domingo, 12 de abril de 2015

“Dichosos los que creen sin haber visto” (Evangelio dominical)




Hoy, Domingo II de Pascua, completamos la octava de este tiempo litúrgico, una de las dos octavas —juntamente con la de Navidad— que en la liturgia renovada por el Concilio Vaticano II han quedado. Durante ocho días contemplamos el mismo misterio y tratamos de profundizar en él bajo la luz del Espíritu Santo.

Por designio del Papa Juan Pablo II, este domingo se llama Domingo de la Divina Misericordia. Se trata de algo que va mucho más allá que una devoción particular. Como ha explicado el Santo Padre en su encíclica Dives in misericordia, la Divina Misericordia es la manifestación amorosa de Dios en una historia herida por el pecado. “Misericordia” proviene de dos palabras: “Miseria” y “Cor”. Dios pone nuestra mísera situación debida al pecado en su corazón de Padre, que es fiel a sus designios. Jesucristo, muerto y resucitado, es la suprema manifestación y actuación de la Divina Misericordia. «Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito» (Jn 3,16) y lo ha enviado a la muerte para que fuésemos salvados. «Para redimir al esclavo ha sacrificado al Hijo», hemos proclamado en el Pregón pascual de la Vigilia. Y, una vez resucitado, lo ha constituido en fuente de salvación para todos los que creen en Él. Por la fe y la conversión acogemos el tesoro de la Divina Misericordia.





La Santa Madre Iglesia, que quiere que sus hijos vivan de la vida del resucitado, manda que —al menos por Pascua— se comulgue y que se haga en gracia de Dios. La cincuentena pascual es el tiempo oportuno para el cumplimiento pascual. Es un buen momento para confesarse y acoger el poder de perdonar los pecados que el Señor resucitado ha conferido a su Iglesia, ya que Él dijo sólo a los Apóstoles: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados» (Jn 20,22-23). Así acudiremos a las fuentes de la Divina Misericordia. Y no dudemos en llevar a nuestros amigos a estas fuentes de vida: a la Eucaristía y a la Penitencia. Jesús resucitado cuenta con nosotros.


Lectura del santo evangelio según san Juan (20,19-31):



Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. 
Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros.»
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegria al ver al Señor.
Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.»
Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús.
Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.»
Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.»
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos.
Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros.»
Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.»
Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!»
Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.»
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.


Palabra del Señor



COMENTARIO





El Evangelio de este Domingo 2º de Pascua, Fiesta de la Divina Misericordia, nos relata una de las apariciones de Jesús a los Apóstoles, después de su Resurrección.  Sucedió que se encontraba ausente Tomás, uno de los doce (cf. Jn. 20, 19-31).  Y conocemos la historia.  Tomás no creyó.   Le faltaba ¡tanta! fe que tuvo la audacia de exigir -para poder creer- meter su dedo en los orificios que dejaron los clavos en las manos del Señor y la mano en la llaga de su costado.

Terrible parece esta exigencia.  Y, nosotros, los hombres y mujeres de esta época ¿no nos parecemos a Tomás?  ¿No creemos que toda verdad para serlo debe ser demostrada en forma palpable, comprobable, experimentable... igual que Tomás?  ¿No tenemos como único criterio de la verdad nuestro discernimiento intelectual?  ¿No damos una importancia exagerada a la razón por encima de la Palabra de Dios y las verdades de la Fe?  ¿No llegamos incluso a negar la autenticidad de la Palabra de Dios y de esas verdades?

¿No podría el Señor reprendernos igual que a Tomás?  “Ven, Tomás, acerca tu dedo... Mete tu mano en mi costado, y no sigas dudando, sino cree”.  ¡Cómo quedaría Tomás de estupefacto!  Fue cuando brotó de su corazón aquel: “Señor mío y Dios mío” con que hoy en día alabamos al Señor en el momento de la Consagración.  Sin embargo, Jesús prosigue, reclamándole a Tomás y advirtiéndonos a nosotros: “Tú crees porque me has visto.  Dichosos los que creen sin haber visto”. 


FE Y RAZÓN:




Nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “La Fe es una gracia de Dios y es también un acto humano”.  En efecto, la Fe es una virtud sobrenatural infundida por Dios en nosotros.  Pero para creer también es indispensable nuestra respuesta a la gracia divina; es decir, también se requiere un acto de nuestra inteligencia y de nuestra voluntad, por el que aceptamos creer.

En una oportunidad cuando los Apóstoles le pidieron al Señor que les aumentara la Fe, El les hace un requerimiento: tener un poquito de Fe, tan pequeña como el diminuto grano de mostaza (cf. Lc. 17, 5-6). Significa que para tener Fe, el Señor nos pide nuestro aporte: un pequeño granito como el de la mostaza, es decir, nuestro deseo y nuestra voluntad de creer.

Esa Fe, entonces, que es a la vez gracia de Dios y respuesta nuestra, nos lleva a creer todo lo que Dios nos ha revelado y, además, todo lo que Dios, a través de su Iglesia, nos propone para creer.

