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domingo, 15 de diciembre de 2019

«No ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista» (Evangelio Dominical)




Hoy, como el domingo anterior, la Iglesia nos presenta la figura de Juan el Bautista. Él tenía muchos discípulos y una doctrina clara y diferenciada: para los publicanos, para los soldados, para los fariseos y saduceos... Su empeño es preparar la vida pública del Mesías. Primero envió a Juan y Andrés, hoy envía a otros a que le conozcan. Van con una pregunta: «Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?» (Mt 11,3). Bien sabía Juan quién era Jesús. Él mismo lo testimonia: «Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre él, ése es el que bautiza en el Espíritu Santo’» (Jn 1,33). Jesús contesta con hechos: los ciegos ven y los cojos andan...

Juan era de carácter firme en su modo de vivir y en mantenerse en la Verdad, lo cual le costó su encarcelamiento y martirio. Aún en la cárcel habla eficazmente con Herodes. Juan nos enseña a compaginar la firmeza de carácter con la humildad: «No soy digno de desatarle las sandalias» (Jn 1,27); «Es preciso que Él crezca y que yo disminuya» (Jn 3,30); se alegra de que Jesucristo bautice más que él, pues se considera sólo “amigo del esposo” (cf. Jn 3,26).

                   




En una palabra: Juan nos enseña a tomar en serio nuestra misión en la tierra: ser cristianos coherentes, que se saben y actúan como hijos de Dios. Debemos preguntarnos: —¿Cómo se prepararían María y José para el nacimiento de Jesucristo? ¿Cómo preparó Juan las enseñanzas de Jesús? ¿Cómo nos preparamos nosotros para conmemorarlo y para la segunda venida del Señor al final de los tiempos? Pues, como decía san Cirilo de Jerusalén: «Nosotros anunciamos la venida de Cristo, no sólo la primera, sino también la segunda, mucho más gloriosa que aquélla. Pues aquélla estuvo impregnada por el sufrimiento, pero la segunda traerá la diadema de la divina gloria».



Lectura del santo evangelio según san Mateo (11,2-11):






En aquel tiempo, Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, le mandó a preguntar por medio de sus discípulos: «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?»
Jesús les respondió: «Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio. ¡Y dichoso el que no se escandalice de mí!»
Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan: «¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? ¿O qué fuisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Los que visten con lujo habitan en los palacios. Entonces, ¿a qué salisteis?, ¿a ver a un profeta? Sí, os digo, y más que profeta; él es de quien está escrito: "Yo envío mi mensajero delante de ti, para que prepare el camino ante ti." Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan, el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él.»

Palabra del Señor



COMENTARIO






Las Lecturas de este Tercer Domingo de Adviento están muy conectadas entre sí.

En la Primer Lectura (Is. 1. 6-10) el Profeta Isaías nos anuncia los milagros que haría Aquél que vendría a salvar al mundo.  Y en el Evangelio (Mt. 11, 2-11)  vemos a Jesús usando esas mismas palabras de Isaías para identificarse ante San Juan Bautista.

Con el Salmo 145 hemos alabado al Señor y le hemos agradecido los milagros que fueron anunciados, que realizó Jesús cuando vivió en la tierra y que sigue realizando hoy en día para el bienestar físico y espiritual de cada uno de nosotros.

En el Evangelio Jesucristo define a su primo San Juan Bautista como un Profeta, agregando que es “más que un profeta” (Mt. 11, 2-11).  Y continúa describiéndolo como aquél que es su mensajero, su Precursor, aquél que va delante de El preparando el camino.

Esto fue cuando ya eran adultos -treinta años de edad tenían ambos-.  Juan había ya anunciado al Mesías que debía venir y había predicado la conversión y el arrepentimiento, bautizando en el Jordán.  Ya había Juan caído preso por su denuncia del adulterio de Herodes.  Paralelamente,  Jesús ya había comenzado su vida pública y, aparte de su predicación, había también realizado unos cuantos milagros, por lo que su fama se iba extendiendo en toda la región.






Es así como, estando Juan en la cárcel, oye hablar de las cosas que estaba haciendo Jesús.  Queriendo, entonces confirmar si era el Mesías esperado, San Juan Bautista mandó a preguntarle si era El o si debían esperar a otro.

