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domingo, 11 de agosto de 2019

«También vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre» (Evangelio Dominical)


                 



Hoy, el Evangelio nos recuerda y nos exige que estemos en actitud de vigilia «porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre» (Lc 12,40). Hay que vigilar siempre, debemos vivir en tensión, “desinstalados”, somos peregrinos en un mundo que pasa, nuestra verdadera patria la tenemos en el cielo. Hacia allí se dirige nuestra vida; queramos o no, nuestra existencia terrenal es proyecto de cara al encuentro definitivo con el Señor, y en este encuentro «a quien se le dio mucho, se le reclamará mucho; y a quien se confió mucho, se le pedirá más» (Lc 12,48). ¿No es, acaso, éste el momento culminante de nuestra vida? ¡Vivamos la vida de manera inteligente, démonos cuenta de cuál es el verdadero tesoro! No vayamos tras los tesoros de este mundo, como tanta gente hace. ¡No tengamos su mentalidad!


                           



 Según la mentalidad del mundo: ¡tanto tienes, tanto vales! Las personas son valoradas por el dinero que poseen, por su clase y categoría social, por su prestigio, por su poder. ¡Todo eso, a los ojos de Dios, no vale nada! Supón que hoy te descubren una enfermedad incurable, y que te dan como máximo un mes de vida,... ¿qué harás con tu dinero?, ¿de qué te servirán tu poder, tu prestigio, tu clase social? ¡No te servirá para nada! ¿Te das cuenta de que todo eso que el mundo tanto valora, en el momento de la verdad, no vale nada? Y, entonces, echas una mirada hacia atrás, a tu entorno, y los valores cambian totalmente: la relación con las personas que te rodean, el amor, aquella mirada de paz y de comprensión, pasan a ser verdaderos valores, auténticos tesoros que tú —tras los dioses de este mundo— siempre habías menospreciado.


¡Ten la inteligencia evangélica para discernir cuál es el verdadero tesoro! Que las riquezas de tu corazón no sean los dioses de este mundo, sino el amor, la verdadera paz, la sabiduría y todos los dones que Dios concede a sus hijos predilectos.



Lectura del santo evangelio según san Lucas (12,32-48):



                                 




En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino.
Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos bolsas que no se estropeen, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla. Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.
Tened ceñida vuestra cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los hombres que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame.
Bienaventurados aquellos criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; en verdad os digo que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y, acercándose, les irá sirviendo.
Y, si llega a la segunda vigilia o a la tercera y los encuentra así, bienaventurados ellos.
Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, velaría y no le dejaría abrir un boquete en casa.
Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre».
Pedro le dijo:
«Señor, ¿dices esta parábola por nosotros o por todos?».
Y el Señor dijo:
«¿Quién es el administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre para que reparta la ración de alimento a sus horas?
Bienaventurado aquel criado a quien su señor, al llegar, lo encuentre portándose así. En verdad os digo que lo pondrá al frente de todos sus bienes.
Pero si aquel criado dijere para sus adentros: “Mi señor tarda en llegar”, y empieza a pegarles a los criados y criadas, a comer y beber y emborracharse, vendrá el señor de ese criado el día que no espera y a la hora que no sabe y lo castigará con rigor, y le hará compartir la suerte de los que no son fieles.
El criado que, conociendo la voluntad de su señor, no se prepara ni obra de acuerdo con su voluntad, recibirá muchos azotes; pero el que, sin conocerla, ha hecho algo digno de azotes, recibirá menos.
Al que mucho se le dio, mucho se le reclamará; al que mucho se le confió, más aún se le pedirá».

Palabra del Señor






COMENTARIO


                           




La Fe es un don de Dios.  Es cierto.  La Fe es una virtud.  También es cierto.  La Fe es un acto de la voluntad.  Cierto también.  Pero la Fe es, además, de acuerdo a las Lecturas de hoy, una actitud muy inteligente, porque por medio de la Fe recibimos por adelantado lo que esperamos poseer.  ¿Que ...  cómo es esto?

