lunes, 2 de noviembre de 2015

Conmemoración de los Fieles Difuntos.


Esta fiesta responde a una larga tradición de fe en la Iglesia: orar por aquellos fieles que han acabado su vida terrena y que se encuentran aún en estado de purificación en el Purgatorio. El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda que los que mueren en gracia y amistad de Dios pero no perfectamente purificados, pasan después de su muerte por un proceso de purificación, para obtener la completa hermosura de su alma. La Iglesia llama "Purgatorio" a esa purificación; y para hablar de que será como un fuego purificador, se basa en aquella frase de San Pablo que dice: "La obra de cada uno quedará al descubierto, el día en que pasen por fuego. Las obras que cada cual ha hecho se probarán en el fuego". (1Cor. 3, 14).

La práctica de orar por los difuntos es sumamente antigua. El libro 2º de los Macabeos en el Antiguo Testamento dice: "Mandó Juan Macabeo ofrecer sacrificios por los muertos, para que quedaran libres de sus pecados" (2Mac. 12, 46); y siguiendo esta tradición, la Iglesia desde los primeros siglos ha tenido la costumbre de orar por los difuntos. Al respecto, San Gregorio Magno afirma: "Si Jesucristo dijo que hay faltas que no serán perdonadas ni en este mundo ni en el otro, es señal de que hay faltas que sí son perdonadas en el otro mundo. Para que Dios perdone a los difuntos las faltas veniales que tenían sin perdonar en el momento de su muerte, para eso ofrecemos misas, oraciones y limosnas por su eterno descanso". Estos actos de piedad son constantemente alentados por la Iglesia.

Vemos que la muerte es una ganancia, y la vida un sufrimiento. Por esto, dice san Pablo: Para mí la vida es Cristo, y una ganancia el morir. Cristo, a través de la muerte corporal, se nos convierte en espíritu de vida. Por tanto, muramos con él, y viviremos con él.


En cierto modo, debemos irnos acostumbrando y disponiendo a morir, por este esfuerzo cotidiano, que consiste en ir separando el alma de las concupiscencias del cuerpo, que es como irla sacando fuera del mismo para colocarla en un lugar elevado, donde no puedan alcanzarla ni pegarse a ella los deseos terrenales, lo cual viene a ser como una imagen de la muerte, que nos evitará el castigo de la muerte. Porque la ley de la carne está en oposición a la ley del espíritu e induce a ésta a la ley del error. ¿Qué remedio hay para esto? ¿Quién me librará de este cuerpo presa de la muerte? Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, y le doy gracias.


Tenemos un médico, sigamos sus remedios. Nuestro remedio es la gracia de Cristo, y el cuerpo presa de la muerte es nuestro propio cuerpo. Por lo tanto, emigremos del cuerpo, para no vivir lejos del Señor; aunque vivimos en el cuerpo, no sigamos las tendencias del cuerpo ni obremos en contra del orden natural, antes busquemos con preferencia los dones de la gracia.

¿Qué más diremos? Con la muerte de uno solo fue redimido el mundo. Cristo hubiese podido evitar la muerte, si así lo hubiese querido; mas no la rehuyó como algo inútil, sino que la consideró como el mejor modo de salvarnos. Y, así, su muerte es la vida de todos.

Hemos recibido el signo sacramental de su muerte, anunciamos y proclamamos su muerte siempre que nos reunimos para ofrecer la eucaristía; su muerte es una victoria, su muerte es sacramento, su muerte es la máxima solemnidad anual que celebra el mundo.

¿Qué más podremos decir de su muerte, si el ejemplo de Cristo nos demuestra que ella sola consiguió la inmortalidad y se redimió a sí misma? Por esto, no debemos deplorar la muerte, ya que es causa de salvación para todos; no debemos rehuirla, puesto que el Hijo de Dios no la rehuyó ni tuvo en menos el sufrirla.

Además, la muerte no formaba parte de nuestra naturaleza, sino que se introdujo en ella; Dios no instituyó la muerte desde el principio, sino que nos la dio como remedio. En efecto, la vida del hombre, condenada, por culpa del pecado, a un duro trabajo y a un sufrimiento intolerable, comenzó a ser digna de lástima: era necesario dar fin a estos males, de modo que la muerte resituyera lo que la vida había perdido. La inmortalidad, en efecto, es más una carga que un bien, si no entra en juego la gracia.

