sábado, 18 de junio de 2011

"El que cree en él no será juzgado" (Evangelio dominical)


Demos gracias a Dios en este día. Nuestro Creador se nos ha revelado admirablemente. No sólo nos hizo vivir, como a tantos otros seres. Nos ha mostrado además que en intimidad de tres personas vive un solo Dios y que se nos ofrece para toda la eternidad. A ese Dios ya lo tenemos al alcance de nuestro afecto y, si le dejamos, plasma más y más su amor en cada uno.




EL CRISTIANO ANTE DIOS

No siempre se nos hace fácil a los cristianos relacionarnos de manera concreta y viva con el misterio de Dios confesado como Trinidad. Sin embargo, la crisis religiosa nos está invitando a cuidar más que nunca una relación personal, sana y gratificante con él. Jesús, el Misterio de Dios hecho carne en el Profeta de Galilea, es el mejor punto de partida para reavivar una fe sencilla.

¿Cómo vivir ante el Padre? Jesús nos enseña dos actitudes básicas. En primer lugar, una confianza total. El Padre es bueno. Nos quiere sin fin. Nada le importa más que nuestro bien. Podemos confiar en él sin miedos, recelos, cálculos o estrategias. Vivir es confiar en el Amor como misterio último de todo.

En segundo lugar, una docilidad incondicional. Es bueno vivir atentos a la voluntad de ese Padre, pues sólo quiere una vida más digna para todos. No hay una manera de vivir más sana y acertada. Esta es la motivación secreta de quien vive ante el misterio de la realidad desde la fe en un Dios Padre.

¿Qué es vivir con el Hijo de Dios encarnado? En primer lugar, seguir a Jesús: conocerlo, creerle, sintonizar con él, aprender a vivir siguiendo sus pasos. Mirar la vida como la miraba él; tratar a las personas como él las trataba; sembrar signos de bondad y de libertad creadora como hacía él. Vivir haciendo la vida más humana. Así vive Dios cuando se encarna. Para un cristiano no hay otro modo de vivir más apasionante.

En segundo lugar, colaborar en el Proyecto de Dios que Jesús pone en marcha siguiendo la voluntad del Padre. No podemos permanecer pasivos. A los que lloran Dios los quiere ver riendo, a los que tienen hambre los quiere ver comiendo. Hemos de cambiar las cosas para que la vida sea vida para todos. Este Proyecto que Jesús llama "reino de Dios" es el marco, la orientación y el horizonte que se nos propone desde el misterio último de Dios para hacer la vida más humana.

¿Qué es vivir animados por el Espíritu Santo? En primer lugar, vivir animados por el amor. Así se desprende de toda la trayectoria de Jesús. Lo esencial es vivirlo todo con amor y desde el amor. Nada hay más importante. El amor es la fuerza que pone sentido, verdad y esperanza en nuestra existencia. Es el amor el que nos salva de tantas torpezas, errores y miserias.

Por último, quien vive "ungido por el Espíritu de Dios" se siente enviado de manera especial a anunciar a los pobres la Buena Noticia. Su vida tiene fuerza liberadora para los cautivos; pone luz en quienes viven ciegos; es un regalo para quienes se sienten desgraciados.


Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, comunidad de amor.

Hoy celebramos la solemnidad de la santísima trinidad. Cuando confesamos que Dios es Uno y Trino no podemos renunciar al deseo que entender qué es lo que esto significa, y por eso a lo largo de la historia del cristianismo muchos han intentado explicar esta afirmación desde distintos conceptos y teorías. Algunas de ellas nos pueden parecer más sugerentes que otras, pero lo que sí que es común a todas ellas y a la experiencia de quienes se adentraron en este esfuerzo intelectual es que al final la realidad de Dios no puede encerrarse en nuestros parámetros y conceptos. Por eso decimos que Dios es un misterio, Alguien que se insinúa, que se sugiere, pero que no se deja encerrar en definiciones intelectuales ni se agota en nuestra experiencia por profunda y dilatada que ésta sea.

Por eso entender el misterio de Dios es adentrase en el misterio de la Trinidad, y eso ha de hacerse no únicamente por la vía del pensamiento, sino también y sobre todo por la vía de experiencia. Dios nos muestra su ser a través de su acción en la historia. En ella llegamos a la convicción que nuestro Dios es comunidad, que Dios no es un ser solitario, soltero, encerrado en sí mismo; al contrario, la comunicación de amor y de vida están inscritas en su mismo ser.

Este es un buen criterio que discernimiento para ver la autenticidad de nuestra experiencia de Dios y de nuestra práctica como cristianos. La fe en el Dios que anuncia Jesucristo hace referencia directa a la comunidad, nace en el seno de una comunidad que es la que me transmite la Buena Noticia. En ella la fe crece y se purifica. Y desde ella somos enviamos para en el mundo vivir comprometidos en la construcción del Reino de Dios. Tan importante es esto para nosotros que podemos decir que no se puede vivir en cristiano independientemente de la pertenencia más o menos intensa a una comunidad. Por eso sin la comunidad, la fe se convierte en ideología, se hace subjetiva y fácilmente manipulable, se convierte en hábito o superstición… La comunidad garantiza la autenticidad de nuestra experiencia de fe y nos lanza al compromiso. La comunidad es el aire que necesitamos como cristianos para permanecer vivos.

