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domingo, 5 de julio de 2020

«Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso» (Evangelio Dominical)



          




Hoy, Jesús nos muestra dos realidades que le definen: que Él es quien conoce al Padre con toda la profundidad y que Él es «manso y humilde de corazón» (Mt 11,29). También podemos descubrir ahí dos actitudes necesarias para poder entender y vivir lo que Jesús nos ofrece: la sencillez y el deseo de acercarnos a Él.

A los sabios y entendidos frecuentemente les es difícil entrar en el misterio del Reino, porque no están abiertos a la novedad de la revelación divina; Dios no deja de manifestarse, pero ellos creen que ya lo saben todo y, por tanto, Dios ya no les puede sorprender. Los sencillos, en cambio, como los niños en sus mejores momentos, son receptivos, son como una esponja que absorbe el agua, tienen capacidad de sorpresa y de admiración. También hay excepciones, e incluso, hay expertos en ciencias humanas que pueden ser humildes por lo que al conocimiento de Dios se refiere.

En el Padre, Jesús encuentra su reposo, y su paz puede ser refugio para todos aquellos que han sido maleados por la vida: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso» (Mt 11,28). Jesús es humilde, y la humildad es hermana de la sencillez. Cuando aprendemos a ser felices a través de la sencillez, entonces muchas complicaciones se deshacen, muchas necesidades desaparecen, y al fin podemos reposar. Jesús nos invita a seguirlo; no nos engaña: estar con Él es llevar su yugo, asumir la exigencia del amor. No se nos ahorrará el sufrimiento, pero su carga es ligera, porque nuestro sufrimiento no nos vendrá a causa de nuestro egoísmo, sino que sufriremos sólo lo que nos sea necesario y basta, por amor y con la ayuda del Espíritu. Además, no olvidemos, «las tribulaciones que se sufren por Dios quedan suavizadas por la esperanza» (San Efrén).




EVANGELIO


Lectura del santo evangelio según san Mateo (11,25-30):





En aquel tiempo, exclamó Jesús: «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.»

Palabra del Señor







COMENTARIO.






Hoy tenemos en el Evangelio uno de los pasajes más preciosos... y tal vez uno de los menos aprovechados: es aquella oración en que Jesús clamaba así al Padre Celestial: “¡Te doy gracias, Padre, Señor del Cielo y de la Tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla!” (Mt. 11, 25)

Y esta idea concluye así: “Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien.”  Es que al Padre le ha parecido bien esconder las cosas de su Reino -esconder su Sabiduría- a los sabios, a los cultos, a los racionalistas, a los que necesitan “ver para creer”.  Pero sí se las ha revelado a la gente sencilla.

¿Quiénes son esa gente sencilla?  ¡Ojo! Porque no se trata de condición económica, de ser rico o ser pobre.  Está hablando de aquéllos que se dejan enseñar por el Espíritu Santo.  A ésos el Padre les revela  sus secretos.

Conocida esta oración del Señor, San Pablo se lo explica bien claro a los griegos, quienes se dedicaban con mucho ahínco a la búsqueda del saber humano: “Si entre ustedes alguno se considera sabio, según los criterios de este mundo, considérese que no sabe, y llegará a ser verdadero sabio.  Pues la sabiduría de ese mundo es necedad a los ojos de Dios” (1 Cor. 3,18-20).  Luego pasa a citar frases del Antiguo Testamento: “Dios atrapa a los sabios en su propia sabiduría... El Señor conoce las razones de los sabios, y sabe que no valen nada” (Job 5, 13 y Sal. 94, 11).

¡Qué distinto ve Dios las cosas a como las vemos nosotros los humanos!  Si alguno quiere ser  verdadero sabio, que se reconozca incapaz de saber y de conocer por sí solo, que se reconozca insuficiente, que sepa que nada puede por su cuenta, porque ... querámoslo reconocer o no ... nada puede el hombre por sí solo, nada puede el hombre si Dios no lo capacita.  En esto consiste la “pobreza de espíritu”.  Sólo los sencillos, los “pobres de espíritu” podrán conocer la verdadera “Sabiduría” -aquélla que viene de Dios.


