Mostrando entradas con la etiqueta Luis Eduardo Molina Valverde. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Luis Eduardo Molina Valverde. Mostrar todas las entradas

sábado, 29 de octubre de 2011

"...y el que se humilla será enaltecido.". (Evangelio dominical)


Las Lecturas de hoy domingo XXI del tiempo ordinario,se refieren muy especialmente a aquéllos que tienen responsabilidad dentro de la Iglesia, quienes con su ejemplo y su predicación deben guiar al pueblo de Dios.

La Primera Lectura del Profeta Malaquías (Ml. 1, 14; 2, 2,8-10) es una dura advertencia a los Sacerdotes de esa época por su mal comportamiento y por la predicación de falsas doctrinas: “Ustedes se han apartado del camino, han hecho tropezar a muchos en la ley; han anulado la alianza que hice con la tribu sacerdotal de Leví ... no han seguido mi camino y han aplicado la ley con parcialidad”.

Luego en el Evangelio (Mt. 23, 1-12), Jesús hace algo parecido, criticando a un grupo religioso de su época, el de los Fariseos, cuyo objetivo era la práctica de la ley de Moisés en la forma más estricta y detallada.

La crítica del Señor se basaba sobre todo en que ellos mismos no cumplían lo que exigían cumplir a otros, por lo que el Señor los llamó “hipócritas”. Es por ello que hoy día en el lenguaje coloquial religioso el término “fariseo” ha venido a ser considerado sinónimo de “hipócrita”.

Este domingo, como en los anteriores y a fín de enriquecer las explicaciones de La palabra de Dios, traemos las reflexiones de otros tres religiosos. Feliz domingo.


"Uno solo es vuestro Padre "

Los árboles viven de pie, erguidos hacia el cielo. Tienen serias dificultades para moverse, a no ser que camine hacia lo alto, que exige también engordar para tener solidez en su base, o camine, inversamente, hacia lo hondo, con trabajo de sus raíces. En un sentido o en otro su movimiento se reduce prácticamente a estirarse o bien hacia arriba o bien hacia abajo. El único momento en el que los podemos ver tumbados o desplazados de su sitio es en su muerte. Pero, hasta muertos, algunos perseveran de pie por muchos años. .

El árbol sólo puede vivir si se mantiene en su sitio y de pie. Básicamente podemos decir que sobrevive si no se mueve. En nuestro caso, nuestra supervivencia se encuentra en la capacidad de movimiento que tenemos (para ir, venir, coger, llevar, buscar...). Es más, nuestra postura corporal: estamos de pie, nos sentamos, nos tumbamos, nos ponemos en cuclillas, a la pata coja a veces... también es un lenguaje que indica cosas diferentes: atención, indiferencia, sumisión, reposo, indignación...

La celebración cristiana recoge también ese lenguaje del cuerpo para expresar nuestra actitud ante Dios. Lo hacemos especialmente a través de tres posturas. 1. De pie: es la posición por excelencia del resucitado (cf. Gál 5,1; Ef 6,14; Ap 5,6; 7,9; 15,2), y es también la posición del que ora a Dios, que indica escucha a y respeto a la Palabra. 2. De rodillas: significa oración intensa, humildad y penitencia (Mc 14,35; Mt 36,29; Lc 6,12; 22,41; Mc 1,40; 5,22; 7,25; 10,19). 3. Sentado: es la posición de quien enseña con autoridad (como aparece Jesús en Mt 5,1;Lc 4,20; Jn 4,6; 8,2.7); pero es también la postura de quien escucha atentamente al que enseña (como en Mc 3,31-35; Lc 10,39; 1 Cor 14,30; Hch 20,9).

Es muy importante conocer la posición que debemos ocupar en cada momento de la vida en la relación con Dios y con el resto de personas. Al árbol le brota de dentro lo que tiene que hacer, estaba escrito en su semilla; a nosotros, nos vienen otros impulsos que pueden modificar nuestros movimientos. .

“Los letrados y fariseos se han sentado en la cátedra de Moisés”, denunciaba Jesús al comienzo de este evangelio. Maestro y alumno se sientan, pero en distinto asiento y con distinta disposición: el maestro para enseñar y el discípulo para aprender. Moisés tuvo que pasar mucho tiempo a los pies de Dios para escucharlo y conocerlo y aprender de Él. Sólo cuando la Palabra que escuchaba prendió en su corazón, quedaba acreditado por Dios para ser quien enseñase la Palabra de Dios a otros. No enseñaba lo suyo, sino lo de Dios que Moisés había hecho propio. Más que maestro, era aprendiz del único Maestro y nunca dejó de ser consciente de ese aprendizaje de la misericordia y verdad de Dios. La Palabra que cuaja dentro hace mover con un movimiento diferente (lo veíamos el domingo pasado), en el amor a Dios y al prójimo, rompiendo la tendencia a sentarse y replegarse uno hacia sí mismo por influjo del pecado. .

La Palabra prendió en el profeta Malaquías y lo movió a exigir a los sacerdotes, que no se habían dejado seducir por la maestría de Dios, a que abandonasen sus malas prácticas y buscasen la justicia, atendiendo al prójimo, hijos del mismo Padre Dios. Su posición de autoridad les hace especialmente responsables de la situación del pueblo. En cambio, sí que esa misma Palabra, pero ya Palabra encarnada en Cristo (en una Buena Noticia que no conoció Malaquías), movió en Pablo entrañas maternales para dedicarse a mostrar el Evangelio con la delicadeza del trato de la madre hacia sus hijos. Y se alegra porque esa misma Palabra anunciada movió los corazones de la comunidad de Tesalónica.



Los letrados y fariseos a los que se refiere Jesús siguen la estela de los sacerdotes de Malaquías. Especialistas en la Palabra, no la escuchan, y se sientan en la “cátedra de Moisés”, en el lugar del maestro, sin haber aprendido antes. Podrán decir con palabras de Dios, pero con poco crédito si antes no las tuvieron consigo como propias. Y, como no les mueve la Palabra, les mueven otras cosas, como las apariencias: alagar la filacterias, buscar los primeros puestos y las reverencias... Por eso autoproclaman maestro o padre o jefe, sin mirar hacia Dios, lo cual es un despropósito y muy peligroso, porque enseñarán mal haciendo sufrir, y, peor aún, podrán crear escuela. Querer enseñar sensatamente exige ponerse a los pies del Maestro y escuchar mucho tiempo, pacientemente. Uno no deja nunca de ser discípulo, si enseña es porque el Maestro Dios le dice: “ahora tú”; lo cual significa entender la enseñanza no como poder, sino como servicio para los otros. Pero esto requiere humildad y no creerse más sabio que el Maestro ni menos discípulos que los demás.


