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domingo, 27 de junio de 2021

«Solamente ten fe» (Evangelio Dominical)

 



Hoy, san Marcos nos presenta una avalancha de necesitados que se acerca a Jesús-Salvador buscando consuelo y salud. Incluso, aquel día se abrió paso entre la multitud un hombre llamado Jairo, el jefe de la sinagoga, para implorar la salud de su hijita: «Mi hija está a punto de morir; ven, impón tus manos sobre ella, para que se salve y viva» (Mc 5,23).

Quién sabe si aquel hombre conocía de vista a Jesús, de verle frecuentemente en la sinagoga y, encontrándose tan desesperado, decidió invocar su ayuda. En cualquier caso, Jesús captando la fe de aquel padre afligido accedió a su petición; sólo que mientras se dirigía a su casa llegó la noticia de que la chiquilla ya había muerto y que era inútil molestarle: «Tu hija ha muerto; ¿a qué molestar ya al Maestro?» (Mc 5,35).

Jesús, dándose cuenta de la situación, pidió a Jairo que no se dejara influir por el ambiente pesimista, diciéndole: «No temas; solamente ten fe» (Mc 5,36). Jesús le pidió a aquel padre una fe más grande, capaz de ir más allá de las dudas y del miedo. Al llegar a casa de Jairo, el Mesías retornó la vida a la chiquilla con las palabras: «Talitá kum, que quiere decir: ‘Muchacha, a ti te digo, levántate’» (Mc 5,41).

También nosotros debiéramos tener más fe, aquella fe que no duda ante las dificultades y pruebas de la vida, y que sabe madurar en el dolor a través de nuestra unión con Cristo, tal como nos sugiere el papa Benedicto XVI en su encíclica Spe Salvi (Salvados por la esperanza): «Lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo, que ha sufrido con amor infinito».

 

 

Lectura del santo Evangelio según san Marcos (5,21-43):



                          





En aquel tiempo Jesús atravesó de nuevo a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor, y se quedó junto al lago.
Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y al verlo se echó a sus pies, rogándole con insistencia: «Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva.»
Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente que lo apretujaba. Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Muchos médicos la habían sometido a toda clase de tratamientos y se había gastado en eso toda, su fortuna; pero en vez de mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando que con sólo tocarle el vestido, curaría. Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias y notó que su cuerpo estaba curado.
Jesús, notando que, había salido fuerza de él, se volvió en seguida, en medio le la gente, preguntando: «¿Quién me ha tocado el manto?»
Los discípulos le contestaron: «Ves como te apretuja la gente y preguntas: "¿quién me ha tocado?"»
Él seguía mirando alrededor, para ver quién había sido. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado, se le echó a los pies y le confesó todo.
Él le dijo: «Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud.»
Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: «Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?»
Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: «No temas; basta que tengas fe.»
No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y encontró el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos.
Entró y les dijo: «¿Qué estrépito y qué lloros son éstos? La niña no está muerta, está dormida.»
Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos, y con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo: «Talitha qumi (que significa: contigo hablo, niña, levántate).»
La niña se puso en pie inmediatamente y echó a andar –tenía doce años–. Y se quedaron viendo visiones. Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña.

Palabra del Señor

 

 

 

COMENTARIO

 

                             



Muchas curaciones y unas cuantas revivificaciones realizó Jesús entre sus milagros.  El Evangelio de hoy nos trae una curación y una revivificación conectadas entre sí.  Se trata de la hijita de Jairo, que muere mientras el Señor se retrasa en la curación de la hemorroísa (Mc. 5, 21-43).

 

Sucedió que al llegar Jesús con los Apóstoles a Cafarnaún, al bajar de la barca se le acercó mucha gente.  Entre la muchedumbre estaba el jefe de la sinagoga, llamado Jairo, quien le pide muy preocupado: “Mi hijita está muy grave.  Ven a poner tus manos sobre ella para que se cure y viva”.  Mientras comenzó su camino junto con Jairo, el gentío seguía a Jesús y muchos lo tocaban y lo estrujaban.

 

Entre éstos una mujer que desde hacía 12 años sufría un flujo de sangre tan grave que había gastado todo su dinero en médicos y medicinas, pero iba de mal en peor.  Ella, llena de fe y esperanza en el único que podía curarla, se metió en medio de la multitud, pensando que si al menos lograba tocar el manto de Jesús, quedaría curada.  Corrió un riesgo esta mujer, pues según los conceptos judíos era “impura” y contaminaba a cualquiera que tocara, por lo cual no debía mezclarse con el gentío, mucho menos tocar a Jesús.  Por ello toca el manto, “pensando que son sólo tocar el vestido se curaría”.   ¡Así sería de fuerte su fe!