           



Y ¿en qué consiste la verdadera Sabiduría?  En poder ver las cosas a los ojos de Dios, en poder ver las cosas como Dios las ve, en poder ver nuestro pasado, presente y futuro como Dios lo ve, en poder ver los acontecimientos a nuestro alrededor como Dios los ve.

Aunque no forman parte de las Lecturas de este Domingo, para mejor entender esta oración de Jesús, vale la pena repasar el 1o. y el 2o. Capítulo de la Primera Carta de San Pablo a los Corintios.  Al leer a partir de 1 Cor. 1, 17 hasta 2, 15,  puede entenderse mejor lo que significa el “saber humano” y lo que significa la “Sabiduría Divina”.

El “saber” humano logrado con el raciocinio, va en sentido contrario  de la “Sabiduría” que viene de Dios.  En estos Capítulos, San Pablo echa mano de algunos pasajes del Antiguo Testamento para descalificar el saber humano y realzar la “locura” de la humildad, de la debilidad, para realzar la “locura de la cruz”: todo un Dios, que es la Sabiduría perfecta se rebaja hasta morir aparentemente fracasado en una cruz.

Es la descripción de Dios que leemos en la Primera Lectura tomada del Profeta Zacarías (Za. 9, 9-10).   Un Dios, que siendo Rey, “viene humilde y montado en un burrito”.   Y con esa humildad -continúa el Profeta Zacarías- “hará desaparecer los carros de guerra y los caballos de combate... y su Poder se extenderá de mar a mar y hasta los últimos rincones de la tierra”.

Ese Dios humilde, que desea nuestra humildad y nuestra pequeñez, destruirá a los fuertes y poderosos que creen no necesitar a Dios porque creen bastarse a sí mismos.  Si el Evangelio y las citas de San Pablo nos oponen el saber humano a la Sabiduría Divina, esta lectura del Profeta Zacarías opone el poder divino a la pretendida fortaleza humana.


    




Continuemos con San Pablo a los Corintios: “Como dice la Escritura: ‘Haré fallar la sabiduría de los sabios y echaré abajo las razones de los entendidos’ (Is. 29, 14).  Sabios, filósofos, teóricos: ¡cómo quedan!  ¿Y cómo queda la sabiduría de este mundo? ... Dios la dejó como tonta... Porque la “necedad” de Dios  es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la “debilidad” de Dios es mucho más fuerte que la fuerza de los hombres ... Fíjense, hermanos, a quiénes ha llamado Dios.  Son pocos los de ustedes que pueden considerarse cultos y son pocos los que son pudientes o que vienen de familias famosas.  Pero Dios ha elegido lo que el mundo tiene por necio, con el fin de avergonzar a los sabios; y ha escogido lo que el mundo tiene por débil, para avergonzar a los fuertes.  Dios ha elegido a la gente común y despreciada; ha elegido lo que no es nada, para rebajar a lo que es.  Y así ningún mortal ya podrá alabarse a sí mismo delante de Dios ... La Escritura, pues, nos dice:   ‘No se sientan orgullosos, más bien estén orgullosos del Señor’  (Jer. 9, 22)  ...  Yo mismo, hermanos, no llegué a ustedes con palabras y discursos elevados para anunciarles el mensaje de Dios ... me presenté a ustedes débil, inquieto y angustiado:  mis palabras y mi predicación no tenían brillo ... Pero sí se manifestó el Espíritu de Dios con su poder, para que ustedes creyeran, y no ya por la sabiduría de un hombre, sino por el Poder de Dios ... Sólo el Espíritu de Dios conoce los secretos de Dios ... Hablamos, no con palabras llenas de sabiduría humana, sino aprendidas del Espíritu de Dios, para expresar las cosas espirituales en un lenguaje espiritual.  El hombre que se queda en lo humano no entiende las cosas del Espíritu de Dios.  Para él son necedad y no las puede entender, pues éstas sólo se pueden entender a partir de una experiencia espiritual... ‘¿Quién ha conocido el pensamiento de Dios?’  (Is. 40, 13)...  Pues... nosotros conocemos el pensamiento de Cristo”.  (1 Cor. 1, 17-20  y 2, 1-15)






A esto precisamente se refiere el Evangelio de hoy al continuar así: “Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt. 11, 26-27).

