domingo, 9 de octubre de 2011

Y tu, estás vestido para esta fiesta? (Evangelio dominical)


Hoy celebramos el domingo 28 del tiempo ordinario.Las Lecturas de hoy se refieren a la Fiesta que tendrá lugar en la eternidad, es decir, al "Banquete de Bodas" preparado por Dios nuestro Señor para todos los seres humanos al final de los tiempos. Se trata de nuestra salvación, de nuestra felicidad eterna con El para siempre en la Jerusalén Celestial, cuando Dios "enjugará toda lágrima y ya no existirá ni muerte, ni duelo, no gemidos, ni penas" (Ap. 21, 4) y viviremos en completa y perfecta felicidad para siempre.

Aquí, durante nuestra vida terrena, podemos “comer bien o pasar hambre, tener abundancia o escasez”, como lo dice San Pablo en la Primera Lectura (Fil. 4, 12-14 y 19-20). Se refiere el Apóstol, en este caso, al hambre y escasez material. Pero también agrega: “Todo lo puedo en Aquél que me da fuerza”. Es decir, que en esta vida tenemos todas las fuerzas necesarias venidas de Dios, para soportar cualquier dificultad, pues “Dios, con su infinita riqueza, remediará con esplendidez todas nuestras necesidades”.

Para ampliar mejor la explicación de La Palabra de Dios, hoy traemos tres puntos de vist y con la misma fe, las homilias de tres religiosos y que desde hace mucho tiempo estudian y comentan Las Parábolas de Jesús a través de Los santos Evangelios.



e: italic; font-weight: bold;">¡Venid a la fiesta!



Son muchos los que identifican la fe cristiana con un sistema de rígidas exigencias morales, con un modo de vida encorsetado en prohibiciones y obligaciones… Entre los que así piensan se encuentran creyentes y no creyentes. Los primeros se pueden enorgullecer de tratar de llevar una vida tan exigente, o bien, pueden aceptar privaciones como un mal necesario para alcanzar la vida eterna. Los otros, como es natural, consideran que el cristianismo es enemigo de la vida y de sus alegrías y no pueden sencillamente, no sólo ya aceptarlo, sino ni siquiera entenderlo.

Sin embargo, el Evangelio de hoy nos dice que Jesús entendía su propuesta de un modo muy diferente. Se trata, ni más ni menos, que de la invitación a una fiesta. Y no a una fiesta cualquiera, sino a una de las que hacen época: la fiesta de bodas del hijo del rey, adornada con las mejores galas, repleta de manjares suculentos, de terneros y reses cebadas, regada por vinos de solera, vinos generosos…
Tenemos que reconocer que nosotros mismos los creyentes nos encargamos bien a veces de ocultar y tapar el sentido festivo de la fe: cuando la vivimos sin entusiasmo y la celebramos sin alegría. Nuestro modo de vida y nuestra forma de celebración no suenan, al menos en muchas ocasiones, al grito jubiloso y apremiante de los criados del rey: “¡Venid a la fiesta!” Afortunadamente no siempre es así, pero es verdad que muchos encuentran en nosotros un rostro adusto, poco amable, poco atractivo. La liturgia, que es ante todo un banquete, una fiesta, es con frecuencia algo desangelado y carente del más elemental gusto estético.

En Jerusalén, con todos los indicadores en su contra, Jesús vuelve a formular su anuncio como una buena noticia, como el anuncio de un acontecimiento festivo, como la celebración de unas nupcias. Se trata del cumplimiento, por fin, de lo que Israel anheló y esperó durante siglos, lo que los profetas anunciaron de manera vivísima, como hoy el profeta Isaías, como una extraordinaria voluntad divina de salvación, sanación, consuelo y vida. Jesús ha anunciado el cumplimiento de las promesas mesiánicas de múltiples modos, ha realizado innumerables signos que hablaban de que ese cumplimiento se realizaba en su persona, de que en Él el Reino de Dios se había hecho ya presente y cercano. Se trata, en efecto, de una boda: el desposorio definitivo de Dios con su pueblo y, por medio de él, con la humanidad entera. Es en Cristo mismo en el que se realiza este desposorio definitivo y último: el pleno encuentro entre Dios y el hombre.

