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domingo, 18 de abril de 2021

«Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo»(Evangelio Dominical)

 



Hoy, el Evangelio todavía nos sitúa en el domingo de la resurrección, cuando los dos de Emaús regresan a Jerusalén y, allí, mientras unos y otros cuentan que el Señor se les ha aparecido, el mismo Resucitado se les presenta. Pero su presencia es desconcertante. Por un lado provoca espanto, hasta el punto de que ellos «creían ver un espíritu» (Lc 24,37) y, por otro, su cuerpo traspasado por los clavos y la lanzada es un testimonio elocuente de que se trata del mismo Jesús, el crucificado: «Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo» (Lc 24,39).


«Haz brillar sobre nosotros la luz de tu rostro, Señor», canta el salmo de la liturgia de hoy. Efectivamente, Jesús «abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras» (Lc 24,45). Es del todo urgente. Es necesario que los discípulos tengan una precisa y profunda comprensión de las Escrituras, ya que, en frase de san Jerónimo, «ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo».







Pero esta compresión de la palabra de Dios no es un hecho que uno pueda gestionar privadamente, o con su congregación de amigos y conocidos. El Señor desveló el sentido de las Escrituras a la Iglesia en aquella comunidad pascual, presidida por Pedro y los otros Apóstoles, los cuales recibieron el encargo del Maestro de que «se predicara en su nombre (...) a todas las naciones» (Lc 24,47).

Para ser testigos, por tanto, del auténtico Cristo, es urgente que los discípulos aprendan -en primer lugar- a reconocer su Cuerpo marcado por la pasión. Precisamente, un autor antiguo nos hace la siguiente recomendación: «Todo aquel que sabe que la Pascua ha sido sacrificada para él, ha de entender que su vida comienza cuando Cristo ha muerto para salvarnos». Además, el apóstol tiene que comprender inteligentemente las Escrituras, leídas a la luz del Espíritu de la verdad derramado sobre la Iglesia.





Lectura del santo evangelio según san Lucas (24,35-48):

                           



En aquel tiempo, contaban los discípulos lo que les había pasado por el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan.
Estaban hablando de estas cosas, cuando se presenta Jesús en medio de ellos y les dice: «Paz a vosotros.»
Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma.
Él les dijo: «¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo.»
Dicho esto, les mostró las manos y los pies.
Y como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: «¿Tenéis ahí algo que comer?»
Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos.
Y les dijo: «Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse.»
Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras.
Y añadió: «Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto.»

Palabra del Señor

 

 

COMENTARIO

 

                                 



El Evangelio de hoy nos narra la primera aparición de Jesucristo resucitado a sus Apóstoles y discípulos reunidos en Jerusalén (Jn. 6, 1-15). Anteriores a esta aparición, la Sagrada Escritura nos narra la de María Magdalena, nos menciona que el Señor se había aparecido también a San Pedro y, adicionalmente, nos cuenta la de dos discípulos suyos que iban desde Jerusalén hacia Emaús.

 

Las tres Lecturas de este domingo nos hablan de la Misericordia de Dios, al darnos el Señor su gran muestra de misericordia para con nosotros, cual es el perdón de las faltas que cometemos contra Él.

 

En esta primera aparición a los Apóstoles y discípulos reunidos en Jerusalén, que nos narra el Evangelio de hoy, vemos cómo Jesús les da todas las pruebas para que se convenzan que realmente ha resucitado. Les disipa todas las dudas que pueden tener y que de hecho tienen en sus corazones. Les demuestra que no es un fantasma, que realmente está allí vivo en medio de ellos. Como nos les bastaba ver las marcas de los clavos en sus manos y pies, les da una prueba adicional: les pide algo de comer, y come.

 

Luego les recuerda cómo Él les había anunciado todo lo que iba a suceder y estaba sucediendo ya, y cómo se estaban cumpliendo las Escrituras con su Muerte y Resurrección. Y ya al final les dice que ellos son testigos de todo lo sucedido y les habla de que “la necesidad de volverse a Dios para el perdón de los pecados debe predicarse a todas las naciones, comenzando por Jerusalén”.