Y ¿a quién quiere revelarse Dios?  ¿A quién quiere revelar Dios sus secretos?   No a los sabios, a los cultos, a los racionalistas.  No.  Dios se revela a los sencillos: a los que saben que no saben, a los que no necesitan pruebas, a los que se abren a las enseñanzas del Espíritu Santo.

Por eso nos dice San Pablo en la Segunda Lectura de hoy: “Ustedes no viven conforme al desorden egoísta del hombre, puesto que el Espíritu de Dios habita verdaderamente en ustedes.  Quien no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo”  (Rm. 8, 9-13).

Pero debemos tener en cuenta que para ser de Cristo no basta haber recibido su Espíritu en el Bautismo.  Es necesario hacer crecer la Vida del Espíritu de Dios en nosotros, para poder actuar de acuerdo a ese Espíritu que nos inunda de Sabiduría Divina, y dejar así de actuar de acuerdo a la sabiduría del mundo.

La Santísima Virgen María, modelo de humildad y de esa Sabiduría que viene de Dios, sabe que nada puede por sí sola.  Por ello reconoce que, no ella, sino Dios, el Poderoso, “ha hecho grandes cosas” en ella. (Lc 1,49)

Pequeñez.  Sencillez.  Humildad.  Virtudes evangélicas necesarísimas, que nos llevan a ser pobres en el espíritu.  Pero ¡qué lejanas están estas virtudes de lo que nuestro mundo actual -tan distinto de Dios- nos propone!

1)      Ante la  pequeñez espiritual del Evangelio, se nos propone el engrandecimiento del propio yo.

2)      Ante la sencillez del Evangelio, se nos proponen los racionalismos estériles.

3)      Ante la humildad del Evangelio, se nos propone la soberbia de lograr cualquier cosa con tan sólo proponérnosla.

4)      Ante la pobreza en el espíritu del Evangelio se nos propone la auto-suficiencia y el engreimiento del ser humano.


                    



Pero las proposiciones contenidas en la Sagrada Escritura son para todos los tiempos, incluyendo el de nuestra “avanzada” civilización.  Y la Palabra de Dios nos aconseja reconocernos incapaces ante el Todopoderoso... para poder llegar a ser sabios.  Hacernos pequeños -necesitados como los niños... para que Dios pueda crecer en nosotros.  Hacernos humildes... reconocernos que no somos nada ante Dios... para poder ser engrandecidos por Él.

No significa que no estudiemos, que no nos preparemos.  Significa que esos conocimientos no son los que nos capacitan para obtener la Sabiduría que viene de Dios.   Los conocimientos humanos nos capacitan para cosas que tenemos que hacer, pero no para ser los sabios que Dios quiere que seamos.
Y ¿en qué consiste la verdadera Sabiduría? Consiste en poder ver las cosas como Dios las ve, poder ver nuestro pasado, presente y futuro como Dios lo ve, poder ver los acontecimientos a nuestro alrededor como Dios los ve.

Sólo así, podremos salirnos del grupo de los “sabios y entendidos”, a quienes le quedan escondidos los secretos de Dios y podremos, entonces, ser contados entre la “gente sencilla”  a quienes el Padre revela sus secretos, los secretos de su Sabiduría.
La Segunda Lectura (Rm. 8, 9.11-13) nos recuerda nuestra futura resurrección, asegurándonos que el Espíritu Santo dará nueva vida a nuestro cuerpos mortales.  Así como Cristo resucitó, también nosotros resucitaremos.

Adicionalmente San Pablo nos insta a dejar el egoísmo y las malas acciones.  El egoísmo (la preferencia de nuestro “yo”) y las malas acciones (el pecado) están muy conectados, pues el pecado es básicamente egoísmo: anteponer nuestro “yo” al “Tú” de Dios, preferirnos a nosotros mismos antes que preferir a Dios.  San Pablo nos asegura que tenemos todo el auxilio del Espíritu Santo, para dejar ese egoísmo que nos lleva al pecado.




