sábado, 5 de marzo de 2011

"Escucha la Palabra de Dios y ponla en práctica" (Evangelio dominical)

Mateo concluye el gran discurso de Jesús en una montaña de Galilea con dos breves parábolas, narradas con maestría y fáciles de recordar por todos. Su mensaje es de importancia decisiva: seguir a Jesús consiste en «escuchar sus palabras» y en «ponerlas en práctica». Si no lo hacemos así nuestro cristianismo es una insensatez. No tiene sentido alguno.

El hombre sensato construye su casa sobre roca firme. Por eso, cuando llegan las lluvias torrenciales del invierno y el agua desciende de los montes y soplan los fuertes vientos del Mediterráneo, la casa no se hunde: «está cimentada sobre roca». Así es la Iglesia formada por creyentes que se esfuerzan por escuchar el Evangelio y ponerlo en práctica.

El hombre necio, por el contrario, construye su casa sobre arena, en el fondo del valle. Por eso, al llegar las lluvias, los aluviones y el vendaval, la casa «se hunde totalmente». Así se desmorona el cristianismo cuando no está fundamentado en la roca del Evangelio escuchado y practicado en las comunidades.

En la conciencia moderna se ha producido un profundo cambio cultural que está poniendo en crisis el nacimiento y la vivencia de la fe cristiana. Cada vez se va haciendo más difícil despertar una fe viva en Dios y en Jesucristo por vía de "adoctrinamiento". Señalemos dos causas fáciles de detectar.

Por una parte, está en crisis la autoridad, toda autoridad. Es difícil que la fe brote hoy de la obediencia a una autoridad religiosa que se presente como poseedora de la verdad. La palabra que pronuncia la Iglesia desde su posición de autoridad sagrada no resulta hoy por sí misma ni creíble ni atractiva.

Construir la Casa del Reino......



Todos queremos hacer con nuestra vida algo que valga la pena. Cuando somos jóvenes nuestros deseos son muchos. Desde tener un buen trabajo o quizá crear una empresa hasta formar una familia. O ser misionero o comprometerse en la política tratando de construir una sociedad más justa. Los deseos son muchos pero las realizaciones no se corresponden siempre a la amplitud de lo que se soñó. Siempre nos quedamos cortos. El buen trabajo o la empresa que se formó con tanto esfuerzo tienen sus limitaciones. El político se encuentra con que sus sueños de justicia se tienen que realizar en el complicado barro de las relaciones humanas. Hasta el misionero descubre pasados los años que no todo lo que ha hecho fue como lo deseó.

Así es la vida. Con el paso de tiempo descubrimos que lo que hemos levantado, la edificación libre y responsable de nuestra propia historia, no sigue exactamente los planos que hicimos en su momento. Claro que una cosa es hacer los planos en el refugio tranquilo donde el arquitecto planea y pone por escrito sus ideas y otra llevarlas a la realidad, ponerse a pie de obra, encontrarse con los obreros, con los proveedores, con los técnicos. Al final el resultado no es exactamente lo que estaba en los planos.

Pero es de esperar que el resultado sea una casa que sirva para lo que se pensó. Aunque no sea perfecta, aunque tenga limitaciones y defectos, pero que no se caiga, que proteja de la lluvia. Y que esté bien cimentada.

¿Cómo construir esa casa?

La parábola del evangelio de este domingo nos invita a levantar nuestra propia historia sobre la roca verdadera. Para ello hay que escuchar la palabra de Jesús. Y levantar sobre ella nuestra vida. O, como se dice al principio del mismo evangelio, hay que cumplir la voluntad del Padre. Y aquí llegamos al problema de siempre: ¿Cuál es la voluntad del Padre para nosotros?

Por lo menos, tenemos una primera respuesta de Jesús: cumplir la voluntad del Padre no consiste ni en profetizar en el nombre de Jesús, ni echar demonios en su nombre, ni siquiera en hacer milagros en su nombre. Todo eso no sirve más que para que Jesús nos diga que nos conoce y que no tiene nada que ver con nosotros.

Habría que recordar el refrán aquel que dice “A Dios rogando y con el mazo dando.” Y volver a los evangelios que se han leído en los últimos domingos. La voluntad de Dios es que nos volvamos al hermano y hermana y construyamos un mundo más fraterno, más solidario, un mundo donde nadie esté excluido y donde todos se puedan sentir hijos del único Padre que está en los cielos. Todo lo cual tiene poco que ver con profetizar, echar demonios o hacer milagros. Y tiene mucho que ver con hundir las manos en el barro de las relaciones humanas, con acercarse a las personas concretas, con amar, con reconciliar, con perdonar, con tender puentes, con acoger...

Una casa sencilla, para los hermanos

Ahí es donde se juega eso de “cumplir la voluntad de Dios.” Ahí es donde se construye una casa sobre roca, capaz de resistir los vientos y las inundaciones. Cuando descubramos que de lo que se trata no es de construir mi casa sino la casa común, la de todos, la de los hijos e hijas de Dios. Trabajando por ahí es como cumplimos la voluntad de Dios y construimos la casa del reino.

Lo que Jesús nos propone tiene poco glamour, es poco vistoso. Se hace en el compromiso diario, en las relaciones con los otros en el seno de la familia, en el círculo de vecinos, en el mundo del trabajo, en la comunidad parroquial, en el compromiso político. Tiene poco que ver con esos milagros que cambian el día en noche en un momento y dejan a todo el mundo deslumbrado. Lo que Jesús nos propone es un trabajo oculto pero que es la forma más segura de que el amor de Dios llegue al corazón de las personas.

