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domingo, 27 de marzo de 2022

«Padre, pequé contra el cielo y ante ti» (Evangelio Dominical)

 

 

Hoy, domingo Laetare (“Alegraos”), cuarto de Cuaresma, escuchamos nuevamente este fragmento entrañable del Evangelio según san Lucas, en el que Jesús justifica su práctica inaudita de perdonar los pecados y recuperar a los hombres para Dios.

Siempre me he preguntado si la mayoría de la gente entendía bien la expresión “el hijo pródigo” con la cual se designa esta parábola. Yo creo que deberíamos rebautizarla con el nombre de la parábola del “Padre prodigioso”.

Efectivamente, el Padre de la parábola —que se conmueve viendo que vuelve aquel hijo perdido por el pecado— es un icono del Padre del Cielo reflejado en el rostro de Cristo: «Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente» (Lc 15,20). Jesús nos da a entender claramente que todo hombre, incluso el más pecador, es para Dios una realidad muy importante que no quiere perder de ninguna manera; y que Él siempre está dispuesto a concedernos con gozo inefable su perdón (hasta el punto de no ahorrar la vida de su Hijo).





Este domingo tiene un matiz de serena alegría y, por eso, es designado como el domingo “alegraos”, palabra presente en la antífona de entrada de la Misa de hoy: «Festejad a Jerusalén, gozad con ella todos los que la amáis, alegraos de su alegría». Dios se ha compadecido del hombre perdido y extraviado, y le ha manifestado en Jesucristo —muerto y resucitado— su misericordia.

San Juan Pablo II decía en su encíclica Dives in misericordia que el amor de Dios, en una historia herida por el pecado, se ha convertido en misericordia, compasión. La Pasión de Jesús es la medida de esta misericordia. Así entenderemos que la alegría más grande que damos a Dios es dejarnos perdonar presentando a su misericordia nuestra miseria, nuestro pecado. A las puertas de la Pascua acudimos de buen grado al sacramento de la penitencia, a la fuente de la divina misericordia: daremos a Dios una gran alegría, quedaremos llenos de paz y seremos más misericordiosos con los otros. ¡Nunca es tarde para levantarnos y volver al Padre que nos ama!

 

 

 

Lectura del santo evangelio según san Lucas (15, 1-3.11-32):

 



En aquel tiempo, solían acercaron a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:
- «Ese acoge a los pecadores y come con ellos.»
Jesús les dijo esta parábola:
- «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: "Padre, dame la parte que me toca de la fortuna."
El padre les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo,se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.
Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada.
Recapacitando entonces, se dijo:
"Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros. "
Se levantó y vino a donde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos.
Su hijo le dijo: "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo, "
Pero el padre dijo a sus criados:
"Sacad en seguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado."
Y empezaron a celebrar el banquete.
Su hijo mayor estaba en el campo.
Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.
Este le contestó:
"Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud."
El se indignó y no quería entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo.
Entonces él respondió a su padre:
"Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado."
El padre le dijo:
"Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado"».

Palabra del Señor

 

 

COMENTARIO

 

     

 

Las lecturas de este Cuarto Domingo de Cuaresma siguen teniendo como tema la conversión, idea central de toda la Cuaresma.  El Evangelio nos trae la muy favorita parábola del Hijo Pródigo.

 

La Primera Lectura del Libro de Josué (Jos 5, 9-12) nos presenta la celebración de la primera Pascua de los hebreos, acabando de llegar a la Tierra Prometida, despues del recorrido de 40 años por el desierto.  “Todo lo viejo ha pasado.  Ya todo es nuevo” (2Cor 5, 17-21), nos dice San Pablo en la Segunda Lectura.   En efecto, atrás quedó la purificación de los años en el desierto y el maná como alimento diario.  Dios ha perdonado las infidelidades de su pueblo y les ha dado un suelo del que comerán frutos sacados de la tierra.

 

En el Evangelio, también “lo viejo pasa y ya todo es nuevo” al regresar el hijo pródigo a la casa del padre y al ser perdonado por ese padre terrenal de esta bella historia, con el cual Jesús trata de describirnos cómo es Su Padre, nuestro Padre, Dios.

 

Pero... ¡cuántas veces no nos hemos escapado de Dios, huído de Él ... y hasta hecho como el hijo pródigo, el cual tuvo la osadía de pedir su herencia antes de irse de la casa de su padre!  ¡Y qué lección tan bella nos ha dejado Jesús en su Evangelio con esa historia del hijo pródigo para explicarnos cómo es con nosotros nuestro Padre, Papá Dios! (Lc 15, 1-3 y 11-32).

