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domingo, 24 de octubre de 2021

«‘¿Qué quieres que te haga?’. El ciego le dijo: ‘Rabbuní, ¡que vea!’» (Evangelio Dominical)

 




 Hoy, contemplamos a un hombre que, en su desgracia, encuentra la verdadera felicidad gracias a Jesucristo. Se trata de una persona con dos carencias: la falta de visión corporal y la imposibilidad de trabajar para ganarse la vida, lo cual le obliga a mendigar. Necesita ayuda y se sitúa junto al camino, a la salida de Jericó, por donde pasan muchos viandantes.


Por suerte para él, en aquella ocasión es Jesús quien pasa, acompañado de sus discípulos y otras personas. Sin duda, el ciego ha oído hablar de Jesús; le habrían comentado que hacía prodigios y, al saber que pasa cerca, empieza a gritar: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!» (Mc 10,47). Para los acompañantes del Maestro resultan molestos los gritos del ciego, no piensan en la triste situación de aquel hombre, son egoístas. Pero Jesús sí quiere responder al mendigo y hace que lo llamen. Inmediatamente, el ciego se halla ante el Hijo de David y empieza el diálogo con una pregunta y una respuesta: «Jesús, dirigiéndose a él, le dijo: ‘¿Qué quieres que te haga?’. El ciego le dijo: ‘Rabbuní, ¡que vea!’» (Mc 10,51). Y Jesús le concede doble visión: la física y la más importante, la fe que es la visión interior de Dios. Dice san Clemente de Alejandría: «Pongamos fin al olvido de la verdad; despojémonos de la ignorancia y de la oscuridad que, cual nube, ofuscan nuestros ojos, y contemplemos al que es realmente Dios».


                                   



Frecuentemente nos quejamos y decimos: —No sé rezar. Tomemos ejemplo entonces del ciego del Evangelio: Insiste en llamar a Jesús, y con tres palabras le dice cuanto necesita. ¿Nos falta fe? Digámosle: —Señor, aumenta mi fe. ¿Tenemos familiares o amigos que han dejado de practicar? Oremos entonces así: —Señor Jesús, haz que vean. ¿Es tan importante la fe? Si la comparamos con la visión física, ¿qué diremos? Es triste la situación del ciego, pero mucho más lo es la del no creyente. Digámosles: —El Maestro te llama, preséntale tu necesidad y Jesús te responderá generosamente.

 



Lectura del santo evangelio según san Marcos (10,46-52):

 




En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gente, el ciego Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: «Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí.»
Muchos lo regañaban para que se callara. Pero él gritaba más: «Hijo de David, ten compasión de mí.»
Jesús se detuvo y dijo: «Llamadlo.»
Llamaron al ciego, diciéndole: «Ánimo, levántate, que te llama.» Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús.
Jesús le dijo: «¿Qué quieres que haga por ti?»
El ciego le contestó: «Maestro, que pueda ver.»
Jesús le dijo: «Anda, tu fe te ha curado.» Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.

Palabra del Señor




COMENTARIO. 

 


 

La Primera Lectura nos trae un texto del Profeta Jeremías (Jer. 31, 7-9) referido al regreso del pueblo de Israel del exilio y entre ellos vienen también “los ciegos y los cojos”.

 

Nos habla el Profeta de “torrentes de agua” y de “un camino llano en el que no tropezarán”.  Sin duda se refieren estos simbolismos a la gracia divina que es una “fuente de agua viva” que calma la sed, que fortalece y que allana el camino hacia la Vida Eterna.

 

Sabemos que es Dios quien guía a su pueblo de regreso a su patria.  Y cuando Dios es el que guía, los cojos pueden caminar y los ciegos tienen luz.  Es una figura muy bella sobre la conversión interior, que nos lleva a poder ver la luz interior, aunque fuéramos ciegos corporales.

 

Es el caso del Evangelio de hoy (Mc. 10, 35-45), el cualnos narra la curación del ciego Bartimeo, ciego de sus ojos, pero vidente en su interior; ciego hacia fuera, pero no hacia dentro; ciego corporal, mas no espiritual; ciego de los ojos, mas no del alma.

 

Este nuevo milagro de Jesús nos ofrece bastante tela de donde cortar para extraer enseñanzas muy útiles a nuestra fe, nuestra vida de oración y nuestro seguimiento a Cristo.

