domingo, 21 de septiembre de 2014

¿vas a tener tú envidia porque yo soy bueno? (Evangelio dominical)



Hoy el evangelista continúa haciendo la descripción del Reino de Dios según la enseñanza de Jesús, tal como va siendo proclamado durante estos domingos de verano en nuestras asambleas eucarísticas.

En el fondo del relato de hoy, la viña, imagen profética del pueblo de Israel en el Primer Testamento, y ahora del nuevo pueblo de Dios que nace del costado abierto del Señor en la cruz. La cuestión: la pertenencia a este pueblo, que viene dada por una llamada personal hecha a cada uno: «No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros» (Jn 15,16), y por la voluntad del Padre del cielo, de hacer extensiva esta llamada a todos los hombres, movido por su voluntad generosa de salvación.


Resalta, en esta parábola, la protesta de los trabajadores de primera hora. Son la imagen paralela del hermano mayor de la parábola del hijo pródigo. Los que viven su trabajo por el Reino de Dios (el trabajo en la viña) como una carga pesada («hemos aguantado el peso del día y el bochorno»: Mt 20,12) y no como un privilegio que Dios les dispensa; no trabajan desde el gozo filial, sino con el malhumor de los siervos.

Para ellos la fe es algo que ata y esclaviza y, calladamente, tienen envidia de quienes “viven la vida”, ya que conciben la conciencia cristiana como un freno, y no como unas alas que dan vuelo divino a la vida humana. Piensan que es mejor permanecer desocupados espiritualmente, antes que vivir a la luz de la palabra de Dios. Sienten que la salvación les es debida y son celosos de ella. Contrasta notablemente su espíritu mezquino con la generosidad del Padre, que «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1Tim 2,4), y por eso llama a su viña, «Él que es bueno con todos, y ama con ternura todo lo que ha creado» (Sal 145,9).



Lectura del Santo Evangelio Según San Mateo (20,1-16):



En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «El Reino de los Cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: "Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido." Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: "¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?" Le respondieron: "Nadie nos ha contratado." Él les dijo: "Id también vosotros a mi viña." Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al capataz: "Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros." Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: "Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno." Él replicó a uno de ellos: "Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?" Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.»

Palabra del Señor





COMENTARIO




El Evangelio de hoy nos trae uno de los planteamientos más controversiales que conseguimos en la Sagrada Escritura.  Se trata de aquella parábola de los trabajadores contratados a diferentes horas del día, los cuales terminan todos recibiendo el mismo salario. 

Hubo un grupo que comenzó a trabajar a primera hora de la mañana; otro, a media mañana; otro, al mediodía; otro grupo a media tarde, y un último grupo que sólo comenzó a trabajar al final de la tarde.  Lo sorprendente de la historia -tanto para nosotros que la leemos u oímos, como para los protagonistas imaginarios que en ella actúan-  es que todos recibieron la misma cantidad de dinero.   (Mt. 20, 1-16)

¿Por qué esto?  Jesucristo, quien es el dueño de la siembra y quien cuenta la parábola, no nos explica el por qué de esta aparente “injusticia”.  Por ello, para analizar y comprender el mensaje escondido en este relato, debemos darnos cuenta de que el Señor no está pretendiendo darnos una lección socio-económica sobre la moral del salario, sino que nos está dando a entender que El, Dueño de la viña -Dueño del mundo por El creado y Dueño también de nosotros- puede arreglar sus asuntos y sus “salarios” como  El desea y como mejor le parezca

Así de simple: Dios es libérrimo para hacer con sus cosas lo que desee.  Y no tenemos nosotros ningún derecho de cuestionarlo, ni de reclamarle.  El mismo lo dice en esta parábola: “¿Qué no puedo hacer con lo mío lo que Yo quiero?”.

La parábola tampoco es para estimular a los flojos a que no trabajen o a los tibios a que dejen la conversión para última hora.  Más bien nos indica que Dios puede llamar a cualquier hora: a primera hora del día, o a la última, o al mediodía ... o cuando sea.  Nos enseña, también, que al momento de ser llamados -sea la hora que fuere- debemos responder de inmediato, sin titubear y sin buscar excusas. 

Y el salario es el mismo porque Jesús nos está hablando de la salvación eterna, que es para todo el que quiera estar en la viña del Señor.

Esta actitud que debemos tener ante el llamado del Señor nos lo recuerda el Profeta Isaías en la Primera Lectura: “Busquen al Señor mientras lo pueden encontrar, invóquenlo mientras está cerca.  Que le malvado abandone su camino, y el criminal sus planes.  Que regrese al Señor y El tendrá piedad.”  (Is. 55, 6).