 


Esa parábola, junto con la de la oveja perdida, nos hablan sobre el Amor y la Misericordia de Dios.  La del hijo pródigo tal vez sea una de las parábolas más conocidas del Evangelio.  El hijo que gastó toda una herencia.  Herencia que –por cierto- ni siquiera le correspondía.   Es la historia de cada uno de nosotros cuando hemos desperdiciado las gracias que Dios nuestro Padre nos ha dado, y que ni siquiera merecemos.

 

El hijo, lleno de egocentrismo, de deseos de libertad, sin pedir opinión -mucho menos permiso- y sin importarle cómo se sentiría su padre, se va de la casa con el mayor desparpajo.  Y ya sabemos la historia.  Tenía que sucederle lo que le sucedió: despilfarró todo y llegó a la indigencia total.  Tan grave era su necesidad que quiso comer de la comida de los cerdos, pero no lo dejaban.  No le quedó más remedio que regresar a casa.

 

¡Cuántas veces no hemos hecho nosotros lo mismo con nuestro Padre Dios!

 

Nos hemos ido de su lado, en busca de independencia, sin contar con lo que son sus deseos e instrucciones.  Deseos e instrucciones que son para nuestro bien.  Pero, deseos e instrucciones que solemos pensar son para limitarnos, molestarnos o causarnos inconveni- entes.

 

Peor aún es nuestra falta de agradecimiento para con Dios.  Y nuestra falta de consideración.  ¡Todo los que nos ha dado y nos sigue dando en gracias! Y ¡cómo las despilfarramos!  Además, ¿hemos pensado alguna vez cómo se ha sentido nuestro Padre con nuestra huída de casa?

 

Y no nos digamos -para aplacar nuestra conciencia o para jugar a ser teólogos- que Dios no siente.  No sentirá como nosotros, pero -de hecho- es el mismo Jesús, Dios Hijo, Quien nos cuenta esta historia -inventada por Él para enseñarnos cómo es Su Padre, nuestro Padre.  Y dentro de esa historia inventada y contada por Jesús, Él nos da a conocer algunos detalles del corazón paterno de Dios, entre éstos, el dolor del padre y la nostalgia por la falta de su hijo.

 

 


 

Regresa el hijo a casa y -la verdad sea dicha- que no regresa por amor, sino por pura necesidad.  Y aquí nos da Jesús la escena más conmovedora:  “Estaba todavía lejos cuando el padre lo vio y se enterneció profundamente.  Corrió hacia él y, echándole los brazos al cuello, lo cubrió de besos.”   ¡Cuántas veces no se habría asomado el padre triste al camino para ver si por acaso al hijo se le ocurría regresar!

 

¡Cuántas veces no se asoma nuestro Padre Dios y nos ve descarriados por los caminos de nuestra indiferencia para con Él, de nuestras preferencias por todo lo que nos aleja más de la casa y, triste, se vuelve para otearnos desde lejos en algún otro momento!  (Es lenguaje figurado, pues Dios conoce hasta nuestros más insignificantes movimientos y nuestros más íntimos pensamientos.  Podríamos decir que nos tiene “en pantalla” constantemente).

 

Y lo que esperaba de su padre el hijo que regresa, no sucede.  El hijo temía el rechazo de parte de su padre.  Pero no.  ¡No recibe lo que merece su culpa!  No hay reprensión, ni el más mínimo reclamo:  sólo amor, perdón y ternura.  Lo mismo pasa cuando nosotros, cual “hijos pródigos”, nos levantamos de nuestro error, de nuestras andanzas lejos de casa y decidimos regresar.

 

Por eso hemos cantado en el responsorio del Salmo: Haz la prueba y verás ¡qué bueno es el Señor!

 

¿Qué sucede, entonces, si arrepentidos, pedimos perdón a Dios en el Sacramento de la Confesión?  Dios nos perdona, y nos perdona de tal manera, que ni siquiera nos reclama, ni nos pone a pagar lo que despilfarramos.  Sin tomar en cuenta nada, nos invita a comenzar de nuevo.

 

Todo es amor y ternura para con el hijo que vuelve.  Ropas nuevas que se nos dan con la absolución de nuestras culpas en la Confesión. 
Y celebraciones y fiesta, “porque este hermano tuyo estaba muerto (muerto por el pecado) y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado”.