Por eso se dice que las verdades de nuestra Fe están contenidas en la Sagrada Escritura y en la enseñanza de la Iglesia Católica. Y esas verdades no son necesariamente comprobables o comprensibles con nuestra limitada inteligencia humana.  Son verdades que creemos por la autoridad de Dios, no por comprobación humana.

Por eso dice el Catecismo: “La Fe es más cierta que todo conocimiento humano, porque se funda en la Palabra misma de Dios ...  Y Dios no puede mentir”.

Ahora bien, la primera consecuencia de la Fe es la confianza, pues creer en Dios es  también confiar en El.  No basta decir: “yo sé que Dios existe”, sino también “yo confío en Dios, yo confío en El y estoy en Sus Manos”.  En esto consiste la verdadera Fe.  Y confiar en Dios significa dejarnos guiar por El, por Sus designios, por Su Voluntad.  Pero... ¿no es nuestra tendencia más bien tratar de que Dios se amolde a nuestros planes y que -incluso- colabore con ellos?

Pero el Señor nos dice así: “Vuestros proyectos no son los míos y mis caminos no son los mismos que los vuestros.  Así como el cielo está muy alto por encima de la tierra, así también mis caminos se elevan por encima de vuestros caminos, y mis proyectos son muy superiores a los vuestros” (Is. 55,8-9).

Por eso decimos: “Hágase Tu Voluntad así en la tierra como en el Cielo”  cada vez que rezamos el Padre Nuestro, la oración que el mismo Jesucristo nos enseñó.  No se trata, pues, de que sea mi voluntad la que se cumpla, ni mi deseo, ni mi proyecto, ni mi plan.  Se trata de buscar la Voluntad de Dios, para irla cumpliendo y para ir siguiendo los planes de Dios para mi existencia.  En esto consiste la verdadera Fe y la confianza en Dios.

Las apariciones de Jesús Resucitado a sus Apóstoles antes de su Ascensión al Cielo, fueron varias.  Pero ésta de hoy parece muy importante.  Y no es nada más por el episodio de Santo Tomás, sino porque también en esa misma ocasión el Señor instituyó el Sacramento del Perdón o de la Penitencia o Confesión.  “Reciban el Espíritu Santo.  A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”.

¿Será por el recuerdo de la institución del Sacramento del Perdón de los pecados que hoy celebra la Iglesia la Fiesta de la Divina Misericordia?  ¿Será por ello que en el Salmo -el mismo del Domingo de Resurrección- cantamos “La misericordia del Señor es eterna” (Sal. 117).
En efecto, este Domingo que sigue al Domingo de Resurrección es la “Fiesta de la Divina Misericordia”.


FIESTA DE LA DIVINA MISERICORDIA:




Es una Fiesta nueva en la Iglesia, que tiene la particularidad de haber sido solicitada por el mismo Jesucristo a través de Santa Faustina Kowalska, religiosa polaca de este siglo, quien murió en 1938 a los 33 años de edad y quien fue canonizada por Juan Pablo II precisamente en esta Fiesta de la Divina Misericordia del año 2000.  Nos dijo el Papa Juan Pablo II el día de la Beatificación de esta Santa de nuestros días: “Dios habló a nosotros a través de la Beata Sor Faustina Kowalska”.

La devoción de la Divina Misericordia ya se ha ido difundiendo bastante en todo el mundo.  Incluye la imagen de Jesús de la Divina Misericordia, la Fiesta,  el Rosario de la Misericordia, la Novena (se inicia cada Viernes Santo y culmina el Sábado antes de la Fiesta), la Hora de la Gran Misericordia, etc.

El Evangelio nos relata cómo Jesús instituyó el Sacramento de la Confesión.  Pero también Jesús habló a Santa Faustina cosas importantes sobre la Confesión: “Cuando vayas a confesar debes saber que Yo mismo te espero en el Confesionario, sólo que estoy oculto en el Sacerdote.  Pero Yo mismo actúo en el alma.  Aquí la miseria del alma se encuentra con Dios de la Misericordia.  Llama a la Confesión Tribunal de la Misericordia.  Y para acogerse a El no nos pide grandes cosas: sólo basta acercarse con fe a los pies de mi representante  (el Sacerdote) y confesarle con fe su miseria ... 

Aunque el alma fuera como un cadáver descomponiéndose  (es decir, muerta y descompuesta por el pecado) y que pareciera estuviese todo ya perdido, para Dios no es así ... ¡Oh!  ¡Cuán infelices son los que no se aprovechan de este milagro de la Divina Misericordia!”

¿Qué otras cosas nos ha dicho Dios a través de Santa Faustina Kowalska?
“Habla al mundo de mi Misericordia, para que toda la humanidad conozca la infinita Misericordia mía.  Es la señal de los últimos tiempos.  Después de ella vendrá el día de la justicia.  Todavía queda tiempo... Antes de venir como Juez justo, abro de par en par las puertas de mi Misericordia.  Quien no quiera pasar por la puerta de mi Misericordia, deberá pasar por la puerta de mi Justicia”.

