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jueves, 18 de abril de 2019

JUEVES SANTO… “En la noche en que iban a entregarlo”






El Jueves  Santo se celebra:

La Última Cena.
El Lavatorio de los pies,
La institución de la Eucaristía y del Sacerdocio
La oración de Jesús en el Huerto de Getsemaní


La liturgia del Jueves Santo es una invitación a profundizar concretamente en el misterio de la Pasión de Cristo, ya que quien desee seguirle tiene que sentarse a su mesa y, con máximo recogimiento, ser espectador de todo lo que aconteció 'en la noche en que iban a entregarlo'. Y por otro lado, el mismo Señor Jesús nos da un testimonio idóneo de la vocación al servicio del mundo y de la Iglesia que tenemos todos los fieles cuando decide lavarle los pies a sus discípulos.

En este sentido, el Evangelio de San Juan presenta a Jesús 'sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía' pero que, ante cada hombre, siente tal amor que, igual que hizo con sus discípulos, se arrodilla y le lava los pies, como gesto inquietante de una acogida incansable.



San Pablo completa el retablo recordando a todas las comunidades cristianas lo que él mismo recibió: que aquella memorable noche la entrega de Cristo llegó a hacerse sacramento permanente en un pan y en un vino que convierten en alimento su Cuerpo y Sangre para todos los que quieran recordarle y esperar su venida al final de los tiempos, quedando instituida la Eucaristía.

La Santa Misa es entonces la celebración de la Cena del Señor en la cuál Jesús, un día como hoy, la víspera de su pasión, "mientras cenaba con sus discípulos tomó pan..." (Mt 28, 26).

Él quiso que, como en su última Cena, sus discípulos nos reuniéramos y nos acordáramos de Él bendiciendo el pan y el vino: "Hagan esto en memoria mía" (Lc 22,19).

Antes de ser entregado, Cristo se entrega como alimento. Sin embargo, en esa Cena, el Señor Jesús celebra su muerte: lo que hizo, lo hizo como anuncio profético y ofrecimiento anticipado y real de su muerte antes de su Pasión. Por eso "cuando comemos de ese pan y bebemos de esa copa, proclamamos la muerte del Señor hasta que vuelva" (1 Cor 11, 26).




De aquí que podamos decir que la Eucaristía es memorial no tanto de la Última Cena, sino de la Muerte de Cristo que es Señor, y "Señor de la Muerte", es decir, el Resucitado cuyo regreso esperamos según lo prometió Él mismo en su despedida: "un poco y ya no me veréis y otro poco y me volveréis a ver" (Jn 16,16).

Como dice el prefacio de este día: "Cristo verdadero y único sacerdote, se ofreció como víctima de salvación y nos mandó perpetuar esta ofrenda en conmemoración suya". Pero esta Eucaristía debe celebrarse con características propias: como Misa "en la Cena del Señor".

En esta Misa, de manera distinta a todas las demás Eucaristías, no celebramos "directamente" ni la muerte ni la Resurrección de Cristo. No nos adelantamos al Viernes Santo ni a la Noche de Pascua.

Hoy celebramos la alegría de saber que esa muerte del Señor, que no terminó en el fracaso sino en el éxito, tuvo un por qué y para qué: fue una "entrega", un "darse", fue "por algo" o, mejor dicho, "por alguien" y nada menos que por "nosotros y por nuestra salvación" (Credo). "Nadie me quita la vida, había dicho Jesús, sino que Yo la entrego libremente. Yo tengo poder para entregarla." (Jn 10,16), y hoy nos dice que fue para "remisión de los pecados" (Mt 26,28).

Por eso esta Eucaristía debe celebrarse lo más solemnemente posible, pero, en los cantos, en el mensaje, en los signos, no debe ser ni tan festiva ni tan jubilosamente explosiva como la Noche de Pascua, noche en que celebramos el desenlace glorioso de esta entrega, sin el cual hubiera sido inútil; hubiera sido la entrega de uno más que muere por los pobres y no los libera. Pero tampoco esta Misa está llena de la solemne y contrita tristeza del Viernes Santo, porque lo que nos interesa "subrayar"; en este momento, es que "el Padre nos entregó a su Hijo para que tengamos vida eterna" (Jn 3, 16) y que el Hijo se entregó voluntariamente a nosotros independientemente de que se haya tenido que ser o no, muriendo en una cruz ignominiosa.

Hoy hay alegría y la Iglesia rompe la austeridad cuaresmal cantando el "gloria": es la alegría del que se sabe amado por Dios, pero al mismo tiempo es sobria y dolorida, porque conocemos el precio que le costamos a Cristo.

Podríamos decir que la alegría es por nosotros y el dolor por Él. Sin embargo predomina el gozo porque en el amor nunca podemos hablar estrictamente de tristeza, porque el que da y se da con amor y por amor lo hace con alegría y para dar alegría.




