Mostrando entradas con la etiqueta Hijo pródigo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Hijo pródigo. Mostrar todas las entradas

domingo, 27 de marzo de 2022

«Padre, pequé contra el cielo y ante ti» (Evangelio Dominical)

 

 

Hoy, domingo Laetare (“Alegraos”), cuarto de Cuaresma, escuchamos nuevamente este fragmento entrañable del Evangelio según san Lucas, en el que Jesús justifica su práctica inaudita de perdonar los pecados y recuperar a los hombres para Dios.

Siempre me he preguntado si la mayoría de la gente entendía bien la expresión “el hijo pródigo” con la cual se designa esta parábola. Yo creo que deberíamos rebautizarla con el nombre de la parábola del “Padre prodigioso”.

Efectivamente, el Padre de la parábola —que se conmueve viendo que vuelve aquel hijo perdido por el pecado— es un icono del Padre del Cielo reflejado en el rostro de Cristo: «Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente» (Lc 15,20). Jesús nos da a entender claramente que todo hombre, incluso el más pecador, es para Dios una realidad muy importante que no quiere perder de ninguna manera; y que Él siempre está dispuesto a concedernos con gozo inefable su perdón (hasta el punto de no ahorrar la vida de su Hijo).





Este domingo tiene un matiz de serena alegría y, por eso, es designado como el domingo “alegraos”, palabra presente en la antífona de entrada de la Misa de hoy: «Festejad a Jerusalén, gozad con ella todos los que la amáis, alegraos de su alegría». Dios se ha compadecido del hombre perdido y extraviado, y le ha manifestado en Jesucristo —muerto y resucitado— su misericordia.

San Juan Pablo II decía en su encíclica Dives in misericordia que el amor de Dios, en una historia herida por el pecado, se ha convertido en misericordia, compasión. La Pasión de Jesús es la medida de esta misericordia. Así entenderemos que la alegría más grande que damos a Dios es dejarnos perdonar presentando a su misericordia nuestra miseria, nuestro pecado. A las puertas de la Pascua acudimos de buen grado al sacramento de la penitencia, a la fuente de la divina misericordia: daremos a Dios una gran alegría, quedaremos llenos de paz y seremos más misericordiosos con los otros. ¡Nunca es tarde para levantarnos y volver al Padre que nos ama!

 

 

 

Lectura del santo evangelio según san Lucas (15, 1-3.11-32):

 



En aquel tiempo, solían acercaron a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:
- «Ese acoge a los pecadores y come con ellos.»
Jesús les dijo esta parábola:
- «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: "Padre, dame la parte que me toca de la fortuna."
El padre les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo,se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.
Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada.
Recapacitando entonces, se dijo:
"Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros. "
Se levantó y vino a donde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos.
Su hijo le dijo: "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo, "
Pero el padre dijo a sus criados:
"Sacad en seguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado."
Y empezaron a celebrar el banquete.
Su hijo mayor estaba en el campo.
Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.
Este le contestó:
"Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud."
El se indignó y no quería entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo.
Entonces él respondió a su padre:
"Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado."
El padre le dijo:
"Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado"».

Palabra del Señor

 

 

COMENTARIO

 

     

 

Las lecturas de este Cuarto Domingo de Cuaresma siguen teniendo como tema la conversión, idea central de toda la Cuaresma.  El Evangelio nos trae la muy favorita parábola del Hijo Pródigo.

 

La Primera Lectura del Libro de Josué (Jos 5, 9-12) nos presenta la celebración de la primera Pascua de los hebreos, acabando de llegar a la Tierra Prometida, despues del recorrido de 40 años por el desierto.  “Todo lo viejo ha pasado.  Ya todo es nuevo” (2Cor 5, 17-21), nos dice San Pablo en la Segunda Lectura.   En efecto, atrás quedó la purificación de los años en el desierto y el maná como alimento diario.  Dios ha perdonado las infidelidades de su pueblo y les ha dado un suelo del que comerán frutos sacados de la tierra.

 

En el Evangelio, también “lo viejo pasa y ya todo es nuevo” al regresar el hijo pródigo a la casa del padre y al ser perdonado por ese padre terrenal de esta bella historia, con el cual Jesús trata de describirnos cómo es Su Padre, nuestro Padre, Dios.

 

Pero... ¡cuántas veces no nos hemos escapado de Dios, huído de Él ... y hasta hecho como el hijo pródigo, el cual tuvo la osadía de pedir su herencia antes de irse de la casa de su padre!  ¡Y qué lección tan bella nos ha dejado Jesús en su Evangelio con esa historia del hijo pródigo para explicarnos cómo es con nosotros nuestro Padre, Papá Dios! (Lc 15, 1-3 y 11-32).