 

 


 

Por cierto San Pablo en la Segunda Lectura (2 Cor 5, 17-21) nos habla del “ministerio de la reconciliación”, clara alusión al Sacramento de la Confesión.  En efecto, el Catecismo de la Iglesia Católica así lo ve, y al referir esta cita de San Pablo, (CIC #1442) nos dice que Cristo “confió el ejercicio del poder de absolución al ministerio apostólico (Obispos y Sacerdotes), que está encargado del ‘ministerio de la reconciliación’ (de que nos habla San Pablo).  El Apóstol es enviado ‘en nombre de Cristo’ y ‘es Dios mismo’ quien, a través de él, exhorta y suplica: ‘Déjense reconciliar con Dios’”.

 

Y termina San Pablo su súplica a todos nosotros de arrepentimiento y confesión de esta manera: “Les suplicamos que no hagan inútil la gracia de Dios que han recibido... Este es el momento favorable, éste es el día de salvación” (2 Cor 5, 1-2).  La Cuaresma es tiempo propicio para convertirnos y “volvernos justos y santos”, como también nos pide San Pablo en esta lectura (2 Cor 5, 21).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fuentes:

Sagradas Escrituras

Evangeli.org

Homilias.org


domingo, 17 de septiembre de 2017

«¿Cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano?» (Evangelio Dominical)

                                                       


Hoy, en el Evangelio, Pedro consulta a Jesús sobre un tema muy concreto que sigue albergado en el corazón de muchas personas: pregunta por el límite del perdón. La respuesta es que no existe dicho límite: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete» (Mt 18,22). Para explicar esta realidad, Jesús emplea una parábola. La pregunta del rey centra el tema de la parábola: «¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?» (Mt 18,33).

El perdón es un don, una gracia que procede del amor y la misericordia de Dios. Para Jesús, el perdón no tiene límites, siempre y cuando el arrepentimiento sea sincero y veraz. Pero exige abrir el corazón a la conversión, es decir, obrar con los demás según los criterios de Dios.

El pecado grave nos aparta de Dios (cf. Catecismo de la Iglesia Católica n. 1470). El vehículo ordinario para recibir el perdón de ese pecado grave por parte de Dios es el sacramento de la Penitencia, y el acto del penitente que la corona es la satisfacción. Las obras propias que manifiestan la satisfacción son el signo del compromiso personal —que el cristiano ha asumido ante Dios— de comenzar una existencia nueva, reparando en lo posible los daños causados al prójimo.
                                                           



No puede haber perdón del pecado sin algún genero de satisfacción, cuyo fin es: 1. Evitar deslizarse a otros pecados mas graves; 2. Rechazar el pecado (pues las penas satisfactorias son como un freno y hacen al penitente mas cauto y vigilante); 3. Quitar con los actos virtuosos los malos hábitos contraídos con el mal vivir; 4. Asemejarnos a Cristo. 

Como explicó santo Tomás de Aquino, el hombre es deudor con Dios por los beneficios recibidos, y por sus pecados cometidos. Por los primeros debe tributarle adoración y acción de gracias; y, por los segundos, satisfacción. El hombre de la parábola no estuvo dispuesto a realizar lo segundo, por lo tanto se hizo incapaz de recibir el perdón.


Lectura del santo evangelio según san Mateo (18,21-35):

                                         


En aquel tiempo, se adelantó Pedro y preguntó a Jesús: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?»
Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: "Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo." El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: "Págame lo que me debes." El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: "Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré." Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: "¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?" Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.»

Palabra del Señor



COMENTARIO.

                                           


A lo largo de todo el Evangelio, Jesús nuestro Señor nos invita -y más que invitarnos, nos obliga- a perdonar.  Y no sólo nos lo dice de palabra, sino que nos da su ejemplo: mientras agonizaba colgado de la cruz, nos enseña con su oración al Padre cómo nos perdona.

A los verdugos que lo torturaban y lo mataban no les reclama nada, sino que oraba así: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc. 23, 34).   ¿Qué mayor ejemplo podemos tener para nosotros perdonar a los que nos hacen daño?  ¿Qué mayor seguridad podemos tener de que Dios nos perdona, aunque hayamos cometido el peor de los delitos, si perdonó así a sus propios asesinos? 

                                         


Sin embargo, siempre nos asalta la objeción:  ¡Es que no puedo perdonar!  ¿Cómo hacer para perdonar?  ¿Cómo perdonar, si nuestra tendencia natural nos lleva al resentimiento, al desquite, a la retaliación e inclusive a la venganza?

