domingo, 1 de mayo de 2011

"Paz a vosotros"..."No tengais miedo". Hoy, un día especial.


Aterrados por la ejecución de Jesús, los discípulos se refugian en una casa conocida. De nuevo están reunidos, pero ya no está Jesús con ellos. En la comunidad hay un vacío que nadie puede llenar. Les falta Jesús. No pueden escuchar sus palabras llenas de fuego. No pueden verlo bendiciendo con ternura a los desgraciados. ¿A quién seguirán ahora?

Está anocheciendo en Jerusalén y también en su corazón. Nadie los puede consolar de su tristeza. Poco a poco, el miedo se va apoderando de todos, pero no le tienen a Jesús para que fortalezca su ánimo. Lo único que les da cierta seguridad es «cerrar las puertas». Ya nadie piensa en salir por los caminos a anunciar el reino de Dios y curar la vida. Sin Jesús, ¿cómo van a contagiar su Buena Noticia?

El evangelista Juan describe de manera insuperable la transformación que se produce en los discípulos cuando Jesús, lleno de vida, se hace presente en medio de ellos. El Resucitado está de nuevo en el centro de su comunidad de seguidores. Así ha de ser para siempre. Con él todo es posible: liberarse del miedo, abrir las puertas y poner en marcha la evangelización.

Según el relato, lo primero que infunde Jesús a su comunidad es su paz. Ningún reproche por haberlo abandonado, ninguna queja ni reprobación. Sólo paz y alegría. Los discípulos sienten su aliento creador. Todo comienza de nuevo. Impulsados por su Espíritu, seguirán colaborando a lo largo de los siglos en el mismo proyecto salvador que el Padre encomendó a Jesús.

Lo que necesita hoy la Iglesia no es sólo reformas religiosas y llamadas a la comunión. Necesitamos experimentar en nuestras comunidades un "nuevo inicio" a partir de la presencia viva de Jesús en medio de nosotros. Sólo él ha de ocupar el centro de la Iglesia. Sólo él puede impulsar la comunión. Sólo él puede renovar nuestros corazones.

No bastan nuestros esfuerzos y trabajos. Es Jesús quien puede desencadenar el cambio de horizonte, la liberación del miedo y los recelos, el clima nuevo de paz y serenidad que tanto necesitamos para abrir las puertas y ser capaces de compartir el Evangelio con los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

Pero hemos de aprender a acoger con fe su presencia en medio de nosotros. Cuando Jesús vuelve a presentarse a los ocho días, el narrador nos dice que todavía las puertas siguen cerradas. No es sólo Tomás quien ha de aprender a creer con confianza en el Resucitado. También los demás discípulos han de ir superando poco a poco las dudas y miedos que todavía les hacen vivir con las puertas cerradas a la evangelización.



"Hemos visto al Señor"


1.-Hoy vemos al Señor

Ojalá sintiéramos nosotros, ahora, que la escena se repite. Como el día de la Resurrección con sus discípulos: Cristo se planta en medio de nosotros, nos habla, nos da su paz y nos envía a ser sus testigos. Ya nos lo había dicho Jesús: “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre allí estoy yo en medio de ellos”. Dios está aquí, en nuestra Eucaristía dominical.
Hoy es domingo. Le gusta recordarlo al evangelista: “Al anochecer del primer día de la semana”, “A los ocho días”. Desde aquel día, cada domingo, evocamos a Cristo resucitado. Una larguísima cadena de domingos hasta hoy. Es le herencia que hemos recibido, y queremos ser fieles. Cada domingo, la Misa es nuestra primera cita. “Que no nos quiten la Eucaristía del domingo; preferimos morir”, insistían aquellos mártires africanos.