                        



Y eso hacen los Apóstoles. En la Primera Lectura (Hech. 3, 13-19) tenemos un discurso de Pedro quien, aprovechando la aglomeración de gente que se formó enseguida de la sanación del tullido de nacimiento, hace un recuento de cómo sucedieron las cosas y cómo fue condenado Jesús injustamente: “Israelitas: ... Ustedes lo entregaron a Pilato, que ya había decidido ponerlo en libertad. Rechazaron al santo, al justo, y pidieron el indulto de un asesino; han dado muerte al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos.”

 

Sin embargo, a pesar de la falta tan grave, del “deicidio” que se había cometido, Pedro les habla de la misericordia de Dios en el perdón: “Ahora bien, hermanos, yo sé que ustedes han obrado por ignorancia, al igual que sus jefes ... Por lo tanto, arrepiéntanse y conviértanse para que se les perdonen sus pecados”.

 

En la Segunda Lectura (1 Jn. 2, 1-5) también San Juan nos habla del arrepentimiento y del perdón de los pecados. “Les escribo esto para que no pequen. Pero, si alguien peca, tenemos un intercesor ante el Padre, Jesucristo, el justo. Porque El se ofreció como víctima de expiación por nuestros pecados y no sólo por los nuestros, sino por los del mundo entero”.

 

Importante hacer notar cuál es la condición para recibir el perdón de los pecados. Esa condición, no se refiere a la gravedad de las faltas, por ejemplo. No se nos habla de que unas faltas se perdonan y otras no, como si algunas faltas fueran tan graves que no merecerían perdón. ¡Si se perdona hasta el “deicidio”! Se nos habla, más bien, de una sola condición: arrepentirse, volverse a Dios. Volverse a Dios implica, por supuesto, la Confesión Sacramental. Es lo único que nos exige el Señor.

 

Ahora bien, el estar arrepentidos tiene como consecuencia lógica el deseo de no volver a ofender a Dios, lo que llamamos “propósito de la enmienda”. Pero, sin embargo, si a pesar de nuestro deseo de no pecar más, volvemos a caer, el Señor siempre nos perdona: 70 veces 7 (que no significa el total de 490 veces) sino todas las veces que necesitemos ser perdonados.


                                          



¿Realmente tenemos conciencia de lo que significa esta disposición continua del Señor a perdonarnos? ¿Nos damos cuenta del gran privilegio que es el sabernos siempre perdonados por Él? ¿Medimos, de verdad, cuán grande es la Misericordia de Dios para con nosotros que le fallamos y le faltamos con tanta frecuencia?

 

El Evangelio de hoy nos menciona el regreso de los dos discípulos de Emaús a Jerusalén y encontrándose los Apóstoles y discípulos reunidos, Jesús se aparece de en ese momento.

 

Y, aunque no nos narra la aparición de Jesús Resucitado a estos dos discípulos camino a Emaús, repasemos cómo fue: Cristo se hizo pasar por un caminante más que iba por el mismo sitio y, caminando junto con ellos, “les explicó todos los pasajes de la Escritura que se referían a El”. Luego accedió a quedarse con ellos y “cuando estaba en la mesa, tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio”. Fue en ese momento cuando los discípulos de Emaús lo reconocieron ... pero Él desapareció.

 

Con motivo de este tiempo de Pascua, veamos cómo aplicamos este relato a la Santa Misa. Nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica (cf. #1346, 1347, 1373, 1374, 1375, 1376, 1377) que la Liturgia de la Eucaristía se desarrolla con una estructura que se ha conservado a través de los siglos y que comprende dos grandes momentos que forman una unidad básica. Estos momentos son:

 

La Liturgia de la Palabra, que comprende las lecturas, la homilía y la oración universal.

 

La Liturgia Eucarística, que comprende el Ofertorio, la Consagración y la Comunión.

                                     



Es importante recordar que la Liturgia de la Palabra y la Liturgia Eucarística constituyen “un solo acto de culto”, según nos lo dice el Concilio Vaticano II (SC 56). En efecto, la mesa preparada para nosotros en la Eucaristía es a la vez la de la Palabra de Dios y la del Cuerpo del Señor (cf. DV 21).

