sábado, 29 de octubre de 2011

"...y el que se humilla será enaltecido.". (Evangelio dominical)


Las Lecturas de hoy domingo XXI del tiempo ordinario,se refieren muy especialmente a aquéllos que tienen responsabilidad dentro de la Iglesia, quienes con su ejemplo y su predicación deben guiar al pueblo de Dios.

La Primera Lectura del Profeta Malaquías (Ml. 1, 14; 2, 2,8-10) es una dura advertencia a los Sacerdotes de esa época por su mal comportamiento y por la predicación de falsas doctrinas: “Ustedes se han apartado del camino, han hecho tropezar a muchos en la ley; han anulado la alianza que hice con la tribu sacerdotal de Leví ... no han seguido mi camino y han aplicado la ley con parcialidad”.

Luego en el Evangelio (Mt. 23, 1-12), Jesús hace algo parecido, criticando a un grupo religioso de su época, el de los Fariseos, cuyo objetivo era la práctica de la ley de Moisés en la forma más estricta y detallada.

La crítica del Señor se basaba sobre todo en que ellos mismos no cumplían lo que exigían cumplir a otros, por lo que el Señor los llamó “hipócritas”. Es por ello que hoy día en el lenguaje coloquial religioso el término “fariseo” ha venido a ser considerado sinónimo de “hipócrita”.

Este domingo, como en los anteriores y a fín de enriquecer las explicaciones de La palabra de Dios, traemos las reflexiones de otros tres religiosos. Feliz domingo.


"Uno solo es vuestro Padre "

Los árboles viven de pie, erguidos hacia el cielo. Tienen serias dificultades para moverse, a no ser que camine hacia lo alto, que exige también engordar para tener solidez en su base, o camine, inversamente, hacia lo hondo, con trabajo de sus raíces. En un sentido o en otro su movimiento se reduce prácticamente a estirarse o bien hacia arriba o bien hacia abajo. El único momento en el que los podemos ver tumbados o desplazados de su sitio es en su muerte. Pero, hasta muertos, algunos perseveran de pie por muchos años. .

El árbol sólo puede vivir si se mantiene en su sitio y de pie. Básicamente podemos decir que sobrevive si no se mueve. En nuestro caso, nuestra supervivencia se encuentra en la capacidad de movimiento que tenemos (para ir, venir, coger, llevar, buscar...). Es más, nuestra postura corporal: estamos de pie, nos sentamos, nos tumbamos, nos ponemos en cuclillas, a la pata coja a veces... también es un lenguaje que indica cosas diferentes: atención, indiferencia, sumisión, reposo, indignación...

La celebración cristiana recoge también ese lenguaje del cuerpo para expresar nuestra actitud ante Dios. Lo hacemos especialmente a través de tres posturas. 1. De pie: es la posición por excelencia del resucitado (cf. Gál 5,1; Ef 6,14; Ap 5,6; 7,9; 15,2), y es también la posición del que ora a Dios, que indica escucha a y respeto a la Palabra. 2. De rodillas: significa oración intensa, humildad y penitencia (Mc 14,35; Mt 36,29; Lc 6,12; 22,41; Mc 1,40; 5,22; 7,25; 10,19). 3. Sentado: es la posición de quien enseña con autoridad (como aparece Jesús en Mt 5,1;Lc 4,20; Jn 4,6; 8,2.7); pero es también la postura de quien escucha atentamente al que enseña (como en Mc 3,31-35; Lc 10,39; 1 Cor 14,30; Hch 20,9).

Es muy importante conocer la posición que debemos ocupar en cada momento de la vida en la relación con Dios y con el resto de personas. Al árbol le brota de dentro lo que tiene que hacer, estaba escrito en su semilla; a nosotros, nos vienen otros impulsos que pueden modificar nuestros movimientos. .