2.- Palabra

La Palabra de Dios sigue mirando al Cristo resucitado. Él siempre inicia la jugada, toma la iniciativa y sale al encuentro de los suyos. Qué cambio, tan rápido y tan profundo, se establece en los discípulos. Estaban muertos de miedo; hasta habían cerrado las puertas a cal y canto. Entra Jesús, y la escena se ilumina: les habla con cariño, les muestra sus heridas, ya gloriosas, les “alienta” (“exhaló su aliento sobre ellos”). Y, de repente, por arte de Dios, se transfiguran en hombres resucitados. Qué bien lo dibuja San Juan:
Resucitados en la paz: “Paz a vosotros”. Resucitados por la alegría: “Se llenaron de alegría”. Resucitados para ser testigos: “Como el Padre me ha enviado, os envío yo”. Resucitados por el Espíritu de Dios: “Recibid el Espíritu Santo”. Resucitados por el perdón: “Aquellos a quienes perdonéis quedarán perdonados”. Resucitados, llenos de vida: “Para que, creyendo, tengáis vida”. Es decir, todo aquello que les había prometido, días antes, en la Última Cena.
No estaba Tomás el primer día. Aparece a los ocho días. Su fe empieza vacilante y termina esplendorosa. Había estado fuera de su grupo, de su comunidad. Y, cuando regresa, adopta un tono chulesco: “Si no veo la señal de los clavos, no creo”. Pero pronto la bondad de los hermanos y la pedagogía de Jesús le dan la vuelta. Ningún reproche ni queja. Sus compañeros, en lugar de una reprimenda -“¿Dónde habrás estado tú?”-, le dan la buena noticia: “Hemos visto al Señor”; son todo misericordia. Y Jesús, más que afearle su incredulidad, invita a Tomás a que, tal como este quería, vea y toque sus llagas. Al fin, -no podía ser de otra manera- el discípulo díscolo se rinde al Maestro: “Señor mío y Dios mío”. Fácil a la duda, fácil a creer.

3.- Vida

¿Quién de nosotros no necesita esta presencia del Resucitado en su vida? Sólo él puede cambiarnos, hacernos más buenos, más llenos de confianza en él. Si él está junto a nosotros, también nos tocará su paz, su alegría, su Espíritu, su perdón. Si él está con nosotros, también nosotros seremos hombres resucitados. Que la gente note en nuestra vida que seguimos al Resucitado. Que no nos vean agresivos, tristes, pesimistas.
Aprendamos de Jesús y sus discípulos. El aire de caridad y clemencia de todos con Tomás, el incrédulo, puede, también hoy, hacer milagros. Cuántos hombres y mujeres “quieren tocar”, van buscando la verdad de sus vidas, están llenos de porqués. Son corazones sinceros que, al fin, se rinden ante el misterio de Dios. La responsabilidad de nosotros, los creyentes, es muy grande. La arrogancia, la teología del “no”, la dureza de corazón, la palabra juzgadora no podrán nunca llevar a los hombres a Dios.

En definitiva, tenemos claro que nuestro criterio y norma de vida solamente puede ser Jesús. Jesús crucificado y resucitado. La estrategia de “cerrar las puertas”, y obrar desde el miedo o estar a la defensiva, desemboca en la amargura y en la esterilidad. En esta hora, la Iglesia necesita el “aliento” pascual de Jesús: más ánimos, más esperanza, más audacia. Abrir, y no “cerrar puertas por miedo”. En el corazón de Dios no cabe la muerte, sólo la vida.
Y porque hoy comenzamos el Mes de Mayo, dedicado a María Madre, porque es el “Día de la Madre”, junto a Jesús sentimos a la Madre del Resucitado.
Igual que nuestros mayores, en el momento de la Consagración, repetiremos la invocación del apóstol: “Señor mío y Dios mío”. Y, al volver a nuestra vida cotidiana, podremos exclamar, como los discípulos: “Hemos visto al Señor”.


Lectura del santo evangelio según san Juan (20,19-31):


Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos.
Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros.»
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.
Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.»
Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espiritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.»
Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.»
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros.»
Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.»
Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!»
Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.»
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.


Palabra del Señor


COMENTARIO.

Hoy es el domingo de la Divina Misericordia, decretado por La Congregación del Culto Divino el 23 de Mayo del 2.000, por indicación de Juan Pablo II: «La Fiesta de la Divina Misericordia tiene como fin principal hacer llegar a los corazones de cada persona el siguiente mensaje: Dios es Misericordioso y nos ama a todos... "y cuanto más grande es el pecador, tanto más grande es el derecho que tiene a Mi misericordia" (Diario, 723). En este mensaje, que Nuestro Señor nos ha hecho llegar por medio de Santa Faustina Kowalska, se nos pide que tengamos plena confianza en la Misericordia de Dios, y que seamos siempre misericordiosos con el prójimo a través de nuestras palabras, acciones y oraciones... "porque la fe sin obras, por fuerte que sea, es inútil" (Diario, 742).»