Nuestro espíritu aspira a abandonar las sinuosidades de esta vida y los enredos del cuerpo terrenal y llegar a aquella asamblea celestial, a la que sólo llegan los santos, para cantar a Dios aquella alabanza que, como nos dice la Escritura, le cantan al son de la cítara: Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios omnipotente, justos y verdaderos tus caminos, ¡oh Rey de los siglos! ¿Quién no temerá, Señor, y glorificará tu nombre? Porque tú solo eres santo, porque vendrán todas las naciones y se postrarán en tu acatamiento; y también para contemplar, Jesús, tu boda mística, cuando la esposa en medio de la aclamación de todos, será transportada de la tierra al cielo –a ti acude todo mortal–, libre ya de las ataduras de este mundo y unida al espíritu.

Este deseo expresaba, con especial vehemencia, el salmista, cuando decía: Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor por los días de mi vida y gozar de la dulzura del Señor.



Oración




Escucha, Señor, nuestras súplicas, para que, al confesar la resurrección de Jesucristo, tu Hijo, se afiance también nuestra esperanza de que todos tus hijos resucitarán. Por nuestro Señor Jesucristo.








Fuentes:
Sagradas Escrituras.
ACI  Prensa


domingo, 1 de noviembre de 2015

"Creo en la comunión de los santos" (Evangelio dominical)



Hoy celebramos la realidad de un misterio salvador expresado en el “credo” y que resulta muy consolador: «Creo en la comunión de los santos». Todos los santos, desde la Virgen María, que han pasado ya a la vida eterna, forman una unidad: son la Iglesia de los bienaventurados, a quienes Jesús felicita: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8). Al mismo tiempo, también están en comunión con nosotros. La fe y la esperanza no pueden unirnos porque ellos ya gozan de la eterna visión de Dios; pero nos une, en cambio el amor «que no pasa nunca» (1Cor 13,13); ese amor que nos une con ellos al mismo Padre, al mismo Cristo Redentor y al mismo Espíritu Santo. El amor que les hace solidarios y solícitos para con nosotros. Por tanto, no veneramos a los santos solamente por su ejemplaridad, sino sobre todo por la unidad en el Espíritu de toda la Iglesia, que se fortalece con la práctica del amor fraterno.

Por esta profunda unidad, hemos de sentirnos cerca de todos los santos que, anteriormente a nosotros, han creído y esperado lo mismo que nosotros creemos y esperamos y, sobre todo, han amado al Padre Dios y a sus hermanos los hombres, procurando imitar el amor de Cristo.



Los santos apóstoles, los santos mártires, los santos confesores que han existido a lo largo de la historia son, por tanto, nuestros hermanos e intercesores; en ellos se han cumplido estas palabras proféticas de Jesús: «Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos» (Mt 5,11-12). Los tesoros de su santidad son bienes de familia, con los que podemos contar. Éstos son los tesoros del cielo que Jesús invita a reunir (cf. Mt 6,20). Como afirma el Concilio Vaticano II, «su fraterna solicitud ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad» (Lumen gentium, 49). Esta solemnidad nos aporta una noticia reconfortante que nos invita a la alegría y a la fiesta.


Lectura del santo evangelio según san Mateo (5,1-12):

Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.» 
Palabra del Señor



COMENTARIO.



Las Lecturas de hoy nos indican una meta y un camino... La meta:  nuestra salvación... El Camino que nos lleva a esa meta es el Camino de la Santidad, el Camino de las Bienaventuranzas que nos relata el mismo Jesucristo en el Evangelio de hoy (Mt. 5, 1-12).

“La marca con el sello en la frente” que recibirán los salvados y de la cual nos habla la Lectura del Apocalipsis (Ap. 7, 2-4 y 9-14) es para ”los servidores de nuestro Dios”, como también lo dice esa Primera Lectura.

¿Y quién es “servidor de Dios”?  Aquél que cumple la Voluntad de Dios, aquél que busca hacer la Voluntad de Dios y no su propia voluntad.

Ya en esto de ser “servidores” de Dios, vamos viendo cómo es el Camino de la Santidad, ese Camino que nos lleva a la salvación, que nos lleva a al felicidad eterna en el Cielo.  Ser servidor es ser “esclavo”, aunque ahora trate de evadirse ese vocablo por su significación sociológica.  Pero ¡qué apropiada es esa palabra para la vida espiritual!