La respuesta, aunque positiva en un pequeño resto, ha sido por lo general decepcionante: indiferencia por parte de muchos, desprecio por parte de otros, y también abierta oposición, hasta la violencia y las amenazas de muerte.

Es en medio de esta situación de fracaso y rechazo en el que Jesús hace una última llamada a su pueblo, advirtiéndole de que desoírla es desoír (desairar) a Dios, con lo que el pueblo elegido pierde su razón de ser. Podría pensarse que Jesús hace esta llamada con un ánimo deprimido, pues ya presumía el final trágico de esta postrera llamada: “echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos”. Sin embargo, el rechazo de la invitación por parte de aquellos que, en primer lugar, deben participar en ella, no puede aguar la fiesta. Si bien Jesús es consciente de las consecuencias dramáticas que ese rechazo va a tener para su propio destino humano, sabe también que ahí mismo se abren perspectivas nuevas y benéficas para muchos. Si el pueblo sacerdotal, mediador entre Dios y los hombres, no cumple su función, el plan de Dios no se va a frustrar, seguirá adelante a partir del pequeño resto que sí ha aceptado el mensaje del Maestro de Nazaret y lo ha reconocido como el Cristo. Ellos son los criados que salen a los caminos e invitan a todos sin excepción, buenos y malos. Vinos y manjares suculentos están preparados y no se echarán a perder. Son los muchos dones que Dios no hace, la abundancia de bienes de los que nos quiere hacer partícipes: el desposorio del hijo de Dios con la humanidad es una fiesta de la que participamos no como meros espectadores, sino como activos actores: la filiación divina, la posibilidad de comunicarnos con Dios por medio de su Palabra hecha carne y rostro, de convertirnos en sus amigos, de inaugurar entre nosotros, bañados en las aguas bautismales y partícipes del banquete eucarístico, relaciones nuevas, de hermanos.

Ahora bien, la historia que sucedió entonces puede volver a repetirse ahora: también nosotros podemos hacernos los remolones, anteponer otros intereses “nuestros”, más mezquinos, despreciar la llamada, o no responder a ella con la dignidad que se merece. Porque es verdad que la invitación es un don, pero como requiere de nuestra respuesta, es también responsabilidad. A esto se refiere el inquietante episodio final del que entró a la fiesta sin el traje adecuado (que, al parecer, según las costumbres antiguas, proporcionaba el mismo anfitrión). Es verdad que en la invitación no hay filtros: todos están llamados, buenos y malos. Pero aceptar la invitación significa lavarse con el agua del bautismo, revestirse de una nueva condición, iniciar un camino de vida. Es una suerte que te inviten a una fiesta, pero todos sabemos que uno no puede presentarse en ella de cualquier manera. Es aquí, sólo aquí, en donde tienen lugar las exigencias, que, sin duda, también existen, pero que no comparecen más que tras la invitación a participar de la fiesta, tras el anuncio a participar de la gracia, pero que no podemos despreciar ni banalizar. Lo que celebramos festivamente y con alegría es algo muy serio. Y es que la alegría de una fiesta de bodas no es algo que pueda tomarse a broma. Por eso hay que vestirse de la manera adecuada. Fortalecidos por este banquete continuamente repetido, podemos afrontar además las adversidades de la vida, como nos enseña hoy Pablo, que supo aceptar a tiempo la invitación a la fiesta y así, revestido de su nueva condición, salió a los caminos del mundo a gritar por doquier “¡venid también vosotros a la fiesta!” Y esa es, en esencia, la vocación de todo cristiano: invitados que saben ser también servidores y van diciendo con sus palabras y su modo de vida a todo el mundo, a buenos y malos, “¡venid a la fiesta!”


