domingo, 23 de junio de 2013

“Que coja su cruz cada día y me siga” (Evangelio dominical)


"El peso de la cruz, que Cristo ha cargado, es la corrupción de la naturaleza humana con todas sus consecuencias de pecado y sufrimiento, con las cuales la castigada humanidad está abatida. Sustraer del mundo esa carga, ése es el sentido del vía crucis. No se trata, pues, de un recuerdo simplemente piadoso de los sufrimientos del Señor cuando alguien desea el sufrimiento. 

La expiación voluntaria es lo que nos une más profundamente y de un modo real y auténtico con el Señor. Y ésa nace de una unión ya existente con Cristo. Pues la naturaleza humana huya del sufrimiento… Sólo puede aspirar a la expiación quien tiene abiertos los ojos del espíritu al sentido sobrenatural de los acontecimientos del mundo; esto resulta posible sólo en los hombres en los que habita el Espíritu de Cristo… Ayudar a Cristo a llevar la cruz proporciona una alegría fuerte y pura… De ahí que la preferencia por el camino de la cruz no signifique ninguna repugnancia ante el hecho de que el Viernes Santo ya haya pasado y la obra de redención haya sido consumada. 



Solamente los redimidos, los hijos de la gracia, pueden ser portadores de la cruz de Cristo. El sufrimiento humano recibe fuerza expiatoria sólo si está unido al sufrimiento de la cabeza divina. Sufrir y ser felices en el sufrimiento, estar en la tierra, recorrer los sucios y ásperos caminos de esta tierra, y con todo reinar con Cristo a la derecha del Padre; reir y llorar con los hijos de este mundo, y con los coros de los ángeles cantar ininterrumpidamente alabanzas a Dios: ésta es la vida del cristiano hasta el día en que rompa el alba de la eternidad.".
 (Santa Teresa Benedicta de la Cruz)


Y como viene siendo habitual, hoy traemos las reflexiones de tres religiosos que nos hablan en nuestro idioma, del Evangelio de San Lucas, en este Domingo XII del Tiempo Ordinario - Ciclo "C" .


Lectura del santo evangelio según san Lucas (9,18-24):


Una vez que Jesús estaba orando solo, en presencia de sus discípulos, les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?»
Ellos contestaron: «Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas.»
Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»
Pedro tomó la palabra y dijo: «El Mesías de Dios.»
Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y añadió: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día.»
Y, dirigiéndose a todos, dijo: «El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará.»

Palabra del Señor    


COMENTARIO. 



Las lecturas de hoy nos invitan a recordar a Jesucristo como Mesías.  Fijémonos en el Evangelio cuando el Señor pregunta a sus Apóstoles quién creen ellos que es El.  Y Pedro, inspirado directamente por el Espíritu Santo, reconoce al Señor como el Mesías, como Aquél a quien todo el pueblo de Israel -el Pueblo de Dios- había estado esperando por siglos.

 “Mesías” significa “Ungido”.  Pero el significado de la palabra “Mesías” es mucho más profundo que esto.  Desde los primeros libros de la Sagrada Escritura vemos que el Pueblo de Dios esperaba al Mesías prometido.  Y Dios va renovando y recordando esa promesa a lo largo de todo el Antiguo Testamento.

¿Qué sucedió?  ¿Por qué Dios prometió al Mesías?  ¿Por qué tanta expectación?


Recordemos que Dios había diseñado un plan maravilloso al colocar a la primera pareja humana en un sitio y un estado ideal de felicidad:  el Paraíso Terrenal o Jardín del Edén.  Pero nuestros primeros progenitores se rebelaron contra Dios, su Creador, y perdieron ellos, y nosotros sus descendientes, esa inicial condición de felicidad perfecta en que Dios los había colocado.

En ese estado de felicidad inicial los seres humanos gozábamos de privilegios especiales.  Entre otras cosas, ni sufríamos, ni nos enfermábamos, ni moríamos.  Además nos era más fácil hacer el bien y teníamos un mejor conocimiento de Dios, lo cual nos ayudaba a tener una mayor intimidad con El.


Pero Dios, que nos creó para que pudiéramos disfrutar para siempre de su Amor Infinito, no quiso abandonarnos, ni dejarnos en la situación en que quedamos, sino que preparó y diseñó un Plan de Rescate para la humanidad.

