la de su bautismo, en el que el Espíritu Santo descendió sobre Él en forma de paloma, al mismo tiempo que una voz del cielo decía: «Este es mi Hijo muy amado, en el que tengo mis complacencias»; la segunda es la revelación de su poder, en el primero de sus signos: la transformación del agua en vino, en Caná, donde manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en Él. Por todo esto la festividad merece respeto y reverencia, especialmente por parte de nosotros los gentiles, que en tal fecha fuimos llamados a la fe y adoración del verdadero Dios, en la persona de los Magos.


Sin decirnos cuántos eran, la Biblia llama «magos» o «sabios» a los gentiles que acudieron a Belén a rendir homenaje al Redentor del mundo, obedeciendo al divino llamado. La opinión común, apoyada por la autoridad de San León, Cesario, Beda y otros, sostiene que eran tres. En todo caso, el número era reducido en comparación con el de aquellos que vieron la estrella y no le prestaron atención; admiraron su brillo extraordinario y permanecieron sordos a su mensaje; esclavizados por su egoísmo y sus pasiones, endurecieron sus corazones al llamamiento del Señor. Decididos a seguir el divino llamamiento, a pesar de todos los peligros, los Magos se informaron en Jerusalén y fueron hasta la misma corte del rey Herodes preguntando: «¿Dónde ha nacido el Rey de los Judíos?» De acuerdo con las profecías de Jacob y David, toda la nación judía estaba en espera del Mesías. Como las profecías detallaban las circunstancias de su nacimiento, los Magos supieron pronto, por las informaciones del Sanhedrín o gran Consejo de los judíos, que el profeta Miqueas había predicho, muchos siglos antes, que el Mesías nacería en Belén.

Los Magos se pusieron inmediatamente en camino, a pesar del mal ejemplo que les daban los miembros del Sanhedrín, ya que ningún escriba, ni sacerdote se mostró dispuesto a acompañarles a buscar y rendir homenaje a su propio Rey. Para fortalecer su fe, Dios hizo brillar nuevamente la estrella en cuanto salieron de Jerusalén, y ésta los guió hasta el sitio en que se hallaba el Salvador que venían a adorar. Deteniéndose sobre la cueva, la estrella parecía decirles: «Aquí encontraréis al Rey que os ha nacido». Los Magos penetraron en el pobre albergue, más lleno de gloria que todos los palacios del mundo, donde encontraron al Niño con su Madre. Postrándose, le adoraron y le entregaron sus corazones. San León celebra la fe y devoción de los Magos con estas palabras: «La estrella los llevó a adorar a Jesús; pero no encontraron a éste venciendo a los demonios, o resucitando a los muertos, o dando vista a los ciegos y voz a los mudos. Jesús no hacía milagros. Estaba allí como un recién nacido, sin palabra y totalmente dependiente de su Madre. Su poder estaba oculto y su único milagro era la humildad». Los Magos ofrecieron a Jesús los más ricos productos de sus tierras: oro, incienso y mirra. El oro, para manifestar que reconocían su dignidad real; el incienso, como una confesión de su divinidad; la mirra, como símbolo de que se había hecho hombre para redimir al mundo. Pero sus más ricos regalos fueron las disposiciones en que se hallaban: su ardiente caridad, simbolizada en el oro; su devoción, figurada por el incienso, y la total entrega, representada por la mirra.

La más antigua mención de la celebración de una fiesta cristiana el 6 de enero, parece ser la de los «Stromata» (1:21) de Clemente de Alejandría, quien murió antes del año 216. Dicho autor afirma que la secta de los Basilianos celebraba la conmemoración del Bautismo del Señor con gran solemnidad, en fechas que parecen corresponder al 10 y al 6 de enero. Esto tendría en sí mismo poca importancia, si no existieran abundantes pruebas de que en los dos siglos siguientes, el 6 de enero se convirtió en una festividad principal en la Iglesia de Oriente, y que tal festividad estaba estrechamente relacionada con el Bautismo del Señor. En un documento conocido con el nombre de «Cánones de Atanasio», cuyo texto pertenece básicamente a la época de san Atanasio, digamos hacia el año 370, el autor nos dice que las tres fiestas más importantes del año eran Pascua, Pentecostés y Epifanía. El mismo documento prescribe a los obispos que reúnan a los pobres en las ocasiones solemnes, particularmente «en la gran fiesta del Señor» (Pascua), en Pentecostés, «cuando el Espíritu Santo descendió sobre su Iglesia», y en «la fiesta de la Epifanía del Señor en el mes de Tubi, es decir, la fiesta de su Bautismo» (canon 16). El canon 66 repite: «la fiesta de la Pascua, la fiesta de Pentecostés y la fiesta de la Epifanía, que es el decimoprimero día del mes de Tubi.»