Como dice la primera lectura, debemos escuchar estas palabras de Jesús y meterlas en el corazón y en el alma. Nos enseñan el verdadero camino. Desviarnos de él es perdernos la mejor oportunidad de nuestras vidas. Y construir nuestra casa sobre arena. ¡No durará mucho! Pero si colaboramos con la gracia de Dios, como dice Pablo, entonces nos encontraremos justificados, salvados. Y nuestra casa será la casa del reino.


Lectura del santo evangelio según San Mateo (7,21-27):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No todo el que me dice "Señor, Señor" entrará en el reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo. Aquel día, muchos dirán: "Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre, y en tu nombre echado demonios, y no hemos hecho en tu nombre muchos milagros?" Yo entonces les declararé: "Nunca os he conocido. Alejaos de mí, malvados. El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca. El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se hundió totalmente.»

Palabra del Señor


COMENTARIO.

Las lecturas de la celebración de este domingo IX del Tiempo Ordinario son una invitación a construir la vida sobre Dios, que es la Roca de nuestro refugio; a tener una relación personal con él tan íntima que se traduzca en nuestra vida en obras y en testimonio.


La vida personal: las relaciones que tenemos con los demás, la pertenencia a asociaciones, la relación con Dios… se pueden entender básicamente de dos formas diversas: desde lo exterior o desde el interior.

Se puede entender la religión desde lo externo: las filacterias con la Ley del Señor en las muñecas y en la frente, como hace aún hoy los judíos más ortodoxos; acumulando cumplimiento de las leyes (legalismo); diciendo: "Señor, Señor"; sin escuchar de corazón su Palabra y apartándose del camino; es decir, vivir una relación aparente, pero en la que no nos dejamos modelar por Dios mismo. Puede parecer mal al explicarlo así, pero es una buena forma de buscar seguridad personal en la vida: ¿qué es lo que hay que hacer? Uno cumple y ya está.

El peligro de esta relación con Dios es la hipocresía y la falsedad, que tanto denunció Jesús de los fariseos, que se expresa en una relación con Dios (culto) externa y ritualista. De ellos decía Jesús: "No hacen lo que dicen".


Es un peligro, hoy en día, para todos los que estamos en la Iglesia desde siempre: quedarnos en lo exterior y no dejar que Dios modele nuestro interior. Un peligro para los que detentan la bandera de las tradiciones que se han hecho así de siempre y reducen el fenómeno religioso a determinados sentimientos y a formas folclóricas de manifestarse, vaciando esos ritos de contenido religioso, de relación personal con Dios. Se está en todo lo que hay que hacer para cumplir bien con lo prescrito, pero la vida personal se queda al margen; Dios no nos cambia nada.

Esta forma de vivir la religión es la que denunció Jesús, ya que era inválida para establecer una relación personal con Dios y para conseguir una transformación del corazón humano. No es una realidad exclusiva de la época de Jesús. ¡Cuántas veces nos quedamos en lo exterior, en la solemnidad, en el rito… y nos olvidamos que todo eso hay que llevarlo a la práctica! Como una casa que se cimienta sobre arena.


La otra forma de entender la religión, en principio mucho más correcta, es desde lo interior: poner la Palabra de Dios en el corazón; buscar la justificación y el perdón de Dios no por las obras sino por la fe; cumplir la voluntad de Dios y llevar a la práctica lo que Dios dice. Si escuchamos y llevamos a la práctica la Palabra de Dios, tenemos su bendición y construimos sobre roca.

Digo que esta forma es, en principio, más correcta, porque hoy en día el planteamiento de muchos buenos cristianos es éste, pero sin dejar que esa relación con Dios les complique la vida en la esfera pública de su fe. El peligro es tener una piedad privada por la presión social en contra de la Iglesia y de lo religioso ó por cualquier razón de comodidad.

Igual que Nicodemo, que era fariseo, de los del grupo de vivir la religión de una forma externa, se sentía atraído por la personalidad de Jesucristo, pero iba a verlo de noche, evitando que le identificaran con él, podemos decir que es significativo el grupo de cristianos que podemos identificar con el grupo de Nicodemo: los católicos que, por diversas razones, no se implican con su Iglesia.

Con lo cual podemos decir que lo exterior no nos vale si está vacío y lo interior tampoco si no tiene una adecuada expresión. O dicho en positivo, que siempre es más clarificador: para que nuestra vivencia de la religión sea lo más adecuada posible a su ser, se debe sustentar en una relación personal con Dios, en un encuentro con él, que se hace desde la oración, la celebración de los sacramentos, el respeto por su presencia en el prójimo…, relación que debe transformar nuestra vida hasta el punto de que, casi inevitablemente, nuestra obras, palabras, opciones, compromisos…, testimonien qué y quién es la Roca de nuestra vida, lo que le da sentido y consistencia, que nos hace mantenernos en pie en medio de las tormentas y dificultades.


En los lugares de tradición católica es corriente quedarse en lo externo de la fe, sin descubrir la opción personal que hay que hacer por Dios; esa opción sólo se puede hacer desde una vivencia profunda de relación con Dios.
¡Qué no nos quedemos en lo exterior!
¡Qué sepamos testimoniar nuestra fe!










Fuentes:
Iluminación Divina
Fernando Torres Pérez cmf
Pedro Crespo Arias
José A. Pagola
Ángel Corbalán