Y ¿en qué situación habíamos quedado?  Los seres humanos habíamos quedado sometidos a la esclavitud del Demonio, por haber aceptado Adán y Eva la proposición que éste les había presentado en contra de Dios.

Podríamos decir que quedamos, entonces, en una situación de secuestro.  Y Dios decide salvarnos.  Y Dios decide salvarnos ... El mismo.

Es así como Dios viene a hacer por nosotros lo que nosotros no podíamos hacer por nosotros mismos: rescatarnos.  Es cuando nos promete a alguien que vendría a salvarnos:  nos promete un Salvador. (cf. Gn. 3, 15)



Por eso, el Pueblo de Dios -por siglos- esperaba al Mesías, al que vendría a salvarlos.  Y en esa espera del Mesías se mueve el Pueblo de Dios durante siglos, guiado por los Patriarcas y los Profetas.  Llega así el momento del rescate de la humanidad y Dios se hace Hombre, se hace igual que nosotros:  se baja de su condición divina -sin perderla- y toma nuestra naturaleza humana.

Sucede, entonces, el misterio más grande del Amor de Dios, el más grande milagro jamás realizado:  Dios se hace Hombre para salvarnos.  Dios viene El mismo a rescatarnos de la situación en la que nos encontrábamos.

Y se inicia el Plan de Redención con el humilde “sí” de la Santísima Virgen María, al Ella aceptar ser Madre del Hijo de Dios, del Mesías que rescataría a la humanidad de la situación de secuestro en que se encontraba.


Ante esa espera milenaria del Pueblo de Dios por el Mesías que vendría a salvarlo, podemos imaginar, entonces, qué significativa y qué crucial era la respuesta de Pedro, que vemos en el Evangelio de hoy (Lc. 9, 18-24), reconociendo a Jesús como ese personaje especialísimo que todos esperaban.

Sin embargo, la sorpresa fue cuando Jesús, enseguida que Pedro lo reconoce como el Mesías que todos habían estado esperando por tantos siglos, les da la terrible noticia de que ese personaje especialísimo que ellos llamaban “Mesías”; es decir, El mismo -Jesús- debía sufrir mucho, debía ser rechazado por los jefes del pueblo, debía ser condenado a muerte, morir ... y luego resucitar.  

Tan impresionados quedaron con lo del sufrimiento y la muerte de Jesús, el Mesías, que parecen no haberse fijado en la promesa de la resurrección.  Esto es tan así, que si recordamos los textos de la Resurrección del Señor, vemos cómo más bien se sorprendieron y ni siquiera creían que Cristo había resucitado.

La verdad es que, aunque ya la idea de un Mesías sufriente que purificaría al Pueblo de Dios de sus pecados había sido anunciado por los Profetas.  Eso lo vemos en la Primera Lectura de hoy del Profeta Zacarías (Zc. 12, 10-11; 13, 1).  Pero el Pueblo de Israel –equivocadamente- esperaba un Mesías triunfante.



El Profeta Isaías, (cf. Is. 53) es elocuente en su descripción de los sufrimientos del Mesías esperado.  Pero no se daban cuenta de que el triunfo mesiánico pasaba por la Cruz y que luego vendría la Resurrección.   Lo expresa Isaías al final del Capítulo 53.  Lo dice Jesús a sus discípulos en el diálogo que nos trae el Evangelio de hoy:  sufrimiento y muerte;  luego la resurrección al tercer día.

¿Por qué Jesús plantea a los discípulos el asunto de su identidad?  Porque había llegado el momento en que tenía que plantearles lo de su sufrimiento, muerte y resurrección,  porque ya esto era inminente.  Eso iba a  suceder unos pocos días después, en cuanto llegaran a Jerusalén.  Era muy importante, entonces, que supieran que –efectivamente- El era el Mesías esperado … aunque fuera apresado, aunque sufriera y muriera, Ellos mismos –en boca de Pedro- lo habían reconocido así.  Pero, aunque les aseguró que resucitaría al tercer día, ni se dieron cuenta de esto que era lo más importante del anuncio.