Nos dice la Segunda Lectura: “La fe es la forma de poseer, ya desde ahora, lo que se espera y de conocer las realidades que no se ven” (Hb. 11, 1-2.8-19).    Y ¿qué es lo que esperamos?  Nada menos que el Reino de Dios.  Y eso tendremos ... si creemos ... y si actuamos de acuerdo a esa Fe.  Jesús mismo nos lo ha prometido al comienzo del Evangelio de hoy: “No temas, rebañito mío, porque mi Padre ha tenido a bien darte el Reino” (Lc. 12, 32-48).

En las Lecturas de este domingo vemos, entonces, la conexión entre la Fe y la Esperanza.  Esperamos porque creemos, ya que lo que esperamos no lo vemos ... al menos no claramente.  Por la Fe creemos, entonces, en lo que no se ve.  Creemos en lo que, sin comprobar, aceptamos como verdad.  Creemos, además, en lo que esperamos recibir en la Vida que nos espera después de esta vida, aunque no lo veamos y aunque no lo podamos comprobar.

Es decir, por la Fe podemos comenzar a gustar desde aquí lo que vamos a recibir Allá.  Podemos comenzar a recibir por adelantado lo que luego tendremos en forma perfecta.  Podemos comenzar a disfrutar en forma velada lo que se llama la “Visión Beatífica”, el ver a Dios “cara a cara” (1 Cor. 13, 12), “tal cual es” (1 Jn. 3, 2).  De allí que la Iglesia Católica se atreva a decirnos en el Catecismo: “La Fe es, pues, ya el comienzo de la Vida Eterna” (CIC # 163).

“Ahora, sin embargo, caminamos en la Fe, sin ver todavía” (2 Cor. 5, 7), y conocemos a Dios “como en un espejo y en forma opaca, imperfecta, pero luego será cara a cara.  Ahora solamente conozco en parte, pero entonces le conoceré a El como El me conoce a Mí” (1 Cor. 13, 12-13).  (cf. CIC #164)

                              




Hay que vivir en Fe, aunque por ahora no podamos ver claramente, sino en forma opaca, imperfecta.  A veces la Fe puede hacerse muy oscura.  Puede ser puesta a prueba.  Las circunstancias de nuestra vida pueden tornarse difíciles y entonces lo que creemos por Fe y lo que esperamos por Esperanza, podría opacarse, podría hasta esconderse.  Es el momento, entonces, de afianzar nuestra Fe.

De allí que mucha gente exclame ante ciertas situaciones: ¿Cómo se puede vivir sin Fe?  ¿Cómo hubiera hecho si no tuviera Fe?

Sabemos que la Fe es un regalo de Dios.  Y eso significa que tenemos toda su ayuda para que creamos en lo que esperamos y para que nuestra Fe no desfallezca nunca, aún en medio de las más complicadas situaciones.

Entonces nos toca imitar la Fe de la Santísima Virgen María que tuvo Fe en el momento increíble, pero gozoso, de la Anunciación.  Y esa Fe suya no desfalleció jamás, ni siquiera en los momentos más dolorosos del sufrimiento de su Hijo, ni en el momento de su ausencia cuando lo colocó en el sepulcro.

Nuestra Fe tiene que ser como la de la Virgen.  La Fe no puede ser una actitud momentánea.  La Fe no puede ir en marcha y contra-marcha.  La Fe tiene que ir acompañada de la perseverancia ... hasta el final.  Bien lo dice Jesucristo en el Evangelio de hoy: “Estén listos con la túnica puesta y las lámparas encendidas ... También ustedes estén preparados, porque a la hora que menos lo piensen vendrá el Hijo del hombre” (Lc. 12, 32-48).

                                    




Es seria esta advertencia del Señor:  a la hora que menos pensemos vendrá Jesucristo, bien porque nos llegue el día de nuestra muerte, bien porque El mismo venga en gloria a juzgar a vivos y muertos.  Y tenemos que estar preparados.  Tenemos que vivir cada día de nuestra vida en la tierra como si fuera el último día de nuestra vida.  Es la recomendación de ese gran Santo de la Iglesia, San Francisco de Sales.