INVITACION


A través de sus parábolas Jesús va descubriendo a sus seguidores cómo experimenta a Dios, cómo interpreta la vida desde sus raíces más profundas y cómo responde a los enigmas más recónditos de la condición humana.
Quien entra en contacto vivo con sus parábolas comienza a cambiar. Algo "sucede" en nosotros. Dios no es como lo imaginamos. La vida es más grande y misteriosa que nuestra rutina convencional de cada día. Es posible vivir con un horizonte nuevo. Escuchemos el punto de partida de la parábola llamada «Invitación al Banquete».
Según el relato, Dios está preparando una fiesta final para todos sus hijos e hijas, pues a todos quiere ver sentados junto a él, en torno a una misma mesa, disfrutando para siempre de una vida plena. Esta imagen es una de las más queridas por Jesús para sugerir el final último de la historia humana.
Frente a tantas imágenes mezquinas de un Dios controlador y justiciero que impide a no pocos saborear la fe y disfrutar de la vida, Jesús introduce en el mundo la experiencia de un Dios que nos está invitando a compartir con él una fiesta fraterna en la que culminará lo mejor de nuestros esfuerzos, anhelos y aspiraciones.
Jesús dedica su vida entera a difundir la gran invitación de Dios: «El banquete está preparado. Venid». Este mensaje configura su modo de anunciar a Dios. Jesús no predica doctrina, despierta el deseo de Dios. No impone ni presiona. Invita y llama. Libera de miedos y enciende la confianza en Dios. En su nombre, acoge a su mesa a pecadores e indeseables. A todos
ha de llegar su invitación.
Los hombres y mujeres de hoy necesitan descubrir el Misterio de Dios como Buena Noticia. Los cristianos hemos de aprender a hablar de él con un lenguaje más inspirado en Jesús, para deshacer malentendidos, aclarar prejuicios y eliminar miedos introducidos por un discurso religioso lamentable que ha alejado a muchos de ese Dios que nos está esperando con
todo preparado para la fiesta final.
En estos tiempos en los que el descrédito de la religión está impidiendo a muchos escuchar la invitación de Dios, hemos de hablar de su Misterio de Amor con humildad y con respeto a todos, sin forzar las conciencias, sin ahogar la vida, despertando el deseo de verdad y de luz que sigue vivo en lo más íntimo del ser humano.
Es cierto que la llamada religiosa encuentra hoy el rechazo de muchos, pero la invitación de Dios no se ha apagado. La pueden escuchar todos los que en el fondo de sus conciencias escuchan la llamada del bien, del amor y de la justicia.
Difunde la invitación de Dios. Pásalo

DIOS NO ESTÁ EN CRISIS


Lo dicen todos los estudios. La religión está en crisis en las sociedades desarrolladas de Occidente. Son cada vez menos los que se interesan por las creencias religiosas. Las elaboraciones de los teólogos no tienen apenas eco alguno. Los jóvenes abandonan las prácticas rituales. La sociedad se desliza hacia una indiferencia creciente.

Hay, sin embargo, algo que nunca ha de olvidar el creyente. Dios no está en crisis. Esa Realidad suprema hacia la que apuntan las religiones con nombres diferentes (Dios, Yahvé, Alah...) sigue viva y operante. Dios está también hoy en contacto inmediato con cada ser humano con una cercanía insuperable. La crisis de lo religioso no puede impedir que Dios se siga ofreciendo a cada persona en el fondo misterioso de su conciencia.

Desde esta perspectiva, es un error «demonizar» en exceso la actual crisis religiosa como si fuera una situación imposible para la acción salvadora de Dios. No es así. Cada contexto socio-cultural tiene sus condiciones más o menos favorables para el desarrollo de una determinada religión, pero el ser humano mantiene intactas sus posibilidades de abrirse al Misterio último de la vida, que le interpela desde lo íntimo de su conciencia.

La parábola de «los invitados a la boda» nos lo recuerda de manera concluyente. Dios no excluye a nadie. Su único anhelo es que la historia humana termine en una fiesta gozosa. Su único deseo, que la sala espaciosa del banquete se llene de invitados. Todo está ya preparado. Nadie puede impedir a Dios que haga llegar a todos su invitación.