Como los Apóstoles ya lo reconocían como el Salvador, el Mesías, debían saber y entender que no hay salvación si no se pasa por el sufrimiento.  De allí que enseguida les informa –y nos informa- que también nosotros debemos recorrer el mismo camino:  “Si alguno quiere acompañarme, que no se busque a sí mismo, que tome su cruz de cada día y me siga”.

Los sufrimientos de Jesús y su muerte en cruz, nos da la medida del precio de nuestro rescate:  nada menos que la vida misma del Mesías.  En efecto, Jesucristo, el Hijo de Dios hecho Hombre, paga nuestro rescate a un altísimo precio:  con su Vida, Pasión, Muerte y posterior Resurrección.

Y ¿qué obtiene el género humano del Mesías?

El sacrificio de Jesucristo, el Mesías prometido y esperado, el Mesías reconocido por Pedro,  ése que esperaban desde había siglos, nos consigue de nuevo el derecho a heredar la felicidad eterna en el Cielo.  (Eso lo habíamos perdido).  


Ahora bien, ya tenemos de nuevo el derecho a llegar al Cielo.  Pero ¿cómo íbamos a cobrar esa herencia?  Aprovechando todas las gracias que puso a nuestra disposición para llegar a allí.                

Se lleva a cabo, entonces, el Plan de Rescate:  la Santísima Trinidad en la persona del Hijo, el Mesías prometido y esperado, realiza el Misterio de la Redención.

  Bien describe la Segunda Lectura (Gal. 3, 26-29) en qué consiste la salvación:  los bautizados somos revestidos de Cristo, hechos hijos de Dios y herederos de la promesa de Dios:  la felicidad eterna.  Y la salvación es para todos:  judíos y no judíos, hombres y mujeres, esclavos y libres.


¡Eso sí!  Si bien hay una Voluntad de Dios general o absoluta:  Dios quiere que todos los seres humanos nos salvemos (cf. 1 Tim 2, 4), hay también una Voluntad de Dios condicionada.  Es decir, hay ciertas condiciones que debemos cumplir para obtener nuestra salvación:  que aquí en la tierra busquemos y hagamos la voluntad de Dios.

El rescate ya está pagado.  Pero para ser salvados, Dios requiere nuestra disposición a ser rescatados (como cualquier secuestrado, ¿no?).  Nuestra disposición consiste en buscar y hacer la Voluntad del Padre, igual que hizo el Mesías.

Este seguimiento de la voluntad de Dios va desde evitar el pecado y arrepentirnos y confesarlo en el Sacramento de la Confesión si lo cometemos, hasta amar a Dios sobre todas las cosas y buscar en todo su Voluntad.

El rescate ya está pagado.  Pero para ser salvados, Dios requiere nuestra disposición a ser rescatados.  Nuestra disposición consiste en cumplir en todo la Voluntad del Padre, igual que el Mesías.


 
Para esto,Cristo nos ha dejado muchas ayudas (son sus gracias):  su alimento en la Sagrada Comunión y su perdón en el Sacramento de la Confesión.   Ayuda muy importante es también la comunicación con El.  Y es importante, porque la oración nos hace dóciles y perceptivos al Espíritu Santo, Quien nos lleva por el camino de la Voluntad de Dios.

Con el Salmo 62 damos gracias a Dios y lo alabamos por todo lo que hizo por nosotros y por todo lo que nos da continuamente.  También nos mostramos muy necesitados de El, pues sin El somos como tierra seca, necesitada de agua.  Porque tenemos sed de El, lo añoramos y lo buscamos en la oración.

Con todas las ayudas que tenemos y con nuestra participación se completa el Plan de Rescate de Dios para cada uno de nosotros.  ¿Lo aprovechamos?






domingo, 16 de junio de 2013

El perdón y la deuda del amor!! (Evangelio dominical)



Solemos considerar el perdón como un deber cristiano, basado en el perdón que recibimos de Dios. Pensamos también que, mientras que al Dios todopoderoso el perdón debe resultarle fácil, a nosotros, al menos a veces, nos resulta extraordinariamente difícil, si no imposible. En este modo de pensar el perdón (fácil) de Dios se da casi por descontado, con sólo cumplir ciertas condiciones; mientras que el perdonar nosotros se nos antoja un deber cuesta arriba, de difícil cumplimiento. El hecho de que los sentimientos negativos que acompañan a la ofensa recibida no desaparezcan enseguida, sino que tengan una cierta inercia temporal, aunque exista la voluntad de perdón, hace que muchos digan: “yo quisiera perdonar, pero no puedo”.