Celebrar la fiesta de la Trinidad es celebrar el Amor de Dios Padre creador, del Hijo que nos muestra el rostro de Dios Padre y del Espíritu que vivificando a la Iglesia y lanzándola al mundo para crear esa gran comunidad a la que la creación entera está llamada, la gran familia de los hijos de Dios.


Lectura del santo evangelio según san Juan (3,16-18):

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna.

Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.


Palabra del Señor




COMENTARIO.





"La gracia de Jesús, el amor de Dios y la comunión del Espíritu
"

Celebramos, en este domingo décimo segundo - esta semana - del tiempo ordinario, el domingo de la Santísima Trinidad. Un misterio central del cristianismo. Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es Uno y, al mismo tiempo, Tres. Un misterio que quizá es difícil de entender y de explicar, pues no podemos concebir cómo se puede ser al mismo tiempo uno y tres. Hay una sola naturaleza divina y tres personas con esa naturaleza divina. Hay una naturaleza humana y muchos millones de personas, por hacer una comparación. Un solo Dios verdadero y tres personas.


Es un misterio de amor, un misterio de relación personal en la comunión. El Padre es el origen de todo; el Hijo es la expresión del Padre, la Sabiduría o la Palabra (El Padre se expresa a través de Hijo); el Espíritu Santo es como el ambiente, el clima, el aire, el perfume, en el que se expresa Dios Padre por medio del Hijo.

Vemos en la segunda lectura una formula de San Pablo que solemos utilizar de saludo en la Eucaristía: "La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo esté siempre con vosotros". A cada una de las personas de la Trinidad le atribuye una cualidad: a Jesús, la gracia; a Dios Padre, el amor; al Espíritu Santo, la comunión.


La gracia de Nuestro Señor Jesucristo. Por medio de los sacramentos Jesucristo nos comunica la gracia. La gracia es la vida divina, la filiación, que está en nosotros por medio del sacramento del bautismo. Esa vida divina está en nosotros como semilla y tiene que ir creciendo con nuestra colaboración.

El amor de Dios Padre. Amor que aparece manifestado en la primera lectura, cuando dice que Dios es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia. Amor que aparece también en el evangelio cuando dice: "Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su propio Hijo".

La comunión del Espíritu Santo. El Espíritu Santo es el creador de comunión entre las personas. Nos puede bastar con recordar las lecturas del domingo pasado, Pentecostés: El Espíritu Santo se manifiesta en cada uno para el bien común; se manifiesta como don que hace posible el entendimiento entre las personas (glosolalia).

El tiempo del Padre, tiempo de la creación, tiempo de la Alianza con el pueblo de Israel, es un tiempo que ya ha pasado. En su tiempo actuaba principalmente el Padre, aunque el Espíritu y la Sabiduría estuvieron presentes en aquel tiempo.

El Espíritu se cernía sobre las aguas.

La Sabiduría jugaba con la bola de la tierra.


El tiempo del Hijo, tiempo de la encarnación, de la redención y de la resurrección, también ha pasado. Cristo se encarnó en María; murió por nosotros para conseguirnos la salvación y resucitó. El Padre y el Espíritu también están presentes en el tiempo del Hijo.

Es el Padre quien le envía, es quien le resucita de entre los muertos para darle la razón y quitársela a quienes le crucificaron.

El Espíritu está presente desde la concepción (fecundó a María cubriéndola con su sombra), está en el bautismo, lo lleva al desierto, le acompaña en su vida pública, está en su muerte y en su resurrección; después de resucitar, Jesús nos envía su Espíritu.

Desde entonces estamos en el tiempo del Espíritu Santo, que es el tiempo de la santificación de los hombres y del mundo, el tiempo de la Iglesia, el tiempo de irnos incorporando progresivamente a la nueva vida en Cristo, tiempo de ir entrando en comunión con Dios. Tiempo en que el Espíritu de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del amor de Dios, el espíritu de la verdad, que nos conducirá a la verdad plena. También en este tiempo están presentes el Padre y el Hijo.

El Padre, que es el origen de todo, es ahora el punto culminante de toda la obra de la salvación, el punto de referencia.

El Hijo sigue estando presente en los sacramentos, sigue vivo y actuante. Pero todo es en el Espíritu.

Por eso podemos decir que en el cristianismo todo lo hacemos, igual que decimos en el culto, por Cristo, al Padre, en el Espíritu. Es decir, nuestra relación religiosa (es una redundancia) es con el Padre, a través del Hijo, en el Espíritu Santo. La meta es el Padre, Cristo el camino, y el Espíritu Santo el estilo, la motivación...


La fiesta de la Santísima Trinidad es una invitación a descubrir también nuestro ser personal. Si estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, también nosotros somos un misterio de relación, de comunión, un misterio de amor. Nuestra vida debe ser un reflejo de la vida divina que hay creciendo en nuestro interior.

Que la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu esté con vosotros.














Fuentes:
Iluminación Divina
Ciudadredonda
José A. Pagola
Pedro Crespo Arias
Ángel Corbalán