Jesús no respondió directamente, sino que ordenó que le informara a Juan acerca de los milagros que estaba realizando: los ciegos ven, los sordos oyen, los mudos hablan, los cojos andan...  San Juan Bautista ya no necesitaba más información:  enseguida pudo identificar a Jesús con la profecía del Profeta Isaías sobre la actividad milagrosa del Mesías, que precisamente nos trae la Primera Lectura (cf. Is. 35, 4-6).

Sin embargo, por más que los milagros eran algo muy impresionante y por más que ya estaban anunciados que serían hechos por el Mesías esperado, la austeridad con la cual Jesús se estaba manifestando al pueblo de Israel, contrastaba con lo que la mayoría estaba esperando del Mesías.  Y esto podría defraudar a unos cuantos, pues la mayoría esperaban un Mesías poderoso e imponente.

De allí que el Señor rematara el mensaje para su primo el Precursor, con esta frase: “Dichoso aquél que no se sienta defraudado por mí”.


  



En efecto, a muchos de su tiempo les pareció que Jesús no hacía suficiente honor a su título de Salvador, pues como bien dijo San Pablo posteriormente: “no hizo alarde de su categoría de Dios” (Flp. 2, 6).  Vemos entonces como, a pesar de ser ¡nada menos que Dios! Jesús nos da  ejemplo de una labor humilde y sencilla.  Y, a la vez, nos exige esa misma humildad y sencillez a nosotros.

Para ser humildes y sencillos como el Señor, debemos ver en los milagros anunciados por el Profeta Isaías y realizados por Jesús, los milagros que nuestro Redentor, puede hacer en cada uno de nosotros, especialmente en este tiempo de Adviento:  ciegos que ven, sordos que oyen, mudos que hablan, cojos que andan, etc.

Y Jesús ya no hace milagros?  Es cierto que veces se sabe de curaciones milagrosas, exorcismos, etc. que suceden aquí o allá.  Pero son muchos los milagros que Jesús puede hacer –y de hecho hace- si nos disponemos.   Tiempo propicio para ello es éste de preparación llamado Adviento.

Porque el Mesías, el Salvador del Mundo, Jesucristo, volverá, y debemos estar preparados.  Y la mejor preparación es dejarnos sanar por Jesús que ya vino hace dos mil años y que continúa estando presente en cada uno de nosotros haciendo milagros con su Gracia.  Hay que aprovechar todas las gracias derramadas en este Adviento, para prepararnos a la llegada del Mesías.


                    



Jesús curó ciegos… dispongámonos a que cure nuestra ceguera, para que podamos ver las circunstancias de nuestra vida como El las ve.  Jesús curó sordos… El puede curar la sordera de nuestro ruido, que no nos deja oír bien su Voz y así podamos seguirle sólo a El.

Jesús curó mudos… ¿y en qué somos mudos nosotros?  En que no hablamos de El y de su mensaje.  ¡Los católicos estamos enmudecidos!  Pero El puede curar esa mudez que tenemos y que nos impide evangelizar.  ¡Porque la Nueva Evangelización es trabajo de todos y cada uno de nosotros!

Con esas curaciones quedarán también sanadas nuestra cojera y nuestra parálisis, para que podamos de veras andar por el camino que nos lleva al Cielo y recibir al Señor cuando vuelva de nuevo a establecer su reinado definitivo.






 En la Segunda Lectura (St. 5, 7-10) el Apóstol Santiago nos recomienda la paciencia para esperar el momento del Señor.   Nos invita a la perseverancia en la espera de la venida del Señor.  Nos pide tener la paciencia del agricultor que espera la cosecha y, sobre todo, nos pide imitar a los Profetas -San Juan Bautista, Isaías, y otros- en su paciencia ante el sufrimiento.

Así, en paciencia y perseverancia, convirtiéndonos de nuestra ceguera, nuestra sordera, nuestra mudez, nuestra cojera, etc., nos habremos preparado bien para recibir al Mesías.  Así habremos aprovechado este Adviento.  Que así sea.

