Estamos en el II Domingo de Pascua, celebrando la resurrección de Jesús. En un estudio socio-religioso que se hizo en la diócesis, hace casi 30 años, se veía que había más cristianos, un 95%, que creyentes en la resurrección, un 60%. Es difícil aceptar la resurrección en la vida concreta. La celebración de hoy nos viene a decir que es difícil creer en la resurrección fuera de la comunidad cristiana.

El evangelio nos dice: "Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas por miedo a los judíos". Los discípulos estaban reunidos y se les aparece Jesús y les dice: "Paz a vosotros. Como el padre me ha enviado, así os envío yo". La misión de la Iglesia empieza después de la resurrección. Si Cristo no hubiera resucitado los apóstoles se habrían quedado encerrados, con miedo, y no habrían predicado el Evangelio. En el envío que hace Jesucristo les da el Espíritu Santo, para que les acompañe en la misión, y el poder de perdonar los pecados.


Dice después el evangelio que: "Tomás no estaba con ellos cuando vino Jesús". Un dato que se presenta como el motivo de la incredulidad de Tomás. Un dato interesante que nos viene a decir que separado de la comunidad uno no puede creer en la resurrección, en Dios. ¡Cuánta gente hay que quiere vivir su fe por libre, sin tener una relación con la comunidad, con la iglesia!

Continúa el evangelio diciendo: "A los ocho días estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos". El cambio es notorio, ahora Tomás está con la comunidad y así si puede reconocer al Señor: "Señor mío y Dios mío".

El papel de la comunidad cristiana, como grupo de referencia para vivir la fe, es imprescindible. Fijaos como presenta el libro de los Hechos la primera comunidad cristiana, en una descripción seguramente idealizada:


Eran constantes en escuchar las enseñanzas de los apóstoles.


Eran constantes en celebrar la fracción del pan.


Vivían todos unidos y lo tenían todo en común.


Destaca tres dimensiones: la evangelización (las enseñanzas de los apóstoles), la liturgia (la fracción del pan) y la caridad (vivían unidos). Tres dimensiones que intentamos vivir en la Iglesia en cada comunidad concreta: tenemos catequesis para llevar adelante las enseñanzas de los apóstoles; tenemos celebraciones de los sacramentos y tenemos la institución de Cáritas para que, en la medida de lo posible, no haya necesitados entre nosotros. Si la parroquia no tuviese presente estas tres dimensiones, fallaría su vivencia de la fe.

A nivel personal, en la vivencia de la fe, pasa lo mismo que en las primeras comunidades. La fe tiene estas tres dimensiones: escuchar las enseñanzas de los apóstoles (formación), celebrar la fe con la comunidad (fracción del pan) y vivir el compromiso de la fe (vivían unidos y lo tenían todo en común). Por eso si a nuestra fe personal le falta alguna de estas dimensiones, la fe se tambalea.

Hay quienes necesitan más formar su fe para tener una opción personal por seguir a Jesucristo, puesto que su fe es principalmente sociológica; es decir, tienen ciertas prácticas religiosas porque es una costumbre o una tradición.

Hay quienes necesitan más celebrar su fe en los sacramentos de la penitencia y de la eucaristía, puesto que tienen cierta vivencia religiosa, pero se olvidan de venir por la Iglesia. Para que la fe no se tambalee necesita de la gracia recibida en los sacramentos.

Y hay quienes necesitan más comprometer su fe en la vida diaria, porque tienen una vivencia personal de la fe y celebran los sacramentos, pero no acaban de mostrar su fe en las circunstancias de su vida concreta.

Y todos estamos necesitados de encontrarnos con Cristo resucitado y experimentar su misericordia para poder llevar un amor semejante a los demás.

Que el Señor afiance nuestra fe en la resurrección y que aumente nuestro sentido de pertenencia a la comunidad cristiana.

















Fuentes:
Iluminación Divina
Conrado Bueno, cmf
José A. Pagola
Pedro Crespo Arias
Ángel Corbalán