 

                    


Un día este hombre ciego estaba ubicado al borde del camino polvoriento a la salida de Jericó.  Pedir limosna era todo lo que podía hacer para obtener ayuda humana, y eso hacía.

 

Pero Bartimeo había oído hablar de Jesús, quien estaba haciendo milagros en toda la región.  Sin embargo, su ceguera le impedía ir a buscarlo.  Así que tuvo que quedarse donde siempre estaba.

 

Pero he aquí que un día el ciego, con la agudeza auditiva que caracteriza a los invidentes, oye el ruido de una muchedumbre, una muchedumbre que no sonaba como cualquier muchedumbre. 

 

Y al saber que el que pasaba era Jesús de Nazaret, “comenzó a gritar” por encima del ruido del gentío: “¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!”.  Trataron de hacerlo callar, pero él gritaba con más fuerza.  Jesús era su única esperanza para poder ver.

 

Ciertamente Bartimeo era ciego en sus ojos corporales:  no tenía luz exterior.  Pero sí tenía luz interior, sí veía en su interior, pues reconocer que Jesús era el Mesías, “el hijo de David”, y poner en Él toda su esperanza, es ser vidente en el espíritu.

 

Su fe lo hacía gritar cada vez más y más fuertemente, pues estaba seguro que su salvación estaba sólo en Jesús.  Y tal era su emoción que cuando Jesús lo hizo llamar, “tiró el manto y de un salto se puso en pie y se acercó a Jesús”.

 

Ahora bien, los “gritos” de Bartimeo llamaron la atención de Jesús, no sólo por el volumen con que pronunciaba su oración de súplica, sino por el contenido: 

 

“¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!”.  Un contenido de fe profunda, pues no sólo pedía la curación, sino que reconocía a Jesús como el Hijo de Dios, el Mesías que esperaba el pueblo de Israel.   De allí que Jesús le dijera al sanarlo: “Tu fe te ha salvado”.

 



Analicemos un poco más los “gritos-oración” de Bartimeo.   “Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí”.  Los judíos sabían que el Mesías debía ser descendiente de David.  Así que, reconocer a Jesús como hijo de David, era reconocerlo como el Mesías, el Hijo de Dios hecho Hombre.

 

Podemos decir que esta súplica desesperada de Bartimeo contiene una profesión de fe tan completa que resume muchas verdades del Evangelio.  Es la llamada “oración de Jesús” que puede utilizarse para orar “en todo momento... sin desanimarse” (Ef. 6, 18), como nos recomienda San Pablo.

 

Si nos fijamos bien, es una oración centrada en Jesús, pero es también una oración Trinitaria, pues al decir que Jesús es Hijo de Dios, estamos reconociendo la presencia de Dios Padre, y nadie puede reconocer a Jesús como Hijo de Dios, si no es bajo la influencia del Espíritu Santo. 

 

Además, al reconocer a Jesús como el Mesías, nuestro Señor, reconocemos su soberanía sobre nosotros y su señorío sobre nuestra vida, es decir, reconocemos que nos sometemos a su Voluntad.

 

Y al decir “ten compasión de mí”, reconocemos que, además, de dependientes de Él, tenemos toda nuestra confianza puesta sólo en Él, nuestra única esperanza, igual que Bartimeo.

 

“Jesús, Hijo de Dios, ten compasión de mí, pecador” es una oración que contiene esta otra verdad del Evangelio:  que somos pecadores y que dependemos totalmente de Dios para nuestra salvación. 

 

Es una oración de estabilidad y de paz que, repetida al despertar y antes de dormir y en todo momento posible a lo largo del día, puede llevarnos a vivir de acuerdo a la Voluntad de Dios ... y a seguir a Cristo como lo hizo Bartimeo, quien “al momento recobró la vista y se puso a seguirlo por el camino”.

 

En la Segunda Lectura (Hb. 5, 1-6) nos sigue hablando San Pablo sobre el Sacerdocio de Cristo.  Cristo es Sumo y Eterno Sacerdote.  No es posible llegar a Dios sin pasar por Cristo, de quien depende nuestra salvación.  Es lo que proclamó la Iglesia con la Declaración “Dominus Iesus” (JPII 2000, sobre la Unicidad y Universalidad Salvífica de Jesucristo y su Iglesia). 