“Los letrados y fariseos se han sentado en la cátedra de Moisés”, denunciaba Jesús al comienzo de este evangelio. Maestro y alumno se sientan, pero en distinto asiento y con distinta disposición: el maestro para enseñar y el discípulo para aprender. Moisés tuvo que pasar mucho tiempo a los pies de Dios para escucharlo y conocerlo y aprender de Él. Sólo cuando la Palabra que escuchaba prendió en su corazón, quedaba acreditado por Dios para ser quien enseñase la Palabra de Dios a otros. No enseñaba lo suyo, sino lo de Dios que Moisés había hecho propio. Más que maestro, era aprendiz del único Maestro y nunca dejó de ser consciente de ese aprendizaje de la misericordia y verdad de Dios. La Palabra que cuaja dentro hace mover con un movimiento diferente (lo veíamos el domingo pasado), en el amor a Dios y al prójimo, rompiendo la tendencia a sentarse y replegarse uno hacia sí mismo por influjo del pecado. .

La Palabra prendió en el profeta Malaquías y lo movió a exigir a los sacerdotes, que no se habían dejado seducir por la maestría de Dios, a que abandonasen sus malas prácticas y buscasen la justicia, atendiendo al prójimo, hijos del mismo Padre Dios. Su posición de autoridad les hace especialmente responsables de la situación del pueblo. En cambio, sí que esa misma Palabra, pero ya Palabra encarnada en Cristo (en una Buena Noticia que no conoció Malaquías), movió en Pablo entrañas maternales para dedicarse a mostrar el Evangelio con la delicadeza del trato de la madre hacia sus hijos. Y se alegra porque esa misma Palabra anunciada movió los corazones de la comunidad de Tesalónica.



Los letrados y fariseos a los que se refiere Jesús siguen la estela de los sacerdotes de Malaquías. Especialistas en la Palabra, no la escuchan, y se sientan en la “cátedra de Moisés”, en el lugar del maestro, sin haber aprendido antes. Podrán decir con palabras de Dios, pero con poco crédito si antes no las tuvieron consigo como propias. Y, como no les mueve la Palabra, les mueven otras cosas, como las apariencias: alagar la filacterias, buscar los primeros puestos y las reverencias... Por eso autoproclaman maestro o padre o jefe, sin mirar hacia Dios, lo cual es un despropósito y muy peligroso, porque enseñarán mal haciendo sufrir, y, peor aún, podrán crear escuela. Querer enseñar sensatamente exige ponerse a los pies del Maestro y escuchar mucho tiempo, pacientemente. Uno no deja nunca de ser discípulo, si enseña es porque el Maestro Dios le dice: “ahora tú”; lo cual significa entender la enseñanza no como poder, sino como servicio para los otros. Pero esto requiere humildad y no creerse más sabio que el Maestro ni menos discípulos que los demás.


"En Actitud de conversión.".

Jesús habla con indignación profética. Su discurso dirigido a la gente y a sus discípulos es una dura crítica a los dirigentes religiosos de Israel. Mateo lo recoge hacia los años ochenta para que los dirigentes de la Iglesia cristiana no caigan en conductas parecidas.
¿Podremos recordar hoy las recriminaciones de Jesús con paz, en actitud de conversión, sin ánimo alguno de polémicas estériles? Sus palabras son una invitación para que obispos, presbíteros y cuantos tenemos alguna responsabilidad eclesial hagamos una revisión de nuestra actuación.

«No hacen lo que dicen». Nuestro mayor pecado es la incoherencia. No vivimos lo que predicamos. Tenemos poder pero nos falta autoridad. Nuestra conducta nos desacredita. Nuestro ejemplo de vida más evangélica cambiaría el clima en muchas comunidades cristianas.


«Cargan fardos pesados sobre los hombros de la gente... pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar». Es cierto. Con frecuencia, somos exigentes y severos con los demás, comprensivos e indulgentes con nosotros. Agobiamos a la gente sencilla con nuestras exigencias pero no les facilitamos la acogida del evangelio. No somos como Jesús que se preocupaba de hacer ligera su carga pues era sencillo y humilde de corazón.

«Todo lo que hacen es para que los vea la gente». No podemos negar que es muy fácil vivir pendientes de nuestra imagen, buscando casi siempre "quedar bien" ante los demás. No vivimos ante ese Dios que ve en lo secreto. Estamos más atentos a nuestro prestigio personal.
«Les gustan los primeros puestos y los asientos de honor... y que les hagan reverencias por la calle». Nos da vergüenza confesarlo, pero nos gusta. Buscamos ser tratados de manera especial, no como un hermano más. ¿Hay algo más ridículo que un testigo de Jesús buscando ser distinguido y reverenciado por la comunidad cristiana?