Por Teología sabemos que Dios posee todos sus atributos o cualidades en forma infinita.  Así es, infinitamente Misericordioso, pero también infinitamente Justo.  Su Justicia y su Misericordia van a la par.  Pero a través de esta Santa de nuestro tiempo nos hace saber que por los momentos, para nosotros, tiene detenida su Justicia para dar paso a su Misericordia. 


No nos castiga como merecemos por nuestros pecados, ni castiga al mundo como merecen los pecados del mundo, sino que nos ofrece el abismo inmenso de su Misericordia infinita.

Pero si no nos abrimos a su Misericordia, tendremos que atenernos a su Justicia.  ¡Graves palabras del Señor!  Por lo demás, coinciden con su Palabra contenida en el Evangelio... Y llegará el momento de su Justicia ... Llegará ...

¿Cómo podemos acogernos a su Misericordia?  Veamos qué nos ha dicho el Señor sobre la Fiesta de hoy: “Deseo que la Fiesta de la Misericordia sea un refugio y amparo para todas las almas y, especialmente, para los pobres pecadores... Ese día derramo un mar de gracias sobre las almas que se acerquen al manantial de mi Misericordia.  El alma que se confiese y reciba la Santa Comunión obtendrá el perdón total de las culpas y de las penas... Que ningún alma tema acercarse a Mí, aunque sus pecados sean como escarlata”  (o sea, muy graves o muy feos).

Así que quien aproveche este ofrecimiento del mismo Dios para el Día de la Divina Misericordia, queda “¡0 kilómetro!”como si se acabara de bautizar, totalmente purificado de toda culpa, como si no hubiera cometido nunca ningún pecado. 

Sólo hay que confesarse al menos 7 días antes, estando verdadera y completamente arrepentido.  Además hay que comulgar ese día.  ¿Qué más podemos pedir? Más fácil no puede ser.

Es el abismo insondable de la Misericordia Infinita de Dios, que no desea que nuestro pecado nos lleve a la muerte eterna.  Lo que desea es darnos todas las oportunidades posibles de conversión, para que podamos tener la Vida Eterna, ésa que nos espera después de esta vida terrena.



Como si fuera poco, aparte de quedar totalmente preparados para el Cielo, purificados de toda culpa, si aprovechamos las gracias que la Misericordia Divina nos tiene para este día, tenemos la promesa del Señor de que recibiremos lo que pidamos en este día de la Fiesta de la Divina Misericordia, siempre que lo que solicitemos esté acorde con la Voluntad de Dios.

Para recibir las gracias otorgadas este Día de la Divina Misericordia, es necesario recibir la Eucaristía y haberse confesado, condición para recibir el perdón total de las culpas y de las penas, que son consecuencia de nuestros pecados.


SEGUNDA LECTURA:




Hemos hablado de Fe, de Perdón y de Misericordia.  Nos queda algo importante en la Segunda Lectura (1 Jn. 5, 1-6).

San Juan, Apóstol y Evangelista, es quien nos da más detalles acerca del amor a Dios y el amor al prójimo.  Muchas veces se resalta que quien dice que ama a Dios y no ama al prójimo, miente.  Pero en este trozo de su Primera Carta, San Juan nos da la otra cara de la misma moneda: “Cuando amamos a Dios y cumplimos sus mandatos, tenemos la certeza de que amamos a los hijos de Dios.  Porque guardar los mandatos de Dios es amar a Dios”. 
Es decir, para amar a nuestros hermanos, hijos de Dios como nosotros, hemos de amar a Dios primero.  Y amar a Dios es complacerlo en cumplir lo que El nos pide en sus mandatos.  Así, amando a Dios, amamos también a los hijos de Dios.
Ese amor a Dios con el que nos amamos entre nosotros es lo que hacía que los primeros cristianos vivieran un verdadero espíritu de comunidad, como nos lo narra la Primera Lectura (Hech. 4, 32-35).

¿Qué es lo que distingue a una verdadera comunidad?  Nos lo dice elocuentemente esta Lectura: el tener “un solo corazón y una sola alma”.   Es decir, tener un mismo pensar y un mismo sentir. 





Una verdadera comunidad no se logra con técnicas de dinámica de grupo, ni con aplicaciones de la psicología al funcionamiento de un grupo determinado.  La comunidad no la podemos hacer por nosotros mismos, pues quien la hace es Dios, dándole“un solo corazón y una sola alma”.   Y es Dios Quien crea en medio de la comunidad un mismo sentir y un mismo pensar, cuando las personas se entregan a El, a amarlo primero a El, haciendo lo que El desea y pide.  Es el amor a Dios fluyendo entre las personas lo que hace “comunidad”.







Fuentes:
Sagradas Escrituras
Homilia.org.
Evangeli.org