                             



No es posible la salvación, sino a través de Cristo.  Pretender otras vías, conociendo la de Cristo, es pura ilusión ... y más que ilusión, engaño.  Muchos llegaron a criticar la “Dominus Iesus” como contraria al ecumenismo, pero más bien esta Declaración pone las cosas en su lugar:  Cristo es nuestra salvación.  No hay salvación fuera de Él y de su Iglesia.

 

En formas misteriosas los no-cristianos pueden ser salvados, pero su salvación se sucede en Cristo, el Hijo de Dios, el Mesías que Bartimeo reconoció aún sin verlo.  

 

 









Fuentes:

Sagradas Escrituras

Evangeli.org

Homilias.org

domingo, 26 de marzo de 2017

«Vete, lávate» (Evangelio Dominical)

                                               
          

Hoy, cuarto domingo de Cuaresma —llamado domingo “alegraos”— toda la liturgia nos invita a experimentar una alegría profunda, un gran gozo por la proximidad de la Pascua.

Jesús fue causa de una gran alegría para aquel ciego de nacimiento a quien otorgó la vista corporal y la luz espiritual. El ciego creyó y recibió la luz de Cristo. En cambio, aquellos fariseos, que se creían en la sabiduría y en la luz, permanecieron ciegos por su dureza de corazón y por su pecado. De hecho, «No creyeron los judíos que aquel hombre hubiera sido ciego, hasta que llamaron a los padres del que había recobrado la vista» (Jn 9,18).

¡Cuán necesaria nos es la luz de Cristo para ver la realidad en su verdadera dimensión! Sin la luz de la fe seríamos prácticamente ciegos. Nosotros hemos recibido la luz de Jesucristo y hace falta que toda nuestra vida sea iluminada por esta luz. Más aun, esta luz ha de resplandecer en la santidad de la vida para que atraiga a muchos que todavía la desconocen. Todo eso supone conversión y crecimiento en la caridad. Especialmente en este tiempo de Cuaresma y en esta última etapa. San León Magno nos exhorta: «Si bien todo tiempo es bueno para ejercitarse en la virtud de la caridad, estos días de Cuaresma nos invitan a hacerlo de manera más urgente».

                                                       





Sólo una cosa nos puede apartar de la luz y de la alegría que nos da Jesucristo, y esta cosa es el pecado, el querer vivir lejos de la luz del Señor. Desgraciadamente, muchos —a veces nosotros mismos— nos adentramos en este camino tenebroso y perdemos la luz y la paz. San Agustín, partiendo de su propia experiencia, afirmaba que no hay nada más infeliz que la felicidad de aquellos que pecan.

La Pascua está cerca y el Señor quiere comunicarnos toda la alegría de la Resurrección. Dispongámonos para acogerla y celebrarla. «Vete, lávate» (Jn 9,7), nos dice Jesús… ¡A lavarnos en las aguas purificadoras del sacramento de la Penitencia! Ahí encontraremos la luz y la alegría, y realizaremos la mejor preparación para la Pascua.




Lectura del santo evangelio según san Juan (9,1.6-9.13-17.34-38):


                                   






En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Y escupió en tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego y le dijo: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado).»
Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: «¿No es ése el que se sentaba a pedir?»
Unos decían: «El mismo.»
Otros decían: «No es él, pero se le parece.»
Él respondía: «Soy yo.»
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.
Él les contestó: «Me puso barro en los ojos, me lavé, y veo.»
Algunos de los fariseos comentaban: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.»
Otros replicaban: «¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?»
Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?»
Él contestó: «Que es un profeta.»
Le replicaron: «Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?»
Y lo expulsaron.
Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?»
Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?»
Jesús le dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es.»
Él dijo: «Creo, Señor.» Y se postró ante él.

Palabra del Señor


COMENTARIO


                                 



El Evangelio de hoy nos habla de la sanación que hace Jesús a un ciego de nacimiento (Jn. 9, 1-41).  Y en la Segunda Lectura (Ef. 5, 8-14), tomada de la Carta de San Pablo a los Efesios, podemos ver el significado espiritual de la ceguera y de la recuperación de la vista.

Nos dice San Pablo:  En otro tiempo estaban en la oscuridad -en las tinieblas-, pero ahora, unidos al Señor, son luz.  En efecto, la oscuridad en que vivía el ciego representa las tinieblas del pecado, la oscuridad causada por la ausencia de la gracia de Dios.  Y la luz que entra en la vista del ciego recién sanado por el Señor es la vida de Dios en nosotros; es decir, la gracia.