Al comienzo de esta lectura, nos dice el Apóstol: “Ustedes no viven conforme al desorden egoísta del hombre, sino conforme al Espíritu, puesto que el Espíritu de Dios habita verdaderamente en ustedes”.

Y, vivir conforme al Espíritu de Dios, no solamente es dejar el egoísmo y el pecado, sino que es también vivir de acuerdo a la Sabiduría Divina.  Para ello debemos aprovechar todas las gracias que el Espíritu Santo continuamente derrama en nosotros, para dejar de ser sabios y entendidos,  y llegar a ser de la gente sencilla de la cual nos habla el Evangelio de hoy.

Con el Salmo 144   hemos implorado la misericordia del Señor en el responsorio: Acuérdate, Señor, de tu misericordia.
























Fuentes:
Sagradas Escrituras
Evangeli.org
Homilias.org

viernes, 1 de julio de 2011

Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío!!


¡Alabado sea el sagrado Corazón de Jesús en el santísimo sacramento del Altar! ¡Sea por siempre bendito y alabado! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío! Confío: El pasado a vuestra Misericordia, El presente a vuestro Amor Y el futuro a vuestra Providencia.


La devoción al Corazón de Jesús ha existido desde los primeros tiempos de la Iglesia, cuando se meditaba en el costado y el Corazón abierto de Jesús, de donde salió sangre y agua. De ese Corazón nació la Iglesia y por ese Corazón se abrieron las puertas del Cielo. La devoción al Sagrado Corazón está por encima de otras devociones porque veneramos al mismo Corazón de Dios. Pero fue Jesús mismo quien, en el siglo diecisiete, en Paray-le-Monial, Francia, solicitó, a través de una humilde religiosa, que se estableciera definitiva y específicamente la devoción a su Sacratísimo Corazón.

El 16 de junio de 1675 se le apareció Nuestro Señor y le mostró su Corazón a Santa Margarita María de Alacoque. Su Corazón estaba rodeado de llamas de amor, coronado de espinas, con una herida abierta de la cual brotaba sangre y, del interior de su corazón, salía una cruz. Santa Margarita escuchó a Nuestro Señor decir: "He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres, y en cambio, de la mayor parte de los hombres no recibe nada más que ingratitud, irreverencia y desprecio, en este sacramento de amor." Con estas palabras Nuestro Señor mismo nos dice en qué consiste la devoción a su Sagrado Corazón.
La devoción en sí está dirigida a la persona de Nuestro Señor Jesucristo y a su amor no correspondido, representado por su Corazón. Dos, pues son los actos esenciales de esta devoción: amor y reparación. Amor, por lo mucho que Él nos ama. Reparación y desagravio, por las muchas injurias que recibe sobre todo en la Sagrada Eucaristía.

Al Sagrado Corazón de Jesús


Corazón Sagrado de Jesús,
en Vos ponemos toda nuestra confianza,
temiéndolo todo de nuestra fragilidad,
esperándolo todo de vuestra bondad:
sed el único objeto de nuestro amor,
el protector de nuestra vida,
el sostén en nuestra debilidad,
la reparación de nuestras faltas,
la seguridad de nuestra salvación y
nuestro refugio en la hora de la muerte.
Amén.


Las Doce Promesas del Sagrado Corazón

En mayo de 1673, el Corazón de Jesús le dio a Santa Margarita María para aquellas almas devotas a su Corazón las siguientes promesas:

* Les daré todas las gracias necesarias para su estado de vida.
* Les daré paz a sus familias.
* Las consolaré en todas sus penas.
* Seré su refugio durante la vida y sobre todo a la hora de la muerte.
* Derramaré abundantes bendiciones en todas sus empresas.
* Los pecadores encontrarán en mi Corazón un océano de misericordia.
* Las almas tibias se volverán fervorosas.
* Las almas fervorosas harán rápidos progresos en la perfección.
* Bendeciré las casas donde mi imagen sea expuesta y venerada.
* Otorgaré a aquellos que se ocupan de la salvación de las almas el don de mover los corazones más endurecidos.
* Grabaré para siempre en mi Corazón los nombres de aquellos que propaguen esta devoción.
* Yo te prometo, en la excesiva misericordia de mi Corazón, que su amor omnipotente concederá a todos aquellos que comulguen nueve Primeros Viernes de mes seguidos, la gracia de la penitencia final: No morirán en desgracia mía, ni sin recibir sus Sacramentos, y mi Corazón divino será su refugio en aquél último momento.


Consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús


El 30 de Mayo de 1919 el rey Alfonso XIII leyó la consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús. Esta consagración se realizó en el Cerro de los Angeles, cerca de Madrid, ante un gran monumento e imagen de piedra del Sagrado Corazón de Jesús situada en lo alto del cerro. El rey leyó la consagración de pie ante el Altar del Monumento con el Santísimo Sacramento expuesto. Al acto asistieron la Familia real, el Gobierno en pleno, otras autoridades civiles, autoridades religiosas y militares, y muchísima gente. Este es el texto de la consagración, leído por el rey:

"Corazón de Jesús Sacramentado, Corazón del Dios Hombre, Redentor del Mundo, Rey de Reyes y Señor de los que dominan:
España, pueblo de tu herencia y de tus predilecciones, se postra hoy reverente ante este trono de tus bondades que para Tí se alza en el centro de la península. Todas las razas que la habitan, todas las regiones que la integran, han constituido en la sucesión de los siglos y a través de comunes azares y mutuas lealtades esta gran patria española, fuerte y constante en el amor a la Religión y en su adhesión a la Monarquía.
Sintiendo la tradición católica de la realeza española y continuando gozosos la historia de su fe y de su devoción a Vuestra Divina Persona, confesamos que Vos vinisteis a la tierra a establecer el reino de Dios en la paz de las almas, redimidas por Vuestra Sangre y en la dicha de los pueblos que se rijan por vuestra santa Ley; reconocemos que tenéis por blasón de Vuestra Divinidad conceder participación de Vuestro Poder a los Príncipes de la tierra y que de Vos reciben eficacia y sanción todas las leyes justas, en cuyo cumplimiento estriba el imperio del orden y de la paz.
Vos sois el camino seguro que conduce a la posesión de la vida eterna: luz inextinguible que alumbra los entendimientos para que conozcan la verdad y principio propulsor de toda vida y de todo legítimo progreso social, afianzándose en Vos y en el poderío y suavidad de vuestra gracia, todas las virtudes y heroísmos que elevan y hermosean el alma.
Venga, pues, a nosotros tu Santísimo Reino, que es Reino de justicia y de amor. Reinad en los corazones de los hombres, en el seno de los hogares, en la inteligencia de los sabios, en las aulas de la Ciencia y de las Letras, y en nuestras leyes e instituciones patrias.
Gracias, Señor, por habernos librado misericordiosamente de la común desgracia de la guerra, que tantos pueblos ha desangrado; continuad con nosotros la obra de vuestra amorosa providencia.
Desde estas alturas que para Vos hemos escogido, como símbolo del deseo que nos anima de que presidáis todas nuestras empresas, bendecid a los pobres, a los obreros, a los proletarios todos para que en la pacifica armonía de todas las clases sociales, encuentren justicia y caridad que haga más suave su vida, mas llevadero su trabajo.
Bendecid al Ejército y a la Marina, brazos armados de la Patria, para que en la lealtad de su disciplina y en el valor de sus armas sean siempre salvaguardia de la Nación y defensa del Derecho. Bendecidnos a todos los que aquí reunidos en la cordialidad de unos mismos santos amores de la Religión y de la Patria, queremos consagraros nuestra vida, pidiéndoos como premio de ella el morir en la seguridad de Vuestro Amor y en el regalado seno de Vuestro Corazón Adorable. Así sea."


ORACIÓN:




Oh Dios todopoderoso y eterno, mira el Corazón de tu amantísimo Hijo, las alabanzas y satisfacciones que en nombre de los pecadores te ofrece y concede el perdón a éstos que piden misericordia en el nombre de tu mismo Hijo, Jesucristo, el cual vive y reina contigo por los siglos de los siglos. Amén.







Fuentes:
Iluminación Divina

Santoral Católico
Ángel Corbalán