 


Esa parábola, junto con la de la oveja perdida, nos hablan sobre el Amor y la Misericordia de Dios.  La del hijo pródigo tal vez sea una de las parábolas más conocidas del Evangelio.  El hijo que gastó toda una herencia.  Herencia que –por cierto- ni siquiera le correspondía.   Es la historia de cada uno de nosotros cuando hemos desperdiciado las gracias que Dios nuestro Padre nos ha dado, y que ni siquiera merecemos.

 

El hijo, lleno de egocentrismo, de deseos de libertad, sin pedir opinión -mucho menos permiso- y sin importarle cómo se sentiría su padre, se va de la casa con el mayor desparpajo.  Y ya sabemos la historia.  Tenía que sucederle lo que le sucedió: despilfarró todo y llegó a la indigencia total.  Tan grave era su necesidad que quiso comer de la comida de los cerdos, pero no lo dejaban.  No le quedó más remedio que regresar a casa.

 

¡Cuántas veces no hemos hecho nosotros lo mismo con nuestro Padre Dios!

 

Nos hemos ido de su lado, en busca de independencia, sin contar con lo que son sus deseos e instrucciones.  Deseos e instrucciones que son para nuestro bien.  Pero, deseos e instrucciones que solemos pensar son para limitarnos, molestarnos o causarnos inconveni- entes.

 

Peor aún es nuestra falta de agradecimiento para con Dios.  Y nuestra falta de consideración.  ¡Todo los que nos ha dado y nos sigue dando en gracias! Y ¡cómo las despilfarramos!  Además, ¿hemos pensado alguna vez cómo se ha sentido nuestro Padre con nuestra huída de casa?

 

Y no nos digamos -para aplacar nuestra conciencia o para jugar a ser teólogos- que Dios no siente.  No sentirá como nosotros, pero -de hecho- es el mismo Jesús, Dios Hijo, Quien nos cuenta esta historia -inventada por Él para enseñarnos cómo es Su Padre, nuestro Padre.  Y dentro de esa historia inventada y contada por Jesús, Él nos da a conocer algunos detalles del corazón paterno de Dios, entre éstos, el dolor del padre y la nostalgia por la falta de su hijo.

 

 


 

Regresa el hijo a casa y -la verdad sea dicha- que no regresa por amor, sino por pura necesidad.  Y aquí nos da Jesús la escena más conmovedora:  “Estaba todavía lejos cuando el padre lo vio y se enterneció profundamente.  Corrió hacia él y, echándole los brazos al cuello, lo cubrió de besos.”   ¡Cuántas veces no se habría asomado el padre triste al camino para ver si por acaso al hijo se le ocurría regresar!

 

¡Cuántas veces no se asoma nuestro Padre Dios y nos ve descarriados por los caminos de nuestra indiferencia para con Él, de nuestras preferencias por todo lo que nos aleja más de la casa y, triste, se vuelve para otearnos desde lejos en algún otro momento!  (Es lenguaje figurado, pues Dios conoce hasta nuestros más insignificantes movimientos y nuestros más íntimos pensamientos.  Podríamos decir que nos tiene “en pantalla” constantemente).

 

Y lo que esperaba de su padre el hijo que regresa, no sucede.  El hijo temía el rechazo de parte de su padre.  Pero no.  ¡No recibe lo que merece su culpa!  No hay reprensión, ni el más mínimo reclamo:  sólo amor, perdón y ternura.  Lo mismo pasa cuando nosotros, cual “hijos pródigos”, nos levantamos de nuestro error, de nuestras andanzas lejos de casa y decidimos regresar.

 

Por eso hemos cantado en el responsorio del Salmo: Haz la prueba y verás ¡qué bueno es el Señor!

 

¿Qué sucede, entonces, si arrepentidos, pedimos perdón a Dios en el Sacramento de la Confesión?  Dios nos perdona, y nos perdona de tal manera, que ni siquiera nos reclama, ni nos pone a pagar lo que despilfarramos.  Sin tomar en cuenta nada, nos invita a comenzar de nuevo.

 

Todo es amor y ternura para con el hijo que vuelve.  Ropas nuevas que se nos dan con la absolución de nuestras culpas en la Confesión. 
Y celebraciones y fiesta, “porque este hermano tuyo estaba muerto (muerto por el pecado) y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado”.

 

 


 

Por cierto San Pablo en la Segunda Lectura (2 Cor 5, 17-21) nos habla del “ministerio de la reconciliación”, clara alusión al Sacramento de la Confesión.  En efecto, el Catecismo de la Iglesia Católica así lo ve, y al referir esta cita de San Pablo, (CIC #1442) nos dice que Cristo “confió el ejercicio del poder de absolución al ministerio apostólico (Obispos y Sacerdotes), que está encargado del ‘ministerio de la reconciliación’ (de que nos habla San Pablo).  El Apóstol es enviado ‘en nombre de Cristo’ y ‘es Dios mismo’ quien, a través de él, exhorta y suplica: ‘Déjense reconciliar con Dios’”.