"En Actitud de conversión.".

Jesús habla con indignación profética. Su discurso dirigido a la gente y a sus discípulos es una dura crítica a los dirigentes religiosos de Israel. Mateo lo recoge hacia los años ochenta para que los dirigentes de la Iglesia cristiana no caigan en conductas parecidas.
¿Podremos recordar hoy las recriminaciones de Jesús con paz, en actitud de conversión, sin ánimo alguno de polémicas estériles? Sus palabras son una invitación para que obispos, presbíteros y cuantos tenemos alguna responsabilidad eclesial hagamos una revisión de nuestra actuación.

«No hacen lo que dicen». Nuestro mayor pecado es la incoherencia. No vivimos lo que predicamos. Tenemos poder pero nos falta autoridad. Nuestra conducta nos desacredita. Nuestro ejemplo de vida más evangélica cambiaría el clima en muchas comunidades cristianas.


«Cargan fardos pesados sobre los hombros de la gente... pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar». Es cierto. Con frecuencia, somos exigentes y severos con los demás, comprensivos e indulgentes con nosotros. Agobiamos a la gente sencilla con nuestras exigencias pero no les facilitamos la acogida del evangelio. No somos como Jesús que se preocupaba de hacer ligera su carga pues era sencillo y humilde de corazón.

«Todo lo que hacen es para que los vea la gente». No podemos negar que es muy fácil vivir pendientes de nuestra imagen, buscando casi siempre "quedar bien" ante los demás. No vivimos ante ese Dios que ve en lo secreto. Estamos más atentos a nuestro prestigio personal.
«Les gustan los primeros puestos y los asientos de honor... y que les hagan reverencias por la calle». Nos da vergüenza confesarlo, pero nos gusta. Buscamos ser tratados de manera especial, no como un hermano más. ¿Hay algo más ridículo que un testigo de Jesús buscando ser distinguido y reverenciado por la comunidad cristiana?

«No os dejéis llamar maestros... ni guías... porque uno solo es vuestro Maestro y vuestro Guía: Cristo». El mandato evangélico no puede ser más claro: renunciad a los títulos para no hacer sombra a Cristo; orientad la atención de los creyentes sólo hacia él. ¿Por qué la Iglesia no hace nada por suprimir tantos títulos, prerrogativas, honores y dignidades para mostrar mejor el rostro humilde y cercano de Jesús?

«No llaméis padre vuestro a nadie en la tierra porque uno solo es vuestro Padre del cielo». Para Jesús el título de Padre es tan único, profundo y entrañable que no ha de ser utilizado por nadie en la comunidad cristiana. ¿Por qué lo permitimos?


Lectura del santo evangelio según san Mateo (23,1-12):

En aquel tiempo, Jesús habló a la gente y a sus discípulos, diciendo: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos: haced y cumplid lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen. Ellos lían fardos pesados e insoportables y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar. Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y ensanchan las franjas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias por la calle y que la gente los llame maestros. Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar maestro, porque uno solo es vuestro maestro, y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo. No os dejéis llamar consejeros, porque uno solo es vuestro consejero, Cristo. El primero entre vosotros será vuestro servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»

Palabra del Señor


COMENTARIO.


"Un solo Padre, un solo Maestro".

El Evangelio de hoy empieza con un durísimo alegato contra una determinada forma de ejercer la autoridad. Las palabras de Jesús van dirigidas en primer lugar a los escribas y fariseos, que han ocupado la cátedra de Moisés. Pero no debemos entenderlas como la mera expresión de un conflicto localizado en la época de Jesús y referido sólo al judaísmo. La primera lectura testimonia cómo esas desviaciones por parte de los que deberían ser guías y maestros del pueblo databan de antiguo. Y es que se trata de un mal incrustado en el corazón del hombre, y que tiende a aparecer en todo tiempo y lugar. De hecho, la comunidad cristiana tampoco está exenta de ese peligro. Si Mateo ha reproducido esta diatriba de Jesús en su Evangelio no es sólo por afán de erudición histórica. La tensión real y creciente entre Jesús y las autoridades del pueblo le da ocasión de recordar que también en la Iglesia es fácil caer en la misma tentación y para recordar las instrucciones de Jesús sobre cómo debe entre sus seguidores.

Como siempre que leemos los evangelios, los matices del texto están llenos de significado. Jesús no se limita a hacer una crítica a toda forma de autoridad, como si toda ella y por definición fuera rechazable, expresión de una pura voluntad de poder y, en definitiva, algo que debe ser eliminado en aras de una pura horizontalidad comunitaria. Cristo habla de la “cátedra de Moisés”, lo que significa que hay cátedras y un magisterio que debe ser ejercido por alguien. Incluso reconoce una elemental fidelidad de escribas y fariseos en la transmisión del contenido: de ahí que recomiende “hacer lo que dicen”, aunque los desautorice por la contradicción entre lo que predican y lo que hacen. Es verdad que cualquier ejercicio de la autoridad se justifica sólo por el servicio a determinados valores, por lo que cualquiera que ocupa un cargo o una cátedra suele mantener, al menos retóricamente, la adhesión a lo que debe servir. Otra cosa es pasar del dicho al hecho, que, como recuerda el refrán, exige recorrer con esfuerzo un cierto trecho.

Lo que Jesús denuncia aquí es, pues, la incoherencia de vida, especialmente en aquellos que, por tener que enseñar al pueblo, deberían además dar ejemplo de lo que predican, pues aquí no se trata de una mera doctrina teórica, sino de una verdad que afecta a la vida y a sus actitudes prácticas. Pero no sólo no dan ejemplo, desmintiendo con su vida lo que exigen a los demás, sino que además usan la verdad a la que deberían servir para hacerse notar y alcanzar estatus social.

Al decirnos que “hagamos lo que dicen, pero que no imitemos su ejemplo”, Jesús nos exhorta a denunciar esa incoherencia no sólo con palabras, sino precisamente con la propia coherencia de vida. No hay denuncia más eficaz que encarnar efectivamente las propias convicciones. En el caso del Evangelio, no se puede predicar la Palabra, la fe en Dios Padre y la llamada al seguimiento más que haciendo de la escucha de la Palabra, del espíritu de confianza filial y del discipulado del único Maestro una forma concreta de vida.