En el Evangelio, además de las advertencias mencionadas, el Señor nos propone una parábola relativa a ese requerimiento de perseverancia y de preparación constante que debemos tener.  Nos habla de dos administradores: 

uno honesto y diligente, y otro descuidado y desleal.  Nos dice que será dichoso aquél a quien el jefe lo encuentre cumpliendo su deber.  Pero el otro, el incumplido, parrandero e irresponsable, “recibirá muchos azotes”, porque, conociendo la voluntad de su amo, no la cumplió.

Y luego Jesucristo hace la salvedad con respecto de aquéllos que, sin conocer la voluntad de su amo hacen algo digno de castigo.  Y nos informa que ésos también recibirán azotes, pero serán pocos.  ¿Qué significa esto?

Jesús está refiriéndose al conocimiento que podemos tener los seres humanos sobre lo que es bueno y lo que es malo.  Los que no saben lo que es la Voluntad de Dios, lo que es la Ley de Dios ¿por qué serán castigados también?  Nos dice que recibirán poco castigo, pero también serán castigados.

Veamos ... Todo hombre o mujer sabe por su conciencia lo que es bueno y lo que es malo.  De hecho, lo que llamamos “conciencia” es la conexión que hay entre la Ley de Dios y nuestros actos.  Y esa Ley de Dios está inscrita en el corazón de cada uno de nosotros.  Es lo que se llama “Ley Natural”.  La “conciencia” es, entonces, la aplicación de esa “Ley Natural” -que Dios ha inscrito en cada corazón humano- a los pensamientos, palabras y obras que realizamos los seres humanos.

                        




Ahora bien, el hecho de que tengamos una “conciencia”, no hace que esa conciencia sea necesariamente correcta.  ¡Es un error pensar así!  Podemos tener una conciencia correcta o podemos tener una conciencia equivocada.

La conciencia equivocada es aquélla que, por ejemplo, considera que es permitido robar o fornicar.  Como la conciencia nuestra se va formando por demasiadas informaciones contrapuestas -desde una propaganda en televisión inmoral o una noticia mal interpretada, hasta una Encíclica del Papa- es fácil ver cómo nuestra conciencia es capaz de errar.   Todo esto para decir que nuestra conciencia no siempre es infalible.

El caso que menciona Jesús en el Evangelio de hoy podría ser el de una conciencia, que, sin llegar a ser totalmente errónea, podría ser catalogada como una conciencia “laxa”.  Este tipo de conciencia es aquélla que es permisiva, que juzga como no tan ilícito lo ilícito, o como leve lo que es grave.

Y ¿cómo puede llegarse a esto?  Pues la persona comienza por permitirse faltas no muy graves, con lo cual va haciendo que su conciencia se haga algo insensible a ciertos pecados.  También puede ser que lleve una vida muy mundana, frívola y sensual, o que haya descuidado la oración y los Sacramentos.  La lujuria, por ejemplo, es un gran oscurecedor de la recta conciencia.

De allí que toda persona tenga la obligación de formarse una conciencia recta que esté de acuerdo a la verdad y a la Ley Divina, y no dejar que su conciencia se haga “laxa” o se desvíe completamente hacia el error.

¿Cómo lograr esto?  Haciendo todo lo contrario a lo que son causas de una conciencia “laxa”: evitar la mundaneidad, la frivolidad, la sensualidad.  Evitar la lujuria.  Orar con perseverancia y llevar una vida sacramental frecuente.  Como mínimo la Misa de los domingos, pero no limitarnos a ese requerimiento.


                                               



Concluye Jesús diciéndonos en este Evangelio que “al que mucho se le da, se le exigirá mucho, y al que mucho se le confía, se le exigirá mucho más”.

Esto es muy justo y muy lógico, y no hay que tener temor a las exigencias que nos vienen con las muchas gracias que nos da el Señor cuando comenzamos a ponerlo a El en el primer lugar, cuando comenzamos a “acumular tesoros que no se acaban para el Cielo, allá donde no llega el ladrón, ni carcome la polilla”.

Cuando verdaderamente nos dedicamos a las cosas de Dios, a los “tesoros para el Cielo”, Dios nos regala muchas más cosas.  Y, ciertamente, nos exigirá según todas esas cosas que nos ha dado.  Pero ... ¿qué importa que nos exija?  Es como el alumno, bien preparado en una materia, a quien no le importa que lo interroguen en cosas difíciles, pues está bien preparado.

