sábado, 7 de mayo de 2011

"Jesús, camina junto a nosotros" (Evangelio dominical)


El relato de los discípulos de Emaús nos describe la experiencia vivida por dos seguidores de Jesús mientras caminan desde Jerusalén hacia la pequeña aldea de Emaús, a ocho kilómetros de distancia de la capital. El narrador lo hace con tal maestría que nos ayuda a reavivar también hoy nuestra fe en Cristo resucitado.

Dos discípulos de Jesús se alejan de Jerusalén abandonando el grupo de seguidores que se ha ido formando en torno a él. Muerto Jesús, el grupo se va deshaciendo. Sin él, no tiene sentido seguir reunidos. El sueño se ha desvanecido. Al morir Jesús, muere también la esperanza que había despertado en sus corazones. ¿No está sucediendo algo de esto en nuestras comunidades? ¿No estamos dejando morir la fe en Jesús?

Sin embargo, estos discípulos siguen hablando de Jesús. No lo pueden olvidar. Comentan lo sucedido. Tratan de buscarle algún sentido a lo que han vivido junto a él. «Mientras conversan, Jesús se acerca y se pone a caminar con ellos». Es el primer gesto del Resucitado. Los discípulos no son capaces de reconocerlo, pero Jesús ya está presente caminando junto a ellos, ¿No camina hoy Jesús veladamente junto a tantos creyentes que abandonan la Iglesia pero lo siguen recordando?

La intención del narrador es clara: Jesús se acerca cuando los discípulos lo recuerdan y hablan de él. Se hace presente allí donde se comenta su evangelio, donde hay interés por su mensaje, donde se conversa sobre su estilo de vida y su proyecto. ¿No está Jesús tan ausente entre nosotros porque hablamos poco de él?

Jesús está interesado en conversar con ellos: «¿Qué conversación es ésa que traéis mientras vais de camino?» No se impone revelándoles su identidad. Les pide que sigan contando su experiencia. Conversando con él, irán descubriendo su ceguera. Se les abrirán los ojos cuando, guiados por su palabra, hagan un recorrido interior. Es así. Si en la Iglesia hablamos más de Jesús y conversamos más con él, nuestra fe revivirá.

Los discípulos le hablan de sus expectativas y decepciones; Jesús les ayuda a ahondar en la identidad del Mesías crucificado. El corazón de los discípulos comienza a arder; sienten necesidad de que aquel "desconocido" se quede con ellos. Al celebrar la cena eucarística, se les abren los ojos y lo reconocen: ¡Jesús está con ellos!

Los cristianos hemos de recordar más a Jesús: citar sus palabras, comentar su estilo de vida, ahondar en su proyecto. Hemos de abrir más los ojos de nuestra fe y descubrirlo lleno de vida en nuestras eucaristías. Nadie ha de estar más presente. Jesús camina junto a nosotros.



Se puso a caminar con ellos




1.- Caminar con Jesús

Cuánta belleza, qué fuerza narrativa derrama el evangelista Lucas en esta escena. Camino de Emaús, distante ocho kilómetros de Jerusalén. Dos discípulos huyen de los suyos de siempre. Si se ha muerto el Maestro a quien seguían, ¿qué pintan sus discípulos? Si esperaban un caudillo victorioso, un libertador del pueblo, ¿qué se puede esperar ahora cuando todo ha acabado en una sepultura?

Y, mientras lo dan todo por perdido, alguien camina a su lado. A su voz, hecha de tristeza y derrotismo, se une la voz amiga, no reconocida, que levanta los ánimos; les dice una palabra al corazón, y entra el sol en el corazón de aquellos fugitivos. Es un hermoso camino de ida y vuelta; es un envidiable camino espiritual. Un camino que va de la noche oscura a la luz cegadora de Dios. Qué bien nos conducen los símbolos de esta historia: el camino, la hospitalidad -quédate con nosotros- partir el pan, el abrirse los ojos.

De entrada, nos acordamos de tantos hombres y mujeres de hoy que, acaso, dejaron la Iglesia pero la siguen recordando, hablan de Jesús; quién sabe si, al fondo, una nostalgia anida en su corazón.

2.- Palabra

Nos recreamos en los tres tiempos del camino.