Si la diatriba inicial de Jesús va dirigida a los que ejercen la autoridad y el magisterio de un cierto modo, las recomendaciones que la siguen (“vosotros, en cambio…”) deben entenderse, en primer lugar, también dirigidas a los que en la Iglesia están encargados de enseñar y dirigir a la comunidad: no usar a Dios para obtener el reconocimiento de las gentes, ni servirse de la Palabra para conseguir ventajas materiales y sociales, sino servir a los hermanos para alcanzar como premio sólo el reconocimiento de Dios “que ve en lo escondido” (cf. Mt 6, 4). Y esto significa que los inevitables roles, los cargos de responsabilidad y la autoridad, que no pueden no existir, deben ejercerse con sencillez, sin privilegios, sin aplastar ni hacer invisible la fundamental igualdad ante el único Padre de todos, ante el único Señor y Maestro Jesucristo, que se ha abajado (cf. Flp 2, 7) para convertirse en el servidor de sus hermanos (cf. Mc 10, 45; Jn 13, 14).

Aunque el peligro y la tentación de abusar de la autoridad instituida por Cristo para el servicio aceche siempre a la Iglesia, e, incluso, se dé siempre de un modo u otro, también es verdad que abundan también y por fortuna los ejemplos positivos. Pablo, que sabía ejercer su autoridad apostólica cuando lo requerían las circunstancias, el bien de la comunidad y la defensa de la verdad del Evangelio, era también un modelo de entrega generosa y desinteresada a sus hermanos: no se limita a predicar, enseñar y organizar la comunidad, sino que está dispuesto a entregar su propia persona, como una madre se entrega por sus hijos, como el buen pastor entrega su vida por sus ovejas. Y, después de él, han sido legión los que han puesto en práctica con fidelidad las instrucciones de Jesús, haciendo del servicio desinteresado, a imitación del único Señor y Maestro, el eje de su ministerio. Esta semana hemos celebrado la fiesta del P. Claret, que con su vida fue un ejemplo preclaro de ese espíritu de entrega al ministerio hasta la muerte, de ese espíritu de servicio que recorre con agilidad el trecho que va del dicho al hecho.

Es en estos en los que se puede seguir usando con propiedad los títulos de padre y maestro sin temor a contradecir las palabras de Jesús, pues en ellos, en su vida y en su magisterio, resplandece la única paternidad de Dios, el único magisterio de Cristo.

En todo caso, el mensaje de la Palabra de Dios hoy no es cosa exclusiva de los que en la Iglesia ocupan cargos de responsabilidad. Tenemos que recordar que, a partir de la fundamental igualdad como hijos de Dios, todos somos miembros vivos del cuerpo de Cristo, todos participamos de su función sacerdotal, de mediación entre Dios y la humanidad. Por ello, la llamada a la coherencia entre lo que profesamos y lo que vivimos es especialmente urgente para todos los cristianos y para la entera comunidad cristiana. Es posible que parte del desprestigio del cristianismo en nuestros días tenga que ver con el divorcio entre nuestra fe y nuestra vida: tal vez con demasiada frecuencia desmentimos con nuestras actitudes prácticas las verdades y los valores en los que decimos creer. ¿Cuál es el antídoto contra esta enfermedad que deja el cuerpo eclesial de Cristo en estado de anemia? Además de escuchar y acoger la Palabra, tenemos que ponerla en práctica mediante el espíritu de servicio abnegado a los hermanos. Si nos inclinamos humildemente ante las necesidades de nuestros hermanos, en los que la fe que confesamos nos descubre el rostro vivo y sufriente de Cristo, seremos ensalzados, igual que Dios enalteció a María al mirar la humildad de la que se hizo libremente servidora del Señor.















Fuentes:
Iluminación Divina
Luis Eduardo Molina Valverde
José María Vegas, cmf
José A. Pagola
Ángel Corbalán

sábado, 15 de octubre de 2011

"...Y a Dios lo que es de Dios.". (Evangelio dominical)


El evangelio de hoy recuerda uno de los pasajes más citados y manipulados a lo largo de la historia del cristianismo: el de la pregunta por la licitud del tributo (Mt 22, 15-21). Una pregunta que dirigen a Jesús los discípulos de los fariseos junto con los herodianos.

Comienzan con una larga captación de benevolencia en la que proclaman la sinceridad del que reconocen como Maestro: “Sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad”. Pero inmediatamente le plantean la trampa que pretenden tenderle: “¿Es lícito pagar impuestos al César o no?”

Es fácil descubrir el sentido de la emboscada. Si Jesús opina que no se debe pagar tributo al emperador se acerca peligrosamente al grupo de los celotes y se coloca fuera de la ley. Si aconseja pagarlo se atraerá automáticamente los recelos de las gentes, que a todas luces se sienten oprimidas por la ocupación romana.

Como en otras ocasiones, traemos tres explicaciones para esta parábola del Evangelio de San Mateo (22,15-21) de este domingo 29 del tiempo ordinario.


A Dios y al César


Si los fariseos y los herodianos se han aliado para pillar a Jesús, puede pensarse que la situación de éste es desesperada y sin salida. De hecho, la alianza de los dos grupos no puede ser más antinatural: los fariseos, partidarios del sistema teocrático judío, no podían aceptar ninguna forma de colaboración con el poder pagano de los romanos. Los herodianos, por el contrario, eran colaboracionistas sin escrúpulos, que trataban de sacar ventajas de la ocupación. La actitud hacia el impuesto al César indicaba bien a las claras la posición de cada uno. La trampa era perfecta: si Jesús aceptaba el pago del impuesto, era un enemigo de Dios, un blasfemo, un renegado que no aceptaba el único reinado de Yahvé. Si rechazaba al impuesto podía ser acusado de sedición y rebeldía contra el poder establecido. En los dos casos había causa contra él, que es lo que, en el fondo, interesaba a unos y otros: encontrar un motivo para acusarlo y quitarlo de en medio.

Las dos posiciones, más allá de las peculiaridades culturales de la época, expresan tendencias universales, presentes de un modo y otro en todo tiempo. La tendencia teocrática quiere someter todo el orbe de la actividad humana al poder religioso, negando todo espacio de autonomía para el hombre, la que el mismo Dios le ha dado en el acto de la creación. El fundamentalismo es una religión excesiva, asfixiante, que se niega a reconocer la madurez del hombre y el ejercicio de su libertad responsable. La otra tendencia diviniza idolátricamente realidades humanas, demasiado humanas: el poder político, la riqueza económica, el éxito social. A esos ídolos han de sacrificarse todas las demás realidades, incluidas las más sagradas, como la fe, la propia conciencia, la justicia, la caridad.