La Primera Lectura del Libro de la Sabiduría (Sb. 18, 6-9) nos habla también de la Fe.  Nos presenta la noche de la liberación del pueblo elegido, cautivo en Egipto.

Los egipcios no creyeron la palabra de Dios y, tal como había anunciado Yavé a través de Moisés, vieron morir a todos sus primogénitos.  En cambio, los hebreos, que sí creyeron en Dios, fueron preservados de esta amenaza y pudieron salir en libertad hacia el desierto, donde Yavé los guiaba para establecer su alianza con ellos, el pueblo elegido.

                               




Sabemos que no siempre ese pueblo suyo le creyó y le fue fiel a Dios, pero toda la historia de Israel en el desierto es una historia basada en la fe o falta de fe de ese pueblo en Yavé, su Dios.

En la Segunda Lectura se desarrolla el tema de la Fe en varios momentos del pueblo elegido:  desde Abraham hasta Isaac, hijo de éste.  Y este recuento nos debe llevar a que, en los momentos de dudas y de exigencias, imitemos esa fe de Abraham.

No en vano Abraham es considerado nuestro padre en la Fe, porque creyó “esperando contra toda esperanza” (Rom. 4, 18) y, en confianza absoluta en Dios, “sin saber a donde iba, partió hacia la tierra que habría de recibir como herencia”.

Y cuando Dios lo puso a prueba, se dispuso a sacrificar a Isaac, su hijo único, con el cual se debía cumplir la promesa que Dios mismo le había hecho: una inmensísima descendencia que llevaría su nombre y que sería tan grande como las estrellas del cielo.

A Abraham no le importó lo que Dios le estaba pidiendo:  simplemente confió en que, si Dios se lo pedía, El sabría lo que iba a hacer.

                  



 Así debe ser nuestra fe:  confiada, tan confiada como la de Abraham, quien confiaba hasta en que Dios podía cambiar su plan, podía revertir su promesa.

Con el Salmo 32 celebramos lo que Dios hace con su pueblo escogido, con nosotros, su Iglesia, con cada uno de nosotros.  Somos dichosos porque El nos eligió.  Y confiamos en que cuida a los que confían en su bondad ... aunque haya épocas de hambre.  No importa.  El Señor nos salva de la muerte, pues en El está nuestra esperanza.  Si confiamos en El, nada importa.   




















Fuentes:
Sagradas Escrituras
Homilias.org
Evangeli.org


domingo, 2 de diciembre de 2018

«Estad en vela (...) orando en todo tiempo para que (...) podáis estar en pie delante del Hijo del hombre» (Evangelio Dominical)






Hoy, justo al comenzar un nuevo año litúrgico, hacemos el propósito de renovar nuestra ilusión y nuestra lucha personal con vista a la santidad, propia y de todos. Nos invita a ello la propia Iglesia, recordándonos en el Evangelio de hoy la necesidad de estar siempre preparados, siempre “enamorados” del Señor: «Guardaos de que no se hagan pesados vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida» (Lc 21,34).

Pero notemos un detalle que es importante entre enamorados: esta actitud de alerta —de preparación— no puede ser intermitente, sino que ha de ser permanente. Por esto, nos dice el Señor: «Estad en vela, pues, orando en todo tiempo» (Lc 21,36). ¡En todo tiempo!: ésta es la justa medida del amor. La fidelidad no se hace a base de un “ahora sí, ahora no”. Es, por tanto, muy conveniente que nuestro ritmo de piedad y de formación espiritual sea un ritmo habitual (día a día y semana a semana). 





Ojalá que cada jornada de nuestra vida la vivamos con mentalidad de estrenarnos; ojalá que cada mañana —al despertarnos— logremos decir: —Hoy vuelvo a nacer (¡gracias, Dios mío!); hoy vuelvo a recibir el Bautismo; hoy vuelvo a hacer la Primera Comunión; hoy me vuelvo a casar... Para perseverar con aire alegre hay que “re-estrenarse” y renovarse.