 

Y termina San Pablo su súplica a todos nosotros de arrepentimiento y confesión de esta manera: “Les suplicamos que no hagan inútil la gracia de Dios que han recibido... Este es el momento favorable, éste es el día de salvación” (2 Cor 5, 1-2).  La Cuaresma es tiempo propicio para convertirnos y “volvernos justos y santos”, como también nos pide San Pablo en esta lectura (2 Cor 5, 21).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fuentes:

Sagradas Escrituras

Evangeli.org

Homilias.org


sábado, 13 de marzo de 2010

Evangelio del Domingo 14 de Marzo

San Lucas 15,1-3.11-32


Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo.
Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: "Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos".
Jesús les dijo entonces esta parábola:
Jesús dijo también: "Un hombre tenía dos hijos.
El menor de ellos dijo a su padre: 'Padre, dame la parte de herencia que me corresponde'. Y el padre les repartió sus bienes.
Pocos días después, el hijo menor recogió todo lo que tenía y se fue a un país lejano, donde malgastó sus bienes en una vida licenciosa.
Ya había gastado todo, cuando sobrevino mucha miseria en aquel país, y comenzó a sufrir privaciones.
Entonces se puso al servicio de uno de los habitantes de esa región, que lo envió a su campo para cuidar cerdos.
El hubiera deseado calmar su hambre con las bellotas que comían los cerdos, pero nadie se las daba.
Entonces recapacitó y dijo: '¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo estoy aquí muriéndome de hambre!
Ahora mismo iré a la casa de mi padre y le diré: Padre, pequé contra el Cielo y contra ti;
ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros'.
Entonces partió y volvió a la casa de su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente; corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó.
El joven le dijo: 'Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; no merezco ser llamado hijo tuyo'.
Pero el padre dijo a sus servidores: 'Traigan en seguida la mejor ropa y vístanlo, pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies.
Traigan el ternero engordado y mátenlo. Comamos y festejemos,
porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado'. Y comenzó la fiesta.
El hijo mayor estaba en el campo. Al volver, ya cerca de la casa, oyó la música y los coros que acompañaban la danza.
Y llamando a uno de los sirvientes, le preguntó que significaba eso.
El le respondió: 'Tu hermano ha regresado, y tu padre hizo matar el ternero engordado, porque lo ha recobrado sano y salvo'.
El se enojó y no quiso entrar. Su padre salió para rogarle que entrara,
pero él le respondió: 'Hace tantos años que te sirvo sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos.
¡Y ahora que ese hijo tuyo ha vuelto, después de haber gastado tus bienes con mujeres, haces matar para él el ternero engordado!'.
Pero el padre le dijo: 'Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo.
Es justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado'".

Palabra de Dios.


COMENTARIO.

"Dios se conmueve y te abraza"

Estamos en el domingo IV de Cuaresma. Como en domingos anteriores se nos sigue invitando a la conversión:

* Domingo 1º: Tener cosas, bienes materiales, poder o fama no lleva a la felicidad. La felicidad depende de ser persona e hijo de Dios, de la humildad y del servicio al prójimo, entre otros criterios.

* Domingo 2º: La cruz es el camino de la resurrección. No es resignarse ante ciertas cruces injustas o cruces que debemos superar. Sólo se habla de la cruz imprescindible para la resurrección. El amor de Dios y a Dios capacita para afrontar las cruces de la vida, más que si uno se enfrenta a ellas sólo con las propias fuerzas.

* Domingo 3º: Purificar la idea o imagen que tenemos de Dios. Dios no castiga, es paciente y liberador. Hay que discernir nuestras falsas imágenes que nos hemos formado de Dios.

* Domingo 4º: Dios es misericordioso; hay que acercarse a él. El Evangelio de este domingo es uno de los pasajes más bellos de las Escrituras, que nos dice quién y cómo es Dios: MISERICORDIA; pero para gozar así de Dios, hay que "volver" (convertirse) a él.