Comienzan dos discípulos huidizos. Van desconsolados, tristes. Sólo la desilusión y el pesimismo les acompañan. Han perdido su fe en Jesús. Lo han matado, cuando lo esperaban como el futuro liberador de su pueblo. Junto a este fracaso, una vana ilusión: sí, unas mujeres dicen que ha resucitado, pero a él no le han visto. “Nosotros creíamos, pero…”, repiten aplanados.

Y Jesús entra en su vida, se pone a caminar junto a ellos. Se hace un forastero encontradizo, nada de deslumbrarles para ganárselos. Comienza preguntándoles y se va introduciendo amistosamente en su vida. Sólo así les explica las Escrituras, el sentido del aparente fracaso, el porqué de su dolor y muerte. Al fin, se deja invitar para sentarse con ellos a la mesa. ¿Cómo no gustar estos verbos que decimos cada día: tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio?

Y el final fue feliz, como siempre que nos dejamos tocar por Jesús. Se les abrieron los ojos a los discípulos, comenzó a arderles el corazón, se levantan de la mesa, vuelven a su comunidad y comunican el gozo: “Era verdad, ha resucitado el Señor, lo hemos conocido al partir el pan”.

3.- Vida

Hombres y mujeres, con los que caminamos cada día, van envueltos en dudas, en fracasos, en depresiones. Unos se fueron de la casa de la Iglesia donde, un día, fueron felices. Otros marchan apenados porque aquellas cosas en las que habían creído sinceramente no han llegado a su fin. Cuántos repiten “nosotros creíamos”… que la venida de la democracia, que la renovación del Concilio, que los bellos documentos, que los nuevos medios, que tantos movimientos luchando por un mundo más justo… que tantas cosas iban a alumbrar una humanidad más en sintonía con el querer de Dios y una Iglesia más “llena de juventud y de limpia hermosura” (Prefacio de la Inmaculada), pero ¡qué lejos está todavía la meta!

Sólo colmará nuestro afán el encuentro con Jesús en el camino. No es hora de quedarnos en los “peros” sino de dejarnos acompañar por Jesús. Y, con él, leer y meditar más su Palabra, abrir nuestro corazón para que pueda arder al sentir su amor, sentarse a la mesa y comerlo, hecho pan y vino. Hay que sentir deseos de invitar y acoger a Jesús: “Quédate con nosotros”. Y, desde Jesús, sabremos que la vida es siempre encuentro con los demás.

Hay muchos que, tal vez, perdieron la fe pero no perdieron el amor. A ellos comunicamos lo que hemos vivido con Jesús. Nos hacemos encontradizos, acompañamos, hablamos, nos sentamos con ellos. La actitud humilde del forastero, la sencillez del que sabe escuchar y preguntar, la conversación amistosa como Jesús caminante, son lo mejor para el anuncio. Al contrario: con tonos de superioridad moral, con aire de salvadores, con dedos inquisidores, nunca podremos declarar nuestra fe: “Es verdad, el Señor ha resucitado”.

La Eucaristía es el momento de sentarnos a la mesa con Jesús.



Lectura del santo evangelio según san Lucas (24,13-35):


Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
Él les dijo: «¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?»
Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó: «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?»
Él les preguntó: «¿Qué?»
Ellos le contestaron: «Lo de Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron.»
Entonces Jesús les dijo: «¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?» Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura.
Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le apremiaron, diciendo: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída.»
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció.
Ellos comentaron: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?»
Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.»
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra del Señor



COMENTARIO.


Celebramos el tercer domingo de Pascua. En este tiempo celebramos la resurrección de Jesús; de esta verdad se hacen eco las tres lecturas que nos propone la liturgia:


En la primera lectura vemos como Pedro predicaba con valentía el núcleo del mensaje cristiano: Jesús, acreditado ante vosotros con los milagros que hizo, a quien vosotros matasteis en la cruz, Dios lo ha resucitado.


En la segunda lectura se dice: "Por Cristo vosotros creéis en Dios, que lo resucitó y le dio la gloria".


En el Evangelio, Lucas nos propone uno de los relatos de las apariciones de Jesús resucitado más conseguidos y más bellos. Nos invita este relato evangélico a descubrir a Jesús en la Escritura, en la Eucaristía y en la Comunidad.