«No os dejéis llamar maestros... ni guías... porque uno solo es vuestro Maestro y vuestro Guía: Cristo». El mandato evangélico no puede ser más claro: renunciad a los títulos para no hacer sombra a Cristo; orientad la atención de los creyentes sólo hacia él. ¿Por qué la Iglesia no hace nada por suprimir tantos títulos, prerrogativas, honores y dignidades para mostrar mejor el rostro humilde y cercano de Jesús?

«No llaméis padre vuestro a nadie en la tierra porque uno solo es vuestro Padre del cielo». Para Jesús el título de Padre es tan único, profundo y entrañable que no ha de ser utilizado por nadie en la comunidad cristiana. ¿Por qué lo permitimos?


Lectura del santo evangelio según san Mateo (23,1-12):

En aquel tiempo, Jesús habló a la gente y a sus discípulos, diciendo: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos: haced y cumplid lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen. Ellos lían fardos pesados e insoportables y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar. Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y ensanchan las franjas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias por la calle y que la gente los llame maestros. Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar maestro, porque uno solo es vuestro maestro, y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo. No os dejéis llamar consejeros, porque uno solo es vuestro consejero, Cristo. El primero entre vosotros será vuestro servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»

Palabra del Señor


COMENTARIO.


"Un solo Padre, un solo Maestro".

El Evangelio de hoy empieza con un durísimo alegato contra una determinada forma de ejercer la autoridad. Las palabras de Jesús van dirigidas en primer lugar a los escribas y fariseos, que han ocupado la cátedra de Moisés. Pero no debemos entenderlas como la mera expresión de un conflicto localizado en la época de Jesús y referido sólo al judaísmo. La primera lectura testimonia cómo esas desviaciones por parte de los que deberían ser guías y maestros del pueblo databan de antiguo. Y es que se trata de un mal incrustado en el corazón del hombre, y que tiende a aparecer en todo tiempo y lugar. De hecho, la comunidad cristiana tampoco está exenta de ese peligro. Si Mateo ha reproducido esta diatriba de Jesús en su Evangelio no es sólo por afán de erudición histórica. La tensión real y creciente entre Jesús y las autoridades del pueblo le da ocasión de recordar que también en la Iglesia es fácil caer en la misma tentación y para recordar las instrucciones de Jesús sobre cómo debe entre sus seguidores.

Como siempre que leemos los evangelios, los matices del texto están llenos de significado. Jesús no se limita a hacer una crítica a toda forma de autoridad, como si toda ella y por definición fuera rechazable, expresión de una pura voluntad de poder y, en definitiva, algo que debe ser eliminado en aras de una pura horizontalidad comunitaria. Cristo habla de la “cátedra de Moisés”, lo que significa que hay cátedras y un magisterio que debe ser ejercido por alguien. Incluso reconoce una elemental fidelidad de escribas y fariseos en la transmisión del contenido: de ahí que recomiende “hacer lo que dicen”, aunque los desautorice por la contradicción entre lo que predican y lo que hacen. Es verdad que cualquier ejercicio de la autoridad se justifica sólo por el servicio a determinados valores, por lo que cualquiera que ocupa un cargo o una cátedra suele mantener, al menos retóricamente, la adhesión a lo que debe servir. Otra cosa es pasar del dicho al hecho, que, como recuerda el refrán, exige recorrer con esfuerzo un cierto trecho.

Lo que Jesús denuncia aquí es, pues, la incoherencia de vida, especialmente en aquellos que, por tener que enseñar al pueblo, deberían además dar ejemplo de lo que predican, pues aquí no se trata de una mera doctrina teórica, sino de una verdad que afecta a la vida y a sus actitudes prácticas. Pero no sólo no dan ejemplo, desmintiendo con su vida lo que exigen a los demás, sino que además usan la verdad a la que deberían servir para hacerse notar y alcanzar estatus social.