Para respondernos esto, debemos estar convencidos Dios nunca nos pide imposibles.  Y si nos está pidiendo perdonar, es porque podemos hacerlo.  Y podemos perdonar, porque El nos da las gracias para hacerlo... más aún, es El Quien perdona en nosotros.

Recordemos algunas instrucciones de Jesús sobre el perdón.  Una de las más célebres es la que nos trae el Evangelio de hoy, aquélla en la que el Señor responde a Pedro cuántas veces se debe perdonar.  Pedro le pregunta: “Señor, ¿hasta siete veces?  (pensando, tal vez, que siete veces era mucho).  Y Jesús le responde con aquella multiplicación (70 x 7), que da un resultado de 490 veces, pero que no significa esa cifra exactamente, ni tampoco 77, sino que es una expresión del Oriente Medio que equivale a decir “siempre”:  “No sólo hasta siete, sino setenta veces siete” (Mt. 18, 21-35).

Por cierto esta expresión aparece ya en el Antiguo Testamento (Gn. 4, 24) en el canto del feroz Lamec, quien se jacta de vengarse de las ofensas “setenta veces siete”. Eso sí: si nos arrepentimos.  Y Jesús nos cuenta una parábola para demostrarnos que El nos perdona mucho, porque muchos son nuestros pecados.  Y nos demuestra también que en realidad a nosotros nos toca perdonar muy poco.   La parábola es la del siervo despiadado, a quien el amo le perdonó una deuda inmensa y éste, enseguida de haber recibido la condonación de su deuda, casi mata a un deudor suyo que le debía una cantidad muy pequeña.




¿Qué sucedió, entonces?  El amo, al enterarse, lo hizo apresar hasta que pagara el último centavo de la deuda que le había perdonado antes.

Y remata Jesús su parábola así: “Lo mismo hará mi Padre Celestial con ustedes, si cada cual no perdona de corazón a su hermano”.

¡Tremenda amenaza!  Así como perdonemos... o dejemos de perdonar, así nos perdonará Dios nuestras deudas con El.

Y esto no sólo nos lo dijo Jesús en ese momento, sino que nos lo ha puesto a repetir cada vez que rezamos el Padre Nuestro, la oración que El nos dejó para rezar al Padre Celestial.  Y ¿qué decimos allí?  Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden (Mt. 6, 12-14).

Por cierto, en la versión idolátrica de esta oración que Jesús nos dejó de sus propios labios, se comieron esta frase sobre el perdón.  Sabrá Dios por qué…

Pero volviendo a lo del perdón.  La verdad es que estamos amarrados: si perdonamos mucho, mucho se nos perdonará; si perdonamos siempre, siempre se nos perdonará.  Pero si perdonamos poco, poco se nos perdonará.  Y si no perdonamos… no se nos perdonará.

                               



Cuando nos sea difícil perdonar una ofensa, perdonar a una persona en particular, ayuda mucho pedir a Dios la gracia del perdón, pensando en esa ofensa o en esa persona cada vez que rezamos esa frase en el Padre Nuestro.  En el verdadero Padre Nuestro, ¡claro!

También puede ayudarnos a perdonar el meditar algunas frases que nos vienen en la Primera Lectura (Si. 27, 33-28, 9), tomada del Libro del Eclesiástico o de Sirácide:   “Cosas abominables son el rencor y la cólera ... El Señor se vengará del vengativo ... No guardes rencor a tu prójimo ... Pasa por alto las ofensas”.

Una frase del Libro del Eclesiástico de la Primera Lectura, “Perdona la ofensa a tu prójimo y, así, cuando pidas perdón, se te perdonarán tus pecados”,  ¿no se parece a las instrucciones de Cristo?  ¿No se parece a la frase del Padre Nuestro: “perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”?

Fijémonos, entonces, que en el Antiguo Testamento se contienen en germen las verdades que luego aparecen en el Nuevo Testamento, predicadas por Cristo.  Este germen es un verdadero anticipo del Evangelio.                                                 

Y si al pueblo hebreo antiguo ya se le pedía el perdón, ¿qué no se nos pedirá a nosotros, el nuevo pueblo de Israel, la Iglesia de Cristo, que vio a Jesús perdonar a sus verdugos mientras moría crucificado?



Jesús, entonces, perfeccionó la ley del perdón.  Antes era la Ley del Talión:  ojo por ojo y diente por diente (Ex. 21, 22-27 y Dt. 19, 18-21).  Ya esta Ley era un avance con respecto de lo anterior, pues ponía un cierto freno a la venganza excesiva de Lamec (Gn. 4, 23-24).

