domingo, 16 de diciembre de 2018

«Viene el que es más fuerte que yo»( Evangelio Dominical)





Hoy la Palabra de Dios nos presenta, en pleno Adviento, al Santo Precursor de Jesucristo: san Juan Bautista. Dios Padre dispuso preparar la venida, es decir, el Adviento, de su Hijo en nuestra carne, nacido de María Virgen, de muchos modos y de muchas maneras, como dice el principio de la Carta a los Hebreos (1,1). Los patriarcas, los profetas y los reyes prepararon la venida de Jesús.

Veamos sus dos genealogías, en los Evangelios de Mateo y Lucas. Él es hijo de Abraham y de David. Moisés, Isaías y Jeremías anunciaron su Adviento y describieron los rasgos de su misterio. Pero san Juan Bautista, como dice la liturgia (Prefacio de su fiesta), lo pudo indicar con el dedo, y le cupo —¡misteriosamente!— hacer el Bautismo del Señor. Fue el último testigo antes de la venida. Y lo fue con su vida, con su muerte y con su palabra. Su nacimiento es también anunciado, como el de Jesús, y es preparado, según el Evangelio de Lucas (caps. 1 y 2). Y su muerte de mártir, víctima de la debilidad de un rey y del odio de una mujer perversa, prepara también la de Jesús. 




Por eso, recibió él la extraordinaria alabanza del mismo Jesús que leemos en los Evangelios de Mateo y de Lucas (cf. Mt 11,11; Lc 7,28): «Entre los nacidos de mujer no hay nadie mayor que Juan Bautista». Él, frente a esto, que no pudo ignorar, es un modelo de humildad: «No soy digno de desatarle la correa de sus sandalias» (Lc 3,16), nos dice hoy. Y, según san Juan (3,30): «Conviene que Él crezca y yo disminuya». 

Oigamos hoy su palabra, que nos exhorta a compartir lo que tenemos y a respetar la justicia y la dignidad de todos. Preparémonos así a recibir a Aquel que viene ahora para salvarnos, y vendrá de nuevo a «juzgar a los vivos y a los muertos».




Lectura del santo evangelio según san Lucas (3,10-18):






En aquel tiempo, la gente preguntaba a Juan:
«¿Entonces, qué debemos hacer?»
Él contestaba:
«El que tenga dos túnicas, que comparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo».

Vinieron también a bautizarse unos publicanos y le preguntaron:
«Maestro, ¿qué debemos hacemos nosotros?»
Él les contestó:
«No exijáis más de lo establecido».

Unos soldados igualmente le preguntaban:
«Y nosotros, ¿qué debemos hacer nosotros?»
Él les contestó:
«No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie con falsas denuncias, sino contentaos con la paga».

Como el pueblo estaba expectante, y todos se preguntaban en su interior sobre Juan si no sería el Mesías, Juan les respondió dirigiéndose a todos:

«Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, a quien no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego; en su mano tiene el bieldo para aventar su parva, reunir su trigo en el granero y quemar la paja en una hoguera que no se apaga».

Con estas y otras muchas exhortaciones, anunciaba al pueblo el Evangelio.

Palabra del Señor.




COMENTARIO




Ya más entrado el Adviento, las lecturas nos hablan de alegría, pues ya está más cerca la venida del Señor.

La Primera Lectura (So. 3, 14-18).  “Alégrate, hija de Sión, da gritos de júbilo ... No temas ... el Señor tu Dios está en medio de ti.  El se goza y se complace en ti”.  ¿Por qué hemos de estar alegres?  Porque “el Señor ha levantado la sentencia contra ti, ha expulsado a todos tus enemigos”.  Es la salvación realizada por Cristo lo que se nos anuncia aquí.  Tanto es así que el Arcángel Gabriel hace eco de estas palabras cuando anuncia a la Santísima Virgen María la Encarnación del Hijo de Dios en su seno: “Alégrate, el Señor está contigo ... No temas María, porque has encontrado el favor de Dios ... concebirás y darás a luz a un Hijo” (Lc. 1, 28 y 30).

Desde que Jesús vino al mundo como Dios verdadero y como Hombre también verdadero, podemos decir con San Pablo en la Primera Lectura (Flp. 4, 4-7): “el Señor está cerca”, porque cada día que pasa nos acerca más a la venida del Señor.  «Sí, vengo pronto», nos dice el final del Apocalipsis (Ap 22, 20)

¿Cuándo será ese momento?  Nadie, absolutamente nadie, lo sabe con certeza.  Eso nos lo ha dicho Jesús.  Pero también nos ha hado algunos signos que El mismo nos invita a observar. (Mt 24, 4-51; Lc 21, 5-36).