 

Es lo mismo que sucedió camino a Emaús: Jesús resucitado les explicaba las Escrituras a los dos discípulos, luego, sentándose a la mesa con ellos “tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio” (Lc. 24, 13-35).

 

Sin embargo, constituye un error el pensar o el pretender que la presencia de Jesús es igual durante la Liturgia de la Palabra que durante la Consagración y la Comunión.

 

Cristo está presente de múltiples maneras en su Iglesia: en su Palabra, en la oración de su Iglesia, “allí donde dos o tres estén reunidos en su nombre”, en los Sacramentos, en el Sacrificio de la Misa, etc. Pero, nos dice el Concilio Vaticano II (SC 7) y la enseñanza de la Iglesia a lo largo de los siglos que “sobre todo (está presente) bajo las especies eucarísticas”.

 

“El modo de presencia de Cristo bajo las especies eucarísticas es singular”. Este énfasis en la singularidad de la presencia viva de Cristo en el pan y el vino consagrados nos lo recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica, el cual es un compendio resumido de toda la enseñanza de la Iglesia a lo largo de los siglos.

 

Continúa el Catecismo:

 

- “En el Santísimo Sacramento de la Eucaristía están ‘contenidos verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero’”.

 

Aclara el Catecismo:

 



- “Esta presencia se denomina ‘real’, no a título exclusivo, como si las otras presencias no fuesen ‘reales’, sino por excelencia, porque es substancial , y por ella Cristo, Dios y hombre, se hace totalmente presente”. Mediante la conversión del pan y del vino en su Cuerpo y Sangre, Cristo se hace presente en este Sacramento.”

 

“Por la consagración del pan y del vino en la que se opera el cambio de toda la substancia del pan en la substancia del Cuerpo de Cristo nuestro Señor y de toda la sustancia del vino en la substancia de su Sangre, la Iglesia Católica ha llamado justa y apropiadamente este cambio transubstanciación”.

 

“La presencia eucarística de Cristo comienza en el momento de la consagración y dura todo el tiempo que subsistan las especies eucarísticas. Cristo está todo entero presente en cada una de las especies y todo entero en cada una de sus partes, de modo que la fracción del pan no divide a Cristo”.

 

 

 

 

 

 

 

Fuentes:

Sagradas Escrituras.

Evangeli.org

Homilias.org

sábado, 3 de mayo de 2014

“… se les abrieron los ojos y lo reconocieron.” (Evangelio dominical)



El evangelista San Lucas habla de dos discípulos de Emaús, comentarista solitario de los hechos acaecidos en Jerusalén. Pero cuántos discípulos de Emaús han existido a lo largo de la historia: los caminantes en soledad por las múltiples calzadas de la vida, los pensadores aislados que rumían ilusiones perdidas. Los pesimistas miopes ante los acontecimientos que configuran el misterio de la existencia. Los discípulos de Emaús, de quienes habla el evangelio de este tercer domingo de Pascua, están tristes porque creían muerto a Cristo; muchos cristianos de hoy están tristes a pesar de creerlo vivo y haber proclamado su resurrección en la Noche Santa.

Es un misterio que Dios camine al lado del hombre, sin darse a conocer de entrada. No deja de ser sorprendente que Cristo esté cerca de cada uno en el mismo momento en que se deplora su ausencia. Jesús va de camino con todos.


Lectura del santo evangelio según san Lucas 
(24,13-35):



Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
Él les dijo: «¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?»
Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó: «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?»
Él les preguntó: «¿Qué?»
Ellos le contestaron: «Lo de Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron.»
Entonces Jesús les dijo: «¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?» Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura.
Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le apremiaron, diciendo: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída.»
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció.
Ellos comentaron: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?»
Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.»
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra del Señor  



COMENTARIO


Hoy, Domingo 3 de Pascua, continúa la Liturgia en tono de júbilo, porque Cristo ha resucitado. El “Aleluya” sigue resonando como un grito de celebración victoriosa, pues Jesús ha vuelto de la muerte a la Vida, para comunicarnos esa Vida a nosotros.