 

Ella no sabía realmente quién era Jesús, pero tenía fe que la curaría.  Todas estas consideraciones explican la tardanza de la mujer para atreverse a identificarse ante Jesús, que pedía saber quién le había tocado el manto.

 

En efecto, nos cuenta el Evangelio que el Señor sintió que un poder milagroso había salido de Él, por lo que preguntó -como si no lo supiera- quién le había tocado el manto.  Se detuvo hasta que logró que la mujer se identificara.  Y al tenerla postrada frente a Él, le reconoce la fortaleza de su fe cuando le dice:  “Tu fe te ha salvado”.Notemos que el Señor no le dice que su fe la había “sanado”, sino que la había “salvado”.  Y es así, porque en toda sanación física -nos demos cuenta o no, intervengan médicos y medicinas o no- actúa Dios.  Y Él, no sólo sana, sino que salva.

 

La sanación física no es lo más importante: es como una añadidura a la salvación.  Y si no hay cambio interior de la persona y acercamiento a Dios, de poco o nada sirve la sanación física para el bienestar espiritual.



En cuanto a las curaciones, otra cosa importante de revisar son las muchas maneras cómo Dios sana.  Unas veces puede sanar en forma directa y milagrosa, como este caso de la hemorroísa:  con sólo tocarlo.  Otras veces usa medios materiales, como el caso del ciego, cuando tomó tierra la mezcló con saliva e hizo un barro que untó en los ojos del ciego.  Otras veces no usa ningún medio, sino su palabra o su deseo.  Unas veces sana de lejos, como al criado del Centurión.  Unas veces sana enseguida, otras veces progresivamente, como el caso de los 10 leprosos, que se dieron cuenta que iban sanando mientras iban por el camino a presentarse a las autoridades.

 

Lo importante es saber que en toda sanación interviene Dios, aunque ni médicos ni pacientes lo consideren, es así: Dios sana directa o indirectamente.  Toda sanación es un milagro en que Dios permanece anónimo... si no nos queremos dar cuenta de su intervención.

 

Y cuando no hay sanación física, debemos saber que también Dios está interviniendo. Y hay que tener cuidado, porque las actitudes equivocadas que tengamos ante enfermedades -propias o de personas cercanas- pueden ser motivo de muchos males espirituales, debido a las actitudes de rebeldía y de rechazo con que tengamos ante ellas.  Pero, aceptadas en Dios;  es decir: aceptando la voluntad de Dios, aceptando lo que Él tenga dispuesto en su infinita Sabiduría, las enfermedades pueden ser causa de muchos bienes espirituales.  Tal es el caso de un San Ignacio de Loyola, por ejemplo, quien se convirtió -y llegó a ser el Santo que es- mientras estaba convaleciente de una herida de guerra en su pierna.

 

Volviendo al Evangelio: a todas éstas, ¡cómo estaría Jairo de impaciente por el retraso!  Y, en efecto, en el mismo momento en que la hemorroísa está postrada ante Jesús, avisan que ya su hijita había muerto.  Por cierto, la niña tenía 12 años de edad, el mismo tiempo que tenía la mujer con hemorragias.  Jesús, entonces, prosigue el camino hacia la casa de Jairo, pero discretamente, con Pedro, Santiago y Juan.  Notemos que Jesús trataba esconder los milagros más impresionantes.  Con esto evitaba el ser considerado como candidato a un mesianismo político y temporal, muy distinto de su mesianismo divino y eterno.

 

Al llegar a la casa, aplaca a todo el mundo y declara que la niña no está muerta, sino que duerme.  Saca a todos fuera, y sólo delante de los tres discípulos y de los padres de la niña, la hizo volver del sueño de la muerte.

 

Para el Señor la muerte es como un sueño.  Para Él es tan fácil levantar a alguien de un sueño, como lo será, el levantarnos a todos de la muerte.

 

Y de ese “sueño” nos despertará cuando vuelva para realizar la resurrección de todos los muertos.  Esta niña volvió a la vida terrena, a la misma vida que tenía antes de morir.  Todas las revivificaciones realizadas por el Señor -la del Lázaro, la del hijo de la viuda de Naím y ésta- son ciertamente milagros muy grandes.  Pero mayor milagro será cuando a todos nosotros nos haga volver a una vida gloriosa, cuando nos resucite en el último día.  Y será en forma instantánea, en “un abrir y cerrar de ojos”  (1 Cor. 15, 51-52).

 




Volveremos a vivir, pero no como estos tres del Evangelio, que volvieron a la misma vida que tenían antes.  Cuando el Señor nos resucite en la otra vida, volveremos a vivir, pero en una nueva condición: con cuerpos incorruptibles, que ya no se enfermarán, ni sufrirán, ni envejecerán, sino que serán cuerpos gloriosos similares al de Jesús después de su resurrección.   Más importante aún, nuestros cuerpos resucitados serán ya inmortales: ya no volverán a morir.