La parábola también es una advertencia contra la envidia, ese pecado tan feo, que consiste en el deseo de querer que lo bueno de los demás no sea para ellos sino para nosotros.  El Señor advierte a los trabajadores envidiosos que reclaman: “¿Vas a tenerme rencor porque Yo soy bueno?”   

Dios no admite envidia o rivalidad entre sus hijos.  Nada de codiciar lo de los demás.  Más aún, Dios desea que nos gocemos del bien de los demás como si fuera nuestro propio bien.
De no ser así, estamos pecando de envidia, ese pecado escondido, más frecuente de lo que creemos.  Quizá hasta lo cometemos sin darnos cuenta, porque creemos que es un derecho pensar con envidia.

Otro punto controversial es la frase final de esta parábola, la cual El Señor repite con  bastante insistencia en el Evangelio y referida a diferentes situaciones: “Los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos”.  (Mt. 19, 30 - Mt. 20, 16 - Mc. 10, 31 - Lc. 13, 30).  

¿Qué significado tiene esta sentencia del Señor?  Notemos que no dice que los últimos son los únicos que van a llegar y que los primeros no llegarán.  Simplemente invierte el orden de llegada.  Así que el más importante significado es que todos  -primeros y últimos- vamos a llegar.  Significa que Dios ofrece la salvación a todos: recibe a los pecadores o incrédulos convertidos en la madurez de sus vidas.  Pero eso no quiere decir que los que han vivido unidos a El desde su niñez o su juventud van a quedarse fuera.  Al contrario, los está sosteniendo con sus gracias todo ese tiempo.


Significa también que los que comenzaron su vida cristiana desde temprana edad no tienen derecho a un trato especial y no pueden reclamar mayores derechos o una mejor paga.  Significa además, que los llamados posteriormente no deben dudar, ni desanimarse, pensando que llegan tarde.

Si acaso hay personas que han sido fieles al Señor desde la primera hora, deben alegrarse por los de las últimas horas.  Alegrarse, porque son almas que recibirán la salvación.  Y alegrarse también los de última hora, porque los tempraneros han tenido la oportunidad de servir al Señor casi toda o toda su vida.Todas ésas son enseñazas que se pueden extraer de esta parábola. Pero la más importante de todas  ya la hemos dicho: Dios es libérrimo para arreglar las cosas de su mundo como El desea.  Y siempre las arregla para nuestro mayor bien... aunque a veces nos suceda como a los trabajadores envidiosos:  que no estemos de acuerdo con sus planes y que -inclusive- tengamos la osadía de reclamarle, cosa que –por cierto- es grave pecado.

Sin embargo, Dios ve las cosas de manera muy distinta a como la vemos nosotros, sus creaturas.  Y ¿quién las ve mejor?  ¿Nosotros o El, que tiene en sus manos todos los hilos? 
La Primera Lectura del Profeta Isaías nos trae una de las más bellas y más útiles frases sobre este dilema: nuestra voluntad y la de Dios, nuestros planes y los de Dios, nuestra manera de pensar y la de Dios.  En esta frase nos muestra el Señor cómo es de corta y deficiente la visión de nosotros los seres humanos y cómo es de alta y de grande la suya.

Cuando nos cueste entender la Voluntad de Dios y las circunstancias que El permita para nuestras vidas, cuando osemos pensar que Dios es injusto, cuando tengamos la tentación de reclamarle, recordemos esta frase que nos dice el Señor por boca del Profeta Isaías: “Así como dista el cielo de la tierra, así distan mis caminos de sus caminos, mis pensamientos de sus pensamientos” (Is. 55, 9).

Y recordemos también ésta del Salmo 144: “Siempre es justo el Señor en sus designios y están llenas de amor todas sus obras”.   
     

La Segunda Lectura de San Pablo (Flp 1, 20-24.27) nos recuerda cómo es el verdadero seguidor de Cristo.  No es como los jornaleros envidiosos, pendiente de lo que no es tan importante (momento de la llamada, servicios prestados, recompensa, etc.), sino que está pendiente de lo único verdaderamente importante: dar gloria a Cristo. 
Nos recuerda el Apóstol que no hay que temer la muerte, pues “la muerte es una ganancia”,  y que no importa el momento de morir o cuánto nos toque vivir, si en todo momento buscamos la gloria de Cristo.






Fuentes:
Sagradas Escrituras
Evangeli.org
Homilias.org.