Esta es la tónica de la Primera Lectura (Hch. 2, 14.22-23), tomada de los Hechos de los Apóstoles, la cual nos narra el discurso de Pedro el día de Pentecostés. Después de haber recibido el Espíritu Santo, San Pedro irrumpe en palabras que explicaban el triunfo de Jesús sobre la muerte, discurso que estaba lleno de alegría porque Cristo, el que había sido entregado a la muerte en la cruz, había resucitado.

El Salmo 15 es un Salmo del Rey David, que San Pedro recuerda en su discurso, el cual nos llena de esperanza en nuestra propia resurrección. Hemos cantado: “Se me alegra el corazón... porque Tú no me abandonarás a la muerte”. Y en él le hemos pedido al Señor que nos enseñe el camino de la vida, para poder ser saciados del gozo de su presencia en alegría perpetua junto a El.  Hemos repetido en el Salmo: “Enséñanos, Señor, el camino de la Vida”.


En la Segunda Lectura (1 Pe.1, 17-21),San Pedro nos habla también de camino, de “nuestro peregrinar por la tierra”,  pidiéndonos que vivamos en esta vida “siempre con temor filial”.Es decir, siempre con el respeto y el amor que debemos a Dios nuestro Padre, porque hemos sido rescatados, no pagando con algo efímero, como pueden ser el oro y la plata, sino que el precio de nuestro rescate ha sido ¡nada menos! que la vida de su Hijo, “la sangre preciosa de Cristo”.

En el Evangelio (Lc. 22, 13-35) vemos el famoso pasaje de un camino, el camino entre Jerusalén y un poblado situado a unos once kilómetros de distancia, llamado Emaús. Por ese camino iban dos discípulos de Jesús, que hacían este recorrido tres días después de los sucesos de la muerte del Señor, precisamente el día en que Cristo había resucitado. Y mientras iban caminando y comentando todo lo que acababa de suceder en Jerusalén, el mismo Jesús Resucitado se les apareció haciéndose pasar por un viajero más que iba caminando en la misma dirección.

Nos dice el Evangelio que los ojos de los discípulos estaban “velados” y no pudieron reconocer a Jesús.(Lc. 24, 13-35). Jesús se hace el desentendido, el que no sabía nada de lo sucedido, y ellos se impresionan: “¿Serás tú el único forastero que no sabe lo que ha sucedido estos días en Jerusalén?”.

Jesús sigue haciéndose el desentendido, con lo que logra que ellos expresen exactamente qué piensan de Jesús: “Nosotros esperábamos que él sería el libertador de Israel, y sin embargo, han pasado ya tres días desde que estas cosas sucedieron.”


Luego le contaron que algunas mujeres de su grupo los habían dejado “desconcertados”, pues habían ido esa madrugada al sepulcro y llegaron contando que no habían encontrado el cuerpo y que se les habían aparecido unos ángeles que les habían dicho que Jesús estaba vivo. Le refirieron que también los hombres, los Apóstoles, habían constatado lo del sepulcro vacío, pero añadían incrédulos que a Jesús no lo habían visto.

Varias cosas resaltan en esta primera parte del relato evangélico: ¿Por qué estaban “velados” los ojos de Cleofás y de su compañero?¿Por qué no pudieron reconocer a Jesús Resucitado cuando se les incorporó en el camino hacia Emaús? Más aún, ¿por qué estaban “desconcertados” ante la información dada por las mujeres que fueron al sepulcro?

Realmente se nota en ellos una gran falta de fe. Si Jesús había anunciado a sus discípulos, a sus seguidores que resucitaría al tercer día ¿cómo, entonces, no iban a creer el cuento de las mujeres, silo que ellas informaron fue justamente lo que El ya había anunciado? ¡Qué incredulidad ante el testimonio de los mismos Apóstoles quienes ratificaron lo del sepulcro vacío!