Que estos dos extremos viciosos se unan contra Jesús da que pensar. Por una lado, no es infrecuente que formas del mal entre sí contradictorias unan sus fuerzas para lograr sus turbios objetivos: carentes de escrúpulos, para ellas el fin justifica los medios. Pero, por el otro, no es que la verdad se encuentre en un mediocre término medio, hecho de compromisos. Al contrario, Jesús no se inclina ante el poder, pero tampoco gusta de imposiciones, ni siquiera en nombre de Dios. En su respuesta, sencillamente genial, no sólo sale del aprieto en que querían ponerle, sino que, además, nos muestra meridianamente qué significa la libertad del Hijo de Dios, una libertad que, por ser también hijo del hombre, quiere compartir con nosotros. Jesús no necesita negar al hombre para afirmar a Dios, ni negar a Dios para afirmar la libertad del hombre, sino que su afirmación de Dios es la perfecta confirmación de la libertad responsable del hombre y de su ámbito de autonomía.

LO PRIMERO, LA VIDA


La exégesis moderna no deja lugar a dudas. Lo primero para Jesús es la vida, no la religión. Basta analizar la trayectoria de su actividad. A Jesús se le ve siempre preocupado por suscitar y desarrollar, en medio de aquella sociedad, una vida más sana y más digna.

Pensemos en su actuación en el mundo de los enfermos: Jesús se acerca a quienes viven su vida de manera disminuida, amenazada e insegura, para despertar en ellos una vida más plena.

Pensemos en su acercamiento a los pecadores: Jesús les ofrece el perdón que les haga vivir una vida más digna, rescatada de la humillación y el desprecio.

Pensemos también en los endemoniados, incapaces de ser dueños de su existencia: Jesús los libera de una vida alienada y desquiciada por el mal.

Como ha subrayado J. Sobrino, «pobres son aquellos para quienes la vida es una carga pesada pues no pueden vivir con un mínimo de dignidad». Esta pobreza es lo más contrario al plan original del Creador de la vida. Donde un ser humano no puede vivir con dignidad, la creación de Dios aparece allí como viciada y anulada. No es extraño que Jesús se presente como el gran defensor de la vida ni que la defienda y la exija sin vacilar, cuando la ley o la religión es vivida «contra la vida».

Ya han pasado los tiempos en que la teología contraponía «esta vida» (lo natural) y la otra vida (lo sobrenatural) como dos realidades opuestas. El punto de partida, básico y fundamental es «esta vida» y, de hecho, Jesús se preocupó de lo que aquellas gentes de Galilea más deseaban y necesitaban que era, por lo menos vivir, y vivir con dignidad. El punto de llegada y el horizonte de toda la existencia es «vida eterna» y, por eso, Jesús despertaba en el pueblo la confianza final en la salvación de Dios.

A veces los cristianos exponemos la fe con tal embrollo de conceptos y palabras que, a la hora de la verdad, pocos se enteran de lo que es exactamente el Reino de Dios del que habla Jesús. Sin embargo, las cosas no son tan complicadas. Lo único que Dios quiere es esto: una vida más humana para todos y desde ahora, una vida que alcance su plenitud en su vida eterna. Por eso, nunca hay que dar a ningún César lo que es de Dios: la vida y la dignidad de sus hijos.

¿QUE ES CREER EN DIOS?


Enseñas el camino de Dios Se habla a veces de manera tan superficial sobre las cuestiones más importantes de la vida, y se opina con tal ignorancia sobre la religión, que hoy se hace necesario aclarar, incluso, las cosas más elementales. Por ejemplo, ¿qué significa creer en Dios?

En el lenguaje ordinario, «creer» puede encerrar significados bastante diferentes. Cuando digo «creo que lloverá», quiero decir que «no sé con certeza, pero sospecho, intuyo... que lloverá». Cuando digo «te creo», estoy diciendo mucho más: «me fío de ti, creo en lo que tú me dices». Si alguien dice «yo creo en ti», está diciendo todavía algo más: «yo pongo mi confianza en ti, me apoyo en ti». Esta expresión nos acerca ya a lo que vive el que cree en Dios.

Cuando una persona habla «desde fuera», sin conocer por experiencia personal lo que es creer en Dios, piensa, por lo general, que la postura del creyente es, más o menos, ésta: «No sé si Dios existe, y no lo puedo comprobar con certeza, pero yo pienso que sí, que algo tiene que existir.» De la misma manera que uno puede creer que hay vida en otros planetas, aunque no lo pueda saber con seguridad.

Sin embargo, para el que vive desde la fe, «creer en Dios» es otra cosa. Cuando el creyente dice a Dios «yo creo en Ti», está diciendo:

«No estoy solo, Tú estás en mi origen y en mi destino último;

Tú me conoces y me amas;

Tú no me dejarás nunca abandonado, en Ti apoyo mi existencia; nada ni nadie podrá separarme de tu amor y comprensión. »

Esta experiencia del creyente tiene poco que ver con la postura del que opina «algo tiene que haber». Es una relación vital con Dios: «Yo vengo de Dios, voy hacia Dios. Mi ser descansa y se apoya en ese Dios que es sólo amor.»

Por eso, para creer, lo decisivo no son las «pruebas» a favor o en contra de la existencia de Dios, sino la postura interior que uno adopta ante el misterio último de la vida. Nuestro mayor problema hoy es no acertar a vivir desde «el fondo» de nuestro ser. Vivimos por lo general, con una «personalidad superficial», separados del «fondo». Y esta pérdida de contacto con lo más auténtico que hay en nosotros, nos impide abrirnos confiadamente a Dios y nos precipita en la soledad interior.

Lo triste es que ese vacío que deja la falta de fe en Dios, no puede ser sustituido con nada. Podemos hacer que nuestra vida sea más agradable poniendo en marcha algunos resortes sicológicos. Pero nada puede aportar la estabilidad y salud interior que experimenta el creyente:

«Mi pasado pertenece a la misericordia de Dios,mi futuro está confiado a su amor,sólo queda el presente para vivirlo de manera agradecida.»

Según el relato evangélico, unas gentes se acercan a Jesús con estas palabras: «Sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad. » Esa debería ser hoy una de nuestras tareas: ser sinceros y ayudarnos unos a otros a descubrir el verdadero «camino de Dios».