El día primero de la semana. Se sitúa la escena en el domingo, igual que en el resto de los relatos de las apariciones de Jesús resucitado. El tiempo, desde que Cristo resucitó, se eterniza, es lugar de encuentro con Dios.

Dos discípulos van de vuelta hacia Emaús, comentando lo sucedido. Estos discípulos representan a todos los desesperanzados de la humanidad, a todos los angustiados, a todos los que marchan por la vida sin sentido, a todos los que están "de vuelta" de las cosas. Después de haberse jugado todo por Jesús, después de haber puesto en él todas las ilusiones, ahora Jesús ha muerto en la cruz y todos los que le seguían se han dispersado. Ellos vuelven a su aldea, a continuar con su vida, pero vuelven marcados por la derrota, la frustración.

Jesús se hace compañero de camino, pero ellos estaban incapacitados para verlo. ¡Cuántas veces Jesús nos ha acompañado en nuestra vida y sólo con el tiempo hemos logrado entrever que en aquella circunstancia él estuvo con nosotros! Cuando uno está sumergido en la desesperanza se queda incapacitado para ver otros caminos, para aceptar otras presencias. Jesús les dice: "¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?".



¿Eres tú el único que no te has enterado?, ¿De qué? - pregunta Jesús -. Lo de Jesús el Nazareno, profeta poderoso en obras y palabras; cómo nuestros jefes lo entregaron y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Las esperanzas que tenían en Jesús eran unas esperanzas políticas, de independizarse del pueblo romano. No habían llegado a descubrir al verdadero Mesías en Jesús y aún así le seguían. Continúan diciendo: es cierto que algunas mujeres han ido al sepulcro de mañana y nos han sobresaltado diciendo que un ángel les ha dicho que estaba vivo. Los apóstoles han ido al sepulcro, pero a él no le han visto.

Entonces Jesús se pone a explicarles las Escrituras y cómo el Mesías tenía que padecer para entrar en la gloria. Tan necios y torpes sois para comprender la Escritura, ¿por qué os alarmáis ante la muerte de Jesús? ¿No sabíais que tenía que padecer?. ¿Acaso no sabemos nosotros que Jesús tenía que morir antes de resucitar?. Claro que sabemos que la cruz es el camino de la luz, que la pasión lleva a la resurrección; pero cuando tenemos que pasar por la cruz, en cualquiera de sus manifestaciones, se nos olvida lo que sabíamos y la cruz nos derrota y nos rompe.


Cuando llegaron a la aldea, él hizo ademán de irse y le pidieron ¡Quédate con nosotros, porque el día va de caída!. Habían intuido algo al explicarles las Escrituras, habían sentido como algo en su interior resurgía de las cenizas de la derrota. ¡Quédate, Señor! ¡Quédate con nosotros! Sin ti estamos desorientados, perdidos...

Y entonces, lo reconocieron al partir el pan, y él desapareció. Y comentaban ¿no ardía nuestro corazón cuando nos explicaba las escrituras?. Era como si Jesús hubiese celebrado con ellos la Eucaristía: les explicó las escrituras y les partió el pan, pronunciando la bendición.

Lo que hacen los discípulos ahora es desandar el camino de la derrota y de la desesperanza; se vuelven a Jerusalén, con la comunidad que habían abandonado, para contarles cómo habían reconocido al Señor al partirles el pan. Allí encontraron a los Once, reunidos con los demás discípulos. Es en la comunidad donde podemos encontrar al Señor.

Como decía al principio, este relato es una invitación a descubrir al Señor en la Comunidad, en las Escrituras y en la Eucaristía.

En la Comunidad, que es donde vuelven los discípulos. Como dijo una vez Jesús "donde estén dos o tres, reunidos en mi nombre, allí estoy yo".

En las Escrituras, que es la Palabra de Dios, donde podemos encontrar lo que Dios ha dicho y ha hecho.

Y en la Eucaristía, que es donde le reconocieron al partir el pan. Es donde Cristo se ha quedado realmente presente.


Que sepamos descubrir al Señor y nos encontremos con él.
