Fijémomos en el comentario completo: “Algunos de nuestro compañeros fueron al sepulcro y hallaron todo como habían dicho las mujeres, pero a El no lo vieron”.¡Qué falta de fe! Tenían que ver para creer.Y nuestra fe... ¿cómo es? ¿Necesita también de prueba... o podemos creer sin comprobaciones?

Pero no sólo había falta de fe en estos dos discípulos: había también apego a sus propios criterios. Fijémonos que ellos dicen haber esperado un Mesías diferente a lo que Jesús fue: ellos esperaban un Mesías que fuera “libertador de Israel”. ¿Y qué nos dice este comentario sobre el Mesías? Con esto nos muestran que no aceptaban del todo lo que Jesús había hecho o lo que había dejado de hacer, sino que más bien tenían su propia idea de cómo debían ser las cosas, de cómo debía actuar el Mesías.

Con razón el Señor los reprende duramente: Qué insensatos son ustedes y qué duros de corazón para creer todo lo anunciado por los profetas! ¿No tendría también que reprendernos el Señor así? ¿No podría el Señor tacharnos de “insensatos”, pues también tenemos nuestros propios criterios e ideas, por cierto no muy ajustados a los criterios e ideas de Dios? ¿No podría el Señor tacharnos de “duros de corazón” también, pues somos duros para creer?

Luego de esta fuerte corrección, comienza Jesús a explicarles todos los pasajes de la Escritura que se referían a El.

Y, al sentirse ellos emocionados con estas explicaciones, le piden a Jesús que no siga de camino.“Quédate con nosotros”, le dicen.


Jesús accede y al estar dentro sentado a la mesa, nos dice el Evangelio que “tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se los dio”.Fue en ese momento cuando “se les abrieron los ojos y lo reconocieron”.  Al escuchar lo que Jesús les iba diciendo, su corazón se emocionaba e iban entendiendo lo que les explicaba...Y al recibir a Cristo en la Eucaristía, pudieron reconocerlo y pudieron creer que realmente había resucitado.

¿Qué otra enseñanza podemos sacar del camino a Emaús?


Nosotros debemos escuchar a Jesús. Debemos buscarlo primeramente en su Palabra contenida en la Biblia y en las lecturas de cada domingo. Debemos estar en sintonía con El, para reconocerlo cuando se nos acerque en nuestro camino. Para estar en sintonía con el Señor, debemos buscarlo sobre todo en la oración, pero -además- recibirlo con frecuencia en la Sagrada Eucaristía.

En la Palabra de Dios, en la oración y en la Eucaristía tenemos las gracias necesarias para poder creer sin ver, para desprendernos de nuestros propios criterios y de nuestra propia manera de ver las cosas.

Así podremos creer sin ver. Así podremos desprendernos de nuestros propios criterios y de nuestra propia manera de ver las cosas. Así podremos reconocer al Señor cuando nos enseña su Verdad y cuando nos muestra sus criterios. Así podremos aprovechar la gracia de su presencia en nosotros y en medio de nosotros. Así tiene sentido pedirle: “Quédate con nosotros”.



Sin la Palabra de Dios, la oración y la Eucaristía, Jesús podrá pasar delante de nosotros y no lo reconoceremos ni aprovecharemos su presencia. Sería una lástima.

En esto consiste nuestro camino a Emaús. En esto consiste ese “camino de la Vida”, que hemos pedido al Señor en el Salmo.










Fuentes:
Sagradas Escrituras
Homilias.org
Ángel Corbalán


sábado, 7 de mayo de 2011

"Jesús, camina junto a nosotros" (Evangelio dominical)


El relato de los discípulos de Emaús nos describe la experiencia vivida por dos seguidores de Jesús mientras caminan desde Jerusalén hacia la pequeña aldea de Emaús, a ocho kilómetros de distancia de la capital. El narrador lo hace con tal maestría que nos ayuda a reavivar también hoy nuestra fe en Cristo resucitado.