VÍCTIMAS


La pregunta que hacen a Jesús algunos sectores fariseos, confabulados con partidarios de Antipas, es una trampa preparada con astucia para ir preparando un clima propicio para eliminarlo: «¿Es lícito pagar impuesto al César o no?».
Si dice que es lícito, Jesús quedará desprestigiado ante el pueblo y perderá su apoyo: así será más fácil actuar contra él.
Si dice que no es lícito, podrá ser acusado de agitador subversivo ante los romanos que, en las fiestas de Pascua ya próximas, suben a Jerusalén para ahogar cualquier conato de rebelión contra el César.
Antes que nada, Jesús les pide que le muestren «la moneda del impuesto» y que le digan de quién es la imagen y la inscripción. Los adversarios reconocen que la imagen es del César como dice la inscripción: Tiberio César, Hijo augusto del Divino Augusto. Pontífice Máximo. Con su gesto, Jesús ha situado la pregunta en un contexto inesperado.
Saca entonces una primera conclusión. Si la imagen de la moneda pertenece al César, «dad al César lo que es del César». Devolvedle lo que es suyo: esa moneda idolátrica, acuñada con símbolos de poder religioso. Si la estáis utilizando en vuestros negocios, estáis ya reconociendo su soberanía. Cumplid con vuestras obligaciones.
Pero Jesús que no vive al servicio del emperador de Roma, sino "buscando el reino de Dios y su justicia" añade una grave advertencia sobre algo que nadie le ha preguntado: «A Dios dadle lo que es de Dios». La moneda lleva la "imagen" de Tiberio, pero el ser humano es "imagen" de Dios: le pertenece sólo a él. Nunca sacrifiquéis las personas a ningún poder.
Defendedlas.
La crisis económica que estamos viviendo en los países occidentales no tiene fácil solución. Más que una crisis financiera es una crisis de humanidad. Obsesionados sólo por un bienestar material siempre mayor, hemos terminado viviendo un estilo de vida insostenible incluso económicamente.

No va a bastar con proponer soluciones técnicas. Es necesaria una conversión de nuestro estilo de vida, una transformación de las conciencias: pasar de la lógica de la competición a la de la cooperación: poner límites a la voracidad de los mercados; aprender una nueva ética de la renuncia.

La crisis va a ser larga. Nos esperan años difíciles. Los seguidores de Jesús hemos de encontrar en el Evangelio la inspiración y el aliento para vivirla de manera solidaria. De Jesús escuchamos la invitación a estar cerca de las víctimas más vulnerables: los que están siendo sacrificados injustamente a las estrategias de los mercados más poderosos.


Lectura del santo evangelio según san Mateo (22,15-21):


En aquel tiempo, se retiraron los fariseos y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta.

Le enviaron unos discípulos, con unos partidarios de Herodes, y le dijeron:

«Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no miras lo que la gente sea. Dinos, pues, qué opinas: ¿es licito pagar impuesto al César o no?»


Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús: «Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto.»


Le presentaron un denario. Él les preguntó: «¿De quién son esta cara y esta inscripción?»

Le respondieron: «Del César.»

Entonces les replicó: «Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.»

Palabra del Señor



Comentario.


El dinero fácilmente pone en compromiso. Si lo retienes junto a ti promocionando el ahorro, te compromete ante los otros como tacaño. Si lo distribuyes dadivoso, te compromete como derrochador. Y aquellos discípulos de los fariseos y partidarios de Herodes habían sido enviados para comprometer a Jesús; qué mejor para hacerlo, qué más comprometedor, que con argumento de dinero.

En la abundancia las cuentas se revisan menos que en la escasez, cuando la precariedad provoca que toda moneda, por pequeña que sea, se estime necesaria. El tributo del César exigido al pueblo no pedía de lo sobrante, que no había, sino de lo necesario; por eso, venía a agravar la pobreza de los pobres. Pero el ciudadano tiene unos deberes tanto en lo mucho como en lo poco y, aunque el sentido común nos dice que tiene que dar más el que más tiene, no siempre sucede así (más bien pocas veces).


El impuesto al Estado venía molestando: al César, previsiblemente insatisfecho siempre con el caudal de la recaudación; al pueblo, que tenía que sufrir la carga. Por eso, la pregunta a Jesús pedía una respuesta que se pusiera del lado del Estado, con menoscabo de los pequeños y humildes, o del lado del pueblo, con sospecha de sedición y rebeldía. Aquí está la comprometedora situación en la que intentaron encerrar a Jesucristo con la mediación del dinero.

El dinero tiene la huella de su propietario: en la antigüedad evangélica el Estado Imperial, en la actualidad en entramado económico muchas veces más poderoso que el mismo Estado. Pero este pasaje evangélico no remite principalmente ni al dinero ni a la obligación de pagar los impuestos. Desde antiguo, los judíos y después los cristianos tenían presente el hacer oración por los gobernantes. La oración comprometía con un actuar por el bien del Estado, acatando las normas exigidas desde el gobierno (siempre que no atentaran contra la ley de Dios).

La moneda está sellada con la efigie del César; pero el César, creado a imagen de Dios, tiene en sí la huella de Dios. Por tanto, la moneda es del César y el César es de Dios. El hombre pone su cuño sobre las cosas que maneja, aunque en última instancia procedan de Dios Creador. La creación tiene la huella divina, pero de una manera singular el ser humano, el único hecho a imagen y semejanza suya. Hay mucha menos similitud entre la efigie de la moneda y el César, que entre el hombre y su Creador. Si el César reconoce su posesión por tener la impronta de su figura, tanto más Dios se alegra Dios reconociendo a sus hijos, que ya no tienen su imagen grabada, sino que son imagen suya.

El César, el gobernante, el que ejerce cualquier cargo de autoridad... no puede hacer pertenencia suya aquellos que tiene bajo su responsabilidad, porque no son suyos; es más, debe descubrir en ellos la imagen de Dios, que revela su origen, que son imagen suya, y maravillarse de aquella presencia divina y servir a Dios mismo sirviéndolos a ellos.


El dinero no nos compromete a nada. Compromete Dios, del cual somos hijos y herederos, somos suyos, y compromete todo humano, que es imagen de Dios. Cualquier caudal, cualquier don pone con compromiso con Dios y los hermanos. Si su uso provoca olvido del primero, consecutivamente lo provocará del segundo. No contribuyo con el César por su grandeza, sino por su servicio; porque tomó oficio de siervo para hacer memoria de Dios en sus súbditos, que son sus hermanos. ¿Y quién no se ha creído César alguna vez, aunque haya sido sobre sí mismo?



















Fuentes:
Iluminación Divina
Luis Eduardo Molina Valverde
José María Vegas, cmf
José A. Pagola
Ángel Corbalán

domingo, 9 de octubre de 2011

Y tu, estás vestido para esta fiesta? (Evangelio dominical)


Hoy celebramos el domingo 28 del tiempo ordinario.Las Lecturas de hoy se refieren a la Fiesta que tendrá lugar en la eternidad, es decir, al "Banquete de Bodas" preparado por Dios nuestro Señor para todos los seres humanos al final de los tiempos. Se trata de nuestra salvación, de nuestra felicidad eterna con El para siempre en la Jerusalén Celestial, cuando Dios "enjugará toda lágrima y ya no existirá ni muerte, ni duelo, no gemidos, ni penas" (Ap. 21, 4) y viviremos en completa y perfecta felicidad para siempre.