Muchos tratarán de hacerse pasar por Cristo. 2.) Sucederán guerras y revoluciones que no son aún el final. 3.) Se levantará una nación contra otra y un reino contra otro. 4.) Terremotos, epidemias y hambres. 5.) Señales prodigiosas y terribles en el cielo. 6.) Persecuciones y traiciones para los cristianos. 7.) El Evangelio habrá sido predicado en todo el mundo. 8.) La mayor parte de la humanidad estará imbuida en las cosas del mundo y habrá perdido la fe. 9.) Después se manifestará el anti-Cristo, que con el poder de Satanás realizará prodigios con los que pretenderá engañar a toda la humanidad.

¿Cómo volverá Jesucristo?  Primeramente, aparecerá en el cielo su señal -la cruz-; vendrá acompañado de Ángeles y aparecerá con gran poder y gloria. (Mt. 24, 30-31)

Entonces ... ¿qué hacer?  También nos lo dice el mismo Jesús: «Por eso estén vigilando y orando en todo momento, para que se les conceda escapar de todo lo que debe suceder y estar de pie ante el Hijo del Hombre.» (Lc  21, 36)

San Pablo también nos responde con la misma consigna: “No se inquieten por nada; más bien presenten sus peticiones a Dios en la oración y la súplica, llenos de gratitud”.  La oración es, sin duda, un ingrediente importantísimo de entre las cosas que hemos de hacer para prepararnos a la venida del Señor.





Pero ¿qué más hacer?  Con la oración como punto de partida, la Misa dominical que no debe faltar, arrepentimiento y Confesión sacramental de nuestros pecados y la Comunión lo más frecuente posible, debemos realizar el ideal del cristiano que conocemos.

Sin embargo, el Evangelio nos presenta a un personaje muy central de esta temporada de Adviento, preparatoria a la Navidad.  Se trata de San Juan Bautista, el precursor del Mesías.  El era primo de Jesús, recibió el Espíritu Santo aun estando en el vientre de su madre, cuando la Santísima Virgen la visitó enseguida de la Encarnación del Hijo de Dios.

Llegado el momento, San Juan Bautista comenzó su predicación para preparar el camino del Señor; es decir, para ir preparando a la gente a la aparición pública de Jesús.

Y al Bautista le preguntaban “¿qué debemos hacer?” (Lc. 3, 10-18).    Y él les daba ya un programa de vida que parecía un preludio del mandamiento del amor que Jesús nos traería.  “Quien tenga dos túnicas que dé una al que no tiene ninguna, y quien tenga comida, que haga lo mismo”. los publicanos, funcionarios públicos les decía: “No cobren más de lo establecido, sino conténtense con su salario”.   A los soldados: “No extorsionen a nadie, ni denuncien a nadie falsamente”.




Ahora bien, siguiendo la tónica del Adviento, este tiempo preparatorio a la Navidad, las lecturas nos llevan de la primera a la segunda venida del Salvador.  El mismo Precursor del Señor nos habla no sólo de la aparición pública del Mesías allá en Palestina hace poco menos de dos mil años, sino que también nos habla de su segunda venida: “El tiene el bieldo en la mano para separar el trigo de la paja; guardará el trigo en su granero y quemará la paja en un fuego que no se extingue”.

Clarísima alusión al fin del mundo, cuando Cristo separará a los buenos de los malos: unos irán al Cielo y otros al Infierno, al fuego que no se extingue.

En la segunda venida de Cristo, seremos resucitados:  los buenos a una resurrección de gloria y los malos a una resurrección de condenación para toda la eternidad.  Felicidad o infelicidad eternas.

               

Pensando en la primera venida de Cristo, cuando nació en la humildad de nuestro cuerpo mortal, recordemos también nuestra futura resurrección al final de los tiempos.  Así ésta y todas las Navidades puedan servirnos para aprovechar las gracias divinas que se derraman al recordar el nacimiento de Jesús en la tierra, de manera que esas gracias puedan traducirse en gracias de gloria para su segunda venida.  Ese será el momento cuando nuestro cuerpo mortal va a ser transformado en cuerpo glorioso.  Será la resurrección que sucederá en el día final.