Dos discípulos de Jesús se alejan de Jerusalén abandonando el grupo de seguidores que se ha ido formando en torno a él. Muerto Jesús, el grupo se va deshaciendo. Sin él, no tiene sentido seguir reunidos. El sueño se ha desvanecido. Al morir Jesús, muere también la esperanza que había despertado en sus corazones. ¿No está sucediendo algo de esto en nuestras comunidades? ¿No estamos dejando morir la fe en Jesús?

Sin embargo, estos discípulos siguen hablando de Jesús. No lo pueden olvidar. Comentan lo sucedido. Tratan de buscarle algún sentido a lo que han vivido junto a él. «Mientras conversan, Jesús se acerca y se pone a caminar con ellos». Es el primer gesto del Resucitado. Los discípulos no son capaces de reconocerlo, pero Jesús ya está presente caminando junto a ellos, ¿No camina hoy Jesús veladamente junto a tantos creyentes que abandonan la Iglesia pero lo siguen recordando?

La intención del narrador es clara: Jesús se acerca cuando los discípulos lo recuerdan y hablan de él. Se hace presente allí donde se comenta su evangelio, donde hay interés por su mensaje, donde se conversa sobre su estilo de vida y su proyecto. ¿No está Jesús tan ausente entre nosotros porque hablamos poco de él?

Jesús está interesado en conversar con ellos: «¿Qué conversación es ésa que traéis mientras vais de camino?» No se impone revelándoles su identidad. Les pide que sigan contando su experiencia. Conversando con él, irán descubriendo su ceguera. Se les abrirán los ojos cuando, guiados por su palabra, hagan un recorrido interior. Es así. Si en la Iglesia hablamos más de Jesús y conversamos más con él, nuestra fe revivirá.

Los discípulos le hablan de sus expectativas y decepciones; Jesús les ayuda a ahondar en la identidad del Mesías crucificado. El corazón de los discípulos comienza a arder; sienten necesidad de que aquel "desconocido" se quede con ellos. Al celebrar la cena eucarística, se les abren los ojos y lo reconocen: ¡Jesús está con ellos!

Los cristianos hemos de recordar más a Jesús: citar sus palabras, comentar su estilo de vida, ahondar en su proyecto. Hemos de abrir más los ojos de nuestra fe y descubrirlo lleno de vida en nuestras eucaristías. Nadie ha de estar más presente. Jesús camina junto a nosotros.



Se puso a caminar con ellos




1.- Caminar con Jesús

Cuánta belleza, qué fuerza narrativa derrama el evangelista Lucas en esta escena. Camino de Emaús, distante ocho kilómetros de Jerusalén. Dos discípulos huyen de los suyos de siempre. Si se ha muerto el Maestro a quien seguían, ¿qué pintan sus discípulos? Si esperaban un caudillo victorioso, un libertador del pueblo, ¿qué se puede esperar ahora cuando todo ha acabado en una sepultura?

Y, mientras lo dan todo por perdido, alguien camina a su lado. A su voz, hecha de tristeza y derrotismo, se une la voz amiga, no reconocida, que levanta los ánimos; les dice una palabra al corazón, y entra el sol en el corazón de aquellos fugitivos. Es un hermoso camino de ida y vuelta; es un envidiable camino espiritual. Un camino que va de la noche oscura a la luz cegadora de Dios. Qué bien nos conducen los símbolos de esta historia: el camino, la hospitalidad -quédate con nosotros- partir el pan, el abrirse los ojos.

De entrada, nos acordamos de tantos hombres y mujeres de hoy que, acaso, dejaron la Iglesia pero la siguen recordando, hablan de Jesús; quién sabe si, al fondo, una nostalgia anida en su corazón.

2.- Palabra

Nos recreamos en los tres tiempos del camino.

Comienzan dos discípulos huidizos. Van desconsolados, tristes. Sólo la desilusión y el pesimismo les acompañan. Han perdido su fe en Jesús. Lo han matado, cuando lo esperaban como el futuro liberador de su pueblo. Junto a este fracaso, una vana ilusión: sí, unas mujeres dicen que ha resucitado, pero a él no le han visto. “Nosotros creíamos, pero…”, repiten aplanados.