Aquí, durante nuestra vida terrena, podemos “comer bien o pasar hambre, tener abundancia o escasez”, como lo dice San Pablo en la Primera Lectura (Fil. 4, 12-14 y 19-20). Se refiere el Apóstol, en este caso, al hambre y escasez material. Pero también agrega: “Todo lo puedo en Aquél que me da fuerza”. Es decir, que en esta vida tenemos todas las fuerzas necesarias venidas de Dios, para soportar cualquier dificultad, pues “Dios, con su infinita riqueza, remediará con esplendidez todas nuestras necesidades”.

Para ampliar mejor la explicación de La Palabra de Dios, hoy traemos tres puntos de vist y con la misma fe, las homilias de tres religiosos y que desde hace mucho tiempo estudian y comentan Las Parábolas de Jesús a través de Los santos Evangelios.



e: italic; font-weight: bold;">¡Venid a la fiesta!



Son muchos los que identifican la fe cristiana con un sistema de rígidas exigencias morales, con un modo de vida encorsetado en prohibiciones y obligaciones… Entre los que así piensan se encuentran creyentes y no creyentes. Los primeros se pueden enorgullecer de tratar de llevar una vida tan exigente, o bien, pueden aceptar privaciones como un mal necesario para alcanzar la vida eterna. Los otros, como es natural, consideran que el cristianismo es enemigo de la vida y de sus alegrías y no pueden sencillamente, no sólo ya aceptarlo, sino ni siquiera entenderlo.

Sin embargo, el Evangelio de hoy nos dice que Jesús entendía su propuesta de un modo muy diferente. Se trata, ni más ni menos, que de la invitación a una fiesta. Y no a una fiesta cualquiera, sino a una de las que hacen época: la fiesta de bodas del hijo del rey, adornada con las mejores galas, repleta de manjares suculentos, de terneros y reses cebadas, regada por vinos de solera, vinos generosos…
Tenemos que reconocer que nosotros mismos los creyentes nos encargamos bien a veces de ocultar y tapar el sentido festivo de la fe: cuando la vivimos sin entusiasmo y la celebramos sin alegría. Nuestro modo de vida y nuestra forma de celebración no suenan, al menos en muchas ocasiones, al grito jubiloso y apremiante de los criados del rey: “¡Venid a la fiesta!” Afortunadamente no siempre es así, pero es verdad que muchos encuentran en nosotros un rostro adusto, poco amable, poco atractivo. La liturgia, que es ante todo un banquete, una fiesta, es con frecuencia algo desangelado y carente del más elemental gusto estético.

En Jerusalén, con todos los indicadores en su contra, Jesús vuelve a formular su anuncio como una buena noticia, como el anuncio de un acontecimiento festivo, como la celebración de unas nupcias. Se trata del cumplimiento, por fin, de lo que Israel anheló y esperó durante siglos, lo que los profetas anunciaron de manera vivísima, como hoy el profeta Isaías, como una extraordinaria voluntad divina de salvación, sanación, consuelo y vida. Jesús ha anunciado el cumplimiento de las promesas mesiánicas de múltiples modos, ha realizado innumerables signos que hablaban de que ese cumplimiento se realizaba en su persona, de que en Él el Reino de Dios se había hecho ya presente y cercano. Se trata, en efecto, de una boda: el desposorio definitivo de Dios con su pueblo y, por medio de él, con la humanidad entera. Es en Cristo mismo en el que se realiza este desposorio definitivo y último: el pleno encuentro entre Dios y el hombre.

La respuesta, aunque positiva en un pequeño resto, ha sido por lo general decepcionante: indiferencia por parte de muchos, desprecio por parte de otros, y también abierta oposición, hasta la violencia y las amenazas de muerte.

Es en medio de esta situación de fracaso y rechazo en el que Jesús hace una última llamada a su pueblo, advirtiéndole de que desoírla es desoír (desairar) a Dios, con lo que el pueblo elegido pierde su razón de ser. Podría pensarse que Jesús hace esta llamada con un ánimo deprimido, pues ya presumía el final trágico de esta postrera llamada: “echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos”. Sin embargo, el rechazo de la invitación por parte de aquellos que, en primer lugar, deben participar en ella, no puede aguar la fiesta. Si bien Jesús es consciente de las consecuencias dramáticas que ese rechazo va a tener para su propio destino humano, sabe también que ahí mismo se abren perspectivas nuevas y benéficas para muchos. Si el pueblo sacerdotal, mediador entre Dios y los hombres, no cumple su función, el plan de Dios no se va a frustrar, seguirá adelante a partir del pequeño resto que sí ha aceptado el mensaje del Maestro de Nazaret y lo ha reconocido como el Cristo. Ellos son los criados que salen a los caminos e invitan a todos sin excepción, buenos y malos. Vinos y manjares suculentos están preparados y no se echarán a perder. Son los muchos dones que Dios no hace, la abundancia de bienes de los que nos quiere hacer partícipes: el desposorio del hijo de Dios con la humanidad es una fiesta de la que participamos no como meros espectadores, sino como activos actores: la filiación divina, la posibilidad de comunicarnos con Dios por medio de su Palabra hecha carne y rostro, de convertirnos en sus amigos, de inaugurar entre nosotros, bañados en las aguas bautismales y partícipes del banquete eucarístico, relaciones nuevas, de hermanos.