Fuentes;
Sagradas Escrituras
Evangeli.org
Homilias.org


domingo, 23 de junio de 2019

«Dadles vosotros de comer» (Evangelio Dominical)






Hoy es el día más grande para el corazón de un cristiano, porque la Iglesia, después de festejar el Jueves Santo la institución de la Eucaristía, busca ahora la exaltación de este augusto Sacramento, tratando de que todos lo adoremos ilimitadamente. «Quantum potes, tantum aude...», «atrévete todo lo que puedas»: 

Ésta es la invitación que nos hace santo Tomás de Aquino en un maravilloso himno de alabanza a la Eucaristía. Y esta invitación resume admirablemente cuáles tienen que ser los sentimientos de nuestro corazón ante la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía. Todo lo que podamos hacer es poco para intentar corresponder a una entrega tan humilde, tan escondida, tan impresionante. El Creador de cielos y tierra se esconde en las especies sacramentales y se nos ofrece como alimento de nuestras almas. Es el pan de los ángeles y el alimento de los que estamos en camino. Y es un pan que se nos da en abundancia, como se distribuyó sin tasa el pan milagrosamente multiplicado por Jesús para evitar el desfallecimiento de los que le seguían:

 «Comieron todos hasta saciarse. Se recogieron los trozos que les habían sobrado: doce canastos» (Lc 9,17).

Ante esa sobreabundancia de amor, debería ser imposible una respuesta remisa. Una mirada de fe, atenta y profunda, a este divino Sacramento, deja paso necesariamente a una oración agradecida y a un encendimiento del corazón. San Josemaría solía hacerse eco en su predicación de las palabras que un anciano y piadoso prelado dirigía a sus sacerdotes: «Tratádmelo bien». 




Un rápido examen de conciencia nos ayudará a advertir qué debemos hacer para tratar con más delicadeza a Jesús Sacramentado: la limpieza de nuestra alma —siempre debe estar en gracia para recibirle—, la corrección en el modo de vestir —como señal exterior de amor y reverencia—, la frecuencia con la que nos acercamos a recibirlo, las veces que vamos a visitarlo en el Sagrario... Deberían ser incontables los detalles con el Señor en la Eucaristía. Luchemos por recibir y por tratar a Jesús Sacramentado con la pureza, humildad y devoción de su Santísima Madre, con el espíritu y fervor de los santos.





Lectura del santo evangelio según san Lucas (9,11b-17):




En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar al gentío del reino de Dios y curó a los que lo necesitaban.
Caía la tarde, y los Doce se le acercaron a decirle: «Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado.»
Él les contestó: «Dadles vosotros de comer.»
Ellos replicaron: «No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo este gentío.» Porque eran unos cinco mil hombres.
Jesús dijo a sus discípulos: «Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta.»
Lo hicieron así, y todos se echaron. Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce cestos.

Palabra del Señor



COMENTARIO




 Las lecturas de hoy nos invitan a recordar a Jesucristo como Mesías.  Fijémonos en el Evangelio cuando el Señor pregunta a sus Apóstoles quién creen ellos que es El.  Y Pedro, inspirado directamente por el Espíritu Santo, reconoce al Señor como el Mesías, como Aquél a quien todo el pueblo de Israel -el Pueblo de Dios- había estado esperando por siglos.

“Mesías” significa “Ungido”.  Pero el significado de la palabra “Mesías” es mucho más profundo que esto.  Desde los primeros libros de la Sagrada Escritura vemos que el Pueblo de Dios esperaba al Mesías prometido.  Y Dios va renovando y recordando esa promesa a lo largo de todo el Antiguo Testamento.

¿Qué sucedió?  ¿Por qué Dios prometió al Mesías?  ¿Por qué tanta expectación?

Recordemos que Dios había diseñado un plan maravilloso al colocar a la primera pareja humana en un sitio y un estado ideal de felicidad: el Paraíso Terrenal o Jardín del Edén.  Pero nuestros primeros progenitores se rebelaron contra Dios, su Creador, y perdieron ellos, y nosotros sus descendientes, esa inicial condición de felicidad perfecta en que Dios los había colocado.




En ese estado de felicidad inicial los seres humanos gozábamos de privilegios especiales.  Entre otras cosas, ni sufríamos, ni nos enfermábamos, ni moríamos.  Además, nos era más fácil hacer el bien y teníamos un mejor conocimiento de Dios, lo cual nos ayudaba a tener una mayor intimidad con El.

Pero Dios, que nos creó para que pudiéramos disfrutar para siempre de su Amor Infinito, no quiso abandonarnos, ni dejarnos en la situación en que quedamos, sino que preparó y diseñó un Plan de Rescate para la humanidad.

Y ¿en qué situación habíamos quedado?  Los seres humanos habíamos quedado sometidos a la esclavitud del Demonio, por haber aceptado Adán y Eva la proposición que éste les había presentado en contra de Dios.