En efecto, La Ley del Talión, aunque nos parezca inhumana en nuestros días, era una máxima sana para ese momento, pues pretendía poner un cierto límite a la sed de venganza, además de recordar a los jueces y a la comunidad la obligación de proteger a los débiles de aquéllos que pretender abusar de ellos.

Y Dios, que conoce que su pueblo es “cabeza dura” (cf. Ex. 32, 9 y Dt. 32, 27),  lo va “domando” poco a poco.  Por eso en cuanto al trato con los enemigos, va progresivamente mejorando la forma de hacer justicia y de perdonar.

De allí que Jesús haga alusión a esta Ley del Talión durante el Sermón de la Montaña, que se iniciaba con las Bienaventuranzas: “Ustedes han oído que se dijo: ‘Ojo por ojo y diente por diente’.  Pero Yo les digo: No resistan al malvado.  Antes bien, si alguien te golpea en la mejilla derecha, ofrécela también la otra”. (Mt. 5, 38-39).

¿Qué significa eso de poner la otra mejilla?  No significa dejarse destruir, pues Jesús mismo reclamó al ser abofeteado: “Jesús dijo:  ‘Si he respondido mal, demuestra dónde está el mal.  Pero si he hablado correctamente, ¿por qué me has golpeado así?’” (Jn. 18, 22-23).  
                                                       



“Poner la otra mejilla” significa devolver bien por mal: “No te dejes vencer por el mal, más bien derrota el mal con el bien” (Rom. 12, 20-21).   “Poner la otra mejilla” significa lo que Jesús dice un poco más adelante en el Sermón de la Montaña: “Amen a sus enemigos y recen por sus perseguidores” (Mt. 5, 44).

Así que el cristiano que perdona no es un tonto, no se hace ilusiones acerca del mundo que lo rodea, tal como Jesús lo demuestra en el insólito y sumario juicio que lo llevó a su condenación a muerte, cuando reclama la injusta bofeteada.

El cristiano que perdona está sencillamente siguiendo las instrucciones de Cristo: perdonar y orar por los que nos hacen daño.  El sabrá qué hacer con ellos.  A nosotros no nos corresponde la venganza.  La venganza le corresponde a Dios: “Hermanos:  no se tomen la justicia por su cuenta, dejen que sea Dios quien castigue, como dice la Escritura:  ‘Mía es la venganza, Yo daré lo que se merece, dice el Señor’” (Rom. 12, 19). 

                                              



Jesús, entonces, no viene a decirnos que no hay enemigos, sino que El ha venido a vencer al verdadero Enemigo, que es el Demonio.  Ese sí es nuestro verdadero Enemigo.  El cristiano que verdaderamente está del lado de Jesús combate contra los verdaderos enemigos: el Demonio y todos su secuaces, es decir todos lo que persistan en estar del lado del Maligno.  De allí que la lucha del cristiano sea contra los espíritus de las tinieblas (cf. Ef. 6, 10-18).   Y llegará el día en que Jesús los vencerá a todos y pondrá a sus enemigos bajo sus pies  (1 Cor. 15, 24-26).

Pero todos los hombres, mientras estén vivos, pueden potencialmente volverse amigos.  Y esto sucede cuando ellos, libremente, aceptan las gracias que Dios siempre proporciona a todos, tanto a los buenos, como a los malos: “Porque El hace brillar su sol sobre malos y buenos, y envía la lluvia sobre justos y pecadores” (Mt. 5, 45).

Y pueden nuestros enemigos volverse amigos de Dios  e -inclusive- podrían volverse amigos de aquéllos a quienes han hecho daño.  Porque los amigos de Dios son amigos entre sí.

                                                           


Así que, para que se cumpla lo que nos dice San Pablo en la Segunda Lectura (Rm. 14, 7-9) “Ya sea que estemos vivos o que hayamos muerto, somos del Señor”,  para “ser del Señor”, entre otras cosas, debemos perdonar como el Señor nos perdona a nosotros y como nos pide que nosotros perdonemos a los demás.

El Salmo 102 canta las misericordias de Dios: El Señor compasivo y misericordioso.  Además nos recuerda que el Señor no nos condena para siempre, ni nos guarda rencor perpetuo, ni nos trata como merecen nuestras culpas, ni paga según nuestros pecados.  












Fuentes:
Sagradas Escrituras
Evangeli.org
Homilia.org