Ahora bien, la historia que sucedió entonces puede volver a repetirse ahora: también nosotros podemos hacernos los remolones, anteponer otros intereses “nuestros”, más mezquinos, despreciar la llamada, o no responder a ella con la dignidad que se merece. Porque es verdad que la invitación es un don, pero como requiere de nuestra respuesta, es también responsabilidad. A esto se refiere el inquietante episodio final del que entró a la fiesta sin el traje adecuado (que, al parecer, según las costumbres antiguas, proporcionaba el mismo anfitrión). Es verdad que en la invitación no hay filtros: todos están llamados, buenos y malos. Pero aceptar la invitación significa lavarse con el agua del bautismo, revestirse de una nueva condición, iniciar un camino de vida. Es una suerte que te inviten a una fiesta, pero todos sabemos que uno no puede presentarse en ella de cualquier manera. Es aquí, sólo aquí, en donde tienen lugar las exigencias, que, sin duda, también existen, pero que no comparecen más que tras la invitación a participar de la fiesta, tras el anuncio a participar de la gracia, pero que no podemos despreciar ni banalizar. Lo que celebramos festivamente y con alegría es algo muy serio. Y es que la alegría de una fiesta de bodas no es algo que pueda tomarse a broma. Por eso hay que vestirse de la manera adecuada. Fortalecidos por este banquete continuamente repetido, podemos afrontar además las adversidades de la vida, como nos enseña hoy Pablo, que supo aceptar a tiempo la invitación a la fiesta y así, revestido de su nueva condición, salió a los caminos del mundo a gritar por doquier “¡venid también vosotros a la fiesta!” Y esa es, en esencia, la vocación de todo cristiano: invitados que saben ser también servidores y van diciendo con sus palabras y su modo de vida a todo el mundo, a buenos y malos, “¡venid a la fiesta!”


INVITACION


A través de sus parábolas Jesús va descubriendo a sus seguidores cómo experimenta a Dios, cómo interpreta la vida desde sus raíces más profundas y cómo responde a los enigmas más recónditos de la condición humana.
Quien entra en contacto vivo con sus parábolas comienza a cambiar. Algo "sucede" en nosotros. Dios no es como lo imaginamos. La vida es más grande y misteriosa que nuestra rutina convencional de cada día. Es posible vivir con un horizonte nuevo. Escuchemos el punto de partida de la parábola llamada «Invitación al Banquete».
Según el relato, Dios está preparando una fiesta final para todos sus hijos e hijas, pues a todos quiere ver sentados junto a él, en torno a una misma mesa, disfrutando para siempre de una vida plena. Esta imagen es una de las más queridas por Jesús para sugerir el final último de la historia humana.
Frente a tantas imágenes mezquinas de un Dios controlador y justiciero que impide a no pocos saborear la fe y disfrutar de la vida, Jesús introduce en el mundo la experiencia de un Dios que nos está invitando a compartir con él una fiesta fraterna en la que culminará lo mejor de nuestros esfuerzos, anhelos y aspiraciones.
Jesús dedica su vida entera a difundir la gran invitación de Dios: «El banquete está preparado. Venid». Este mensaje configura su modo de anunciar a Dios. Jesús no predica doctrina, despierta el deseo de Dios. No impone ni presiona. Invita y llama. Libera de miedos y enciende la confianza en Dios. En su nombre, acoge a su mesa a pecadores e indeseables. A todos
ha de llegar su invitación.
Los hombres y mujeres de hoy necesitan descubrir el Misterio de Dios como Buena Noticia. Los cristianos hemos de aprender a hablar de él con un lenguaje más inspirado en Jesús, para deshacer malentendidos, aclarar prejuicios y eliminar miedos introducidos por un discurso religioso lamentable que ha alejado a muchos de ese Dios que nos está esperando con
todo preparado para la fiesta final.
En estos tiempos en los que el descrédito de la religión está impidiendo a muchos escuchar la invitación de Dios, hemos de hablar de su Misterio de Amor con humildad y con respeto a todos, sin forzar las conciencias, sin ahogar la vida, despertando el deseo de verdad y de luz que sigue vivo en lo más íntimo del ser humano.
Es cierto que la llamada religiosa encuentra hoy el rechazo de muchos, pero la invitación de Dios no se ha apagado. La pueden escuchar todos los que en el fondo de sus conciencias escuchan la llamada del bien, del amor y de la justicia.
Difunde la invitación de Dios. Pásalo

DIOS NO ESTÁ EN CRISIS


Lo dicen todos los estudios. La religión está en crisis en las sociedades desarrolladas de Occidente. Son cada vez menos los que se interesan por las creencias religiosas. Las elaboraciones de los teólogos no tienen apenas eco alguno. Los jóvenes abandonan las prácticas rituales. La sociedad se desliza hacia una indiferencia creciente.

Hay, sin embargo, algo que nunca ha de olvidar el creyente. Dios no está en crisis. Esa Realidad suprema hacia la que apuntan las religiones con nombres diferentes (Dios, Yahvé, Alah...) sigue viva y operante. Dios está también hoy en contacto inmediato con cada ser humano con una cercanía insuperable. La crisis de lo religioso no puede impedir que Dios se siga ofreciendo a cada persona en el fondo misterioso de su conciencia.

Desde esta perspectiva, es un error «demonizar» en exceso la actual crisis religiosa como si fuera una situación imposible para la acción salvadora de Dios. No es así. Cada contexto socio-cultural tiene sus condiciones más o menos favorables para el desarrollo de una determinada religión, pero el ser humano mantiene intactas sus posibilidades de abrirse al Misterio último de la vida, que le interpela desde lo íntimo de su conciencia.

La parábola de «los invitados a la boda» nos lo recuerda de manera concluyente. Dios no excluye a nadie. Su único anhelo es que la historia humana termine en una fiesta gozosa. Su único deseo, que la sala espaciosa del banquete se llene de invitados. Todo está ya preparado. Nadie puede impedir a Dios que haga llegar a todos su invitación.

Es cierto que la llamada religiosa encuentra rechazo en no pocos, pero la invitación de Dios no se detiene. La pueden escuchar todos, «buenos y malos», los que viven en «la ciudad» y los que andan perdidos «por los cruces de los caminos». Toda persona que escucha la llamada del bien, el amor y la justicia está acogiendo a Dios.

Pienso en tantas personas que lo ignoran casi todo de Dios. Sólo conocen una caricatura de lo religioso. Nunca podrán sospechar «la alegría de creer». Estoy seguro de que Dios está vivo y operante en lo más íntimo de su ser. Estoy convencido de que muchos de ellos acogen su invitación por caminos que a mí se me escapan.

PARARSE


Nuestros pueblos y ciudades ofrecen hoy un clima poco propicio a quien quiera buscar un poco de silencio y paz para encontrarse consigo mismo y con Dios. Es difícil liberarse del ruido permanente y del asedio constante de todo tipo de llamadas y mensajes. Por otra parte, las preocupaciones, problemas y prisas de cada día nos llevan de una parte a otra, sin apenas permitirnos ser dueños de nosotros mismos.

Ni siquiera en el propio hogar, escenario de múltiples tensiones e invadido por la televisión, es fácil encontrar el sosiego y recogimiento indispensables para descansar gozosamente ante Dios.

Pues bien, paradójicamente, en estos momentos en que necesitamos más que nunca lugares de silencio, recogimiento y oración, los creyentes hemos abandonado nuestras iglesias y templos, y sólo acudimos a ellos masivamente en las eucaristías del domingo.