En esta vida no tenemos ciudad permanente. Llegará el día en que incluso «las fuerzas de los cielos serán sacudidas» (Lc 21,26). ¡Buen motivo para permanecer en estado de alerta! Pero, en este Adviento, la Iglesia añade un motivo muy bonito para nuestra gozosa preparación: ciertamente, un día los hombres «verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria» (Lc 21,27), pero ahora Dios llega a la tierra con mansedumbre y discreción; en forma de recién nacido, hasta el punto que «Cristo se vio envuelto en pañales dentro de un pesebre» (San Cirilo de Jerusalén). Sólo un espíritu atento descubre en este Niño la magnitud del amor de Dios y su salvación (cf. Sal 84,8).




Lectura del santo Evangelio según san Lucas 
(21,25-28.34-36):





En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y el oleaje, desfalleciendo los hombres por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues las potencias del cielo serán sacudidas.

Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria.
Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación.

Tened cuidado de vosotros, no sea que se emboten vuestros corazones con juergas, borracheras y las inquietudes de la vida, y se os eche encima de repente aquel día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra.

Estad, pues, despiertos en todo tiempo, pidiendo que podáis escapar de todo lo que está por suceder y manteneros en pie ante el Hijo del hombre».

Palabra del Señor





COMENTARIO





 Terminó el Ciclo Litúrgico “B” con la Fiesta de Cristo Rey, pero las lecturas de Adviento, al comienzo del Ciclo “C”, siguen en la misma tónica de los últimos domingos del Tiempo Ordinario.  Parecería que las lecturas se estuvieran repitiendo.  Y es que el Año Litúrgico comienza con la primera venida de Cristo y termina con la segunda venida Cristo.

De allí que se le llame a Cristo el Alfa y la Omega, el principio y fin de todo.  De allí que la Liturgia de Adviento, preparatoria de la Navidad, nos lleve constantemente de la primera venida de Cristo (Natividad=Navidad) a su segunda venida en gloria (Parusía).

“Yo haré nacer del tronco de David un vástago santo, que ejercerá la justicia y el derecho en la tierra” (Jr. 33, 14-16).   Es sólo una frase tomada de la Primera Lectura del Profeta Jeremías.  Y en estas breves palabras, que, analizadas gramaticalmente forman una oración compuesta por una oración principal y por una complementaria, la principal nos habla de la venida histórica de Cristo y la complementaria nos habla de su segunda venida.  Es una muestra -en una sola frase- del vaivén de la Liturgia de Adviento entre la primera y la segunda venida de Cristo.





La oración principal nos habla de “un vástago santo, proveniente del tronco de David”.  Nos está hablando de Jesús descendiente de David que nacerá y -por supuesto será santo.  La oración complementaria nos habla de cuando ese descendiente de David venga a ejercer “la justicia y el derecho en la tierra”.   Y esto no sucederá sino al fin de los tiempos cuando venga a establecer su reinado definitivo sobre la humanidad.

La salvación de la humanidad la obtuvo Cristo durante su vida en la tierra, más específicamente con su pasión, muerte y resurrección.  Pero esa salvación se realizará sólo en aquéllos que aprovechen los méritos de Cristo, al responder con su sí a la Voluntad Divina.

Y esa salvación se realizará plenamente sólo al fin de los tiempos cuando, como nos dice el Evangelio de hoy (Lc. 21, 25-28.34-36) “verán venir al Hijo del hombre en una nube, con gran poder y majestad”.




 En el final del Ciclo Litúrgico, de los pasados domingos, las lecturas nos invitaban a pensar en la segunda venida de Cristo en gloria.  Las lecturas del Adviento nos invitan a prepararnos para esa venida, para el examen final que tendremos en ese momento.

En la Navidad -es cierto- celebramos la venida de Cristo en la historia, cuando comenzó su reinado.

Celebramos el cumpleaños de Jesús -y eso nos pone alegres y festivos.  Por esa razón la Navidad es época de alegría y regocijo.

Pero esa primera venida de Cristo -como un niño, el Niño Jesús nacido en Belén de Judá- nos recuerda que su reino comenzó hace 2018 años, que ese Reino se va instaurando en cada corazón que cumple la Voluntad Divina, y que ese Reino se realizará plenamente cuando Él mismo vuelva en la Parusía y ponga todas las cosas en su lugar.