La Palabra hoy pone de relieve el perdón, pero no desde nuestra perspectiva (el perdón “a los que nos ofenden”, como decimos en el Padrenuestro), sino desde la perspectiva de Dios. Y es que, realmente, sin tener en cuenta ese perdón de Dios hacia nosotros, considerado detenidamente, es imposible entender el perdón a los que nos han ofendido. Y la consideración de este perdón de Dios, a la luz de la Palabra que nos ilumina hoy, nos ayuda a deshacer algún equívoco en la comprensión y en la experiencia de este don extraordinario.

Y como viene siendo habitual, hoy traemos las reflexiones de tres religiosos que nos hablan en nuestro idioma, del Evangelio de San Lucas, en este Domingo11 del Tiempo Ordinario - Ciclo "C" .



Lectura del santo evangelio según san Lucas (7,36–8,3):



En aquel tiempo, un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él. Jesús, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. Y una mujer de la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino con un frasco de perfume y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con sus lágrimas, se los enjugaba con sus cabellos, los cubría de besos y se los ungía con el perfume.
Al ver esto, el fariseo que lo había invitado se dijo: «Si éste fuera profeta, sabría quién es esta mujer que lo está tocando y lo que es: una pecadora.»
Jesús tomó la palabra y le dijo: «Simón, tengo algo que decirte.»
Él respondió: «Dímelo, maestro.»
Jesús le dijo: «Un prestamista tenía dos deudores; uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de los dos lo amará más?»
Simón contestó: «Supongo que aquel a quien le perdonó más.»
Jesús le dijo: «Has juzgado rectamente.»
Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? Cuando yo entré en tu casa, no me pusiste agua para los pies; ella, en cambio, me ha lavado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con su pelo. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por eso te digo: sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor; pero al que poco se le perdona, poco ama.»
Y a ella le dijo: «Tus pecados están perdonados.»
Los demás convidados empezaron a decir entre sí:«¿Quién es éste, que hasta perdona pecados?»
Pero Jesús dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado, vete en paz.»
Después de esto iba caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, predicando el Evangelio del reino de Dios; lo acompañaban los Doce y algunas mujeres que él había curado de malos espíritus y enfermedades: María la Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, intendente de Herodes; Susana y otras muchas que le ayudaban con sus bienes.

Palabra del Señor   




COMENTARIO.




Las lecturas de hoy nos hablan de arrepentimiento y perdón.  En la Primera Lectura vemos el caso de David (2 Sam.12, 7-13)  y en el Evangelio el de la mujer pecadora (Lc. 7, 36 - 8, 3).

David es el prototipo del pecador arrepentido.  La lectura de hoy nos trae precisamente el momento en que Dios, a través del Profeta Natán le señala a David, su escogido, el doble y grave pecado que había cometido:  asesinato y adulterio.

Sin embargo, si leemos los versículos anteriores a esta lectura, podremos observar cómo Dios va llevando a David a ver cuán fea es su culpa, cuando el Profeta Natán le cuenta acerca de un rico ganadero que para alimentar a un visitante suyo, roba la única oveja que tenía un pobre (esto en clarísima referencia a la única esposa que tenía Urías, la cual había sido seducida por David).  Por supuesto, el Rey se indigna ante la injusticia del ganadero rico.  Pero ¡cuál no será su sorpresa cuando Natán le dice que ese ganadero es él mismo!  Y David se arrepiente de verdad y con dolor:  “¡He pecado contra el Señor!”.

 


Y este arrepentimiento maravilloso del Rey David nos ha dejado ese Salmo estupendo (Salmo 51), en el que David expone todos sus sentimientos y peticiones al Señor.  A continuación, extraemos algunas líneas de ese Salmo:

Misericordia, Señor, porque pequé.
Por tu inmensa compasión borra mi culpa, sana del todo mi pecado.

Reconozco mi culpa, Señor.
Contra Ti, contra Ti solo pequé:  cometí la maldad que aborreces.

Rocíame con el hisopo y quedaré limpio.
Lávame y quedaré más blanco que la nieve.