Es así como la Navidad o primera venida del Mesías continúa siendo un recordatorio y un anuncio de su segunda venida.  Que la venida del Señor esta Navidad no sea inútil, de manera que la celebración de su primera venida nos ayude a prepararnos a su venida final en gloria, para ser contados como trigo y no como paja.




Oración y vigilancia es lo que nos pide el Señor:  orar y actuar como si hoy -y todos los días- fueran el último día de nuestra vida terrena.

Lo importante no es saber el cómo. Lo importante no es saber el cuándo. Lo importante es estar siempre preparados. Lo importante es vivir cada día como si fuera el último día de nuestra vida en la tierra.














Fuentes:
Sagradas Escrituras
Homilias.org
Evangeli.org



domingo, 2 de diciembre de 2018

«Estad en vela (...) orando en todo tiempo para que (...) podáis estar en pie delante del Hijo del hombre» (Evangelio Dominical)






Hoy, justo al comenzar un nuevo año litúrgico, hacemos el propósito de renovar nuestra ilusión y nuestra lucha personal con vista a la santidad, propia y de todos. Nos invita a ello la propia Iglesia, recordándonos en el Evangelio de hoy la necesidad de estar siempre preparados, siempre “enamorados” del Señor: «Guardaos de que no se hagan pesados vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida» (Lc 21,34).

Pero notemos un detalle que es importante entre enamorados: esta actitud de alerta —de preparación— no puede ser intermitente, sino que ha de ser permanente. Por esto, nos dice el Señor: «Estad en vela, pues, orando en todo tiempo» (Lc 21,36). ¡En todo tiempo!: ésta es la justa medida del amor. La fidelidad no se hace a base de un “ahora sí, ahora no”. Es, por tanto, muy conveniente que nuestro ritmo de piedad y de formación espiritual sea un ritmo habitual (día a día y semana a semana). 





Ojalá que cada jornada de nuestra vida la vivamos con mentalidad de estrenarnos; ojalá que cada mañana —al despertarnos— logremos decir: —Hoy vuelvo a nacer (¡gracias, Dios mío!); hoy vuelvo a recibir el Bautismo; hoy vuelvo a hacer la Primera Comunión; hoy me vuelvo a casar... Para perseverar con aire alegre hay que “re-estrenarse” y renovarse.

En esta vida no tenemos ciudad permanente. Llegará el día en que incluso «las fuerzas de los cielos serán sacudidas» (Lc 21,26). ¡Buen motivo para permanecer en estado de alerta! Pero, en este Adviento, la Iglesia añade un motivo muy bonito para nuestra gozosa preparación: ciertamente, un día los hombres «verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria» (Lc 21,27), pero ahora Dios llega a la tierra con mansedumbre y discreción; en forma de recién nacido, hasta el punto que «Cristo se vio envuelto en pañales dentro de un pesebre» (San Cirilo de Jerusalén). Sólo un espíritu atento descubre en este Niño la magnitud del amor de Dios y su salvación (cf. Sal 84,8).




Lectura del santo Evangelio según san Lucas 
(21,25-28.34-36):





En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y el oleaje, desfalleciendo los hombres por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues las potencias del cielo serán sacudidas.

Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria.
Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación.

Tened cuidado de vosotros, no sea que se emboten vuestros corazones con juergas, borracheras y las inquietudes de la vida, y se os eche encima de repente aquel día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra.

Estad, pues, despiertos en todo tiempo, pidiendo que podáis escapar de todo lo que está por suceder y manteneros en pie ante el Hijo del hombre».

Palabra del Señor





COMENTARIO





 Terminó el Ciclo Litúrgico “B” con la Fiesta de Cristo Rey, pero las lecturas de Adviento, al comienzo del Ciclo “C”, siguen en la misma tónica de los últimos domingos del Tiempo Ordinario.  Parecería que las lecturas se estuvieran repitiendo.  Y es que el Año Litúrgico comienza con la primera venida de Cristo y termina con la segunda venida Cristo.

De allí que se le llame a Cristo el Alfa y la Omega, el principio y fin de todo.  De allí que la Liturgia de Adviento, preparatoria de la Navidad, nos lleve constantemente de la primera venida de Cristo (Natividad=Navidad) a su segunda venida en gloria (Parusía).