El esclavo es aquél que no tiene voluntad propia, sino que hace lo que su dueño le indica y le pide.  Eso es lo que han sido los Santos:  “servidores de Dios”.  Eso es lo que han hecho todos los Santos con “S” mayúscula, reconocidos por la Iglesia como Santos.  Y es también lo que han hecho todos los santos anónimos que hoy recordamos en esta Solemnidad de Todos los Santos.

Ellos han seguido el Camino... y nosotros también estamos llamados a seguirlo: Todos - sin excepción.  Todos estamos llamados a ser Santos.   Dice el Catecismo de la Iglesia Católica, basándose en el llamado de Cristo: “Todos los fieles de cualquier estado o régimen de vida son llamados a la santidad”.

Pero la palabra “santidad”, a veces nos intimida y hasta nos asusta, porque nos parece ¡demasiado!  Sin embargo, recordemos que no sólo es posible llegar al Cielo, sino que es ése el deseo de nuestro Padre Dios y de Jesucristo, Su Hijo, y de Su Santo Espíritu.  Para eso hemos sido creados por Dios Padre, para eso vino Jesucristo a redimirnos, para eso contamos con todas las gracias del Espíritu Santo.



La santidad es una exigencia evangélica que nos recuerda el Magisterio de la Iglesia. 

“Sed perfectos como Mi Padre es perfecto” (Mt. 5, 48). 

“Así como el que os ha llamado es Santo, así también vosotros sed santos en toda vuestra conducta” (1a.Pe. 15). 

“Todos los fieles de cualquier estado o régimen de vida ... son llamados a la santidad” (CIC #2013).

Pero nos parece la santidad algo inalcanzable.  ¿Y por qué lo ha de ser?  ¿Por qué?  ¿No somos nosotros exactamente iguales a todos los que han llegado a ser Santos?  ¿No somos iguales a tantos santos anónimos, tal vez personas conocidas nuestras, y hasta parientes o familiares, que han respondido al llamado del Señor a seguir Su Camino, para llegar a la meta de la salvación?
Sepamos que la santidad para cada uno de nosotros no es imposible:  es perfectamente posible.  Eso sí:  lo que no se ha dicho es que sea fácil.  Eso no lo ha dicho nadie.  La Santidad no es fácil.  Es un camino difícil.  Pero no por difícil es imposible.  Sabemos que Dios nos quiere santos.  Y si nos quiere santos, sabemos que El nos da todas las gracias, es decir:  todas las ayudas que necesitamos para serlo.


¿Qué se requiere entonces para ser santos?  Si Dios nos da las gracias, ¿qué es lo que nosotros debemos poner?  ¿En qué consiste nuestro esfuerzo?  Nuestro esfuerzo para alcanzar al santidad consiste en responder a esas gracias de santificación que nos ayudan en nuestro Camino hacia el Cielo.

Ser santo es seguir la Voluntad de Dios con la ayuda de sus gracias.  Ser santo es tratar de ser como Dios quiere que sea.  Es desear lo que Dios desea para mí.  Es hacer lo que Dios quiere que yo haga.  Es reconocer a Dios como nuestro Dueño y no creernos independientes de El.  Es preferir la Voluntad de Dios en vez de la mía.  Es decir “sí” a Dios y  decirme “no” a mí mismo.
Decíamos que la Santidad es posible, pero que no es fácil.  Y en el  Evangelio de hoy vemos descrito el Camino de la Santidad como el Camino de las Bienaventuranzas.  Allí nos dice el Señor que el sufrimiento es parte del Camino de Santidad.


Todas las Bienaventuranzas nos muestran que el Camino de Santidad es un camino de sufrimiento, pues aún las que no se refieren directamente al sufrimiento, indirectamente lo incluyen, pues para ser misericordiosos, mansos, puros de corazón y pacíficos, debemos luchar contra nuestra propia voluntad y aceptar con serenidad situaciones difíciles que nos hacen sufrir.  El sufrimiento no nos gusta, pero está incluido en el Camino de Santidad.

Tenemos, entonces, un llamado a la santidad.  Podemos ser santos.  Dios desea que seamos santos.  El nos da todas las gracias.  ¿Las aprovechamos y tratamos de ser santos?