Devuélveme la alegría de la salvación.
Aparta de mi pecado tu vista.
Sana en mí toda culpa.

Crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme.
No me ocultes tu rostro, no me quites
tu Santo Espíritu.

Mi ofrenda es un corazón arrepentido.
Mi ofrenda es un espíritu quebrantado.
Un corazón contrito y humillado, Tú Señor,
no lo desprecias.




Y es importante ver que el pecado de David, aunque perdonado por su sincero y doloroso arrepentimiento tendrá consecuencias para él y su familia, entre otras, que “la muerte por espada no se apartará nunca de tu casa”   y el hijo que había nacido de esa unión pecaminosa moriría (cf. 2 Sam. 12, 13-14).

¿Qué nos enseña esto?  Que si bien la pena eterna consecuencia de nuestros pecados graves queda eliminada con el arrepentimiento (sin olvidar que en nuestro caso, también está la exigencia de la Confesión), la pena temporal sigue vigente.  Es lo mismo que decir que nuestros pecados deben ser purificados, a pesar de haber sido perdonados.  Y esa purificación puede ser aquí en la tierra o allá en el Purgatorio.
 (Ver Purgatorio en www.buenanueva.net).

El Evangelio nos narra el incidente de la mujer pecadora que se atreve a entrar en la casa de un fariseo que había invitado a Jesús a cenar.  ¡Qué escena tan comprometedora!  Una mujer de la mala vida entra, sin haber sido invitada, y se coloca a los pies de Jesús, llorando sus pecados.  Con sus lágrimas le lavó los pies, cosa que Simón, anfitrión descuidado, no había hecho.  Y, adicionalmente, le ungió los pies con perfume.

Los ojos de todos estaban fijos en el Maestro y la mujer.  “Si este hombre fuera profeta, sabría qué clase de mujer es la que lo está tocando;  sabría que es una pecadora”,  piensa equivocadamente el fariseo Simón.  Jesús, que sabe lo que está pensando su anfitrión, le propone un cuento al estilo del Profeta Natán con el Rey David, para ver qué responde su interlocutor.

“¿Quién ama más?”,  interroga Jesús a Simón.  “Supongo que aquél a quien se le perdonó más”,  responde Simón correctamente.  Luego pasa el Señor a reclamarle a su anfitrión que no le ha dado el trato correspondiente, que la mujer sí le ha dado:  lavado de los pies, unción de los cabellos, beso de bienvenida, etc.




Simón tal vez haya cometido menos pecados que la mujer, pero está cerrado al amor.  Sólo quiere averiguar quién es Jesús y -por supuesto- duda de su sabiduría y se escandaliza de su actitud hacia la mujer.  Si se hubiera abierto de veras al Señor, en vez del reproche, cuánto amor no hubiera recibido de El.

Cuanto más por amor sea el arrepentimiento, como en el caso de la mujer pecadora, más recibe perdón de Dios el arrepentido.  Y queda perdonada la culpa y también pudiera quedar perdonada la pena;  es decir, queda perdonado el pecado y pudiera quedar borrada también la mancha que dicho pecado ha dejado en el alma.

¿Por qué es importante que no quede mancha de pecado en el alma? Porque  al Cielo “no puede entrar nada manchado” (Ap. 21, 27).

En la Segunda Lectura (Gal. 2, 16-21)   San Pablo nos dice que es la fe lo que nos hace justos y no el cumplimiento de la ley.  Se dirige a los judíos, quienes creían en la Ley y no en Jesucristo como Salvador.  La fe nos lleva a la esperanza y al amor.  Y el amor a la entrega, que hace exclamar al Apóstol:  “Estoy crucificado con Cristo.  Vivo, pero ya no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí”.


Ese amor que nos pide Jesús:  amar a Dios por encima de todo lo demás, nos va llevando a esa unión íntima con El, pudiendo llegar a sentir también que Cristo vive en nuestro interior.  Esa íntima unión nos lleva a sentir un arrepentimiento sincero y perfecto si alguna vez le fallamos.  Ese amor lo describe bellísimamente la conocida poesía española inspirada en Jesús crucificado:

No me mueve, mi Dios, para quererte
el Cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el Infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor; muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido;
muéveme ver tu cuerpo tan herido;
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor y, en tal manera,
que aunque no hubiera Cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera Infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues si aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

Habla esta poesía del arrepentimiento perfecto, que es el que lo mueve el poeta, a quien no le interesa el arrepentimiento imperfecto. Veamos esto con más detalle.