“Yo haré nacer del tronco de David un vástago santo, que ejercerá la justicia y el derecho en la tierra” (Jr. 33, 14-16).   Es sólo una frase tomada de la Primera Lectura del Profeta Jeremías.  Y en estas breves palabras, que, analizadas gramaticalmente forman una oración compuesta por una oración principal y por una complementaria, la principal nos habla de la venida histórica de Cristo y la complementaria nos habla de su segunda venida.  Es una muestra -en una sola frase- del vaivén de la Liturgia de Adviento entre la primera y la segunda venida de Cristo.





La oración principal nos habla de “un vástago santo, proveniente del tronco de David”.  Nos está hablando de Jesús descendiente de David que nacerá y -por supuesto será santo.  La oración complementaria nos habla de cuando ese descendiente de David venga a ejercer “la justicia y el derecho en la tierra”.   Y esto no sucederá sino al fin de los tiempos cuando venga a establecer su reinado definitivo sobre la humanidad.

La salvación de la humanidad la obtuvo Cristo durante su vida en la tierra, más específicamente con su pasión, muerte y resurrección.  Pero esa salvación se realizará sólo en aquéllos que aprovechen los méritos de Cristo, al responder con su sí a la Voluntad Divina.

Y esa salvación se realizará plenamente sólo al fin de los tiempos cuando, como nos dice el Evangelio de hoy (Lc. 21, 25-28.34-36) “verán venir al Hijo del hombre en una nube, con gran poder y majestad”.




 En el final del Ciclo Litúrgico, de los pasados domingos, las lecturas nos invitaban a pensar en la segunda venida de Cristo en gloria.  Las lecturas del Adviento nos invitan a prepararnos para esa venida, para el examen final que tendremos en ese momento.

En la Navidad -es cierto- celebramos la venida de Cristo en la historia, cuando comenzó su reinado.

Celebramos el cumpleaños de Jesús -y eso nos pone alegres y festivos.  Por esa razón la Navidad es época de alegría y regocijo.

Pero esa primera venida de Cristo -como un niño, el Niño Jesús nacido en Belén de Judá- nos recuerda que su reino comenzó hace 2018 años, que ese Reino se va instaurando en cada corazón que cumple la Voluntad Divina, y que ese Reino se realizará plenamente cuando Él mismo vuelva en la Parusía y ponga todas las cosas en su lugar.


De allí que nuestra vida -toda nuestra vida- debiera ser un continuo “adviento”, una continua preparación a la segunda venida de Cristo, que pudiera sorprendernos en cualquier momento, igual que pudiera sorprendernos en cualquier momento nuestra propia muerte.   De ninguna de las dos cosas -ni de nuestra muerte ni de la segunda venida de Cristo- sabemos el día ni la hora.  Por eso hay que estar siempre preparados.




Y ¿qué significa esa “preparación”?  Podríamos resumirla en las palabras de San Francisco de Sales: “vivir cada día de nuestra vida como si fuera el último día de nuestra vida en la tierra”.

Y ... ¿vivimos así? ... ¿O más bien evadimos pensar en esa realidad, tan cierta como segura, del final de nuestra existencia -porque muramos- o del final de los tiempos, -porque venga Cristo en la Parusía?  ¿O tal vez pensamos que luego nos arreglaremos, que mientras tanto mejor es gozar y vivir como nos provoque?

¿Es esto “adviento”?  ¿Es esto “preparación”?  ¿Es que no sabemos lo que nos estamos jugando?  Es nada menos que nuestro destino para toda la eternidad.

La Segunda Lectura San Pablo (1 Ts. 3, 12-4,2)   hace eco de lo mismo:  la futura venida de Cristo.  Nos dice el Apóstol que desea “que el Señor conserve nuestros corazones irreprochables en la santidad ante Dios, nuestro Padre, hasta el día en que venga nuestro Señor Jesús en compañía de todos sus santos.






Y el Señor es claro: “Velen y estén preparados, porque no saben cuándo llegará el momento… permanezcan alerta”. (Mt. 13, 33-37) ¿Nos estamos preparando para eso?

¿Cómo prepararnos?  En el Evangelio de hoy vemos que el Señor es claro el Señor también sobre cómo prepararnos: “Velen y hagan oración continuamente, para que puedan escapar de todo lo que ha de suceder y comparecer seguros ante el Hijo del Hombre”.












Fuentes:
Sagradas Escrituras
Homilias.org
Evangeli.org