De allí que nuestra vida -toda nuestra vida- debiera ser un continuo “adviento”, una continua preparación a la segunda venida de Cristo, que pudiera sorprendernos en cualquier momento, igual que pudiera sorprendernos en cualquier momento nuestra propia muerte.   De ninguna de las dos cosas -ni de nuestra muerte ni de la segunda venida de Cristo- sabemos el día ni la hora.  Por eso hay que estar siempre preparados.




Y ¿qué significa esa “preparación”?  Podríamos resumirla en las palabras de San Francisco de Sales: “vivir cada día de nuestra vida como si fuera el último día de nuestra vida en la tierra”.

Y ... ¿vivimos así? ... ¿O más bien evadimos pensar en esa realidad, tan cierta como segura, del final de nuestra existencia -porque muramos- o del final de los tiempos, -porque venga Cristo en la Parusía?  ¿O tal vez pensamos que luego nos arreglaremos, que mientras tanto mejor es gozar y vivir como nos provoque?

¿Es esto “adviento”?  ¿Es esto “preparación”?  ¿Es que no sabemos lo que nos estamos jugando?  Es nada menos que nuestro destino para toda la eternidad.

La Segunda Lectura San Pablo (1 Ts. 3, 12-4,2)   hace eco de lo mismo:  la futura venida de Cristo.  Nos dice el Apóstol que desea “que el Señor conserve nuestros corazones irreprochables en la santidad ante Dios, nuestro Padre, hasta el día en que venga nuestro Señor Jesús en compañía de todos sus santos.






Y el Señor es claro: “Velen y estén preparados, porque no saben cuándo llegará el momento… permanezcan alerta”. (Mt. 13, 33-37) ¿Nos estamos preparando para eso?

¿Cómo prepararnos?  En el Evangelio de hoy vemos que el Señor es claro el Señor también sobre cómo prepararnos: “Velen y hagan oración continuamente, para que puedan escapar de todo lo que ha de suceder y comparecer seguros ante el Hijo del Hombre”.












Fuentes:
Sagradas Escrituras
Homilias.org
Evangeli.org

domingo, 18 de noviembre de 2018

«Él está cerca» (Evangelio Dominical)






Hoy recordamos cómo, al comienzo del año litúrgico, la Iglesia nos preparaba para la primera llegada de Cristo que nos trae la salvación. A dos semanas del final del año, nos prepara para la segunda venida, aquella en la que se pronunciará la última y definitiva palabra sobre cada uno de nosotros.


Ante el Evangelio de hoy podemos pensar que “largo me lo fiais”, pero «Él está cerca» (Mc 13,29). Y, sin embargo, resulta molesto —¡hasta incorrecto!— en nuestra sociedad aludir a la muerte. Sin embargo, no podemos hablar de resurrección sin pensar que hemos de morir. El fin del mundo se origina para cada uno de nosotros el día que fallezcamos, momento en el que terminará el tiempo que se nos habrá dado para optar. El Evangelio es siempre una Buena Noticia y el Dios de Cristo es Dios de Vida: ¿por qué ese miedo?; ¿acaso por nuestra falta de esperanza?





Ante la inmediatez de ese juicio hemos de saber convertirnos en jueces severos, no de los demás, sino de nosotros mismos. No caer en la trampa de la autojustificación, del relativismo o del “yo no lo veo así”... Jesucristo se nos da a través de la Iglesia y, con Él, los medios y recursos para que ese juicio universal no sea el día de nuestra condenación, sino un espectáculo muy interesante, en el que por fin, se harán públicas las verdades más ocultas de los conflictos que tanto han atormentado a los hombres.

La Iglesia anuncia que tenemos un salvador, Cristo, el Señor. ¡Menos miedos y más coherencia en nuestro actuar con lo que creemos! «Cuando lleguemos a la presencia de Dios, se nos preguntarán dos cosas: si estábamos en la Iglesia y si trabajábamos en la Iglesia; todo lo demás no tiene valor» (Beato J.H. Newman). La Iglesia no sólo nos enseña una forma de morir, sino una forma de vivir para poder resucitar. Porque lo que predica no es su mensaje, sino el de Aquél cuya palabra es fuente de vida. Sólo desde esta esperanza afrontaremos con serenidad el juicio de Dios.