Fuentes:
Iluminación Divina
Conrado Bueno, cmf
José A. Pagola.
Pedro Crespo Arias
Ángel Corbalán

domingo, 1 de mayo de 2011

"Paz a vosotros"..."No tengais miedo". Hoy, un día especial.


Aterrados por la ejecución de Jesús, los discípulos se refugian en una casa conocida. De nuevo están reunidos, pero ya no está Jesús con ellos. En la comunidad hay un vacío que nadie puede llenar. Les falta Jesús. No pueden escuchar sus palabras llenas de fuego. No pueden verlo bendiciendo con ternura a los desgraciados. ¿A quién seguirán ahora?

Está anocheciendo en Jerusalén y también en su corazón. Nadie los puede consolar de su tristeza. Poco a poco, el miedo se va apoderando de todos, pero no le tienen a Jesús para que fortalezca su ánimo. Lo único que les da cierta seguridad es «cerrar las puertas». Ya nadie piensa en salir por los caminos a anunciar el reino de Dios y curar la vida. Sin Jesús, ¿cómo van a contagiar su Buena Noticia?

El evangelista Juan describe de manera insuperable la transformación que se produce en los discípulos cuando Jesús, lleno de vida, se hace presente en medio de ellos. El Resucitado está de nuevo en el centro de su comunidad de seguidores. Así ha de ser para siempre. Con él todo es posible: liberarse del miedo, abrir las puertas y poner en marcha la evangelización.

Según el relato, lo primero que infunde Jesús a su comunidad es su paz. Ningún reproche por haberlo abandonado, ninguna queja ni reprobación. Sólo paz y alegría. Los discípulos sienten su aliento creador. Todo comienza de nuevo. Impulsados por su Espíritu, seguirán colaborando a lo largo de los siglos en el mismo proyecto salvador que el Padre encomendó a Jesús.

Lo que necesita hoy la Iglesia no es sólo reformas religiosas y llamadas a la comunión. Necesitamos experimentar en nuestras comunidades un "nuevo inicio" a partir de la presencia viva de Jesús en medio de nosotros. Sólo él ha de ocupar el centro de la Iglesia. Sólo él puede impulsar la comunión. Sólo él puede renovar nuestros corazones.

No bastan nuestros esfuerzos y trabajos. Es Jesús quien puede desencadenar el cambio de horizonte, la liberación del miedo y los recelos, el clima nuevo de paz y serenidad que tanto necesitamos para abrir las puertas y ser capaces de compartir el Evangelio con los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

Pero hemos de aprender a acoger con fe su presencia en medio de nosotros. Cuando Jesús vuelve a presentarse a los ocho días, el narrador nos dice que todavía las puertas siguen cerradas. No es sólo Tomás quien ha de aprender a creer con confianza en el Resucitado. También los demás discípulos han de ir superando poco a poco las dudas y miedos que todavía les hacen vivir con las puertas cerradas a la evangelización.



"Hemos visto al Señor"


1.-Hoy vemos al Señor

Ojalá sintiéramos nosotros, ahora, que la escena se repite. Como el día de la Resurrección con sus discípulos: Cristo se planta en medio de nosotros, nos habla, nos da su paz y nos envía a ser sus testigos. Ya nos lo había dicho Jesús: “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre allí estoy yo en medio de ellos”. Dios está aquí, en nuestra Eucaristía dominical.
Hoy es domingo. Le gusta recordarlo al evangelista: “Al anochecer del primer día de la semana”, “A los ocho días”. Desde aquel día, cada domingo, evocamos a Cristo resucitado. Una larguísima cadena de domingos hasta hoy. Es le herencia que hemos recibido, y queremos ser fieles. Cada domingo, la Misa es nuestra primera cita. “Que no nos quiten la Eucaristía del domingo; preferimos morir”, insistían aquellos mártires africanos.