Antes de analizar más detalladamente el simbolismo de pecado/oscuridad y de gracia/luz, veamos en primer lugar el milagro mismo.   Jesucristo, como sabemos, realizó muchos milagros de sanación.  Y si los analizamos con detenimiento, podemos darnos cuenta que cada uno de estos milagros fue hecho en forma diferente:  a unos sanaba porque se lo pedían; otros, como el caso de este ciego, ni siquiera se lo pidió.  A unos sanaba tocándolos o dándoles la mano; a otros porque más bien lo tocaban a El, y a otros sanó, sin siquiera tenerlos en su presencia.  Con unos usaba palabras, con otros algunas sustancias.  Unos se curaban enseguida y otros un tiempo después. 

                                                       


Todo esto vale para decir que el Señor es libérrimo en la forma como El escoge para hacer su labor.  Lo que sí es común a todas las curaciones hechas por Jesús es que lo más importante era la sanación que ocurría en el alma del enfermo:  su curación tenía una profunda consecuencia espiritual.  El Señor no hace una sanación física, sin tocar profundamente el alma.  Y cuando el Señor sana directamente es para que se manifieste en la persona la gloria y el poder de Dios.  Y sana no sólo para que el enfermo sanado crea en Dios y cambie, sino también las personas a su alrededor.

Sin embargo, sabemos que no todo enfermo es sanado.  ¿Significa que la enfermedad es un mal? ... Mientras dure el mundo presente, seguirán habiendo enfermedades, las cuales -ciertamente- son una de las consecuencias del pecado original de nuestros primeros progenitores.  Pero Jesús, con su Pasión, Muerte y Resurrección, le dio valor redentor a las enfermedades –y también a todo tipo de sufrimiento.

Es decir, el sufrimiento bien llevado, aceptado en Cristo, sirve para santificarnos y para ayudar a otros a santificarse.  No es que sean fáciles de llevar las enfermedades -sobre todo algunas de ellas- pero son oportunidades para unir ese sufrimiento a los sufrimientos de Cristo y darles así valor redentor.

                                                         



Y ¿qué es eso de “valor redentor”?  Nuestros sufrimientos, unidos a los de Cristo, pueden servir para nuestra propia santificación o para la santificación de otras personas, incluyendo nuestros seres queridos.

Es por ello que después de Cristo, ya los enfermos no son considerados como personas malditas por el pecado propio o de sus padres, como sucedía antes de la venida del Señor.  De allí la pregunta de los Apóstoles al encontrarse al ciego: “¿Quién pecó para que éste naciera ciego, él o sus padres?”, a lo que Jesús responde: “Ni él pecó ni tampoco sus padres.   Nació así para que en él se manifestaran las obras de Dios”.

Las enfermedades más graves no son las del cuerpo, sino las del alma.  Por eso decíamos que la sanación fundamental es la sanación interior.  Esta puede darse, habiéndose sanado el cuerpo o no.  ¡Cuántos enfermos ha habido que se han santificado en su enfermedad!   ¡Cuántos santos no hay que se han hecho santos a raíz de una enfermedad o durante una larga enfermedad!

En el caso del ciego de nacimiento del Evangelio de hoy, vemos que este hombre fue de los que ni siquiera pidió ser sanado, sino que viéndolo Jesús pasar, se detiene y, haciendo barro con saliva y tierra del suelo, lo colocó en sus ojos, ordenándole que luego se bañara en la piscina de Siloé.  Efectivamente, el hombre comienza a ver al salir del agua.  Pero notemos que el cambio más importante se realiza en su alma.

                                                       




Veamos cómo se comporta al ser interrogado por los enemigos de Jesús.  Sus respuestas las da con mucha convicción y con tal simplicidad e inocencia, que por la precisión y la lógica que hay en ellas, deja perplejos a quienes con mala intención tratan de hacer ver que Jesús no venía de Dios, pues lo había curado en Sábado, día en que los judíos no podían hacer ningún tipo de trabajo.

Resulta refrescante oír la respuesta del ciego que ya no lo es, cuando los fariseos lo forzan a decir que Jesús es un pecador.  Responde el ciego, primero inocentemente: “Si es pecador, yo no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo”.   Continúa luego con mucha “claridad” y convicción: “Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero al que lo teme y hace su voluntad, a ése sí lo escucha ... Si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder”.