Lectura del santo evangelio según san Marcos (13,24-32):









En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 

«En aquellos días, después de esa gran angustia, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán. Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, de horizonte a horizonte.

Aprended de esta parábola de la higuera: Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducís que el verano está cerca; pues cuando veáis vosotros suceder esto, sabed que él está cerca, a la puerta. Os aseguro que no pasará esta generación antes que todo se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán, aunque el día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sólo el Padre.»


Palabra del Señor





COMENTARIO.



      



Ya acercándonos al final del Año Litúrgico, el cual suele terminar en el mes de Noviembre de cada año, este último Domingo del Ciclo “B”, ciclo que concluye la próxima semana con la Fiesta de Cristo Rey, las Lecturas nos invitan a reflexionar sobre la Parusía.

“Parusía” es una palabra que intriga -cuando no se conoce su significado-  y que tal vez asusta cuando sí se conoce.

En efecto, en su sentido estricto, “Parusía” significa la segunda venida de Cristo.  Y eso asusta.  Pero, si lo pensamos bien, no tendría que asustar, porque estamos hablando de la culminación de la salvación.

¿Pero por qué hablamos de culminación de la salvación?  ¿Ya Cristo no nos salvó?  Es que la salvación fue efectuada ya por Cristo, pero será completada plenamente con su segunda venida en gloria, cuando venga a establecer su reinado definitivo, cuando como nos dice la Segunda Lectura, “sus enemigos sean puestos bajo sus pies” (Hb. 10, 11-14.18).

De allí que no haya que temer, porque la Parusía será el momento de nuestra salvación definitiva.  Será, además, el momento más espectacular y más importante de la historia de la humanidad: ¡Cristo viniendo en la plenitud de su gloria, de su poder, de su divinidad!  Si hace dos mil años Cristo vino como un ser humano cualquiera, en su segunda venida lo veremos tal cual es, “cara a cara” (1 Cor. 13, 12).

Será el momento de nuestra definitiva liberación: nuestros cuerpos reunidos con nuestras almas.  De eso se trata precisamente la resurrección prometida para ese momento final.


                       



Es cierto que la Primera Lectura del Profeta Daniel nos hace algunos anuncios aterradores.  Pero ese momento será terrible para algunos, para “los que duermen en el polvo y que despertarán para el eterno castigo” (Dn. 12, 1-3).   Pero ésos serán los que no hayan cumplido la voluntad de Dios en esta vida terrena, los que se hayan opuesto a Dios y a sus designios, los que hayan buscado caminos distintos a los de Dios.   Es decir, ese castigo será para los que le han dado la espalda a Dios.

Pero los justos, los que hayan buscado cumplir la voluntad de Dios en esta vida, los que por esa razón “están escritos en el libro ... despertarán para la vida eterna ... brillarán como el esplendor del firmamento ... y resplandecerán como estrellas por toda la eternidad” (Dn. 12, 1-3).

Notemos que Daniel nos habla de “los guías sabios” y “los que enseñan a muchos la justicia”.

La gloria esplendorosa será para los guías que sean sabios, que estén llenos de la Sabiduría Divina y que guíen a otros con esa Sabiduría.  También será esa gloria para aquéllos que enseñen la justicia.  La justicia, en lenguaje bíblico, significa santidad.

Es decir, esa gloria esplendorosa será también para aquéllos que, viviendo en santidad, viviendo de acuerdo a la voluntad de Dios, enseñen a otros la santidad, el cumplimiento de la voluntad de Dios, tanto con su ejemplo, como con su palabra.

Es cierto que nos dice también el Profeta, que ese momento será precedido por “un tiempo de angustia, como no lo hubo desde el principio del mundo”.


                  



Ahora bien, no hay que temer este tiempo final, pues dentro de su Providencia Divina, Dios prepara todo para bien de los que le aman, para bien de aquéllos que han vivido acorde a su Voluntad en esta vida –la que estamos viviendo antes de que vuelva glorioso como justísimo Juez en la Parusía.