 

En la Primera Lectura (Sb. 1, 13-16; 2, 23-24), se nos explica el origen de la muerte. La condición en que Dios creó a los primeros seres humanos, nuestros progenitores, era de inmortalidad y de total sanidad: no había ni enfermedades, ni muerte.  Pero, nos dice esta lectura del Libro de la Sabiduría, que la muerte entró al mundo debido al pecado y a “la envidia del diablo”.

 

Sin embargo, sabemos que solamente experimentarán la muerte eterna quienes estén alineados con el diablo, pues resucitarán para la condenación y estarán separados de Dios para siempre.  Pero quienes estén alineados con Dios, ciertamente tendrán que pasar por la muerte física, que no es más que la separación de alma del cuerpo –y eso por un tiempo.  Pero después de la resurrección, vivirán para siempre (cfr. Jn. 5, 28-29; Hb. 9, 27).  Y vivirán en un gozo y una felicidad tales, que nadie ha logrado describir aún.  (cfr. 2 Cor 12, 4)

 

La Segunda Lectura (2 Cor. 8, 7.9.13-15) nos habla de solidaridad.  San Pablo organiza una colecta en favor de los cristianos de Jerusalén que se encontraban pasando penurias debido a la malas cosechas en el año anterior, “año sabático”, en que los judíos no sembraban, pues debían dejar descansar la tierra.

 

San Pablo recuerda a los que tienen más, que su abundancia remediará las carencias de los que tienen menos.  Y que los que no tienen en algún momento ayudarán a los que ahora tienen.  Sin duda esto puede ser interpretado como aquel adagio popular: “hoy por ti, mañana por mí”.  Pero también se trata de que el compartir bienes materiales con los que poco tienen, enriquece con gracias espirituales a los que sí los tienen.  Es así como el ejercicio de la solidaridad enriquece espiritualmente al que da, porque de esa manera “guarda tesoros para el cielo” (Mt. 6, 19-21).

 

Y para estimular a los Corintios y a nosotros a ser generosos, San Pablo nos recuerda cómo Cristo, “siendo rico, se hizo pobre por ustedes, para que ustedes se hicieran ricos con su pobreza”.

                      



Sin duda se refiere San Pablo, no sólo a la condición de pobreza material de Jesús, sino también a lo que en otra oportunidad comunicó en su carta a los Filipenses (Flp. 2, 5-8):  que Cristo, a pesar de su condición divina nunca hizo alarde de ser Dios y se rebajó (se hizo pobre) hasta pasar por un hombre cualquiera y llegó a rebajarse hasta la muerte y una muerte de cruz, la más humillante muerte que podía haber para alguien en su época.

 

Esa “pobreza” de Cristo, ese rebajarse hasta parecer ser un cualquiera, esa “pobreza” por la que murió, nos ha hecho a nosotros “ricos”, muy ricos,  en gracias espirituales.  Porque por la redención que obró con su muerte en cruz nos hizo herederos de una riqueza infinita, que no se acaba nunca y que dura para siempre: la Vida Eterna.

 

 







Fuentes:

Sagradas Escrituras.

Evangeli.org

Homilias.org

domingo, 10 de octubre de 2010

Tu fe te ha salvado !!!!!! (Evangelio dominical)

Hay dos aspectos en las lecturas de este domingo que pueden hacer que centremos la atención en uno y nos olvidemos del otro. Tanto en la primera lectura como en el evangelio aparece la figura del leproso. En las dos se produce la curación. Ese es un primer punto en el que fijarnos: Dios cura al que está enfermo de lepra. Pero hay un segundo aspecto no menos importante: en las dos lecturas se subraya que uno de los curados da las gracias por el favor recibido. Curación por parte de Dios o de Jesús y acción de gracias por parte del que ha sido curado. Y una conclusión sorprendente de Jesús: “Vete, tu fe te ha salvado.”

Lo primero es el milagro, la curación. No es casualidad que Jesús cure a unos leprosos. Es muy importante ver los tipos de enfermedad que cura Jesús. En este caso, curar a un leproso significa devolver a la sociedad al que había sido marginado y apartado. La lepra era entonces una enfermedad temida por lo contagiosa que se suponía que era.
Eso hacía que las personas enfermas de lepra fuesen apartadas de la vida social y condenadas a la marginación total. Tanta era la marginación que en el lenguaje actual se dice de una persona que es como un leproso para expresar que esa persona es despreciada por las demás, que nadie quiere tener trato con ella.