Termina el ciego de nacimiento por postrarse ante Jesús, reconociéndolo como el Hijo de Dios, en cuanto Jesús le revela Quién es El.  Como decíamos, lo más importante es la gracia que acompaña a todo contacto con Cristo.  El ciego, que ya no lo es, cree en Jesús y confía en El.  Y cuando Jesús se le revela como el Hijo del hombre, es decir, el Mesías esperado, el ciego que ahora ve cree lo que el Señor le dice y, postrándose, lo adoró.

La Primera Lectura (1 Sam. 16, 1.6-7.10-13) nos narra la escogencia de David para ser ungido por el Profeta Samuel como Rey.

                                                        



David, antepasado de Cristo, es prefiguración del Mesías.  David es ungido en Belén, que pasa entonces a ser, la ciudad de David.  Y también la ciudad donde habría de nacer Jesús, el Mesías.

David era pastor.  De hecho, estaba pastoreando cuando Samuel, instruido por Dios, va en busca del Rey que va a ser ungido.  Y David, que antes pastoreaba ovejas, ahora es encargado para ser pastor del pueblo de Israel (cf. 2 Sam. 5, 2), prefiguración también de Jesús, el Buen Pastor.  Pastor de nosotros, sus ovejas.  Pastor de ese rebaño que es la Iglesia, el nuevo pueblo de Israel.

De allí que la Liturgia nos presente el Salmo 22, el conocidísimo y gran favorito de entre los Salmos:  El Señor es mi Pastor, nada me falta.

Y concluye el Evangelio con una advertencia de Jesús para todos aquéllos que, como los Fariseos, creemos que vemos y que no necesitamos que Jesús nos cure nuestra ceguera:  “Yo he venido a este mundo para que se definan los campos:  para que los ciegos vean, y los que ven queden ciegos”.    Preguntaron entonces si estaban ciegos.  Y Jesús les dice: “Si estuvieran ciegos”  (es decir, si se dieran cuenta de su ceguera) “no tuvieran pecado.  Pero como dicen que ven, siguen en su pecado”.

                                                            



¡Cuidado que así podríamos estar nosotros: diciendo que vemos, creyendo que vemos, y no dejamos que el Señor nos sane, pues ya creemos que sabemos todo, y preferimos quedarnos en una luz que no es luz, sino que es oscuridad!

El Señor habla de “definición de campos”.  ¿Cuáles son esos campos?  Luz y tinieblas.  Dios y demonio.  Gracia y pecado.   Y San Pablo nos dice que, “unidos al Señor, podemos ser luz”.   Y nos habla de los frutos de la Luz: “bondad, santidad, verdad”.   Cristo se identifica así: “Yo soy la Luz del mundo ... El que me sigue, no camina en tinieblas”.

Seguir a Cristo es no sólo creer en El, sino actuar como El; es decir, en total acuerdo con la Voluntad del Padre.  Así, haciendo sólo lo que es la Voluntad de Dios, pasaremos de la oscuridad de nuestra ceguera a la Luz de Cristo, para ser nosotros también luz en este mundo tan oscuro de las cosas de Dios y tan ciego para verlas.

Las enfermedades más graves no son las del cuerpo, sino las del alma.  Más aún, las enfermedades peores no son las que sufre una persona, sino las que sufre toda una población.  Nuestra sociedad está enferma.  ¡Y bien enferma!  De violencia, agresividad, maledicencia, ocultismo, esoterismo, idolatría, satanismo.  Sí, eso mismo: culto al demonio -para ser más precisos.

Por eso requerimos sanación.  Una sanación que sólo Dios nos puede dar.  Porque la sanación fundamental es la sanación interior.  Y ésa es la que estamos necesitando.

                                                            



El ciego de nacimiento que mencionábamos termina por postrarse ante Jesús, reconociéndolo como Dios.  Cuando comenzó a ver, el ciego creyó lo que el Señor le dijo y, postrándose, Lo adoró.  (Jn 9, 38)

Es lo que nos falta a nosotros: postrarnos en adoración.  Reconocer que Dios es el Señor de la historia, no nosotros.  Cuando no confiamos de verdad en Dios, El nos deja en manos de los enemigos.  Solos no podemos.  Hay que ORAR.  Y orar arrepentidos.   Clamar a Dios.   AdorarLo.   El ha puesto sus condiciones para actuar cuando hay enfermedades sociales:


“Si mi pueblo
-sobre el cual es invocado mi Nombre-
se humilla:
orando y buscando mi rostro,
y se vuelven de sus malos caminos,
Yo -entonces- los oiré desde los  cielos,
perdonaré sus pecados
y sanaré su tierra.”
(2 Crónicas  7, 14)

















Fuentes:
Sagradas Escrituras
Evangeli.org
Homilias.org




martes, 20 de octubre de 2009

Oración Comunitaria, Viernes, 23 de Octubre


Ave Maria -
ALABANZAS AL SANTISIMO

CANTO AL ESPIRITU SANTO:
Ilumíname, Señor, con tu Espíritu.
Transfórmame, Señor, con tu Espíritu.
Ilumíname, Señor, con tu Espíritu.
Ilumíname y transfórmame, Señor.
Y DÉJAME SENTIR EL FUEGO DE TU AMOR
AQUÍ EN MI CORAZÓN, SEÑOR (BIS)

INTRODUCCIÓN
El camino de la fe comienza en la súplica y culmina en el seguimiento de Jesús. El ciego de Jericó implora a Jesús la curación y, una vez curado, le sigue. En el borde del camino hay muchos ciegos encerrados en su oscuridad y soledad. No tienen conciencia de su ceguera y creen verlo todo.
El orgullo les impide suplicar al Señor que pasa. Otros en cambio, desean ver la luz y la alegría de los colores, reconocen su ceguera y piden ser curados por el Señor que pasa.
Jesús, el enviado para que los ciegos vean, cura a Bartimeo. El milagro es signo de la presencia del Mesías, el Hijo de David. La fe es la condición necesaria para ver; sin ella se permanece en la oscuridad. La fe hace oír el grito de los pobres ciegos que en el borde del camino gritan, suplican y esperan que alguien les diga: ¿Qué quieres que haga por ti?

ORACIÓN-MEDITACIÓN
¿Dónde estás? El ciego está al borde del camino, donde ni siquiera cae la semilla. Parece que todo está perdido, pero no, Jesús pasa.
“Hay almas tan enfermas y mostradas a estarse en cosas exteriores, que no hay remedio ni parece que pueden entrar dentro de sí” (Santa Teresa). ¿Cómo está tu alma? A Bartimeo no le gusta su situación. Su grito es una manera de mostrar su cansancio y su inconformismo.
“Ya andaba mi alma cansada y, aunque quería, no la dejaban descansar las ruines costumbres que tenía” (Santa Teresa)
Jesús sale al camino. Tiene el oído abierto para escuchar al pobre. Te llama. Te anima. Te levanta. Quiere ser tu amigo.
“Bendito seáis por siempre, que aunque os dejaba yo a Vos, no me dejasteis Vos a mí tan del todo que me tornase a levantar con darme Vos siempre la mano. Y muchas veces, Señor, no la quería, ni quería entender cómo muchas veces me llamabais de nuevo” (Santa Teresa).

Una pregunta de Jesús para sacar lo mejor de ti, para hacer brotar la fe: “¿Qué quieres que haga por ti?” Tómate tiempo para responder.
“Mirad, Señor, que mis ojos están ciegos y se contentan de muy poco. Dadme Vos luz” (Santa Teresa).
La oración es para el amor, hecho camino y servicio. Con la alegría de saber que vamos en buena compañía.
“Oh Señor, cuán diferentes son vuestros caminos de nuestras torpes imaginaciones. Y cómo de un alma que está ya determinada a amaros y dejada en vuestras manos, no queréis otra cosa sino que obedezca y se informe bien de lo que es más servicio vuestro, y eso desee” (Teresa).

CANT0 Con vosotros está y no le conocéis,
Con vosotros está su nombre es "El Señor" (2)

MONICIÓN AL EVANGELIO
En medio del camino de la vida acontece el encuentro. La luz se hace grande en el corazón de Bartimeo. Ahora sigue a Jesús con alegría. Teresa de Jesús, una mujer encontrada por Jesús en el camino de la vida, pudo exclamar enamorada: “Juntos andemos, Señor. Por donde tú vayas, iré también yo”.

TEXTO DEL EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS 10,46-52

En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gente, el ciego Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: - «Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí.» Muchos le regañaban para que se callara. Pero él gritaba más: - «Hijo de David, ten compasión de mí.» Jesús se detuvo y dijo: - «Llamadlo.» Llamaron al ciego, diciéndole: - «Ánimo, levántate, que te llama.» Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Jesús le dijo: - « ¿Qué quieres que haga por ti?» El ciego le contestó: - «Maestro, que pueda ver.» Jesús le dijo: - «Anda, tu fe te ha curado.» Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.