Es cierto que la llamada religiosa encuentra rechazo en no pocos, pero la invitación de Dios no se detiene. La pueden escuchar todos, «buenos y malos», los que viven en «la ciudad» y los que andan perdidos «por los cruces de los caminos». Toda persona que escucha la llamada del bien, el amor y la justicia está acogiendo a Dios.

Pienso en tantas personas que lo ignoran casi todo de Dios. Sólo conocen una caricatura de lo religioso. Nunca podrán sospechar «la alegría de creer». Estoy seguro de que Dios está vivo y operante en lo más íntimo de su ser. Estoy convencido de que muchos de ellos acogen su invitación por caminos que a mí se me escapan.

PARARSE


Nuestros pueblos y ciudades ofrecen hoy un clima poco propicio a quien quiera buscar un poco de silencio y paz para encontrarse consigo mismo y con Dios. Es difícil liberarse del ruido permanente y del asedio constante de todo tipo de llamadas y mensajes. Por otra parte, las preocupaciones, problemas y prisas de cada día nos llevan de una parte a otra, sin apenas permitirnos ser dueños de nosotros mismos.

Ni siquiera en el propio hogar, escenario de múltiples tensiones e invadido por la televisión, es fácil encontrar el sosiego y recogimiento indispensables para descansar gozosamente ante Dios.

Pues bien, paradójicamente, en estos momentos en que necesitamos más que nunca lugares de silencio, recogimiento y oración, los creyentes hemos abandonado nuestras iglesias y templos, y sólo acudimos a ellos masivamente en las eucaristías del domingo.

Se nos ha olvidado lo que es detenernos, interrumpir por unos minutos nuestras prisas, liberarnos por unos momentos de nuestras tensiones y dejarnos penetrar por el silencio y la calma de un recinto sagrado. Muchos hombres y mujeres se sorprenderían al descubrir que, con frecuencia, basta pararse y estar en silencio un cierto tiempo, para aquietar el espíritu y recuperar la lucidez y la paz.

Cuánto necesitamos hoy ese silencio que nos ayude a entrar en contacto con nosotros mismos para recuperar nuestra libertad y rescatar de nuevo toda nuestra energía interior. Acostumbrados al ruido y a las palabras, no sospechamos el bienestar del silencio y la soledad. Ávidos de noticias, imágenes e impresiones, se nos ha olvidado que sólo nos alimenta y enriquece de verdad aquello que somos capaces de escuchar en lo más hondo de nuestro ser.

Sin ese silencio interior, no se puede escuchar a Dios, reconocer su presencia en nuestra vida y crecer desde dentro como hombres, mujeres y como creyentes. La parábola de Jesús es una grave advertencia. Dios no cesa de llamarnos, pero, lo mismo que los invitados del relato parabólico, seguimos cada uno, ocupados en nuestras cosas, sin escuchar su voz con una cierta hondura.



Lectura del santo evangelio según san Mateo (22,1-14):


En aquel tiempo, de nuevo tomó Jesús la palabra y habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados a la boda, pero no quisieron ir. Volvió a mandar criados, encargándoles que les dijeran: "Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto. Venid a la boda." Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: "La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda." Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: "Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?" El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los camareros: "Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes." Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos.»

Palabra del Señor


Comentario.


La boda está preparada


Las casas grandes, si no se llenan de gente, se llenan de tristeza. Una fiesta es un buen motivo para que los huéspedes llenen pronto la casa.

El rey de la parábola de Jesús en el evangelio de hoy había preparado casa y fiesta, pero le faltaban los huéspedes. La razón de tanto preparativo era la boda de su hijo. Para celebrar el banquete y que la casa se llenara ya antes había invitado a los comensales... y entonces mandó a sus criados a avisarles de que todo estaba preparado. En las bodas todo viene dado, no hay más trabajo que asentir a la invitación y disponerse para el banquete. Sin embargo los convidados no quisieron ir, y eso que estaban invitados de antemano.