2.- Palabra

La Palabra de Dios sigue mirando al Cristo resucitado. Él siempre inicia la jugada, toma la iniciativa y sale al encuentro de los suyos. Qué cambio, tan rápido y tan profundo, se establece en los discípulos. Estaban muertos de miedo; hasta habían cerrado las puertas a cal y canto. Entra Jesús, y la escena se ilumina: les habla con cariño, les muestra sus heridas, ya gloriosas, les “alienta” (“exhaló su aliento sobre ellos”). Y, de repente, por arte de Dios, se transfiguran en hombres resucitados. Qué bien lo dibuja San Juan:
Resucitados en la paz: “Paz a vosotros”. Resucitados por la alegría: “Se llenaron de alegría”. Resucitados para ser testigos: “Como el Padre me ha enviado, os envío yo”. Resucitados por el Espíritu de Dios: “Recibid el Espíritu Santo”. Resucitados por el perdón: “Aquellos a quienes perdonéis quedarán perdonados”. Resucitados, llenos de vida: “Para que, creyendo, tengáis vida”. Es decir, todo aquello que les había prometido, días antes, en la Última Cena.
No estaba Tomás el primer día. Aparece a los ocho días. Su fe empieza vacilante y termina esplendorosa. Había estado fuera de su grupo, de su comunidad. Y, cuando regresa, adopta un tono chulesco: “Si no veo la señal de los clavos, no creo”. Pero pronto la bondad de los hermanos y la pedagogía de Jesús le dan la vuelta. Ningún reproche ni queja. Sus compañeros, en lugar de una reprimenda -“¿Dónde habrás estado tú?”-, le dan la buena noticia: “Hemos visto al Señor”; son todo misericordia. Y Jesús, más que afearle su incredulidad, invita a Tomás a que, tal como este quería, vea y toque sus llagas. Al fin, -no podía ser de otra manera- el discípulo díscolo se rinde al Maestro: “Señor mío y Dios mío”. Fácil a la duda, fácil a creer.

3.- Vida

¿Quién de nosotros no necesita esta presencia del Resucitado en su vida? Sólo él puede cambiarnos, hacernos más buenos, más llenos de confianza en él. Si él está junto a nosotros, también nos tocará su paz, su alegría, su Espíritu, su perdón. Si él está con nosotros, también nosotros seremos hombres resucitados. Que la gente note en nuestra vida que seguimos al Resucitado. Que no nos vean agresivos, tristes, pesimistas.
Aprendamos de Jesús y sus discípulos. El aire de caridad y clemencia de todos con Tomás, el incrédulo, puede, también hoy, hacer milagros. Cuántos hombres y mujeres “quieren tocar”, van buscando la verdad de sus vidas, están llenos de porqués. Son corazones sinceros que, al fin, se rinden ante el misterio de Dios. La responsabilidad de nosotros, los creyentes, es muy grande. La arrogancia, la teología del “no”, la dureza de corazón, la palabra juzgadora no podrán nunca llevar a los hombres a Dios.

En definitiva, tenemos claro que nuestro criterio y norma de vida solamente puede ser Jesús. Jesús crucificado y resucitado. La estrategia de “cerrar las puertas”, y obrar desde el miedo o estar a la defensiva, desemboca en la amargura y en la esterilidad. En esta hora, la Iglesia necesita el “aliento” pascual de Jesús: más ánimos, más esperanza, más audacia. Abrir, y no “cerrar puertas por miedo”. En el corazón de Dios no cabe la muerte, sólo la vida.
Y porque hoy comenzamos el Mes de Mayo, dedicado a María Madre, porque es el “Día de la Madre”, junto a Jesús sentimos a la Madre del Resucitado.
Igual que nuestros mayores, en el momento de la Consagración, repetiremos la invocación del apóstol: “Señor mío y Dios mío”. Y, al volver a nuestra vida cotidiana, podremos exclamar, como los discípulos: “Hemos visto al Señor”.


Lectura del santo evangelio según san Juan (20,19-31):


Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos.
Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros.»
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.
Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.»
Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espiritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.»
Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.»
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros.»
Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.»
Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!»
Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.»
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.


Palabra del Señor


COMENTARIO.

Hoy es el domingo de la Divina Misericordia, decretado por La Congregación del Culto Divino el 23 de Mayo del 2.000, por indicación de Juan Pablo II: «La Fiesta de la Divina Misericordia tiene como fin principal hacer llegar a los corazones de cada persona el siguiente mensaje: Dios es Misericordioso y nos ama a todos... "y cuanto más grande es el pecador, tanto más grande es el derecho que tiene a Mi misericordia" (Diario, 723). En este mensaje, que Nuestro Señor nos ha hecho llegar por medio de Santa Faustina Kowalska, se nos pide que tengamos plena confianza en la Misericordia de Dios, y que seamos siempre misericordiosos con el prójimo a través de nuestras palabras, acciones y oraciones... "porque la fe sin obras, por fuerte que sea, es inútil" (Diario, 742).»