Podríamos decir que quedamos, entonces, en una situación de secuestro.  Y Dios decide salvarnos.  Y Dios decide salvarnos... El mismo.

Es así como Dios viene a hacer por nosotros lo que nosotros no podíamos hacer por nosotros mismos: rescatarnos.


                           



Para esto, era necesario que una Persona divina se hiciera humana, puesto que la ofensa infinita a Dios debía reparase de manera infinita.  Y una reparación de esa categoría sólo podía hacerla el mismo Dios.  Pero como la ofensa había sido hecha por humanos, esa Persona Divina también tenía que ser humana.

Es así como nos promete a alguien que vendría a salvarnos:  nos promete un Salvador. (cf. Gn. 3, 15)

Por eso, el Pueblo de Dios -por siglos- esperaba al Mesías, al que vendría a salvarlos.  Y en esa espera del Mesías se mueve el Pueblo de Dios durante siglos, guiado por los Patriarcas y los Profetas.  Llega así el momento del rescate de la humanidad y Dios se hace Hombre, se hace igual que nosotros:  se baja de su condición divina -sin perderla- y toma nuestra naturaleza humana.

Sucede, entonces, el misterio más grande del Amor de Dios, el más grande milagro jamás realizado: Dios se hace Hombre para salvarnos.  Dios viene El mismo a rescatarnos de la situación en la que nos encontrábamos.

Y se inicia el Plan de Redención con el humilde “sí” de la Santísima Virgen María, al Ella aceptar ser Madre del Hijo de Dios, del Mesías que rescataría a la humanidad de la situación de secuestro en que se encontraba.




 Ante esa espera milenaria del Pueblo de Dios por el Mesías que vendría a salvarlo, podemos imaginar, entonces, qué significativa y qué crucial era la respuesta de Pedro, que vemos en el Evangelio de hoy (Lc. 9, 18-24), reconociendo a Jesús como ese personaje especialísimo que todos esperaban.

Sin embargo, la sorpresa fue cuando Jesús, enseguida que Pedro lo reconoce como el Mesías que todos habían estado esperando por tantos siglos, les da la terrible noticia de que ese personaje especialísimo que ellos llamaban “Mesías”; es decir, El mismo -Jesús- debía sufrir mucho, debía ser rechazado por los jefes del pueblo, debía ser condenado a muerte, morir... y luego resucitar.

Tan impresionados quedaron con lo del sufrimiento y la muerte de Jesús, el Mesías, que parecen no haberse fijado en la promesa de la resurrección.  Esto es tan así, que si recordamos los textos de la Resurrección del Señor, vemos cómo más bien se sorprendieron y ni siquiera creían que Cristo había resucitado.

La verdad es que, ya la idea de un Mesías sufriente que purificaría al Pueblo de Dios de sus pecados había sido anunciado por los Profetas.  Eso lo vemos en la Primera Lectura de hoy del Profeta Zacarías (Zc. 12, 10-11; 13, 1).  Pero el Pueblo de Israel –equivocadamente- esperaba un Mesías triunfante.




El Profeta Isaías, (cf. Is. 53) es elocuente en su descripción de los sufrimientos del Mesías esperado.  Pero no se daban cuenta de que el triunfo mesiánico pasaba por la Cruz y que luego vendría la Resurrección.   Lo expresa Isaías al final del Capítulo 53.  Lo dice Jesús a sus discípulos en el diálogo que nos trae el Evangelio de hoy:  sufrimiento y muerte; luego la resurrección al tercer día.

¿Por qué Jesús plantea a los discípulos el asunto de su identidad?  Porque había llegado el momento en que tenía que plantearles lo de su sufrimiento, muerte y resurrección, porque ya esto era inminente.  Eso iba a suceder poco tiempo después, en cuanto llegaran a Jerusalén.  Era muy importante, entonces, que supieran que –efectivamente- El era el Mesías esperado … aunque fuera apresado, aunque sufriera y muriera, Ellos mismos –en boca de Pedro- lo habían reconocido así.  Pero, aunque les aseguró que resucitaría al tercer día, ni se dieron cuenta de esto que era lo más importante del anuncio.

Como los Apóstoles ya lo reconocían como el Salvador, el Mesías, debían saber y entender que no hay salvación si no se pasa por el sufrimiento.  De allí que enseguida les informa –y nos informa- que también nosotros debemos recorrer el mismo camino: “Si alguno quiere acompañarme, que no se busque a sí mismo, que tome su cruz de cada día y me siga”.