Y Jesús entra en su vida, se pone a caminar junto a ellos. Se hace un forastero encontradizo, nada de deslumbrarles para ganárselos. Comienza preguntándoles y se va introduciendo amistosamente en su vida. Sólo así les explica las Escrituras, el sentido del aparente fracaso, el porqué de su dolor y muerte. Al fin, se deja invitar para sentarse con ellos a la mesa. ¿Cómo no gustar estos verbos que decimos cada día: tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio?

Y el final fue feliz, como siempre que nos dejamos tocar por Jesús. Se les abrieron los ojos a los discípulos, comenzó a arderles el corazón, se levantan de la mesa, vuelven a su comunidad y comunican el gozo: “Era verdad, ha resucitado el Señor, lo hemos conocido al partir el pan”.

3.- Vida

Hombres y mujeres, con los que caminamos cada día, van envueltos en dudas, en fracasos, en depresiones. Unos se fueron de la casa de la Iglesia donde, un día, fueron felices. Otros marchan apenados porque aquellas cosas en las que habían creído sinceramente no han llegado a su fin. Cuántos repiten “nosotros creíamos”… que la venida de la democracia, que la renovación del Concilio, que los bellos documentos, que los nuevos medios, que tantos movimientos luchando por un mundo más justo… que tantas cosas iban a alumbrar una humanidad más en sintonía con el querer de Dios y una Iglesia más “llena de juventud y de limpia hermosura” (Prefacio de la Inmaculada), pero ¡qué lejos está todavía la meta!

Sólo colmará nuestro afán el encuentro con Jesús en el camino. No es hora de quedarnos en los “peros” sino de dejarnos acompañar por Jesús. Y, con él, leer y meditar más su Palabra, abrir nuestro corazón para que pueda arder al sentir su amor, sentarse a la mesa y comerlo, hecho pan y vino. Hay que sentir deseos de invitar y acoger a Jesús: “Quédate con nosotros”. Y, desde Jesús, sabremos que la vida es siempre encuentro con los demás.

Hay muchos que, tal vez, perdieron la fe pero no perdieron el amor. A ellos comunicamos lo que hemos vivido con Jesús. Nos hacemos encontradizos, acompañamos, hablamos, nos sentamos con ellos. La actitud humilde del forastero, la sencillez del que sabe escuchar y preguntar, la conversación amistosa como Jesús caminante, son lo mejor para el anuncio. Al contrario: con tonos de superioridad moral, con aire de salvadores, con dedos inquisidores, nunca podremos declarar nuestra fe: “Es verdad, el Señor ha resucitado”.

La Eucaristía es el momento de sentarnos a la mesa con Jesús.



Lectura del santo evangelio según san Lucas (24,13-35):


Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
Él les dijo: «¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?»
Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó: «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?»
Él les preguntó: «¿Qué?»
Ellos le contestaron: «Lo de Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron.»
Entonces Jesús les dijo: «¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?» Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura.
Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le apremiaron, diciendo: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída.»
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció.
Ellos comentaron: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?»
Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.»
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra del Señor



COMENTARIO.


Celebramos el tercer domingo de Pascua. En este tiempo celebramos la resurrección de Jesús; de esta verdad se hacen eco las tres lecturas que nos propone la liturgia:


En la primera lectura vemos como Pedro predicaba con valentía el núcleo del mensaje cristiano: Jesús, acreditado ante vosotros con los milagros que hizo, a quien vosotros matasteis en la cruz, Dios lo ha resucitado.


En la segunda lectura se dice: "Por Cristo vosotros creéis en Dios, que lo resucitó y le dio la gloria".


En el Evangelio, Lucas nos propone uno de los relatos de las apariciones de Jesús resucitado más conseguidos y más bellos. Nos invita este relato evangélico a descubrir a Jesús en la Escritura, en la Eucaristía y en la Comunidad.



El día primero de la semana. Se sitúa la escena en el domingo, igual que en el resto de los relatos de las apariciones de Jesús resucitado. El tiempo, desde que Cristo resucitó, se eterniza, es lugar de encuentro con Dios.