El pecado es para el alma lo que una enfermedad es para el cuerpo.  Puede que sea una enfermedad larga, entonces diríamos que el alma se encuentra en “estado de pecado”.  Puede que sea una cuestión pasajera, como un pecado cometido y perdonado enseguida o en breve tiempo.

El pecado siempre estará presente en el mundo, mientras el mundo que conocemos siga siendo mundo.  Por eso Dios, bondadoso con nosotros sus hijos hasta el extremo, dejó previsto el remedio para todos nuestros pecados.  Y ese remedio que nunca falla es:  arrepentimiento y Confesión.

Y Dios está siempre dispuesto a perdonar al pecador arrepentido, como vemos repetidamente en la Biblia y muy elocuentemente en las lecturas de hoy.

Ningún pecado es perdonado sin el arrepentimiento.  Así que esta parte del tratamiento es la más importante, ya que podría darse el caso de pecados confesados que no quedan perdonados porque no hay un arrepentimiento sincero del pecado o de los pecados cometidos.

Ahora bien,  por la poesía hemos visto cómo el arrepentimiento puede ser “perfecto” o “imperfecto”.  “Contrición” y “atrición” son sus nombres teológicos.  Y ambos sirven para recibir el perdón en el Sacramento de la Confesión, pero -por supuesto- el arrepentimiento perfecto es mucho mejor.

El arrepentimiento perfecto es el que hacemos porque sentimos de veras que con nuestro pecado hemos ofendido a Dios, quien merece toda nuestra lealtad y todo nuestro amor.  No siempre nos arrepentimos de esta manera.  Pero es saludable buscar esta forma de contrición.

  ¿Y por qué es tan importante la contrición perfecta?  Porque ésta borra todos los pecados, ¡inclusive los pecados graves, aún antes de confesarlos!  Se ve claro cuán conveniente es, enseguida de haber pecado, hacer un acto de arrepentimiento porque nuestro pecado ha ofendido a Dios.


 
Por supuesto, estamos obligados a confesarnos a la mayor brevedad, porque bien dejó establecido Jesús el Sacramento de la Confesión:  “A quienes les perdonen los pecados les quedan perdonados y a quienes no se los perdonen les quedan sin perdonar” (Jn. 20, 19-23).

Pero si acaso nos sorprendiera la muerte antes de la Confesión, nuestros pecados están ya perdonados por ese “arrepentimiento perfecto”.  Por eso se ha dicho con sobrada razón que la contrición perfecta es la llave del Cielo.

Si se diera el caso de que tuviéramos que ayudar a alguna persona en el momento de su muerte y no hay un Sacerdote disponible, debiéramos ayudar al moribundo a hacer una “contrición perfecta” de sus pecados.

Sin embargo, la bondad y misericordia de Dios que no tienen límites, tampoco nos exige como indispensable el arrepentimiento “perfecto”.  El permite que nos arrepintamos también de una manera no perfecta.  Se llama “contrición imperfecta” o “atrición”.



Se trata del arrepentimiento por temor.  ¿Y temor a qué?  Temor a las consecuencias de nuestro pecado.  Y no se trata de las consecuencias humanas que también acarrean nuestras faltas, como podría ser, por ejemplo, una pena legal por un robo o un asesinato.  No, las motivaciones humanas no sirven para el arrepentimiento.  Se trata de las consecuencias sobrenaturales que el pecado conlleva:  el castigo eterno del infierno, al que ciertamente hay que tenerle miedo.  Y Dios es ¡tan bueno! que le basta como arrepentimiento ese miedo al infierno.

Ambos arrepentimientos requieren de la Confesión Sacramental.  El perfecto es mejor.  Pero el imperfecto, el del miedo a la condenación eterna también sirve para recibir el perdón de Dios.

Para la enfermedad de nuestros pecados Dios ha puesto a nuestro alcance el remedio que no falla y además nos ha dado distintas opciones.  ¡Cómo no aprovecharlas: arrepentimiento (perfecto o imperfecto) y Confesión!