Según las ideas del Oriente, la primera manifestación del Salvador a los gentiles coincide con las divinas palabras: «Este es mi Hijo muy amado, en el que tengo mis complacencias». Los Padres griegos opinan que la Epifanía, llamada también por ellos «Teofanía» («Manifestación de Dios») e «Iluminación», se identificaba originalmente con la escena del Jordán. En un sermón predicado en Antioquía, el año 386, san Juan Crisóstomo se pregunta: «¿Por qué se llama Epifanía, no al día del nacimiento del Señor sino al día de su Bautismo?» Y, después de discutir algunos detalles de la observancia litúrgica, especialmente el agua bendita que los fieles llevaban a sus casas y conservaban todo el año (el santo se inclina a pensar que el hecho de que el agua no se corrompa es un milagro), responde a su propia pregunta: «Llamamos Epifanía al día del Bautismo del Señor, porque al nacer no se manifestó a todos, como lo hizo en el Bautismo. Hasta ese momento había permanecido oculto al pueblo». También san Jerónimo, que vivía cerca de Jerusalén, testifica que la única fiesta que se celebraba entonces allí era la del 6 de enero, para conmemorar el nacimiento y el Bautismo de Jesús. A continuación explica que la idea de «manifestación» no se aplica propiamente al nacimiento, «porque Jesús permaneció entonces oculto y no se reveló», sino más bien al Bautismo en el Jordán, «cuando el cielo se abrió sobre Cristo».



Fuera de Jerusalén, donde, según nos dice Egeria (c. 395), cuyo testimonio concuerda con el de san Jerónimo, la fiesta de la Navidad y la Epifanía se celebraban el mismo día (6 de enero). La costumbre occidental de celebrar por separado la Navidad el 25 de diciembre se impuso en el siglo IV, y se difundió rápidamente, desde Roma a todo el Oriente cristiano. San Juan Crisóstomo nos informa que el 25 de diciembre fue celebrado por primera vez en Antioquía, hacia el año 376. Constantinopla adoptó dicha fiesta, dos o tres años más tarde, y san Gregorio de Nissa, en la oración fúnebre por su hermano san Basilio, explica que la Capadocia adoptó la costumbre hacia la misma época. Por otra parte, la festividad del 6 de enero, de origen oriental indudablemente, se convirtió en fiesta de la Iglesia de Occidente, como una especie de compensación, antes de la muerte de san Agustín. La encontramos registrada por primera vez en Vienne, en la Galia. El historiador pagano Amiano Marcelino, describiendo la visita del emperador Juliano a las iglesias, habla de «la fiesta de enero que los cristianos llaman Epifanía». San Agustín acusa a los donatistas de no haber adoptado, como los católicos, la nueva festividad de la Epifanía. Alrededor del año 380 se celebraba ya dicha festividad en Zaragoza, y en el año 400 era una de las fiestas en que estaban prohibidos los juegos del circo.



Sin embargo, aunque el día de la celebración era el mismo, el carácter de la fiesta de la Epifanía en Oriente y Occidente era distinto. En Oriente, el motivo principal de la fiesta sigue siendo hasta el día de hoy el Bautismo del Señor, y la gran bendición del agua es uno de los ritos principales. En Occidente, por el contrario, se hace hincapié en el viaje y la adoración de los magos. Así sucedía ya desde la antigüedad, como lo demuestran los sermones de san Agustín y san León. Cierto que el Bautismo del Señor y el milagro de Caná están incluidos también en la fiesta; pero, aunque encontramos en san Paulino de Nola (principios del siglo V), y un poco después en san Máximo de Turín, alusiones muy claras a estos dos hechos en su interpretación de las solemnidades del día, hay que reconocer que en la práctica la Iglesia de Occidente sólo celebra la revelación del Señor a los gentiles, representados por los Magos.














Fuentes:
Sagradas Escrituras
Evangeliodeldia.org
Ángel Corbalán