Podemos decir que hoy celebramos con la liturgia (1a Lectura). La Pascua, pero la de la Noche del Éxodo (Ex 12) y no la de la llegada a la Tierra Prometida (Jos. 5, 10-ss).

Hoy inicia la fiesta de la "crisis pascual", es decir de la lucha entre la muerte y la vida, ya que la vida nunca fue absorbida por la muerte pero si combatida por ella. La noche del Sábado de Gloria es el canto a la victoria pero teñida de sangre y hoy es el himno a la lucha pero de quien lleva la victoria porque su arma es el amor.


miércoles, 31 de marzo de 2010

JUEVES SANTO "DÍA DEL AMOR FRATERNO"

"Fecha en la que se conmemora la Última Cena de Jesús con sus discípulos. En ella, Cristo instituyó el sacramento de la Eucaristía, donde Él se hace presente a través de la conversión del pan y del vino en su Cuerpo y su Sangre, y el sacramento del Orden Sacerdotal "

Este día por la mañana en todas las catedrales, los obispos que son, como dice el Concilio, "los principales administradores de los misterios de Dios, que regulan, promueven y custodian toda la vida litúrgica de la Iglesia que les ha sido confiada", celebran una misa muy solemne con todos los sacerdotes ("el presbiterio" de sus diócesis) y en ella los sacerdotes con un solo corazón y una sola alma renuevan sus promesas y su obediencia al Obispo.
En ella, además, se consagran los óleos, es decir, los aceites que se emplean en diversos sacramentos: el bautismo, la confirmación, la ordenación sacerdotal y la unción de los enfermos.

La consagración de los óleos se celebra precisamente este día para indicar que todos los sacramentos nos relacionan con el Misterio Pascual de Jesús y que todos los sacramentos tienen su culmen y su Centro en la Eucaristía.

Son muchos los gestos que se evocan en el Jueves Santo. Uno de ellos es el signo de humildad y sencillez que realizó Jesús al lavarle los pies a todos sus discípulos, diciéndoles que ellos se los deben lavar unos a otros, "en verdad les digo que el siervo no es más que su señor, ni el enviado más que quien lo envió" (San Juan 13, 16), y el sacerdote en la liturgia lava los pies a doce feligreses.

Luego de celebrar la Eucaristía se expone el Santísimo (Ostia Consagrada) y se realizan vigilias de oración en signo de la oración de Jesús en el Monte de los Olivos, la noche antes de ser entregado a los sacerdotes.

La Biblia cuenta que terminada la cena de Pascua, el Mesías y sus apóstoles se dirigieron al Monte de los Olivos a orar. Él se distanció un poco, rezaba y sudaba cada vez más fuerte, comenzó a sentirse angustiado porque sabía lo que venía, y un ángel del cielo lo reconfortó.

Cuando fue a buscar a sus amigos se dio cuenta de que estos se habían quedado dormidos, Él les dijo, "ha llegado la hora en que el Hijo de Dios debe ser entregado. Levántense, ya se acerca el que me va entregar".



CARTA PASTORAL DE NUESTRO OBISPO.


“Quien ama a su hermano permanece en la luz”

Mis queridos diocesanos:

1. Amor fraterno.
El día de Jueves Santo es una de las fechas más señaladas en el calendario
cristiano. En este año sacerdotal hay que recordar que su contenido religioso, que es de
una riqueza y hondura extraordinaria, exige reflexión no solo a los sacerdotes, como
confidentes del Cenáculo, sino también al pueblo cristiano, al cual nosotros debemos
transmitir el mensaje de esta Jornada Santa, cifrada principalmente en el amor fraterno.

2. Vida cristiana y amor fraterno
El “mandamiento del amor” está inseparablemente unido a la obediencia al
mandato del Señor: “Haced esto en conmemoración mía”. No se puede separar la
celebración de la Eucaristía y la reconciliación de la justicia, el amor fraterno y el
servicio.
Jesucristo ha hecho de la caridad fraterna un mandamiento nuevo. Hay que amar al
prójimo como a uno mismo. Es más: Hay que amar al otro, como amamos a Jesús: porque
Lo que hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños a mi me lo hacéis” (Mt 25,45). Y lo que jamás se había oído, ni lo hubiéramos sospechado; hay que amar al
prójimo como le ama Él. “Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros.
Como yo os he amado”
(Jn 13,34). En esto, precisamente, conocerán que sois mis
discípulos: en que os amáis unos a otros “
(Jn 13,35).

La señal, pues, de autenticidad cristiana será el amor mutuo: el distintivo de los
cristianos es la caridad fraterna. Esta será, por otra parte, la regla y la medida para
tratarnos el Señor a nosotros: “Con la medida que midiéreis, se os medirá a vosotros”
(Mt 7,2) Y este será al final, un examen de amor: “Al atardecer de la vida seremos
examinados del amor”.