Estamos en el II Domingo de Pascua, celebrando la resurrección de Jesús. En un estudio socio-religioso que se hizo en la diócesis, hace casi 30 años, se veía que había más cristianos, un 95%, que creyentes en la resurrección, un 60%. Es difícil aceptar la resurrección en la vida concreta. La celebración de hoy nos viene a decir que es difícil creer en la resurrección fuera de la comunidad cristiana.

El evangelio nos dice: "Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas por miedo a los judíos". Los discípulos estaban reunidos y se les aparece Jesús y les dice: "Paz a vosotros. Como el padre me ha enviado, así os envío yo". La misión de la Iglesia empieza después de la resurrección. Si Cristo no hubiera resucitado los apóstoles se habrían quedado encerrados, con miedo, y no habrían predicado el Evangelio. En el envío que hace Jesucristo les da el Espíritu Santo, para que les acompañe en la misión, y el poder de perdonar los pecados.


Dice después el evangelio que: "Tomás no estaba con ellos cuando vino Jesús". Un dato que se presenta como el motivo de la incredulidad de Tomás. Un dato interesante que nos viene a decir que separado de la comunidad uno no puede creer en la resurrección, en Dios. ¡Cuánta gente hay que quiere vivir su fe por libre, sin tener una relación con la comunidad, con la iglesia!

Continúa el evangelio diciendo: "A los ocho días estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos". El cambio es notorio, ahora Tomás está con la comunidad y así si puede reconocer al Señor: "Señor mío y Dios mío".

El papel de la comunidad cristiana, como grupo de referencia para vivir la fe, es imprescindible. Fijaos como presenta el libro de los Hechos la primera comunidad cristiana, en una descripción seguramente idealizada:


Eran constantes en escuchar las enseñanzas de los apóstoles.


Eran constantes en celebrar la fracción del pan.


Vivían todos unidos y lo tenían todo en común.


Destaca tres dimensiones: la evangelización (las enseñanzas de los apóstoles), la liturgia (la fracción del pan) y la caridad (vivían unidos). Tres dimensiones que intentamos vivir en la Iglesia en cada comunidad concreta: tenemos catequesis para llevar adelante las enseñanzas de los apóstoles; tenemos celebraciones de los sacramentos y tenemos la institución de Cáritas para que, en la medida de lo posible, no haya necesitados entre nosotros. Si la parroquia no tuviese presente estas tres dimensiones, fallaría su vivencia de la fe.

A nivel personal, en la vivencia de la fe, pasa lo mismo que en las primeras comunidades. La fe tiene estas tres dimensiones: escuchar las enseñanzas de los apóstoles (formación), celebrar la fe con la comunidad (fracción del pan) y vivir el compromiso de la fe (vivían unidos y lo tenían todo en común). Por eso si a nuestra fe personal le falta alguna de estas dimensiones, la fe se tambalea.

Hay quienes necesitan más formar su fe para tener una opción personal por seguir a Jesucristo, puesto que su fe es principalmente sociológica; es decir, tienen ciertas prácticas religiosas porque es una costumbre o una tradición.

Hay quienes necesitan más celebrar su fe en los sacramentos de la penitencia y de la eucaristía, puesto que tienen cierta vivencia religiosa, pero se olvidan de venir por la Iglesia. Para que la fe no se tambalee necesita de la gracia recibida en los sacramentos.

Y hay quienes necesitan más comprometer su fe en la vida diaria, porque tienen una vivencia personal de la fe y celebran los sacramentos, pero no acaban de mostrar su fe en las circunstancias de su vida concreta.

Y todos estamos necesitados de encontrarnos con Cristo resucitado y experimentar su misericordia para poder llevar un amor semejante a los demás.

Que el Señor afiance nuestra fe en la resurrección y que aumente nuestro sentido de pertenencia a la comunidad cristiana.

















Fuentes:
Iluminación Divina
Conrado Bueno, cmf
José A. Pagola
Pedro Crespo Arias
Ángel Corbalán