Palabra del Señor


CANTO En nuestra oscuridad, enciende la llama de tu amor Señor,
de tu amor Señor.
En nuestra oscuridad, enciende la llama de tu amor Señor,
de tu amor Señor.


PRECES
Al caer la tarde tu Hijo nos ofreció su cuerpo como alimento de vida eterna,
- acepta nuestra oración vespertina y haz que no falten en tu Iglesia vocaciones religiosas al servicio de los más necesitados.

Padre de bondad, que aceptaste la ofrenda de tu Hijo,
- suscita en nuestras parroquias jóvenes dispuestos a dar su vida por ti en servicio a sus hermanos.

Te pedimos Señor por las familias cristianas,
- para que sean “Iglesia doméstica” donde puedan nacer futuras vocaciones para la Iglesia universal.

Te pedimos Señor por los Seminarios y Noviciados
- que los jóvenes que allí se preparan vivan su formación con gozo y generosidad.

Al llegar a su término esta jornada, haz que no decline en la Iglesia la esperanza de tu Reino,
- enriquécela con numerosas vocaciones a la vida consagrada.

Dios misericordioso, que hiciste de María un modelo de entrega a los hermanos,
- haz que los jóvenes vean en ella un modelo a imitar.

Oh Cristo, que con tu sacrificio redentor purificas y elevas el amor humano,
- haz que los hogares cristianos sean cantera de vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada.

Altísimo Señor, baja a escucharnos con la bondad que te distingue,
- Para que todos los sacerdotes y en especial nuestro párroco el padre Andrés y el padre Ángel sientan cercana en todo instante la especial protección de María Santísima particularmente en los instantes de sus desconsuelos y soledades en el ejercicio de sus misiones.

Señor Jesús, Sol de justicia que iluminas nuestras vidas, al llegar al umbral de la noche, te pedimos por todos los hombres;
- que todos lleguen a gozar eternamente de tu luz, que no conoce el ocaso.

ORACIÓN FINAL: Lo más importante
Lo más importante no es:
Que yo te busque,
Sino que tu me buscas en todos los caminos (Gen.3,9)
Que yo te llame por tu nombre,
Sino que el mío está tatuado en la palma de tu mano (Is. 49,16)
Que yo te grite cuando me faltan las palabras,
Sino que tú gimes en mí con tu grito (Rm. 8,26)
Que yo tenga proyectos para ti,
Sino que tú me invitas a caminar contigo hacia el futuro (Mc. 1,17)
Que yo te comprenda,
Sino que tú me comprendas en mi último secreto (1 Cor.13, 12)
Que yo hable de ti con sabiduría,
Sino que tú vives en mí, y te expresas a tu manera (2 Cor. 4,10)
Que yo te ame con todo mi corazón y todas mis fuerzas,
Sino que tú me amas con todo tu corazón y todas tus fuerzas
Que yo trate de animarme y planificar,
Sino que tu fuego arde dentro de mis huesos (Jer. 20,9)
Porque, ¿cómo podría yo buscarte, llamarte, amarte,...
Si tu, no me buscas, llamas y amas primero?
El SILENCIO AGRADECIDO, ES MI ÚLTIMA PALABRA,
y mi mejor manera de encontrarte.

CUENTO: UN CIEGO CON LUZ
“Había una vez, hace cientos de años, en una ciudad de Oriente, un hombre que una noche caminaba por las oscuras calles llevando una lámpara de aceite encendida. La ciudad era muy oscura en las noches sin luna como aquella. En determinado momento, se encuentra con un amigo.
El amigo lo mira y de pronto lo reconoce. Se da cuenta de que es Guno, el ciego del pueblo. Entonces, le dice: -¿Qué haces Guno, tú ciego, con una lámpara en la mano? ¡Si tú no ves!
Entonces, el ciego le responde: - Yo no llevo la lámpara para ver mi camino. Yo conozco la oscuridad de las calles de memoria. Llevo la luz para que otros encuentren su camino cuando me vean a mí...”

No solo es importante la luz que me sirve a mí, sino también la que yo uso para que otros puedan servirse de ella.

Cada uno de nosotros puede alumbrar el camino para uno mismo y para que sea visto por otros, aunque uno aparentemente no lo necesite.

AVE MARÍA Y GLORIA