Los sufrimientos de Jesús y su muerte en cruz, nos da la medida del precio de nuestro rescate: nada menos que la vida misma del Mesías.  En efecto, Jesucristo, el Hijo de Dios hecho Hombre, paga nuestro rescate a un altísimo precio: con su Vida, Pasión, Muerte y posterior Resurrección.




Y ¿qué obtiene el género humano del Mesías?

El sacrificio de Jesucristo, el Mesías prometido y esperado, el Mesías reconocido por Pedro, ése que esperaban desde había siglos, nos consigue de nuevo el derecho a heredar la felicidad eterna en el Cielo.  (Eso lo habíamos perdido).

Ahora bien, ya tenemos de nuevo el derecho a llegar al Cielo.  Pero ¿cómo íbamos a cobrar esa herencia?  Aprovechando todas las gracias que puso a nuestra disposición para llegar a allí.

Se lleva a cabo, entonces, el Plan de Rescate: la Santísima Trinidad en la persona del Hijo, el Mesías prometido y esperado, realiza el Misterio de la Redención.

Bien describe la Segunda Lectura (Gal. 3, 26-29) en qué consiste la salvación:  los bautizados somos revestidos de Cristo, hechos hijos de Dios y herederos de la promesa de Dios:  la felicidad eterna.  Y la salvación es para todos: judíos y no judíos, hombres y mujeres, esclavos y libres.

¡Eso sí!  Si bien hay una Voluntad de Dios general o absoluta:  Dios quiere que todos los seres humanos nos salvemos (cf. 1 Tim 2, 4), hay también una Voluntad de Dios condicionada.  Es decir, hay ciertas condiciones que debemos cumplir para obtener nuestra salvación:  que aquí en la tierra busquemos y hagamos la voluntad de Dios.

El rescate ya está pagado.  Pero para ser salvados, Dios requiere nuestra disposición a ser rescatados (como cualquier secuestrado, ¿no?).  Nuestra disposición consiste en buscar y hacer la Voluntad del Padre, igual que hizo el Mesías.




Este seguimiento de la voluntad de Dios va desde evitar el pecado y arrepentirnos y confesarlo en el Sacramento de la Confesión si lo cometemos, hasta amar a Dios sobre todas las cosas y buscar en todo su Voluntad.

El rescate ya está pagado.  Pero para ser salvados, Dios requiere nuestra disposición a ser rescatados.  Nuestra disposición consiste en cumplir en todo la Voluntad del Padre, igual que el Mesías.

Para esto, Cristo nos ha dejado muchas ayudas (son sus gracias):  su alimento en la Sagrada Comunión y su perdón en el Sacramento de la Confesión.   Ayuda muy importante es también la comunicación con El.  Y es importante, porque la oración nos hace dóciles y perceptivos al Espíritu Santo, Quien nos lleva por el camino de la Voluntad de Dios.





Con el Salmo 62 damos gracias a Dios y lo alabamos por todo lo que hizo por nosotros y por todo lo que nos da continuamente.  También nos mostramos muy necesitados de El, pues sin El somos como tierra seca, necesitada de agua.  Porque tenemos sed de El, lo añoramos y lo buscamos en la oración.

Con todas las ayudas que tenemos y con nuestra participación se completa el Plan de Rescate de Dios para cada uno de nosotros.  ¿Lo aprovechamos?















Fuentes:
Sagradas Escrituras
Homilias.org
Evangeli.net.


miércoles, 16 de septiembre de 2009

Evangelio según San Marcos 8,27-35


Cerca de Ti, Senor, quiero morar -


Evangelio según San Marcos 8,27-35.

Jesús salió con sus discípulos hacia los poblados de Cesarea de Filipo, y en el camino les preguntó: "¿Quién dice la gente que soy yo?". Ellos le respondieron: "Algunos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los profetas".
"Y vosotros, ¿quién decis que soy yo?". Pedro respondió: "Tú eres el Mesías". Jesús les ordenó terminantemente que no dijeran nada acerca de él. Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar después de tres días; y les hablaba de esto con toda claridad.

Pedro, llevándolo aparte, comenzó a reprenderlo. Pero Jesús, dándose vuelta y mirando a sus discípulos, lo reprendió, diciendo: "¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres".

Entonces Jesús, llamando a la multitud, junto con sus discípulos, les dijo: "El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará.".

Palabra de Dios.