He visto estos días una película "Invictus" (=no vencido ó invencible) de Clint Eastwood. No es de sus mejores películas, pero tiene un mensaje muy bueno para la celebración de hoy. Cuenta la vida de Nelson Mandela, líder de Sudáfrica que, después de estar 27 años en la cárcel por motivos políticos, por ser negro, sale "invictus" (no vencido por el rencor) con la idea de reconciliar a los blancos y negros de su país, poniéndose incluso frente a su mujer e hija; de tal forma que el capitán del equipo de rugby (deporte del que se sirve para la reconciliación), cuando visitan la prisión dónde estuvo recluso Nelson Mandela, se pregunta: ¿Qué puede pasar por la mente de una persona para poder perdonar después de tanto sufrimiento injusto? Esa es la clave. Así lo expresa el poema, escrito en la cárcel, que el protagonista da al capitán del equipo de rugby y que se relee varias veces en la película:

Más allá de la noche que me cubre

negra como el abismo insondable,

doy gracias a los dioses que pudieran existir

por mi alma invicta.

En las azarosas garras de las circunstancias

nunca me he lamentado ni he pestañeado.

Sometido a los golpes del destino

mi cabeza está ensangrentada, pero erguida.

Más allá de este lugar de cólera y lágrimas

donde yace el Horror de la Sombra,

la amenaza de los años

me encuentra, y me encontrará, sin miedo.

No importa cuán estrecho sea el portal,

cuán cargada de castigos la sentencia,

soy el amo de mi destino:

soy el capitán de mi alma.

Poema de Nelson Mandela en "Invictus"


El peor daño que te puede causar tu enemigo no es el mal que quiere hacerte, sino que consiga que dejes de amarle. No recuerdo de quien es esta idea, creo que de José María Cabodevilla comentando la parábola de la Misericordia en Las formas de la felicidad son ocho. Lo peor no es que te hagan daño, sino que se rompa tu capacidad de amar incluso a quienes te hacen daño.

Es curioso comprobar como Dios, al ser nuestro Padre, y enviarnos a su Hijo, es el ser más vulnerable ante la Cruz y, sin embargo, permanece INVICTUS. Dice así el salmo 129: "Pero de Ti procede el perdón, y así infundes respeto".

¡Eso es lo que hace a Dios, como nuestro Padre, conmoverse y abrazarte!

El Padre de la parábola está "invictus" ante la huída de su hijo menor, y ante el resentimiento y cerrazón de su hijo mayor, que se niega a entrar. Su capacidad de amar está intacta porque es previa y gratuita.

Nosotros estamos vencidos por el mal que hacemos y por el que recibimos. Por eso estamos llamados a hacer el recorrido de la parábola y tener la experiencia de Hijo Pródigo y de Hijo Mayor y dejar que allí nos capacite el amor de Dios para ser "Padres Misericordiosos".

Quizá todos tenemos alguna experiencia de "irnos de casa y malgastar la herencia" que pueda ser más o menos significativa en nuestra vida; y también de haber recibido un perdón inmerecido, por lo que estamos agradecidos. Es una experiencia "necesaria" para poder comprender el Amor de Dios y llevarlo a los demás. Es una idea fácil de entender, aunque suponga verdaderos desgarros vivirlo.

Pero creo que es mucho más habitual entre nosotros la experiencia de tener resentimientos contra el Padre, pues siempre estamos con él, y sopesamos una y otra vez todo lo que hemos hecho por Dios y por la Iglesia; la experiencia del Hijo Mayor. Y Dios nos dice: "Tu hermano se fue lejos, pero ha vuelto y por eso hacemos una fiesta. «Es tu distancia, estando cerca, la que más duele» -frase de una canción de José Luis Perales-. Estamos muy cerca de Dios, en su casa, bajo sus tronos, con o sin capillo… pero ¿no le tendremos cerrado el corazón?

Y el Padre nos dice: "Déjame abrazarte; es tu distancia, estando cerca la que, más duele". ¡Qué lejos están tus pensamientos y criterios de los míos y no estás dispuesto ni a replantearte tu vida!; porque, eso si, ya sabes tú todo lo que tienes que hacer, como si no necesitaras de mi.

"Déjame acogerte; es tu distancia, estando cerca la que, más duele"; libera tus manos y comparte con los necesitados… "Siempre que voy a tu casa, sales a despedirme ¡por si me llevo algo!" Estás muy cerca de mí, pero con la mano en la cartera.

"Déjame besarte; es tu distancia, estando cerca la que, más duele"; qué lejos están tus afectos de mi: tienes el corazón lleno de otras pasiones que no son de semana santa, de otros placeres, de otras fiestas con otros corderos cebados… y sabes de antemano que no quieres renunciar a ellas.

Entra a la fiesta de tu hermano, a la fiesta del perdón, y pasa con el corazón abierto. Seguro que se rompen las resistencias cristalizadas, y te decides a entrar en la fiesta y te dejas afectar por el abrazo de la misericordia del Padre.



Gracias por llegar hasta aquí


Pedro Crespo Arias

Fuentes:

La Iglesia en Daimiel

Redacción Blog

Pedro Crespo Arias

Angel C.