Lectura del santo evangelio según san Lucas (17,11-19):

Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: «Jesús, maestro, ten compasión de nosotros.»

Al verlos, les dijo: «ld a presentaros a los sacerdotes.»
Y, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Éste era un samaritano.

Jesús tomó la palabra y dijo: «¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?»

Y le dijo: «Levántate, vete; tu fe te ha salvado.»

Palabra del Señor


COMENTARIO.

"La mejor forma de vivir humana y cristianamente la vida es desde la gratitud"



La primera lectura y el evangelio de este domingo, XXVIII del tiempo ordinario, coinciden en presentar la curación de la lepra de Naamán (en la primera lectura) y diez leprosos (en el evangelio); además resaltan el protagonismo del enfermo extranjero: Naamán, el sirio, y el leproso samaritano, que se volvió a darle las gracias a Jesús.

Tanto los enfermos de lepra como los extranjeros eran marginados en tiempos de Jesús. ¿Por qué? Los enfermos de lepra estaban marginados por dos razones:

Nunca se ha dado un trato de privilegio a los enfermos. Pero menos aún si se sospechaba que podían contagiar a los sanos, como era el caso de los leprosos, obligados a vivir en el campo, sin entrar en la población; o se les tenía por impuros y relacionados con los malos espíritus.

Pero, además, por incluirlos entre los pecadores; creían muchas veces que las enfermedades las mandaba Dios como un castigo por los pecados cometidos.

No sólo eran leprosos sino que eran extranjeros. La ley prohibía tratar con ellos. No se podía entrar en sus casas, porque contaminaban, ni se les dejaba entrar en el hogar de un israelita. También están marginados los samaritanos. Era una raza mestiza, con mezcla de sangre judía y pagana. Además se habían apartado de la ortodoxia de Jerusalén, edificando su propio templo en la montaña de Garizín. Entre ellos y los judíos puros había fuertes tensiones y enemistades. Ni siquiera se podían pedir un vaso de agua. El peor insulto era llamar a uno "samaritano".

El mensaje de las lecturas de este domingo es tremendamente claro: Jesús está con los marginados de su tiempo, no con los que se creen los elegidos de Dios.

Quedan, igualmente aclarados, varios temas importantes en la religiosidad judía y cristiana:

1º- Dios no castiga con las enfermedades. Las enfermedades son degeneraciones de la naturaleza de la que estamos hechos, pero nunca un castigo de Dios porque uno haya pecado. Fijaos que es importante porque en la devoción popular hay muchísimos comportamientos que se deben a esta mentalidad: ¿Qué habré hecho yo para merecer esto?, se preguntan ante cualquier accidente o enfermedad en un hijo o en uno mismo. Y hay que hacer alguna penitencia o promesa para alejar el posible "maleficio" o condena divina. Dios no castiga a nadie y menos con enfermedades.

2º- Dios da su salvación para todo el mundo, incluidos los extranjeros. En la religión católica no hay nacionalismos que valgan. El pueblo judío era muy nacionalista, el pueblo elegido por Dios, los únicos que se iban a salvar. Un nacionalismo donde se identifican el poder civil y religioso, en donde por ser judío ya estás salvado. Una mentalidad parecida al nacionalcatolicismo, en la que es lo mismo ser de España que ser católico.

Perdonar la comparación: (Una mentalidad parecida a la canción "De Daimiel, somos de Daimiel, Virgen de las Cruces dilo tú también". No es lo mismo ser de Daimiel, que ser devoto de la Virgen de las Cruces (Patrona de Diamiel), ¿no?).

3º.- La mejor forma de vivir humana y cristianamente la vida es desde la gratitud: hay que hacer, desde pequeños, diariamente ejercicios para ir descubriendo todo lo que hay que agradecer a Dios. Intentarlo y comprobaréis lo que le cuesta, en general, a los fieles, pequeños y mayores. Cuánto tiempo nos pasamos en la vida viviendo resentidos, dolidos, exigentes, olvidados…; es decir, instalados en sentimientos que nos indican que no hemos descubierto nuestra dimensión radical de dependencia con respecto a Dios, nuestra dimensión creyente de la vida, que es la que debe despertar una continua acción de gracias.

Que el Señor nos ayude a estar de parte de los marginados, que nos ayude a no marginar a nadie, que nos acerque a los que padecen cualquier enfermedad y que nos descubra que ser católico es ser universal, abierto a todos, aunque no sean de nuestra tierra.
Y que nos sitúe, en la vida, en su dimensión relajante de la gratitud.

















Fuentes:
Pedro Crespo Arias
Fernando Torres Pérez cmf
Ángel Corbalán
Blog Parroquia San García Abad.