Si insistió el rey, insistieron también los convidados: lo más moderados simplemente no hicieron caso con el pretexto de mirar por lo suyo (en tierras o negocios); los violentos maltrataron a los criados hasta matarlos.
Entonces es el rey el que responde con violencia, enviando sus tropas para matar a los asesinos e incendiar la ciudad. Los convidados desagradecidos, dejaron de merecer la invitación y les vino la destrucción y la ruina. Pero la sala del banquete necesitaba el lleno de comensales. Estos saldrán de los cruces de los caminos, fuera de la ciudad, incluso lejos.
Esta invitación parece surgir espontánea, sin invitación previa, y también sin hacer distinción entre buenos y malos. Así la sala se llenó pronto.
Parece que con los primeros convidados el evangelista se está refiriendo al Pueblo de Israel, lo habitantes de la ciudad donde vivía el rey, que estaban invitados desde antiguo a participar de la salvación, simbolizada en el banquete por la boda del hijo del rey. Negándose a acudir, rechazan la invitación del rey (la salvación) con excusas que dan más importancia a sus quehaceres, o bien con crueldad sobre los mensajeros.
Esto nos evoca la historia de los profetas enviados por Dios a su pueblo. El incendio de la ciudad puede identificarse con la destrucción del templo de Jerusalén el año 70. Y la salida a los cruces de los caminos, la nueva invitación a todos aquellos que no son habitantes de la ciudad, a los no judíos o gentiles.
La pretensión del rey es llenar el banquete, y por eso se convida a malos y buenos, sin excluir a nadie, sólo a los que se quieren excluir a sí mismos.

Y la sala del banquete finalmente se llenó, que era el propósito tenaz del rey. No pudo ser con sus propios paisanos, que no quisieron; pero sí con extranjeros, malos y buenos, que aceptaron. Extraña el empeño del rey por llenar la sala fuera con quien fuera. Uno que quiere celebrar fiesta convoca a los suyos y comparte la alegría con ellos; porque no es lo mismo hacer fiesta con los allegados que con desconocidos. Los cruces de los caminos se escapan de la ciudad, pero el rey mira hacia ellos para que se conviertan en los nuevos convidados. ¿No es la mirada del rey suficiente para tratar con familiaridad a los que antes eran simplemente ajenos y extraños? Su entrada en la sala del banquete, en la intimidad de la casa, en las entrañas del hogar del rey, los confirma con el título de “familiares”. Se establece parentesco entre ellos y el rey, que los sienta a su mesa. Por tanto, también con el hijo. El rey muestra esta familiaridad saludando a los comensales. La mala disposición de aquel invitado que, ingrato, no se puso el traje de fiesta requerido para la ocasión, y, peor aún, no quiere contestar al rey, le trae el castigo y la expulsión de la sala. Pierde casa, banquete y parentesco real.

Al Pueblo de Israel nunca se le ha cerrado la salvación. Pero su historia, donde aparece la ingratitud hacia el Señor que se preocupa y esfuerza para que comparta mesa con Él sirve de ejemplo para llamar atención sobre los mismos miembros de la Iglesia. Del mismo modo que todos están llamados al banquete, sin quitarle siquiera esta posibilidad a los malos (nosotros discriminaríamos desde el principio), unos acogen la invitación y otros, muchos, la rechazan. Dios invita a su casa a los de dentro y a los de fuera, buenos y malos, sin otra condición que aceptar. Eso sí, la boda requiere traje especial acorde con las circunstancias. Si el banquete es circunstancia de invitación gratuita, generosidad del rey y padre, alegría compartida... todo aquel que no cambie su traje de egoísmo, avaricia, envidia, clausura en la desesperanza se arrojará él mismo fuera, lejos del banquete. La invitación universal está hecha: ¿Habrá muchos que acepten? Jesús anticipaba que no: “Muchos son los llamados, pocos los escogidos”. Que cada cual revise sus actitudes y motivaciones ante Dios, sus excusas y desprecios, y mire si el vestido que lleva es de verdad de fiesta o sólo de apariencia.











Fuentes:
Iluminación Divina
Luis Eduardo Molina Valverde
José A. Pagola
José María Vegas, cmf
Ángel Corbalán