Se nos ha olvidado lo que es detenernos, interrumpir por unos minutos nuestras prisas, liberarnos por unos momentos de nuestras tensiones y dejarnos penetrar por el silencio y la calma de un recinto sagrado. Muchos hombres y mujeres se sorprenderían al descubrir que, con frecuencia, basta pararse y estar en silencio un cierto tiempo, para aquietar el espíritu y recuperar la lucidez y la paz.

Cuánto necesitamos hoy ese silencio que nos ayude a entrar en contacto con nosotros mismos para recuperar nuestra libertad y rescatar de nuevo toda nuestra energía interior. Acostumbrados al ruido y a las palabras, no sospechamos el bienestar del silencio y la soledad. Ávidos de noticias, imágenes e impresiones, se nos ha olvidado que sólo nos alimenta y enriquece de verdad aquello que somos capaces de escuchar en lo más hondo de nuestro ser.

Sin ese silencio interior, no se puede escuchar a Dios, reconocer su presencia en nuestra vida y crecer desde dentro como hombres, mujeres y como creyentes. La parábola de Jesús es una grave advertencia. Dios no cesa de llamarnos, pero, lo mismo que los invitados del relato parabólico, seguimos cada uno, ocupados en nuestras cosas, sin escuchar su voz con una cierta hondura.



Lectura del santo evangelio según san Mateo (22,1-14):


En aquel tiempo, de nuevo tomó Jesús la palabra y habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados a la boda, pero no quisieron ir. Volvió a mandar criados, encargándoles que les dijeran: "Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto. Venid a la boda." Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: "La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda." Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: "Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?" El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los camareros: "Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes." Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos.»

Palabra del Señor


Comentario.


La boda está preparada


Las casas grandes, si no se llenan de gente, se llenan de tristeza. Una fiesta es un buen motivo para que los huéspedes llenen pronto la casa.

El rey de la parábola de Jesús en el evangelio de hoy había preparado casa y fiesta, pero le faltaban los huéspedes. La razón de tanto preparativo era la boda de su hijo. Para celebrar el banquete y que la casa se llenara ya antes había invitado a los comensales... y entonces mandó a sus criados a avisarles de que todo estaba preparado. En las bodas todo viene dado, no hay más trabajo que asentir a la invitación y disponerse para el banquete. Sin embargo los convidados no quisieron ir, y eso que estaban invitados de antemano.

Si insistió el rey, insistieron también los convidados: lo más moderados simplemente no hicieron caso con el pretexto de mirar por lo suyo (en tierras o negocios); los violentos maltrataron a los criados hasta matarlos.
Entonces es el rey el que responde con violencia, enviando sus tropas para matar a los asesinos e incendiar la ciudad. Los convidados desagradecidos, dejaron de merecer la invitación y les vino la destrucción y la ruina. Pero la sala del banquete necesitaba el lleno de comensales. Estos saldrán de los cruces de los caminos, fuera de la ciudad, incluso lejos.
Esta invitación parece surgir espontánea, sin invitación previa, y también sin hacer distinción entre buenos y malos. Así la sala se llenó pronto.
Parece que con los primeros convidados el evangelista se está refiriendo al Pueblo de Israel, lo habitantes de la ciudad donde vivía el rey, que estaban invitados desde antiguo a participar de la salvación, simbolizada en el banquete por la boda del hijo del rey. Negándose a acudir, rechazan la invitación del rey (la salvación) con excusas que dan más importancia a sus quehaceres, o bien con crueldad sobre los mensajeros.
Esto nos evoca la historia de los profetas enviados por Dios a su pueblo. El incendio de la ciudad puede identificarse con la destrucción del templo de Jerusalén el año 70. Y la salida a los cruces de los caminos, la nueva invitación a todos aquellos que no son habitantes de la ciudad, a los no judíos o gentiles.
La pretensión del rey es llenar el banquete, y por eso se convida a malos y buenos, sin excluir a nadie, sólo a los que se quieren excluir a sí mismos.

Y la sala del banquete finalmente se llenó, que era el propósito tenaz del rey. No pudo ser con sus propios paisanos, que no quisieron; pero sí con extranjeros, malos y buenos, que aceptaron. Extraña el empeño del rey por llenar la sala fuera con quien fuera. Uno que quiere celebrar fiesta convoca a los suyos y comparte la alegría con ellos; porque no es lo mismo hacer fiesta con los allegados que con desconocidos. Los cruces de los caminos se escapan de la ciudad, pero el rey mira hacia ellos para que se conviertan en los nuevos convidados. ¿No es la mirada del rey suficiente para tratar con familiaridad a los que antes eran simplemente ajenos y extraños? Su entrada en la sala del banquete, en la intimidad de la casa, en las entrañas del hogar del rey, los confirma con el título de “familiares”. Se establece parentesco entre ellos y el rey, que los sienta a su mesa. Por tanto, también con el hijo. El rey muestra esta familiaridad saludando a los comensales. La mala disposición de aquel invitado que, ingrato, no se puso el traje de fiesta requerido para la ocasión, y, peor aún, no quiere contestar al rey, le trae el castigo y la expulsión de la sala. Pierde casa, banquete y parentesco real.

Al Pueblo de Israel nunca se le ha cerrado la salvación. Pero su historia, donde aparece la ingratitud hacia el Señor que se preocupa y esfuerza para que comparta mesa con Él sirve de ejemplo para llamar atención sobre los mismos miembros de la Iglesia. Del mismo modo que todos están llamados al banquete, sin quitarle siquiera esta posibilidad a los malos (nosotros discriminaríamos desde el principio), unos acogen la invitación y otros, muchos, la rechazan. Dios invita a su casa a los de dentro y a los de fuera, buenos y malos, sin otra condición que aceptar. Eso sí, la boda requiere traje especial acorde con las circunstancias. Si el banquete es circunstancia de invitación gratuita, generosidad del rey y padre, alegría compartida... todo aquel que no cambie su traje de egoísmo, avaricia, envidia, clausura en la desesperanza se arrojará él mismo fuera, lejos del banquete. La invitación universal está hecha: ¿Habrá muchos que acepten? Jesús anticipaba que no: “Muchos son los llamados, pocos los escogidos”. Que cada cual revise sus actitudes y motivaciones ante Dios, sus excusas y desprecios, y mire si el vestido que lleva es de verdad de fiesta o sólo de apariencia.











Fuentes:
Iluminación Divina
Luis Eduardo Molina Valverde
José A. Pagola
José María Vegas, cmf
Ángel Corbalán