Dos discípulos van de vuelta hacia Emaús, comentando lo sucedido. Estos discípulos representan a todos los desesperanzados de la humanidad, a todos los angustiados, a todos los que marchan por la vida sin sentido, a todos los que están "de vuelta" de las cosas. Después de haberse jugado todo por Jesús, después de haber puesto en él todas las ilusiones, ahora Jesús ha muerto en la cruz y todos los que le seguían se han dispersado. Ellos vuelven a su aldea, a continuar con su vida, pero vuelven marcados por la derrota, la frustración.

Jesús se hace compañero de camino, pero ellos estaban incapacitados para verlo. ¡Cuántas veces Jesús nos ha acompañado en nuestra vida y sólo con el tiempo hemos logrado entrever que en aquella circunstancia él estuvo con nosotros! Cuando uno está sumergido en la desesperanza se queda incapacitado para ver otros caminos, para aceptar otras presencias. Jesús les dice: "¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?".



¿Eres tú el único que no te has enterado?, ¿De qué? - pregunta Jesús -. Lo de Jesús el Nazareno, profeta poderoso en obras y palabras; cómo nuestros jefes lo entregaron y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Las esperanzas que tenían en Jesús eran unas esperanzas políticas, de independizarse del pueblo romano. No habían llegado a descubrir al verdadero Mesías en Jesús y aún así le seguían. Continúan diciendo: es cierto que algunas mujeres han ido al sepulcro de mañana y nos han sobresaltado diciendo que un ángel les ha dicho que estaba vivo. Los apóstoles han ido al sepulcro, pero a él no le han visto.

Entonces Jesús se pone a explicarles las Escrituras y cómo el Mesías tenía que padecer para entrar en la gloria. Tan necios y torpes sois para comprender la Escritura, ¿por qué os alarmáis ante la muerte de Jesús? ¿No sabíais que tenía que padecer?. ¿Acaso no sabemos nosotros que Jesús tenía que morir antes de resucitar?. Claro que sabemos que la cruz es el camino de la luz, que la pasión lleva a la resurrección; pero cuando tenemos que pasar por la cruz, en cualquiera de sus manifestaciones, se nos olvida lo que sabíamos y la cruz nos derrota y nos rompe.


Cuando llegaron a la aldea, él hizo ademán de irse y le pidieron ¡Quédate con nosotros, porque el día va de caída!. Habían intuido algo al explicarles las Escrituras, habían sentido como algo en su interior resurgía de las cenizas de la derrota. ¡Quédate, Señor! ¡Quédate con nosotros! Sin ti estamos desorientados, perdidos...

Y entonces, lo reconocieron al partir el pan, y él desapareció. Y comentaban ¿no ardía nuestro corazón cuando nos explicaba las escrituras?. Era como si Jesús hubiese celebrado con ellos la Eucaristía: les explicó las escrituras y les partió el pan, pronunciando la bendición.

Lo que hacen los discípulos ahora es desandar el camino de la derrota y de la desesperanza; se vuelven a Jerusalén, con la comunidad que habían abandonado, para contarles cómo habían reconocido al Señor al partirles el pan. Allí encontraron a los Once, reunidos con los demás discípulos. Es en la comunidad donde podemos encontrar al Señor.

Como decía al principio, este relato es una invitación a descubrir al Señor en la Comunidad, en las Escrituras y en la Eucaristía.

En la Comunidad, que es donde vuelven los discípulos. Como dijo una vez Jesús "donde estén dos o tres, reunidos en mi nombre, allí estoy yo".

En las Escrituras, que es la Palabra de Dios, donde podemos encontrar lo que Dios ha dicho y ha hecho.

Y en la Eucaristía, que es donde le reconocieron al partir el pan. Es donde Cristo se ha quedado realmente presente.


Que sepamos descubrir al Señor y nos encontremos con él.
















Fuentes:
Iluminación Divina
Conrado Bueno, cmf
José A. Pagola.
Pedro Crespo Arias
Ángel Corbalán