3. Situación actual
El día de Jueves Santo nos invita a pensar sobre nosotros mismos y sobre nuestro entorno social. Entre las “oscuras sombras” que se ciernen hoy sobre el destino de la humanidad
destacaríamos entre otros: el muro, cada día más alto, del paro y la grave situación
económica que ha abocado a la pobreza a muchas familias, la exclusión social de muchas
personas y colectivos, la violencia personal y social, la amenaza permanente de la vida
humana, ya en el seno materno, ya en el terrorismo, ideología de odio, amenazando en
secar los corazones para el verdadero amor.
En esta situación, la ley del egoísmo que todos llevamos dentro más o menos,
hacen poco menos que imposible, que nuestro mundo se pueda construir en la verdad, en
el respeto, en la justicia, en el amor y la fraternidad.

4. “Quien ama a su hermano permanece en la luz”
El gesto del Señor de lavar los pies a sus discípulos llenó el Cenáculo de una luz
hermosa: el amor y el servicio. Al día siguiente, la pasión y muerte, lo envolverán todo en
tinieblas y oscuridad. Sin embargo, la Luz prevalecerá cuando Dios arranque a su Hijo
amado del abismo de la muerte.
El apóstol San Juan, nos dejó escrito “quien ama a su hermano permanece en la
luz”
(I Jn, 2, 10), y Jesús nos amó hasta el extremo, por eso Él vive en la Luz, Él es la
Luz. Así, cuando nosotros actualizamos dicho gesto, sirviendo a los hermanos más pobres
y compartiendo nuestros bienes con ellos, compartimos la misma Luz de Jesús y somos
signos y testimonio de amor en el mundo.

5. Llamados a derribar muros
El Jueves Santo, día del amor fraterno, Cristo, “nuestra Luz” nos llama a derribar,
unidos con Él, muros. Él se entregó a la muerte para derribar “la barrera del odio” que
separaba a las gentes (cf. Ef 2,14) y hacer de todos ellos una única familia bajo un mismo
y único Padre.
En aquel primer Jueves Santo el Señor nos mandó amar como Él amó y nos da su
propio corazón en la Eucaristía para amar con Él: “Nuestro Salvador en la última cena, la
noche que le traicionaban, instituyó el sacrificio eucarístico de su cuerpo y de su sangre, con el cual iba a perpetuar por los siglos, hasta su vuelta el sacrificio de la Cruz, y a confiar así a su Esposa, la Iglesia,el memorial de su muerte y resurrección: Sacramento de piedad, signo de unidad y vínculo de caridad, banquete pascual en el cual se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria venidera
” (SC nº 47).
Con este inefable Don, el Señor nos entrega, junto con el mandato del amor, la
fuerza divina para poderla cumplir en todo tiempo y circunstancia por difícil que sea.

6. Colecta para el Fondo Diocesano de Solidaridad.


El Fondo Diocesano de Solidaridad es, en nuestra Iglesia Diocesana, el lugar de encuentro para compartir los bienes con nuestros hermanos más desfavorecidos.

Cáritas Diocesana trabaja para que, el compartir de la comunidad diocesana a través de la colecta de los oficios de la Cena del Señor, posibilite a las personas que viven en la pobreza y la exclusión una oportunidad para alcanzar su promoción e inserción social.

Jesús nos invita a amarnos sin límites, a entregar lo que somos y tenemos para que las tinieblas de la pobreza y la exclusión sean disipadas por la luz del amor y el compartir.
Por eso, es cada vez más necesario, que descubramos la generosidad y nos aventuremos, sin miedo, a compartir nuestros bienes con los más pobres.

7. Compromisos.
El amor fraterno solo es posible si nuestro corazón de piedra se ablanda para abrirse al otro, y sólo será evangelizador si se concreta en acciones de amor visibles para el mundo.

Por ello, hagamos un compromiso serio y exigente con aquellos que nos rodean, especialmente los más pobres, compartamos lo que uno es, lo que uno tiene, lo que uno sabe, cooperemos en todas las causas justas y en todas las iniciativas de amor al prójimo, como la ha pedido el Papa Benedicto XVI al comienzo de la Cuaresma: “desde la limosna y el servicio individual hasta la cooperación colectiva a la promoción de los pueblos materialmente menos favorecidos, y la situación actual económica y del paro”, y contribuyamos con nuestro ejemplo personal al advenimiento a nuestra sociedad de ese reino de Cristo que es Vida, Amor y Paz, un orden nuevo y la civilización del amor.
Con estos compromisos podríamos iniciar el cambio en nuestras formas de vida
para adecuarlas más al Evangelio, siendo así un buen punto al final de este año sacerdotal.

Reza por vosotros os quiere y bendice .


+Antonio Ceballos Atienza
Obispo de Cádiz y Ceuta


CELEBRACION EN NUESTRA PARROQUIA.

18:00 “Cena del Señor”
Tras la Eucaristía, Turnos de Vela.
22:00 Hora Santa
00:30 Se cerrará la Parroquia

FUENTES:

Obispado de Cádiz y Ceuta.

Semanasanta.com

Ángel C.

Redacción Blog.