Al decirnos que “hagamos lo que dicen, pero que no imitemos su ejemplo”, Jesús nos exhorta a denunciar esa incoherencia no sólo con palabras, sino precisamente con la propia coherencia de vida. No hay denuncia más eficaz que encarnar efectivamente las propias convicciones. En el caso del Evangelio, no se puede predicar la Palabra, la fe en Dios Padre y la llamada al seguimiento más que haciendo de la escucha de la Palabra, del espíritu de confianza filial y del discipulado del único Maestro una forma concreta de vida.

Si la diatriba inicial de Jesús va dirigida a los que ejercen la autoridad y el magisterio de un cierto modo, las recomendaciones que la siguen (“vosotros, en cambio…”) deben entenderse, en primer lugar, también dirigidas a los que en la Iglesia están encargados de enseñar y dirigir a la comunidad: no usar a Dios para obtener el reconocimiento de las gentes, ni servirse de la Palabra para conseguir ventajas materiales y sociales, sino servir a los hermanos para alcanzar como premio sólo el reconocimiento de Dios “que ve en lo escondido” (cf. Mt 6, 4). Y esto significa que los inevitables roles, los cargos de responsabilidad y la autoridad, que no pueden no existir, deben ejercerse con sencillez, sin privilegios, sin aplastar ni hacer invisible la fundamental igualdad ante el único Padre de todos, ante el único Señor y Maestro Jesucristo, que se ha abajado (cf. Flp 2, 7) para convertirse en el servidor de sus hermanos (cf. Mc 10, 45; Jn 13, 14).

Aunque el peligro y la tentación de abusar de la autoridad instituida por Cristo para el servicio aceche siempre a la Iglesia, e, incluso, se dé siempre de un modo u otro, también es verdad que abundan también y por fortuna los ejemplos positivos. Pablo, que sabía ejercer su autoridad apostólica cuando lo requerían las circunstancias, el bien de la comunidad y la defensa de la verdad del Evangelio, era también un modelo de entrega generosa y desinteresada a sus hermanos: no se limita a predicar, enseñar y organizar la comunidad, sino que está dispuesto a entregar su propia persona, como una madre se entrega por sus hijos, como el buen pastor entrega su vida por sus ovejas. Y, después de él, han sido legión los que han puesto en práctica con fidelidad las instrucciones de Jesús, haciendo del servicio desinteresado, a imitación del único Señor y Maestro, el eje de su ministerio. Esta semana hemos celebrado la fiesta del P. Claret, que con su vida fue un ejemplo preclaro de ese espíritu de entrega al ministerio hasta la muerte, de ese espíritu de servicio que recorre con agilidad el trecho que va del dicho al hecho.

Es en estos en los que se puede seguir usando con propiedad los títulos de padre y maestro sin temor a contradecir las palabras de Jesús, pues en ellos, en su vida y en su magisterio, resplandece la única paternidad de Dios, el único magisterio de Cristo.

En todo caso, el mensaje de la Palabra de Dios hoy no es cosa exclusiva de los que en la Iglesia ocupan cargos de responsabilidad. Tenemos que recordar que, a partir de la fundamental igualdad como hijos de Dios, todos somos miembros vivos del cuerpo de Cristo, todos participamos de su función sacerdotal, de mediación entre Dios y la humanidad. Por ello, la llamada a la coherencia entre lo que profesamos y lo que vivimos es especialmente urgente para todos los cristianos y para la entera comunidad cristiana. Es posible que parte del desprestigio del cristianismo en nuestros días tenga que ver con el divorcio entre nuestra fe y nuestra vida: tal vez con demasiada frecuencia desmentimos con nuestras actitudes prácticas las verdades y los valores en los que decimos creer. ¿Cuál es el antídoto contra esta enfermedad que deja el cuerpo eclesial de Cristo en estado de anemia? Además de escuchar y acoger la Palabra, tenemos que ponerla en práctica mediante el espíritu de servicio abnegado a los hermanos. Si nos inclinamos humildemente ante las necesidades de nuestros hermanos, en los que la fe que confesamos nos descubre el rostro vivo y sufriente de Cristo, seremos ensalzados, igual que Dios enalteció a María al mirar la humildad de la que se hizo libremente servidora del Señor.















Fuentes:
Iluminación Divina
Luis Eduardo Molina Valverde
José María Vegas, cmf
José A. Pagola
Ángel Corbalán