De allí que las pruebas y sufrimientos de esa etapa serán la última llamada –la última oportunidad- de conversión para los que se encuentren en estado de pecado y decidan –por fin- no seguir dándole la espalda a Dios.

Será también la última ocasión de expiación para los que, aun andando en la Voluntad de Dios, requieren de esa etapa de purificación para poder ver a Dios cara a cara.  

Porque “bienaventurados los limpios de corazón, pues ellos verán a Dios” (Mt. 5, 8) y, refiriéndose a la entrada a la Jerusalén Celestial, nos dice el Apocalipsis: “En ella no entrará nada manchado” (Ap. 21, 27) y “Felices los que lavan sus ropas…se les abrirán las puertas de la Ciudad” (Ap. 22, 14).

En ese sentido, esa etapa de sufrimientos es, entonces, fruto de la infinita misericordia de Dios que quiere que todos sus hijos sean salvados y disfruten eternamente con El, la gloria del Cielo que nos ha preparado desde toda la eternidad.


                          




Es por ello que, para el verdadero seguidor de Cristo, las tribulaciones de ayer, de hoy y del futuro, tribulaciones personales o grupales, tribulaciones de ciudades, de países, del mundo, son vistas –y aprovechadas- como preparación de todos los seres humanos a esa venida final de Cristo en gloria.

El Evangelio también nos habla de lo mismo.  Es Cristo predicando sobre ese momento.  Y nos dice que será un momento en que “el universo entero se conmoverá, pues verán al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad.  Y El enviará a sus Ángeles a congregar a sus elegidos desde los cuatro puntos cardinales y desde lo más profundo de la tierra a lo más alto del cielo” (Mc. 13, 24-32).

Es bueno hacer notar que tanto la profecía de Daniel, como el anuncio del Evangelio, se referían también a hechos que sucedieron ya en la historia, pues así es la Palabra de Dios:  para todo momento.

En el caso de Daniel, se refería a la persecución de los judíos por parte de los reyes paganos.  En el caso del Evangelio, se trataba de la destrucción de Jerusalén.  Pero en sentido pleno, estas lecturas se refieren a la Parusía, al fin de los tiempos.

Otro punto interesante en ambas lecturas es la participación de los Ángeles en favor de los elegidos.  La lectura del Libro de Daniel nos habla de San Miguel Arcángel, “el gran príncipe que defiende a tu pueblo”.  El Evangelio de hoy nos habla de todos los Ángeles “encargados de reunir a todos los elegidos”.

Otro tema que toca el Señor en el Evangelio es el momento en que esto sucederá.  Y a pesar de que el momento no es lo más importante, pues siempre tenemos que estar preparados, como bien nos indica Jesús con varias parábolas, sí nos da el Señor en este Evangelio algún indicio: “Entiendan esto con el ejemplo de la higuera.  Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las hojas, ustedes saben que el verano está cerca.  Así también, cuando vean ustedes que suceden estas cosas, sepan que el fin ya está cerca, ya está a la puerta”.






En ese momento seremos resucitados y reunidos todos:  unos resucitarán para una vida de felicidad eterna en el Cielo y otros para una vida de condenación eterna en el Infierno.  En ese momento grandioso, inimaginable, esplendoroso, tal vez el momento más espectacular y más importante de toda la historia humana, habrá “cielos nuevos y tierra nueva” para los salvados.  Será el Reinado definitivo de Cristo (cfr. Ap. 21 y 1 Pe. 3, 10-13).


Con esta esperanza se comprende cómo -desde el comienzo de la Iglesia hasta nuestros días- los cristianos, deseosos de volver a ver el rostro glorioso de Cristo, han esperado siempre la Parusía y hasta han creído sentirla muy próxima en algunos momentos de la historia de la humanidad.  De allí que con el deseo de ese momento toda la Iglesia ore con las palabras finales de la Biblia:  “Ven, Señor Jesús” (Ap. 22, 20).












Fuentes:
Sagradas Escrituras
Evangeli.org
Homilias.org